Cerró ese par de grandes ojos color miel, situándose a merced del mundo durante un latido. Apenas pude sorprenderme cuando los abrió de nuevo y sonrió mientras doblaba el
dedo índice, ronroneando un “ven”.
Aquel inofensivo
anzuelo había clavado hondo. Incapaz de apartar la vista, recorrí
el ligero vaivén de su espalda hasta el sensual contoneo de sus
voluptuosas caderas...
