lunes, 29 de diciembre de 2014

Balances


Aspira con fuerza y la llama ahonda en la cazoleta de maíz, lamiendo las hebras pardas con intensa delicadeza. El rubor florece, el aroma despierta y el hilo de humo ondea sinuoso hasta que la primera bocanada lo dispersa. Un movimiento de mano sacude el palo y expulsa la llama, queda el crepitar incandescente del tabaco, el cuerpo buscando asiento junto al árbol y un hondo y sincero suspiro, lleno de calma.


-Ha pasado mucho tiempo... muchas cosas... nada ha ido como creía y eso me ha desconcertado. No sé cuándo ocurrió, cuándo perdí el frente futuro y me vi luchando para defender el presente. De un golpe, todos los hilos se cortaron, cayendo lánguidos sobre la tierra, mientras yo, como un imbécil, tiraba de ellos intentando reactivar los resortes; incapaz de comprender que ya no había respuesta.

En la calle central, el polvo, siempre presente, permanecía domesticado por las dos filas de edificios que se erigían firmes y peculiares. A un lado destacaba el saloon, con sus dos torres, separando alegría y descanso mediante el hondo río seco; la fragua, siempre dispuesta, rejuveneciendo las ascuas con el potente bufido del fuelle; y, cerca de la entrada, el recinto destinado a las cuadras y al puesto de la diligencia. En frente se alzaban la oficina del sheriff aun cochambrosa pero segura; la habitación, sujeta por el esqueleto de un desaparecido piso inferior, que, como atalaya, daba cobijo al alcalde; el banco humilde, honesto, fuerte y resistente; y la pequeña casa de la médico, siempre eficaz y atenta. Y, allá en la colina, junto a la arboleda, la cabaña se asentaba, apartada pero cercana, allí donde sus raíces encontraban espacio suficiente para vivir.

-Ha sido un bombardeo continuo de gentes, tareas y problemas. Cuando pensaba que teníamos la base sobre la que trabajar, llegaban novedades que zarandeaban todo cuanto estábamos construyendo. La verdad es que observo lo que hemos hecho y me parece admirable. ¿Recuerdas cómo estaba todo al principio? Lástima que Edward no estuviera con nosotros por aquel entonces, me gustaría ver la fotografía del paisaje desolador de aquella mina seca... quizás debiera pintarlo... recuerdo sobretodo el polvo gris.

Dio unas cuantas chupadas a la pipa, hasta reanimar las ascuas adormecidas; paladeó la nube y soltó el humo dirigiendo densos aros hacia el pueblo. A lo lejos se escuchaba el rumor de actividad: martilleos, voces, saludos, cascos de caballo y el inconfundible crujido de la diligencia.

-Tienen sus cosas, pero son buena gente; capaces, siempre y cuando sepas reconocer sus potenciales. A veces los veo y me pregunto cómo es posible que necesitaran abandonar, cómo es que no encontraban su sitio. ¿Crees que es el lugar el responsable?, ¿el trato recibido?, ¿la oportunidad?, ¿el ambiente?, ¿o sencillamente la libertad de dedicarse a aquello para lo que uno se considera capacitado? Los hay que comenzaron con talento, otros aprendieron en el camino, los hay que necesitaban romper grilletes y otros debimos olvidar parte de lo asumido.

Echó un par de bocanadas, se inclinó, tomó un puñado de tierra del montículo y dejó que los granos se escaparan entre sus dedos.

-Espero que estés bien ahí, no tuviste demasiadas comodidades en vida, pero este es un buen sitio para descansar... tiene gracia, no he sabido lo que significa esa palabra hasta que cayeron todos los hilos, cuando tu gran jugada me dejó sin contactos. Esos hilos siempre fueron una trampa, tal y como te acercaban aquello que querías, tiraban de ti cuando la necesidad de otro lo demandaba. Parece tener sentido hasta que la maraña se extiende y tu vida es un continuo tirar y ser arrastrado; embriagado por el poder, uno ignora que cuando no haya nada que ofrecer, nadie habrá al otro lado.

Cambiaron las voces, cesó el martilleo y la gente en el pueblo comenzó a entrar en el saloon, Dio un último tiento a las ascuas, mantuvo la pipa en la boca, se inclino y, apoyando la mano en el suelo, se puso en pie.

-Bueno, he de marchar, la gente ya va entrando. No sé si lo hiciste a sabiendas o fue un cúmulo de impulsos y casualidades. Sea como sea, esto que hay aquí es cosa tuya; digna proeza para un idiota.
Feliz año, Jed. Sigue enviando algún que otro papel que remueva las cosas, que nos mantenga vivos. No sé cómo acabará esto, pero lo vivido hace absurdo pensar siquiera en dar la vuelta.

lunes, 22 de diciembre de 2014

Salud


Atardece. El sol abandona los muros de la vieja misión. El frío azulado aúlla sobre el único habitáculo que, con el techo descarnado, mantiene, intactas, las cuatro paredes que lo conforman. En un extremo, en torno al sagrado altar de dura roca, unas manos disponen las viandas que se han de disfrutar, mientras otras, apilan la leña y colocan los troncos, formando el cuadrado para que el fuego no falte.


El viento no cortaba; se estrellaba contra los muros y trepaba, herido, tornándose bruma. Las manos de Fred dispersaron temblores y chocaron con firmeza yesca y pedernal. La chispa conjuró la brasa y esta gritó humo, hasta que el soplo humano invocó la llama que crepitó y trepó, por astillas y leña, que creció y ardió, asida a los troncos, volviéndose fuego, fogata y, al alcanzar la cima, hoguera. La bruma sobrevoló la estancia, evitando el rojo y naranja, abandonó a las dos figuras que acudían a la mesa, mientras los helores partían y el confortable calor regresaba.

El licor llenó las tazas y estas las gargantas. No tardó en hacerse notar y entonar cuerpos y entrañas. Pronto llegaron las risas, la comodidad y la agradable charla.

-...¿y viste su cara?, ¿el gesto asombrado con que miraba? No creías que fuera capaz, no confiabas... pero solo se trataba de tiempo, de mostrarle las cosas como son. La gente quiere creer, Fred, necesita una razón, una meta, un objetivo; si lo encuentras y consigues mostrárselo, activas cierto resorte que les devuelve parte de su ser divino y comienzan la búsqueda tenaz de lo que su naturaleza ansía. ¡Lo viste libre, Fred, libre! Porque en la tierra también las alas se despliegan. Y hubo sangre, ¡claro que la hubo! Goteó el filo del machete que antes solo cortaba caña; pero fue un acto de libertad, de valentía, el corte preciso de quien tras años de soportar el yugo, tiene enquistada la herida. Quizás caminó con demasiado ímpetu, se liberó con demasiadas ganas, y alguna que otra vida segó, sin que hiciera ninguna falta. Pero piensa por un momento en vivir una vida atado, sujeto a los deseos de otro, pese a que aquello quedara como un error del pasado; y pasas oculto los años, asintiendo cabizbajo, siempre temiendo contestar, por que sabes que llega el palo, la humillación y el castigo que mantiene el ánimo quebrado. Harto de ver a la gente corriente, a millas de distancia, pasar a tu lado; atenazado por el miedo a decir, a contar lo que está ocurriendo, porque tu palabra no vale nada y no puedes obtener respaldo. Pero resulta que no eres el único, que como tú hay otros tantos, todos dispersos en este rincón del condado, donde un grupo de individuos decidió ignorar las leyes y llamar criados a quienes jamás dejaron de tratar como esclavos. Ellos solo necesitaban saber, comprender que las cosas cambiaron tan lentamente que no pudieron notarlo. Que todo comenzó cuando el “por supuesto” se convirtió en un “no” y el “pronto” activó la resignación del “hasta cuándo”. Que siguió con el golpe, apagado de corte o moratón, pero fuerte y vivo en el llanto. Y que fue tomando fuerza cuando “arriba” quedó “abajo”, lo “cerca” permaneció “lejos”, el “derecho” se volvió “queja” y esta tornó rápidamente en “flaqueza”. Cuando “pensar” se volvió un absurdo, “elegir” un privilegio y “libre” un exiguo pedazo, limitado por el tiempo.

Fred vació, otra vez más, la taza de un trago. Notó el caldo rasposo por la garganta y la nube de alcohol jugueteando en su cráneo. Miró el rostro de Zek, levemente borroso, iluminado por el brillo anaranjado de la hoguera. Luchó un instante por mantener el equilibrio y, alzando el índice izquierdo, se dirigió a su compañero de fatigas.

-Reverendo, voy a decirte una cosa... Llevamos mucho camino recorrido, los dos juntos. Sabes que siempre he estado a tu lado, que te he cogido cariño, pero que lamentablemente el dinero es quien de verdad tiene la culpa. No, -se llevó el dedo índice a los labios y, combatiendo el peso de su propia cabeza, siseó, entre babas, en busca de silencio-, no digas nada, las cosas son así, el dinero es dinero y así es como deben decirse. Pues bien, suele ocurrir que esté de acuerdo con tus ideas, las siga convencido y termine algo decepcionado al mirar lo conseguido. No sé por qué pero cuando las dices, tus ideas quedan perfectas ahí en el aire, pero luego llegan al suelo y se dispersan. Aun así siempre sacamos algo y, cuando todo parece indicar que hemos perdido, vuelves a decir algo que hace que continuar tenga sentido. Hasta ahora por eso seguía. Pero todo lo que ha pasado hoy... -hizo una breve pausa para rellenar la taza y dar un trago- no sé cómo, pero tiene sentido. Vamos, que por una vez lo que dices y lo que pasa van de la mano. ¿Sabes lo que te estoy diciendo? Maldición, que me metí en esto porque suponía que íbamos a sacar un buen pellizco de las casas de esos señoritingos. Solo con el dinero de uno de esos caballeretes ya podríamos hacernos de oro, pero cuando vi a aquellos negros correr libres hacia la noche... -el puño golpeó con fuerza la mesa de roca, mas solo sintió un leve chisporroteo en la mano- ¡joder, que no me arrepiento de dejar que se llevaran casi todo!

-No sabes cuánto me alegra oír eso, Fred. Respecto a lo del dinero, ahora habla una parte de ti, pero en realidad...

Fred, ajeno a lo que empezaba a decir el reverendo, se puso en pie, alzó la taza y, tambaleándose, miró al cielo estrellado, dio una bocanada de aire y atronó con todas sus fuerzas.

-¡Brindo por esos diablos! ¡Y no solo porque consiguieran librarse de su mierda de vida! ¡Brindo por esos malditos diablos porque al verlos correr sin tener que mirar atrás, sin temer lo que dejan a sus espaldas, me doy cuenta de que no han sido los únicos esclavos! ¡Brindo porque esta noche cuatro paredes son el mejor refugio, porque esta buena hoguera da más calor que mil lujosas lámparas y porque estas cuatro nueces y bayas, este conejo asado y este bendito matarratas saben a gloria! ¡Brindo porque para nosotros arriba siga estando arriba, lo que está cerca nunca esté lejos, porque elijamos aunque no hagamos más que cagarla y porque miremos el mundo libres de verlo como nos dé la gana!

Tras lo cual cayó y quedó allí tumbado, adormecido, abrigado por el calor del fuego, escuchando el eco de su propia voz perdiéndose entre las miríadas de estrellas que se extendían sobre él.

lunes, 15 de diciembre de 2014

Vivos


Los tablones mal encajados de una puerta rechinan al dejar entrar la luz y el polvo del exterior. Dos pequeñas manos enguantadas abandonan toda fuerza y se deslizan por la madera gris; pronto un grácil cuerpo, en elegante vestido del este, las acompaña en una dramática caída que nadie parece intentar detener. Solo tras unos segundos, el hombre de la barra decide acudir en su ayuda con un vaso en la mano.


Empapó el sucio trapo con el que difuminaba la roña de los vasos; lo escurrió un par de veces con la esperanza de que gran parte de la mugre desapareciera y mojó con todo el cuidado el rostro de la joven, que apenas asomaba a través del sombrero y el pañuelo fielmente atado a fin de ocultar su cabello.

Los cuatro parroquianos miraban con distintos ojos: curiosos, sorprendidos, preocupados, lascivos... mas nadie movía un dedo.

-¿Señorita, me oye? ¿Se encuentra bien?

Un leve movimiento de garganta, guiño de labios y el crujir del vestido al acoger aire la cavidad torácica. A través de la tela podían adivinarse los senos que, aprisionados por el corsé, buscaban salida en sensual movimiento. Ninguno de los presentes pareció atender ya al rostro; desapareció la dama y en su lugar apareció la carne. Solo el tipo de la barra continuaba, tenaz, llamando la atención de aquella mujer.

-Eso es, señorita. Vamos, respire, no tiene de qué preocuparse. Está en casa de Juan.

Le acercó el vaso y dejó que el agua restante mojara sus labios. Ella besó las gotas, rescatándolas de la superficie carnosa y dio un pequeño trago. 

Los parroquianos, anclados a aquella mujer, tragaron, sombrero en mano, relamiéndose ante el delicado morder de aquellos labios sonrosados. El hombre de la barra tomó a la mujer en brazos, apartó con el pie una de las polvorientas sillas de mimbre raído y la sentó en medio de la sala.

-¿Qué demonios miráis, animales? ¡Id al pozo, a por agua!

Los cuatro tipos, sucios del camino, se levantaron y marcharon hacia afuera. No tardaron en regresar; uno de ellos llevaba una taza de hojalata entre manos, los otros tres se limitaban a acompañarlo con el ademán absurdo de quien comparte objetivo pero no hechos. El mesonero tomó la taza y se la acercó a la joven; dos bellos ojos se abrieron, brillantes, y una agradable voz espetó un tenue “gracias”.

Asintió el mesonero y asintieron a su vez los cuatro haraganes a la vez que, involuntariamente, doblaban, bajo sus puños, las alas de sus sombreros.

-Ya está. La señorita os agradece la ayuda. Ahora apartad, dejadle espacio.

Se movieron los cuerpos y las miradas se volvieron tímidas conforme aquel cuerpo volvía a la vida. 

-¿Do... donde estoy?

-En el viejo camino a San Gabriel, señorita; está usted en la cantina de Juan. Yo soy Juan, el dueño, para servirla.

Todo lo que recuerdo fue un ataque a la diligencia. Me dirigía a Old Rock City, allí se encuentra mi marido, esperándome en el trozo de tierra que compró para nosotros, en nuestra nueva casa. Sería usted tan amable de decirme cuándo llegará la diligencia.

-Ay señorita, la diligencia no pasa por aquí desde que construyeron el puente. Ahora casi nadie quiere venir a las montañas, no quiero ni imaginarme el camino que ha debido de hacer. Puede quedarse aquí y recuperar fuerzas; en una semana he de acercarme a San Gabriel a comprar, si quiere puede venirse conmigo y desde allí tomar la diligencia para Old Rock. No se preocupe por los gastos.

-Le agradezco su ayuda, señor. El dinero no es problema, por suerte conseguí esconderlo a tiempo; los asaltantes llevaban prisa y se contentaron con las joyas.

Del pequeño bolso brotó el inconfundible tintineo de un buen puñado de águilas. Y la timidez de todos los presentes se esfumó. Como activado por un resorte, el dueño de la cantina cerró el bolso y ayudó a levantarse a la joven.

-De eso ya hablaremos cuando lleguemos a San Gabriel; es mejor no dejar brillar el dinero hasta que sea necesario. Venga conmigo, le acompañaré a la habitación de mi hijita, que en paz descanse, ahí podrá reposar tranquila.

-¿Y por qué reposar cuando puede salir hoy mismo para Old Rock?

El cantinero agachó la mirada al escuchar la voz áspera a su espalda; intentó mantener alejada a la joven, pero sabía que ya era demasiado tarde.

Arriba, apoyado en la barandilla de las escaleras, se encontraba, erguido, de porte firme, un tipo bien parecido, el único de aquel lugar que no parecía haberse vestido con las sobras de un muerto. Observó a la joven, sonrió y tocando levemente el ala del sombrero, saludó.

-Señorita, Sammuel F. Woodyard, encantado de conocerla. No he podido evitar escucharla y sepa que si de verdad le interesa volver cuanto antes, yo estaría encantado de llevarla a Old Rock.

El cantinero, suspiró y sin osar darse la vuelta continuó hablando.

-Sam, no creo que sea buena idea. La señorita debería descansar, de verdad que no me importa tenerla aquí una semana.

-Estoy seguro de ello, Juan, no te importa nada que se quede durante toda la semana. Pero seguro que tendrá cosas mejores que hacer; quizás tenga prisa, ¿no crees?

-Bueno... es posible. Pero, no se...

-No se preocupe señor Juan, le agradezco su ofrecimiento pero lo cierto es que prefiero partir cuanto antes. Además el señor Woodyard parece un buen hombre, aceptaré con gusto su ofrecimiento.

El cantinero abrió la boca pero no encontró las palabras adecuadas para deshacer el mal sin alterar la presencia gélida que notaba en su nuca. Cerró los ojos y asintió mientras regresaba a su barra.

Los cuatro haraganes rieron al ver al cantinero cabizbajo, parapetado tras su barrera. 

-¿Sam, vamos contigo?

-No, la señorita merece mejor compañía que mugre, polvo y piojos. Esperad aquí a que vuelva, seguro que Juan estará encantado de serviros algo de beber. 

Lanzó unas monedas a la barra, invitó a pasar a la señorita y cerró tras de sí, devolviendo la sala a la oscuridad habitual, rayada por las decenas de resquicios de las paredes. 

Ayudó a la señorita a subir, echando un ojo a las formas, tanteando el material, y dirigió su caballo hacia la ruta perdida de las serpientes blancas. 

-Señor Woodyard, este no parece el camino.

-No se preocupe señorita, por aquí llegaremos más pronto.

Siguió la fina senda, encumbrando lomas, esquivando púas, zarzas y pinchos, hasta que el fino hilo de tierra se internó en una oscura y perdida gruta. El señor Woodyard bajó del caballo y ayudó a bajar a la joven.

-Bueno, hemos llegado.

-Cómo, pero esto no es Old Rock City.

La joven, asustada, miró suplicante al hombre, mientras una de sus manos tomaba hábilmente algo de su pequeño bolso.

-Yo no haría eso, señorita. 

Juraría que no le había visto hacer el más leve movimiento, pero aquel hombre tenía un revólver en la mano. Cerró los ojos, aflojó los dedos y abandonó la derringer dentro del bolso. 

-¡No te preocupes, Lily, lo tengo a tiro!

La voz surgía de la gruta, al tiempo que la figura de Jimmy iba saliendo, revólver en mano, apuntando a aquel tipo.

-¡Venga ya, hombre! ¿Quién demonios eres tú? ¿Cómo sabías que la traería aquí?

-Se lo dije yo, querido amigo. Siempre has sido un hombre de costumbres.

Detrás de Jimmy fue saliendo el renqueante traje remendado del Dr. Well. Fue andando poco a poco poniéndose a la derecha de Woodyard.

-¿Doc? ¡Maldito estafador hijo de perra! ¿De qué cojones va esto?

-¡Que hay Sam! ¿Cuánto tiempo hace? Veamos, lo que haya pasado más tres años y un día. ¿Recuerdas?

-Maldito cabrón rencoroso... ¿de eso va esto?, sabes que no pude hacer nada por sacarte...

-Rencoroso: término esgrimido con frecuencia por quien quiere hacer lo que le plazca sin sufrir las consecuencias. No vengo a discutir, Sam; vengo a que me devuelvas el favor. Yo pasé un tiempo en la cárcel por ti, ahora ha llegado tu turno.

-¡Y una mierda! ¡Tú no te muevas más y dile a tu amigo que como no deje de apuntarme le vuelo la cara a la señorita!

-Puedo disparar una vez antes de que amartilles el arma y soy perfectamente capaz de dejarte seco de un tiro. Así que deja el revólver en el suelo.

-No, One, nada de muertes, ¿recuerdas? Lo necesitamos vivo. Nadie quiere a un matón como ayudante de sheriff; necesitas entregar tus capturas vivas.

-¡Oh, perfecto viejo! ¿Y puedes decirme, cómo se supone que vamos a presionarle ahora?

-Doc, el chico tiene razón, los años te han tratado mal. Se diría que ahora soy yo quien lleva las riendas.

Jimmy resopló y bajó el brazo del arma a la vez que dirigía su mirada hacia el viejo borracho.

-¡Mierda, Doc! ¡Cómo se nota que no es tu mujer quien está al otro lado de ese revólver! ¿Se puede saber qué demonios vamos a hacer ahora? ¡Porque yo no lo veo nada claro! 

-Tranquilo, hijo, no te enfades conmigo; yo no he dicho que dejaras de apuntarle, solo que no le mataras.

Sam Woodyard seguía apuntando a Lily, mientras sus ojos iban, incrédulos, de uno a otro.

-¡Y cómo se supone que voy a conseguir que deje a Lily si no se siente en peligro! ¡La cosa era fácil, había hecho la apuesta y solo quedaba que él aflojara!

-No sé que decirte, pensaba que ibas a dejarte llevar; teniendo en cuenta lo mucho que te juegas, y tu temperamento, temía que apretaras el gatillo.

-¡Maldito borracho! ¡Maldito viejo loco! ¡Lo tenía todo controlado pero no has podido soportar mantenerte al margen, verdad?

-¡No necesito reafirmar mi ego ante ti, jovencito! ¡Por muy bien que dispares, por muy rápido que seas, llevo en este mundo muchos más años que tú, muchos más años que todos los que como tú se dedican a vomitar plomo; por algo será, joven idiota! ¡Puede que no lo entiendas, pero cuando empieces a solucionar los problemas de los demás a golpe de gatillo, el paciente Kronos tornará los vítores y las alabanzas en miedo y, después, en rechazo, odio y ostracismo; porque, pase el tiempo que pase, la sangre siempre se paga!

-¡¿Pero quién te ha dicho que iba a disparar?! ¡¿De dónde has sacado esa idea?!

-¡De una sencilla obviedad: no sabes hacer otra cosa!

Woodyard apenas podía dar crédito a tal despropósito. Veía a aquel par de imbéciles discutiendo, escupiendo baba rabiosa en cada palabra, como si el arma que empuñaba contra aquella muchacha no tuviera relevancia alguna. Y fue de ese modo como, incapaz de advertir el ataque, recibió limpiamente el codo de Lily en la cara, mientras, aprovechando el desequilibrio, aquella joven cogió con fuerza la mano con la que empuñaba su arma y la mantuvo en alto.

Jimmy ni siquiera pestañeó, volvió la mirada hacia Woodyard, alzó de nuevo el revólver, liberó la presión y dejó que el proyectil devorara piel, carne y huesos, hasta chocar con la empuñadura de castaño y enviar el arma al suelo.

-Lily, la próxima vez sería mejor que levantaras más la mano del arma.

-La próxima vez espero no estar tan cerca del revólver, doc.

-Lo veis, os dije que no fallaría. Pero que conste que sigue pareciéndome un plan absurdo; en una situación así, cualquier tipo suelta el arma.

-No estamos tratando con cualquiera. Estás jugando en mesas donde esas apuestas son demasiado arriesgadas, joven One. Pero dejemos ya de discutir, solo queda ir a San Gabriel y entregar la captura; esto se merece un buen trago.

-Por cierto doc, todo lo que has dicho no iba en serio, ¿no?

-Por supuesto que no, todo es espectáculo, ayudante One; simple y espléndido espectáculo...

lunes, 1 de diciembre de 2014

Fulleros


Las casas atesoran el silencio en su interior, no hay puertas ni ventanas abiertas ni gente en la calle. El polvo reposa tranquilo; ni siquiera se escucha el golpeteo rítmico de la fragua. La entrada del saloon muestra las mesas vacías y la tabla de madera brillante sin nadie para reflejarse en el espejo flanqueado de botellas. Solo desde allí se escucha un murmullo de gentío que baja por las escaleras del piso de arriba.


Jonowl apartó las puertas y miró a ambos lados en busca de Kornelius o Vera. Tras un par de voces, se acercó a la barra y cogió uno de los vasos y una botella de bourbon. El ámbar líquido cayó arremolinándose contra el cristal y, sin tiempo para descansar, cayó de nuevo a través de la garganta seca; solo entonces escuchó el engrudo de susurros tensos y siseos pidiendo silencio. Tomó la botella, empuñó el cuchillo y subió por las escaleras.

Apartó con cuidado la cortina y observó, en medio de la sala, a todo el mundo arremolinado en torno a una de las mesas de juego. A la izquierda del umbral se encontraba el Sheriff Nake, sentado en una silla, escopeta en mano, vigilando a la muchedumbre.

-¡Pst! Sheriff...

-¡Dios Jonowl, guarda eso! Menudo susto.

-¿Se puede saber qué pasa?

-¿Ves esos tipos de ahí, los que están jugando con Kornelius?

-Sí.

-Pues llevan desde anoche, sin parar. Uno de ellos pidió crédito a Edgar y solo te diré que nuestro banquero casi vacía el tintero para rellenar el papelajo.

-¿Y qué pinta Kornelius ahí?

-Eso es más largo de explicar. Así que mejor ven y siéntate.

Enfundó el cuchillo y se dirigió a la silla que había junto al sheriff. DeLoyd estaba a un par de metros del gentío, en pie, con su traje blanco y su sombrero de paja, apenas le envió un leve saludo antes de girarse de nuevo hacia la mesa; permanecía apoyado en su bastón con la indiferencia de quien simplemente pasaba por ahí, pero sus ojos revelaban el ansia por el desenlace.

El sheriff sirvió dos tazas de café; frío, con el telo acumulado por las horas.

-He perdido la cuenta de las cafeteras que lleva hechas Vera. El alcohol hace tiempo que dejó de tocar los vasos, nadie quiere perderse lo que va a pasar. Yo, por suerte, he traído el mío propio, nadie lo quiere, dicen que sabe demasiado amargo; pero el café cuanto más...

-Si, ya sé... venga Will, cuéntame.

Echó un trago por inercia y la mezcla rancia y amarga pateó su garganta e invitó a su estómago a rebelarse, mas un segundo trago puso todo en su sitio. Odiaba admitirlo pero el viejo tenía razón, en un instante estaba más despejado que nunca y dispuesto a escuchar con atención.

-Como te decía esos tres tipos llegaron ayer. DeLoyd los reconoció al instante y se mantuvo alejado. Son jugadores profesionales de la peor calaña: fulleros, tramposos y tahúres. Al parecer, bastante buenos como para enganchar a algún incauto y lo suficientemente desconocidos como para no saber los unos de los otros. Pero DeLoyd conoce a bastante gente, a demasiada diría yo... El caso es que le dije a nuestro alcalde que lo mejor sería coger a esos tragafichas y forzarles a continuar su viaje o buscar la menor escusa para meterlos entre rejas. Pero no, resulta que el alcalde prefirió hacer las cosas de otro modo. Avisó a Vera y le dijo que se asegurara de que no se acercaran a las mesas de los otros clientes y que tocaran cartas solo entre ellos. Ha hecho malabares, pero lo ha conseguido. ¿El resultado? Toda una noche de juego en el que cuatro tipos acostumbrados a hacer y reconocer trampas, llevan tanteándose, moviendo el dinero de uno a otro, dando puñaladas y recuperándose de las recibidas. Ni te imaginas cómo cambia la cosa desde aquí, cuando sabes quién es el tramposo y lo ves actuar desde fuera del juego; a veces te maravillas, otras te avergüenzas al reconocer que las cuelan sin demasiado esfuerzo. Y todo por ser capaz de mirar ignorando el hambre de fichas.

-Y Kornelius, ¿que pinta ahí?

-Pues eso ya es cosa suya y del alcalde. Al parecer nuestro Kornelius también ha empuñado las cartas en más de una ocasión y, después de observar toda la noche, sabe como van las tornas; le aseguró a DeLoyd que tenía calados a los tres. Dijo que, pendientes de no ser descubiertos, no habían dañado demasiado la baraja. Uno de ellos tiene un buen marcador en su reloj de bolsillo, se ve que es una virguería; Kornelius sabe reconocer esas pequeñas ayudas. El tipo se ha percatado que los otros tienen el ojo rápido y apenas ha tenido ocasión de marcar las cartas más altas; Kornelius cree que los ases y alguna figura. Esa ha sido la información que le ha animado a meterse en mesa.

-¿Y DeLoyd qué ha dicho?

-¿No lo ves? Por muy estirado que parezca, se le nota que está disfrutando. De momento no hay novedad. No entiendo mucho de esto pero supongo que Kornelius está manteniendo las fuerzas equilibradas. Ha perdido lo suficiente como para apagar cualquier recelo y ahora es cuando está empezando a remontar.

-Ya veo, y no piensas acercarte para no perder de vista lo que de verdad importa.

-Exacto. Me importa una mierda la guerra de cartas que se han montado, pero como alguno de esos tragafichas se levante con el orgullo herido pienso presentarle mis respetos con dos cañones y espero que sea listo y no me obligue a dar el pésame a su familia. Desde aquí les veo bien a ellos y puedo disparar sin dañar a nadie.

Jonowl vació un poco de la botella en su taza, echó otro trago del caldo negro y se recostó en la silla.

-Bueno, pues sí que parece interesante. Creo que me quedaré aquí contigo.

El tiempo en el tapete verde comenzó a acelerarse. Kornelius tiró el anzuelo y lo movió con unas pocas fichas de más, justo la euforia del que está remontando, así que el resto decidió dar un golpe sobre la mesa y aumentar la apuesta para demostrar quien manda. Kornelius sonrió tontamente y mantuvo una cháchara sin sustancia, mientras volvió a remover el anzuelo. Uno de los jugadores se movió incómodo y abandonó el ataque, el resto permaneció firme y siguieron amedrentado al advenedizo. Kornelius tartamudeó un poco, mostró cierto temblor y, tras mirar sus cartas con descuido, dio un último toque al sedal. Los otros igualaron, seguros del desenlace, mas las cartas evidenciaron su error. El primero respiró tranquilo, el segundo encajó el golpe con gesto torcido y el tercero vio como todo su dinero se esfumaba entre la manos del supuesto novato. A partir de entonces, ya no hubo conversaciones, muestras de elegancia ni risas, los rostros se ocultaron y pronto se vio claro que la verdadera partida había comenzado. 

Uno de los tahúres, bastante debilitado con el golpe anterior, intentó en vano recuperarse, pero sus dos contrincantes se cerraron en banda, evitando arriesgarse, y continuaron el juego, viendo como se consumía, hasta que no tuvo más remedio que abandonar la mesa.

Al fin solo dos quedaron en el tapete verde: Kornelius y el tipo del marcador. Kornelius repartió: su contrincante quedó servido, él cambió cuatro cartas en el descarte. Cinco cartas marcadas en manos de su adversario; en la suya: honesto, pobre y limpio cartón. Movió una gran cantidad de fichas y pudo escapársele cierto atisbo de desesperación. Respondió su adversario al instante, igualando la apuesta y subiendo todo cuanto le quedaba. Kornelius jugueteó con una de las fichas; miró alrededor, perdido, hasta encontrar los ojos de Vera, brillantes e inquietos; entonces se encogió de hombros, puso todo cuanto tenía en el centro de la mesa y le envió la sonrisa resignada de quien al menos lo ha intentado.

-Ases y ochos, señor Kornelius, esta vez algo me dice que el muerto regresa a la vida.

La voz perdía el tono monocorde y el rostro quebró toda máscara. Mostró sus garras afiladas al lanzarse sobre la montaña de colores, cuando un simple gesto le detuvo. 

Cinco cartas lanzadas en medio de la mesa mostraban un triste tres y cuatro ridículos doses.

-Lo siento caballero; póker gana a full.

Jonowl echó mano al mango del cuchillo y el sheriff Nake preparó la escopeta, pero nada de eso fue necesario. El hombre se levantó con la cara desencajada; sin alzar la vista, tomó el dinero que gentilmente le ofreció Kornelius para continuar su viaje y se marchó.

Todo el sonido contenido, todo el café y toda la tensión acumulada estallaron con los gritos de júbilo y la reparadora frase de “¡una ronda gratis para todos!”. Lugareños y visitantes alababan una y otra vez la gesta, daban muestras de apoyo y comentaban entre ellos los más mínimos detalles de la contienda. Vera miró a Kornelius con el rostro airado por el mal trago hasta que una sonrisa acabó por surgir. Las risas del enorme Charles Bison anunciaron el abrazo y el crujir de huesos. Mientras, en su rincón, DeLoyd jugueteaba con su anillo y esperaba a que el vencedor pasara a su altura para sencillamente decir: “Excelente reparto, señor Kornelius”.