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lunes, 5 de octubre de 2020

Paloverde


Un mar de crines deja tras de sí la estela encarnada de la diligencia.


Sam mueve enérgico las riendas, invoca a voces el ritmo raudo que devora las millas de roca y arena hasta Paloverde.


—Jake, ¿seguro que llegaremos a tiempo?


—Eso dice el viejo. Pero hasta que no lleguemos, no saldremos de dudas. ¿No crees?


Las piedras del camino zarandean la diligencia, las manos expertas de Sam retienen y aflojan hasta recuperar el equilibrio con una facilidad que convierte la tarea en algo simple, casi innato. 


—Lo único que creo es que como le pase algo a alguno de mis animales no va a haber oro en el mundo que lo pague. Si alguno cae, vosotros ocuparéis su lugar.

, 

—¡Dalo por hecho, Sam! —dispara una voz desde arriba—  ¡Pero si hay que tirar me pido el sitio de los del medio; esos trabajan menos!


—Más te vale que no sea necesario, Patty, y que lleguemos a tiempo de salvar a la señorita. Porque me estoy pensando ponerte de freno...


Dentro de la diligencia, Henry ha devuelto al cuerpo el agua suficiente como para no expulsarla de nuevo. Se encuentra mejor, las heridas laten pero consigue reflotar las fuerza necesaria para continuar.


El viejo sigue hablando. Por un momento el torrente de dolor que recorre su cuerpo se había llevado la charla. Traga el sabor a hierro de la boca y devuelve la atención a los labios viejos y temblorosos, la tez blanquecina y los ojos glaucos y saltones que se abalanzan en un mundo de conjeturas y posibilidades.


—A estas alturas estarán entrando en Paloverde.


Carraspea Henry e interviene para volver del todo a la conversación. 

, 

—Son unos cuantos… 


—No les conviene llamar la atención. Si quieren salír con vida, no deberían ir más de dos con ella.


—Esos serán sin duda Tom y uno al que llaman El Muerto: un tipo callado, frío como un clavo en el tuétano. Los que se decidan a entrar en el pueblo lo harán por su cuenta y esperarán en algún saloon, como si la cosa no fuera con ellos, por si hacen falta más balas.


***

Tres jinetes entran en el pueblo. Un tipo alto, ala oscura de sombrero y un par de ojos penetrantes, hundidos en las profundidades de un rostro solemne. Una joven en elegante vestido del este, de rostro altivo y distante. Y un tipo delgado y nudoso como palo seco, retorcido, castigado por el clima, con el surco claro de una cicatriz partiendo el labio superior en un gruñido eterno a colmillo afilado y encía abierta.


Recorren el pueblo sin prisa, yendo a lo suyo. No hay miradas nerviosas ni reconocimiento del terreno; pero cuando la señorita toma las riendas, acercan los otros ligeramente sus monturas, dejando a la vista las armas, hasta que los costados de las bestias aprisionan sus piernas.


Y la señorita, continúa firme y lejana, sin permitirse ceder al terror que comienza a hervir en sus entrañas ni a la posibilidad desesperada de pedir ayuda. Porque si algo ha aprendido en el este, es a esperar, a mantener esa pose marcial y no ceder a la primera de cambio, cuando el acto favorece más a cualquier otro que a uno mismo. Desde esa distancia, envía los nervios al mismo infierno del que quisieron salir, y mantiene la mente fría, recorriendo cada una de las casas de aquel pueblo, buscando la dirección que aparece clara y nítida en su mente.


***

—Tobías, ese es el tipo a quien debe acudir. Ellos irán directamente al banco esperando que desde allí se arreglen los papeles, y lo cierto es que podría hacerse así. Pero nuestra única oportunidad es que acuda a Tobías; es el único que está realmente al corriente de toda la situación y, por tanto, la única persona en ese pueblo que puede ayudarla.


***

Los tres jinetes llegan a las puertas del banco, mas las señorita continúa. Los otros dos aprietan sus monturas, cerrándole el paso.


—¿Adónde va, Srita. O'leary? El banco está aquí. 


—¿Y con qué canjearemos el dinero? No sé mucho de estos asuntos, pero si algo me dijo mi valedor es que quien debía hacer efectiva la transacción era un procurador… 


Su dedo índice señala hacia un estrecho edificio cuyo cartel, algo desvencijado, reza:


Tobías Edevane: 

pleitos y disputas.

Entra y hablemos. Hasta este momento, tenías la batalla perdida.


El tipo de la cicatriz gruñe con nervio y alza la mano hacia las riendas de la señorita, mas el de los ojos profundos le detiene con un ademán, mira alrededor y regresa al rostro de la señorita con una sonrisa conciliadora.


—Claro, ¿por qué no? Lo que sea mejor pasa usted. 


Sisea una mirada y desarma al de la cicatriz que se yergue sobre su montura y se cruza de brazos.


***

—Tobías es un buen tipo, pequeño, de apariencia apocado, que tiene dos magníficas cualidades: saber lo que hace y no parecerlo.


—Más nos vale que sea así, porque si la señorita consigue acudir a él, será nuestra única oportunidad.


***

Tras un chirrido de gozne oxidado, aparece una mezcla imposible de tez blanquecina, pómulos anchos y barbilla puntiaguda y observa a los jinetes desde cerca del suelo.


El tipo de porte enfermizo y voz temblorosa, saluda a los tres jinetes.


—Usted debe ser la señorita O'leary. Debo confesarle que ya no esperaba su visita. Temía que le hubiera pasado algo… pero ya veo que va bien acompañada -dice mientras saluda al par de tipos que no se apartan ni un palmo de ella.


—Les agradezco enormemente que hayan acompañado a mi cliente. Quizás encuentren agradable, mientras esperan, un buen trago en el saloon de aquí en frente.


—No pensamos dejarla sola -corta el de los ojos profundos.


—Comprendo su desconfianza. Más aún con lo que habrán tenido que pasar. Pero no es exigencia mía, es cosa de sheriffs y gente de ley que nunca han sabido hacer las cosas cómodas.


El de los ojos profundos echó un ojo al pequeño gabinete del procurador y no vio más que desastre acumulado y papeles por todos lados… Asintió, finalmente, con desgana y con una mirada arrancó al de la cicatriz de su pose estática.


—¡Venga vámonos!, dejemos al procurador trabajar. Os estaremos esperando ahí en frente. Señorita, si necesita cualquier cosa avise, estaremos todo el rato pendientes, por si hubiera sobresaltos.


—Gracias por su comprensión, no tardaremos nada. Si por mí fuera, arreglaría los papeles aquí mismo, pero ya saben que estos líos legales son algo farragosos… 


Por toda respuesta recibió la mano alzada de quien ya se alejaba dando por zanjada la conversación. 


—Vale, de acuerdo. En un momento la tendrán de vuelta. !Buen día tengan ustedes!


Entraron en el saloon y se sentaron junto al ventanal que daba a la casa del procurador. Más allá, repartidos entre la barra y un par de mesas, había unos cuantos de sus hombres, esperando sin mantener contacto alguno. 


***

—Si ha conseguido hablar con Tobías, el siguiente paso es nuestro. 


—Pues debemos actuar como si hubiera ocurrido. 


--Entonces sólo queda llegar a Paloverde y alertar a los coyotes del lugar. Alguien que cuente lo que ha pasado con sus compañeros y qué ocurre con la señorita, alguien que no levante sospechas…


—El viejo y Henry enmudecieron de repente y sus miradas se dirigieron hacia los Howard que permanecían callados y espectantes en sus asientos.


—Bueno, nosotros pensábamos apearnos de aquí en Paloverde y dar por terminada esta aventura antes de que nos maten. Ha sido un placer convivir con ustedes y haber sobrevivido para contarlo pero puede que sea momento de…


No pudo acabar la frase, ante los agujeros de bala y el rostro herido de un Henry que ocupaba el espacio de aquella señorita del este junto a la que habían pasado tanto en tan poco tiempo…


—¡Qué demonios! ¡Vayamos a Paloverde y saquemos de allí a la señorita!

lunes, 21 de septiembre de 2020

Protección

 

La pared escarpada se pierde, atrás, en el horizonte. Más adelante, se extiende eterno el suelo rocoso, cubierto de polvo, y la presencia ocasional de algún coloso de piedra que observa con la calma de siglos acumulados, el pequeño grupo de jinetes que atraviesa sus territorios.


La señorita del este va en su propia montura, una de las que dejaron libres los jinetes que abandonaron este mundo. Lleva un pañuelo en la cabeza protegiéndole del sol; ningún mechón de pelo rojizo asoma ya. Cabalga firme, seria, correcta, manteniendo de nuevo su naturaleza encerrada entre los férreos cánones de su feminidad civilizada. El de los ojos profundos retiene la riendas de su caballo, hasta quedar junto a ella.


—Disculpe, señorita...


—O'leary


—Señorita O'leary, no debe preocuparse de nada. Está entre amigos. Nuestra única intención es acompañarla hasta Paloverde y que allí pueda hacer sus gestiones sin que corra ningún peligro.


—Sr…


—Llámeme Tom.


—¿No tiene apellido?


—Tom está bien.


—¿En tal caso, podría llamarle Tomas? Me tranquiliza, y tiene cierto aire distinguido.


—Como quiera…


—Verá Sr. Tomas, lo cierto es que mi vida no ha corrido ningún peligro hasta que, por alguna razón, se conoció el motivo de mi visita a Paloverde. Curiosamente toda amenaza, toda muerte y todo ataque ha venido, de la gente que, como usted, decía quererme proteger. Y lo cierto, perdone el atrevimiento, es que pienso que todo esto no es más que una escusa para aprovechar y cobrar lo estipulado por mi protección, además de llevar a cabo viejas guerras personales.


—Señorita O'leary, esos pensamientos oscuros no harán sino dañarla.


—Pero, Sr. Tomas, ¿cómo no voy a tener pensamientos oscuros cuando todo lo que he visto es muerte? Le confieso que estoy aterrada; atrás hemos dejado al Sr. Holmoak en unas condiciones tan lamentables que dudo pueda seguir adelante.


—Señorita, le ruego no me compare con Henry. Ese individuo es un ser incivilizado, incapaz de comprender y mantener los lazos necesarios para una sana vida en sociedad. Tiene lo que se ha ganado a pulso. Terco e indisciplinado, camina solo y piensa únicamente en el aire que respira. En su mundo no existe más que él y cualquier otro se convierte en un extraño que poco hace salvo estorbar. Es una víctima de su propio ser; no puede confiar en nada ni en nadie, no puede sacrificarse por el bien común y, tenga por seguro, que si en algún momento llegara a depender de él su bienestar, puede darse por perdida. Con nosotros, en cambio, no le pasará eso. Estamos aquí para protegerla, si ha tenido miedo, puede relajarse, nada ha de dañarla estando a mi lado.


—Pues verá Sr. Tomas, le ruego me perdone de nuevo, pero yo he percibido en el Sr. Holmoak a otro ser. He visto a alguien que ayuda cuando es necesario, pero que no tiene por qué quedarse después; alguien que necesita su espacio, que gusta de estar solo y disfruta la compañía. Y le he visto sacrificarse por otros, cuando lo ha considerado oportuno, sin proclamarlo a voces y sin que ello le beneficiara en modo alguno. Comprendo que mi juicio no está preparado para tales valoraciones, pero le veo a usted con sus hombres y no puedo apartar de mi mente la idea de que habla de comunidad y sociedad porque desde su posición le es provechosa; y me atenaza la duda de qué pasaría si alguno de los que forman su «comunidad» se negara a obedecer sus órdenes.


Cae un silencio sepulcral y algunos de los jinetes acercan levemente sus monturas hacia los hablantes.


—Dice bien, no está capacitada para valorar las complejidades de la sociedad humana. Lo cierto es que hay labores que uno no puede hacer, y se necesita más gente. A veces es necesario agruparse para defenderse y salvaguardar los intereses comunes. Y, aunque pueda parecerle desagradable, la única forma de permanecer firme, pese a todo lo que venga, es mediante una fuerte determinación, un orden adecuado y una disciplina que haga que todos los integrantes realicen bien su tarea. Estos hombres vienen conmigo porque saben que les va mejor que estando solos; y no porque yo lo diga, sino porque lo han visto con sus ojos y lo han disfrutado en sus bolsillos; es algo innegable.


—Y aún así hay quienes no quieren verlo, ¿es eso lo que quiere decir? Como el Sr. Holmoak.


—Eso es. La vida es enfrentamiento, y solo los más preparados prevalecen. Solo hay dos opciones: puedes intentar liderar o asociarte a otros más capaces. Los que, como el Sr. Holmoak, desdeñan esa realidad, simplemente son apartados.


—Comprendo. ¿Y no podría ocurrir, disculpe de antemano mis palabras, que de tanto estar pendiente a los enfrentamientos, acabemos por vivir más en ellos, en esa maraña de tácticas y estrategias, que en lo que deseábamos proteger?


—Tiene usted una lucidez instintiva, bastante desconcertante. Le pondré un ejemplo, solo eso, un ejemplo. Podríamos irnos, dejarla aquí, incluso regalándole el caballo; no diríamos a nadie donde está, ni contaríamos su situación personal. De esta forma, habríamos conseguido mantenerla al margen de todo, pero a la vez la habríamos condenado a una muerte segura, incapaz de valerse en este medio ni de encontrar el camino a seguir.


—Entiendo lo que dice, y es terrible.


—Exacto, por eso mismo le digo; no va a estar en ningún sitio mejor que junto a nosotros.


—Pero es que, de ese modo, es esa misma protección que me ofrece la que me mantiene encerrada. Seguiré con usted por miedo a que pase otra cosa y, al final, esa relajación que usted me promete nunca tiene lugar. ¿Le ocurrirá algo similar a alguno de sus hombres?


Uno de los caballos relincha, se mueve nerviosa alguna que otra montura y en el omnipresente silencio comienza a apreciarse cierto rumor de mentes.


Los ojos profundos se entrecierran y parecen adivinar cierto amago de sonrisa en la delicada cara de la señorita del este.


—Bueno, ya basta de ensoñaciones. Lo que importa es que llegará sana y salva a Paloverde. Usted obtendrá lo suyo y nosotros lo nuestro. Cuando tenga su dinero, podrá ahondar más en este tipo de pensamientos y seguramente acabe contratando a uno como yo y mis hombres para tener tiempo de sobra para ello.


Alza la mano y mira a su alrededor, reconociendo los rostros compungidos de alguno de sus hombres.


—¡Señores, queda poco para Paloverde! ¡Lo difícil ya está hecho! ¡Por si alguno lo olvidaba, esta vez la cosecha es la mejor que halláis visto: whisky bueno, buenas cartas y los muslos calientes de una o varias mujeres; esta vez, sin preocuparse por la escasez; y un baño caliente si es que alguno de vosotros se preocupa mínimamente por esos menesteres, panda de sabandijas!


Estallan las risas y varios disparos al aire rescatan los ánimos del fango y animan las bestias hacia el pueblo de Paloverde.

lunes, 24 de agosto de 2020

Planes

 

El sol les abandonó hace tiempo, ahora cruzan la madrugada. Henry dormita sobre su montura; dentro de la diligencia todos duermen; arriba Patty, recortada sobre el cielo estrellado, es una con la gruesa manta, mientras en el pescante Sam y Jake suben las solapas de los abrigos y rompen el silencio con bocanadas de vaho.


–¿Nos queda poco, no?


–¿Para llegar?


–Para morir –responde Jake con una sonrisa burlona en el rostro.


–Si después de todo esto muero, pienso dejar vacante en el cielo para ir al inaguantable infierno en el que hayas acabado y hacerte echar de menos cualquier tortura que puedas sufrir.


–Sam. Es un pensamiento muy intenso para conmigo… no demasiado halagüeño, pero intenso, de eso no hay duda. Muchas gracias, amigo.


El conductor no contesta, resopla una risa y da un tiento a las riendas para revivir a los animales.


–Estamos cerca, nos queda apenas una parada y llevamos provisiones. Si queremos evitar los apeaderos, promontorios y las zonas lógicas de parada; en algún momento deberíamos abandonar el camino.


–¿El mejor sitio?


–A ver, dado que estamos ignorando cualquier zona adecuada para parar, esquivando la comodidad y lo esperable… el mejor sitio es, sin duda, algo entre lo incómodo, lo expuesto y lo peligroso; desafortunadamente no tenemos cerca ningún abismo o volcán.


–¿Y para salir del camino?


–Dentro de un par de millas comienza a haber más roca que polvo, es incómodo para la diligencia pero deja menos rastro y podemos aprovechar las rocas para ocultarnos.


–No, estaba pensando en un lugar difícil de acceder y abierto.


–Oh claro, ¿por qué habría de imaginarme otra cosa? Algún sitio que nos cueste horrores llegar y desde donde se nos vea a la perfección, ¿cierto?


–Cierto. Si nos ven, también les veremos –asiente Jake feliz--. Algo como aquello.


El índice señala a una de las estrechas elevaciones de roca escarpada y pendiente excesivamente pronunciada.


–Si es eso lo que buscas, hay algo así más adelante, lo usaban los indios hace mucho. Igual de incómodo, pero que tiene un acceso más fácil, oculto en la parte de sombra.


Jake se asoma a un lado y silba una llamada a Henry. Este despierta toma las riendas del caballo y se acerca.


–Buenos días tenga usted. Debe ser importante si me llamas antes de que salga el sol.


–Apenas vamos a dejar que salga. ¿Alguno de tus coyotes se conoce esta zona?


–No. Sus raíces están más al sur.


–Bien. Sam conoce un lugar para parar un poco más adelante. Sitio elevado, poco conocido, con solo un acceso decente, oculto al gusto de los indios.


–¿Visible?


–Puedes apostar a que sí.


–¿Expuesto?


Asiente Sam en respuesta.


–¿Quiénes?


–¿La reverenda y tú os va bien?


–Muy bien, espero que podamos despiojar un poco el terreno antes de marcharnos.


–Tiempo es lo que más nos interesa.


–Tiempo tendréis.


Holmoak tira ligeramente de las riendas y se aparta un poco de la diligencia para echar un vistazo a los alrededores.


La luz anuncia el sol tras el horizonte. Un nuevo día comienza y con los primeros rayos cuatro pares de ojos se abren dentro de la diligencia; Patty emerge de su manta y los abrigos se abren dejando sitio al aire.


–Sam.


–¿Sí?


–¿Cuánto dirías que cuesta la diligencia?


El conductor ni siquiera se gira, continúa asido a las riendas y chasquea la lengua con la mirada fija en el horizonte, paladeando la pregunta antes de emitir la respuesta.


–No Jake, donde vaya mi diligencia iré yo.


–Eso dificulta las cosas…


Deja Sam un momento las riendas y se gira hacia su acompañante con rostro severo y voz áspera.


–No hay negociación que valga, estoy muy viejo ya para hacer otra cosa. Donde vaya este armatoste iré yo. Y por si lo estás pensando: sí, si cae por un precipicio, iré con él. En este mundo hay muy pocas cosas a las que anclarse; cuando encuentras una, vale la pena continuar.


–A veces hay que ser práctico y hacer aquello que más convenga. No hay muchas posibilidades de salir de esta con la diligencia.


–¿Sabes?, aunque te parezca mentira este cacharro ha sido mi vida. Y como tal pienso seguir a bordo hasta las últimas consecuencias. Si te parece algo ilógico o absurdo, te recuerdo que llevamos ya un tiempo recorriendo ese camino.


Calla Jake ante la evidencia y piensa alguna forma de variar los planes.


–Si lo que quieres es ganar tiempo ¿qué te importa? La diligencia te lo dará.


–No quería pagarlo con vidas.


–Eso está aún por ver. Yo me quedo con Patty y Henry.


–De acuerdo, hagámoslo a tu manera. Necesito que nos digas una ruta a seguir lo más apartada posible.


–Una vez lleguemos a la zona rocosa hay viejas sendas que cruzan la zona. El camino es difícil pero ahorraréis tiempo.


–¿Andando?


–Sería lo suyo.


–De acuerdo, que así sea.


Sam sonríe satisfecho, sacude las riendas y aviva los animales mientras el sol se alza por el lado, invocando el fulgor rojo y vivo de la diligencia.

lunes, 13 de julio de 2020

Quemando tierras


–¡Sooo! –Los caballos se detienen, poco antes de llegar al apeadero.– ¿Y bien?

–La verdad, no sé qué decirte… ¿Patty?

Desde arriba de la diligencia, la india otea la entrada, el edificio principal y una pequeña caseta junto a los establos.

–No avancéis. Algo va mal, Jake, demasiada calma. ¿Recuerdas Soft Valley?

–Lo recuerdo.

Sam mira hacia Jake con la pregunta en el rostro. Jake suspira y niega con la cabeza

–Una casa en la que solíamos parar cuando llevábamos ganado. Los dueños, Erwin y Bricia, nos daban techo y comida a cambio de un puñado de historias y cualquier cosa de lo que lleváramos que les hiciera un apaño. Cierto día, estando a tiro de revólver, a Patty se le cruzó la misma sombra que ahora y si algo he aprendido es a hacer caso a sus presentimientos; te costará de creer, pero tiene contacto con alguien ahí arriba: el de los suyos, el nuestro, el de todos o el de ninguno… pero lo tiene; y aquel día olió a muerte.

--¿Y bien?

–Se acercó Henry. Enviarlo a él con sus dos cañones y el bowie era como mandar a toda una avanzadilla: sabía acercarse en calma y tronar solo cuando fuera necesario. Él fue quien encontró los dos cadáveres en el centro del salón con tantos cortes que costaba imaginarlos sin costuras y el cráneo, al aire, lleno de sangre reseca.

–¿Indios?

–Coyotes más bien, de los de dos patas, mudando de piel para que pareciera roja.

–Entonces, ¿qué hacemos?

–¿Reverenda?

–Parece que la tormenta ha pasado. Nos falta el maldito alcornoque; podría intentar acercarme yo…

–Yo iré, quédate ahí arriba y mantén la mira cerca del ojo.

Jake baja de la diligencia y Patty lleva el rifle al hombro, con la guarda decorada con tachas de latón en forma de cruz, y hace de la mira su nuevo horizonte. Jake desenfunda y camina ahogando los pasos, eludiendo el camino directo hasta el muro que rodea el recinto. Una vez allí observa a Patty que da el visto bueno con una de sus manos. Él respira hondo y se acerca al portón, entreabierto, de madera basta y grisácea. Mantiene en alto el revólver a la izquierda, posa la mano derecha sobre uno de los tablones y empieza a empujar.

Chirrían los goznes. Para un segundo, nada se oye, y no queda sino continuar. Abre la puerta y se cuela dentro, buscando con prisa un sitio donde poderse resguardar. Se sienta en el suelo, apoya la espalda contra un par de barriles e invoca de nuevo el silencio para ver si alguien se delata en un ruido.

De nuevo nada se oye. Se gira un poco y mira entre la fina rendija que dejan los toneles. La puerta del edificio principal está abierta, los establos vacíos sin bestias ni aperos y una caseta, sin puerta, alberga los cuerpos de quienes han encontrado ya su final. Ahora solo queda la parte más difícil, levantarse e ir hacia allá como una sombra, confiando en el buen ojo de Patty… ¿Cómo lo hacía Henry?

Respira hondo, aprieta fuerte los dientes y devuelve su cuerpo al aire libre. Se mueve sin arranques ni pausas, fluido, errático, calmado; concentrando el nervio en ojo e índice, por si toca invocar tormenta. Y entonces un ruido surge del establo, gira en instinto el arma, bajando el pulgar, invocando el índice hasta que la visión de un lagarto espinoso ahoga el golpe, la chispa y la llama, mantiene en calma el gatillo y activa las risas de una digger que no ha dejado de ver todo desde su atalaya.

El silbido final de Patty le devuelve a la calma. Recompone paso, yergue figura y camina hacia la caseta. Rastros de sangre, de dos o tres horas, muestran el itinerario seguido al arrastrar los cuerpos. Un viejo, dos hombres y una anciana duermen en grupo su sueño eterno. Solo plomo, ni cortes ni ensañamiento, un mero trámite que les deja sin cambio de bestias ni comida en medio del maldito yermo.

Acerca Sam la diligencia y bajan hacia el edificio principal.

Jake abandona la caseta y se acerca al grupo.

–Quien haya sido no ha de volver. Su trabajo ya está hecho.

–Habrá que decidir qué hacemos –comenta Sam–. Habría que plantearse si esperar hasta que descansen los caballos o volver atrás.

El viejo recibe las palabras con sorpresa.

–Señor Summers, debemos llegar cuanto antes a nuestro destino. Me veo en la obligación de recordarle que de ello depende que usted reciba su emolumento.

–Y usted debe entender que los animales necesitan reposo y que quien haya hecho esto nos quiere cansados y hambrientos.

–Quizás doblando la cantidad encuentre el valor necesario para continuar.

–¿Usted me ha visto bien? ¿Le parezco alguien a quien el dinero pueda conducir? Le cobraré lo justo por el viaje, y pienso llevarlo a cabo en las mejores condiciones para todos nosotros y, por supuesto, para los animales, porque le recuerdo que sin ellos usted no habría llegado hasta aquí.

–A ver, no era mi intención decirle cómo hacer su trabajo y ya sé que no sufre la enfermedad del oro; pero quiero hacerle entender que es crucial que lleguemos a tiempo. No se trata ya de poder cobrar más, sino –el viejo echa un vistazo hacia la señorita que, bajo su pamela, apenas atiende a lo que pasa perdida ante la visión de los rastros de sangre en el suelo– sencillamente de cobrar sin más. Si la señorita no llega en el tiempo indicado, ni usted ni yo ni ella veremos un solo dólar. Por eso mismo, indique usted el precio que considere justo de acuerdo al riesgo y sigamos adelante.

–Lo cierto es que los problemas nos siguen hagamos lo que hagamos –interviene Jake– el ataque en William’s Post no fue casualidad. Y estoy seguro que si Henry rehusó venirse fue para no sumar sus problemas a los nuestros. Si volvemos allí, tendremos a sus demonios en contra nuestra y con nosotros no habrán de llevar cuidado de levantar sospechas. Yo creo que lo mejor sería quedarse y descansar.

–Estos no vuelven, eso está claro. –dice Patty mientras echa un vistazo adentro de la caseta.– De volver a verlos será más adelante.

–De acuerdo, ya hablaremos luego con calma de sus “cláusulas especiales” –dispara Sam hacia el viejo– parece que puede tener algo que ver en lo que nos está pasando. De momento las cartas están sobre la mesa, así que: abran juego.

El viejo decide seguir sin demora y la señorita vota de acuerdo a él. Los Howard se mantienen al margen mientras mantienen las ganas atadas a la cámara y la vista en la triste escena de la caseta. Jake y Patty deciden continuar pero esperando el tiempo necesario para que los animales descansen. Y Sam piensa seriamente volver a las montañas y desde allí tomar otro camino, pero el recuerdo del ataque en William’s Post y la posibilidad de una nueva encerrona le hacen posicionarse junto a su compañero de asiento y Patty. El viejo asiente con desgana e intenta convencerse de que con los animales descansados aumentan las posibilidades de llegar a tiempo al destino.

–Decidido entonces –informa Sam– dejamos descansar a los animales y continuamos.

–Necesitaré algunos brazos para hacernos cargo de los cuerpos.

–Vamos allá, reverenda.

Aprovecha Sam para echar un sueño. Jake y Patty van hacia los cuerpos, ofrecen también sus brazos los Howard, aprovechando para fotografiar el momento, y se acerca la señorita, pese a las protestas del viejo; va firme como siempre, pero el rostro se muestra ausente, cubre con sábanas del edificio principal los cuerpos y mira sus caras intentando entender la magnitud del motivo que pueda llevar a ejecutar tal acto.

lunes, 6 de julio de 2020

Despedidas


El sol aún no sobrepasa los pinos. Los últimos rescoldos de la fogata humean a la mañana. La cafetera reposa vacía y se empieza a enfriar. Pequeñas gotas de rocío coronan las plantas, inundadas por una claridad grisácea y se preparan para desaparecer.

En el valle la diligencia está lista. Sam repasa las ataduras de los caballos, mientras Patty y Jake acaban de cargar los equipajes.

Los Howard vienen de los límites del terreno con la cámara a cuestas y la cara de satisfacción de haber cazado buenas piezas.

El viejo sale renqueando con la mano derecha aplacando riñones y la izquierda intentando extraer algún resto del desayuno que se niega a abandonar los dientes. La señorita va tras él: recta, imponente y disciplinada, como si no tocara el suelo, enarbolando el amarillo vivo de sus ropas contra el frío gris del alba. Solo antes de subir, se detiene un segundo mirando atrás, se permite un mero pestañeo y una sonrisa se fuga ante la visión de aquella casa en medio de un lugar perdido.

Ocupan todos su sitio adentro, se enrollan los cueros de las ventanas, asegurando el contacto con el exterior.

Sam va colocando las riendas, revisando la palanca de freno y templando las ganas.

En suelo firme, Henry, Patty y Jake se mantienen en pie, pensando en alto, buscando palabras, cada uno frente al otro evaluando quién será el primero en desenfundar.

—¿Estas seguro? —habla primero Jake.

Henry asiente solemne con la cabeza.

—Tengo aún cosas que poner en orden. Pero gracias por compartir vuestro plan conmigo.

—Seguirá en pie, amigo. Siempre que sigas en este mundo.

Asiente Henry de nuevo y dispara un vistazo a la india que acuchilla una mueca extraña en el rostro.

—Ha estado bien volver a veros y pasar una noche al raso como en los viejos tiempos. Me he sacudido unos cuantos años de encima.

Recompone Patty la voz y arranca grave.

—No hay nada aquí que no puedas conseguir fuera. Todo es mundo, Henry. Lo único que puede ocurrir es que pierdas tu propia vida en esta tierra.

—Joder con la Digger, ¿siempre sabes dónde cavar, eh?

Patty amartilla el rostro.

—¡Vete al infierno, alcornoque!

—Para ser reverenda mandas demasiadas veces a la gente para abajo.

—No importa dónde te mande, seguro que tendrías los santos cojones de notar algo de frío allí.

La cuchillada secciona toda tensión. Toman un tiempo más en despedirse. Patty sube al techo de la diligencia y Jake ocupa su sitio junto a Sam. Henry se queda en tierra, acompañando la diligencia con la mirada, hasta que la gran muralla de pinos acaba por engullirla. Da media vuelta y observa su casa y el valle, magnífico paraíso apartado del mundo, rodeado de hostilidad.

Abandonan el bosque y al terminar la última pendiente: se coloca Sam el sombrero, toca firme las riendas y todo vuelve a rodar.

Relinchan feroces las bestias, buscan asideros las manos, cabecean veloces las crines, giran a la inversa los radios y surge densa la nube de polvo que solo atraviesa un sol implacable. Surca el bote sin detenerse; paisaje seco y amarillento. Mas no se oye nada, ni pájaros ni viento ni gritos ni insectos, solo el silencio de unas trompetas estridentes que atronan en metal el mundo eterno que se extiende ante ellos.

lunes, 22 de junio de 2020

Henry Holmoak


El cielo plagado de estrellas apenas iluminaba la casa de donde surgían voces y risas.

Las manos golpeaban la mesa al ritmo de las carcajadas. Rostros enrojecidos, restos de saliva lanzados al aire. Las botellas encerraban el poco caldo que quedaba en la sala.

Entre las risas y el griterío se alzó una de las voces.

—¿Y qué me decís de cuando le movimos dos palmos los postes del cercado?

—No paraba de ir de aquí para allá, como si notara que algo fallaba y no sabía el qué.

—El par de maderos con carcoma que le pusimos... esa sí que fue buena. Cuando se le escaparon los animales y se puso, uno a uno, a revisar todos los postes.

—¿Y la pepita que le dejamos medio escondida cerca del río? Va el tío y la chafa sin darse cuenta, el muy imbécil.

—Yo creo que sabía muy bien lo que había. Nos caló...

—Una pena, hubiera sido genial verlo cavar en busca del filón.

—De todas formas todo sirve; cada revés, por pequeño que sea, suma. El objetivo es que cada cosa que le ocurra piense que es adrede. Al final ya no habremos de hacer nada y cualquier imprevisto parecerá preparado... Creedme, llegado el momento, el mundo entero jugará a nuestro favor y él tendrá todo de cara. Es solo cosa de tiempo que caiga.

—Eso dijiste hace tiempo, Bud, y ahí sigue. Estamos cansados de verlo de aquí para allá. A estas alturas ya debería haber abandonado las tierras, pero no es así...

—No os preocupéis, tengo un as en la manga; algo que no se espera. Llevo haciendo esto mucho tiempo y sé lo que hago. No será ni el primero ni el último. A fin de cuentas debéis entender que nosotros estamos en este lado y él está solo. Os aseguro que es cosa de tiempo, pensadlo bien, ¿qué tiene?


***

Bajo el porche, sentado en su vieja mecedora con una humeante taza de café, algo aguado, en la mano. El alba ya despunta. Con el primer sorbo llega la brisa fresca de la mañana. Nota el revigorizante amargor entonando el cuerpo, mientras disfruta del mecer de las copas de los árboles y el suave rumor del río.

Lejos, en la casa de las carcajadas, la gente ha caído. Algunos sobre sus propias babas, otros abrazando botellas. Solo dos se mantienen despiertos, un tipo de elegante sombrero y uno de los del rancho.

—... es sin duda el mejor, señor Palefield, todas las jugadas, todas las trampas, sin levantar sospecha y sin un solo acto que pueda erizar al sheriff... sabe lo que se hace; se nota que lleva tiempo en el asunto.

—Tienes toda la razón, Bud es justo lo que necesitábamos, el mejor que he visto en mi vida. Y por eso mismo será el siguiente.

—Pero...

—¿Qué esperabas? Este es un mundo de canallas, no quiero que llegue el momento en que deba enfrentarme con él.

—Entonces...

—No te preocupes, si algo aprecio en mi gente es la sensatez. Y tú eres muy sensato, dale alguna que otra vuelta y lo comprenderás. Por cierto, ¿quién traía este mes el ganado del sur?

—Rob, señor Palefield.

—Perfecto, un borrachín.

***

Tras el último sorbo, deja la taza en la mesita que hizo con los restos sanos de unos postes carcomidos, comprobó el tonel de agua de lluvia que puso bajo la canal del porche cuando el río cambió de curso y se fue a echar un vistazo a los animales en el cercado nuevo.

A veces le cortaban la vida, pero se trataba sencillamente de caminar por otra senda.

lunes, 1 de junio de 2020

William's Post


La tierra rojiza desaparece con el entrecerrar de párpados. Ha conseguido ser uno con el vaivén y el ronroneo de cascos y ruedas, amortiguados por el polvo suelto del camino. A su izquierda, la señorita, pamela y vestido impolutos, mantiene la posición adecuada. Firme faro, insignia de la civilización y las buenas costumbres, tan solo se permite un ligero ladeo de cabeza y el anhelo pueril del descanso en su fuero interno.

El cambio de ritmo remueve sus almas. El viejo recoge la compostura, se frota los ojos, carraspea alguna palabreja y atisba por la ventana los cuatro palos que atraviesa la diligencia.

—¡Dama, caballos y Patty! ¡Bienvenidos a William’s Post!

Los caballos conocen bien el camino. Se detienen frente a un edificio de adobe, cerca de un techado de cañas que hace las funciones de establo; resoplan y patean el suelo para sacudirse la tensión del viaje.

La mano derecha de Sam tira de la palanca de freno.

—¡Todos abajo!

Patty toma tierra de un salto, Jake sacude sus ropas y abre la puerta de la diligencia. Sale el viejo enfrentando sus ojos al sol de la tarde. Va tras él la señorita, grácil y enhiesta, cubierta por la pamela, y se mantiene a la espera de que alguien dome el terreno inexplorado.

—Ahí, a la izquierda de los establos, tienen el abrevadero con una fuente por si quieren refrescarse. En el lujoso edificio que tienen en frente podrán descansar cómodamente y degustar algún que otro exquisito manjar de la zona.

—Menos pompa, Don Summers. No sea que no haya un plato del buen guiso de María para usted.

La voz nace del techado de cañas. Un tipo bajo, de tez cetrina, gruesas cejas y ropas cómodas y ligeras se acerca. Lleva un sombrero claro de ala ancha y una sonrisa de oreja a oreja que muestran alguno de los dientes que siguen en pie de guerra.

—Querido Tomás, siempre es una alegría llegar a tus dominios. Cualquier cuchitril se convierte en palacio si lo pones en medio del infierno.

Jake y Patty llevan la diligencia al establo y acomodan a los caballos. El viejo rechina riñones hasta que de la bomba sale algo que bien podría llamarse agua. Moja el pañuelo y se lo pasa a la señorita para que se refresque, justo antes de hundir ambas manos y llevar el caldo turbio a su rostro.

Tomás escudriña la carga.

—¿Solo dos? Eso no vale ni el resuello de un caballo.

—Tuvimos jaleo en White Valley. Algo más serio de lo habitual, y no tengo ni idea del porqué; se quedaron casi todos en el puesto de Martha. Estos dos siguen, el viejo tiene prisa y paga muy bien.

—Bueno, aquí dentro tienes otros dos. Se apearon hará una semana, un poco raros; gente del este.

Sam resopla, mira al bueno de Tomás y poniéndole la mano sobre el hombro comienza a caminar hacia el edificio.

—Huele a que hemos llegado a tiempo…

Dan un rodeo hasta llegar al ala derecha donde una mujer bajita y regordeta mueve con garbo el contenido de un caldero azuzado por un buen fuego.

—Aquí solo se puede entrar cuando María lleva las riendas. Es el único momento en que no se aprecia el hedor de Tomás.

—¡Oh, si es Don Sam!, ¿aún no te has quitado esos bigotes de ciudad?

—Es lo único elegante que me queda. ¿Cómo os van las cosas?

—Bien, como siempre. Supongo que Tomás ya te ha dicho que tienes dos más para llevar.

—Así es, parece que tendré que arreglarme los bigotes.

—Son buena gente.

—Bien, eso facilita las cosas.

Tomás cruza la placeta de tierra y se acerca al techado.

—Buenos días caballeros, señoritas; mi nombre es Tomás Garriga, soy el dueño de este sitio. Aquí tienen a su disposición toda el agua que necesiten. Podrán pasar la noche dentro, tenemos algunas mantas y jergones para que puedan descansar cómodamente en el suelo. Las señoritas podrán compartir la cama con mi señora si lo prefieren. En un par de horas tendremos listo algo de cena por si les apetece acompañarnos, el precio no es muy alto y, créanme, echarán de menos algo tan bueno durante el resto de su viaje.

—Buenos días Tomás —intervino el viejo— perdone la indiscreción pero, ¿no hay un señor William en William’s Post?

—Pues verá, con el perdón de la señorita, el señor William tuvo a bien dejar este mundo con el cuello en una soga. Organizaba encuentros entre las diligencias y un grupo de bandidos de la zona. Pero eso es algo de lo que ustedes no deben preocuparse, ahora estamos aquí mi mujer y yo; somos gente sencilla y humilde que aún no tiene amigos por aquí.

Rió Tomás y, viéndolos más relajados, les invitó a pasar.

Dentro no había nada especial. A mano izquierda dos puertas: una, la habitación de los dueños; la otra, según Tomás, un cuarto para guardar las cosas. El resto es una sala amplia de suelo de tierra apisonada con una alacena y una gran mesa de madera en la que una pareja, en estrafalarias y cómodas ropas de viaje, se encuentra inclinada sobre un mapa.

—No, tiene que ser desde aquí, es el mejor lugar sin duda. −El hombre alza la vista.

—Y estos son los Howard, —continúa Tomás— les acompañarán durante el resto del viaje. Ahora les dejo que se pongan cómodos. Les avisaré en cuanto esté la cena.

Se ejecutan saludos y el intercambio de impresiones da paso a una charla más distendida. No hay filo y el tiempo pasa agradable.

Mientras tanto, afuera, Jake y Patty aprovechan la ausencia del resto, apoyados en los postes del techado, para descansar y disfrutar del frescor que trae la ausencia del sol.

−¿Cuánto tiempo, eh?

El ascua enrojece viva con el suave chisporroteo del tabaco y se calma para dejar sitio a un sinuoso hilo de humo.

−Mucho. Casi tanto que ya no esperaba volver a ver esto.

Las estrellas plagan el cielo oscuro e infinito, aumentando su número conforme más detenidamente se las observa.

−Hacía falta algo así, reverenda... Hacía falta.