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lunes, 13 de abril de 2015

Instrumentos

Noche clara y despejada. Noche sin luna. Noche muerta y vacía. Noche oscura fría y enlutada. Abajo en las casas, un silencio opresivo. Arriba en la cabaña, dos grandes ojos vigilan inquietos una suerte de sombra, de movimiento sigiloso, dividiendo su forma en famélico enjambre. Los ojos baten sus alas y ulula su aviso. Reúne valor y despierta el arma, esta será una noche ensangrentada.

El crujido agudo de cristal rasgó sus sueños. Abrió los ojos de golpe y tomó todo el aire de la habitación.  A tientas buscó el peso confortable del bastón y luchó contra el quejido de la madera al incorporarse. La trampilla que comunicaba su atalaya con el piso inferior seguía cerrada y sobre ella descansaba el cuadro de Jed con el marco partido y fragmentos de cristal dispersos por toda la sala.

-¿Qué demonios quieres ahora, maldito idiota?

Fue a calzarse y a por algo para recoger el estropicio cuando, al pasar por la ventana, observó una gran masa informe, agazapada en la calle, caminando hacia el saloon. La oscuridad no ofrecía mayor detalle y encender una luz hubiera delatado su posición. Así que apoyó ambas manos en el quicio de la ventana y se esforzó cuanto pudo en definir aquel cordón de formas encorvadas. Una de ellas parecía más grande de lo normal, otras dos estaban unidas de alguna forma y del resto, un amasijo difícil de delimitar, solo acertó a distinguir dos relucientes ojos amarillentos que, atravesando la oscuridad y el traslúcido manto del vidrio, escrutaban su posición. Sentía como si pudieran adivinar su figura, como si recorrieran su contorno en busca del indicio, el más mínimo temblor, que delatara su presencia. Aguantó cuanto pudo el aire, hasta que el cuerpo pidió auxilio; aflojó la presión de las manos y comenzó a expirar pausadamente hasta que llegó: un pestañeo, un gesto, un cambio leve de postura... algo detonó el mecanismo y la mecha prendió en el tenso silencio; los dos ojos se abrieron más y pudo adivinar el brillo perlado de unas fauces afiladas. Se echó hacia atrás, tragó el terror y, reincorporándose, abrió la ventana y dio con todas sus fuerzas la voz de alarma.

Con el grito, una luz se encendió en el piso superior de la torre segunda del saloon y la masa oscura hirvió confusa hasta que una voz salió del contorno, mostrando su figura de barba y bigotes erizados bajo sombrero de copa desproporcionado, y comenzó a vomitar órdenes. Pudo escuchar el peso metálico de unos grilletes y observó horrorizado como los ojos corrían hacia su atalaya; tras él, la sombra más grande se irguió, hasta alcanzar dimensiones titánicas, y se dirigió hacia uno de los postes que sustentaban la atalaya.

DeLoyd apenas tuvo tiempo de dejar el bastón, coger un viejo revólver y tomar un puñado de balas, cuando el primer crujido reveló la gravedad del temblor. Por la ventana pudo ver la cabeza de aquel gigantesco ser, rozando el primer piso, y sus dos manos empujando con fuerza la estructura. La primera bala saltó con una nueva sacudida. La segunda cayó de su temblorosa mano al intentar cargarla. Para la tercera tomó un segundo, ató los nervios y consiguió introducirla en el tambor. Guardó el resto de balas en un bolsillo de su pijama, abrió la ventana y presionó el percutor con el pulgar. Se asomó lo necesario para asegurar el tiro, aguantó el aire, se mordió ligeramente el labio y, antes de apretar el gatillo, un terrible crujido desencadenó la tormenta de astillas que echó todo abajo.

Las sombra erizada seguía vomitando órdenes.

Un par de criaturas arremetieron contra la puerta de la casa de Tabitha, los clavos de los goznes salieron disparados y las bestias entraron destrozando todo a su paso. Hachas y dientes; sudor, espuma y babas; sed de sangre y hambre de almas.

Una mujer enorme, con abundante vello por toda la cara, tenía a Ralph agarrado por el cuello con ambas manos, sintiendo el esfuerzo de su tráquea por ensancharse para dejar pasar el aire, los golpes mal dirigidos y el latido insistente de desesperación. Mientras una de las manos de Ralph buscaba en la herrería algún asidero para seguir con vida, aquel ser apretaba con todas sus fuerzas, sus rechonchos dedos quedaban emblanquecidos por la presión; constreñía con la ira liberada el día que derramaron sangre por primera vez, con el ansia de quien ha estado sojuzgado durante años y sabe que, en el momento en que cese su ataque, volverá a su antigua posición. Envilecida, mantenida por el odio, el único sentimiento capaz de mantenerla libre, sostenía su férrea presa hasta que el frío romo de un martillo abrió su cráneo y rompió toda atadura con el mundo terrenal.

Entonces se vieron varios chispazos y una llama creció entre las sombras. Dos jóvenes, unidos por el costado, corretearon por el pueblo con botellas, trapos viejos y una antorcha. Entre risas alocadas   de júbilo y ojos desorbitados por la dulce venganza frente a años de insultos y vejaciones, unieron fuego con madera y abrieron las puertas del infierno.

Entre el humo y el fuego, DeLoyd sacudió la cabeza y apartó los restos de madera que quedaban sobre él. Pestañeó un par de veces y limpió con su manga los ojos que, aun escocidos, observaron al gigante, azul a la luz de la llama, erguido frente a él. Un coloso de fuertes músculos, poderoso, majestuoso y noble, la representación física de la fuerza de la naturaleza, roto por el odio. Rugió y  hermanó su grito con el trueno, apagando todo resto de valentía en las entrañas del alcalde. Se agachó y cogió una de las vigas tronchadas con la misma facilidad que un garrote y lo alzó como un titán, conocedor, al fin, de su poder y fuerza, dispuesto a romper a uno de aquellos minúsculos seres que durante tanto tiempo lo habían sometido. Pero el índice de DeLoyd apretó el gatillo y la bala se alojó entre los ojos del coloso, quien, con la sorpresa cuajada en el rostro, cayó con un estruendo, eclipsando todo alrededor, como cuando algo único desaparece.

Edgar disparaba la última bala de su revólver sobre algo que difícilmente podría explicar. Y notó un dolor agudo en la corva. Cayó y, al intentar mover la pierna, notó el rasgar frío de metal contra hueso. Gritó hasta que no pudo más. Entonces unas manos cogieron su pelo y tiraron de él con fuerza, dejándolo de rodillas, exhausto y con la visión empañada de un enano con un cuchillo afilado frente a él. Torcía el labio en una mueca extraña, no sonreía, parecía dolor y rabia. Acercó el filo a su cuello y llegó a ver brotar la primera gota de sangre antes de que el sheriff Nake dispersara una lluvia de postas sobre su cabeza.

Y en el saloon, la luz salió de la segunda torre y caminó hacia la pasarela. Algunos clientes corrían como locos, empujándose, para caer frente a cuatro de aquellos seres que atacaban con cuchillos, con dientes y puños. Kornelius disparó un par de veces al aire y por un momento aquellas bestias se quedaron quietas. Bison y Vera aprovecharon para volver a meter adentro a los heridos y Kornelius disparó una vez más, a la vez que avanzaba. Las criaturas retrocedieron y los tres continuaron avanzando hasta recuperar la sala principal de la primera torre. Cruzaron las puertas abatibles y salieron al caos. Allí en medio, Andrew seguía escupiendo órdenes, con su estrella de cinco puntas de bigotes y barba erizados y el sombrero de maestro de ceremonias que siempre llevó cuando trabajaron para él. Al ver que los suyos retrocedían, volvió a arengarlos y cuando reconoció a Kornelius y a Vera, la arenga creció, concentrando casi todo el infierno en ellos.

Bison retrocedió inicialmente ante el humo y las llamas, hasta que vio que las cuatro criaturas acudían a por ellos. Se caló el bombín y blandió el garrote bufando como un loco, escuchando el crujir de huesos ajenos y notando punzadas y cortes en su propio cuerpo. Con cada golpe el aire se escapaba, el aliento se volvía pesado, la boca se secaba y el sabor a hierro de la sangre ajena se juntaba con la propia; la mirada se enturbiaba y apenas acertaba a dirigir los golpes. Notó una mordida de acero y se tambaleó pesadamente, pronto otra punzada le hirió de rabia. Ya no era capaz de ver más allá de un borrón y aun así lanzaba algún que otro golpe al aire, deseando encontrar alguna resistencia para romper y acabar con la tortura. Pero al final un nuevo tambaleo pudo con él y quedó tumbado en el suelo. Entre las brumas consiguió reconocer la figura de Kornelius, delante de Vera, disparando su pepperbox para salvar sus vidas. Vislumbró también la estrafalaria figura del maestro de ceremonias y su brazo extendiéndose, revólver en mano, sin que Kornelius pudiera verlo. El disparo no se hizo esperar y Kornelius cayó muerto, mientras Vera quedaba congelada frente a todo aquel horror. Bison hizo un último esfuerzo y consiguió levantarse un poco extendiendo los brazos, pero un nuevo golpe dispersó sus fuerzas y lo devolvió al suelo. Ya no podía ver ni sus propias manos y el aire le abrasaba al entrar cuando escuchó disparos lejanos y silbidos de balas a su alrededor; ninguna pareció darle cuando la noche lo cubrió con su manto.

Andrew apuntaba a Vera cuando otro estallido de pólvora resonó arriba en la colina y un silbido atravesó todo el campo de batalla, pasando sobre el sheriff Nake, Edward Curtis y Ralph Sugart que, junto a Edgar, se habían hecho fuertes en la herrería, sobre DeLoyd que, parapetado tras los escombros, seguía disparando y dio de lleno en la espalda de los jóvenes siameses, derramando todo el líquido y creando una columna de fuego en medio del pueblo. Los siguientes proyectiles silbaron la muerte de algunos que estaban cerca de Vera. Andrew se giró para ver de dónde provenían aquellas balas y Vera recogió la pistola de Kornelius, amartilló el arma y gritó desde lo más hondo de su alma para apretar el gatillo; el arma detonó con rabia y todas las balas que quedaban salieron a la vez, traspasando el humo hasta alojarse en la carne del maestro de ceremonias expulsándole de este mundo con cientos de palabras agolpadas, pudriéndose en su garganta.

Arriba en la colina, Jonowl palanqueaba el rifle enviando casquillos al aire, mientras Tabitha acercaba más balas. El arma había despertado y seguía igual de fría que al principio, el calor leve de cada detonación desaparecía al instante, consumido por una insaciable sed de sangre. Cada muerte era un revuelo en el ánimo de Jonowl, comenzaba a seguirlos con su mira, anticipando los movimientos, jugando con sus víctimas. La columna de fuego produjo una satisfacción indescriptible. Limpió el cuerpo de Bison de aquellos seres como quien despioja a un búfalo. Vera había acabado con Andrew y él necesitaba más blancos para saciar la sed del arma que latía con ansia por seguir matando. Barrió la zona y vio a los pocos de aquellos pobres diablos que habían sobrevivido; desamparados, sin la voz que hacía hervir su sangre, huían despavoridos. El primero cayó de un tiro limpio en la cabeza, rodó torpemente como un muñeco de trapo. Escuchó el aleteo de su compañero pero de nada sirvió, era incapaz de ver sus grandes ojos mostrando el final. Disparó a un segundo, falló y le dio en la pierna, haciéndole caer herido. Le dolió el error y buscó con la mira su cabeza, comenzó los cálculos intuitivos de distancia y viento. Llevó el índice al gatillo y se dispuso a callarlo de una vez, cuando a su lado escuchó un “Para, ya está”. Un ronroneo crudamente sincero, suave y cálido. Unas manos se posaron sobre las suyas y apartaron el arma de su cara. Poco a poco la alejó de él, hasta que todo vínculo quedó disuelto y sus propias manos fueron quienes tiraron el arma maldita al suelo, se agachó y resopló.

-Voy abajo, me necesitan. ¿Estás bien?


Jonowl se limitó a asentir y se quedó observándola mientras marchaba, colina abajo. Después respiró hondo, echó las pieles sobre el arma, se incorporó y la llevó adentro para encerrarla de nuevo en el arcón.

lunes, 2 de marzo de 2015

La feria

Esgrime la pluma firme en la mano. Mira, vago, el libro de cuentas. Barba y bigote, sin la cera que los atiesa, caen lánguidos hasta la boca del estómago. Y sigue en trance hasta que una gota de tinta rompe el orden del papel en blanco. Cierra el libro de un golpe expandiendo la mancha, devuelve el útil a su tintero y observa la bolsa, repleta de dinero, en medio de la mesa. Acude de nuevo a las últimas palabras; sencillamente no puede creerlo.

“...Así es, le ofrezco a Vera O'hara y a Kornelius, dinero más que suficiente para cubrir sus deudas y un lugar donde hacer fortuna. Solo tiene que satisfacer su sed de venganza, demasiado tiempo postergada... trabaje para mí y la noche volverá a ser tiempo de descanso...”

Se había levantado sin esperar reacción alguna, dejó la bolsa y se marchó tan repentinamente como había llegado. Se detuvo solo un segundo, justo antes de abandonar la tienda, para coger su bastón, ponerse el bombín y decir sus últimas palabras:

“No se moleste en contestar; ya sé la respuesta. Esté atento a los periódicos, cuando su actual valedora caiga, será el momento de que comience a actuar.”

Intentó contar el dinero, pero el remolino de información engullía las cuentas. Las frases entrechocaban, agolpándose, e intentaba desgranarlas una a una, para poder enfrentarse debidamente a los hechos. 

“Es impensable que alguien pueda acabar con la Sra. Wilberd, pero si ese tipo deja todo ese dinero como quien da unos pocos centavos, bien puede haberlo arreglado... y ¿cómo sabía lo de las deudas?... ¿y lo de Vera y Kornelius?... Moodley; contigo o contra ti, ¿verdad? Un momento, hará un par de meses que acude menos gente a las funciones... ¿Cuándo se escaparon los malditos chinos?... y esos moralistas que hace poco que vienen a estorbar... demasiados cabos... Y, delante, mucho dinero y el dulce bálsamo de la venganza. Vamos Andrew, sé listo, tienes mucho que ganar; ¿acaso no quieres ver el rostro frío de esos dos? Recuerda el día que te apuntaron, como si fueran algo más que insignificantes piezas de feria. Eso es, en esa bolsa tienes el arma de tu venganza.”

Se levantó y llenó el aguamanil. Se lavó a conciencia, dejando que el frescor aclarara las ideas. Se puso el traje de ceremonias, se colocó el sombrero y enceró la estrella de cuatro puntas de su bigote y barba picuda. 

Fue a la sala donde descansaban los suyos y les despertó lanzándoles monedas. El gigante, con el eterno recuerdo de su maquillaje azul, miraba embobado las monedas y la sonrisa dorada de su señor. El resto de freaks abrieron los ojos como platos y acudieron ante la llamada del amo.

-Tomad, aquí tenéis parte de lo que siempre fue vuestro. Este es el pago justo por vuestra dedicación y empeño. Y había más, mucho más; pero los perros traicioneros que nos abandonaron se lo llevaron. ¿Acaso no os acordáis? Se marcharon, llevándose todo lo que estaba guardando para vosotros, y se atrevieron a amenazarme, a mí que me encargué de que jamás les faltara algo en el plato. Él lo vio.

El gigante asintió mansamente, evitando la mirada de ira y el dedo acusador.

-No temáis, sé que fueron malos tiempos. Sé cuánto dolieron los castigos, pero con su huida pusieron algo de veneno dentro de cada uno de vosotros, que solo con sufrimiento se consigue extirpar. Hay hechos que llenan la cabeza de absurdas esperanzas que no hacen sino aumentar el quebranto amargo al revelarse inalcanzables. ¿A dónde hubierais ido?, ¿dónde hay sitio en esta sociedad para seres como vosotros? Ellos jamás os verán como yo, se maravillan al saberos encerrados, pero temen y desprecian la idea siquiera de veros libres caminando por las calles junto a sus hijos y mujeres. Solo hay una cosa que esta sociedad respeta, y es esto mismo:

Andrew metió las manos en los bolsillos y sacó los puños llenos de monedas.

-Con esto no hay monstruos, no más hombre-bestia, sino el Sr. Tadeus Free; pues, ¿quién se fija en los rostros, teniendo delante el oro? Ponía yo, todo mi empeño en conseguir, no ya vuestra inserción en la sociedad, sino la superioridad ante aquellos que se creen mejores simplemente por ser mediocremente iguales.

Los rostros se mantenían fijos en el brillo del metal, mientras escuchaban atentamente aquellas palabras y casi saboreaban la posibilidad de pasar del último escalafón de la sociedad al más alto. 

-Hoy se me ha presentado la oportunidad de recuperar lo que es nuestro y conseguir las riendas de vuestro futuro. ¡Sé dónde están los perros que os traicionaron, que os envenenaron y por quienes fuisteis castigados! ¡Sé dónde se encuentra el final de estas miserables vidas y el comienzo del paraíso en la tierra! 

Lanzó más monedas; y varios pares de ojos desorbitados a duras penas podían creer que más dinero saliera de allí. De repente, con cada tintineo, en cada uno de los recuerdos de los golpes, las humillaciones y los tratos vejatorios, como producto de un proceso alquímico, desaparecía la cara del maestro de ceremonias y surgían en su lugar los rostros de Vera y Kornelius.

Andrew alzó la voz y un chisporroteante tronar retumbó por toda la sala. Escupió la bilis tantos años enquistada, vomitando palabras, con los ojos encendidos, bigotes y barba erizados como patas de araña, tejiendo la trampa en la que enganchar a aquellos infelices. Todos y cada uno bebieron del odio y comenzaron a notar la sed insaciable de la sangre. Todos y cada uno vieron la salida de su desdicha, el final de su sufrimiento y la cercanía de la gloria, a través de la muerte y la violencia. Y una ira aletargada creció entre ellos hasta desbordarse.

Muchos hablaron de los extraños aullidos que se escucharon aquella noche. Los gritos y alaridos que surgieron de aquella tienda y cubrieron los alrededores. Al día siguiente no había ni rastro de la feria, solo unas huellas de carro que nadie se dio prisa en seguir. Aun hoy hablan de seres enloquecidos que acabaron con la gente de las afueras, pobres diablos que tuvieron la desgracia de estar delante el día en que los desechos se convirtieron en bestias.

lunes, 1 de diciembre de 2014

Fulleros


Las casas atesoran el silencio en su interior, no hay puertas ni ventanas abiertas ni gente en la calle. El polvo reposa tranquilo; ni siquiera se escucha el golpeteo rítmico de la fragua. La entrada del saloon muestra las mesas vacías y la tabla de madera brillante sin nadie para reflejarse en el espejo flanqueado de botellas. Solo desde allí se escucha un murmullo de gentío que baja por las escaleras del piso de arriba.


Jonowl apartó las puertas y miró a ambos lados en busca de Kornelius o Vera. Tras un par de voces, se acercó a la barra y cogió uno de los vasos y una botella de bourbon. El ámbar líquido cayó arremolinándose contra el cristal y, sin tiempo para descansar, cayó de nuevo a través de la garganta seca; solo entonces escuchó el engrudo de susurros tensos y siseos pidiendo silencio. Tomó la botella, empuñó el cuchillo y subió por las escaleras.

Apartó con cuidado la cortina y observó, en medio de la sala, a todo el mundo arremolinado en torno a una de las mesas de juego. A la izquierda del umbral se encontraba el Sheriff Nake, sentado en una silla, escopeta en mano, vigilando a la muchedumbre.

-¡Pst! Sheriff...

-¡Dios Jonowl, guarda eso! Menudo susto.

-¿Se puede saber qué pasa?

-¿Ves esos tipos de ahí, los que están jugando con Kornelius?

-Sí.

-Pues llevan desde anoche, sin parar. Uno de ellos pidió crédito a Edgar y solo te diré que nuestro banquero casi vacía el tintero para rellenar el papelajo.

-¿Y qué pinta Kornelius ahí?

-Eso es más largo de explicar. Así que mejor ven y siéntate.

Enfundó el cuchillo y se dirigió a la silla que había junto al sheriff. DeLoyd estaba a un par de metros del gentío, en pie, con su traje blanco y su sombrero de paja, apenas le envió un leve saludo antes de girarse de nuevo hacia la mesa; permanecía apoyado en su bastón con la indiferencia de quien simplemente pasaba por ahí, pero sus ojos revelaban el ansia por el desenlace.

El sheriff sirvió dos tazas de café; frío, con el telo acumulado por las horas.

-He perdido la cuenta de las cafeteras que lleva hechas Vera. El alcohol hace tiempo que dejó de tocar los vasos, nadie quiere perderse lo que va a pasar. Yo, por suerte, he traído el mío propio, nadie lo quiere, dicen que sabe demasiado amargo; pero el café cuanto más...

-Si, ya sé... venga Will, cuéntame.

Echó un trago por inercia y la mezcla rancia y amarga pateó su garganta e invitó a su estómago a rebelarse, mas un segundo trago puso todo en su sitio. Odiaba admitirlo pero el viejo tenía razón, en un instante estaba más despejado que nunca y dispuesto a escuchar con atención.

-Como te decía esos tres tipos llegaron ayer. DeLoyd los reconoció al instante y se mantuvo alejado. Son jugadores profesionales de la peor calaña: fulleros, tramposos y tahúres. Al parecer, bastante buenos como para enganchar a algún incauto y lo suficientemente desconocidos como para no saber los unos de los otros. Pero DeLoyd conoce a bastante gente, a demasiada diría yo... El caso es que le dije a nuestro alcalde que lo mejor sería coger a esos tragafichas y forzarles a continuar su viaje o buscar la menor escusa para meterlos entre rejas. Pero no, resulta que el alcalde prefirió hacer las cosas de otro modo. Avisó a Vera y le dijo que se asegurara de que no se acercaran a las mesas de los otros clientes y que tocaran cartas solo entre ellos. Ha hecho malabares, pero lo ha conseguido. ¿El resultado? Toda una noche de juego en el que cuatro tipos acostumbrados a hacer y reconocer trampas, llevan tanteándose, moviendo el dinero de uno a otro, dando puñaladas y recuperándose de las recibidas. Ni te imaginas cómo cambia la cosa desde aquí, cuando sabes quién es el tramposo y lo ves actuar desde fuera del juego; a veces te maravillas, otras te avergüenzas al reconocer que las cuelan sin demasiado esfuerzo. Y todo por ser capaz de mirar ignorando el hambre de fichas.

-Y Kornelius, ¿que pinta ahí?

-Pues eso ya es cosa suya y del alcalde. Al parecer nuestro Kornelius también ha empuñado las cartas en más de una ocasión y, después de observar toda la noche, sabe como van las tornas; le aseguró a DeLoyd que tenía calados a los tres. Dijo que, pendientes de no ser descubiertos, no habían dañado demasiado la baraja. Uno de ellos tiene un buen marcador en su reloj de bolsillo, se ve que es una virguería; Kornelius sabe reconocer esas pequeñas ayudas. El tipo se ha percatado que los otros tienen el ojo rápido y apenas ha tenido ocasión de marcar las cartas más altas; Kornelius cree que los ases y alguna figura. Esa ha sido la información que le ha animado a meterse en mesa.

-¿Y DeLoyd qué ha dicho?

-¿No lo ves? Por muy estirado que parezca, se le nota que está disfrutando. De momento no hay novedad. No entiendo mucho de esto pero supongo que Kornelius está manteniendo las fuerzas equilibradas. Ha perdido lo suficiente como para apagar cualquier recelo y ahora es cuando está empezando a remontar.

-Ya veo, y no piensas acercarte para no perder de vista lo que de verdad importa.

-Exacto. Me importa una mierda la guerra de cartas que se han montado, pero como alguno de esos tragafichas se levante con el orgullo herido pienso presentarle mis respetos con dos cañones y espero que sea listo y no me obligue a dar el pésame a su familia. Desde aquí les veo bien a ellos y puedo disparar sin dañar a nadie.

Jonowl vació un poco de la botella en su taza, echó otro trago del caldo negro y se recostó en la silla.

-Bueno, pues sí que parece interesante. Creo que me quedaré aquí contigo.

El tiempo en el tapete verde comenzó a acelerarse. Kornelius tiró el anzuelo y lo movió con unas pocas fichas de más, justo la euforia del que está remontando, así que el resto decidió dar un golpe sobre la mesa y aumentar la apuesta para demostrar quien manda. Kornelius sonrió tontamente y mantuvo una cháchara sin sustancia, mientras volvió a remover el anzuelo. Uno de los jugadores se movió incómodo y abandonó el ataque, el resto permaneció firme y siguieron amedrentado al advenedizo. Kornelius tartamudeó un poco, mostró cierto temblor y, tras mirar sus cartas con descuido, dio un último toque al sedal. Los otros igualaron, seguros del desenlace, mas las cartas evidenciaron su error. El primero respiró tranquilo, el segundo encajó el golpe con gesto torcido y el tercero vio como todo su dinero se esfumaba entre la manos del supuesto novato. A partir de entonces, ya no hubo conversaciones, muestras de elegancia ni risas, los rostros se ocultaron y pronto se vio claro que la verdadera partida había comenzado. 

Uno de los tahúres, bastante debilitado con el golpe anterior, intentó en vano recuperarse, pero sus dos contrincantes se cerraron en banda, evitando arriesgarse, y continuaron el juego, viendo como se consumía, hasta que no tuvo más remedio que abandonar la mesa.

Al fin solo dos quedaron en el tapete verde: Kornelius y el tipo del marcador. Kornelius repartió: su contrincante quedó servido, él cambió cuatro cartas en el descarte. Cinco cartas marcadas en manos de su adversario; en la suya: honesto, pobre y limpio cartón. Movió una gran cantidad de fichas y pudo escapársele cierto atisbo de desesperación. Respondió su adversario al instante, igualando la apuesta y subiendo todo cuanto le quedaba. Kornelius jugueteó con una de las fichas; miró alrededor, perdido, hasta encontrar los ojos de Vera, brillantes e inquietos; entonces se encogió de hombros, puso todo cuanto tenía en el centro de la mesa y le envió la sonrisa resignada de quien al menos lo ha intentado.

-Ases y ochos, señor Kornelius, esta vez algo me dice que el muerto regresa a la vida.

La voz perdía el tono monocorde y el rostro quebró toda máscara. Mostró sus garras afiladas al lanzarse sobre la montaña de colores, cuando un simple gesto le detuvo. 

Cinco cartas lanzadas en medio de la mesa mostraban un triste tres y cuatro ridículos doses.

-Lo siento caballero; póker gana a full.

Jonowl echó mano al mango del cuchillo y el sheriff Nake preparó la escopeta, pero nada de eso fue necesario. El hombre se levantó con la cara desencajada; sin alzar la vista, tomó el dinero que gentilmente le ofreció Kornelius para continuar su viaje y se marchó.

Todo el sonido contenido, todo el café y toda la tensión acumulada estallaron con los gritos de júbilo y la reparadora frase de “¡una ronda gratis para todos!”. Lugareños y visitantes alababan una y otra vez la gesta, daban muestras de apoyo y comentaban entre ellos los más mínimos detalles de la contienda. Vera miró a Kornelius con el rostro airado por el mal trago hasta que una sonrisa acabó por surgir. Las risas del enorme Charles Bison anunciaron el abrazo y el crujir de huesos. Mientras, en su rincón, DeLoyd jugueteaba con su anillo y esperaba a que el vencedor pasara a su altura para sencillamente decir: “Excelente reparto, señor Kornelius”.

lunes, 28 de julio de 2014

Prosperidad

Brilla con fuerza. Irradia, implacable, contra arena y piedras, demasiado secas para sentir cualquier cambio. Dobla y deforma cuanto hay bajo él, hasta dejar un erial espinoso en el que solo cabe atesorar un sorbo más. Empaña el entendimiento y recuerda que solo queda luchar por cada hora, ya que solo esperas descanso en el ocaso; y es entonces cuando te abandona a su gélida ausencia.

-¿Otra vez Edgar con la misma historia? 

Kornelius miró al sheriff sonriente, mientras ponía un vaso limpio y algo de caldo en él.

-Estos aun no la han oído. Cada vez que cuenta cómo estuvo a punto de morir en el desierto, la gente no para de venir a por más tragos.

-La verdad es que con el calor que hace hoy podríamos morir cualquiera. Cruzar la calle ya me ha dejado seco.

El sheriff vació el vaso de un trago y se lo acercó a Kornelius en busca de otro.

-Vaya, parece que al final la locura del “idiota” está funcionando. Cada vez más gente: viajeros, jugadores, curiosos, algún señoritingo... no tardarán en llegar los indeseables.

-¿Qué tal los dos tipos de ayer?

-Nada, buenos chicos. Se pegaron un par de veces más, de camino a la celda, antes de jurarse amistad eterna. Esta mañana estaban de acuerdo, a ninguno le gusta mi café... y es que el café...

-Ya, ya... no debe saber bien, debe mantenerte despierto.

-Pues eso. En fin, que la gente trae dinero y el dinero trae a cierto tipo de gente.

-Yo ya he escuchado un par de veces a Edgar comentar que vendría bien un banco.

-Guardar todos los dulces en el mismo cajón... más problemas. ¿DeLoyd sabe algo de eso?

-Lo estuvieron comentando el otro día, parecía encantado con la idea. Dentro de poco habrá asamblea.

-Mira, Kornelius, mal camino seguimos. Creo que acabaremos igual que los lugares de los que vinimos.

-Venga sheriff, no sé qué saldrá de aquí pero te aseguro que no será como lo que has visto en otros sitios.

-Verás. Cuando Edgar sacó las cuentas y descubrimos que estábamos en bancarrota, todo parecía indicar que este pueblo había muerto, pero entonces arrimamos el hombro para sacar esto adelante, sin importar beneficios, y de algún modo funcionó. Joder, en un mundo de gente mirándose el ombligo, volví a sentir ganas de partirme el lomo por algo. Pero esta mierda va a pudrirlo todo. Hazme caso, lo he visto demasiadas veces como para creerme lo contrario.

-Somos los hijos del “idiota”, ¿quién sino sería tan estúpido como para creerlo?

-¡Vamos, Kornelius, a otro perro con ese hueso! Cuando tintinee tu caja a ver quién te devuelve a los días en que no contábamos las monedas.

-No sé, Will, es posible que cambie algo y es posible que no. Quizás solo importa la forma de verlo, puede que al final sea como dice Jonowl y solo se trate de vivir siempre comienzos.

-Ya veremos, Kornelius, ya veremos.