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lunes, 11 de mayo de 2015

La espera

El sol desaparece tras el horizonte, la luz se desvanece pero las palas continúan cargando polvo y ceniza. Rostros sucios y sudados, labios resecos, miradas turbias y portes pesados. Todos, en silencio, trabajan duro para no dedicar un segundo a imaginar el destino que van a sufrir. Han conocido el terror de la lucha, el dolor y la pérdida que deja la muerte, pero nada supera el vivero de terribles visiones que otorga la espera.

Hacía tiempo que DeLoyd y Ángel habían partido en busca de ayuda... demasiado tiempo. Todos continuaban las tareas de reconstrucción. Solo Jonowl y Tabitha seguían observando el horizonte, desde el puesto elevado en la arboleda, pero ya no buscaban el traje blanco del alcalde ni el sombrero ancho del conductor de la diligencia. Ahora permanecían en su observatorio con la funesta tarea del vigía que sabe que cualquier novedad traerá la desgracia.

Había escalofríos, nervios y sombras en la mente. Las reacciones repentinas y los ojos, cuyas pupilas cristalizaban las almas erizadas, mostraban el cable tenso que recorría a cada uno de los habitantes del pueblo. No se trataba de un susto, un estallido nervioso que, como cuerda de arco tensada, se disipara al pasar el trance. No existía el alivio de la presión ejercida con un fin u objetivo, se trataba más bien de un estado de alerta permanente. Ese peso los iba aprisionando cada vez más hasta el punto de hacerles desear que llegara el final.

El sheriff Nake caminaba sombrío, llevando las maderas que aun podían reutilizarse para que Ralph y los otros pudieran reparar un pueblo que, con total seguridad, iban a perder. Miraba la tabla, quemada por los bordes, y recordaba la misma espera años antes, cuando su vida corría peligro y se vio obligado a marcharse, para ahorrarle problemas al pueblo. Observó al resto de la gente, abatidos pero fieles a sus principios; ahora, al menos, las cosas eran distintas.

Entonces Jonowl dio una voz. Un carro se acercaba por el sur, el lado contrario al que se macharon DeLoyd y Ángel. Ni rastro de peligro, solo una mujer y dos hombres; uno de ellos llevaba ropas de predicador. 

La novedad trajo algo de aire fresco y todos fueron al encuentro.

El sheriff se adelantó y llevándose la mano al sombrero, saludó.

-Buenas tardes caballeros; señora.

Conducía el carro un tipo bajo y corpulento, a su lado iban el predicador y una mujer, en quedo combate por hacerse sitio en el banco. Por la parte del carromato asomaba un perro y las miradas curiosas de dos niños.

-Buenas tardes, sheriff. Mi nombre es Zek. ¿No será, por ventura, este lugar Canatia?

-Así es, reverendo.

Zek se disponía a contestar cuando la viuda del desierto le interrumpió.

-¡Así que este cenicero es el bendito pueblo que nos iba a ofrecer un gran porvenir! ¿No te cansas de equivocarte, papagayo?

El sheriff calló en seco y una sonrisa rompió la palidez de su rostro. El resto de la gente rió ante el estallido de la mujer.

-Mire bien, señora, no deje que el evidente desastre nuble su juicio. Sin duda este no es el pueblo que usted recordaba. Si mira más allá de los escombros verá que hay casas, un banco y hasta parece que aquello es un saloon. Busque en el pasado y podrá valorar las evidentes mejoras que ha habido o ¿acaso ha olvidado el interés que despertaba su documento?

Al escuchar aquello, Edgar se acercó sorprendido.

-Un momento, reverendo, ¿ha dicho documento? No estará usted hablando de una concesión en este pueblo.

-Eso mismo, caballero. Es un documento que tenía el marido de la señora aquí presente y que pasó a su poder tras la defunción del mismo.

-Mis condolencias, señora.

-Gracias caballero, pero ya he llorado suficiente. En cuanto al documento, indica que tengo derecho a un lugar donde vivir; pero aquí el reverendo me habló de un pueblo en pleno desarrollo...

-Vamos, señora, no deje que el desánimo la posea. Nuestro Señor nos salvó de los bandidos y permitió que llegáramos aquí. Sin duda es designio suyo que nos establezcamos y ayudemos a estas gentes.

-Deja de hablar de ese Señor, que más parece tuyo que de nadie, a juzgar por cómo lo invocas una y otra vez cuando te interesa.

-Señora, no me mente al altísimo como si fuera una deidad barata. No olvide que si está usted aquí es porque Fred y un servidor acudimos en su ayuda.

La viuda del desierto abrió los ojos como platos, frunció el ceño y esgrimió el dedo índice contra el ministro del señor.

-¡Será posible lo que estoy oyendo! ¡Jamás les pedí ayuda, ni a usted ni a su amigo! ¡Yo sola hubiera bastado para protegerme de esos tipejos, como he hecho tantas otras veces! ¡Mire señor, se lo dije una vez y se lo vuelvo a repetir; ese dios del que tanto habla me dejó en medio del desierto porque sabía perfectamente que podría cuidarme! ¡Aun le diré más, estoy convencida de que la culpa de que esos individuos vinieran es suya, del mismo modo que es responsabilidad suya que ya no quede ni rastro de mi antigua casa!

Fred soltó las riendas, apoyó la barbilla entre sus manos y miró hacia la gente del pueblo con resignación.

-¡Señora, ya está bien! ¡Comprendo que ha estado viviendo allí sola durante mucho tiempo y que está un poco asilvestrada, pero no debería olvidar que algo en su alma estaba roto ya que era incapaz de abandonar aquel lugar! ¡Tenía miedo, comprende? ¡Miedo porque necesitaba volver a estar en paz tras tanto tiempo sobreviviendo!

La mujer enrojeció de ira, el pelo se le erizó, los ojos fulminaron a aquel hombrecillo y una voz surgió hiriente hacia quien con tanta libertad osaba hablar de ella.

-¡Tú! ¡Tú, reverendo de pacotilla! ¡No vuelvas a permitirte hablar así de mí! ¡Qué sabrás tú de sobrevivir si no es a costa de otros! ¡Como vuelvas a insinuar que tenía miedo, como vuelvas a afirmar que no podía abandonar el que por tanto tiempo fue mi hogar, te volaré la otra oreja y te partiré los dientes como hice con tu amigo!

Ya no se oían risas, todo el público era una fila de bocas abiertas incapaces de asimilar la fuerza que aquella mujer despedía. Fred se apartaba cada vez más, mientras el reverendo, firme como una roca, tomaba aire para disparar su réplica. Pero el sheriff se acercó a ellos, extendió ambas manos e hizo ademán de llamar a la calma.

-Por favor reverendo, señora, tranquilícense. No sé qué diablos les habrá pasado en ese lugar del que hablan pero es evidente que necesitan descansar.

-No sheriff, me temo que la señora es así, está en su naturaleza.

-Oh vamos, habló el santo varón que lo primero que hizo al llegar fue intentar coger mi dinero y el maldito documento.

La indignación rasgó ahora el rostro de Zek, quien encajó airado el golpe y se dispuso a devolverlo.

-¡Maldita sea, cálmense de una vez o los llevo a la cárcel!

La voz del sheriff resonó en todo el pueblo. Fred pareció aliviado. La viuda y el reverendo miraron hacia otro lado dispersando la rabia.

-De acuerdo, ahora que están más tranquilos, dejen que les explique la situación. Ese documento que trae la señora es válido y le ofrece el derecho a un terreno en este pueblo. Aunque nuestro alcalde está ausente, el señor Edgar podría hacerlo efectivo en cuanto quieran y, créanme, nos vendría muy bien un reverendo, pero antes de que decidan nada, me veo en la obligación de indicarles la situación en la que nos encontramos.

Will Nake fue concreto y preciso. Seco y sin las florituras ni los giros propios del alcalde, les expuso la situación y cómo, en caso de quedarse, su vida correría peligro, porque todo parecía indicar que el desastre que alcanzaba a la vista no era más que el anuncio de la verdadera catástrofe.

El silencio volvió a los del pueblo. El mismo silencio que se adueñó de Fred, la viuda y el reverendo. La ira se había esfumado y los ojos miraban al suelo dejando espacio al cerebro para asimilar los cambios.

-Bueno... siendo así... Quizás sea voluntad del señor continuar. Podríamos acudir a algún otro lugar y pedir ayuda, por si su gente no llegara a tiempo.

La viuda miró hacia atrás, en el carro y vio los rostros de los chiquillos y el perro; los cuatro trastos amontonados, y un par de retratos colgados patéticamente de una cuerda a un lado del carro 

-Nos quedamos.

Zek se giró sorprendido.

-¿Cómo que nos quedamos?

-Digo, Zek, que nosotros nos quedamos. Aquí tengo una casa, ¿a dónde voy a ir si no? 

El sheriff intentó buscar las palabras más adecuadas.

-Señora, piénselo bien. Usted no estuvo aquí la última vez, no puedo garantizar su seguridad.

-No es seguridad lo que busco. Lo único que necesito es un sitio donde esconder a los niños hasta que todo pase. En cuanto a ti, reverendo, ya me has traído aquí, has cumplido tu deber, vete pues a donde sea que debas ir.

La respuesta asomaba clara y dispuesta en los labios del reverendo, mas cruzó su mirada con la de Fred y contuvo un segundo el aire. Recordó días antes cómo miraba la concesión de terreno cansado de deambular de un lado a otro, quejándose por el merecido premio que nunca le había sido otorgado.

-Sheriff, ¿es eso de allí una campana?

-Así es.

-Sea. Creo que el señor verá con buenos ojos que nos quedemos a ayudarles, a cambio de que el último piso de esa torre se convierta en una iglesia y allí pueda ejercer este humilde siervo.

-Cualquier ayuda es bienvenida, pero le aviso que ese edificio forma parte del saloon, reverendo; no sé si será lo más apropiado...

-Lo será, sheriff, lo será.

lunes, 13 de abril de 2015

Instrumentos

Noche clara y despejada. Noche sin luna. Noche muerta y vacía. Noche oscura fría y enlutada. Abajo en las casas, un silencio opresivo. Arriba en la cabaña, dos grandes ojos vigilan inquietos una suerte de sombra, de movimiento sigiloso, dividiendo su forma en famélico enjambre. Los ojos baten sus alas y ulula su aviso. Reúne valor y despierta el arma, esta será una noche ensangrentada.

El crujido agudo de cristal rasgó sus sueños. Abrió los ojos de golpe y tomó todo el aire de la habitación.  A tientas buscó el peso confortable del bastón y luchó contra el quejido de la madera al incorporarse. La trampilla que comunicaba su atalaya con el piso inferior seguía cerrada y sobre ella descansaba el cuadro de Jed con el marco partido y fragmentos de cristal dispersos por toda la sala.

-¿Qué demonios quieres ahora, maldito idiota?

Fue a calzarse y a por algo para recoger el estropicio cuando, al pasar por la ventana, observó una gran masa informe, agazapada en la calle, caminando hacia el saloon. La oscuridad no ofrecía mayor detalle y encender una luz hubiera delatado su posición. Así que apoyó ambas manos en el quicio de la ventana y se esforzó cuanto pudo en definir aquel cordón de formas encorvadas. Una de ellas parecía más grande de lo normal, otras dos estaban unidas de alguna forma y del resto, un amasijo difícil de delimitar, solo acertó a distinguir dos relucientes ojos amarillentos que, atravesando la oscuridad y el traslúcido manto del vidrio, escrutaban su posición. Sentía como si pudieran adivinar su figura, como si recorrieran su contorno en busca del indicio, el más mínimo temblor, que delatara su presencia. Aguantó cuanto pudo el aire, hasta que el cuerpo pidió auxilio; aflojó la presión de las manos y comenzó a expirar pausadamente hasta que llegó: un pestañeo, un gesto, un cambio leve de postura... algo detonó el mecanismo y la mecha prendió en el tenso silencio; los dos ojos se abrieron más y pudo adivinar el brillo perlado de unas fauces afiladas. Se echó hacia atrás, tragó el terror y, reincorporándose, abrió la ventana y dio con todas sus fuerzas la voz de alarma.

Con el grito, una luz se encendió en el piso superior de la torre segunda del saloon y la masa oscura hirvió confusa hasta que una voz salió del contorno, mostrando su figura de barba y bigotes erizados bajo sombrero de copa desproporcionado, y comenzó a vomitar órdenes. Pudo escuchar el peso metálico de unos grilletes y observó horrorizado como los ojos corrían hacia su atalaya; tras él, la sombra más grande se irguió, hasta alcanzar dimensiones titánicas, y se dirigió hacia uno de los postes que sustentaban la atalaya.

DeLoyd apenas tuvo tiempo de dejar el bastón, coger un viejo revólver y tomar un puñado de balas, cuando el primer crujido reveló la gravedad del temblor. Por la ventana pudo ver la cabeza de aquel gigantesco ser, rozando el primer piso, y sus dos manos empujando con fuerza la estructura. La primera bala saltó con una nueva sacudida. La segunda cayó de su temblorosa mano al intentar cargarla. Para la tercera tomó un segundo, ató los nervios y consiguió introducirla en el tambor. Guardó el resto de balas en un bolsillo de su pijama, abrió la ventana y presionó el percutor con el pulgar. Se asomó lo necesario para asegurar el tiro, aguantó el aire, se mordió ligeramente el labio y, antes de apretar el gatillo, un terrible crujido desencadenó la tormenta de astillas que echó todo abajo.

Las sombra erizada seguía vomitando órdenes.

Un par de criaturas arremetieron contra la puerta de la casa de Tabitha, los clavos de los goznes salieron disparados y las bestias entraron destrozando todo a su paso. Hachas y dientes; sudor, espuma y babas; sed de sangre y hambre de almas.

Una mujer enorme, con abundante vello por toda la cara, tenía a Ralph agarrado por el cuello con ambas manos, sintiendo el esfuerzo de su tráquea por ensancharse para dejar pasar el aire, los golpes mal dirigidos y el latido insistente de desesperación. Mientras una de las manos de Ralph buscaba en la herrería algún asidero para seguir con vida, aquel ser apretaba con todas sus fuerzas, sus rechonchos dedos quedaban emblanquecidos por la presión; constreñía con la ira liberada el día que derramaron sangre por primera vez, con el ansia de quien ha estado sojuzgado durante años y sabe que, en el momento en que cese su ataque, volverá a su antigua posición. Envilecida, mantenida por el odio, el único sentimiento capaz de mantenerla libre, sostenía su férrea presa hasta que el frío romo de un martillo abrió su cráneo y rompió toda atadura con el mundo terrenal.

Entonces se vieron varios chispazos y una llama creció entre las sombras. Dos jóvenes, unidos por el costado, corretearon por el pueblo con botellas, trapos viejos y una antorcha. Entre risas alocadas   de júbilo y ojos desorbitados por la dulce venganza frente a años de insultos y vejaciones, unieron fuego con madera y abrieron las puertas del infierno.

Entre el humo y el fuego, DeLoyd sacudió la cabeza y apartó los restos de madera que quedaban sobre él. Pestañeó un par de veces y limpió con su manga los ojos que, aun escocidos, observaron al gigante, azul a la luz de la llama, erguido frente a él. Un coloso de fuertes músculos, poderoso, majestuoso y noble, la representación física de la fuerza de la naturaleza, roto por el odio. Rugió y  hermanó su grito con el trueno, apagando todo resto de valentía en las entrañas del alcalde. Se agachó y cogió una de las vigas tronchadas con la misma facilidad que un garrote y lo alzó como un titán, conocedor, al fin, de su poder y fuerza, dispuesto a romper a uno de aquellos minúsculos seres que durante tanto tiempo lo habían sometido. Pero el índice de DeLoyd apretó el gatillo y la bala se alojó entre los ojos del coloso, quien, con la sorpresa cuajada en el rostro, cayó con un estruendo, eclipsando todo alrededor, como cuando algo único desaparece.

Edgar disparaba la última bala de su revólver sobre algo que difícilmente podría explicar. Y notó un dolor agudo en la corva. Cayó y, al intentar mover la pierna, notó el rasgar frío de metal contra hueso. Gritó hasta que no pudo más. Entonces unas manos cogieron su pelo y tiraron de él con fuerza, dejándolo de rodillas, exhausto y con la visión empañada de un enano con un cuchillo afilado frente a él. Torcía el labio en una mueca extraña, no sonreía, parecía dolor y rabia. Acercó el filo a su cuello y llegó a ver brotar la primera gota de sangre antes de que el sheriff Nake dispersara una lluvia de postas sobre su cabeza.

Y en el saloon, la luz salió de la segunda torre y caminó hacia la pasarela. Algunos clientes corrían como locos, empujándose, para caer frente a cuatro de aquellos seres que atacaban con cuchillos, con dientes y puños. Kornelius disparó un par de veces al aire y por un momento aquellas bestias se quedaron quietas. Bison y Vera aprovecharon para volver a meter adentro a los heridos y Kornelius disparó una vez más, a la vez que avanzaba. Las criaturas retrocedieron y los tres continuaron avanzando hasta recuperar la sala principal de la primera torre. Cruzaron las puertas abatibles y salieron al caos. Allí en medio, Andrew seguía escupiendo órdenes, con su estrella de cinco puntas de bigotes y barba erizados y el sombrero de maestro de ceremonias que siempre llevó cuando trabajaron para él. Al ver que los suyos retrocedían, volvió a arengarlos y cuando reconoció a Kornelius y a Vera, la arenga creció, concentrando casi todo el infierno en ellos.

Bison retrocedió inicialmente ante el humo y las llamas, hasta que vio que las cuatro criaturas acudían a por ellos. Se caló el bombín y blandió el garrote bufando como un loco, escuchando el crujir de huesos ajenos y notando punzadas y cortes en su propio cuerpo. Con cada golpe el aire se escapaba, el aliento se volvía pesado, la boca se secaba y el sabor a hierro de la sangre ajena se juntaba con la propia; la mirada se enturbiaba y apenas acertaba a dirigir los golpes. Notó una mordida de acero y se tambaleó pesadamente, pronto otra punzada le hirió de rabia. Ya no era capaz de ver más allá de un borrón y aun así lanzaba algún que otro golpe al aire, deseando encontrar alguna resistencia para romper y acabar con la tortura. Pero al final un nuevo tambaleo pudo con él y quedó tumbado en el suelo. Entre las brumas consiguió reconocer la figura de Kornelius, delante de Vera, disparando su pepperbox para salvar sus vidas. Vislumbró también la estrafalaria figura del maestro de ceremonias y su brazo extendiéndose, revólver en mano, sin que Kornelius pudiera verlo. El disparo no se hizo esperar y Kornelius cayó muerto, mientras Vera quedaba congelada frente a todo aquel horror. Bison hizo un último esfuerzo y consiguió levantarse un poco extendiendo los brazos, pero un nuevo golpe dispersó sus fuerzas y lo devolvió al suelo. Ya no podía ver ni sus propias manos y el aire le abrasaba al entrar cuando escuchó disparos lejanos y silbidos de balas a su alrededor; ninguna pareció darle cuando la noche lo cubrió con su manto.

Andrew apuntaba a Vera cuando otro estallido de pólvora resonó arriba en la colina y un silbido atravesó todo el campo de batalla, pasando sobre el sheriff Nake, Edward Curtis y Ralph Sugart que, junto a Edgar, se habían hecho fuertes en la herrería, sobre DeLoyd que, parapetado tras los escombros, seguía disparando y dio de lleno en la espalda de los jóvenes siameses, derramando todo el líquido y creando una columna de fuego en medio del pueblo. Los siguientes proyectiles silbaron la muerte de algunos que estaban cerca de Vera. Andrew se giró para ver de dónde provenían aquellas balas y Vera recogió la pistola de Kornelius, amartilló el arma y gritó desde lo más hondo de su alma para apretar el gatillo; el arma detonó con rabia y todas las balas que quedaban salieron a la vez, traspasando el humo hasta alojarse en la carne del maestro de ceremonias expulsándole de este mundo con cientos de palabras agolpadas, pudriéndose en su garganta.

Arriba en la colina, Jonowl palanqueaba el rifle enviando casquillos al aire, mientras Tabitha acercaba más balas. El arma había despertado y seguía igual de fría que al principio, el calor leve de cada detonación desaparecía al instante, consumido por una insaciable sed de sangre. Cada muerte era un revuelo en el ánimo de Jonowl, comenzaba a seguirlos con su mira, anticipando los movimientos, jugando con sus víctimas. La columna de fuego produjo una satisfacción indescriptible. Limpió el cuerpo de Bison de aquellos seres como quien despioja a un búfalo. Vera había acabado con Andrew y él necesitaba más blancos para saciar la sed del arma que latía con ansia por seguir matando. Barrió la zona y vio a los pocos de aquellos pobres diablos que habían sobrevivido; desamparados, sin la voz que hacía hervir su sangre, huían despavoridos. El primero cayó de un tiro limpio en la cabeza, rodó torpemente como un muñeco de trapo. Escuchó el aleteo de su compañero pero de nada sirvió, era incapaz de ver sus grandes ojos mostrando el final. Disparó a un segundo, falló y le dio en la pierna, haciéndole caer herido. Le dolió el error y buscó con la mira su cabeza, comenzó los cálculos intuitivos de distancia y viento. Llevó el índice al gatillo y se dispuso a callarlo de una vez, cuando a su lado escuchó un “Para, ya está”. Un ronroneo crudamente sincero, suave y cálido. Unas manos se posaron sobre las suyas y apartaron el arma de su cara. Poco a poco la alejó de él, hasta que todo vínculo quedó disuelto y sus propias manos fueron quienes tiraron el arma maldita al suelo, se agachó y resopló.

-Voy abajo, me necesitan. ¿Estás bien?


Jonowl se limitó a asentir y se quedó observándola mientras marchaba, colina abajo. Después respiró hondo, echó las pieles sobre el arma, se incorporó y la llevó adentro para encerrarla de nuevo en el arcón.

lunes, 28 de abril de 2014

Bandera blanca

Un caballo resopla, cansado, ante la ausencia de agua y pasto fresco. Su jinete, en pie sobre el polvo amarillento, reconoce el lugar que creía soñado. El promontorio aparece entre las dunas; roca seca y angulosa, agreste y grisácea, extraña al entorno como surgida de otro mundo. Por sus paredes brotan las voces de que quienes, tiempo atrás, consiguieron traerle de vuelta, antes de que el sol se llevara su vida.

No tardó en comprender que su llegada había sido advertida desde hacía tiempo. Se acercaron dos guerreros jóvenes y fuertes, de cara saludable y espíritu limpio; ambos lucían pinturas de guerra. El más alto de los dos se dirigió a Edgar.

-Bienvenido, Hombre Quemado. Ven, Perro Amarillo te espera.

Atravesó la impresionante entrada, formada por tres grandes rocas, que superaba la altura de dos hombres y la anchura de dos varas y media. Dentro, reconoció al pueblo vislumbrado en los vapores del recuerdo: los bravos guerreros, las mujeres trabajando las pieles y los chiquillos correteando como fieras. Todos parecían saber quién era; miraban y sonreían al Hombre Quemado que estuvo entre ellos para regresar de la muerte. Uno de los pequeños se acercó curioso y toco las pocas señales que el sol dejó en su rostro. El más bajo de los guerreros, lo apartó con un gruñido, con lo que el chiquillo salió corriendo entre risas, esgrimiendo un palo y gritando, hacia sus compañeros de juego.

Lo acompañaron hasta la tienda central, apartaron la gruesa piel de la entrada y le invitaron a pasar.

En el interior, un pequeño fuego permanecía encendido; la llamas lamían con delicadeza los manojos de plantas situados estratégicamente, generando una fina y continua columna de humo denso, dulzón, levemente picante y tranquilizador. Tras ella, se mostraba entre ondas el semblante grave y arrugado del jefe de la tribu, el noble Perro Amarillo.

-Saludos, Hombre Quemado. Los vientos anunciaban tu llegada.

-Hola, Perro Amarillo, estoy feliz de volver a verte. Hasta hace pocos días pensaba que solo había estado aquí en sueños.

-Nunca estuviste aquí, al menos al completo. Tu cuerpo estaba seco, solo tu espíritu fue consciente en este lugar. Tampoco era algo que necesitaras, tu senda era otra. Ahora, vuelves porque nuestros caminos van a cruzarse; me temo que por motivos contrarios.

-Es cierto. Vengo aquí por el ataque a la diligencia. Las armas utilizadas y el tipo de ataque... todo parece indicar que fue tu pueblo.

-Muchas veces vimos pasar al hombre del carro, siempre por el mismo camino, la misma fina senda que describe la hormiga a lo largo del día. Nada hicimos para perturbar su trabajo.

-Pero entonces, ¿por qué esta vez sí?

-Esta vez la hormiga llevaba a otros consigo. Un hombre blanco hace su camino y lo sigue hasta que no encuentra nada en él para sacarle provecho; pero muchos hombres blancos se extienden hasta cubrirlo todo, arrancando de raíz cuanto tienen al alcance, hasta que nada queda. Solo escuchan el cuánto; ni el quién, ni las consecuencias.

-Esa gente solo se dirige a nuestro pueblo, de allí a la siguiente ciudad y viceversa. No les interesa nada más.

-El hambre les detendrá. Interrumpirán su camino y se preguntarán que hay más allá. Buscarán nuevos territorios para su caza, hasta que encuentren la que les lleve aquí y vean que también nosotros podemos calmar la sed. Entonces asegurarán que, por acuerdos creados por ellos mismos, todo cuanto acaban de descubrir les pertenecía ya de antes. Y nuevamente deberemos marchar si queremos vivir como consideramos que debe hacerse... pero ya no hay sitios para ello.

-Podemos convivir.

-Con alguno sí, con todos no. El hombre blanco no viaja consigo y con los suyos, sino que arrastra una forma de vida tan compleja y pesada que arrolla todo cuanto encuentra a su paso. Hace tiempo, cuando vivíamos en las ciudades, cuando llevábamos vuestros nombres y pensé en venir aquí, alguien me dijo que era un iluso, que vivía en un sueño. Y a día de hoy aquí tienes el sueño, un sueño que somos capaces de construir y mantener; un sueño gracias al cual tú sigues con vida. ¿Sabes lo que sí fue una ilusión? El tiempo en que creímos posible construir una de vuestras ciudades, cuando creamos nuestra propia escritura e incluso intentamos formar nuestro propio estado. Pregúntales sobre ello a los Cherokee; te dirán lo que consiguieron y cómo acabó todo.

-Tiene que haber algún modo de poder solucionar esto. Deja que lo hable con los del pueblo, pero por favor, deben cesar los ataques.

-No enterraremos el hacha. Los ancestros avisan: el primer estrechar de manos fija la telaraña. La realidad es que no necesitamos nada y nada queremos, no queremos que nos enseñéis las cosas que nos harán falta, ni depender de vuestros suministros de carne y alcohol. Hubo un tiempo en que creímos posible aceptar las normas del gran presidente y continuar viviendo como siempre. Hoy por hoy, parece que no es posible; pues bien, si ha de ser así, caeremos de acuerdo a nuestra naturaleza. Seremos honestos en la muerte, como lo fuimos al llegar a la vida.

-Solo te pido un poco más de tiempo. El suficiente para que pueda hablar con los del pueblo. Vosotros queréis seguir viviendo así y nosotros no podemos permitirnos más ataques ni la creación de otro pueblo cercano. Seguimos la misma senda, al menos en parte. No queremos que vuestra agua salga a la vista. Una vez me ayudasteis; dame tiempo, Perro Amarillo, el suficiente para poder hablar y volver aquí.

-Hombre Quemado, regresaste a la vida entre estas piedras, tienes un vínculo con este lugar y con mi pueblo. Tres lunas te doy, las mismas que permaneciste aquí. Pasado ese tiempo, solo tus noticias evitarán la sangre.

Su voz sonó decidida, con un eco esperanzado y un brillo melancólico. Allá en el fondo de sus ojos, podía adivinarse la incertidumbre, el deseo de que todo pudiera arreglarse y la fatídica certeza de que había llegado el fin.

Edgar salió de la tienda algo mareado. Notó el golpe del sol, viejo enemigo que le castigaba vengativo por su hazaña. Se acercó hasta el pequeño manantial, al abrigo de la piedra, lavó su cara y remojó la garganta algo reseca por el humo. Observó el pueblo y no pudo verlo tan distinto de su Canatia; a fin de cuentas, un lugar apartado, un inicio de cero y pensó por el momento en el vértigo, el dolor que podría suponer su desaparición.

Dejó atrás la gran entrada de aquel pueblo, incómodo y agreste, pero libre y puro y comenzó el viaje de regreso buscando las palabras adecuadas para los suyos.

lunes, 4 de noviembre de 2013

Noticias



Azul limpio, bruma temprana que enfría y adormece, refresca y despierta. Sobre las copas puntiagudas, asoma el reflejo grisáceo de calor amarillo. Aun es pronto, las casas relucen rocío y escarcha. Hace poco, cesaron los últimos golpes, el quejido de madera atravesada y el canto agudo del clavo haciendo camino. Algunos abrazan la paz de los últimos soplos nocturnos y cierran los ojos ante la llegada del alba.

lunes, 7 de octubre de 2013

Edgar Miller

El desplome del pie genera ondas en la fina arena. Pequeño temblor perdido en el océano; pulso mudo, ahogado en el silencio. Crestas efímeras que ofrecen la única sombra de ahí al horizonte. Solo allá, cruelmente lejanas, se yerguen burlonas, torcidas y deformes, azotadas por el hálito solar, las columnas rocosas. Un punto distante, tras lagos hechizados, imágenes borrosas y tierra incandescente.

lunes, 30 de septiembre de 2013

Polluelos (4)

Seres insignificantes coronan el colmillo de tierra. A bordo de un carro, firmes en la cima mellada. Alrededor se extiende el terreno infinito, de polvo amarillo, con las dos columnas rocosas en el horizonte y el tenue camino a la libertad, fundiéndose con la vasta extensión. Desde la base, rodeando al gran colmillo, cinco arañas de humo trepan hambrientas, tejiendo en la ladera su trampa mortal.

lunes, 16 de septiembre de 2013

Polluelos (3)


Manos heridas de surcos blancos por riendas tensas, conectan a hombre y bestia. Dos ruedas ligeras, se tambalean a ritmo frenético de radios fundidos; cortan el aire emitiendo silbido de flecha, eclipsado por las risas alocadas de quien jamás osó levantar la voz. A un lado se alza la tierra roja, pintada por los rayos del sol; cortada a cuchillo, elevándose hacia el cielo azul, por encima de un abismo insondable.