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lunes, 13 de abril de 2015

Instrumentos

Noche clara y despejada. Noche sin luna. Noche muerta y vacía. Noche oscura fría y enlutada. Abajo en las casas, un silencio opresivo. Arriba en la cabaña, dos grandes ojos vigilan inquietos una suerte de sombra, de movimiento sigiloso, dividiendo su forma en famélico enjambre. Los ojos baten sus alas y ulula su aviso. Reúne valor y despierta el arma, esta será una noche ensangrentada.

El crujido agudo de cristal rasgó sus sueños. Abrió los ojos de golpe y tomó todo el aire de la habitación.  A tientas buscó el peso confortable del bastón y luchó contra el quejido de la madera al incorporarse. La trampilla que comunicaba su atalaya con el piso inferior seguía cerrada y sobre ella descansaba el cuadro de Jed con el marco partido y fragmentos de cristal dispersos por toda la sala.

-¿Qué demonios quieres ahora, maldito idiota?

Fue a calzarse y a por algo para recoger el estropicio cuando, al pasar por la ventana, observó una gran masa informe, agazapada en la calle, caminando hacia el saloon. La oscuridad no ofrecía mayor detalle y encender una luz hubiera delatado su posición. Así que apoyó ambas manos en el quicio de la ventana y se esforzó cuanto pudo en definir aquel cordón de formas encorvadas. Una de ellas parecía más grande de lo normal, otras dos estaban unidas de alguna forma y del resto, un amasijo difícil de delimitar, solo acertó a distinguir dos relucientes ojos amarillentos que, atravesando la oscuridad y el traslúcido manto del vidrio, escrutaban su posición. Sentía como si pudieran adivinar su figura, como si recorrieran su contorno en busca del indicio, el más mínimo temblor, que delatara su presencia. Aguantó cuanto pudo el aire, hasta que el cuerpo pidió auxilio; aflojó la presión de las manos y comenzó a expirar pausadamente hasta que llegó: un pestañeo, un gesto, un cambio leve de postura... algo detonó el mecanismo y la mecha prendió en el tenso silencio; los dos ojos se abrieron más y pudo adivinar el brillo perlado de unas fauces afiladas. Se echó hacia atrás, tragó el terror y, reincorporándose, abrió la ventana y dio con todas sus fuerzas la voz de alarma.

Con el grito, una luz se encendió en el piso superior de la torre segunda del saloon y la masa oscura hirvió confusa hasta que una voz salió del contorno, mostrando su figura de barba y bigotes erizados bajo sombrero de copa desproporcionado, y comenzó a vomitar órdenes. Pudo escuchar el peso metálico de unos grilletes y observó horrorizado como los ojos corrían hacia su atalaya; tras él, la sombra más grande se irguió, hasta alcanzar dimensiones titánicas, y se dirigió hacia uno de los postes que sustentaban la atalaya.

DeLoyd apenas tuvo tiempo de dejar el bastón, coger un viejo revólver y tomar un puñado de balas, cuando el primer crujido reveló la gravedad del temblor. Por la ventana pudo ver la cabeza de aquel gigantesco ser, rozando el primer piso, y sus dos manos empujando con fuerza la estructura. La primera bala saltó con una nueva sacudida. La segunda cayó de su temblorosa mano al intentar cargarla. Para la tercera tomó un segundo, ató los nervios y consiguió introducirla en el tambor. Guardó el resto de balas en un bolsillo de su pijama, abrió la ventana y presionó el percutor con el pulgar. Se asomó lo necesario para asegurar el tiro, aguantó el aire, se mordió ligeramente el labio y, antes de apretar el gatillo, un terrible crujido desencadenó la tormenta de astillas que echó todo abajo.

Las sombra erizada seguía vomitando órdenes.

Un par de criaturas arremetieron contra la puerta de la casa de Tabitha, los clavos de los goznes salieron disparados y las bestias entraron destrozando todo a su paso. Hachas y dientes; sudor, espuma y babas; sed de sangre y hambre de almas.

Una mujer enorme, con abundante vello por toda la cara, tenía a Ralph agarrado por el cuello con ambas manos, sintiendo el esfuerzo de su tráquea por ensancharse para dejar pasar el aire, los golpes mal dirigidos y el latido insistente de desesperación. Mientras una de las manos de Ralph buscaba en la herrería algún asidero para seguir con vida, aquel ser apretaba con todas sus fuerzas, sus rechonchos dedos quedaban emblanquecidos por la presión; constreñía con la ira liberada el día que derramaron sangre por primera vez, con el ansia de quien ha estado sojuzgado durante años y sabe que, en el momento en que cese su ataque, volverá a su antigua posición. Envilecida, mantenida por el odio, el único sentimiento capaz de mantenerla libre, sostenía su férrea presa hasta que el frío romo de un martillo abrió su cráneo y rompió toda atadura con el mundo terrenal.

Entonces se vieron varios chispazos y una llama creció entre las sombras. Dos jóvenes, unidos por el costado, corretearon por el pueblo con botellas, trapos viejos y una antorcha. Entre risas alocadas   de júbilo y ojos desorbitados por la dulce venganza frente a años de insultos y vejaciones, unieron fuego con madera y abrieron las puertas del infierno.

Entre el humo y el fuego, DeLoyd sacudió la cabeza y apartó los restos de madera que quedaban sobre él. Pestañeó un par de veces y limpió con su manga los ojos que, aun escocidos, observaron al gigante, azul a la luz de la llama, erguido frente a él. Un coloso de fuertes músculos, poderoso, majestuoso y noble, la representación física de la fuerza de la naturaleza, roto por el odio. Rugió y  hermanó su grito con el trueno, apagando todo resto de valentía en las entrañas del alcalde. Se agachó y cogió una de las vigas tronchadas con la misma facilidad que un garrote y lo alzó como un titán, conocedor, al fin, de su poder y fuerza, dispuesto a romper a uno de aquellos minúsculos seres que durante tanto tiempo lo habían sometido. Pero el índice de DeLoyd apretó el gatillo y la bala se alojó entre los ojos del coloso, quien, con la sorpresa cuajada en el rostro, cayó con un estruendo, eclipsando todo alrededor, como cuando algo único desaparece.

Edgar disparaba la última bala de su revólver sobre algo que difícilmente podría explicar. Y notó un dolor agudo en la corva. Cayó y, al intentar mover la pierna, notó el rasgar frío de metal contra hueso. Gritó hasta que no pudo más. Entonces unas manos cogieron su pelo y tiraron de él con fuerza, dejándolo de rodillas, exhausto y con la visión empañada de un enano con un cuchillo afilado frente a él. Torcía el labio en una mueca extraña, no sonreía, parecía dolor y rabia. Acercó el filo a su cuello y llegó a ver brotar la primera gota de sangre antes de que el sheriff Nake dispersara una lluvia de postas sobre su cabeza.

Y en el saloon, la luz salió de la segunda torre y caminó hacia la pasarela. Algunos clientes corrían como locos, empujándose, para caer frente a cuatro de aquellos seres que atacaban con cuchillos, con dientes y puños. Kornelius disparó un par de veces al aire y por un momento aquellas bestias se quedaron quietas. Bison y Vera aprovecharon para volver a meter adentro a los heridos y Kornelius disparó una vez más, a la vez que avanzaba. Las criaturas retrocedieron y los tres continuaron avanzando hasta recuperar la sala principal de la primera torre. Cruzaron las puertas abatibles y salieron al caos. Allí en medio, Andrew seguía escupiendo órdenes, con su estrella de cinco puntas de bigotes y barba erizados y el sombrero de maestro de ceremonias que siempre llevó cuando trabajaron para él. Al ver que los suyos retrocedían, volvió a arengarlos y cuando reconoció a Kornelius y a Vera, la arenga creció, concentrando casi todo el infierno en ellos.

Bison retrocedió inicialmente ante el humo y las llamas, hasta que vio que las cuatro criaturas acudían a por ellos. Se caló el bombín y blandió el garrote bufando como un loco, escuchando el crujir de huesos ajenos y notando punzadas y cortes en su propio cuerpo. Con cada golpe el aire se escapaba, el aliento se volvía pesado, la boca se secaba y el sabor a hierro de la sangre ajena se juntaba con la propia; la mirada se enturbiaba y apenas acertaba a dirigir los golpes. Notó una mordida de acero y se tambaleó pesadamente, pronto otra punzada le hirió de rabia. Ya no era capaz de ver más allá de un borrón y aun así lanzaba algún que otro golpe al aire, deseando encontrar alguna resistencia para romper y acabar con la tortura. Pero al final un nuevo tambaleo pudo con él y quedó tumbado en el suelo. Entre las brumas consiguió reconocer la figura de Kornelius, delante de Vera, disparando su pepperbox para salvar sus vidas. Vislumbró también la estrafalaria figura del maestro de ceremonias y su brazo extendiéndose, revólver en mano, sin que Kornelius pudiera verlo. El disparo no se hizo esperar y Kornelius cayó muerto, mientras Vera quedaba congelada frente a todo aquel horror. Bison hizo un último esfuerzo y consiguió levantarse un poco extendiendo los brazos, pero un nuevo golpe dispersó sus fuerzas y lo devolvió al suelo. Ya no podía ver ni sus propias manos y el aire le abrasaba al entrar cuando escuchó disparos lejanos y silbidos de balas a su alrededor; ninguna pareció darle cuando la noche lo cubrió con su manto.

Andrew apuntaba a Vera cuando otro estallido de pólvora resonó arriba en la colina y un silbido atravesó todo el campo de batalla, pasando sobre el sheriff Nake, Edward Curtis y Ralph Sugart que, junto a Edgar, se habían hecho fuertes en la herrería, sobre DeLoyd que, parapetado tras los escombros, seguía disparando y dio de lleno en la espalda de los jóvenes siameses, derramando todo el líquido y creando una columna de fuego en medio del pueblo. Los siguientes proyectiles silbaron la muerte de algunos que estaban cerca de Vera. Andrew se giró para ver de dónde provenían aquellas balas y Vera recogió la pistola de Kornelius, amartilló el arma y gritó desde lo más hondo de su alma para apretar el gatillo; el arma detonó con rabia y todas las balas que quedaban salieron a la vez, traspasando el humo hasta alojarse en la carne del maestro de ceremonias expulsándole de este mundo con cientos de palabras agolpadas, pudriéndose en su garganta.

Arriba en la colina, Jonowl palanqueaba el rifle enviando casquillos al aire, mientras Tabitha acercaba más balas. El arma había despertado y seguía igual de fría que al principio, el calor leve de cada detonación desaparecía al instante, consumido por una insaciable sed de sangre. Cada muerte era un revuelo en el ánimo de Jonowl, comenzaba a seguirlos con su mira, anticipando los movimientos, jugando con sus víctimas. La columna de fuego produjo una satisfacción indescriptible. Limpió el cuerpo de Bison de aquellos seres como quien despioja a un búfalo. Vera había acabado con Andrew y él necesitaba más blancos para saciar la sed del arma que latía con ansia por seguir matando. Barrió la zona y vio a los pocos de aquellos pobres diablos que habían sobrevivido; desamparados, sin la voz que hacía hervir su sangre, huían despavoridos. El primero cayó de un tiro limpio en la cabeza, rodó torpemente como un muñeco de trapo. Escuchó el aleteo de su compañero pero de nada sirvió, era incapaz de ver sus grandes ojos mostrando el final. Disparó a un segundo, falló y le dio en la pierna, haciéndole caer herido. Le dolió el error y buscó con la mira su cabeza, comenzó los cálculos intuitivos de distancia y viento. Llevó el índice al gatillo y se dispuso a callarlo de una vez, cuando a su lado escuchó un “Para, ya está”. Un ronroneo crudamente sincero, suave y cálido. Unas manos se posaron sobre las suyas y apartaron el arma de su cara. Poco a poco la alejó de él, hasta que todo vínculo quedó disuelto y sus propias manos fueron quienes tiraron el arma maldita al suelo, se agachó y resopló.

-Voy abajo, me necesitan. ¿Estás bien?


Jonowl se limitó a asentir y se quedó observándola mientras marchaba, colina abajo. Después respiró hondo, echó las pieles sobre el arma, se incorporó y la llevó adentro para encerrarla de nuevo en el arcón.

lunes, 7 de julio de 2014

Estampida

Mano vieja, fuerte y cortada, agrupa los últimos rescoldos. Demasiado calor para hacer más fuego, demasiado pronto para la extinción. Si los mueve con fuerza, el rojo vivo se quiebra; si actúa con calma, se apaga. Se trata de algo sencillo, tan básico que resulta complicado de enseñar y aprender. Con los gusanos de luz devorando los últimos trozos de madera, llega un recuerdo, lejano, de su tiempo en el rancho.

-Tienes que guiarlas, no empujarlas.

Bison los observaba desde el carromato. El viejo Cooper se mantenía lejos del ganado, mientras daba las indicaciones pertinentes a la nueva adquisición del Two Dollars.

-Llévalas por el cerro. Que te vean, tienen que saber que estás ahí en todo momento.

El joven corría de uno a otro lado, moviendo el sombrero, dando voces, buscando la respuesta del ganado. Ahora a la izquierda, moviendo la masa hacia el lado contrario; ahora a la derecha, para corregir el rumbo.

-Tranquilo chico, baja un poco el ritmo. Si das esas voces ahora, ¿que harás cuando se descontrolen?

Calló y se limitó a seguir a los animales atento a cualquier cambio, cualquier movimiento extraño, cualquier indicio de disgregación.

-Bien, llévalas por el río. Tranquilo; si no las fuerzas no entrarán, pero no dejes que vayan a la arboleda.

Conforme se acercaba al agua, se colocó entre el ganado y los árboles. El camino se estrechaba cada vez más y las reses se aglutinaban en un cordón grueso de músculo, piel, pezuñas y cuernos.

-Bien... Mantente cerca, pero no demasiado; no dejes que te encierren o te aplastarán.

Todos los sentidos centrados en el sinuoso movimiento del cordón; atento a cualquier ruptura, devolviendo al cuerpo las cabezas huidizas, peinando los cuernos en dos hileras. Poco a poco, bien ordenado, extendiendo la atención a cada uno de los puntos más quebradizos, hasta que apareció, al fin, el campo abierto.

-De acuerdo, cuando salgan ten en cuenta que tirarán adelante. Dales cuerda pero no dejes que se desmadren.

Al final del camino, el cordón se deshilachaba; unas reses se apartaban y otras salían desde atrás, acelerando el paso al ver la explanada libre de obstáculos. El joven se colocó delante y fue de un lado a otro para transformar el cordón en un círculo.

-No las cierres tanto, chico, déjalas respirar.

El cordón se abría cada vez más, expandiéndose, cubriéndolo todo de pelaje marrón. El jinete echó un vistazo al camino, a la interminable hilera que seguía llegando sin final aparente. Cuando vio la marea animal que se formaba frente a él, comenzó a cerrar el círculo.

-¡No las cierres, chico! ¡Dales cuerda!

Pero el joven ya no oía, todos sus sentidos estaban enganchados en cada una de las reses, adivinando cual sería la primera en salir corriendo, corrigiendo cualquier indicio, dando voces, moviendo el sombrero, para detenerlas. Pero el cordón seguía avanzando, ignorante de lo que acontecía en la explanada; fue entonces, en un punto intermedio, donde comenzó la presión. Algunas reses fueron a la arboleda, otras decidieron abandonar el redil y salir hacia el agua, pero la mayoría se limitó a empujar, cada vez con más fuerza. Cuando el viejo Cooper decidió acudir en su ayuda, gritando en vano, el joven ya había desenfundado y efectuó un único disparo al aire; en ese momento, todo orden fue quebrado.

Cooper pudo ver el mar de bestias arrollando al caballo, y observó un par de veces al jinete, despedido hacia arriba como un muñeco de trapo entre las erizadas cornamentas, para ser engullido de nuevo. Nadie habría apostado por aquel pobre diablo. A pesar de que Cooper se adelantara para redirigir la estampida, a pesar de que Bison consiguiera recogerlo de una pieza y lo llevara en el carro, directo al doctor.

La última ascua se apagó sobre un montón de ceniza. El calor que mantendría el puchero sería el justo para dejar el guiso en su punto; sonreía al ver lo natural que le parecía. Igual que sonreía al recordar como un tiempo después, obtuvo fama, en el Two Dollars, aquel vaquero cojo, lleno de cicatrices, que respondía al nombre de Nick Trampled.

lunes, 7 de abril de 2014

Acechanza

Dos ojos, enormes, despiertos y distantes, sobrevuelan la ruta que ha de seguir su compañero a ras de suelo, entre árboles, ramas y hierbas marcadas por el tenue atardecer. Camina en silencio, amortiguando cada paso, atento a la senda y las señales llegadas del cielo. Tras él, pisa fuerte el cocinero, enarbolando, titánico, su garrote en la diestra; mientras, decidido, aparta la maleza a siniestra.

-¿Un arco? ¿Se puede saber para qué demonios traes un arco?

-Hace menos ruido, podremos abatirlo sin que el resto sospeche.

-Tú dirás lo que quieras, pero me sigue pareciendo más efectiva un arma de fuego. ¿Por qué no coges el rifle ese que guardas entre pieles?

-No es buena idea...

-¿Cómo que no es... -Charles bajó la voz al oír un repentino chasquido en la oscuridad- ¿Se puede saber por qué no es buena idea usar un rifle para disparar?

-Está maldito...

-¡Maldito! ¡Será posible! ¡Que está maldito dice!

-Shhh... baja la voz, estamos cerca. Esta tarde los vi pasar por esta zona.

-Perfecto, -susurró el cocinero- aquí estamos con un arco y un garrote, mientras tu rifle duerme calentito en casa entre pieles. Si lo llego a saber llamo al sheriff, no tendrá ni idea de andar con los pies mudos, pero al menos dispara algo decente.

-¡De acuerdo, Señor Bison, si tan mal le parece, ya puede usted empezar a dar media vuelta!

No llegaron a escuchar el ulular. El arbusto situado a dos palmos de sus caras crujió con fuerza y un rostro emergió entre la maleza, severo y solemne con dos ojos oscuros, algo cansados de la vida, que al verlos, comenzó aterrorizado su huída.

-¡Mierda, es él! ¡El viejo, el viejo!

La mano ejecutó un movimiento ya realizado hasta la saciedad. Tomó el extremo de la flecha y, como si de una extensión de sus dedos se tratara, notó la ranura afianzada; tiró con fuerza y comenzó a escuchar el tañido del cordel y el crujido de la madera al combarse.

-¡Dispara! ¡Dispara!

Se esfumó la concentración y liberó la flecha. Silbó enloquecida a través de la noche mordiendo hambrienta la dura corteza de un árbol.

-¡Maldita sea! ¡Quieres callarte!

Charles no esperó, levantó los brazos por encima de la cabeza, arqueó la espalda y restalló hacia adelante acompañando con ambas manos el garrote hasta que giró libre en el viento, describiendo una espiral de madera que golpeó al objetivo haciéndolo tambalearse un momento.

Jonowl ya tenía a punto el arco para la siguiente flecha, esta vez vio claro el rostro aterrado del blanco. Justo al soltar la tensión, con el silbido gélido de fondo, sintió una breve inquietud, un leve pesar que la necesidad se ocupó de disipar, antes de que cayera el cuerpo inerte.

Echaron la última pala, saludando a la madrugada. Se sentaron exhaustos alrededor del montículo y bebieron un buen trago para celebrar el éxito.

-Jamás hubiera imaginado que costara tanto.

-Si quieres aprovechar todo, sí. ¿Cuándo dijo DeLoyd que venían?

-Al mediodía.

-Perfecto, el tiempo necesario. Estará todo listo.

-¿Habrá bastante?

-Sí, seguramente sobre. Si no hubieras encontrado esos animales, habría sido bastante más complicado. Es la primera vez que viene gente al pueblo y había que hacer algo especial. Una sola cucharada de este guiso y ya no se van; te lo aseguro, ya lo he hecho en alguna otra ocasión.

-No es para menos, doce horas de cazuela enterrada entre brasas, cociendo con todas esas plantas, raíces y legumbres.

-Estará justo a tiempo, lo sacaremos cuando estén delante, eso llama la atención.

Ambos miraron el montículo, desfigurado por la bruma del calor, mientras saboreaban en garganta un poco más del bourbon especiado.

-Por cierto, ¿cómo que maldito?

-Bah, déjalo. No me negarás que el arco funciona y no hace apenas ruido.

-El arco no, pero nosotros...

Las risas pasaron sobre los troncos caídos del lugar donde comían cuando el saloon estaba siendo construido. Sobrevolaron la explanada hasta entrar, apagadas, en las calles de un pueblo que, entre sueños, esperaba la llegada de sus primeros visitantes.

lunes, 17 de marzo de 2014

En el camino



Dos árboles vencidos, madera seca y semblante grisáceo, amarrados por tallos y raíces, conforman la sala improvisada en torno al suelo de tierra limpia y el calor del fuego. Arriba se alza eterno el techo estrellado y a todos lados se extiende infinito un horizonte ligero y vacío, con el frescor del espacio abierto y el rítmico vaivén de las hierbas altas que acarician los pies del viajero a bordo de su carro.

Echó un nuevo tronco y se sentó en busca de descanso. Con el frío regresaron las heridas que, como los buenos enemigos, siempre desaparecen para volver más tarde.  Acercó las palmas al crepitar de hoguera con la compañía clara y estridente del coro de grillos y algún lejano siseo.

Volvió a repasar el cargamento: manteca, carne seca, latas, algo de condimento, el salvavidas y la base de siempre. Suficiente para el resto del viaje. Mas era tarde, la oscuridad acotaba el espacio al único reducto de luz en cuyo centro las llamas lamían el hierro fundido, generando con su calor un baile lento y suntuoso de alubias encarnadas, hebras de carne y burbujeo pausado.

Fue entonces cuando se escucharon los primeros gritos, algo quedos; las primeras voces de mando, enérgicas por necesidad, apagadas y heridas en el fondo. Cientos de pezuñas abrieron las espigadas aguas verdes de la tierra. La mayoría de los centauros se quedaron atrás, agrupando las reses. Solo dos se acercaron, separados de su alma gemela,  con rostro sucio, triste y cansado; llevando con ellos el cuerpo lánguido de un compañero cuyo cráneo abierto mostraba los respetos del recién llegado.

A veces ocurre, se repetían al mover la masa asesina de pezuñas y cuernos, despegando de las entrañas el absurdo rencor irracional, haciendo frente al gélido guiño de la muerte.

A veces ocurre, parecían decir los rostros, al dejar apoyado sobre la madera gris el cuerpo quebrado del compañero: un saco de carne rota y huesos astillados que aun guardaba en su interior un pequeño resquicio de vida; el abrir repentino de dos ojos desesperados, un grito suplicando un cabo y el loco intento por mover los dedos de una mano tronchada. Tras eso, llegó el silencio y un nudo áspero y seco en las gargantas.

Charles fue al carro, abrió el pequeño compartimento, oculto a los extraños, y sacó la botella de cristal marrón traslúcido envuelta en papel, la del relieve magníficamente detallado que guardaba el vigor de los años y el sabor de la experiencia en su interior. Se acercó y la dejó frente a ellos, en el suelo, tomó con cuidado el cuerpo del joven y se marchó para hacerse cargo de la sepultura.

-A veces ocurre -dijo mientras se alejaba.

Hacía mucho tiempo ya de eso, pero de vez en cuando regresaba a la mente, con el bálsamo agradable que solo el tiempo otorga, durante la somnolencia matutina, antes del primer sorbo de café.

Fueron días duros, de carencias e ingenio, de pérdidas y triunfos, de abrir camino y forjar carácter.

lunes, 12 de agosto de 2013

Edward S. Curteys


Se encuentran delante del gran monstruo; abierto en canal, con la piel arrancada, trozos de carne podrida apilados y entrañas agujereadas, ardiendo en una enorme pira funeraria. Erguidos, de espaldas al viejo cartel, manchado y con bordes enmohecidos, que se alza desafiante ante el cielo azul, clavado a los nuevos huesos, limpios y fuertes, emanando el eco intenso de madera viva.

lunes, 22 de julio de 2013

Charles Bison


Varias arañas, tejen su luz, pergeñando la trampa que retiene a incautos durante toda una noche; perdidos en dados y cartas, en cálidas carnes que soportan, firmes como rocas, las embestidas de la vida por el mortecino brillo del vil metal. Ajeno a todo, oculto de la gran sala, se encuentra un pequeño reino, fuego, caldo y aromas, un bosque de hierro fundido repleto de ingredientes que siempre contiene más de lo que parece albergar.