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domingo, 1 de julio de 2018

Cavernas



El único punto de luz es un quinqué colgado del techo.

Bajo este, una mesa de madera aloja en sus extremos a dos tipos: rostros sudorosos, afilados, de ojos entornados y mandíbulas prietas; ambos apuntándose con un revólver, índice sobre gatillo.

Tras cada uno de estos tipos hay otro, en pie, apuntando a sus espaldas. Y tras este, otro y otro después y otro y otro más, en dos sucesiones que parecen no tener final. Todos apuntan al que tienen delante, temiendo al que amenaza con disparar a su espalda; en formación perfecta, sin variación ninguna, ni un triste parpadeo.

Hasta que a uno de ellos, tan solo uno más, le parece observar un breve destello, cuyo origen proviene de algún lugar lejos de aquel quinqué que no sabe quién demonios ha encendido.

Parpadea y espera a que regrese el golpe de luz, pero todo sigue igual, salvo que por un momento la mano del revólver se relaja, abandona el gatillo y recupera una pose más cómoda.

Aterrado siente el vértigo al abandonar la vigilancia sobre su presa, el único control que tiene en aquella sala. Tener la vida del otro a su merced parecía diluir el temor que siente ante la amenaza que apunta a su espalda. Un absurdo perfectamente enraizado que comienza a ceder.

Duda si rearmar el brazo y la curiosidad le anima a invertir un instante en observar de reojo al resto. No puede verlos a todos, pero juraría que hay 32 almas.

Mueve un poco los dedos de los pies para abandonar el entumecimiento y comienza a encontrar holgura en su sitio; movimientos imperceptibles para que su guardián no sospeche. Mas una vez comenzado el baile es imposible parar. Abre y cierra la mano, esforzándose por mantener quieta la cabeza. Podría volver a su posición pero no tiene sentido, la vida del que tiene delante no es la suya. No hay alivio en esparcir los sesos de un tipo cuando la verdadera amenaza viene de otro. ¿Por qué continuar?, ¿qué provecho saca de ello?, ¿a quién sirve esa estupidez orquestada?, ¿y quién demonios ha encendido ese maldito quinqué?

El único motivo para apuntar a otro es porque este último sufra lo que él sufre.

Correcto; ¿de qué sirve?

Echa un nuevo vistazo y le parece ver en la otra fila un hueco, demasiado lejos como para estar seguro, pero, ¿y si es cierto?, ¿y si alguien ha sido capaz de irse?, ¿y si él se marchara también? Tan solo se trata de moverse. Lo peor que podría pasar es que le volaran el cráneo de un disparo, y eso pasaría igualmente con el solo hecho de que el de atrás lo decidiera; al menos en este caso él tendría algo que ver en su propia muerte. Además queda otra opción y es que todo vaya bien, que su guardián yerre el disparo o sencillamente se abstenga de disparar por miedo a empezar una acción en cadena que podría activar al que apunta a su espalda. Quizás eso es lo que pasó en la otra fila, en ese hueco que cada vez cree más firmemente haber visto; quizás un movimiento rápido que dejó a su captor con un espacio vacío y el terror a moverse en busca de su presa por si una bala atravesaba su propio cuerpo. Tenía que ser eso, algo rápido, sin pensarlo.




***

Fue un paso lateral grande, como no lo dio nunca. Cayó sobre la pierna dormida y rodó por el suelo hasta conseguir el abrigo de la oscuridad. Sin mirar atrás se puso en pie y observó frente a él pequeños resquicios de luz, puntos demasiado dispersos como para ofrecer imagen alguna, que atravesaban lo que parecían ser gruesas paredes de madera. Tuvo que caminar más de lo que pensaba para llegar. Una vez allí, se condujo a tientas hasta que encontró lo que parecía un saliente con asidero. Tiró con fuerza y un portón comenzó a ceder dejando pasar el destello claro y furioso del sol de mediodía.

Salió con los ojos entornados y la mano en la frente a modo de visera. Aun se encontraba entumecido y trastabillaba un poco al caminar. Junto a la puerta del establo encontró su sombrero y el cristal traslúcido de la medicina que compró el día anterior. Observó la etiqueta: «El elixir curalotodo del Dr.Well»; recogió el sombrero y mandó la botella al infierno. Desgraciado matasanos... y encima aun seguía con ese maldito dolor de muelas...

Listo para marcharse se dirigió hacia la puerta del establo y, tras un segundo de duda, decidió dejarla abierta. Se encajó el sombrero y marchó hacia las afueras con paso distinto, quizás más resuelto.

lunes, 20 de abril de 2015

Las cosas van a ir mejor


Cuatro ruedas atraviesan la calle principal. El rocío de la mañana ha oscurecido la capa de ceniza. Huele a humo y a pérdida, bajo los escombros aun brillan mortecinas las brasas. La atalaya está derruida, la herrería parcialmente quemada, la casa de Tabitha libre de puerta y la oficina del sheriff y el banco dañados. Will Nake deja una de las maderas quemadas y espera en pie; tras él, Edward y Ralph, no quitan ojo a los recién llegados.


-Disculpe, caballero, ¿falta mucho para un lugar llamado Canatia?

El sheriff observó detenidamente al viajero añejo de chistera y al joven de semblante seco y la chica albina que aguardaban dentro del carro. Miró a su alrededor y dibujando un arco con su brazo derecho, abarcó todo el desastre que los rodeaba.

-Está usted en él, señor...

-Well. Dr. Well, para servirle.

-¿No tiene nombre, doctor?

-Alguno tengo. Pero si busca familiaridad, puede llamarme doc, me es más cercano que el que me otorgaron mis santos padres.

Well mantenía ambas manos a la vista, sujetando las riendas. Sonrió ampliamente y enarcó una ceja en un gesto simpático y sutil.

-Está bien, doc, como ve tenemos algo de trabajo. Así que, ¿por qué no me dice qué le trae por aquí?

-Un acuerdo legal, sheriff. Vengo a entregarle un ayudante...

El viejo doctor se giró teatralmente y señaló al joven Jimmy que bajaba del carro para acercarse al sheriff Nake. Ralph y Edgar vigilaban cada uno de sus pasos, la tensión crecía por momentos hasta que Jimmy echó mano dentro de su camisa y sacó el contrato. 

-Calma señores, el viejo tiene razón; este documento así lo acredita. Mi nombre es Jimmy One, y vengo a reclamar el cargo de alguacil. Sheriff, si quiere puedo darle más credenciales y una carta de recomendación.

-Está bien, trae todo lo que tengas, ayudante, cuanto más mejor; últimamente las visitas no han sido muy agradables... hay algo que debes saber antes de aceptar el cargo. Vayamos a mi oficina, el tejado se ha venido abajo, pero casi mejor; tenía goteras. Hay café de tres días, ¿te gusta el café frío?

-Con que me mantenga despierto, me vale.

-Bien, eso es un buen comienzo...

Well se quitó el sombrero y saludó ceremoniosamente a Ralph y Edgar. A su lado apareció la joven figura de Lily y su bello rostro sonriente acabó de soltar el cable tenso que los aprisionaba.

-Y digo yo, caballeros. Con tanta desgracia como parece haberles acontecido, aventuro la necesidad de un hombre versado en las artes de la medicina. ¿Tienen por fortuna un doctor en este pueblo?

-Sí señor -contestó Edgar-, Tabitha es quien se encarga de ello.

-Mmm, a menos que responda a un capricho cultural, en cuyo caso no tengo objeción alguna, ese es nombre de dama.

-Así es, señor Well. Tabitha es nuestra doctor.

-Comprendo que la situación puedan haberles conducido a tomar medidas extremas. Pero ya no son necesarias. Amigos míos, a partir de ahora pueden disfrutar de los servicios de un verdadero médico.

-Se agradece el ofrecimiento señor, pero Tabitha trabaja bien. Como ella dice, basta con saber hacer las cosas, al fin y al cabo son los actos los que presentan a las personas.

-¡Valiente sandez! ¿De dónde habrá podido sacar esa pobre criatura una idea tan absurda?

Ralph y Edgar miraron más allá de Well, al otro lado del carro. Unos pasos decididos marcaban la inminente respuesta y algo dentro del viejo doctor, le hizo saber que debería tragar con amargura sus palabras.

-Esa idea, señor, fue lo último que pronunció un viejo doctor que a estas alturas debería estar más que muerto.

Aquella voz le cerró los ojos de golpe. Se caló el sombrero y, al abrigo de la oscuridad, buscó, en todo su repertorio, la salida adecuada. Tras un latido, abrió los ojos, extendió las manos y se giro hacia Tabitha con su mejor sonrisa.

-¡Querida amiga! ¡Tenía razón, no es cierto? ¡Salisteis de aquel infecto lugar y ahora sois doctor en un respetable pueblo! Perdonad todos las palabras de este viejo, pues donde dije simple dama jamás hubiera puesto a esta magnífica persona. Tan alta dignidad de saberes y habilidades no puede asociarse a características mortales. Ella es, sin ninguna duda, la maravillosa excepción. Tabitha, ahora os recuerdo, mi amiga. Una entre un millón y, por lo tanto, el argumento aplastante que evidencia cuán grande ha sido mi error.

-Me da igual, lo que piense o lo que diga, Well. Pero le di todo mi dinero, para que hiciera más llevaderos los últimos días de su vida. Mucho bien han debido hacerle porque aun corre sangre por sus venas.

-¿No es fantástico el cuerpo humano? Una experiencia cercana a la muerte solo puede transmitirse con el consiguiente revivir. Tengo tanto que contaros, amiga. Tantas cosas vividas y aprendidas... no podríais imaginar todo lo que ahora sé. Podríamos volver a trabajar juntos, los dos. Sus manos jóvenes y habilidosas y mi experimentada mente. Como en los viejos tiempos, salvando vidas, ¿recordáis todo lo que aprendisteis?. ¿Qué me decís, amiga?, ¿volveríais a trabajar para mí?

-¿Para usted? ¿Pero acaso su descaro no tiene límites? Pues bien, sepa que todo el dinero que le di para aliviar su muerte, se convierte en deuda al conservar su vida. Cierto es que me enseñó todo lo que sabía, y yo lo pagué bien trabajando. Ahora es el momento de que usted pague, o daré parte al sheriff para que rinda cuentas.

-Pero, mi querida amiga, no tengo con qué pagaros. 

-Seré breve porque ahí dentro hay un hombre gravemente herido. Es un buen hombre que casi pierde su vida anoche, pero un tanto brusco ante los cuidados del médico. Ahora mismo está ayudándome un amigo, que podría estar con el alcalde y el resto, enterrando a otro de los nuestros que cayó ayer. Así que ya está empezando a devolver su deuda. Haga el favor de bajar de ese carro y asistirme como enfermero. Y no pierda el tiempo hablando, no pienso escucharle; sé muy bien que acabará liándome.

-Pero, querida Tabitha, no pensaréis que...

Tabitha ignoró sus palabras y se dirigió a su casa. De lejos podía verse la mesa y parte de la fornida figura de Bison, blasfemando, cubierta de trozos de tela empapados en sangre. Junto a él, Jonowl tiraba de unas cuerdas a la vez que intentaba evitar cualquier daño que pudiera hacerse.

Well miró a su alrededor en busca de algún asidero donde apoyarse. Pero Ralph y Edward sonreían divertidos ante la escena. Lily abandonó todo intento por ocultar la carcajada y, poniéndole la mano en el hombro, le dijo alto y claro.

-¡Te ha calado, doc! ¿No querías un trabajo? ¡Pues ya lo tienes! No sé lo que se te estará ocurriendo pero no te aconsejo ponerte a malas con el sheriff, más aun teniendo en cuenta que Jimmy es ahora su ayudante. Yo de ti echaba un buen trago, hacía de tripas corazón y me ponía al servicio de una mujer. ¿Sabes? Al final tenías razón, las cosas van a ir a mejor.

lunes, 23 de marzo de 2015

Señuelos

Fango, hierbas, rocas y tierra. Agua corriendo entre árboles y peñas. Llueve a cántaros, el viento azota y cruje bronco el cielo entre relámpagos. Los caballos relinchan, la madera rechina, las ruedas cortan los charcos, el conductor grita y el pasajero, a resguardo, observa atento y apunta. Cuatro jinetes sombríos, de gatillo fácil y orgullo herido, dieciséis pezuñas que arrancan el barro y cabalgan a todo galope por el perfil de la montaña.

Well sacudía las riendas y alzaba su voz por encima de los truenos. Notaba el calor del licor evaporándose en su cuerpo, en el sudor acumulado y en las bocanadas de humo exhaladas con cada grito. Con el cuero bien firme en la mano, clavaba la vista en el camino, vigilando el agua que caía por la ladera a su izquierda y que saltaba al vacío por su derecha. Atento a cualquier charco o acumulación de fango, tirando de los caballos en el momento preciso para dejarlos libres segundos después. Siempre más rápido, pensando solo en la próxima curva, en cómo alcanzar la distancia haciendo frente al siguiente obstáculo.

Jimmy aguardaba detrás, medio a cubierto tras la mitad inferior de la puerta trasera, con el revólver amartillado en mano, intentando aunarse con el vaivén y el traqueteo. Sentía el choque del frío húmedo del exterior contra el abrasador latir de la sangre y los nervios erizados manteniendo el cuerpo preparado para la acción. 

Los jinetes se acercaban, aullando; sus bestias babeaban y resoplaban con los ojos inyectados en sangre. Apenas podían distinguirse sus caras, amasijos de pelo y carne enmarañados, sombreros caídos ante el peso del agua, filas amarillentas de dientes y ojos hundidos tras la lluvia y la sombra. El primero de ellos se enderezó sobre la silla, soltó una de sus manos de las riendas y comenzó a desenfundar mientras el pulgar presionaba el percutor. Jimmy lo vio y no esperó más, dirigió el cañón y una de las ruedas tropezó con una piedra mandando la mitad del carro al aire y el proyectil a unos centímetros de su destino; no sabía adónde había dado, pero había visto sangre.

El carro volvió al suelo y fueron las otras ruedas quienes saltaron. Well corrigió el desequilibrio y el siguiente vaivén, hasta que volvió a la frágil estabilidad del acelerado ritmo de la carrera. Girándose solo un poco, sin liberar la atención del camino, habló con fuerza para que Jimmy le oyera.

-¡Tenga cuidado, los queremos vivos!

-¡Iba a dispararle cerca, sin darle, para que mantuviera la distancia. Había desenfundado!

-¡No se preocupe, Jimmy, ellos deben estar atentos al camino, a su animal y al arma que empuñen! ¡Demasiados frentes para apuntar con eficacia! ¡Usted en cambio solo tiene que apuntar y mantenerlos lo suficientemente alejados!

El viento llevaba las gotas a su cara; Well resoplaba expulsando el agua rota. Una nueva curva se acercaba con fango caldoso y un par de raíces de corteza mojada y resbaladiza. Dejó de hablar, tiró de las riendas y se dispuso a abordarla asegurando el paso de las ruedas.

Los jinetes habían aflojado un poco, se reagruparon para asegurarse de que su compañero estaba bien. Este fue el primero en azuzar de nuevo al caballo, tenía un brazo manchado, herida en el hombro de seguro molesta, pero indolora mientras el cuerpo siguiera en guerra.

La curva se acercaba y el carro aminoró parcialmente la marcha. Los jinetes volvían de nuevo a la carga y aullaban hambrientos de heridas y sangre. Jimmy disparó un par de veces, manteniendo la distancia. Entró el carro en la curva y restallaron de nuevo las riendas, ambas ruedas toparon con las raíces y, con el salto, un tercer disparo acabó en el cielo.

-¡No me preocuparé si dejas de dar esos botes, maldito viejo!

Continuó el chasquido del cuero y el retumbar ya ronco de la voz del guía, exigiendo a los cascos un nuevo esfuerzo. Atrás, los jinetes llegaban a la curva, espolearon a sus bestias y sobrevolaron el fango: un par saltaron las raíces, otro las cruzó con destreza y el último juntó herradura y corteza y resbaló la pata, perdió el equilibrio y animal y jinete saltaron con el agua hacia el abismo.

-¡Doc, hemos perdido uno!

-¿Cuál?

-¡El pinto! ¡Ha caído en la curva!

-¡Importan los otros! ¡Guarda  la distancia, pero mantén el hambre de caza!

Venas de luz surgieron del gris oscuro y, con el retumbar de truenos, algunos fogonazos brotaron de entre los jinetes. Los plomos volaron cerca pero ignoraron al blanco.

-¿Dónde está Lily?

-¡Ya queda poco! ¡Desde aquí puedo oler su níveo cabello, su grácil cuerpo y el tono dulzón de...!

Jimmy pestañeó tres índices y dos pulgares y las balas silbaron entre los jinetes que aminoraron lo suficiente para saberse intactos y lanzarse de nuevo al ataque.

-¡Déjate de idioteces, no vaya a errar de nuevo un tiro!

-¡Vamos, Jimmy, un poco de alegría! ¡Grite, libere el ansia! ¡Sea uno con la tormenta, que la lluvia limpie su rostro, refresque su mente y aclare las ideas; que los relámpagos carguen su alma y los truenos muevan sus entrañas! ¡Viva, joven Jimmy, viva lo intenso del momento y estalle si es necesario, que tiempo habrá para la calma!

-¡De acuerdo, maldito borracho, yo grito y me acuerdo de los muertos del mundo, pero no deje de darle a las riendas que las balas se acaban y estos se acercan!

La pendiente disminuía; las últimas curvas hicieron patinar al carro ligeramente, pero Well parecía estar por encima de todo; borracho como una cuba, reía como un loco, por encima del bramido celestial, mientras cruzaba los últimos metros. Cuando pasó el punto indicado sus ojos sabían a dónde encontrar a Lily, al sheriff y a la partida que habían formado. 

Jimmy concentró las últimas balas y los jinetes aminoraron lo suficiente como para que Lily y el sheriff pudieran hacerse con ellos.

Well se puso en pie en el banco del carro y abrió ambos brazos en cruz a la vez que gritaba a pleno pulmón “¡Lo conseguimos, joven Jimmy!, ¡maldita sea, aquí llegan los últimos canallas!”. Tras eso, un chasquido surgió de su garganta y la afonía se apoderó de él.

Llegó el reparto. Wilbur y los McKenzie. El sheriff puso los carteles sobre la mesa y los números sumaron una cantidad más que sugerente.

-Bien doctor, tal y como acordamos, aquí tiene una carta de recomendación para su amigo, a nombre de Jimmy One. Viendo las capturas realizadas hasta yo mismo le ofrecería un puesto si no estuviera debidamente ocupado.

Jimmy asintió agradecido y echó un vistazo a Lily, quien sonreía feliz pensando ya en un lugar al que poder llamar casa.

-Y aquí tiene el indulto. Sepa que sigue sin parecerme del todo bien, pero debo reconocer que ha hecho un servicio a la comunidad y que este dinero, junto con la otra donación acordada, será debidamente utilizado. Bienvenido, pues, de nuevo a la sociedad, señor Well.

Jimmy quedó estupefacto viendo cómo el dinero de la recompensa y las bolsas cedidas por Well se perdían en los cajones del sheriff. El mismo fantasma en la garganta tenía Lily, que enmudeció mientras el Dr. Well se apresuraba a dar las gracias al sheriff y conducía a las dos figuras rígidas hacia el carro.

Cuando Jimmy intentó hablar, Well le dio el papel de demanda de un ayudante de sheriff para Canatia. Este miró a Lily y subió, blanco, al carro; con el papel arrugado en la mano y la cara desencajada. Well, pese a su afonía, no dejaba de hablarles, de decirles lo bien que habían salido las cosas, el futuro que tenían por delante; que por fin se había actuado correctamente y que tenían suerte de haber vivido una experiencia así y seguir en la tierra para contarlo. Sacudió las riendas y dio la voz de marcha, para después continuar explicando las posibilidades que se abrían ante ellos, una vida de paz y tranquilidad, donde recordar todas estas aventuras vividas al amparo de la noche y las estrellas... una charla continua llena de hermandad y amistad, de valores y futuro, que intentaba, por todos los medios, desterrar al rincón más lejano el asunto del dinero. Utilizó todo su repertorio y lo más granado de sus capacidades, mas cuando al fin hubo acabado y dejó un momento de respiro, a una joven albina le hirvió la sangre.

-¡Diez mil demonios rasguen tu carne, maldito borracho hijo de un cadáver, viejo decrépito de lengua floja! ¡Sigues vivo porque ni la soga quiere tocar tu cuello! ¡Vas a sufrir cada dólar que hemos perdido! ¡Pienso vaciar delante de ti hasta la última botella de ese maldito matarratas que bebes! ¡Quitaremos los caballos y tirarás tú del carro! ¡Quiero verte llorar oro! ¡Cada vez que pasemos hambre, cada sed que no se sacie, la pagarás mil veces! 

-Lily... -dijo Jimmy en un tono extrañamente calmado-.

Ella se giró con los ojos encendidos, el pelo erizado y con una voz aguda y fría, como filo de sable, contestó cortante:

-¿Qué!

-Allí debajo tienes la escopeta...

lunes, 9 de febrero de 2015

Viejos dioses


Copos de nieve, lanzados por el aullido del viento, contra los riscos escarpados de la montaña. Roca lisa y afilada de cantos quebradizos, en punta, con hielo azulado en las heridas. Están muy lejos de tierra firme. Ante ellos, solo una vieja casa, destartalada; alrededor, la senda y el vacío engullidos por un mar de nubes. Allí donde parece no haber tiempo ni humanos ni nada, solo restos helados carentes de vida.


Jimmy miró hacia atrás, a lo lejos, por encima de sus compañeros, pero la nubes habían cubierto ya el carro. Tiró de las riendas, alzó la mano e indicó al resto que se detuvieran. La casa apenas podía mantenerse en pie. Las maderas, medio podridas de la humedad, repiqueteaban sueltas ante el viento, mientras una desvencijada puerta colgaba del gozne superior de cuero que continuaba heroicamente firme pese a su estado lamentable.

Guardó unos segundos, buscando el menor indicio de vida: objetos, pisadas, olores o el más mínimo ruido... 

-¿Doc, seguro que es aquí?

Doc se puso en pie sobre los estribos de la montura y, con un pañuelo atado alrededor de la chistera para proteger las orejas, extendió ambas manos enguantadas y exhaló sus palabras entre bocanadas de vaho. 

-No hay duda, joven One, he aquí la inexpugnable cima, el último refugio de una de las bandas más peligrosas que haya habido en todos los tiempos: el famoso bastión de Tad.

-¿E... esto un bastión?, ¿es... es algún tipo de chiste?

Lily hablaba entre temblores, acurrucada dentro de su pelliza, con el gorro de piel bien calado.

-Bueno, señorita Lily, quizás ya no esté como en los viejos tiempos, pero nunca fueron necesarias sus paredes para defenderlo. Pocos conocían su ubicación y aquellos que consiguieron llegar sin ser debidamente invitados, tuvieron el placer de hallar el descanso eterno entre esas magníficas rocas. Ningún extraño llegó a cruzar esta última senda, ni pudo ver las paredes de la casa; de ahí la leyenda del bastión. Y funcionó, les aseguro que funcionó. Cuando recorrías estos últimos metros, a veces sintiendo la vida escapándose por alguna de las heridas, sabías que el tiempo se detenía y una suerte de tregua te mantenía a salvo de lo que quisiera que fuera tras de ti. Aquí las armas siempre dormían, los puños se relajaban y todos debían presentar sus respetos a Tad. Un buen hombre: ladrón, pistolero y tahúr, en la llanura; juez, amigo y rey, en esta montaña. Su palabra era ley, simplemente porque hablaba poco y justamente. Todos ofrecíamos algo y pedíamos ayuda cuando era necesario. Sabías que, pasara lo que pasara, siempre estaría el bastión de Tad...

-Pues me temo que se acabaron los viejos tiempos, doc. Nada aquí indica que quede ni un alma, no hay caballos ni ningún rastro.

Jimmy llevaba el revólver en la mano y se dirigía a la casa, mientras vigilaba el terreno para evitar hundirse en la nieve.

-Hace mucho tiempo de todo aquello. Muchos cayeron enfermos de la soga, otros víctimas del plomo y aquellos que pudimos continuar en este mundo dejamos las proezas más arriesgadas para el ansia y la temeridad propias de la sangre joven. Pero Tad nunca dejó este lugar. Sé que algunos siguieron subiendo para visitarle y traerle algunas cosas como se hacía entonces, y siempre decía lo mismo “solo me sacarán de aquí con los pies por delante”. Y era hombre de palabra, así que sería mejor que enfundara ese arma, joven One, e hiciéramos esto por las buenas.

Lily, se acercó al caballo, tomó con cuidado el winchester y se puso a la altura del viejo, mientras seguía con la mirada los pasos de Jimmy.

-Doc, esta vez tu amigo está solo; si está en ese nido, ten por seguro que Jimmy lo sacará. Solo con que cuente la mitad de años que tú ya estará lo bastante estropeado como para no poder disparar a tiempo. Pero por si las moscas, te aseguro que este rifle no va a perder detalle, al menor destello, le desarmo de un balazo.

-Subestima la experiencia, el conocimiento del terreno y la naturaleza de Tad. Es su “amigo” quien se está acercando demasiado sin tomar las debidas precauciones. Tad no es estúpido, conoce sus limitaciones, no estará esperando en pie para retarle en duelo; sino que esperará a que sea otro quien se acerque, dispuesto a morder como si fuera la última vez en su vida. Les dije cómo debían hacerse las cosas, que no se dejaran engañar por las apariencias, pero no han hecho caso...

Lily, observaba la casa a través de la mirilla, concentraba la vista en los puntos desde donde podría venir el ataque. Descartaba el golpeteo de las maderas y el baile fantasmagórico de las cortinas ajadas. Veía a Jimmy acercarse seguro, pero las palabras del Dr. Well sembraron en su corazón la duda y el rifle comenzó a volverse pesado.

-Ahora ya es demasiado tarde para llamar al señor One sin levantar sospechas. Asegure el tiro como nunca, pues en caso de presentarse el momento, solo tendrá una oportunidad.

Jimmy apartó un poco la puerta descolgada, preparó el arma y cruzó el umbral.

Lily, respiraba con calma, intentando detener el temblor que se concentraba en sus manos y movía levemente el cañón, una pequeña variación que suponía mandar la bala fuera del blanco. De repente las maderas parecieron moverse más a menudo y las cortinas describían movimientos extraños. Tres veces estuvo a punto de apretar el gatillo, cuando, al desplazarse uno de los jirones de las ventanas, observó una sombra agazapada en el fondo de una de las estancias.

-...solo una oportunidad...

No recordó haber ejercido presión; el gatillo se desplazó y un estruendo colocó el proyectil directo en la sombra. Un disparo limpio, que resonó por toda la montaña hasta que la voz de Jimmy lo disipó con un “¡No disparéis!”. Tras lo cual, se asomó a una de las ventanas y por gestos les exhortó a acercarse. 

Cuando Lily y el Dr. Well llegaron, Jimmy seguía en pie, con el revólver descansando lánguidamente en la mano. Frente a él, sentado en una silla, rodeado de polvo y telarañas, estaba el cuerpo del viejo Tad: alto, fuerte y barbudo, sentado en un tosco sillón de madera y pieles, con un rifle sobre sus piernas, los ojos abiertos, fijos en el infinito, y la carne pálida, fría y estática del rey de la montaña, congelado en su trono.

Well se quedó en pie, aturdido ante la visión del último de los que cabalgaron junto a él. Sintió como si el tiempo hubiera pasado sobre él dejándolo perdido, lejos del presente, y notó el frío crudo y desgarrador del vacío. Jimmy y Lily permanecieron en silencio hasta que, por fin, el viejo doctor pareció volver en sí.

-Bueno, amigo, ha llegado el momento. Cuidaste tus dominios hasta el final, es hora de cumplir tu palabra y bajar con los pies por delante.

lunes, 19 de enero de 2015

Condenas


La luz anaranjada del sol ilumina la casa de adobe, el pequeño cerco blanquecino que la rodea, su puerta y sus ventanas; tras las esquinas, la oscuridad azulada oculta la cal y emborrona tierra, hierbajos y cactus. Tres figuras apostadas a tiro de rifle de la entrada, parapetados tras un par de rocas y un carro cruzado. Silban los plomos, astillando madera, adobe y cal, en busca de carne, huesos y sangre.


El Dr. Well se asomó lo justo, situó la mirilla en una de las ventanas y comenzó a apuntar un poco más a la derecha, para compensar el viento. Antes de apretar el gatillo, otro estruendo sonó y la chistera voló por los aires.

-¡Magnífico disparo! ¿Han visto, casi me devuelve a la tierra?

Lily respondió al fuego, pero nada se escuchó; solo la estela de humo bailaba burlona, como único testigo de la presencia del tirador.

-¡Mierda! ¡No hace más que moverse! ¡No hay manera de darle!

Jimmy echó un vistazo a su alrededor. Salvo las rocas y el carro, no había otro parapeto hasta los treinta pasos que les distanciaban de un sagüero. Se puso en cuclillas, acercándose lo máximo posible al extremo del carro y calculó la carrera hasta el gran cactus; pero otro rifle rugió exigiéndole, entre esquirlas de roca, que mantuviera su posición.

-¡Maldición, doc! ¡Dijiste que estaría solo!

Well volvía con su chistera, pasando el dedo por el agujero que había dejado la bala, a pocos centímetros de donde solía estar su cabeza.

-Y está solo, joven Jimmy; al menos en parte.

Un par de proyectiles mordieron el carro; uno de ellos salió despedido hacia una de las rocas y pasó silbando entre los caballos, que seguían a cubierto tras la improvisada barricada. Estos comenzaron a relinchar y a moverse frenéticamente; Lily dejó un momento el rifle y acudió a calmarlos. 

-¿Y qué demonios quiere decir “en parte”?

Jimmy disparó casi por inercia: apretó el gatillo, accionó la palanca y, antes de que el casquillo tocara el suelo, volvió a enviar otra bala hacia el mismo destino. 

-Bueno, estaba casado con una mejicana; Luz se llamaba. Una muchacha muy agradable y servicial.

Otro disparo les obligó a agacharse instintivamente. Lily volvió a coger su rifle, lo cargó de nuevo y, tras asomarse ligeramente por uno de los lados del carro, esperó el siguiente fogonazo, antes de desvelar su posición.

-Pues, doc, parece que ha cambiado de mujer.

-Esto no tiene sentido. “El seco” no es hombre de bravadas gratuitas. Solo demuestra el valor cuando le es de alguna utilidad. A estas horas, hace tiempo que habría aprovechado la situación para huir, mientras el otro tirador nos mantiene a raya.

Jimmy resopló y tras negar levemente con la cabeza, apoyó la espalda contra la roca y miró al viejo doctor.

-¿Y si tienen algo que proteger? Algo demasiado pesado para huir...

El doctor abandonó la posición de disparo y, tras quitarse la chistera, se colocó al lado del futuro ayudante de sheriff.

-Eso es imposible. El resto de la banda se encuentra paseando en barca con Caronte o picando roca tras el desastre de hace poco más de un mes. Hágame caso, joven Jimmy, este caballero no ha tenido tiempo ni ganas de plantearse siquiera regresar a sus quehaceres.

-Pues entonces ya me dirás, doc; pero esto no tiene buena pinta. 

Lily, mantenía la vista clavada en la casa; el rifle cargado y el dedo rozando la guarda del gatillo.

-Bueno, cuando los señores quieran acabar su reunión, quizás podríamos decidir algo. Parece que han dejado de disparar, pero de momento soy la única que se juega el cuello.

Well puso sus manos a ambos lados de la boca, tomó aire y, sin moverse del sitio, habló con todas sus fuerzas.

-¡Pancho, amigo! ¡Soy yo, el Dr.Well!

Tras un leve silencio llegó una voz del otro lado.

-¡Hola, doctorcito! ¡Es fácil reconocer tus andares de zopilote y ese sombrero roñoso! ¿Que tal todo? ¿Algún agujero nuevo?

-¡De momento no hay ningún mal que debamos lamentar; salvo quizás cierto nerviosismo en las bestias por lo intenso de la tormenta! ¡No negaré que ha sido un comienzo divertido; pero, a qué viene tanto recelo, mi buen amigo?

-¡Sigues siendo una vieja chachalaca! ¡No es recelo, compadre, solo ganas de abrirte un agujero en las tripas! ¡Y vienen por el gringo que te acompaña y esa mujer de pelo blanco! ¡Las noticias vuelan!

-¡Eso facilita las cosas! ¡Le comentaba, aquí a mi amigo, lo extraño de su proceder; pensaba que haciendo uso de su más que legendaria astucia, Pancho “el seco” estaría ya lejos de aquí! ¡No obstante, me alegro de que haya decidido quedarse! ¡Más aun me alegraré cuando venga con nosotros!

Jimmy y Lily buscaban un reflejo, un movimiento, el más mínimo indicio de la situación de su presa; cuando una voz femenina brotó de la casa.

-¡No señores, Pancho no sale de aquí! ¡Ni va a huir, ni se va con ustedes!

El viejo doctor abrió los ojos sorprendido al reconocer la voz.

-¿Luz? ¿Es usted, señorita Luz?

-¡Señora Luz, don Well! ¡Mujer de Pancho Sarcos Piedra!

-¡Un placer señora Luz, lamento tener que decirle que su marido se encuentra en busca y captura! ¡Y que es nuestro deber entregarlo a la justicia!

-¿Y qué justicia es esa? ¡Porque mi marido no es más que un "pelao" lo bastante hombre como para hacerme 12 hijos, que se pasó los años buscando la forma de no parar por casa! ¡Pues eso se acabó, señores! ¡Les juro por la virgen que no van a llevárselo, porque pienso poner todas mis entrañas en cada una de las balas que vayan hacia allí! ¡Y tampoco va a huir, porque como intente abandonar esta casa, pienso dejarlo muerto aquí mismo! ¡Así que ustedes verán! ¡Si no les van a pagar por dos difuntos, dense media vuelta!

-¡Se ha explicado a la perfección, señora Luz!

Y sin decir nada más el doctor Well se incorporó, sacudió el polvo de sus ropas, se colocó la chistera y comenzó a preparar los caballos.

-Pero... ¿se puede saber que haces, doc?

-Ya la ha oído, Jimmy. Esa no va a ceder, cueste lo que cueste. Y no serán los muertos quienes le ofrezcan su nuevo trabajo. Necesitamos capturas, hombres vivos que demuestren que es capaz de arreglar las situaciones de un modo civilizado...

-¿Y ya está? ¿Les dejamos? ¿Así de fácil?

Lily soltó el rifle, miró a Jimmy, bajó la vista y comenzó a ayudar a Well.

-¿Tú también? ¡Venga ya, si son nuestros! ¡Es solo cuestión de tiempo!

-Señor One, no se trata de ganar, sino de capturarles. No lo convierta en algo personal, porque, a ese nivel allí solo veo un ladronzuelo y una pobre mujer con 12 bocas que alimentar. Comprendo la herida en su orgullo pero dejó atrás el tiempo de vivir matando. ¿De qué le sirven el hambre y la sangre que va a provocar? ¿Y la posible venganza de alguno de los hijos?, ¿o también piensa acabar con ellos? Vamos, amigo, sigamos nuestro camino y olvide este lugar, como si nunca hubiera estado en él. Y si no es capaz de hacerlo, y le sirve de consuelo, piense en la vida que le espera al pobre Pancho; pues le aseguro que tiene mucho que pagar entre esas cuatro paredes... Ah, si la hubiera visto hace años... preciosa y cálida Luz de la mañana, cuánto mal sufrido, ahora gélida y cegadora.

lunes, 5 de enero de 2015

Destinos

La madera cruje bajo el porche al balancearse la silla, acompañada por el golpeteo seco de una puntera; dos figuras permanecen calladas, armadas junto a la puerta. Frente a ellas, se expande amplio el verde pasto del rancho, con el cartel y los postes como único límite. A su espalda, la mansión cierra ventanas y puertas; dentro dos hombres, en torno a una mesa, hablan con el alma de sogas y sombras.

Buenas botas, chaleco rico, sombrero ancho adornado y porte distinguido; cuerpo robusto, pelo cano, ojos heridos por el recuerdo y rostro quebrado. Rozó el vaso de cristal fino y observó la mesa labrada, la botella obscenamente cara y el valioso metal que relucía en su mano.

-¿No hay alternativa, verdad?

Traje de parches, chaleco ajado, chistera moldeada por los años y porte abatido; cuerpo pequeño, pelo escaso, ojos llenos de vida y rostro avispado. Apoyó ambas manos en el borde de la mesa, recostándose en el respaldo de terciopelo verde, dejando que los pies colgaran ligeramente. Miró un segundo a su viejo amigo y suspiró.

-No. O vas con el tipo que espera ahí afuera, o será el sheriff Cougar quien te dé caza.

-¿Cómo se ha enterado?

-”El seco”.

Los dedos se cerraron con fuerza alrededor del vaso, aplastándose contra el cristal. El caldo tembló un poco, parecía apunto de despegar, pero se aflojó la presa y no llegó a alzar el vuelo.

-Me dio su palabra.

-Supongo que todos tenemos un precio. Estoy seguro que el suyo fue difícil de abordar.

-Podría defenderme.

-Si viene Cougar sabes que no habrá marcha atrás. Vendrá con gente y no querrá acabar rápido. Recuerda las cinco balas: pies, manos y estómago; hasta que la muerte te encuentre ahogado y cansado de tanto gritar. Aunque lo realmente terrible es que si te encuentra aquí, Alma y tus hijos también morirán. Nadie quiere llevarse eso a la tumba.

Resopló nervioso, con los ojos llenos de ira roja, apunto de verter la impotencia. Tosió un par de veces, hasta expulsar las espinas de la garganta y conseguir sacar la sombra de su propia voz.

-¡Maldito sea “el seco” y su precio!, demasiado bajo ha sido si alguien lo ha podido pagar. ¡Así se lo lleve el diablo!

-En eso sí puedo ayudarte. Dime dónde encontrarlo y me encargaré de que cuelgue de una soga antes de que llegue tu noche.

-Antes de nada, prométeme una cosa.

-Tranquilo, Alma no sabrá más de lo necesario y haré que le llegue todo el dinero de la recompensa. Tienes mi palabra.

Resoplo de nuevo, escupiendo el aliento. Miró a su alrededor: la lujosa mampostería, el gran caserón, el retrato de su familia y todo cuanto había construido tras una vida de pólvora, oro, sangre y violencia. Había conseguido engañar al destino, disipar su pasado y abrirse un camino nuevo; pero ahora aquel pequeño tipo venía a arrastrarle de nuevo al pozo, ofreciéndole el menor de dos males. Ahora, todo cuanto le rodeaba se le antojó lejano, etéreo; como si estuviera soñando la posibilidad de otro. Cogió con fuerza el vaso y vació el caldo de un trago; por primera vez en años, notó el vapor brumoso y los mil y un matices dulzones ocultos tras el calor, jugueteando chisposos en nariz y en boca, y en el fondo hondo del paladar.

-De acuerdo...

* * *
La puerta se abrió y dos manos se ofrecieron a Jimmy. Este ató con fuerza las muñecas y Lily condujo al preso, a punta de escopeta, hasta el carro. El Dr. Well salió después, serio de rostro, y se limitó a seguirle con la mirada.

-Ya tengo otro: Bill “el seco”, hacia el norte.

-Bien hecho, doc. Ya puedes echar un buen trago; por este dan más de lo que podrías beber en una semana.

Well seguía con la mirada fija en el carro, como si una parte de él estuviera dentro. Parecía más alto, más viejo y consumido, sin rastro de la jovialidad que le caracterizaba.

-No habrá dinero esta vez. Todo lo que cobremos debe llegar a su familia; a cambio os daré la mitad de mi parte del resto de las capturas. Y, Jimmy, hacedme un favor los dos; pase lo que pase, no debe saber que el sheriff Cougar murió el verano pasado.

-Como quieras, hablaré con Lily. No será difícil, tampoco pensaba charlar con él... ¿Doc, estás bien?

-No te preocupes. Tú limítate a seguir con las capturas y hacer que esto llegue a buen puerto. No tengo ganas de hablar, hoy tengo más sed que nunca. Solo espero, por todo lo sagrado, ver esa estrella en tu pecho y que todos tengamos un hueco en esa Canatia.

lunes, 15 de diciembre de 2014

Vivos


Los tablones mal encajados de una puerta rechinan al dejar entrar la luz y el polvo del exterior. Dos pequeñas manos enguantadas abandonan toda fuerza y se deslizan por la madera gris; pronto un grácil cuerpo, en elegante vestido del este, las acompaña en una dramática caída que nadie parece intentar detener. Solo tras unos segundos, el hombre de la barra decide acudir en su ayuda con un vaso en la mano.


Empapó el sucio trapo con el que difuminaba la roña de los vasos; lo escurrió un par de veces con la esperanza de que gran parte de la mugre desapareciera y mojó con todo el cuidado el rostro de la joven, que apenas asomaba a través del sombrero y el pañuelo fielmente atado a fin de ocultar su cabello.

Los cuatro parroquianos miraban con distintos ojos: curiosos, sorprendidos, preocupados, lascivos... mas nadie movía un dedo.

-¿Señorita, me oye? ¿Se encuentra bien?

Un leve movimiento de garganta, guiño de labios y el crujir del vestido al acoger aire la cavidad torácica. A través de la tela podían adivinarse los senos que, aprisionados por el corsé, buscaban salida en sensual movimiento. Ninguno de los presentes pareció atender ya al rostro; desapareció la dama y en su lugar apareció la carne. Solo el tipo de la barra continuaba, tenaz, llamando la atención de aquella mujer.

-Eso es, señorita. Vamos, respire, no tiene de qué preocuparse. Está en casa de Juan.

Le acercó el vaso y dejó que el agua restante mojara sus labios. Ella besó las gotas, rescatándolas de la superficie carnosa y dio un pequeño trago. 

Los parroquianos, anclados a aquella mujer, tragaron, sombrero en mano, relamiéndose ante el delicado morder de aquellos labios sonrosados. El hombre de la barra tomó a la mujer en brazos, apartó con el pie una de las polvorientas sillas de mimbre raído y la sentó en medio de la sala.

-¿Qué demonios miráis, animales? ¡Id al pozo, a por agua!

Los cuatro tipos, sucios del camino, se levantaron y marcharon hacia afuera. No tardaron en regresar; uno de ellos llevaba una taza de hojalata entre manos, los otros tres se limitaban a acompañarlo con el ademán absurdo de quien comparte objetivo pero no hechos. El mesonero tomó la taza y se la acercó a la joven; dos bellos ojos se abrieron, brillantes, y una agradable voz espetó un tenue “gracias”.

Asintió el mesonero y asintieron a su vez los cuatro haraganes a la vez que, involuntariamente, doblaban, bajo sus puños, las alas de sus sombreros.

-Ya está. La señorita os agradece la ayuda. Ahora apartad, dejadle espacio.

Se movieron los cuerpos y las miradas se volvieron tímidas conforme aquel cuerpo volvía a la vida. 

-¿Do... donde estoy?

-En el viejo camino a San Gabriel, señorita; está usted en la cantina de Juan. Yo soy Juan, el dueño, para servirla.

Todo lo que recuerdo fue un ataque a la diligencia. Me dirigía a Old Rock City, allí se encuentra mi marido, esperándome en el trozo de tierra que compró para nosotros, en nuestra nueva casa. Sería usted tan amable de decirme cuándo llegará la diligencia.

-Ay señorita, la diligencia no pasa por aquí desde que construyeron el puente. Ahora casi nadie quiere venir a las montañas, no quiero ni imaginarme el camino que ha debido de hacer. Puede quedarse aquí y recuperar fuerzas; en una semana he de acercarme a San Gabriel a comprar, si quiere puede venirse conmigo y desde allí tomar la diligencia para Old Rock. No se preocupe por los gastos.

-Le agradezco su ayuda, señor. El dinero no es problema, por suerte conseguí esconderlo a tiempo; los asaltantes llevaban prisa y se contentaron con las joyas.

Del pequeño bolso brotó el inconfundible tintineo de un buen puñado de águilas. Y la timidez de todos los presentes se esfumó. Como activado por un resorte, el dueño de la cantina cerró el bolso y ayudó a levantarse a la joven.

-De eso ya hablaremos cuando lleguemos a San Gabriel; es mejor no dejar brillar el dinero hasta que sea necesario. Venga conmigo, le acompañaré a la habitación de mi hijita, que en paz descanse, ahí podrá reposar tranquila.

-¿Y por qué reposar cuando puede salir hoy mismo para Old Rock?

El cantinero agachó la mirada al escuchar la voz áspera a su espalda; intentó mantener alejada a la joven, pero sabía que ya era demasiado tarde.

Arriba, apoyado en la barandilla de las escaleras, se encontraba, erguido, de porte firme, un tipo bien parecido, el único de aquel lugar que no parecía haberse vestido con las sobras de un muerto. Observó a la joven, sonrió y tocando levemente el ala del sombrero, saludó.

-Señorita, Sammuel F. Woodyard, encantado de conocerla. No he podido evitar escucharla y sepa que si de verdad le interesa volver cuanto antes, yo estaría encantado de llevarla a Old Rock.

El cantinero, suspiró y sin osar darse la vuelta continuó hablando.

-Sam, no creo que sea buena idea. La señorita debería descansar, de verdad que no me importa tenerla aquí una semana.

-Estoy seguro de ello, Juan, no te importa nada que se quede durante toda la semana. Pero seguro que tendrá cosas mejores que hacer; quizás tenga prisa, ¿no crees?

-Bueno... es posible. Pero, no se...

-No se preocupe señor Juan, le agradezco su ofrecimiento pero lo cierto es que prefiero partir cuanto antes. Además el señor Woodyard parece un buen hombre, aceptaré con gusto su ofrecimiento.

El cantinero abrió la boca pero no encontró las palabras adecuadas para deshacer el mal sin alterar la presencia gélida que notaba en su nuca. Cerró los ojos y asintió mientras regresaba a su barra.

Los cuatro haraganes rieron al ver al cantinero cabizbajo, parapetado tras su barrera. 

-¿Sam, vamos contigo?

-No, la señorita merece mejor compañía que mugre, polvo y piojos. Esperad aquí a que vuelva, seguro que Juan estará encantado de serviros algo de beber. 

Lanzó unas monedas a la barra, invitó a pasar a la señorita y cerró tras de sí, devolviendo la sala a la oscuridad habitual, rayada por las decenas de resquicios de las paredes. 

Ayudó a la señorita a subir, echando un ojo a las formas, tanteando el material, y dirigió su caballo hacia la ruta perdida de las serpientes blancas. 

-Señor Woodyard, este no parece el camino.

-No se preocupe señorita, por aquí llegaremos más pronto.

Siguió la fina senda, encumbrando lomas, esquivando púas, zarzas y pinchos, hasta que el fino hilo de tierra se internó en una oscura y perdida gruta. El señor Woodyard bajó del caballo y ayudó a bajar a la joven.

-Bueno, hemos llegado.

-Cómo, pero esto no es Old Rock City.

La joven, asustada, miró suplicante al hombre, mientras una de sus manos tomaba hábilmente algo de su pequeño bolso.

-Yo no haría eso, señorita. 

Juraría que no le había visto hacer el más leve movimiento, pero aquel hombre tenía un revólver en la mano. Cerró los ojos, aflojó los dedos y abandonó la derringer dentro del bolso. 

-¡No te preocupes, Lily, lo tengo a tiro!

La voz surgía de la gruta, al tiempo que la figura de Jimmy iba saliendo, revólver en mano, apuntando a aquel tipo.

-¡Venga ya, hombre! ¿Quién demonios eres tú? ¿Cómo sabías que la traería aquí?

-Se lo dije yo, querido amigo. Siempre has sido un hombre de costumbres.

Detrás de Jimmy fue saliendo el renqueante traje remendado del Dr. Well. Fue andando poco a poco poniéndose a la derecha de Woodyard.

-¿Doc? ¡Maldito estafador hijo de perra! ¿De qué cojones va esto?

-¡Que hay Sam! ¿Cuánto tiempo hace? Veamos, lo que haya pasado más tres años y un día. ¿Recuerdas?

-Maldito cabrón rencoroso... ¿de eso va esto?, sabes que no pude hacer nada por sacarte...

-Rencoroso: término esgrimido con frecuencia por quien quiere hacer lo que le plazca sin sufrir las consecuencias. No vengo a discutir, Sam; vengo a que me devuelvas el favor. Yo pasé un tiempo en la cárcel por ti, ahora ha llegado tu turno.

-¡Y una mierda! ¡Tú no te muevas más y dile a tu amigo que como no deje de apuntarme le vuelo la cara a la señorita!

-Puedo disparar una vez antes de que amartilles el arma y soy perfectamente capaz de dejarte seco de un tiro. Así que deja el revólver en el suelo.

-No, One, nada de muertes, ¿recuerdas? Lo necesitamos vivo. Nadie quiere a un matón como ayudante de sheriff; necesitas entregar tus capturas vivas.

-¡Oh, perfecto viejo! ¿Y puedes decirme, cómo se supone que vamos a presionarle ahora?

-Doc, el chico tiene razón, los años te han tratado mal. Se diría que ahora soy yo quien lleva las riendas.

Jimmy resopló y bajó el brazo del arma a la vez que dirigía su mirada hacia el viejo borracho.

-¡Mierda, Doc! ¡Cómo se nota que no es tu mujer quien está al otro lado de ese revólver! ¿Se puede saber qué demonios vamos a hacer ahora? ¡Porque yo no lo veo nada claro! 

-Tranquilo, hijo, no te enfades conmigo; yo no he dicho que dejaras de apuntarle, solo que no le mataras.

Sam Woodyard seguía apuntando a Lily, mientras sus ojos iban, incrédulos, de uno a otro.

-¡Y cómo se supone que voy a conseguir que deje a Lily si no se siente en peligro! ¡La cosa era fácil, había hecho la apuesta y solo quedaba que él aflojara!

-No sé que decirte, pensaba que ibas a dejarte llevar; teniendo en cuenta lo mucho que te juegas, y tu temperamento, temía que apretaras el gatillo.

-¡Maldito borracho! ¡Maldito viejo loco! ¡Lo tenía todo controlado pero no has podido soportar mantenerte al margen, verdad?

-¡No necesito reafirmar mi ego ante ti, jovencito! ¡Por muy bien que dispares, por muy rápido que seas, llevo en este mundo muchos más años que tú, muchos más años que todos los que como tú se dedican a vomitar plomo; por algo será, joven idiota! ¡Puede que no lo entiendas, pero cuando empieces a solucionar los problemas de los demás a golpe de gatillo, el paciente Kronos tornará los vítores y las alabanzas en miedo y, después, en rechazo, odio y ostracismo; porque, pase el tiempo que pase, la sangre siempre se paga!

-¡¿Pero quién te ha dicho que iba a disparar?! ¡¿De dónde has sacado esa idea?!

-¡De una sencilla obviedad: no sabes hacer otra cosa!

Woodyard apenas podía dar crédito a tal despropósito. Veía a aquel par de imbéciles discutiendo, escupiendo baba rabiosa en cada palabra, como si el arma que empuñaba contra aquella muchacha no tuviera relevancia alguna. Y fue de ese modo como, incapaz de advertir el ataque, recibió limpiamente el codo de Lily en la cara, mientras, aprovechando el desequilibrio, aquella joven cogió con fuerza la mano con la que empuñaba su arma y la mantuvo en alto.

Jimmy ni siquiera pestañeó, volvió la mirada hacia Woodyard, alzó de nuevo el revólver, liberó la presión y dejó que el proyectil devorara piel, carne y huesos, hasta chocar con la empuñadura de castaño y enviar el arma al suelo.

-Lily, la próxima vez sería mejor que levantaras más la mano del arma.

-La próxima vez espero no estar tan cerca del revólver, doc.

-Lo veis, os dije que no fallaría. Pero que conste que sigue pareciéndome un plan absurdo; en una situación así, cualquier tipo suelta el arma.

-No estamos tratando con cualquiera. Estás jugando en mesas donde esas apuestas son demasiado arriesgadas, joven One. Pero dejemos ya de discutir, solo queda ir a San Gabriel y entregar la captura; esto se merece un buen trago.

-Por cierto doc, todo lo que has dicho no iba en serio, ¿no?

-Por supuesto que no, todo es espectáculo, ayudante One; simple y espléndido espectáculo...

lunes, 17 de noviembre de 2014

Cambio de función


El cielo despejado está lleno de estrellas. Las tres figuras permanecen alrededor de la hoguera, en medio del horizonte plano. Pequeños huesos rotos, y algún resto de carne, descansan en el suelo iluminados por las mismas llamas que secan los alientos y animan a acercarse a los que hablan. No hay rocas, ni árboles altos; solo arbustos, tierra recia y una red de plantas salvajes que la lluvia transformó en pasto.


-No es que me parezca mala idea, ¡es que es una estupidez!

-A veces no es cuestión de lo sólida que sea una idea, sino de que al menos gocemos de su existencia. Si bastara con colocar boca arriba mi chistera para que miríadas de estrategias rebosaran sus alas; entonces, sería un buen momento para sentarnos a discutir cuál de todas sería la idónea...

-Vale, Doc, ya lo pillo.

-Pero no, porque ni siquiera tenemos tiempo de pensar qué hacer. Resulta que en mitad de la representación los actores han decidido colgar sus máscaras, descarnando la magia y dejando al aire los frágiles huesos de la farsa. Y así, entorpecido por los grilletes de la inmediatez, el Dr. Well os ofrece lo único que se le ocurre; ¿y qué es lo que recibe? ¡Quejas!

-De acuerdo, doc...

-Pero no han pensado, que no tenía obligación alguna de ofrecerles este papel. Nadie se fía ya del viejo doctor; porque al parecer todo lo que hace es a cambio de algo. No valen de nada los días vividos, las penurias, las risas y las confesiones. De nada esa hermandad, esa empatía que, queráis o no, solo se forja con el tiempo y la cercanía. Pero no hay calor ni confianza, ¿verdad?, solo desprecio y quejas.

-¡Doc!

-Está bien, señor One, no se sulfure. Dejemos el tiempo que algunas mentes necesitan para oxigenarse de nuevo.

El rostro del viejo se ensombreció, refugiándose en el crepitar del rojo vivo y el jugueteo de las llamas con el viento nocturno. A pocos pasos de allí, apoyado en un árbol, un hombre ejecutaba las más increíbles posturas con el firme objetivo de librarse de sus ataduras. Jimmy lo observaba; sonrió divertido al ver el espectáculo, cogió un palo y apuntó hacia él.

-Ey doc, échale un ojo que al final va a acabar soltándose.

-De eso nada. En la guerra aprendí perfectamente cómo dejar bien atado a alguien.

-¿Y eso, llevabas presos?

-Pacientes... no es fácil serrar en crudo...

Sonó amargo, herido; y quedó suspendido en el aire hasta que Lily echó otro tronco a la hoguera y las chispas limpiaron el ambiente.

-Jimmy, esta vez puede que Doc esté en lo cierto. Ahora mismo no tenemos más opciones; y esto del espectáculo sabes que no es lo nuestro.

El viejo, con la mirada fija en la hoguera, arqueó una de sus cejas. Jimmy se removió incómodo intentando no pensar en lo que acababa de oir... 

-Pero, ¿ayudante de sheriff? ¿No recuerdas los tiempos con Blackwell? ¿Acaso no hemos avanzado nada?

-Pero ya no será como con Blackwell. No se trata de ir persiguiendo forajidos, se trata de estar en un pueblo, mantener el orden allí.

El viejo, observando las llamas sin pestañear, levantó la otra ceja y expandió todo cuanto pudo sus oídos.

-No sé, Lily. A saber cómo es aquello.

Una ráfaga de viento azotó las llamas y estas renovaron su vigor.

-Tengo entendido que es un sitio tranquilo, señor One, un sitio de paso en medio de la nada; sin miel que atraiga a sucias moscas.

Jimmy recorrió con los dedos el ala del sombrero, veía las llamas altas y el rostro de Lily, al otro lado, con los ojos ansiosos por comenzar algo nuevo.

-Bueno, al fin y al cabo puede que no sea tan mala idea. Es una buena oportunidad para conseguir una casa.

-Claro Jimmy, y yo estaré a tu lado. Sabes que puedes contar con mi escopeta.

Aquella frase disparó una duda al estómago de Jimmy. Pero, como activado por un resorte, el viejo Well dio un salto, se puso en pie y comenzó a exclamar:

-¡Me quito el sombrero, señorita Lily! Toda una amazona de la que solo un hombre seguro de sí mismo sería capaz de sentirse orgulloso. Por supuesto, no creo que sea necesaria hacer efectiva su valentía. En aquel aburrido pueblo, no encontrarán nada más allá de alguna inofensiva riña local; nada que el sheriff y su nuevo ayudante no puedan solucionar. ¡Qué demonios! Los hombres como el señor One necesitan un poco de acción para no acumular herrumbre. Pero, por supuesto, en caso de ser necesario, además de su escopeta, contará con todas las armas de que dispone este humilde servidor.

-Bueno doc, tú ganas. ¿Dónde queda ese lugar?

-Está un poco lejos, pero el camino nos vendrá bien. Primero llevaremos a nuestro prisionero a Luke's Rib, allí nos esperan 200 dólares por él. Cosecharemos unos cuantos hasta llegar a nuestro destino final, tengo algunos nombres: nada demasiado difícil, lo suficiente para conseguir algo de fama...

-Cuidado Doc, esta canción empieza a sonar a Blackwell.

-No señor One, yo no soy hombre de acción y estoy demasiado viejo; ahora usted es el jefe. Esta vez se trata de sembrar para cosechar una nueva vida.

lunes, 27 de octubre de 2014

Planes de futuro

Ruedas de carromato descansan entre el suave lecho de hierbas de un pequeño claro. Junto a un fino hilo de agua fresca, protegidos del sol de mediodía bajo las copas de los chopos, tres individuos se sientan alrededor de un cerco de piedras, donde vigorosas llamas crepitan y abrazan el oscuro fondo de un caldero. Huele denso, ligeramente salvaje, nutritivo; huele fresco, a tierra húmeda y libertad.


-¡Qué buen manjar!, ¡magnífico guiso! Gusto sabroso y potente, con un agradable eco dulzón en el paladar... es maravilloso lo que es capaz de hacer con sus simples manos, señorita Lily.

-Doc, como vuelvas a acercarte al caldero antes de que esté listo, incluiré el ingrediente original que  llevaba la receta, con cierto toque de licor.

Jimmy sonrió al ver la cara de complicidad de Lily y soltó una carcajada al ver que, por primera vez desde que comenzaran su andadura, los labios del Dr Well permanecían sellados y cierta mueca inquisitiva se debatía en si era mejor preguntar o mantenerse callado.

Una suave brisa peinó el lugar, trajo el olor a hierba, jugueteó con las llamas y atravesó, entre silbidos, las ruedas del carro. Acompañados por el rumor del riachuelo y el canto espaciado de los pájaros, descansaron de ferias y ventas, de ruidosas presentaciones, actuaciones histriónicas y la sonrisa constante de quien ofrece “lo mejor que alguien podría desear”.

-¿Sabéis?, podríamos vivir siempre así, lejos de toda esa locura. Hacía tiempo que no volvía a sentir el aire libre. De hecho, creo que es la primera vez que no lo hago por la necesidad de huir y aun a veces me cuesta acostumbrarme; dejar de escuchar todo cuanto hay alrededor, de buscar el peligro tras cada sombra y la amenaza en cada persona. ¡Maldita sea, que paz!

El viejo doctor se había acercado al carromato en busca de uno de sus elixires. Echó, feliz, un buen trago, secó sus labios con la manga del traje remendado hasta un nuevo origen y volvió.

-Está disfrutando de la conexión con el mundo, señor One. El ser humano reconoce la magnitud de cuanto le rodea e intuye su relación con el entorno. Es una experiencia grata, revigorizante, como estar cerca del mismo creador, como el calor del sol tras una noche fría. Ciertamente sería increíble vivir así, poder disfrutar siempre de este bienestar.

-Imagínate, doc, poder vivir sin estar adjudicado. Dormir donde te plazca, comiendo las bayas más frescas, carne recién cazada, sin echar cuentas a nadie ni pagar nada.

-Por supuesto, señores, sería perfecto; hasta que necesitáramos nuevas ropas, balas, café o tabaco, hasta que no baste con el agua limpia y clara para calmar la sed del borracho.

-Nada de borracho, querida Lily, digamos: amante tenaz de gustos claramente definidos. Pero la razón le asiste, demasiadas cosas dejaríamos atrás. Muchas comodidades a las que, desgraciadamente, ya nos hemos acomodado. En parte fue el mismo hombre quien se desterró del edén al crear todas estas necesidades que tan gratas y apetecibles son a nuestro espíritu.

-Bueno, doc, algo tengo que concederos. La verdad es que yo también necesito descanso, estoy un poco harta de ir de pueblo en pueblo con esa feria ambulante que te has montado. Al principio tenía hasta gracia; pero eso de la chica del hielo... la gente me observa como si fuera algo extraño. Hace tiempo pensé que viviría otro tipo de vida.

-Pues usted verá, señorita, pero el show nos ofrece dinero seguro. Es recomendable espaciar algunos de los lugares que hemos visitado, mas queda todo un país por delante que no llegaremos a recorrer en nuestra vida.

-Sobretodo tú, doc, que ya cuentas las canas por las hebras sanas. Lily tiene razón, no pasamos lo que pasamos para ir de pueblo en pueblo haciendo el ridículo. Quizás va siendo hora de  terminar con esto y cambiar de vida. Quiero establecerme en un sitio, pensar en vivir la vida normal que nunca llegué a tener, con quien realmente aprecio.

Lily iba a continuar hablando, mas calló en seco al escuchar aquellas palabras. Intentó contestar pero cierto rubor subió, rebelde, a su rostro, pudiendo solo emitir una mirada feliz y avergonzada hacia Jimmy que intentaba a su vez encajar lo que acababa de pronunciar. Jamás pensó que la idea de parar su loca carrera y compartir una vida, pudiera llegar a afectarla de esa forma.

-¡Caros amigos, habéis conmocionado mi alma! No sé cómo expresar tan gran satisfacción. Dejad que mis lágrimas broten y os cuenten fielmente cuánto amor siento ahora por ambos. No pocos habrían dejado a este pobre viejo solo en su carro, víctimas del egoísmo vil que crece en las entrañas de cuantos viven sin atender a aquellos seres cercanos y necesitados. No sé cómo celebrar la idea de irnos los tres a comenzar una nueva vida, en una casa desde donde ver los amaneceres y despedirme, cómodo, acompañado y caliente en mi, ya cercano, último ocaso.

Lily tragó su réplica en un mordisco al aire y hermético sellado de boca. Hubiera disparado su peor bala, pero algo en el gesto de aquel viejo farsante la frenó. Echó un ojo a Jimmy y vio a este mordiéndose el labio para sujetar la protesta. Era un borracho, mentiroso, egoísta, un pesado parlanchín hasta la saciedad, pero fue él quien curó a Lily, quien les salvó de Blackwell, aunque sacara tajada por ello; gracias a él consiguieron devolver a Jimmy a este lado de la ley y hacer del nuevo Jimmy One, un individuo con toda una vida llena de oportunidades por delante. Era un estafador, un individuo de la peor calaña que jamás les había hecho daño y cuya ayuda habían recibido sin esperar nada a cambio. Y tenían con él una de esas deudas que al cumplirlas devuelven al ser humano su verdadera esencia.

-Bien, entonces no se hable más. Ya lo tenemos claro, ahora habrá que pensar qué hacer.

Well sacó un papel de su chaleco, muy bien doblado: un contrato de trabajo para un lugar llamado Canatia.


-Yo... tengo un plan.

lunes, 6 de octubre de 2014

Doctor Well's Medicine Show

Tras varios días, el carro sigue imperturbable, fiel a su senda. Allá a lo lejos, con la loma a punto de rozar el cielo, se adivinan las cimas de cordilleras de edificios, erigidas a ambos lados del camino. Es allá donde el blanco arenoso muda el bordeado marrón grisáceo de las plantas, la tierra rojiza y las rocas; por maderas pintadas, carteles con grandes letras y el alegre movimiento del bullicio de la gente. 

-¡Ey, Doc! ¿Qué tal si dejas la botella tranquila?

El viejo izó el vidrio, acabando con buena parte de su contenido, y contestó desde el palanquín, sin apartar la vista del camino.

-Dígame, querido One, ¿qué mejor vendedor hay, sino el principal valedor del producto que ofrece?

-¿Qué tal aquel que guarda algo de su mercancía para el cliente?

-¡Oh, vamos! Aun quedan botellas suficientes para dar sosiego a todos los afligidos de estas tierras, ¡qué digo, de este país! ¡Si alguno queda sediento, por lejos que esté, no será el Doctor Well quién le deje en la estacada; pues aunque las canas adornen mi cabello, las nieblas acechen mis ojos y viejos rencores atenacen mis piernas, este tónico me devuelve la vida! ¡La fuerza equina que mueve este carro, camina sin descanso, rastreando la sed! ¡Y no habrá nadie, ni una sola alma apenada en todo este territorio, a quien el Doctor Well no devuelva la fe!

El viejo gritaba alzado en su palanquín. Con una mano aferraba las riendas y con la otra esgrimía la botella hacia el cielo, balanceándose, enrojecido, en un equilibrio imposible de comprender. 

-Menos mal que compramos candados para el resto del cargamento...

Lily emitió sus palabras susurrando a One; apenas una brisa leve ante el vendaval que comenzaba a desplegar el viejo doctor. Y sin embargo, este escuchó, soltó su orquesta y se giró hacia el interior del carromato, dejando a los animales continuar a su aire.

-¡Gracias, bienaventurada Lily! ¡Pues poco menos ha de decirse a las que como tú, pertenecen al más bello sexo! ¡Vosotras, injustamente culpadas del primer pecado, ofrecéis generosamente el perdón; pues aunque haya quien lo niegue, es necesaria tan dura prueba, para obtener, una vez superada, la dulce y grata redención! ¡Y no creas que exagero, porque deberías saber que hasta un alma perdida como yo, dejaría todo cuanto le ofrece el diablo, por un reconfortante abrazo y el par de sonrisas que descansan en ti!

Miró One con cara de pocos amigos. Miró Lily también, calculando el momento adecuado para poderlo empujar; mas el pueblo asomaba y, después de todo, aquel viejo borracho sabía lo que debía hacer. Con la mirada fija en el pueblo, apuró el último trago, recolocó chaleco y pajarita, asentó el sombrero y comenzó a aclarar la voz.

-De acuerdo hijos, no escuchéis a este viejo con odio o rencor. Vamos allá, ya sabéis como van las cosas. 

Hicieron los últimos retoques mientras entraban en el pueblo. Paró el doctor, dejando el carromato con las letras bien visibles, su efigie dibujada sobre la madera, junto al de una bella muchacha y un aguerrido pistolero. Bajó con un bastón y un taburete, y sobre él invocó su orquesta.

-¡Acérquense bellas damas y bravos caballeros! ¡Solo 10 centavos! ¡Que vengan los niños y ancianos! ¡Sean todos bienvenidos a este espectáculo! ¡El Doctor Well's Medicine Show está aquí para ustedes! ¡Observen a la hija del hielo, belleza nívea encontrada por una de las más importantes expediciones en los perdidos confines boscosos del gélido norte. Maravíllense del contraste de sus dulces y melodiosos rasgos, su mirífico cabello albo y el frío seco e imponente de la fuerza de su mirada! ¡Vean a One, uno de los más certeros pistoleros, defensor de las damas, compadre sin par y el más letal de los enemigos. Asómbrense con su legendaria puntería: sombreros, monedas, incluso pulgas es capaz de acertar a casi cualquier distancia! ¡Acérquense también aquellos que tengan algún mal: dolor de cabeza, reúma, fríos nocturnos, temblores, calores, sudoración, dolor de muelas, ahogos, apatías y cualquier otro tipo de mal interno o externo. Dense un premio, disfruten del espectáculo, adquieran un tónico del Doctor Well y gocen la ausencia de los males que les aquejan! ¡Vengan amigos, solo 1 dólar por el paraíso en el que el único desterrado es el mal!

lunes, 8 de septiembre de 2014

Una noche


La vasta explanada se extiende hasta fundirse en el horizonte con un cielo salpicado de millares de estrellas: luz tenue que otorga paz e intimidad. Una suave brisa sobrevuela la superficie, rozando el aroma de las plantas silvestres, pasando, sinuosa, entre las rocas pulidas que asoman del suelo. Y allá en un punto, junto a la única pared escarpada de la zona, tres figuras y un carro, yacen serenas y pacientes.

En realidad nada ocurrió aquella noche. Ni One, ni Lily, ni el Dr. Well se enfrentaron a ningún problema, enfermedad, ni mala suerte; no hubo encuentros, ni peligro, ni quedó suspendido estallido acre en el aire; no afloraron tensiones latentes, no se cumplieron amenazas, ni se regó la tierra con sangre.

Tumbados boca arriba, con las cabezas juntas y el cielo de frente, se pasaron la botella y recordaron lo vivido desde otro punto más lejano, confortable, distante. Las voces se oían quedas, cavernosas, internas, pero cercanas y presentes. Se habló del valor, del honor y del compromiso, de sus muchas facetas y de las interpretaciones que de ellos mismos tenía la gente. Se habló de cosas grandes, que solo en ciertos instantes brotan; cosas cuya trascendencia no siempre puede verse.

Y así estuvieron, como si la vida les hubiera juntado en el primer latido, lejos de la atmósfera irrespirable, el abrasador sol incandescente y el cansancio adherido, alimentado por noches sin tregua. Lejos de la sangre caliente, la pesadez y el coste abrumador de lo más insignificante. Lejos del légamo pegajoso que cubría la piel y anulaba las fuerzas. Lejos de toda rencilla o traición, todo pesar y rencor, toda densa niebla que invocaba la sed y embotaba la mente.

Y, allí echados, hablaron desde las entrañas, sin modulaciones, ni pensamientos tallados, ni convenios abstractos para hablar con corrección. Fijos en el infinito, dejaron que el frescor de la brisa arrastrara sus palabras, de forma natural y relajada, a salvo de la necesidad de dinero, venganza o gloria y comprendieron, por un segundo, mecidos en el aire, que nada necesitaban; tan solo un rato más de cielo solemne, de exiliar la memoria y perderse.

Y uno se preguntó en voz alta, "¿A dónde ha ido todo el seco pesar, el calor asfixiante de lo ocurrido y el polvo terroso de la desidia?" La respuesta era fácil, tan simple como que el ser humano está conectado al mundo en el que vive... 

Tras meditarlo, se contesto a sí mismo... “Ha sido la lluvia, ella se lo ha llevado por delante”.