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lunes, 1 de junio de 2015

Rellim

No hay sol ni luna, solo una creciente claridad conquista el cielo y baña la tierra. Las siluetas de los tejados se recortan contra un gris tímidamente azulado. El silencio ilumina centenares de huellas, costras de polvo ensangrentado y saca a relucir el enjambre de casquillos que voló de madrugada. Los hombres rendidos continúan firmes, ayudando a sepultar a los muertos o intentando alejar a los vivos de la noche.

En medio de aquel erial de sonidos, un caballo relinchó. Miradas cansadas se dirigieron a la entrada del pueblo, donde seis jinetes esperaban bajo el umbral con ojos fríos, ánimo fresco y colmillos afilados. En medio de ellos un rostro anguloso de cortes marcados y sombrero ancho parecía buscar a alguien entre la triste procesión de muertos en vida.

Los del pueblo observaban con el abandono del desengaño y la incredulidad. Hubo algún resoplido, miradas cruzadas y una risa corta estalló fruto de la impotencia. En realidad nadie quería saber nada. Veían la sombra de aquellos jinetes con la vana esperanza de que fueran meros espectros del pasado; pues sus cuerpos habían aguantado hasta las últimas, sus nervios se habían tensado hasta la delgadez extrema y habían latido dos vidas durante la madrugada. Acababan de descubrir que, cuando ya daban todo por finalizado, cuando el gozo de la supervivencia les otorgó el último aliento para cuidar de los suyos, el último zarpazo de Moodley, estaba a punto de comenzar.

El jinete apoyó sus manos sobre la silla de montar y siguió buscando con la mirada entre la gente, mientras el resto seguía sobre sus monturas, moviendo únicamente las pupilas, grabando en sus cerebros la posición de los posibles objetivos.

DeLoyd dio el primer paso. 

-¿Quiénes son, caballeros?

El jinete le ignoró, se irguió sobre la silla y gritó con voz desgarradora.

-¡Will Nake! ¡Sal de donde estés!

Los ojos del sheriff se abrieron, aquella voz le hirió como un viejo gancho que hendía de nuevo su carne agujereando la nuca. Se incorporó, sentándose sobre el camastro de la celda, y miró fijamente la puerta de barrotes abierta. Echó mano de Amy, para comprobar si estaba cargada, y se sorprendió titubeando. Un recuerdo llegó del pasado y rasgó su ánimo: otro pueblo, la soledad ante el enemigo, la liberación del abandono y el amargo rescoldo de la vergüenza.

-¿Estás ahí sheriff?

Revivió el hiriente egoísmo a su alrededor: las miradas suplicantes de quienes, hasta aquel entonces agradecidos, le exhortaban a huir y el estremecedor vacío de quienes callan esperando que el mal trago pase para continuar sus vidas. Hizo acopio de valor y levantó la vista más allá de los barrotes: el suelo de madera, su mesa y la vieja silla que continuaba, sorprendentemente, de una pieza.

-¡Vamos, Nake, soy Rellim! ¡Es a por ti a por quien vengo!

Recordó el peso de la maleta al colocarla en el carromato y el dolor latente al dejar atrás su casa. Recordó cómo, asaeteados por la conciencia, nadie acudió a despedirse. Y el dolor llegó de nuevo ante aquella voz que, habiéndole obligado a abandonar su mundo, ahora regresaba de nuevo para demostrar que ocurriría lo mismo una y otra vez, hasta que la muerte cortara el círculo. Buscó a tientas, bajo el camastro, su vieja taza, mientras continuaba alzando la mirada, siguiendo los listones de las paredes, hasta el marco de la ventana donde la claridad del alba atravesaba las aguas de vidrio. Entonces lo vio. Apoyado en la puerta, con la pierna vendada, Jimmy sonreía con una taza en su mano.

-¿Un último café, sheriff?

Will alzó su taza, vieja y descascarillada, echó un buen trago y sonriendo se dirigió de nuevo hacia el joven Jimmy.

-Amargo y mohoso, como debe ser.

Se levantó con un quejido y, conforme volvió a ganar altura, regresó el color a su rostro.

Pasó junto a Jimmy y el ánimo volvió a latir al escuchar sus pasos tras él. Afuera en el porche, Lily esperaba con un winchester entre las manos y la chistera del Dr.Well cubriendo parte de su níveo cabello.  Apenas recordaba ya el peso de la maleta sobre el carro, cuando de enfrente salieron Ralph y Edgar, con pasos cansados y alguna cojera cosechada durante la batalla. Entonces, Nake sintió el paso firme y seguro sobre el suelo.

-Bien Rellim, me buscabas... aquí me tienes. Esto es algo entre tú y yo. Deja a los tuyos al margen y  esta gente también lo hará.

-¿Esos? ¡Hubiera jurado que ya estaban muertos! ¡Casi sería mejor que te enfrentaras solo!

Los jinetes dispararon sus risas, secas y ásperas, a través de la negrura de su boca, hasta que un silbido, limpio y claro las cercenó. Arriba en la arboleda, el enmarañado rostro de Jonowl acechaba con los brillos dorados de su rifle. Parecía regresar el murmullo a las filas de los bandidos, cuando un nuevo silbido surgió del primer piso del salón donde la silueta armada de Bison apareció en una de las ventanas.

DeLoyd carraspeó y se dirigió a ellos.

-Me temo, caballeros, que no tienen nada a hacer. Somos más y dispuestos a jugarnos la vida. Si contaban con el miedo para hacernos retroceder, me temo que no va a ser posible. Por si aun lo dudaban sepan que dos más de los nuestros les apuntan desde las caballerizas y que allí en lo alto, en la campana, un reverendo y una mujer, que le acompaña, también esperan el momento oportuno para apretar el gatillo...

Los jinetes estudiaban todos los frentes y parecían otear, incrédulos, bajo la cegadora campana que relucía con los primeros rayos de sol, cuando una voz de mujer brotó de allí.

-¡Que conste que yo no acompaño a nadie, es este quien se pega a mí como una costra! ¡Eso sí, tengo mi henry apuntando a la cabeza del más gordo!

Las poses se descomponían, alguna de las monturas resopló ante la tensión de su amo y los cinco jinetes miraron a Rellim cuando el sheriff se dirigió a él con Amy en sus brazos.

-¿Y bien, qué dices Rellim? ¿Arreglamos esto tú y yo solos?

La mano del bandido se cerró con fuerza y el cuero de las riendas crujió bajo su puño. Miró a los suyos que apartaban sus bestias. Solo, frente a Nake, sin ninguna posición que lo encumbrara, se le antojaba más grande. Entre sudores aflojó los dedos y recorrió mentalmente la distancia hasta el revólver, apenas a un pestañeo antes de escupir muerte. Los otros se hicieron a un lado también, manteniéndose anclados a los bandidos. Nake se mantenía firme, pero el bandido no pudo encontrar sus ojos, pendientes como estaban de sus movimientos y su revólver. Comprendió entonces que a su enemigo ya no le importaba el enfrentamiento, que no estaba sujeto al miedo, como si ya se diera por muerto y solo buscara llevárselo por delante a cualquier precio. Sabía que era más rápido, pero notaba la extraña lejanía de su enemigo y las dudas enmarañaron su alma. Intentó un primer movimiento pero la mano quedó quieta, felizmente atrapada entre las riendas. Arengó a todo el brazo, pero solo llegó a aflojar los dedos. Decidió empezar de nuevo y concentró todas sus fuerzas en un solo movimiento y empujar así su ánimo anclado; mas, al llegar al instante que separa el pensamiento de la actuación, la mano se cerró de nuevo, tiró con fuerza de las riendas y, antes de que los suyos pudieran decir nada, clamó un claro y desesperado:

-¡Vámonos!

Espoleó el caballo como nunca y gritó a todo galope hasta herir la garganta, dejando que el aire engullera su aullido.

A lo lejos, en Canatia, no hubo gritos de júbilo; solo sonrisas, palmadas en la espalda, suspiros de desahogo y la gloriosa sensación que otorga la llegada del descanso.

lunes, 20 de abril de 2015

Las cosas van a ir mejor


Cuatro ruedas atraviesan la calle principal. El rocío de la mañana ha oscurecido la capa de ceniza. Huele a humo y a pérdida, bajo los escombros aun brillan mortecinas las brasas. La atalaya está derruida, la herrería parcialmente quemada, la casa de Tabitha libre de puerta y la oficina del sheriff y el banco dañados. Will Nake deja una de las maderas quemadas y espera en pie; tras él, Edward y Ralph, no quitan ojo a los recién llegados.


-Disculpe, caballero, ¿falta mucho para un lugar llamado Canatia?

El sheriff observó detenidamente al viajero añejo de chistera y al joven de semblante seco y la chica albina que aguardaban dentro del carro. Miró a su alrededor y dibujando un arco con su brazo derecho, abarcó todo el desastre que los rodeaba.

-Está usted en él, señor...

-Well. Dr. Well, para servirle.

-¿No tiene nombre, doctor?

-Alguno tengo. Pero si busca familiaridad, puede llamarme doc, me es más cercano que el que me otorgaron mis santos padres.

Well mantenía ambas manos a la vista, sujetando las riendas. Sonrió ampliamente y enarcó una ceja en un gesto simpático y sutil.

-Está bien, doc, como ve tenemos algo de trabajo. Así que, ¿por qué no me dice qué le trae por aquí?

-Un acuerdo legal, sheriff. Vengo a entregarle un ayudante...

El viejo doctor se giró teatralmente y señaló al joven Jimmy que bajaba del carro para acercarse al sheriff Nake. Ralph y Edgar vigilaban cada uno de sus pasos, la tensión crecía por momentos hasta que Jimmy echó mano dentro de su camisa y sacó el contrato. 

-Calma señores, el viejo tiene razón; este documento así lo acredita. Mi nombre es Jimmy One, y vengo a reclamar el cargo de alguacil. Sheriff, si quiere puedo darle más credenciales y una carta de recomendación.

-Está bien, trae todo lo que tengas, ayudante, cuanto más mejor; últimamente las visitas no han sido muy agradables... hay algo que debes saber antes de aceptar el cargo. Vayamos a mi oficina, el tejado se ha venido abajo, pero casi mejor; tenía goteras. Hay café de tres días, ¿te gusta el café frío?

-Con que me mantenga despierto, me vale.

-Bien, eso es un buen comienzo...

Well se quitó el sombrero y saludó ceremoniosamente a Ralph y Edgar. A su lado apareció la joven figura de Lily y su bello rostro sonriente acabó de soltar el cable tenso que los aprisionaba.

-Y digo yo, caballeros. Con tanta desgracia como parece haberles acontecido, aventuro la necesidad de un hombre versado en las artes de la medicina. ¿Tienen por fortuna un doctor en este pueblo?

-Sí señor -contestó Edgar-, Tabitha es quien se encarga de ello.

-Mmm, a menos que responda a un capricho cultural, en cuyo caso no tengo objeción alguna, ese es nombre de dama.

-Así es, señor Well. Tabitha es nuestra doctor.

-Comprendo que la situación puedan haberles conducido a tomar medidas extremas. Pero ya no son necesarias. Amigos míos, a partir de ahora pueden disfrutar de los servicios de un verdadero médico.

-Se agradece el ofrecimiento señor, pero Tabitha trabaja bien. Como ella dice, basta con saber hacer las cosas, al fin y al cabo son los actos los que presentan a las personas.

-¡Valiente sandez! ¿De dónde habrá podido sacar esa pobre criatura una idea tan absurda?

Ralph y Edgar miraron más allá de Well, al otro lado del carro. Unos pasos decididos marcaban la inminente respuesta y algo dentro del viejo doctor, le hizo saber que debería tragar con amargura sus palabras.

-Esa idea, señor, fue lo último que pronunció un viejo doctor que a estas alturas debería estar más que muerto.

Aquella voz le cerró los ojos de golpe. Se caló el sombrero y, al abrigo de la oscuridad, buscó, en todo su repertorio, la salida adecuada. Tras un latido, abrió los ojos, extendió las manos y se giro hacia Tabitha con su mejor sonrisa.

-¡Querida amiga! ¡Tenía razón, no es cierto? ¡Salisteis de aquel infecto lugar y ahora sois doctor en un respetable pueblo! Perdonad todos las palabras de este viejo, pues donde dije simple dama jamás hubiera puesto a esta magnífica persona. Tan alta dignidad de saberes y habilidades no puede asociarse a características mortales. Ella es, sin ninguna duda, la maravillosa excepción. Tabitha, ahora os recuerdo, mi amiga. Una entre un millón y, por lo tanto, el argumento aplastante que evidencia cuán grande ha sido mi error.

-Me da igual, lo que piense o lo que diga, Well. Pero le di todo mi dinero, para que hiciera más llevaderos los últimos días de su vida. Mucho bien han debido hacerle porque aun corre sangre por sus venas.

-¿No es fantástico el cuerpo humano? Una experiencia cercana a la muerte solo puede transmitirse con el consiguiente revivir. Tengo tanto que contaros, amiga. Tantas cosas vividas y aprendidas... no podríais imaginar todo lo que ahora sé. Podríamos volver a trabajar juntos, los dos. Sus manos jóvenes y habilidosas y mi experimentada mente. Como en los viejos tiempos, salvando vidas, ¿recordáis todo lo que aprendisteis?. ¿Qué me decís, amiga?, ¿volveríais a trabajar para mí?

-¿Para usted? ¿Pero acaso su descaro no tiene límites? Pues bien, sepa que todo el dinero que le di para aliviar su muerte, se convierte en deuda al conservar su vida. Cierto es que me enseñó todo lo que sabía, y yo lo pagué bien trabajando. Ahora es el momento de que usted pague, o daré parte al sheriff para que rinda cuentas.

-Pero, mi querida amiga, no tengo con qué pagaros. 

-Seré breve porque ahí dentro hay un hombre gravemente herido. Es un buen hombre que casi pierde su vida anoche, pero un tanto brusco ante los cuidados del médico. Ahora mismo está ayudándome un amigo, que podría estar con el alcalde y el resto, enterrando a otro de los nuestros que cayó ayer. Así que ya está empezando a devolver su deuda. Haga el favor de bajar de ese carro y asistirme como enfermero. Y no pierda el tiempo hablando, no pienso escucharle; sé muy bien que acabará liándome.

-Pero, querida Tabitha, no pensaréis que...

Tabitha ignoró sus palabras y se dirigió a su casa. De lejos podía verse la mesa y parte de la fornida figura de Bison, blasfemando, cubierta de trozos de tela empapados en sangre. Junto a él, Jonowl tiraba de unas cuerdas a la vez que intentaba evitar cualquier daño que pudiera hacerse.

Well miró a su alrededor en busca de algún asidero donde apoyarse. Pero Ralph y Edward sonreían divertidos ante la escena. Lily abandonó todo intento por ocultar la carcajada y, poniéndole la mano en el hombro, le dijo alto y claro.

-¡Te ha calado, doc! ¿No querías un trabajo? ¡Pues ya lo tienes! No sé lo que se te estará ocurriendo pero no te aconsejo ponerte a malas con el sheriff, más aun teniendo en cuenta que Jimmy es ahora su ayudante. Yo de ti echaba un buen trago, hacía de tripas corazón y me ponía al servicio de una mujer. ¿Sabes? Al final tenías razón, las cosas van a ir a mejor.

lunes, 16 de febrero de 2015

Bienvenido Mr. Moodley


Cascos y ruedas entran en Canatia. El polvo se disipa y muestra un carro elegante, negro y plata, tirado por cuatro magníficas bestias, de piel grisácea, crin oscura y ojos profundos. Dirigiéndolo, un hombre callado de sombrero austero, botas de serpiente, revólveres expertos y gesto amargo de quien vive preso. La puerta se abre sin chirridos y asoman bastón de ébano con empuñadura dorada, traje negro, chaleco elegante y bombín.


El conductor observaba, por debajo de su sombrero, al sheriff con su rifle sentado en el porche, a Bison apoyado en la puerta del saloon con bombín ladeado y garrote en mano y a Kornelius a través del vidrio traslúcido de una de las ventanas. No veía a nadie más, pero sabía que alguien observaba desde lo alto y alguna que otra sombra se ocultaba en las casas. Aun así seguía impasible, contando balas, segundos y blancos.

-¡Bienvenido, Sr. Moodley!

DeLoyd salió al paso, casi impidiendo al traje negro salir de su carro. Como pensaba, había un par de tipos más esperando salir, así que se quedó firme en su sitio.

-Si viene a pasar unos días, puede dejar el carro en las dependencias de Ángel, seguro que estará encantado de hacerse cargo. En el saloon tenemos una botella de bourbon digna de su categoría. Pero, si viene por negocios, me temo que no podremos satisfacer ninguno de sus intereses; esta comunidad es demasiado pequeña para la importancia de su fortuna.

El señor Moodley puso ambos pies sobre tierra firme, a escasos centímetros del carro. Tomó un par de segundos para tragar la ira creada ante tal recibimiento. Sacudió sus ropas, estiró el cuerpo, echó un vistazo por encima de las casas, dirigió la mirada hacia el hombre de traje blanco y dibujó una sonrisa de cordialidad.

-Sr. DeLoyd, debo confesarle que esperaba otro tipo de bienvenida. La última vez hablé con el representante del banco, el Sr. Miller, si no recuerdo mal; un hombre formal y atento aunque demasiado timorato para este tipo de negocios. Algo mejorable si quieren convertir este bonito pueblo en un lugar relevante, usted sabe bien de qué hablo.

La sonrisa le fue devuelta con un leve movimiento de cabeza y mirada tranquila; pero el puño oprimía fuerte la empuñadura plateada del bastón y el brillo desafiante de Augusto en el dedo.

-Estaremos encantados de recibirle, cartas y vasos están disponibles para todo aquel que tenga con qué acogerlos. Esta noche tenemos espectáculo, Kornelius al piano y Vera O'hara de cantante; le aseguro que en ninguna de las grandes ciudades habrá oído algo similar. Pero nada de eso demanda el tipo de acompañantes que están esperando, tras usted, para salir de su transporte. Convendrá conmigo que en ciertas situaciones es preferible mantener el hierro frío.

-Temo que el Sr.Miller no les explicara adecuadamente la naturaleza del trato. Ya que al parecer, reconozco mi sorpresa, toman una oferta inigualable como un castigo. No sé el Sr.Miller, pero usted es un hombre de mundo, sabe cómo prosperar y sabe cuánto bien haría una oferta como la mía a un lugar como este. No fijé cantidades y no pienso hacerlo, porque cualquier número que pudiera citar infravaloraría los beneficios que este acuerdo ofrece a partir del mismo momento de la firma.

-Comprendo muy bien lo que me está diciendo. Conozco los medios, las posibles cantidades y sé que están por encima de lo razonable. También sé la importancia que tiene para usted este “bonito pueblo” y que por eso mismo no le importa pagar más de lo adecuado. El Sr.Miller transmitió perfectamente su oferta, así fue estudiada por todos los miembros de este pueblo y así fue firmemente rechazada, pese a saber que con ello dábamos la espalda a la prosperidad, a los acuerdos y a las cadenas de favores.

DeLoyd ladeó la cabeza, sonrió hasta arquear ligeramente los ojos, notando, esta vez, cómo se relajaban los músculos de la cara; y los dedos, blancos de la presión, consiguieron liberar su férrea forma.

-Ustedes... han decidido... rechazan... Vamos DeLoyd, es hora de que los grandes hombres hablen; vayamos adentro y tomemos algo. Charlemos tranquilamente, sin prisas ni presiones, que mis chicos dejen sus armas si le parece apropiado... sabe que no tiene ningún sentido negarse.

Las palabras silbaban como agua sobre brasas. La pose y los ademanes del hombre del traje negro denotaban tranquilidad, pero un fondo de fuego comenzaba a asomar en sus ojos y cierto tono electrizante le rodeaba.

-Su oferta sigue siendo rechazada. ¿No tiene sentido? No. Y no pierda el tiempo pretendiéndolo. Como ya le informó el Sr.Miller está usted tratando con idiotas descendientes de un idiota, aquí no funcionan sus normas; ni siquiera sabemos cuáles funcionarán, sencillamente seguimos buscando. Aceptamos nuestra capacidad de pensar absurdos y rechazamos su brillante éxito. Como ve, hemos perdido completamente el juicio, por lo tanto, Sr. Moodley, nada más queda por decir.

El conductor miró nervioso y encontró el cañón del rifle del sheriff apoyado en la barandilla del porche, junto a su vieja bota, apuntando directamente hacia él. Observó un brillo metálico en dos de las ventanas y el inconfundible chasquido de amartillado proveniente de una de las terrazas.

Esta vez fue la empuñadura dorada la que quedó prisionera. Los dedos de Moodley se encorvaron nudosos hasta crujir. Apoyó su peso en el bastón y comenzó a dar media vuelta.

-Así sea, Sr. DeLoyd, la oferta queda anulada. No así mi interés por este lugar; y recalco, solo este lugar. Sé quienes son y de dónde vienen; cuando todo acabe, seré yo quien gane. Que tengan ustedes un buen día.

Subió al carro entre brumas y nervios erizados. Cerró y el golpe seco dispersó algo de la tensión. Echó un último vistazo al hombre de blanco pero apenas acertó a rozar el ala del bombín. Gritó algo al conductor y el carro se puso en marcha.

-¿Y ahora, señor alcalde? -preguntó el sheriff, divertido- ¿Qué será ahora de estos pobres idiotas?

DeLoyd se quitó el elegante sombrero de paja, sacó un pañuelo, secó el sudor de su frente y rió entre dientes.

-¿Ahora, sheriff Nake? Ahora ya da igual. Tanto tiempo atento a la siguiente jugada, pensando en defensas y contraataques, y resulta que me había olvidado de reír. Ahora decidimos nosotros, estamos fuera.

Los demás habían abandonado sus puestos y comenzaron a acercarse. La sensación era extraña: silencio curioso de liberación y paz. La tranquilidad de haber dejado las tácticas para quien las disfruta y haber cambiado una vida de pactos y miradas de reojo por la amenaza directa y la sombra de la muerte solo cuando realmente llega. Quizás es la sensación del ser primitivo, diseñado para atacar, quedarse quieto o correr ante realidades y no para eludir constantemente amenazas potenciales.

-¡Maldito Jed, esta sí que me la pagas! ¡Si al final caemos antes de lo esperado, hablaremos de idiota a idiota! -dijo DeLoyd para sí, antes de dirigirse a los demás.- ¡Bueno, damas y caballeros, nos hemos ganado una visita al dios Baco!

-¿Que ha dicho?

-Me da que nos invita a un trago...

lunes, 26 de agosto de 2013

Caminos

Un pequeño punto, perdido en el vasto caldero de entre montañas. Una tenue luz abandonada en la bruma nocturna. El triste candil de una estación olvidada, cuyas vías yacen bajo el manto invernal. Y dentro de las cuatro paredes, dos hombres esperan el alba; uno, anclado con metal a un recio banco de madera; el otro, vigila junto a la estufa, alargando la escasa provisión de combustible, hasta que lleguen los suyos.

lunes, 8 de julio de 2013

Will Nake

La luz tenue del alba, filtrada por el vidrio traslúcido de una ventana helada, ilumina la estufa de hierro fundido: fuerte, humeante, enrojecida por las llamas internas. Sobre ella una mano, herida por los años, coloca una taza de hojalata, cubierta de porcelana, con el caldo oscuro de un café mal colado, de sabor añejo y potente. El aroma inunda la estancia, mezclándose con las humedades y desconchones de la pequeña caseta.