lunes, 7 de octubre de 2019

El regreso

Frotar de ojos, rascar de espalda y respirar fuerte de nariz para expulsar el aire cálido acumulado durante la noche.

Chasqueó la lengua un par de veces, invocando algo de saliva y caminó, aún en el umbral del sueño, hacia el salón.

Allí la estufa mantenía los últimos rescoldos nocturnos. Echó un par de leños más y puso la cafetera encima.

Arrastró los pies hacia la jofaina acompañado por el quejido de la madera. Hundió las manos en el agua cristalina y llevó el contacto helado hasta la cara. Resopló y dejó los restos de humedad en el raspar de tela rugosa. La visión se volvió nítida y el cuerpo comenzó a desentumecerse.

Se vistió, notó la tela recia y resistente y buscó su taza mientras el aroma del café inundaba la casa.

Abrió la puerta con la taza humeando en su mano derecha. El porche mostraba un campo claro de plantas silvestres y, más allá, grandes pinos se alzaban hasta perderse en el horizonte. En el inicio del día el frescor húmedo del alba se mezclaba con el aroma intenso a resina.

La madera crujió al sentarse y los pies se cruzaron sobre la barandilla. Ambas manos acogieron el metal caliente y notó el primer sorbo, amargo y tonificante, bajando por la garganta.

Se quedó un rato allí quieto, analizando el paisaje, visualizando los distintos puntos ya visitados, adivinando los picos y riscos, lejos, entre las copas más altas; hasta que el caldo negro desapareció con el último sorbo.

Dejó la taza sobre la barandilla, levantó la pieza metálica de uno de los postes principales y apretó el botón amarillo que descansaba en su interior. Arriba, sobre el tejado de la casa, una barra metálica emitió la luz roja y el pitido intermitentes que encontraron respuesta a 3 kilómetros de distancia hacia uno y otro lado.

A sus espaldas, miríadas de gigantescos esqueletos de acero y hormigón permanecían semiderruidos recubiertos de polvo, tierra y el manto verde de una vegetación que nada sabía de sus antiguos habitantes.

Bajó los escalones del porche con la mochila a la espalda, el mapa en blanco y su bordón de exploración. Aquel día, los primeros rayos de sol iluminaron sus pasos.

lunes, 30 de septiembre de 2019

Lucky Strike Wonder




—¿Que no sabes quién es el sheriff Lucky?

Dejó la chistera ajada a un lado de la mesa, se quitó el polvo de la chaqueta y se pasó la manga por los labios resecos. Los ojos fueron de la botella que había sobre la mesa a los ojos del tipo que respondía negando con el rostro.

—¿Puedo? —dijo el viajero señalando la botella.

El hombre asintió con impaciencia.

—Muchas gracias. —Dibujó una sonrisa y dio un buen trago. La manga recogió lo sobrante.

—Verás, algunos dicen que es un hueso duro, otros que un cabronazo con suerte y hay quien se refiere a él como un desastre que la naturaleza se niega a hacer desaparecer... como ves, hay para todos los gustos... él solía decir que todo venía por el influjo de una estrella que lo acompañaba desde que nació, decía que ella era la causante de que siempre estuviera en problemas y a la vez la que le mantenía con vida.

La mano cogió de nuevo la botella y el dueño lanzó un gesto de desaprobación ante la duración del trago.

—Pero la mejor forma de conocerlo es por sus capturas. Sí señor, ese era el momento en que podías ver al sheriff Lucky en su plenitud. Y capturas hay muchas para contar: desde indios renegados hasta pistoleros, pasando por ladrones de trenes, cuatreros y demás maleantes.

La botella volvió a levantarse, pero esta vez la mano de su dueño la agarró. El viajero la soltó con una sonrisa, no sin antes dar buena cuenta del caldo que quedaba en el vaso que había sobre la mesa. Paró la queja, índice en alto, y continuó.

—Él sólo capturó a los hermanos LaFence. Por aquel entonces ya estaba de sheriff en Weak Iron: un antiguo puesto de tramperos, plantado en mitad de una reserva india, que alguien se preocupó de limpiar de cadáveres y adecentar cuando el gobierno redujo a menos de la mitad el territorio de los salvajes que lo habitaban. En ese tiempo Weak Iron ya era un verdadero centro de reposo para las peores alimañas de la zona. Demasiado alcohol, egos y pólvora para andar de sheriff todo el día; así que Lucky se contentaba con que la gente se comportara y no preguntaba por la madre de nadie.

El viajero señaló la botella casi vacía y lanzó una mirada de súplica. El tipo resopló y pidió otro vidrio lleno. Tras el trago, la garganta del viajero volvió a modular la voz.

—Pero los LaFence no eran como los demás. Cuentan que eran cuatro y decidieron que un número impar era mejor para repartir las ganancias. Eso no lo sé yo a ciencia cierta, pero teniendo en cuenta su naturaleza, todo es posible.

Alargó el final de la frase junto a la mano, pero esta vez el otro tipo agarró primero la botella y la mantuvo cerca de sí con cara desafiante.

—Los LaFence hicieron de las suyas. Y, teniendo en cuenta que un disparo en aquel sitio era como ponerse a meter un palito en el jodido país de los avisperos, el sheriff Lucky tuvo que entrar en acción.

El viajero apartó un poco la silla de la mesa y se puso a escenificar.

—Estaba en su porche con los pies en alto. Al oír jaleo resopló y se levantó a ver. Ya sabía que venían malas y blasfemó en todos los idiomas, porque no le gustaban aquellas mierdas, no hacía más que decir que no valía para eso, que siempre se le ponían las tripas del revés, que a qué mala hora se había colgado la mierda de estrella esa; todo mientras se encintaba la pistola, ponía cara de tótem indio y tintineaba espuelas hacia el saloon.

El viajero caminaba haciendo ruido con los pies, hizo una pausa, se acercó un poco a la mesa y esta vez fue el tipo el que le puso un poco de caldo en el vaso.

—Al llegar había un par de tipos en el suelo, uno de ellos con un corte en la garganta, el otro solo tenía restos de una silla sobre la cabeza, despertaría con dolor de cabeza y poco más. Al mayor de los LaFence lo enganchó escaleras arriba, borracho como una cuba como iba, al girarse cuchillo en mano, cayó de bruces y se rompió el cuello contra el piano del piso de abajo. Los otros dos: un tipo bajo y ancho de hombros, fuerte como un toro, y otro alto fino y afilado como navaja de barbero se habían encerrado en una de las habitaciones del piso de arriba.

Iba de un lado a otro mientras narraba. En una de sus idas y venidas dejó el vaso vacío y esperó a que tuviera caldo de nuevo.

—Echó solo un vistazo al mayor, para asegurarse de que estaba muerto, una ojeada más para confirmar que en la sala de abajo nadie tenía ganas de liarla y una mirada rápida al rellano de arriba para descartar que hubiera alguien escondido tras la barandilla. Una vez convencido resopló como siempre, desenfundó, inflamó las agallas y le arreó una coz a la puerta con más ganas que con las que yo me bebo esto de un trago...

El tipo aflojó la presa de su botella temiéndose lo peor, pero esta vez el viajero retomó la historia con el vaso vacío.

—...con tan mala suerte que se le quedó el pie dentro. Se oyó un disparo de revólver y una bala le mordió justo en el pedazo de carne que hay bajo los dedos. Aulló de dolor, perdió el equilibrio y apretó el gatillo con el espasmo mientras caía. Con el estallido y el olor a pólvora llegó un grito desde dentro de la habitación; era un grito fuerte y ahogado, de esos que suenan a muerto. El maldito sheriff Lucky siguió cayendo hasta que su cráneo aplaudió contra el suelo y entonces, entre chispitas y demás mierdas de esas que hacen los ojos cuando la cabeza suena mal, vio dos enjambres de plomo atravesar la madera y pasar a menos de un dedo de sus mismísimas narices, juraba que pudo notar el calor de algunas de aquellas malditas bolas.

Tenía ambas manos sobre la mesa y el vaso vacío frente al otro tipo que le puso caldo sin dejar de mirarle a los ojos.

—Entonces amartilló el revólver y alguien tiró de la puerta con tanta fuerza que o era un buey o el más fuerte de los LaFence, zarandeando al pobre sheriff como un muñeco, hasta que un amasijo de astillas se le clavaron en el tobillo. Tal fue el mordisco de aquella serpiente de madera, tal el dolor que su índice apretó el gatillo; pese a que tenía pensado aguantar el tiro, pero mira por dónde el plomo salió silbando y rebotó en un par de sitios hasta que se ahogó en sangre. Y te puedo jurar como lo juraba el mismísimo sheriff Lucky y todos los que entraron en la habitación, que fue aquella bala, lanzada al aire, la que acabó con la vida del último de los hermanos LaFence al hundirse en su pecho aquel fatídico día.

Y dicho esto pegó una palmada en la mesa, sonrió ampliamente, tomó sombrero y chaqueta, cogió la botella y se marchó por donde había venido cantando y pintando varias eses al andar.


lunes, 16 de septiembre de 2019

El humus de Tolkien


Tengo en mi poder el primer tomo de El Señor de los Anillos de la editorial Minotauro de 1990, que coincide con La Comunidad del Anillo, y que gracias a Peter Jackson todo el mundo puede ubicar bien. Este librejo estaba en la estantería de mi abuelo y lo trasteaba ya a sus 90 años... nunca le pregunté qué le parecían aquellas historias de elfos, orcos, hobbits y demás bichejos ni si sabía que existían dos tomos más.
El Señor de los Anillos es un título que he leído varias veces, y me gusta comenzar por este tomo en particular. El caso es que hace meses me dio por echar un ojo a la solapa interior trasera y encontré lo siguiente.

«Historias semejantes dijo a propósito de El Señor de los Anillos− no nacen de la observación de las hojas de los árboles ni de la botánica o la ciencia del suelo; crecen como semillas en la oscuridad, alimentándose del humus de la mente: todo lo que se ha visto o pensado o leído, y que fue olvidado hace tiempo... La materia de mi humus es, principal y evidentemente, materia lingüística.»

Vamos, que todo interés, aquello que en algún momento llamó nuestra atención, se queda posado descomponiéndose en un falso olvido hasta generar un caldo primigenio del que nacen nuestras historias. Quizás por eso son historias completas, porque piden tiempo y buenas condiciones para asentarse adecuadamente.

Lo más curioso es la idea de que todo suma, todo vale si quieres aprovecharlo y que aficiones, aparentemente inconexas, acaban formando parte del mismo mantillo de creatividad.
Esto es cierto simplemente porque existe un punto de coincidencia inevitable y de una fuerza arrolladora: uno mismo. Cada aspecto conocido, leído o vivido genera un fragmento que aprovecha perfectamente para el humus que utilizamos a la hora de crear: historias, proyectos o formas de percibir el entorno. Los mismos intereses y/o vivencias, pasados por el tamiz de una determinada naturaleza, generan un mantillo único diferente al de otra persona.

No en vano, no se invocó el conozcámonos a nosotros mismos, sino que conócete a ti mismo fue la voz que se alzó y se lleva repitiendo a lo largo del tiempo.

Y dándole vueltas al tema, como siempre me pasa con Tolkien, uno ve lógico que el hilo lingüístico sea el suyo, de igual modo podría ser la agricultura, psicología, artesanía, mitos y leyendas, las matemáticas o cualquier otro conocimiento en el que uno haya ahondado más. Mi humus debe llevar un poco de filosofía, de historia, pólvora y desierto, tierra y resina, dados, mucho de prole, de ojos almendrados, de familia y de gente muy cercana, está hecho de saber caer, de antauxe, de ilusión o iluso y, siempre a punto, de un cartucho de tinta.

Y ya puestos, si me permites la pregunta:

¿De qué está hecho tu humus?

sábado, 7 de septiembre de 2019

Druidas


Creo que el escritor bebe de donde vive, de lo que ama y lo que teme.

Genera luces a partir de ilusiones, sombras de pesares y tonos grises de todo aquello que es útil y da cuerpo.

¿Y el color? El color brota de cualquier cosa, hasta de la más insulsa, cuando se la observa con pasión.

El erial desértico se transforma en rudeza, sequedad, nubes de polvo en el paladar y brumosos horizontes bajo un sol pletórico, que se transforma en calma estrellada al llegar la noche.

Los grandes bosques son templos de vida, sonidos exuberantes entre vegetación erguida; un paisaje prolífico y fértil con rayos de sol bañando pequeños claros entre un verde denso y acogedor.

Y el bosque mediterráneo, nuestro bosque, es un verde arbóreo disperso y eterno, arañazos de verdegrís entre la piedra y la tierra. Belleza y aguante de matorral enhiesto resiliente.
Es aprovechar ese sorbo de agua fresca, que llega cuando la garganta está verdaderamente seca, y generar el color que otorga al paisaje la vida que parecía ausente.

martes, 23 de julio de 2019

El truco


Juntas las yemas del corazón y el pulgar con fuerza, hasta que la carne enrojezca.

Allí, entre piel y piel, existe un hueco que nunca se extingue por completo; una burbuja de aire que se expande con lo más improbable de tu mente.

Cuando lo tengas, aprietas aun más los dedos; y al invocar lo absurdo, comienzas a comprender caminos no oficiales, de formas libres y otras maravillas, en lo cotidiano.

Y sigues apretando, hasta que la rojez palidece ante lo extraño. Entonces, desplazas los dedos de golpe, de la ilusión al sueño que en el chasquido genera, magnífica, la resonancia de realidad.

lunes, 11 de febrero de 2019

El bosc protector






El Bosc protector es un ensayo sobre los bosques de la Comunitat Valenciana escrito por Ricardo Almenar que obtuvo el Premi d”Assaig de la Mancomunitat de la Ribera Alta. Presenta un relato personal del autor en sus primeros encuentros con el territorio forestal valenciano, ofrece una breve trayectoria histórica de la relación del ser humano con los bosques de la zona y busca valorar el bosque por lo que es. Y es en este último punto en el que la obra muestra una visión un tanto distinta a lo que estamos acostumbrados.

Y es que el autor plantea que el bosque no es rentable de acuerdo a los valores de productividad con los que estamos acostumbrados a medir todo; ya que, pese a ser uno de los territorios forestales con mayor biodiversidad, no da tanta madera como los grandes bosques de coníferas ni otros productos que puedan recolectarse en grandes cantidades, exceptuando casos concretos como el de los alcornocales de la Serra d”Espadan.

Transformar el bosque para aumentar su productividad supondría cambiar sus características básicas hasta el punto de hacerlo desaparecer. Es por eso que se propone valorar el territorio tal y como es, y a partir de ese momento se da la situación de que el bosque que aparece es muy distinto al espacio maderero; lo que queda entonces es un bosque con una de las mayores biodiversidades que presenta una serie de beneficios que nada tienen que ver con la compraventa, pero que son sumamente importantes para el espacio en el que se radica. Aparece el bosque como regulador térmico, como atenuador de las recurrentes crecidas, aparece en definitiva: el bosc protector, que desde el interior asegura la pervivencia del litoral.

Esto, en principio sencillo, está bien detallado en el libro y le deja a uno el sabor de boca de que es algo que debiera aplicarse a más aspectos en la vida. Que sería interesante abandonar el criterio de beneficio inmediato, la acción sobre un sujeto para aumentar su productividad y el hecho de exprimir obviando transformaciones y consecuencias; sería interesante dar la bienvenida al sujeto tal y como es y observar cómo, al mostrarse de acuerdo a su naturaleza, genera sus propios beneficios, mucho más estables, sostenibles y aprovechables por la sociedad al completo... al final se trata de dejar ser, cultivar potenciales y aprender las propiedades de los frutos así generados.

Porque, por mucho que queramos, los olmos no dan nueces...


lunes, 4 de febrero de 2019

Una vuelta

Un pensador, no digo filósofo por no entrar en asuntos académicos, no es un ser perfecto puesto por la providencia para decirnos a todos lo que debemos hacer.

Conocemos a los grandes pensadores por sus obras, cuando todo está fijado en papel y ofrece la imagen de un pensamiento perfectamente estructurado, que parece fluir del individuo con la misma facilidad con la que respira. Pero en realidad se trata de personas que fallan y se plantean con cada error y cada éxito, en cada daño y placer, cómo debieran vivir.

Y está bien recordar cómo uno de los grandes no hacía más que repetirse a sí mismo que no sabía nada. Decía Thoreau que había que acercarse a los grandes como quien se acerca a un amigo y saber ver que en el momento en que una de esas frases casi sagradas cobran verdadero sentido, en ese instante, estás ante un igual, ya que la trascendencia del hallazgo es idéntica.

De acuerdo con esto, pensador es todo aquel que escribe, que lee, que pasea, que charla... pensador es, en definitiva, todo aquel que vive.