martes, 16 de agosto de 2016

Acciones

Ilustración de Cortés-Benlloch

Cerró la puerta tras él. El silbido de la estufa le dio la bienvenida. Colgó el abrigo en la percha del pequeño descansillo, abrió uno de los cajones del viejo mueble, cogió pipa y tabaco y se asomó a la cocina.

—Cariño, ya estoy en casa.

—Hola.

Solo un hola, algo forzoso y apagado. La mesa descansaba vacía y no había cacerola alguna en el fogón.

—Pero, ¿y la cena?

Su esposa se quedó mirándolo mientras pinzaba con sus dedos el delantal.

—Ahora mismo iba a hacerla.

—Y, ¿qué has estado haciendo? ¿Ha ocurrido algo?

—Ha venido Abby, hemos estado hablando.

El alma de Peter resopló.

—No quiero saber nada del hotel; me he cruzado con el viejo Cook.

Ella calló inmediatamente, mudó el rostro y apretó aun más la tela.

—Y, ¿qué quería?

—Congraciarse. En un momento lloraba por Thorn y sus circunstancias, y al siguiente estaba intentando convencerme de que tomara partido por él.

—¿Pero te dijo algo más?

—¿Y qué más iba a decirme? Solo quiere sobrevivir a toda costa. Y aprovechar el momento para sacar tajada... Que tenías razón me ha dicho...

Una sombra de alivio iluminó su cara antes de regresar a la preocupación.

—Y, ¿te ha preguntado algo?

—No, ya te digo que todo cuanto le interesa es su ombligo. Y dejémoslo estar.

Ella puso una olla a calentar, Peter tomó dos pizcas de tabaco, cargó la cazoleta de la pipa y acercó una larga astilla al fuego. Cuando colocó la llama sobre las hebras, el tocino chisporroteaba en el metal caliente y un agradable aroma de patatas cebollas y zanahorias inundaba la cocina.

Peter dio una chupada a la pipa y soltó el humo con calma. Se quedó pensativo, mirando cómo se deshacían los hilos de la neblina.

—Habló de Owen y Tom.

—¿Quién, Cook?

Peter asintió mientras daba otra bocanada.

—Los nombró con toda tranquilidad e intentó engancharme con ellos. No le culpo, ¿sabes? La culpa es nuestra. ¿Cómo van a respetarnos si no hicimos nada cuando lo de Tad? Les decimos a gritos que hagan, porque pueden hacer. Porque mientras estemos bien, ¿qué importan los otros?

Ella lo miró y los dedos aligeraron su presión.

—Si pudiéramos hacer algo... pero ¿qué?, ¿qué medios tenemos? Estoy seguro que después de todo lo que ha pasado la gente... estamos más dispuestos. Ya no es la vieja Abby ni el cadáver de Tad, es Linda y el recuerdo revuelto de todos cuantos han sufrido. Porque las heridas tapadas duelen menos, pero siguen latiendo.

Una sonrisa, limpia y sincera, se dibujaba en el rostro de ella conforme iban sonando aquellas palabras y las manos liberaban el delantal.

—Bueno, lo cierto es que hay algo que puede hacerse...

—¿Qué quieres decir?

—Como te había dicho, ha venido Abby.

Peter dejó la pipa a un lado.

—¡Un momento, quieres decir que has estado hablando algo de esto con Abby sin contar conmigo?

—No me atrevía a decírtelo, pensé que a lo mejor te parecía mala idea, pero fui incapaz de negarme.

—¿Negarte? ¿Qué has hecho, mujer?

Ella se acercó a las cortinas, junto a la ventana a través de la cual vio a la joven por vez primera; apartó la tela y allí estaba la chica, tan joven y asustada como le pareció verla aquel día.

—¿Pero qué...?

—La ha sacado Abby del hotel. Estará aquí solo hasta que salga poco antes del amanecer. Hay más gente en esto, Peter. Esta vez no hay nombres ni planes públicos. Solo se actúa. Es como tú has dicho, cariño, esta vez sí que estamos respondiendo. Esta chica llegará al fin a su casa.

La réplica latía en la sangre de él con la fuerza del orgullo herido, pero una chispa de lucidez le hizo admitir que era lo mejor que podía hacerse; por la joven y por el mismo pueblo.

—¡Está bien! Escóndela, que nadie la vea ni la oiga. Si en algún momento las cosas se complican, salid por casa del señor River. Voy a por la escopeta, va a ser una noche larga.

 

A través de la ventana podía verse la calle principal, donde una procesión de trajes caminaba en silencio, describiendo el bamboleante vaivén propio de personas de su talla e importancia, hacia las puertas del hotel del señor Thorn.

Sonreían grotescamente y se miraban hambrientos y excitados. Estaban a punto de cruzar el umbral tras el cual podrían dar rienda suelta a sus más bajos instintos sin temer por la intachable y puritana imagen pública que tanto necesitaban proyectar.


 

Arriba, en el último piso del hotel, una pequeña ventana mostraba al poderoso señor Thorn, quien había levantado el pueblo tras el rechazo del ferrocarril. Él, el verdadero responsable de que todo hubiera continuado en marcha, miraba ahora sus cuentas: gastos varios y los ingresos, con los nombres de cada chica apuntados al lado. Recorría los datos con la misma forma mecánica con la que había hecho todo durante los últimos años, sin caras ni voces, solo números. Su dedo índice llegó entonces al renglón donde descansaba el nombre de aquella joven que trajo Bowler una noche de invierno; idéntica a otras muchas que llegaron en similares circunstancias, posiblemente menos reseñable que otras, y, sin embargo, fue incapaz de pasar a la siguiente línea.

Entonces, un escalofrío recorrió, eléctrico, su nuca; una sensación terrible que cristalizó en duda. Dejó a un lado el papel, observó hacia las casas del pueblo y la corazonada se tornó certeza.



FIN

lunes, 1 de agosto de 2016

Reveses


 Ilustración de Cortés-Benlloch

El eco del sol quedaba en el horizonte, una luz mortecina que apenas iluminaba la parte alta de los tejados. Aquí, en la calle principal, una silueta cerraba los postigos de las ventanas de uno de los edificios; allá, entre las calles, unos pasos cansados ayudaban a discernir otra sombra que se acercaba.

El señor Cook aun andaba con las palabras del joven Bill en la cabeza. Las piezas de ajedrez parecían moverse y los pequeños engranajes de su cabeza seguían en movimiento. Dio un último tirón de la contraventana para asegurarse y los pasos llegaron a sus oidos.

Peter caminaba cansado, había hecho la mayoría de los encargos a pie; no se atrevía a forzar el carro hasta poder acercarse a la ciudad o que otro herrero arraigara en el pueblo. Cada paso le acercaba más a su casa donde esperaban su mujer, una humeante mesa recién puesta y la paz del final de la jornada. Casi podía saborear los bollos recién hechos con la mantequilla fundida, hundidos en el cuenco de delicioso estofado, cuando adivinó entre las sombras la figura del viejo Cook. Entonces, su cuerpo hizo acopio de fuerzas y apretó el paso con la decisión que aporta un buen motivo.

El señor Cook adivinó al dueño de aquellos pasos y vislumbró por el rabillo del ojo la inconfundible silueta de Peter. Raudo, introdujo la mano en su bolsillo y agarró la pesada llave de hierro; la tomó con fuerza y se dispuso a realizar una estocada, clara y precisa, contra la cerradura. Escuchó los pasos de Peter acelerándose y su primer intentó acabó con el hierro golpeando fuera del blanco. Los pasos se alejaban y en su mente la figura se fundía entre las sombras. Jugó un as en la manga:

—¡Peter!

Más pasos dieron la respuesta. Sin tiempo que perder, embistió de nuevo el metal y por fin logró su objetivo. Giró y el primer cloqueo del mecanismo le animó a seguir; llegó el segundo chasquido y con el tercero la llave quedó liberada; sus pies comenzaron a actuar y aceleró el paso hasta ponerse a la altura de Peter.

—¡Peter! ¡Ey, amigo!

La tercera palabra dejó clavado a Peter; no sabía si detenerse o seguir como si no hubiera oído nada. Antes de decidirse tenía ya ante él al jadeante rostro enrojecido del señor Cook.

—¿Acaso no me oías? ¡Caray, otra carrera de estas y me da algo! Ya no somos los de antes, ¿verdad Peter?

—Los años no perdonan Cook, ni a ti ni a nadie. Como tampoco lo hará mi mujer si llego tarde.

Cook sonrió ampliamente mientras daba una palmadita en el hombro a Peter.

—Claro, ¡lo primero es la familia! Solo quería comentarte una cosa.

—¿Y bien?

—Es referente a lo que comentó tu mujer, lo de aquella joven... He de reconocer que posiblemente no hice el caso que merecía el asunto ni le di la importancia que debiera. Lo cierto es que pensaba que eran sensiblerías de mujeres pero, a día de hoy, poco se puede decir salvo que tu señora tenía razón. Pensé que podríamos tragarnos esa pequeña espina pero me equivoqué; se nos ha quedado clavada en el paladar. No hay más que ver todo lo que ha ocurrido; más aun con lo que tiene que venir.

—Lo que le ha pasado a este pueblo es algo que ya veníamos arrastrando.

Cook buscó en su bolsillo el reloj y lo apretó con fuerza.

—Quizás tengas razón, pero lo cierto es que ya está todo así. Ha habido mucho movimiento y es momento de decidir qué hacer. Desde lo de Bowler apenas se ve a Thorn y esa Maggy aprovecha cada vez más su ausencia para tomar las riendas.

—Cook, eso no es asunto mío.

—Estamos hablando de la mujer que mandó matar a Owen y al herrero.

—Se llamaba Tom.

—Eso, ¿ya los has olvidado?

Por supuesto que no, ¿te acordaste tú de ellos alguna vez? ¿O solo cuando viste cambiar las tornas? Cook, algo ha pasado y no sé hacia dónde nos llevará. Sé que estos tambaleos, estos juegos de poder, os quedan más cerca a vosotros que a mí; así que, en lo que a mí respecta, podéis seguir con vuestro ajedrez. Si algo ha valido la pena en todo este tiempo es la vida de esa joven y de cada uno de los que la dejaron para ayudarla; pues no tenía nada que ver en vuestros asuntos y puede que nada tuviera que ver con esa vida que le ofrecíais. Si hay alguien que merece siquiera nuestro aliento no sois vosotros que solo nos recordasteis cuando sacabais tajada. Quizás esto cae porque observamos poco y decidimos mucho, quizás porque seguimos un camino poco lícito mientras nos vanagloriábamos de lo contrario; puede que simplemente dejamos que todo ocurriera, pero lo cierto es que por primera vez los muertos pesan más allá de nuestras noches; lo cierto es que ahora puede que hallamos aprendido algo; me pregunto si vosotros también. Es posible que tengamos delante a otra gente o a la misma, lo que tengo bien claro es que mi vida es mía y pienso apostarla por mí, por los míos y por todo aquello que crea que vale la pena; ahí no tienen cabida vuestras palabras ni vuestros intereses; ahí...

Cook escuchaba con el ceño fruncido. Las primeras palabras pasaron rápidas, atento como estaba a la réplica, buscando el hueco con que contraatacar; mas no encontró hueco alguno. Los argumentos se encadenaban irremediablemente, como la chispa en la mecha de un cartucho de dinamita. Recibía la andanada mientras cerraba los dedos buscando la calidez áurea de su reloj. Sin darse cuenta apretaba cada vez más. Conforme escuchaba aquellas palabras lacerantes constreñía el puño y se esforzaba en mantener, alta y amplia, una sonrisa, cada vez más compleja e inconsistente. Aguantaba su ira notando la tensión en los dedos, hasta que, de pronto, la cadena se rompió y Cook no escuchó nada más. Solo vio a Peter ahí plantado, moviendo los labios, lejano, como a mil kilómetros de distancia. Las pupilas se destensaron y la imagen perdió su forma. Finalmente dejó de sentir olor alguno, ni frío ni calor. Se quedó allí en pie, entre las sombras, mientras la figura distorsionada de Peter retumbaba algo antes de partir.

lunes, 18 de julio de 2016

Fisuras

Ilustración de Cortés-Benlloch

El brillo anaranjado del sol reflejaba, cobrizo, en la esfera de bordes dorados del reloj. El señor Cook presionó la tapa con el pulgar hasta escuchar el limpio «clac» y alzó la vista hacia el joven que permanecía expectante frente a él.

—No puede ser... ¿Jack Crow?, ¿estás seguro de haber oído bien, chico?

—Le aseguro que sí, Sr. Cook, el señor Abe lo dijo claramente. Fue él quién mató a Tom y
Owen; quería hacerse con el hotel.

El señor Cook respiró hondo y soltó aire negando calmadamente con la cabeza, mientras
observaba, ensimismado, su reloj.

—No, Bill. Jack era un fanfarrón, un tipo de genio corto y mano larga, pero leal, o simple...
como quieras verlo. Un revólver no puede disparar a la mano que lo maneja. Si buscas un
traidor deberías mirar entre las faldas del hotel... esa zorra de Maggy, ella sí que carga las
balas. Ella es quien tiene engañado al pobre Thorn; desde lo de Bowler, ya no es lo que era.

—¿Maggy?, pero ella es ahora la mano derecha del Sr. Thorn. ¿Para qué iba a intentar
hacerse con el hotel?

—Eso es lo que quiere que creamos. Y parece que Abe ha entrado en el juego. Siempre he
sabido que cojeaba hacia ese lado, pero nunca hubiera imaginado que tomaría partido de
forma activa. Él estuvo con nosotros desde el principio, poniendo los primeros tablones de
este sitio... conocemos mejor que nadie cómo funciona este lugar; como te pasará a ti dentro
de muchos años.

—Sr. Cook, no me pareció que el Sr. Abe supiera algo.

—¿Y qué vas a saber tú? No son temas que un chico pueda comprender... Solo te diré que
algo va a pasar y vendrá de esa mujer. Habrá que tener los ojos bien abiertos, vigilarla y
recoger toda la información que sea necesaria, porque Thorn no nos escuchará si no hay
pruebas que corroboren la información. Este pueblo ha vivido varias tragedias en poco
tiempo, eso mina la confianza y tambalea los cimientos de cualquier la estructura.

—Puede que tenga razón, es una lástima.

—¿Una lastima? No, es el momento perfecto para quien sepa aprovecharlo. Es ahora cuando
debemos de actuar.

—Pero, todos los problemas, las pérdidas de este pueblo, ¿y todos los que han muerto?

—¿Esos?, ya no están con nosotros. Solo son muertos.

El viejo Cook, soltó la esfera y dejó que la cadena se deslizara entre sus dedos hasta que el
reloj entró en el bolsillo de su chaleco.

lunes, 4 de julio de 2016

Interpretaciones

El sol quedaba anclado en lo alto, calentando el pueblo de un modo que el invierno había hecho olvidar. Los postes del porche trasero del saloon crujían ante el calor y extendían su sombra hacia la calle, donde un joven Bill esperaba, pacientemente, sobre su carro para realizar la entrega.

La puerta se abrió y el rostro embigotado de Abe asomó tras ella.

—Hola Bill, perdona que te haya hecho esperar, pero tengo una buena liada dentro.

—Hola señor Abe, ¿mucho trabajo?


—No exactamente... 

Abe bajó del porche dispuesto a ayudar al joven Bill a desatar las cuerdas.

—Verás, desde que Tom y Owen nos dejaron, las cosas han andado un poco revueltas; pero ahora, con lo de Jack, la gente que viene al saloon acude con una sombra en el rostro. Las desgracias son malas compañeras para el negocio, tuercen las risas en charlas tristes y elucubraciones, alargan los tiempos entre tragos y ahuyentan al resto de clientela. A poco que te fijes, verás que son menos los que acuden al hotel.

Bill dejó una de las cajas en el porche y el tintineo evidenció la carga.

—Pero, ¿qué es lo que ha pasado con Jack?


Un quiebro repentino, respondió en la cara de Abe.

—¿No te has enterado? Él fue quién acabó con Owen y el herrero; ese maldito bravucón y sus sanguijuelas. En estos temas no hay nada completamente claro, pero se cuenta que Thorn no tuvo más remedio que acabar con él. Al parecer intentaba algo; no sé decirte bien el qué, pero todo apunta a que pretendía hacerse con el hotel. Se rumorea que la desaparición de Bowler tiene que ver con todo esto.

Bill se quedó quieto, recordando la figura y los gestos del grandullón de Jack, e imaginó aquel rostro iracundo despachando a sangre fría al conductor de la diligencia y al herrero. Pensó en el momento de apretar el gatillo, justo antes de que el plomo rompiera huesos y desgarrara carne, anulando la existencia de alguien a quien conocía de tanto tiempo, y un frío primigenio le hizo estremecerse.

—¿Estás bien, chico?

Bill se repuso, pestañeó, tragó saliva un par de veces y se dirigió hacia el carro para continuar con su trabajo.

—Sí, es solo este maldito calor. Hace nada que dejó de nevar y ya siento como si me hirviera la sangre.

lunes, 20 de junio de 2016

Golpes

Ilustración de Cortés-Benlloch

Dejó en el suelo el candil, el cerco naranja empequeñeció y ella se hizo una con la oscuridad. En el cielo, las estrellas brillaban demasiado lejos; en la tierra, las siluetas hacía tiempo que habían difuminado su forma. Solo su voz llenaba el vacío; sonaba seria, algo árida, calculadora y resignada, con un regusto triste en el eco.

—Sabes perfectamente por qué estamos aquí. Este es el final de un camino que tomamos hace mucho tiempo; cada uno por su lado.

Maggy se detuvo un segundo. No esperaba réplica, tan solo quería paladear las palabras.

—Cada uno tenemos nuestras prioridades, nuestra propia forma de hacer las cosas. Tú te has acostumbrado a atronar y que el cielo llueva a tu son. Alzas la voz como la mano y piensas que todo se mantiene por tu poder. Tan vana es la confianza que piensas que puedes manipular al mismísimo Thorn sin pincharte...

Maggy dio unos pocos pasos, en una y otra dirección, sin abandonar el espacio frente a su interlocutor.

—Y sin embargo, aquí está la vida. ¿Qué vas a hacer ahora? Sé lo que piensas. Sé lo que quisieras haber intentado... mala suerte. Seguramente te preguntas cómo fui tan rápida, cómo pude conseguir prepararlo todo. Es sencillo, yo no atrono. La gente responde mejor cuando no hay fuerza ni presión, cuando el hilo que los ata es liviano y sedoso. Hay sonrisas que cierran grilletes y golpes y gritos que acaban por romperlos.

Se sentó en el suelo, sin importarle el vestido ni el frío que seguía anclado a la tierra tras las nevadas.

—Hacía tiempo que no estábamos tan cerca tú y yo, que no nos tomábamos un rato para charlar sin afrentas ni cálculos. ¿Recuerdas? ¿Recuerdas las risas y las charlas cuando los actos no lastraban? Claro que lo recuerdas y hasta lo envidias una vez visto lo que nos ha tocado vivir. Te gustaría volver atrás, ¿verdad? Te encantaría deshacer parte de este maldito camino, escuchar más, afirmar menos y tener bien claro que toda proeza que realices se hace porque los demás están detrás...

El pulso de las estrellas reflejó en una sola lágrima cayendo por la mejilla de Maggy hasta llenar de agua y sal sus labios.

—Estoy segura de que te gustaría; darías lo que fuera por volver. Porque te pesan los muertos, porque pasas la noche en vela soñando con viejas, con zarpas y marañas y el quejido desagradable de viudas y muertos. Lo harías si no fuera demasiado tarde. Pero lo es, Jack, así que toca tragar y seguir adelante.

Secó sus labios con el dorso de la mano y se incorporó.

—Todo lo que puedo hacer ahora es construir, e intentar arreglar con mis actos el mal que hice. Solo si encuentro sentido en lo que viene, podré dormir en calma. Tú al menos ya no tienes ese problema.

Maggy se agachó y cogió el candil. El cerco naranja se agrandó y el terreno quedó iluminado: sus propias huellas hendían la tierra y, frente a ellas, se alzaba el montículo de tierra donde yacía el cadáver de Jack Crow.

—Adiós Jack, al menos no eres pasto de los cerdos como Bowler.

lunes, 6 de junio de 2016

Consecuencias

Ilustración de Cortés-Benlloch

El sol entraba por los ventanales, rayando de oro el suelo de madera. Las cortinas de seda temblaban, rozadas por el viento frío y vivo de la mañana. Era un día bueno, de esos que animan el alma y muestran el entorno con una nitidez fuera de lo común; pero Abby estaba esperando. Esperaba unos pasos marcados y delicados, rotos ante su presencia, un saludo hueco y respuestas, ante todo esperaba respuestas; y no saldría del hotel hasta hallarlas.

Escuchó el rítmico caminar y el giro seco del pomo. La puerta se abrió con un movimiento completo, y una figura quedó anclada al ver a la vieja Abby allí, pues sabía el motivo de tal visita.

—Hola Maggy.

La mitad del rostro de la vieja sonreía; el otro torcía herido, de tal modo que no podía saberse cuál estaba siendo sincero.

—Abby. ¿Qué haces aquí arriba? No tardarán en venir los clientes, la sala está aun por limpiar.

—Vengo de hablar con Owen y Tom... aun gritan los nombres de sus asesinos.

—Ha sido una verdadera desgracia...

—Teníamos un trato, Maggy. ¿Cómo es posible que aquellos tipos supieran lo que iba a pasar, que estuvieran esperándoles? ¿Cómo puede ser que buscaran entre sus ropas la dichosa carta?

—No sé de qué me estás hablando.

Abby mudó el rostro y su mitad viva se alineó con la otra: un semblante frío que helaba la sangre. Tanteó entre sus ropas y extrajo una pequeña derringer.

—Espera, ¿qué vas a hacer, Abby?

La vieja no respondió, miraba fijamente a la joven sin pestañear, mientras cargaba con ambos pulgares el percutor del arma.

—Maggy, yo ya estoy muerta. Sigo en este mundo porque aun no estoy lista para abandonarlo del todo, pero nada me ata a él. Me queda un momento, aun no sé cuál, pero puede que sea este; no me importaría comprobarlo. Puedes hablar y hacerme sentir mejor o dejar que aprete el gatillo y te lleve conmigo.

La joven estaba acostumbrada a leer en las gentes: gestos, rostros, palabras y entonaciones. Aquella mujer tenía la misma intención de apretar ese gatillo que de seguir hablando; una mitad anclada a este mundo, la otra ya en el otro, posiblemente con su marido. Por primera vez sintió que su presencia no causaba efecto alguno, ni respeto ni repulsión, simplemente indiferencia. Lo único de valía que tenía para aquella persona eran unas palabras; el resto, huesos, miradas huecas y carne sin importancia.

—Está bien. Baja el arma, hablemos.

La vieja siguió apuntando como si nada se hubiera pronunciado en aquel lugar. Una suave brisa recorrió la estancia y renovó el aire estancado; mas, en cuanto pasó, volvió el vacío asfixiante y la presencia dura y seca de la vieja Abby se hizo aun más imponente.

—De acuerdo. Hice lo único que podía hacer. Abby. ¿No creerías que podríamos acabar con Thorn, verdad? Sus contactos, su influencia, todo eso es más que necesario para que esto siga en marcha. No podría haberme hecho yo cargo.

—Entonces, ¿para qué la carta?

—La carta era una traición. La prueba de que alguien abandonaba el redil. La mejor manera de acercarme a Thorn era hacer que otro pareciera alejarse.

La vieja escuchaba a aquel monigote explicar convencido, casi se diría que con orgullo, su juego. Leía clara, trenzada en su voz, la psicopatía de quien está acostumbrado a utilizar piezas humanas y su dedo índice dudó sobre la conveniencia de poner punto y final a dicha existencia. Pero algo se quebró dentro de aquel ser.

—Abby... Jamás pensé que acabaría así. Los hombres de Bowler solo tenían que detenerles y arrebatarles la carta. Tienes que creerme, no tenían órdenes de disparar; nunca hubiera ido tan lejos. Algo debió ir mal.

La vieja bajó el arma y vio el color regresar al rostro de la joven.

—¿Y ahora qué, Maggy?

—Ahora ya no habrá Bowler ni nadie que pueda volver a secuestras más chicas. Yo me encargaré de que solo entren aquí mujeres del gremio y de que nuestra gente sea tratada como toca; para nosotras es mejor que yo esté al lado de Thorn. Las cosas van a cambiar, ya verás.

—Haz lo que quieras, pero ten en cuenta una cosa. Esto que ha ocurrido hoy, puede volver a pasar. Envía a alguien a visitarme si así lo deseas, pero que acaben la faena porque por terrible que sea la paliza, tendré una única razón para seguir viviendo y no será otra que volver a por ti. Y ten en cuenta que las raíces de los muertos que tú sembraste han movido los cimientos de más gente; si no soy yo, otro vendrá a por ti.

La vieja abandonó renqueando la habitación y una nueva brisa, más fría y cortante que la anterior, recorrió la sala. Cuando Maggy se acercó a la ventana, el cielo se había nublado y aquella helor pareció no querer abandonarla.

lunes, 23 de mayo de 2016

Exequias

 Ilustración de Cortés-Benlloch

El sol, limpio y anaranjado, brillaba por encima de las nubes. Su luz bañaba los picos lejanos de las montañas y pintaba de cobre las yemas de las hierbas que comenzaban a reverdecer. Pequeñas islas de nieve se diseminaban por todo el terreno, últimos testigos del invierno, aguardando el final.

Al pie de una columna, solo tres cruces de madera descansaban, y apuntaban sus sombras alargadas hacia dos mujeres que, en pie frente a ellas, bajaban el rostro intentando llegar más lejos de lo que jamás podrían andar.

—¿De qué ha servido, Abby?, ¿de qué?

El viento tiraba del pelo suelto de Linda, quien mantenía el rostro cabizbajo pero firme, escupiendo lágrimas de ira y decepción.

—No lo sé, Linda. ¿De qué sirvió lo de Tad? Al menos ahora no está solo.

—Le harán buena compañía. Solo ellos eran tan idiotas como para acompañarle.

Abby no respondió. Permanecía embozada, acurrucándose en su manta con la mitad de su rostro fría e inmóvil; la otra, melancólica y reconfortada. Fijó la vista en la tumba de Tad y en el lugar reservado a su lado, en el que algún día llegaría a descansar.

—Pero es que nada ha valido la pena. Thorn, la joven... todo sigue igual. Nada en ese hotel ha cambiado. Les estaban esperando, alguien tuvo que irse de la lengua. Demonios Abby, ¿por qué?, ¿qué sentido tiene?

—Esos son los restos de mi marido, al lado están los del tuyo y allí, junto a ellos, descansa otro hombre de bien. Son de los pocos de este lugar que se marcharon siendo ellos mismos, ¿recuerdas cuando fuimos un pueblo?

—Son muertos, Abby, nada más. Un montón de carne y huesos que ya no hablará ni vivirá nada relevante. Tres individuos que marcharon sin dejar en este mundo otra huella que la que anida en ti y en mí: dos viejas al borde de la extinción.

—Es una forma de verlo.
 

—Es LA forma de verlo. No los volverás a oír, jamás. Da igual el número de días que pasen, nunca regresarán. Y deberé contar esos días sin sentir su maldita presencia ni escuchar su voz.

—Sé a lo que te refieres. Eso mismo viví el día que Tad murió. Cuando la mayoría sabíais lo que ocurría y nadie se atrevió a hacer nada. Ellos lo han intentado, deja que descansen en paz.

—De acuerdo, Abby, esto es absurdo. Ellos sabían el riesgo que corrían, no tiene sentido discutir. Pero los hombres de Thorn sabían dónde y cuándo debían estar; alguien debió de advertirles...

—Déjalo. No te hará ningún bien. Tienes el dinero que te dejó Owen, tómalo y vive.

—¿Ya está? Entonces, lo único que querías era alguien que pagara como pagó Tad, ¿no? No te importa lo más mínimo lo que intentaran hacer. ¿De verdad hay que dejarlo aquí?

—Y ¿qué podemos hacer tú y yo, Linda? No tenemos medios ni influencia. Ya no contamos con el apoyo de nadie, es Thorn quien sigue estando al frente.

—¡No sé lo que podemos hacer! ¡Tengo la misma idea acerca de esto que tú! Pero sé que somos nosotras quienes hemos perdido a alguien. Tú trabajas en ese maldito hotel, eres tú quien tiene acceso para saber qué ha pasado, dónde está esa maldita carta y qué ha ocurrido con quien nos ofreció ayuda. Y ¿bien?, ¿piensas hacer algo al respecto?

Abby se acercó a la tumba de Tad, rozó la cruz con sus dedos y, sin mediar palabra, dio media vuelta.

—¿A dónde crees que vas Abby? ¿Así acaba todo?, ¿abandonas? ¿Qué vas a hacer esta noche cuando te acuestes? ¡Hasta ahora tenías la escusa de que nadie te había apoyado! ¿Y ahora?, ¿podrás dormir sabiendo que eres tú quién da la espalda?

Las lágrimas caían por el rostro de Linda, mientras el pelo, empujado por el viento, azotaba su cara cargada de ira. Gritaba a Linda, a Tom, a Tad y a Owen. Gritó hasta que su garganta herida apenas pudo modular la voz; agotada se acunó en la noche y durmió hundiendo sus manos en la tierra que acogía el cuerpo de su marido.