lunes, 25 de abril de 2016

Cambios de rumbo

 Ilustración de Cortés-Benlloch
 
Linda pisaba con fuerza, pese a los años, al son de ánimo inflamado. Su rostro iracundo, oculto bajo sombrero y pañuelo, castañeteaba los dientes más por rabia que por frío. En su cabeza martilleaban las últimas palabras. ¿Cómo podía haberle hecho eso, a ella! Recordaba las frases, los gestos, todo lo que siempre le había funcionado y con lo que, ahora, no había obtenido sino ausencia y vacío.

Le quería, de hecho no podía imaginar una vida sin él, pero jamás hubiera pensado que las cosas acabarían así. Ella siempre sabía lo que era adecuado para ambos y él era consciente de ello. Ahora aquel idiota, por un absurdo, estaba a punto de echar toda una vida al mismo fango que ensuciaba la blanca nieve amontonada a ambos lados de la calle.

Se detuvo un segundo y quedó observando el lujoso edificio del hotel.

Ese estúpido de Owen necesitaba que ella volviera a tomar las riendas. Se acabaron los ideales y demás idioteces; el honor había matado a más hombres que cualquier guerra. Hacía falta alguien inteligente, alguien capaz de tomar las decisiones más complicadas y de saber cuándo sacrificar el amor propio en favor de una vida mejor, o de conservar la misma. Le gustaba su imbécil, ese iluso soñador que seguía aferrado a sus principios como orgulloso marino sobre una triste balsa de troncos. Lo miraba y admiraba: deslumbrante, loco, como nacido en otro mundo, y atesoraba esa sensación que recibía al estar a su lado. Pero ya no habría más él si se quedaba de brazos cruzados, pues nada queda del soñador cuando este decide elevarse a su meta final. No había otra salida; solo quedaba hablar con Thorn, avisarle de los planes de Maggy y hacer que su marido quedara al margen de toda venganza. Comprendía la necesidad de tal acción, sabía cómo jugar sus cartas; y, sin embargo, ahí estaba, a pocos metros de la puerta del hotel, incapaz de mover un solo pie.

¿Pero qué era lo que pretendía salvar realmente? Si hablaba con Thorn y sacaba a Owen de aquel plan, librándole de cualquier posible castigo, nada quedaría del hombre que conocía; en su lugar volvería un ser derrotado, más abatido aun por la traición, que pasaría el resto de sus días con el pesar de no haber hecho nada por segunda vez. Odiaba admitirlo, pero cuando Abby llamó a su puerta, Owen volvió a ser aquel hombre que cantaba, tronaba y sonreía al mundo; Owen no calculaba al caminar ni estudiaba las huellas que dejaba atrás, prefería vivir en la frontera, levantándose de cada caída para seguir adelante. Nada de eso quedaría, solo la sombra marchita de aquel hombre, que consumiría su vida, incapaz de perdonarse...

No podía. Jamás podría dormir sabiendo que por salvarle habría acabado matándole.

De lejos llegaron los tañidos rítmicos del herrero, golpes secos afilados en agudos; la única respuesta a sus pensamiento. Cambió de rumbo y acudió directa.

Cuando Tom la vio acercarse, dejó a un lado el martillo y secó su frente con el trapo tiznado. Su único ojo sano estudió los movimientos de Linda, leyendo la ira y la urgencia. Pocas palabras fueron necesarias, ni siquiera un saludo, antes de que sus voces chocaran.

―Tom, quiero que cojas todo lo que te dejó Owen. Quiero que vayas a la ciudad y contrates a todos los que puedas gastando hasta el último centavo. Owen se ha marchado con esa maldita carta, y nada parece poder detenerle, así que quiero todos los brazos que puedas reclutar junto a él.

―Linda, piénsalo bien, eso te dejará sin nada.

―¿Pero en qué momento os ha dado a todos por pensar que podéis discutirme? ¡Es mi dinero y yo decido!

―Pero Owen me dijo que hablaras con Tim, en la ciudad...

―Owen me hizo poseedora de ese dinero en el mismo momento en que se marchó con ese maldito pedazo de papel y el hambre atroz de una deuda sin saldar, así que haré lo que considere oportuno.

―De acuerdo, Linda. Se hará como tú digas. Pero no tengo acceso ahora al dinero, se suponía que lo pedirías al pasar unos días, en el caso de que Owen no volviera...

―Pues quédate todo ese maldito dinero cuando lo tengas, ¡pero busca ayuda!

―Te digo que de momento no tengo nada con que conseguirla. En este mundo, nadie trabaja gratis...

―Tom, sabes que va a morir...

Linda no habló más. Solo se quedó mirándole, con el alma desesperada y una sombra de ruego que parecía quebrar la rígida mueca de odio que empedraba su rostro.

Tom la miró fijamente y echó un vistazo a su viejo spencer, olvidado, descansando en un rincón, junto a un par de cajas rotas y un barril de clavos oxidados.

­­­­­­­­­­­―De acuerdo Linda, no se hable más. Yo iré a su encuentro, y en cuanto lleguemos a la ciudad me ocuparé de contratar a más gente.

lunes, 11 de abril de 2016

Deudas abiertas

Cerró la puerta y apoyó su mano derecha en el marco.

—¿Y bien?

Una voz, de aspecto calmo y alma erizada, se proyectó contra su espalda. Instintivamente hizo ademán de guardar la carta, mas se detuvo, resopló y dio media vuelta.

—Imagino que ya lo has oído todo.

Varas de hierro cuajaban el rostro de la mujer. Pese a sus años, mantenía aun el eco de la belleza que lució en su juventud. Belleza que pareció retornar cuando relajó el tenso rostro y entornó los ojos en un gesto afable.

—Has sido muy amable, Owen, nadie se hace cargo ya de la pobre Abby. Quizás sea mejor así...

—¿Así, cómo?

—Hacerle creer que se hará algo, ¿qué si no?

—Linda, pienso llevar esta carta. No admito discusión alguna.

—Y, ¿para qué?

—¡Cómo que para qué? Sabes perfectamente lo que ocurre entre esas cuatro paredes. Ahora que la gente sabe lo de la joven es el mejor momento.

—Pero, ¿para qué, Owen?

Owen amartilló la réplica pero aquella segunda pregunta le obligó a cerrar la boca soltando un resoplido para contenerse.

La mujer abandonó el respaldo de la silla, adelantó los hombros y se acercó a Owen, humildemente, hablándole desde abajo.

—Owen, las cosas son así. No seré yo quien diga que van bien, pero al menos van. Tenemos una casa y tienes un trabajo decente con el que sacas un buen dinero. Algo que hace tiempo estuviste a punto de perder y que sigue estando aquí, gracias al señor Thorn.

—Linda, tú estuviste allí, sabes lo que se cocía y ahora los hechos te recuerdan que todo sigue igual.

La mujer se acercó aun más y posó una mano en el brazo derecho de Owen mientras con la otra acariciaba su cara.

—Y allí te conocí a ti. No fue agradable el tiempo que pasé en el hotel, siendo una ciudadana de segunda, pero todo acaba y, si algo tiene de bueno el Señor Thorn, es que siempre se asegura de que haya un buen final. ¿Al fin y al cabo estoy aquí, contigo, no?

Owen giró la cara, miró a un lado, buscando el refugio del marrón grisáceo de la pared, y activó los resortes de la mente y la memoria.

—Pero, ¿y todo el tiempo que estuviste allí? Todos esos años perdidos... ¿dormirías tranquila sabiendo por lo que ha de pasar esa chiquilla? Sabes de sobra que no conoce ese mundo...

—Preferiría que no ocurriera, que viviera en su casa con los suyos, lejos de aquí. Pero yo pasé por ello y estoy viva. Ahora le toca a ella, y gracias a eso seguiremos viviendo; no solo tú y yo, sino todos nosotros. Cambia el entorno de esa joven y cambiarás el de todos. Son muchas vidas pendiendo de un solo hilo.

Owen la apartó con más fuerza de la que hubiera deseado.

—¡No pienso quedarme sin hacer nada!

La mujer se acercó un poco hacia él, sin llegar a tocarle.

—Owen, no puedes hacer nada. Eres muy valiente, ¿pero qué vas a hacer tú solo?

—No estoy solo, hay más gente en esto.

Ella se revolvió y arremetió con voz seca y cortante.

—Lo mismo dijo Tad.

—Es por él, entre otras cosas, por quien debo hacerlo.

Los ojos de Owen se nublaron y perdieron el punto fijo, como un sonámbulo acercó la mano a la cintura, hasta que sus dedos rozaron el metal del revólver.

—Aquel día no hice nada por él. Me quedé aquí, tras esta puerta, mientras escuché los disparos que salieron de su casa. Todos quisieron creer el accidente, pero yo pude escuchar los últimos gemidos de Tad y los gritos de Abby, ahogados en la carne mordida de su mano.

Ella notó un hormigueo en la nuca ante las palabras cargadas de él. Por un momento, quedó desarmada, pero en un instante trajo fuego a sus ojos y frío filo a su voz.

—No puedes morir por un sentimiento de culpabilidad. No puedes ofrecerte a los muertos; porque soy yo quien se quedará aquí, ¿me oyes? Soy yo quien te necesita, ¿quién crees sino que se hará cargo de una vieja como yo? ¡Coge todo ese orgullo, ese honor y ese amor propio estúpido y utilízalos para seguir adelante con tu familia! El mundo no funciona así, ¿me oyes? Hay más Thorns ahí fuera, ellos deciden y dictan, solo toca obedecer a veces y vivir a pesar de ellos. ¡Sé listo, Owen, aprende a nadar entre sus aguas y utilízalos a ellos también!

—No pienso ser igual. No puedo. Ni quiero. ¡Claro que hay más Thorn! ¡Y habrá más, siempre que la gente lo permita! Y aunque fuera de otra forma, aunque nunca sirviera de nada, al menos habré vivido como creo que ha de hacerse. Si caigo caeré yo, y no una sombra distorsionada de mí mismo.

Linda supo que lo había perdido, que estaba a leguas de distancia. Había sobrepasado el umbral en el que sería escuchada y la cuerda que los unía caía rota hacia el suelo.

Owen dejó la carta sobre la mesa, se puso el abrigo, se colocó el sombrero y recogió aquel pedazo de papel cerrándolo con fuerza entre sus dedos. Abrió la puerta y echó un último vistazo atrás.

—Me voy. Antes de partir iré a ver a Tom. Si algo saliera mal, ve a verle; él te dará todo lo que tenemos. Cógelo, es tuyo, te lo has ganado con el sudor de tu frente. Ve a la ciudad y pregunta por Tim O'Really, él se hará cargo de todo.

Ella no dijo una palabra; intentaba por todos los medios aplacar la ira que trepaba por su garganta.


Él asió con fuerza el picaporte, domó todo lo posible su voz y susurró unas últimas palabras antes de cerrar la puerta.

—Espero volver a verte.

lunes, 28 de marzo de 2016

Viejos lazos



Ilustración de Cortés-Benlloch

Las nubes ocultaron el sol. Una claridad grisácea moría en los montones de nieve sucia a los lados de la calle.

Caminaba con su vestido rayado, bueno y gastado, embozada en la manta verde y roja que su marido lució con orgullo en honor a la mitad de su sangre más anclada a esa tierra. Pasos cortos y decididos, figura encorvada para combatir el frío y bocanadas de vaho al aire.


Golpeó con los nudillos secos...


Silencio plomizo... arrastrar de dos sillas. Carraspeo varonil, algo ajado. Pasos pesados. Voz de aviso y cloqueo de cerrojo.

Un rostro cano y carnoso, algo descolgado por el arrastrar de los años, asomó tímido. Abrió los ojos al reconocer la visita; sonrió y envió una mirada instintiva hacia atrás antes de salir y entornar la puerta. Ella adivinó la presencia vigilante de su mujer.

—Hola Abby, ahora nos pillas en mal momento. ¿Qué puedo hacer por ti?


—Hola Owen. Tengo que pedirte un favor.


Su mano abandonó el abrigo de la manta con una carta en la mano.


—Abby, ¿eso no será lo que creo?


—Las noticias corren muy rápido...


—Tom, el herrero, habló con Peter...


—Es cierto lo que dicen, y ya sabes que mucho más queda por decir. Esta carta va dirigida a la familia de esa chiquilla, tiene que llegar a toda costa, sin que nadie sepa nada.


—Pero, ¿por qué ahora, tanto tiempo después?


Abby sonrió y la luz tenue reflejó en la mitad sana de su rostro.


—Esta vez es distinto. Bowler ha muerto y Maggy está con nosotros, ella puede convencer a las chicas para que hablen.


Owen miró a los lados y bajó la voz.


—Si Thorn se entera de esto, sabes lo que nos pasará. Nadie moverá un dedo para salvarnos.


—No si se entera demasiado tarde. Necesito que te asegures, personalmente, de que esta carta llegue a su destino.


Owen dudaba, miró un par de veces a la viuda, incapaz de decidirse.


Abby lo miró a los ojos; una mirada limpia, sin estrategias ni tanteos. Colocó de nuevo la carta ante él y cogió su mano.


—Es por Tad.


Owen rozó aquel pedazo de papel y recordó los días en los que Tad cabalgaba a su lado, protegiendo el camino. El olor a pólvora y miedo, la tensión metálica del ataque y el alivio invocado por un grito, cuando la sangre ajena devolvía la calma. Las charlas nocturnas al raso y el sabor inigualable del alcohol de una posta después de un duro día de diligencia. Recordó los chistes, las risas y la estupidez absoluta que dos bellezas insertaron en sus corazones sin ni siquiera conocerles.


Suspiró, dejó caer el rostro y bajó la mano. Entonces sus dedos rozaron la empuñadura del revólver y recordó que allí había estado todo ese tiempo. Buscó a tientas el percutor y colocó su pulgar encima, hasta que el frío abandonó el metal. Pestañeó, desenfundó la mano vacía y cogió con fuerza la carta.


—Por Tad se hará. Ahora vete, antes de que alguien pueda verte, ya me encargo yo.

lunes, 14 de marzo de 2016

Abby


 Ilustración de Cortés-Benlloch

Maggy se quedó mirando fijamente el candil, mientras oía los pasos de Jack alejándose. Escuchó los rudos nudillos golpeando madera y la voz del señor Thorn aceptando su entrada. Cuando llegó el sonido de la puerta cerrada, decidió levantarse.

Recorrió el pasillo y entró en una de las salas: lujosos sofás de piel, reclinatorios tapizados en verde, telas sedosas en paredes y techo y apliques de cristal iluminando tenuemente las pequeñas mesas que, cercanas a la pared, ofrecían al visitante diversos tipos de bebidas, tabaco y las armas necesarias para perseguir al dragón.

Era demasiado pronto para las visitas. Nadie aspiraba en busca de evasión, nadie se refugiaba en las sombras del centro de la sala, recostándose en los amplios muebles, embriagado por la calidez cárnica de las chicas que envolvían con suave y cercano canto, con sinuoso baile, a la presa, manteniendo su atención, extrayendo hasta la última pieza de oro que, como estrella fugaz, caería de sus manos a las de su señor Thorn.

Allí solo estaban las arrugadas manos de Abby, la viuda de Tad. Quien limpiaba con nervio y eficacia; con la soltura de quien realiza un trabajo durante años repetido. Pues, aunque hubo un tiempo en que caminó entre las chicas, una disputa con un cliente le acercó media cara a una estufa y allí dejó algo de su piel y de sí misma. La sombra en su rostro necrosó su alma pues ya no servía para lo único para lo que, pensaba, había nacido. Se dedicó a limpiar, siempre con el hotel cerrado, lejos de las miradas de los que antes anhelaban su presencia y ahora giraban el rostro con asco, sorna o condescendencia.

Fue entonces cuando alguien decidió acercarse: un mestizo flaco y leñoso, de cabeza gacha y chepa erguida, llamado Tad, que trabajaba como explorador, evitando las emboscadas a la diligencia del Sr. Thorn. Tad aprovechaba los momentos en que acudía al hotel, a recibir pagos y órdenes, para visitar a aquella sombría chica que no osaba jamás levantar el semblante. Abby sintió pena al ver a aquel hombrecillo, una pena terrible por ella misma y una terrible vergüenza al comprender que aquel individuo era todo lo que ahora podía atraer; decidió conservar el último resquicio de dignidad y cegar aquel camino. Mas Tad continuó visitándola, hablándole de los tiempos en que la observaba de lejos, mientras caminaba junto a las demás chicas, como si entre aquellos tiempos y los de aquel momento no hubiera diferencia alguna. Sus pupilas la admiraban de igual manera que entonces y reconocían su voz, su carácter y sus formas. El tiempo pasó y ella ablandó su barrera; solían charlar en medio de aquella sala, hasta que un día él se despidió con dos besos: uno en la mitad iluminada de su rostro, otro en la oscura. Fue ella quien, entonces, le ofreció sus labios y aceptó acompañarle el resto de sus días.

Tad no era rico, así que Abby continuó limpiando; mas encontró un sentido en su tarea, el magnífico destino de vivir su propia vida. Vivieron en una casa sencilla, sin grandes lujos ni objetos caros; aprendieron a diferenciar lo necesario de lo accesorio y observaron lo libre que es el ser humano cuando apenas necesita nada. Cuando Tad murió lo vistieron con una caja de pino barato y hundieron sus restos en suelo modesto con una madera cruzada sobre sus huesos; no importaba, pues ya no estaba allí. Abby se quedó con el abrigo de la casa, el confort de los recuerdos, el aire fresco de la libertad y una dignidad y orgullo como jamás hubiera creído posibles; pues cuando veía a los ricos clientes acudir al hotel, asfixiados por miles de sogas trenzadas de quisiera, debiera y pareciera, los lujos revelaban su trampa, el dinero su cortante filo y la eterna necesidad de huida cristalizaba en la embriaguez.

Maggy notaba aquel aire fresco que emanaba la viuda; esa despreocupación revitalizadora encerrada en aquel cuerpo viejo y reseco. La forma en que se comportaba; aquella humildad que, sin caer en sumisión, engendraba siempre la sorpresa necesaria para disfrutar y aprender. Tenía la certeza de que si había alguien dispuesto en aquel lugar a escuchar y plantearse seriamente sus planes, no era si no la vieja viuda de Tad y con aquella seguridad se dirigió a ella.

martes, 1 de marzo de 2016

Pactos



Observó que todo quedara en su sitio, revisó que no hubiera restos de sangre en su ropa ni en sus manos y abrió la puerta que daba al hotel.

Al otro lado, en un pequeño descansillo, sentada en una silla tapizada en rojo, esperaba Maggy, la principal joya de Thorn. Apoyaba sus delicadas manos en una mesita de cerezo lacado, en una pose dócil y sumisa. Un quinqué de cristal y metal dorado iluminaba aquel rostro, curiosamente exótico, que apuntaba sin evidenciar esa mezcolanza racial que tanto abominaban algunos en público y que tan intensamente idolatraban en privado.


Se quedó quieta, sin mover ni un músculo, obediente, con las palmas pegadas a la mesa. Solo sus ojos, azules y oscuros como el agua en noche cerrada, observaban inundándolo todo, en busca de información.


Jack recolocó instintivamente sus ropas, caminó con fuerza y carraspeó su voz.


—Ya está hecho.


Maggy suspiró, su rostro cambió de repente, aquellos ojos brillaron con fuerza y su boca se entreabrió con calma, despegando delicadamente los labios antes de emitir el cálido sonido de su voz.


—¿Y ahora qué, Jack?, ¿qué vamos a hacer?


Jack echó un vistazo al pasillo, más allá de la estancia, y contestó intentando no alzar la voz.


—Ahora hay que seguir lo acordado. ¿Has cumplido tu parte?


Maggy se repuso, quitó ambas manos de la mesita y fue rompiendo su pose mientras hablaba.


—Sí. El ayudante de Abe se fue especialmente contento. No vio salir a Bowler del saloon; por lo que a él respecta es tan posible que viniera aquí, como que abandonara el pueblo. Que crea una cosa u otra es tan sencillo como recibirle alguna que otra vez más.


—De eso no tengo la menor duda. Sé que algunas de las chicas son buenas, pero tú... algún día me explicarás cómo lo haces. Cómo puede ser que todos esos ricachones quemen billetes por ti.


Maggy encendió media sonrisa y su rostro se iluminó. Los ojos, atrayentes, observaron al matón y mordió su labio reprimiendo las primeras palabras; cuando lo liberó, había captado toda su atención.


—La primera diferencia entre las otras y yo, es que jamás hablo de ello, y que os conozco sin que tengáis que nombraros. No hacen falta respuestas, porque no hay preguntas para quien sabe leeros.


La llama del quinqué dibujaba aguas en su cara, iluminando zonas de aquel bello rostro a la vez que ensombrecía las cuencas de sus ojos y la parte siniestra de su delicada boca.


Por un momento Jack se sintió extraño, titubeó unos segundos y recuperó su forma a golpe de voz.


—Está bien, déjate de majaderías indias o lo que quiera que sea esa cháchara. Llámalo como quieras, pero al fin y al cabo se trata de envainarte al chaval. Haz lo que sea, pero asegúrate de que la próxima vez que venga, salga de aquí con la certeza de que Bowler ya no está entre nosotros.


Maggy se limitó a asentir y musitar un «eso es cierto».


—Si, bueno... El caso es que, por lo que a él respecta, Bowler habrá huido, llevándose todo el dinero. A partir de ahí ya es cosa nuestra. Thorn me dará el puesto de Bowler, y tú compartirás las ganancias conmigo.


—Pero, ¿no sospecharán nada?


—No quedan cabos. Bowler es el culpable perfecto; no estará para defenderse ni para acusar a nadie. Que caiga todo sobre él. Las chicas saben que Thorn tenía que hablar con él; la huida no hace sino incriminarle.


—Bueno, entonces ahora...


—Ahora nada, yo hablaré con el sr. Thorn; tú sigue a lo tuyo y preocúpate por que el chaval piense lo que hemos hablado.


Maggy asintió de nuevo y volvió a poner las manos sobre la mesita.


Jack comenzó a caminar, pero se detuvo un segundo.


—Una última cosa, ¿qué es eso que haces con el ayudante de Abe?


Maggy sonrió y colocó ambas palmas hacia arriba.


—No hablo de ello Jack, ni de él ni, dado el caso, de ti. Si quieres tus propias respuestas ya sabes donde encontrarme; pero no te saldrá gratis.


Jack rió y susurró un «maldita zorra», antes de que el silencio se adueñara de su boca y la curiosidad resonara en su mente.

lunes, 15 de febrero de 2016

Pagos

Ilustración de Cortés-Benlloch

«Espera aquí», fue lo último que le dijo una de las chicas de Thorn. Y allí estaba, entre las cuatro paredes de la vieja trastienda del hotel, sentado en una silla cochambrosa, sobre una sucia y raída alfombra llena de oscuras manchas.

Frente a Bowler, la pequeña puerta que daba al hotel permanecía cerrada, dejando pasar únicamente el murmullo incomprensible de dos voces.

Permaneció inmóvil, concentrado en buscar las palabras adecuadas. Aun quedaba algo de ira y la sensación de pérdida y abandono volvía a torturarle; el bálsamo de la embriaguez había desaparecido devorado por el frío cortante que aullaba a través de los viejos tablones. Pero se había dejado llevar, conocía el precio de los actos y estaba dispuesto a hacer todo cuanto fuera necesario para estar en paz con el señor Thorn.

Paseaba el pulgar por las yemas de los dedos, una y otra vez, mientras recreaba la conversación que, en breve, tendría lugar. Escogía y desechaba palabras, intentaba adelantar argumentos para ingeniar formas de rebatirlos; pero eso no era lo suyo.

Era un cabronazo, un tipo sin escrúpulos, fuerte cuando tenía apoyo, capaz de cualquier cosa a la sombra de alguien más grande; sabía que todo era más fácil si contaba con la mano capaz de salvarle de sus actos; los mismos actos para los que había sido instrumento. Era, en definitiva, un ejecutor y nada ni nadie podría librarle de su naturaleza. Debía, pues, hacer lo que fuera necesario para volver a la sombra del señor Thorn.

La puerta se abrió, una figura grande cruzó el umbral, anchos hombros, mandíbula cuadrada y manos grandes y toscas: Jack Crow, el matón de Thorn, entraba curvando sus labios, mostrando una sombra de dientes amarillentos.

Bowler se puso en pie.

—Jack, quiero hablar con el señor Thorn.

—Eso no va a poder ser.

—Escucha, ya sé que no es la hora acordada. Pero debo hablar con él.

—Ya te digo que lo veo difícil. Él no quiere verte.

El matón sonreía ahora más ampliamente. Sus ojos se entrecerraron y enderezó su cuerpo para aumentar su estatura.

—Vamos hombre, no estés tan abatido, era de esperar. Buena la has montado.

Bowler no contestó, se limitó a observar a aquel individuo que tantas veces había estado a su servicio. De nuevo la ausencia de Thorn hacía efecto, tanto tiempo acostumbrado a su sombra lo había dejado completamente indefenso. Aun así recordó quién fue y reunió el valor suficiente para continuar.

—Jack, no tengo nada que tratar contigo, no me moveré de aquí sin hablar con él.

—Y yo te repito que nadie más va a recibirte. Dime todo lo que tengas que decirle y yo se lo transmitiré.

El matón estaba disfrutando, separó ambos pies en pose ofensiva, plantándose entre él y la puerta que daba al interior del hotel y apartó un poco la base de su pelliza, mostrando el mango de un cuchillo Bowie.

—¡Maldita sea Jack, escúchame! Tú sabes que todo cuanto hicimos fue por él, y por este demonio de pueblo. ¡Atiende a razones, maldito hijo de mil padres!

Puede que fuera por la pelliza, quizás por el gélido frío que lo había estado hostigando, pero lo cierto es que aquel tipo parecía más grande de lo que nunca había sido. No obstante intentó sobreponerse, o al menos no ofrecer ninguna pista del estado en que se encontraba. Tenía pocas salidas y, por supuesto, dejar que aquel tipo creciera no era una de ellas.

Miró fijamente al puñal y a aquellas manos, potentes y rápidas, que, en más de una ocasión, habían tumbado a un hombre de un solo golpe.

—¿Qué crees que te pasará a ti, Jack? ¿Crees que será diferente? Acabarás igual que yo. No moverá ni un dedo por ti.

—Yo sé cuál es mi sitio. Sé muy bien lo que puedo y lo que no puedo hacer. Jamás mordería la mano que me da de comer. Esa es la diferencia entre tú y yo. Eras bueno Bowler, muy bueno, pero ya no queda nada de eso.

—Da igual lo que hagas, Jack. ¿Crees que te ha mandado a por mí por lo que dije en el saloon? Yo ya estaba perdido; lo sabía, por eso me dejé llevar. Llegará un día en que sabrás demasiado y te convertirás en una amenaza futura. Pasarás de ser su hombre fiel a su principal preocupación, porque pasará las noches pensando en el momento en que, voluntaria o involuntariamente, hables más de la cuenta y no hallará otra solución que quitarte de en medio. Y ¿sabes dónde acabarás? Sentado en una mierda de cuchitril, buscando la forma de demostrar que te cortarías un brazo antes que traicionarle; que nunca mereciste la duda.

—¿Has acabado? ¿O tienes algo más que añadir?

Seguía igual, como si nada. Entonces Bowler lo comprendió; al fin y al cabo tenía frente a él su propia imagen. En la mente de aquel tipo, todo cuanto le pasara le tenía sin cuidado; porque nada tenía que ver con él. Thorn era un hombre justo que administraba el castigo necesario a un traidor.

Bowler leyó el inicio en los ojos del matón y echó mano del revólver, notó el cañón liberándose de la funda y llevó el pulgar hasta la presión metálica, mas nada más pudo hacer cuando una de aquellas fuertes manos retorció su brazo y la otra apagó el brillo del puñal en su cuello.

Emitió un susurro, el siseo quejumbroso de alma expulsada. Cayó pesado sobre la alfombra, engrosando el número de manchas, y en ella fue envuelto y apartado hasta que llegara el momento oportuno de hacerse cargo de sus restos.

lunes, 1 de febrero de 2016

Sacudidas



Ilustración de Cortés-Benlloch

Abe dejó el cargamento en la trastienda y avisó a uno de sus ayudantes para que se hiciera cargo; mas el rostro de este lo alertó. Ni siquiera esperó a escuchar nada, pues hay gestos que indican urgencia con mayor claridad que cualquier ristra de palabras.

Cruzó el pequeño portal que daba a la barra y echó un vistazo a todo el saloon. Los primeros visitantes, tras dejar sus cosas en el hotel, hacían acto de presencia para calentar el cuerpo y entonar el alma. Gente trajeada con portes rimbombantes y miradas olímpicas. Algunos reclamaban la suerte con los dados, otros acababan de discutir asuntos imposibles de tratar en su lugar de origen y había quienes esperaban solos, impacientes, con brillo en los ojos, por lo que había de venir; todos y cada uno de ellos sostenían en su mano el pequeño recipiente de cristal lleno hasta los topes de dulce licor dorado. Solo un hombre llamaba la atención en medio de aquel paisaje, un tipo pequeño y enjuto de cara afilada que, sentado como un ser vencido, se aferraba a su mesa donde varios cercos indicaban la intensidad con que había comenzado su negocio.

Abe tuvo que fijarse bien para creer lo que estaba viendo. Se acercó a aquel hombre con cuidado, saludando y sonriendo a todo aquel con el que se cruzaba, hasta que estuvo a su lado y pudo hablarle en voz baja.

–Bowler, ¿se puede saber que haces aquí?

–Obedecer, Abe, obedecer.

–Pues obedece en otro sitio.

–A las 12 tengo que ver a nuestro buen señor Thorn. Solo estoy haciendo tiempo.

–Sabes perfectamente que nadie puede estar a estas horas por aquí.

El hombre se incorporó un poco, hasta alojar su espalda en el respaldo, miró fijamente a Abe, intentando mantener el equilibrio, y le contestó con tono alto y quebrado.

–Pues muy bien, señor Abe Edwards; si es lo que quiere, echaré un último trago y me largaré de aquí.

–Creo que no necesitas otro trago...

–¡Y qué sabrás tú! Sé cómo me miráis y lo que pensáis de mí, pero todos los de este maldito pueblo coméis del hotel. Y ¿sabes una cosa?

–Vamos Bowler, ahora no es el momento. Acompáñame, luego lo verás todo más claro.
Abe acercó sus manos para ayudarle a levantarse, pero Bowler rehusó con violencia y continuó hablando, aun con más fuerza.

–¡Ya lo veo claro ahora! ¿Sabes quien soy yo? El puto salvador de esta mierda de sitio. ¡Sin mí no habría nada! Yo soy el que carga con el peso. Soy el que hace lo que hay que hacer. ¿Sabes?, es por mí que todo es...

Abe lo miraba incrédulo, mientras mantenía sus sentidos anclados al resto de parroquianos y notaba el inicio de la bruma previa a la pérdida de control. Mantuvo la calma e intentó hacer razonar a aquel individuo de nuevo, mas Bowler parecía estar a días de distancia, inmune a cualquier argumento.

–Yo hice todo lo que hacía falta para mantener esto en pie. Estuve a su lado en todo momento, siempre dispuesto. Hice lo necesario sin importar el precio; ensucié mis manos porque él no podía hacerlo, y ¿cómo me lo paga? Al primer contratiempo me desecha. ¿Crees que no sé lo que significa esa visita? A las 12 Bowler y trae todo el dinero... Sé que ya nada quiere de mí. No me necesita; hasta aquí ha llegado señor Bowler, gracias por su esfuerzo. ¡Maldita sea!, le di todo, ¿sabes, Abe? Todo, con la creencia de que obtendría su apoyo cuando fuera necesario. Y ¿qué va a ser ahora de mí?

–Entiendo lo que dices. Pero no es momento ni lugar, ahora no estás en disposición de valorar nada...

Bowler se levantó lanzando la silla hacia atrás. Iracundo bramaba con el rostro enrojecido, señalando hiriente a Abe.

–¡Tú no entiendes una mierda! ¡Todo el día tras tu barra, sirviendo tragos, embolsándote el dinero de esta caterva de cuervos gordos!

Uno de los prohombres se levantó y lanzó una queja desde sus alturas. Bowler se giró como una serpiente, con una mano en la empuñadura de su revólver y contestó con rabia enrojecida, escupiendo saliva con cada sílaba.

–¿Qué vas a decir, ricachón! ¡Aquí no tienes voz! ¡Tú y todos los tuyos no sois más que una sarta de hipócritas! ¿Sabéis a por qué venís?

La pregunta quedó en el aire. Sus ojos apuñalaban el rostro asombrado del prohombre que apenas acertaba a armar una ridícula mueca de falsa serenidad.

Abe intentó recuperar el control de la situación, pero su boca permanecía encajada, su garganta se había cerrado por completo y no llegaba palabra alguna a su mente. Solo sus ojos y oídos seguían activos, recibiendo una información que ni siquiera él podía haber imaginado.

–Cada vez que os acercáis a una de esas inocentes jovencitas, tan delicadas y experimentadas, cada vez que acariciáis su carne y jodéis su alma, estáis jodiendo a vuestras propias hijas. No las vuestras, por supuesto, si no las de otros como vosotros, de otras ciudades y pueblos. Todo comenzó con hijas de gente adinerada, de piel cuidada y espíritu cultivado; pero poco a poco fueron arrebatándose flores de más altos jardines, y el calor que notáis entre sus piernas, no es otro que el que acunáis entre las sábanas de vuestro propio hogar. ¿Que cómo lo sé? Bien sencillo, ¡yo os las robé! Yo las saqué de vuestros hogares y las traje aquí, para que pudierais saborearlas.

Bowler se dio la vuelta y, andando hacia atrás, se dirigió a la puerta de salida mientras seguía escupiendo sus palabras.

–Pero lo peor de todo no es eso. Lo peor es que cuando yo me marche, solo os hará falta otro trago para olvidarlo todo. Alguno puede que sienta algo en las entrañas, pero la mayoría gozará, con mayor placer si cabe, al saber la verdadera naturaleza de lo que espera en el hotel del señor Thorn.

Bowler dejó atrás el eco de sus palabras entre batir de puertas. Observó a uno de los ayudantes de Abe dirigiéndose a toda prisa hacia el hotel y le siguió, decidido a aclarar las cosas fuera o no la hora indicada.

Dentro del saloon, el silencio dio paso al revuelo, la indignación y la vergüenza de los pocos que decidieron partir. El resto acogieron las copas que un aturdido Abe repartió más por instinto que por acción calculada y dejaron que los nervios se posaran y la bendita embriaguez los acunara de nuevo.