lunes, 29 de junio de 2020

Encinas y montañas


Sube el camino, se eleva la roca y crecen notas de verde sobre marrón oscuro. Ya no hay polvo alcalino.

Giran veloces las ruedas, dibujando discos diáfanos en plano. Pasan pinos y arbustos, resistentes, secos y eternos. La piedra está suelta, medio hundida en la tierra; orillas de musgo fresco toman la parte oscura de la sierra.

Pegados a la diligencia, dos grandes caballos estabilizan el bote; delante, dos más ligeros serpentean en cada curva de acuerdo a los toques de rienda.

Dentro nadie duerme. Se enrollan los cueros, los rostros se asoman, observan y asombran ante el nuevo lugar.

Conquistan la cuesta, pronunciada y agreste. Patty desde arriba, distingue la cima: pequeño valle, cercado de postes, casa de madera junto al fino arroyo de un manantial.

Señala Jake la zona, toca Sam las riendas, comienza la diligencia a variar el ritmo, aminoran el paso las bestias y todos los viajeros se estiran, pestañean y bostezan; buscan recuperar el cuerpo, despertando así los miembros dormidos y hablan un poco mientras el transporte se va deteniendo y se preparan para bajar.

De la casa asoma un tipo grande, pelo y barba enmarañados; se acerca sin armas a la diligencia, entornando los ojos para descubrir conocidos entre conductores y pasajeros. Sonríe y alza la mano al distinguir alguien afín.

—¡No me lo puedo creer, Jake Ruby y Patty Digger! ¡Estáis muy lejos de las zonas de pasto!

—Maldito alcornoque... —devolvió Patty entre sonrisas—

—Jajajajaja, Holmoak, reverenda, es Holmoak.

Jake baja de un salto y se acerca hacia el lugareño.

—¿Como va todo Henry? Veo que te has asentado bien.

—No me quejo, ya sabes que no sirve de nada.

—¿Siempre recibes desarmado a los extraños?

—Es la mejor forma de poder acercarse a alguien; tengo la vieja Parker en casa. Hace mucho descubrí que los cañones se saludan entre sí con demasiada facilidad.

—Bueno, te aseguro que aquí nadie piensa desenfundar. Este es Sam Summers —el conductor asiente un saludo—, como ves tenemos trabajo nuevo; las cosas pintan mal por abajo, así que habíamos pensado hacerte una visita.

Henry devuelve el saludo a Summers y suelta un hola claro a los que, poco a poco, Patty ayuda a salir. Devuelven uno a uno el saludo. Los Howard otean la zona buscando encuadres. Baja la señorita firme y femenina, pose marcial del este, aunque se adivina cierto cambio de postura, un atisbo de relajación tras el duro ajetreo del viaje. Y por último el viejo limpia sus anteojos mientras se acerca al lugareño.

—Buenos días, caballero, un placer. Quisiera agradecerle de antemano su hospitalidad y decirle que recordaremos su servicio.

—Vaya, pues de nada. No tengo gran cosa, pero si conocen a Patty y a Jake, no les ha de faltar algo de comida y un sitio donde dormir. Pueden dejar sus cosas en el porche. Dentro hay una habitación para las señoritas y por si Patty está cansada del olor a pies. Dentro hay una olla con guiso, pasen acomódense y echen tres trozos más de carne seca y un puñado de harina.

Summers va con los viajeros al porche. Se quedan Jake y Patty soltando caballos mientras charlan con su antiguo compañero.

—¿Novedades? —Pregunta Jake.

—Algo de jaleo por aquí. Pero no os preocupéis, estando más gente no habrá nubarrones.

—Si necesitas algo. —Interviene Patty.

Henry mira hacia arriba, al cielo despejado y sonríe.

—Ya me conocéis. No acostumbro a tener amigos para algo, se trata simplemente de aprecio. Aunque con vosotros eso de apreciar cueste más que masticar piedras.

Jake sonríe y ahoga la respuesta. Patty observa alrededor y fija la vista en el pequeño arroyo que discurre cerca de la casa.

—¿El agua?

Asiente Henry en respuesta.

—Entre otras cosas. ¿Qué le vamos a hacer, el mundo está ansioso por este abundante riachuelo! Pero no hablemos de cosas tristes. Contadme, ¿qué absurda idea os ha llevado a cambiar el ganado por personas?

—La culpa es de este —señala Patty a Jake—. Tiene un plan, hacia el oeste. Esto nos ayuda a movernos y nos dará de comer.

—Ya no hay sitio para nosotros, pero es posible que pueda hacerse uno nuevo.

Jake echa mano del bolsillo interior de su chaqueta, asoma un papel entre los dedos, pero se detiene.

—¿Sabes?, mejor luego. ¿Has dicho que tenías algo de comer? Esto se digiere mejor con comida y algo de beber.

Dejan los caballos junto a la casa, cerca de un pequeño cobertizo con leña apilada. Entran en la luz tenue de la casa, al abrigo del fuego y el sorprendente aroma de un guiso en el fuego. Van todos a la mesa y preparan estómagos.

—No suelo tener tantas visitas. Así que cada cual coja el recipiente que más le guste, aquí hay tres cucharas, cojan el resto lo que puedan para llevarse la comida a la boca.

Las primeras cucharadas demuestran lo increíble de que aquel engrudo pudiera saber tan bien. La señora Howard pone a prueba el ojo, fotografiando la estancia y fija la vista en una escopeta que cuelga de la pared.

—Hace mucho que no la despierto, señora. Un plato como el que tiene delante suele acabar más con el hambre de lucha que el plomo. Cualquier amenaza que sobreviva a eso, es que trae motivos más serios detrás... entonces no hablamos de duelo o batalla que solucione una bala, hablamos de guerra y en esas no sirve actuar con prisas, porque nunca llega el final.

Quedan los platos vacíos; unos encienden tabaco, otros beben algo y hay quien simplemente descansa, mientras entre todos tejen la conversación.

Acaban la velada y empiezan a prepararse para dormir. Patty, Jake y Henry salen afuera y se tumban bajo el cielo abierto, recordando tantas y tantas noches, charlando con los últimos rescoldos a un lado y arriba, eterno, el oscuro mar estrellado.

—¿Entonces?

Henry mantiene en boca la respuesta, sin apartar la vista de las estrellas.

—No sé, Jake, no sé. Podría dejar los animales a gente de por aquí, mientras no dé mi consentimiento, puedo ausentarme sin perder las tierras... pero no sé.

Los restos de la fogata atenúan el frío que de una forma agradable sacude los rostros en silencio.

—Buenas noches, alcornoque.

—Buenas noches, digger.

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