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lunes, 27 de abril de 2015

De guerras y batallas

Poco más de mediodía, sol oculto tras las nubes. Todo el pueblo está congregado frente al saloon. El hombre de traje blanco permanece en pie sobre el carro. A su izquierda se encuentra Ángel, asido a las riendas, con la mirada fija en el camino, lejano, pensando en la sangre, los muertos y en por qué no llegó a tiempo. Oye la voz mas no la escucha, esperando el momento de dar la orden de marcha, la única salida que les queda.

DeLoyd se mostraba firme, como capitán en su barco. Traje blanco impoluto, sombrero de paja y bastón con plata. Emitía una voz solemne, serpenteada de gestos enérgicos y fluidos. El brillo de Augusto relucía en su mano.

-Afirmar que no tenemos otra opción, supone resignarse; siempre hay otra opción, aunque sea la aceptación de la noche. Esta senda la tomamos por ser la más adecuada. No se trata de conformarse, sino de aprovechar todos los medios disponibles. Sé que saben luchar, bajo nuestros pies está la prueba de ello. Les he visto combatir como cien, al defender lo que es suyo. Y han aguantado lo imposible por salvar cada pedazo de esta tierra. Sé que de volver a ocurrir, actuarían de igual modo, porque nadie piensa en la huida cuando está defendiendo el hogar que ha sido construido con sus propias manos.

La gente miraba al hombre sobre el carro. Escuchaban atentamente y asentían de vez en cuando. Jimmy y Lily, puestos al corriente, estaban con el resto, dispuestos a lo que hiciera falta para defender su sitio en aquel extraño lugar; mas el Dr Well veía, aterrado, la proximidad de la sangre que creía haber dejado atrás. Vera estaba junto a Bison que se mantenía en pie con dificultad apoyado en unas muletas. Ralph miraba, rejuvenecido, ante el portal de su herrería, junto a un sombrío Edgar que había cambiado el libro de cuentas por un revólver en el cinto. Edward escuchaba con atención, mientras sus ojos recorrían cada una de las fotografías que tomó del campo de batalla.

-Y han de tener en cuenta que volverá a ocurrir. Moodley ha decidido tomar este sitio y usará todo cuanto tenga a su alcance para conseguirlo; no va a esperar ni a darnos más tiempo. Es mejor aceptar cuanto antes que las bestias solo han sido el principio. Amigos, les doy mi más sincera enhorabuena por haber sido Hércules: fuertes en determinación y fieros en el combate. Pero esta guerra no va a ganarse solo con la fuerza, es tiempo de ser Ulises. Sé que alguno podrá estar en contra y no le culpo por ello, mas desconocemos la naturaleza de lo que ha de venir, solo tenemos la fatídica certeza de que llegará. Es por eso que debemos avisar al sheriff de Oldrock city, que este organice una partida, y si hay que llegar a algún acuerdo para ello, que así sea.

Will Nake miraba desde el porche, sentado en su mecedora, con los pies apoyados en la barandilla y el gesto torcido. Echó un buen trago de café y escupió sonoramente en el suelo algo amargo que era incapaz de tragar.

-Bien, alcalde. Entonces nos queda perder el pueblo a manos de ese tal Moodley o dejarlo a merced de los de Oldrock, porque sus señoritos cobraran cara la ayuda. Ea, pues veamos lo que nos trae ese señor M. Si ha de quedárselo, que sea con nuestra carne encima, a ver si se le atraganta. Porque, digo yo, ¿no éramos idiotas?

Hubo un revuelo que sacudió hasta Jonowl y Tabitha, vigilantes en la colina. Las entrañas pedían defender lo suyo, pero las cabezas ansiaban conservar la vida. Fuera como fuera, algo quedaba claro: si la gente de la ciudad metía mano en el pueblo, todo cuanto habían construido se perdería. Un cable se destensó en cada estómago, tanto abajo como arriba en la colina, al resonar aquella frase: “¿No éramos idiotas?”... y brotaron las risas junto a las voces de aprobación.

DeLoyd comprendió que ninguno de ellos encontraría sentido a luchar por un lugar como cualquiera de los que habían abandonado; que solo se dejarían la piel por aquel sitio en medio de la nada: el triste río seco que separaba las destartaladas torres del saloon, la mina muerta, la colina junto a la arboleda y aquel conjunto tosco de casuchas. Sin aquel grano de arena en medio del desierto, nada tenían; ya que todo cuanto eran lo habían creado junto a aquel lugar. Realizó entonces su último intento, movió los brazos para recuperar la atención y jugó la baza intermedia.

-De acuerdo, tienen razón. De nada sirve salvar este sitio si los de la ciudad deciden sobre él. Pero ello, lejos de llevarnos a un callejón sin salida, nos marca la pauta a seguir. Déjenme, pues, que hable con el sheriff de Oldrock. Todos convenimos en la imposibilidad de que alguien decida sobre este pueblo, pero ello no invalida algún tipo de acuerdo económico. Por favor, esperen a que hable con esa gente a ver que acuerdo podemos conseguir. Debo actuar con presteza, porque los engranajes de Moodley siguen en marcha.

Se realizó la votación y las manos, algo dubitativas, se alzaron al final. Acordaron que ninguna influencia sobre el pueblo sería cedida, así como la negativa a aceptar tratos como el que Moodley intentó hacerles, pues ningún sentido tenía acabar pactando con otros lo que negaron en un inicio, poniendo en peligro sus vidas. Cualquier arreglo final debería ser asumible por el pueblo tal y como había sido concebido.

DeLoyd asintió, se despidió con brevedad, rompió la pose y, al ir a sentarse junto a Ángel, no pudo evitar que su rostro cristalizara las dudas que albergaba en el alma. Se quitó el sombrero de paja y Augusto extinguió su brillo.

Detrás quedaban ya las casas, la colina y la arboleda, engullidas por el horizonte. Tras el carro, solo las dos columnas de piedra se erguían gigantescas. DeLoyd seguía con el rostro nublado; los ojos desenfocados apenas distinguían las pequeñas variaciones del desierto. Entonces, su mano asió el brazo del conductor y sus labios susurraron una orden.

-Pare.

Ángel detuvo el carro. Todo a su alrededor era arena, un mar amarillo bajo un cielo gris sofocante. Solo una leve brisa rompía la asfixiante monotonía. Nada a la izquierda ni a la derecha.

-¿Y bien?

-No hay nada que hacer, Ángel. Dije de acudir por emplear hasta el último aliento, pero cualquier acuerdo pondrá a Canatia en una situación imposible de aceptar. Haría todo cuanto estuviera en mi mano, utilizaría cualquier medio; pero esta vez ellos tienen la solución y nosotros poco que ofrecer, salvo, desgraciadamente, lo que no queremos dar. Van a pedir lo mismo que quería Moodley.

Ángel asintió. Él, más que nadie, conocía a las gentes de Oldrock. Nada diferentes a los de otras ciudades, ni peores ni mejores, y, por eso mismo, perfectamente capaces de vivir en paz realizando lo indeseable en un lugar lejos de su hogar.

-En otro tiempo daría por hecho que había llegado el momento de abandonar, pues nada encontraremos al volver sino el fin. Pero por mucho que me repito lo absurdo de perder la vida en tales circunstancias, esta vez soy incapaz de irme sin notar un gélido e insondable vacío. No hablo de culpa ni de pena, hablo de pérdida. Es estúpido, porque miro allí y solo veo un puñado de cuadros y edificios toscos, huelo las ascuas del tabaco dentro de la pipa de maíz y escucho las voces y las risas de cada uno de esos individuos a los que jamás hubiera dedicado siquiera una mirada. Recuerdo todo eso, lo pienso y comprendo que no vale nada; apenas un puñado de monedas, que, sin embargo, soy incapaz de encontrar. Es tan estúpido que, definitivamente, solo puede ser cosa de idiotas...

Ángel seguía cabizbajo, mirando las riendas del carro que lo trajo allí por primera vez, su mano izquierda, herida por el viento y el sol, y el aplique de metal que Ralph le había hecho para cubrir el muñón del brazo derecho. Recordó el dolor y la sensación, aun latente, de poder cerrar cada uno de los dedos. Los dobló hasta formar un puño y algo despertó en su mente.

-Ellos... ellos DeLoyd. ¡Ellos nos ayudarán!

-¿Ellos quienes?

Ángel puso el brazo ante los ojos del hombre de blanco.

-¡Ellos, DeLoyd, ellos! ¡Esos malditos demonios! ¡Me costó una mano! ¡Dijiste que no les haríamos nada, que todo iría bien porque nadie más les permitiría continuar su vida! ¡Me costó la maldita mano, recuerdas? ¡Ya va siendo hora de que nos devuelvan el favor!

Durante un segundo pensó objetar, pero pronto se disipó toda duda. La espalda volvió a erguirse y los ojos enfocaron de nuevo, enfrentándose al entorno.

-¡Exacto, eso es! Ellos quieren... necesitan que todo siga igual y no van a conseguirlo con nadie más. Si Canatia cambia, el cambio se los llevará por delante. El acuerdo es sencillo y provechoso para ambas partes, los mejores pactos surgen de dichas cualidades. Amigo Ángel, los dioses han querido devolverle alguna cuenta pendiente, porque no ha podido tener mayor claridad en momento más oportuno. Ponga rumbo a la isla de las rocas, pero conténgase y déjeme hablar a mí.


-Sea, pero nada de dioses ni supercherías de esas. Esto ha sido cosa de un servidor, que dejé una parte de mí entre esos salvajes.

lunes, 29 de septiembre de 2014

Comienzos

Se levantó, renqueante, algo mareado por el traqueteo. Con los oídos taponados, se aferró a la barra de hierro y bajó los peldaños de metal. El vapor se disipaba por el andén mientras los ojos se acostumbraban al brillante sol y mostraban el comité de bienvenida: un hombrecillo embutido en un chaleco apolillado, una ciruela rígida y seca en traje negro y un par de jóvenes coyotes de ojos afilados y manos rápidas.

Los viajeros fueron pasando a su lado, dando algún que otro golpe, pero Ralph permaneció impasible, intentando adivinar cuál de aquella curiosa mezcla de individuos sería su contacto. El hombrecillo cogió la mano de una mujer de tantas curvas que marearía hasta a un marinero. La ciruela recogió a un muchacho de apenas doce años con cara de haber sido condenado a la horca y los coyotes apenas le miraron, lanzándose, entre risas y zalamerías, sobre un elegante hombre del este que caminaba, pobrecillo, a paso de billetera repleta.

Y allí quedó, con la máquina despidiéndose a silbido limpio, frente al andén vacío y los ojos inquisitivos del jefe de estación. Pensaba en si había sido buena idea llegar a aquel lugar, tan lejos de los verdes pastos; cuando, corriendo por el entablado, venía un temblor cárnico de anteojos encastados en narices redondas, sombrero en una mano y pañuelo blanco en la otra.

-¿Sugart, señor Sugart?

Y entonces vio la madera seca y ruidosa del andén, los bancos rotos, la mirada de reptil del jefe de estación y, notando el sol en su espalda, comprendió que aquel reloj hacía mucho que no pasaba de las 12. Por un momento, pensó en no contestar a aquel hombre, gastar parte de su dinero en un caballo y dar media vuelta hacia lo que verdaderamente conocía; pero había caminado demasiado ya.

-Sí, soy yo. ¿Usted debe de ser el señor Willbur, cierto?

El pañuelo absorbió el légamo perlado que cubría su frente y los dos mofletes subieron empujados por una generosa sonrisa. Hizo ademán de dar la mano, pero consideró más oportuno guardar el pañuelo y dejar tales cortesías para cuando hiciera menos calor.

-El mismo, señor. Un verdadero placer conocerle en persona. Doy por hecho que recibió mi mensaje.

-Así es, me lo comunicaron a medio viaje.

-¿Entonces, está de acuerdo?

-Bueno, su valedor es de confianza, si sus honorarios son los que indicaba, me parece perfecto.

Aquel hombre puso amigablemente la mano en la espalda de Ralph y le mostró el camino hacia el interior de la ciudad.

-Los honorarios son los mismos que le indiqué; trabajo justo a precio justo. Debe saber, no obstante, que cobro por adelantado; no por mí, por supuesto, sino por el coste de los trámites a realizar: dispensas gubernamentales, verificaciones notariales y un largo etcétera de burocracia agotadora de la que usted, amigo mío, a partir de este momento, ya no tendrá que preocuparse. Pero no quisiera aburrirle, ha tenido un largo viaje, ¿qué le parece si le cuento como voy a ayudarle echando un buen trago en el saloon?

-Me parece una buena idea. Se agradece la invitación.

-Bueno sí, ahora mismo... Mire, le diré lo que haremos, esta ronda la pagamos de mis emolumentos. ¿Conforme?

-Conforme.

Entraron al saloon y hablaron largo y tendido de los trámites a realizar. Frente a una botella de whisky, dos vasos y dos platos con patatas y carne asada, el señor Willbur pareció transformarse; comenzó a explicar los pasos, nadando entre términos legales y argot jurídico como pez en el agua.

-...porque antes de nada habrá que averiguar la validez de este documento. La buena noticia es que existe ese lugar, llamado Canatia, no muy lejos de aquí; por lo que solo falta averiguar que ese tal Jed tuviera algún poder sobre ese territorio. Supongamos que todo eso es correcto; bien, pues entonces nos queda prepararnos para defender su derecho a la concesión; este pueblo lleva tiempo en marcha y es posible que sus habitantes no quieran saber nada de viejas deudas. Será algo farragoso, pero no supondrá ningún problema, seguro que podremos llegar a un acuerdo agradable, ¿porque queremos estar a gusto allí, no?

-Por supuesto que sí.

-¡Exacto! Bien, por otro lado queda el tema del instrumental; y ahí, amigo mío, vuelve usted a dar en el clavo ya que puedo conseguirle a muy buen precio todo lo que sea menester para una fragua, tengo los contactos indicados. Considero que, teniendo en cuenta la cantidad acordada, podremos trabajar con holgura, es una inversión fuerte pero a cambio tendrá su parcela con casa y fragua todo en uno. ¿Y bien, le interesa o no contratar al bueno de Willbur?

-Me interesa. Pero a condición de que vaya con usted mientras duren los trámites y que la comida y bebida de los dos salgan de ese dinero. Debe hacerse cargo de que no me queda mucho más.

-Sea; un buen aliciente para acabar a tiempo el trabajo.

-De acuerdo entonces.

Chocaron las manos. Intercambiaron dinero por contrato y hablaron durante un rato de los pasos a dar, dadas las complicaciones de estar tan lejos de lugares más civilizados. Pero Willbur parecía tener práctica en esos asuntos y, una vez explicado, todo pareció más sencillo; para cada escollo existía un salvoconducto y para cada problema, los contactos necesarios. En un momento tenían descrito el plan de actuación y el fuelle bufando sobre las ascuas. Ralph se alegró de haber confiado en aquel hombre, a primera vista tan desastrado, hasta que el chirriar de la puerta trajo consigo la desgracia.

-¡Willbur, maldito canalla!

Un tipo grande, apareció en el umbral del saloon, con la figura recortada ante el exterior soleado. Un sombrero recto y gastado perfilaba los ojos de depredador, los pelos de las patillas sobresalían de su sombra, ofreciendo el perfil erizado de un felino en pie de guerra. Y el tronar de voz sonó de nuevo.

-¡Maldito gusano, no vas a salir de aquí! ¡Ya no hay más tiempo para ti!

Ante los ojos de Ralph, Willbur perdió la consistencia y fue encogiéndose en la silla, todo lo que antes era lucidez y palabra se tornaba ahora titubeo y perdición, como un rey arrancado de su trono.

-Tranquilo Sam, lo teng... lo tengo todo. Incluso más.

Pero aquel hombre, parecía no escuchar, avanzó apartando las mesas a manotazos como si no importara ya la gente que miraba ni el barman que, ignorado, intentaba calmar la situación. Alguno de los presentes salió corriendo, a sabiendas de lo que estaba a punto de ocurrir. Voló una mesa tras otra, abriendo senda a golpe de madera rota. Willbur reunió fuerzas para romper la cuerda que lo mantenía fijo y parlotear mientras agitaba, con ambas manos, la billetera que Ralph acababa de darle.

Ralph ni siquiera pudo emitir la mínima protesta, aquella bestia erizada, arramblando con todo a su paso, le había helado la sangre, tenía la certeza de que el mínimo ademán recibiría, en el mejor de los casos, un balazo en la frente. Y así vio cómo su dinero cambiaba de manos, cómo aquel demonio colocó su garra tras la cabeza del señor Willbur y restalló su cara contra la mesa; tomó un segundo, arrancó lo más hondo de su propia alma y escupió sobre aquel hombrecillo quejumbroso.

No dijo nada más, ni se giró para ver a Willbur alzarse con la cara ensangrentada. La puerta volvió a chirriar y la vida volvió a fluir. Solo el rastro de ira y el charco de sangre evidenciaban lo ocurrido. Y un Willbur aturdido, mirando con ojos desorientados, reunió las palabras adecuadas.

-Lo siento, señor Sugart, pero no puedo quedarme; lo ofrecido en ese pago no será suficiente y cuando lo descubra y vuelva, será a por mi alma. Le prometo que no me olvidaré de usted, tiene que confiar en mí; sé que no es fácil pero créame: un precio justo por un trabajo justo. Guarde ese documento, señor; le juro que en el futuro sabrá de mí.

Y allí quedó Ralph, sin dinero, con la sangre ya derramada, sin la satisfacción de haber infligido venganza. Apuró la copa, salió y se quedó sentando en el borde del porche, mirando fijamente al maldito papel que le había llevado, pobre iluso, hasta allí.

-La última vez que vi un papel de esos, amigo, el tipo tenía la misma cara que usted... curiosamente luego mejoró.

La voz llegaba desde lo alto de una diligencia. Hombre pequeño pero robusto, sombrero ancho y cigarro en boca a punto de encender. Donde debiera estar la otra mano, había solo un muñón con un asidero de madera sobre el que estaban enrolladas las riendas.

-Ángel Romero, a su servicio. Creo que sé a dónde debo llevarle.

lunes, 21 de abril de 2014

Un par de veces

El sol se despide, cabizbajo, envuelto entre nubes naranjas. Abajo en la tierra, las líneas de los tablones y los tejados comienzan a desdibujarse, los rostros lejanos pierden su identidad y el mar de plantas se unifica. Una instantánea ya conocida en la que solo destaca un grupo de personas, reunidas frente a un individuo, con un montículo de tierra entre ambos.

-...generoso, sencillo y humilde. Sin duda alguien valiente que demostró en su forma de despedirse que todavía existe quien no necesita afirmación para demostrar su valía.

DeLoyd hablaba, grave, respetuoso, solemne; con la dedicación expresa de quien aun es capaz de liberar el halo oculto de una verdadera ceremonia. Mantenía la atención del respetable, haciéndoles partícipes de cuanto estaba diciendo, consiguiendo la difícil tarea de colocar un poco de su estado anímico en cada uno de ellos.

Frente a él, los oyentes permanecían en silencio, con la mirada fija en la cruz de madera, clavada en el montículo de tierra recién removida. Rostros tristes por las palabras que llegaban a sus oídos,  algo desconcertados ante lo que estaban presenciando.

-Amigo, toma esta vez las riendas, con el mismo valor y determinación con que lo hicieras en vida y dirige tu voluntad al lugar que consideres oportuno. Así como ni las flechas ni el filo de las hachas de guerra consiguieron evitar que llegaras a tu destino; nada habrá de frenarte a partir de ahora. Ve pues, libre; nosotros velaremos tus restos.

Poco a poco, los participantes fueron abandonando el lugar, solo dos figuras permanecieron hasta que los últimos rayos de sol hubieron desaparecido. DeLoyd se sentó en una de las rocas y cargó su vieja pipa de maíz mientras observaba a la otra figura, cabizbaja, con el sombrero en la mano y el rostro lleno de preguntas.

-Sé que era importante para ti, pero deberías dejarlo ya. Los muertos tienen su lugar porque ya no hay sitio para ellos entre nosotros.

-¿Sabes?, aun me parece tenerlo aquí conmigo. Noto su presencia con la misma claridad con la que siento este maldito vacío.

DeLoyd raspó una cerilla contra la roca, acercó la llama a la pipa y aspiró hasta escuchar el crepitar rojizo del tabaco. Paladeó con calma el aroma antes de expulsar la bruma hilada y blanquecina.

-He escuchado antes historias así. Hasta años después se sigue teniendo la sensación de seguir teniendo aquello perdido. Pero no son más que ecos de ausencia, como el dolor pulsado de una herida; tal y como vienen, se marchan.

Ángel oía pasar las palabras, ligeras, carentes de sentido. Seguía hipnotizado con la mirada clavada ante el montículo.

-Podría obligarle a moverse... ordenarle abrir y cerrar sus dedos, hacerle escarbar la tierra húmeda y llegar hasta la superficie.

-Sientes que puedes, pero la realidad es que tú estás aquí vivo, sobre la tierra, y allá abajo descansa tu brazo, inerte, esperando a que un día le lleves el resto de las piezas.

-Tienes razón, es una sensación extraña. Pero, bueno, tampoco es algo muy común en la vida.

-No, he oído que solo puede pasar un par veces.

-¿Sabes lo que de verdad me preocupa ahora?

-¿No poder coger las riendas?

-¡Qué va! Eso lo llevo en la sangre, manco o no. Lo que de verdad me preocupa es no poder despistar dos botellas a la vez del saloon.

-Como te oiga Kornelius se arregla el piano con tus tendones...

lunes, 29 de julio de 2013

Reyes y fundadores


Las ruedas emiten un guiño a cada visitante, el carro entero reverencia a los que aligeran su carga. Cajas de madera claveteada cruzan la calle alzadas por cadenas de brazos, hasta cruzar el umbral de la gigantesca casa del alcalde. Son apiladas sobre suelo de madera añeja, retando combaduras y grietas; alzándose en torres que desafían vigas colosales, torcidas y carcomidas, hasta rozar el gigantesco techo desconchado.

lunes, 1 de julio de 2013

Ángel Romero

Caracol de madera y metal, deja el rastro de dieciséis pezuñas y cuatro aros. Recortado ante el sol, penetra el horizonte; audaz fragata que embiste las olas amarillentas de un mar de polvo seco. A ambos lados se alzan, desafiantes, gigantescas islas de roca lisa recortada por el viento con vastas planicies en sus cimas. Abandona la tierra conocida y aparece, insignificante, a punto de ser engullido por el océano.