Llamaron un viernes por la
mañana. Se encontraba sola, acabando su último bordado para la
fábrica de los Wildber. Había sobrepasado ya la edad límite en que una airada y graciosa jovencita se torna incómodo problema, los rumores crecieron y algún alma caritativa convenció a los Wildber de que la joven Tabitha debía centrarse en otro tipo de quehaceres.





