Olas de tañido metálico inundaron la
gigantesca sala. Cientos de manos colocaron las últimas
piezas, mientras enormes máquinas ahogaban sus movimientos hasta
la llegada de un nuevo día.
Minutos después, nada quedaba en
aquel lugar diáfano de columnas metálicas, salvo restos de
algodón suspendidos en el aire. Quieto, echó un último vistazo antes de marchar.






