lunes, 1 de febrero de 2016

Sacudidas



Ilustración de Cortés-Benlloch

Abe dejó el cargamento en la trastienda y avisó a uno de sus ayudantes para que se hiciera cargo; mas el rostro de este lo alertó. Ni siquiera esperó a escuchar nada, pues hay gestos que indican urgencia con mayor claridad que cualquier ristra de palabras.

Cruzó el pequeño portal que daba a la barra y echó un vistazo a todo el saloon. Los primeros visitantes, tras dejar sus cosas en el hotel, hacían acto de presencia para calentar el cuerpo y entonar el alma. Gente trajeada con portes rimbombantes y miradas olímpicas. Algunos reclamaban la suerte con los dados, otros acababan de discutir asuntos imposibles de tratar en su lugar de origen y había quienes esperaban solos, impacientes, con brillo en los ojos, por lo que había de venir; todos y cada uno de ellos sostenían en su mano el pequeño recipiente de cristal lleno hasta los topes de dulce licor dorado. Solo un hombre llamaba la atención en medio de aquel paisaje, un tipo pequeño y enjuto de cara afilada que, sentado como un ser vencido, se aferraba a su mesa donde varios cercos indicaban la intensidad con que había comenzado su negocio.

Abe tuvo que fijarse bien para creer lo que estaba viendo. Se acercó a aquel hombre con cuidado, saludando y sonriendo a todo aquel con el que se cruzaba, hasta que estuvo a su lado y pudo hablarle en voz baja.

–Bowler, ¿se puede saber que haces aquí?

–Obedecer, Abe, obedecer.

–Pues obedece en otro sitio.

–A las 12 tengo que ver a nuestro buen señor Thorn. Solo estoy haciendo tiempo.

–Sabes perfectamente que nadie puede estar a estas horas por aquí.

El hombre se incorporó un poco, hasta alojar su espalda en el respaldo, miró fijamente a Abe, intentando mantener el equilibrio, y le contestó con tono alto y quebrado.

–Pues muy bien, señor Abe Edwards; si es lo que quiere, echaré un último trago y me largaré de aquí.

–Creo que no necesitas otro trago...

–¡Y qué sabrás tú! Sé cómo me miráis y lo que pensáis de mí, pero todos los de este maldito pueblo coméis del hotel. Y ¿sabes una cosa?

–Vamos Bowler, ahora no es el momento. Acompáñame, luego lo verás todo más claro.
Abe acercó sus manos para ayudarle a levantarse, pero Bowler rehusó con violencia y continuó hablando, aun con más fuerza.

–¡Ya lo veo claro ahora! ¿Sabes quien soy yo? El puto salvador de esta mierda de sitio. ¡Sin mí no habría nada! Yo soy el que carga con el peso. Soy el que hace lo que hay que hacer. ¿Sabes?, es por mí que todo es...

Abe lo miraba incrédulo, mientras mantenía sus sentidos anclados al resto de parroquianos y notaba el inicio de la bruma previa a la pérdida de control. Mantuvo la calma e intentó hacer razonar a aquel individuo de nuevo, mas Bowler parecía estar a días de distancia, inmune a cualquier argumento.

–Yo hice todo lo que hacía falta para mantener esto en pie. Estuve a su lado en todo momento, siempre dispuesto. Hice lo necesario sin importar el precio; ensucié mis manos porque él no podía hacerlo, y ¿cómo me lo paga? Al primer contratiempo me desecha. ¿Crees que no sé lo que significa esa visita? A las 12 Bowler y trae todo el dinero... Sé que ya nada quiere de mí. No me necesita; hasta aquí ha llegado señor Bowler, gracias por su esfuerzo. ¡Maldita sea!, le di todo, ¿sabes, Abe? Todo, con la creencia de que obtendría su apoyo cuando fuera necesario. Y ¿qué va a ser ahora de mí?

–Entiendo lo que dices. Pero no es momento ni lugar, ahora no estás en disposición de valorar nada...

Bowler se levantó lanzando la silla hacia atrás. Iracundo bramaba con el rostro enrojecido, señalando hiriente a Abe.

–¡Tú no entiendes una mierda! ¡Todo el día tras tu barra, sirviendo tragos, embolsándote el dinero de esta caterva de cuervos gordos!

Uno de los prohombres se levantó y lanzó una queja desde sus alturas. Bowler se giró como una serpiente, con una mano en la empuñadura de su revólver y contestó con rabia enrojecida, escupiendo saliva con cada sílaba.

–¿Qué vas a decir, ricachón! ¡Aquí no tienes voz! ¡Tú y todos los tuyos no sois más que una sarta de hipócritas! ¿Sabéis a por qué venís?

La pregunta quedó en el aire. Sus ojos apuñalaban el rostro asombrado del prohombre que apenas acertaba a armar una ridícula mueca de falsa serenidad.

Abe intentó recuperar el control de la situación, pero su boca permanecía encajada, su garganta se había cerrado por completo y no llegaba palabra alguna a su mente. Solo sus ojos y oídos seguían activos, recibiendo una información que ni siquiera él podía haber imaginado.

–Cada vez que os acercáis a una de esas inocentes jovencitas, tan delicadas y experimentadas, cada vez que acariciáis su carne y jodéis su alma, estáis jodiendo a vuestras propias hijas. No las vuestras, por supuesto, si no las de otros como vosotros, de otras ciudades y pueblos. Todo comenzó con hijas de gente adinerada, de piel cuidada y espíritu cultivado; pero poco a poco fueron arrebatándose flores de más altos jardines, y el calor que notáis entre sus piernas, no es otro que el que acunáis entre las sábanas de vuestro propio hogar. ¿Que cómo lo sé? Bien sencillo, ¡yo os las robé! Yo las saqué de vuestros hogares y las traje aquí, para que pudierais saborearlas.

Bowler se dio la vuelta y, andando hacia atrás, se dirigió a la puerta de salida mientras seguía escupiendo sus palabras.

–Pero lo peor de todo no es eso. Lo peor es que cuando yo me marche, solo os hará falta otro trago para olvidarlo todo. Alguno puede que sienta algo en las entrañas, pero la mayoría gozará, con mayor placer si cabe, al saber la verdadera naturaleza de lo que espera en el hotel del señor Thorn.

Bowler dejó atrás el eco de sus palabras entre batir de puertas. Observó a uno de los ayudantes de Abe dirigiéndose a toda prisa hacia el hotel y le siguió, decidido a aclarar las cosas fuera o no la hora indicada.

Dentro del saloon, el silencio dio paso al revuelo, la indignación y la vergüenza de los pocos que decidieron partir. El resto acogieron las copas que un aturdido Abe repartió más por instinto que por acción calculada y dejaron que los nervios se posaran y la bendita embriaguez los acunara de nuevo.

lunes, 18 de enero de 2016

Puntales

Ilustración de Cortés-Benlloch

Pese a las bocanadas de vapor, notaba el calor latente emanando de su cuerpo. Flama vital que entonaba sus músculos y fundía el frío matinal.

Bill comenzó a colocar la carga en el porche trasero del saloon, junto a una vieja silla raída que su dueño se negaba a desechar.

La pequeña puerta de servicio se abrió y un rostro sonriente, de saltones ojos redondos y finos bigotes, saludó.

-¿Qué hay Bill?

-Ah, hola Señor Edwards; aquí le traigo lo que pidió. Peter no ha podido venir, traerá el resto esta la tarde.

-Abe, llámame Abe, Bill.

-Como quiera, señor Abe.

Abe sonrió socarronamente, se atusó el bigote y echó un vistazo a la mercancía.

-Cuando vuelvas, dile al viejo Cook que si continúa sirviéndome este whisky no quedarán clientes a los que abastecer.

-Dijo que vendría él a cobrar y de paso hablaría con usted.

-Perfecto.

Bill se dispuso a coger los bultos del porche para meterlos dentro, pero Abe lo detuvo con un ademán.

-Deja, ya lo entro yo, tú sigue descargando. ¿Qué tal va todo?

-Pues como siempre, sin novedad, salvo por lo del hotel...

-¿Lo del hotel?

-Pensaba que lo sabría.

Abe dejó un momento la caja y observó intrigado al joven.

-Primera noticia.

-Pues parece ser que ha llegado una chica nueva al hotel.

-Bien, eso es bueno. Si no se renueva la oferta la gente se cansa.

-Ya, pero dice Peter que es demasiado joven y no parece acostumbrada al negocio.

-Y ¿de dónde ha sacado Peter esa idea?

-Su mujer la vio entrar en el hotel...

-Apreciaciones, eso es lo que son. La señora Hill es un poco aprensiva con ciertos temas. Seguramente se dejó llevar por la edad de la joven, junto a sus propios miedos, y obtuvo conclusiones demasiado rápido. El negocio del hotel puede parecer poco ortodoxo, el párroco lo condenaría de no ser porque él mismo encuentra la paz en sus muros; pero es lo que nos mantiene vivos. Atrae mucha gente.

Bill dejó una de las cajas de whisky sobre uno de los barriles y escuchó con atención a Abe.

-Tú no estabas cuando plantaron las vías lejos de aquí. Muchos preguntaron qué hacer, se escucharon soluciones y quienes tenían medios para llevarlas a cabo fueron los primeros en abandonar el barco. Solo Luke Thorn se negó a marchar y apostó lo poco que tenía en seguir adelante con este pueblo. Lo cierto es que el hotel funciona bien, ofrece un servicio absolutamente renovable, y el ostracismo que pareció condenarnos acabó siendo nuestra mejor baza; algunos de los que verás aquí jamás aceptarían haber traspasado sus puertas. Son gente que asegura su anonimato a golpe de dólar y nadie escatima cuando se trata de su tranquilidad.

-Sabía que manejaban dinero, pero no tenía ni idea de que fuera gente tan importante.

-La primera regla es que no hay nombres, Bill. Solo el señor Tal, messié Cual e incluso alguna respetuosa dama acuden al hotel del señor Thorn. Esa nadería para ti, el simple hecho de obviar identidades, es vital para ellos y, lo que es más importante, un motivo para tenernos contentos y bien pagados. Muchos deben ser gloriosos hitos de dignidad y honradez, pasan su vida mostrando al resto cómo deben comportarse; este es el único reducto donde pueden reencontrarse con sus debilidades humanas.

Bill se quedó en pie, callado, masticando la información, intentando sacar la mayor cantidad de jugo posible.

-Pero eso son cuestiones que solo ellos pueden comprender en toda su magnitud. A ti y a mí, nos quedan felizmente lejos. Nosotros podemos caminar por donde queramos y ser fieles a nuestros impulsos. Nadie espera otra cosa, salvo lo que somos. Y si así lo hicieran, no harían nada más que chocar contra la fatídica barrera existencial. Hay algo que no debes olvidar nunca, Bill, si tú decides dejar estas cajas y partir, nada en el mundo se romperá; así pues, eres libre.

El joven enarcó las cejas, tragó un par de veces las palabras creadas por instinto y tomó unos segundos antes de hablar.

-Pero, ¿y si lo de la joven es cierto?, ¿y si no es de esas? ¿No supondría el paso que está a punto de dar, la entrada a una vida de la que no podrá salir jamás?

-Estoy seguro de que el señor Thorn solo trabaja con chicas del negocio. Pero aun siendo así, suponiendo que la muchacha haya optado por este trabajo, ¿podría alguien así haber acabado en un lugar mejor? Thorn trata bien a las chicas, muchas han encontrado un final feliz entre la misma gente de este pueblo: ¿qué me dices de la señora Hill?, ¿y la esposa de Tom?, por no hablar de la viuda del viejo Tad.

-No sé, es posible que viéndolo así...

-Claro que sí Bill. Anda, déjame que te ayude, se hace tarde y el viejo Cook te acabará diciendo cuatro cosas.

lunes, 4 de enero de 2016

Esfuerzo


 Ilustración de Cortés-Benlloch

La llave giró y sonaron cloqueos secos en las entrañas de la cerradura. Los goznes de la puerta chirriaron, presentando la oscura estancia, preñada del helor de la madrugada. Abrió los postigos y las contraventanas dejaron pasar la luz pálida; dentro, estantes atestados de los más variados objetos, un mostrador de madera añeja y una flamante caja registradora tan elaborada que parecía digna del mismísimo rey sol.

Eliah P. Cook colgó su sombrero, dejó el abrigo en la pequeña estancia que hacía de trastienda y comenzó a repasar los productos hasta que alguien le interrumpió.

-¿Se puede, Sr. Cook?

-Ah, hola Bill.

Un joven delgado y pecoso permanecía en la entrada, con el sombrero entre las manos y el rostro cabizbajo.

-Disculpe el retraso.

-No te preocupes. Ya sabes dónde está todo.

Se colocó el mandil y comenzó a sacar los paquetes que debía cargar en la pequeña carreta de madera.

Cook supervisaba el proceso con su dorado reloj de bolsillo en la mano.

-¿Sabes, Bill? Acabo de cruzarme con Peter, el del carromato. Venía todo preocupado.

-¿Le ha pasado algo?

-Sería más adecuado preguntarse por lo que le viene pasando. La respuesta es la de siempre: Lisa. Resulta que su señora está algo afligida por la llegada de la última chica del Sr. Thorn, una adquisición joven y ajena al negocio; valiente problema, el tiempo y la costumbre lo solucionarán. En realidad lo único que ocurre es que cualquier referencia a su pasado le tuerce el alma, ya me entiendes.

Bill seguía a lo suyo mientras escuchaba.

-Pues bien, no sé por qué demonios va el maldito Peter y decide escucharla y ponerse a darle vueltas al tema; como si alguna nube de polvo emborronara sus prioridades. Se lo intenté hacer entender, pero cuando se marchó me miró con los ojos vacíos como si no comprendiera una mierda de lo que le había dicho. Todos tenemos claro lo que hay que hacer para vivir, ¿no Bill?

El chico asintió, mientras sacaba una de las sillas.

-Claro que sí, y más alguien tan responsable y buen trabajador como tú. Tú sabes cuál es tu sitio.

Bill sonrió mecánico, reconociendo el áspero yugo en el halago.

-Por supuesto que todos preferiríamos que la principal atracción de este pueblo fuera otra; qué se yo, las nubes, el clima o los atardeceres en las colinas... pero nada de eso se vende, hijo. La verdad es que si no fuera por el Sr. Thorn y sus putas, este pueblo hubiera muerto después del fracaso del ferrocarril, ¿verdad?

Bill contestó a media voz mientras cargaba una caja de botellas de whisky.

-Claro que sí. Hay cuestiones que un hombre tiene que plantearse y otras que no; es así de sencillo. Uno tiene que trabajar, ponerse a ello en serio y no parar hasta lograr sus metas. Mientras mantengas la cabeza en lo tuyo, no tendrás tiempo de preocuparte por nada más. Yo, por ejemplo, he logrado todo esto a fuerza de voluntad y tesón. Disciplina de trabajo es lo único que hace falta, hazme caso, nada de estupideces accesorias que no hacen nada más que distraernos del verdadero cometido.

El Sr. Cook estaba apoyado en el mostrador, mientras acariciaba con el pulgar su reloj de bolsillo.

-Trabajo duro, sí señor. No hay otra manera de conseguir el éxito.

El joven dejó la última de las cajas en la carretilla.

-Bien hecho, hijo. Ahora llévalas al saloon. Y nada de cobrar, ya hablaré yo luego con Abe. Acuérdate de pasar por Tom y traerte los cubos y los herrajes. La segunda carga la llevará Peter esta tarde cuando se acerque con su carro; si es que a su señora le parece bien, claro está.

Rió el Sr. Cook y miró a Bill esperando complicidad. Este sonrió un tanto cansado y resopló una despedida antes de comenzar el recorrido al saloon de Abe.

lunes, 21 de diciembre de 2015

Mejoras

Ilustración de Cortés-Benlloch

La luz de la mañana, grisácea y tenue, aclaraba la tierra escarchada de la única calle del lugar. Dos hombres acudían a su encuentro. Uno, de andar cansado, traje recio y cara afligida; otro, de caminar irregular, rostro redondo e indumentaria formal.

Peter caminaba con los acontecimientos recientes enmarañando aun la razón. Aceleró el paso, devorando la distancia en que el saludo es irrelevante y la mirada se vuelve incómoda, hasta que una clara sonrisa apareció en el rostro del Sr. Cook y las palabras se llevaron todo recuerdo de la disputa.

-Peter Hill, buenos días tenga usted.

-Buenos días, Cook. ¿Qué tal van las cosas?

-Pues la verdad, no puedo quejarme. Las cosas van muy bien últimamente. Mire lo que me acaba de llegar.

El Sr. Cook sacó la mano de su chaleco y mostró un reluciente reloj de bolsillo dorado. Pasó el pulgar por él, acariciando el grabado en que aparecía su nombre: Eliah P. Cook.

-Es de uno de los relojeros más reputados del país, hecho expresamente para mí con los mejores materiales; nada de baratijas. La maquinaria es increíblemente precisa y en la esfera aparece, marcada con mis iniciales, la hora de mi nacimiento.

-Ha debido costar lo suyo.

-Lo suyo y lo mío, amigo. Pero ya le digo que ha valido la pena. Llevaba meses esperando que llegara.

Estaba encantado con aquella pieza. La admiraba, abriéndola y cerrándola una y otra vez, mientras hablaba.

-Ciertamente, desde que comenzaron a venir todos esos señores de ciudad, las cosas han mejorado bastante por aquí. Pero qué le voy a contar a usted. Seguro que recuerda el tiempo lejano en que se veía obligado a dormir en un cuartucho, junto al resto de trabajadores.

-Ya lo creo. Como para olvidar aquellos días y el hedor de la habitación. Aunque guardo un buen recuerdo del viejo Gus, de Nat, Alfred y los demás.

-Por fortuna, las cosas han cambiado mucho para todos. Mi tienda nada tiene que ver con lo que era y ahora usted puede disfrutar de casa propia y un trabajo con el que vivir cómodamente.

-Cierto, ahora mismo iba a ver si Tom ha podido arreglar el eje del carro, ayer empezó a hacer ruidos y prefiero ir antes de que sea demasiado tarde.

-Sabia elección. ¿Y su señora, qué tal está?

El rostro de Peter se ensombreció.

-Está bien, aunque algo preocupada. Al parecer ha llegado una chica nueva al hotel, parece algo más joven e inexperta de lo acostumbrado... pero bueno, son cosas de mujeres, supongo.

-Por supuesto, amigo. No debe preocuparse, se trata de tribulaciones innatas a su género; más aun teniendo en cuenta su infeliz pasado.

Peter encajó mal aquellas últimas palabras y un golpe de calor se concentró en su rostro.

El Sr. Cook leyó su expresión y se apresuró a embrear su charla.

-Pero es comprensible. Está bien que ocurra en ellas; forma parte de su naturaleza y a ella deben responder. Toda esa simpatía, esa conexión extrema que roza lo absurdo, se tornará virtud en el momento de cuidar la progenie. Nuestro caso, por otro lado, es diferente. Debemos permanecer al pie del cañón sin que nada ensombrezca nuestro ánimo. Uno no puede permitirse ese tipo de sensibilidades.

El Sr. Cook observó de nuevo el reloj, deteniéndose en el pulido especial de los bordes, la tibieza sedosidad del metal y el trazo regular y armonioso de las marcas de la esfera. Empujó con delicadeza la tapa, regodeándose en la suave presión y el claro y limpio chasquido del mecanismo de cierre, y una sonrisa infantil apareció en su rostro.

lunes, 7 de diciembre de 2015

Semillas

Observaba, entre las esquinas heladas de la ventana, la puerta ya cerrada. Seguían presentes en su memoria los ojos asustados de aquella joven. No hubo sonidos, pero resonaba el ruego suplicante en su cráneo, mientras maldecía la gélida zarpa que aprisionó su cuerpo y su voz. Quisiera haber podido avisarla, haber evitado su entrada y detener, con solo un gesto, el fatal desenlace que había comenzado cuando aquella joven traspasó el lujoso umbral.

Un carraspeo, seguido de un golpe de tos seca y arrancar de flema, la extrajo de su ensimismamiento.

Rascar de ropa interior de cuerpo entero, chasquido de lengua y pasos arrastrados hasta la jofaina.

Escuchó el sonido de agua vertiéndose sobre recipiente de porcelana, resoplidos y frotar húmedo de rostro y toalla.

-Buenos días, mujer. ¿Qué haces ahí?

Se giró con una sonrisa amplia, de fondo triste.

-Buenos días. Ha llegado una chica nueva al hotel del Sr. Thorn.

-Ah.

El hombre dejó la toalla y apartó una de las sillas de la pequeña estancia; se acercó y colocó ambos brazos sobre la sencilla mesa de madera. A su espalda, la cocina rugía entre llamas y ascuas, y brotaba, humeante, el agradable aroma a café.

-Peter, es solo una chiquilla.

-Algunas empiezan pronto, Lisa... Bueno venga, ¿vamos a desayunar o qué?

La mujer puso un plato con carne seca, huevos y algo de pan ante su marido. Cogió la cafetera, envolviendo el asa con un trapo, y se detuvo un segundo.

-Pero es que ella no es de esas.

-Lisa, dejémoslo estar, ¿de acuerdo? ¿Has hablado con ella acaso? Es asunto del Sr. Thorn.

El hombre masticaba feliz y acercó la taza en busca del caldo negro.

-¿Y tú?, ¿no comes?

Ella se sentó frente a él, apoyando las manos delicadamente.

-No, no tengo hambre.

Él cerró los ojos y resopló.

-He dicho que lo dejemos estar. ¿Me oyes?

-Pero, Peter, es que estoy segura de que esa chiquilla no es de esas. No sabe dónde ha acabado. Solo de pensar todo por lo que va a pasar...

El hombre descargó el puño cerrado y comida y café se mezclaron sobre la mesa.

-¡He dicho que no se habla más! ¡Eso es cosa del Sr. Thorn y nosotros no tenemos nada que decir! ¿Tengo que recordarte que si no fuera por él, tú aun seguirías allí, entre esas cuatro paredes? ¡No olvides que fue él quién te permitió venirte conmigo! ¡Es él quién ofrece el trabajo que trae comida a la mesa y mantiene vivo este pueblo!

Ella dejó el silencio como respuesta y quedó la bruma eléctrica flotando en el ambiente. 

El calor latía en las sienes del hombre, producto de la ira que brotaba, fruto de la contradicción. Cogió la taza y bebió el poco café que quedaba aun dentro, apartó el plato y se levantó.

Ella lo siguió con la mirada mientras se cambiaba en el dormitorio. Siguió sin decir nada hasta que escuchó un acallado "Adiós", acompañado de un portazo, y se dirigió de nuevo a la ventana, fijando la vista en el lujoso hotel.

Abajo, el hombre cruzaba la calle con paso nervioso. No pudo evitar echar un vistazo arriba y sus ojos se cruzaron; bajó la mirada y continuó su camino. A lo lejos, distinguió los descompasados andares del dueño de la tienda local y acudió a saludarlo.

martes, 24 de noviembre de 2015

Negocios

Un sol frío, hijo del alba, iluminaba tenuemente el pueblo dormido. Solo dos figuras se distinguían: un hombre adulto de rostro cuidado y ademanes seguros, en pie ante la puerta entreabierta de un lujoso edificio, y una joven, náufraga en el polvo frío, de grandes esmeraldas en un asustado rostro de suaves rasgos y pequeña boca tímida y carnosa.

-Vamos, pasa y hablaremos tranquilamente.

El viento gélido atravesó las calles, removiendo espirales de tierra en las esquinas, sacudió el vestido de la joven y robó un mechón de pelo a su tocado.

Intentó valorar lo que estaba ocurriendo antes de responder, mas la incertidumbre y el vértigo se arremolinaban en su cabeza.

-¿Pero... qué ocurre con el Sr. Bowler? Él me dijo que se encontraría conmigo allí, en el puesto de la diligencia.

El hombre miró al suelo, alzó la vista con los ojos apagados y negó con la cabeza.

-Lo lamento señorita, pero el Sr. Bowler no va a poder venir.

Los ojos verdes parpadearon y sus labios se entreabrieron en dudas y objeciones.

-No, lo siento. Falleció con todos los que iban en la diligencia de la semana pasada. Encontraron los cadáveres hace tres días, desprovistos de sus ropas, con la cabellera arrancada. Por eso mismo, ha tenido que viajar de noche; y aun así puede dar gracias de haber llegado con vida.

-Pero, el Sr. Bowler... él debía hacerse cargo de mi dinero, de mis cosas y de mi estancia aquí.

-Hará un par de días, salió una partida en busca de cualquier rastro. Si encuentran algo, no le quepa la menor duda de que le será devuelto. Pero, sintiéndolo mucho, es mejor que no cuente con ello.

-¿Y no dejó el Sr. Bowler ninguna indicación?

El silencio de aquel hombre dio la respuesta.

-¿Alguna orden de pago en el banco?, ¿una habitación reservada a mi nombre en el hotel?

-No hay constancia de nada así y todo cuanto llevara consigo se perdió con su vida... Será mejor que pase, jovencita, hace frío.

Él se apartó y abrió un poco más la puerta. Dentro, la nobleza de la madera, iluminada por la calidez de una de las lujosas lámparas, rivalizaba en confort con la suavidad del tapizado granate de muebles y paredes.

La joven podía notar el agradable calor que manaba de dentro y un acogedor olor a perfume sutil y agradable. Afuera, el frío cortante y la humedad acrecentaban el hedor del polvo y la suciedad posada.

-Ahora mismo no tengo con qué pagar.

El hombre la miró compasivo y habló con tono esperanzador.

-Si ha sido usted sincera, dinero no le ha de faltar. Lo que llevara encima el pobre Sr. Bowler debe darlo por perdido, lamentablemente, pero no así con lo que tenga en su banco. Lo único que tiene que hacer es contactar con ellos. Envíe una carta en la diligencia de la semana que viene y, en un periodo de quince días a un mes, podrá disfrutar de su dinero.

La joven miró con renovadas fuerzas a aquel hombre y una amplia sonrisa se dibujó en su rostro. Subió un poco el vestido y movió uno de sus pies hacia el escalón de madera, dispuesta a coronar el entarimado del porche.

-Pues claro que he sido sincera, señor. Entonces, ¿cree usted que en ese tiempo podrá arreglarse todo?

-Por supuesto que sí. Solo unos días y podrá volver a disfrutar de todas sus comodidades.

Se asomó al umbral y el confort del calor la envolvió. Frente a ella, al final de la sala, una estufa de hierro al rojo vivo mecía la realidad con su calidez. A un lado, sobre una de las mesas, estaba dispuesta una humeante taza de té con leche, junto a un plato de pasteles y mermelada.

Sus ojos escudriñaron la comida y no pudo evitar relamerse. El hombre sonrió divertido y apoyó la mano en su espalda.

-Venga pasa, iba a desayunar ahora mismo. Algo me dice que te vendrá bien comer un poco.

-Pues la verdad es que no he probado bocado desde ayer por la tarde.

-También agradecerás un baño caliente, seguro que tenemos algo de ropa que pueda servirte.

-Se lo agradezco mucho, señor. En cuanto tenga mi dinero le pagaré todo el gasto que pueda ocasionar estos días, además de una justa compensación por las molestias.

-Bueno, eso no será necesario. Hasta que el dinero no se haga efectivo, será mejor que trabajes aquí. No es que desconfíe de ti, pero debes comprender que lo primero es velar por mi negocio.

La ilusión de la joven se quebró por un momento.

-Jajaja. ¡Vamos, no pongas esa cara! Considéralo simplemente como una aventura en el salvaje oeste. Será solo por unos días. En este hotel tratamos muy bien a nuestros empleados. Piénsalo, tan solo quince días y después podrás volver a tu vida anterior; si quieres podemos guardarlo en secreto, aunque, en mi opinión no hay nada vergonzante en el trabajo bien hecho. Quién sabe, lo mismo hasta es posible que acabes ganando más de lo que ganarías en el sitio del que vienes.

El frío de la calle azotaba su espalda, colándose por el pequeño resquicio que había entre su tocado y el cuello de su vestido. Sentía sus pies congelados, apenas notaba los dedos al moverlos. Mientras sus manos, al otro lado del umbral, se extendían ante el embriagador calor de las ascuas acunadas por el hierro.

-¿Y bien?, ¿qué dices, jovencita?

Ya lo había decidido. Un segundo antes de traspasar la entrada, envió una fugaz mirada al gélido exterior. Solo una ventana se entreabrió en una de las casas y un rostro de una mujer entrada en años la miró fijamente; parecía querer comunicarse pero no emitió sonido alguno; se limitó a observarla con la mirada triste, desesperada, hasta que la puerta se cerró y anuló todo contacto.

Calmó la duda con sorbos del humeante tazón y el morder crujiente y sabroso de los pasteles. El hombre le acercó el tarro de mermelada.

-Voy a indicar que te preparen una habitación y un baño. Come todo cuanto quieras y descansa.

Abandonó la sala, perdiéndose en uno de los pasillos donde el rostro de otra joven se asomaba curioso.

-Bertha, deja de espiar y prepara sus cosas. De momento dejadla que coma y descanse tranquila. Más adelante, avisas a Maggy y le dices que le explique cómo van las cosas aquí.

Siguió caminando, pero se detuvo al instante.

-Ah, y dile a Bowler que pare por un tiempo y que tenga más cuidado con las que elige; la chica es buen material pero apuntar demasiado alto puede traernos problemas. Dile también que quiero todo el dinero encima de mi mesa antes de mediodía.

martes, 10 de noviembre de 2015

Concatenación

-No lo puedes negar. 

-No lo niego, Brown. Ni yo ni ninguno de estos.

Los cuerpos, colgados del gran árbol, yacían frente a ellos mecidos por el viento.

-Pero estarás de acuerdo en que esta no era la manera.

-No lo era, pero, ¿qué más da?

El sheriff Duke observó más allá: el horizonte dorado, donde las nubes desaparecían y el sol fundía cielo y tierra.

-Piensa en la tranquilidad que traerá la ausencia de pistoleros.

-Pero, no todos lo eran.

-Si alguno no lo fue, está muerto. Nadie reclamará su cuerpo ni sufrirá su falta. Nada les ata a este mundo, solo un puñado de conocidos que continuarán sus vidas como si tal cosa.

-Aun así había algo en ese, el tipo que venía del norte. ¿No has visto cómo te miraba? Creo que nos equivocamos, casi me jugaría el cuello por su inocencia...

Duke echó un vistazo al rostro del cadáver: desencajado, con el odio y la incredulidad congelados en las pupilas. Recorrió el cuerpo hasta llegar al pie del árbol, donde un grupo de hormigas se abalanzaban sobre una presa que se revolvía inútilmente.

-Olvídalo Brown. Ahora importan tan poco como ese miserable insecto. Son solo sangre seca y carne muerta. Deja que se vayan al infierno y con ellos todos los fantasmas de este lugar.

Pero el tiempo pasó y los asaltos, robos y asesinatos no cesaron. El árbol obtuvo sus macabros frutos, cuerpos ajenos a aquella tierra, y el sacrificio expulsó por un tiempo el miedo del pueblo.

Mas continuó el desastre y se acabaron las ofrendas fáciles. Los asesinos seguían sin aparecer y, ante la imposibilidad de encontrar un nuevo culpable, todos miraron hacia atrás. Empujados por la desesperación, estudiaron los ahorcamientos y las actuaciones pasadas.

Fue entonces cuando brotó, tímida, una insinuación susurrada al oído idóneo: ¿y si fuera el mismo sheriff?, ¿quién sino había acabado con tantas vidas, calmando al rebaño, ganando tiempo para seguir con sus canalladas?

Y la insinuación, avivada por el temor, mutó de boca en boca, de conjetura a sospecha; silenciosa en inicio, creció abrazando la ambigüedad como escudo, hasta que todos encontraron la fuerza en el brazo de al lado. Unos a otros acabaron las frases, enhebrando los argumentos en un tejido común, odio por encargo, anclado en lo etéreo y escuchado.

La maquinaria se puso en marcha. El mismo sheriff Duke reconoció el gélido siseo de su criatura, el arrancar crudo de raíz y el cambio drástico que efectuaba en el hombre.

Echaron su puerta abajo una mañana gris. Tiraron de él hacia afuera y colgaron la soga del mismo árbol.

Notó las manos recias del verdugo, el abrazo atroz de la cuerda y un temblor eléctrico que recorrió su cuerpo.

-Duke Mulligan, ha sido sentenciado a muerte por asesinato, robo a mano armada, asalto y estafa. Que Dios acoja su alma, que su cuerpo alimente la tierra...

Apenas podía coger aire, imposible hablar; de todas formas, ¿qué importaba?, ya no quedaba nadie dispuesto a escucharle. Frente a él solo había extraños. La maquinaria había hecho su trabajo: solo un puñado de conocidos que, tras consumirse su vida, seguirían como si nada.

Entonces sintió el vértigo del parpadeo previo a la desaparición. Un minuto, puede que menos, el tiempo exacto de acabar aquella cháchara y dar la palmada al caballo que lo desterrara al vacío.

Ese minuto se eternizó, desagradable y estático. Las vidas segadas pasaron sombrías frente a él. Y observó entre los presentes al joven Brown, su ayudante, luciendo la placa. Adivinó las voces en su mente, la ausencia de toda responsabilidad y esa mirada calma y soberbia de quien está frente a un mero insecto.

Entonces escuchó la palmada, sintió su estómago trepando hasta la garganta, empujando el nudo hacia el cráneo, estallando en lágrimas de presión. Durante aquel vacío inacabable, concentró todas sus fuerzas en escupir un deseo; brilló como nunca, loco, pletórico e hiriente, hasta sentir la certeza de que aquel que tenía delante acabaría sus días allí colgado. Vislumbró una sombra de espanto en la cara de su antiguo ayudante y un embrión de carcajada surgió cuando la soga tiró de su cuello hasta apagarlo.