martes, 1 de marzo de 2016

Pactos



Observó que todo quedara en su sitio, revisó que no hubiera restos de sangre en su ropa ni en sus manos y abrió la puerta que daba al hotel.

Al otro lado, en un pequeño descansillo, sentada en una silla tapizada en rojo, esperaba Maggy, la principal joya de Thorn. Apoyaba sus delicadas manos en una mesita de cerezo lacado, en una pose dócil y sumisa. Un quinqué de cristal y metal dorado iluminaba aquel rostro, curiosamente exótico, que apuntaba sin evidenciar esa mezcolanza racial que tanto abominaban algunos en público y que tan intensamente idolatraban en privado.


Se quedó quieta, sin mover ni un músculo, obediente, con las palmas pegadas a la mesa. Solo sus ojos, azules y oscuros como el agua en noche cerrada, observaban inundándolo todo, en busca de información.


Jack recolocó instintivamente sus ropas, caminó con fuerza y carraspeó su voz.


—Ya está hecho.


Maggy suspiró, su rostro cambió de repente, aquellos ojos brillaron con fuerza y su boca se entreabrió con calma, despegando delicadamente los labios antes de emitir el cálido sonido de su voz.


—¿Y ahora qué, Jack?, ¿qué vamos a hacer?


Jack echó un vistazo al pasillo, más allá de la estancia, y contestó intentando no alzar la voz.


—Ahora hay que seguir lo acordado. ¿Has cumplido tu parte?


Maggy se repuso, quitó ambas manos de la mesita y fue rompiendo su pose mientras hablaba.


—Sí. El ayudante de Abe se fue especialmente contento. No vio salir a Bowler del saloon; por lo que a él respecta es tan posible que viniera aquí, como que abandonara el pueblo. Que crea una cosa u otra es tan sencillo como recibirle alguna que otra vez más.


—De eso no tengo la menor duda. Sé que algunas de las chicas son buenas, pero tú... algún día me explicarás cómo lo haces. Cómo puede ser que todos esos ricachones quemen billetes por ti.


Maggy encendió media sonrisa y su rostro se iluminó. Los ojos, atrayentes, observaron al matón y mordió su labio reprimiendo las primeras palabras; cuando lo liberó, había captado toda su atención.


—La primera diferencia entre las otras y yo, es que jamás hablo de ello, y que os conozco sin que tengáis que nombraros. No hacen falta respuestas, porque no hay preguntas para quien sabe leeros.


La llama del quinqué dibujaba aguas en su cara, iluminando zonas de aquel bello rostro a la vez que ensombrecía las cuencas de sus ojos y la parte siniestra de su delicada boca.


Por un momento Jack se sintió extraño, titubeó unos segundos y recuperó su forma a golpe de voz.


—Está bien, déjate de majaderías indias o lo que quiera que sea esa cháchara. Llámalo como quieras, pero al fin y al cabo se trata de envainarte al chaval. Haz lo que sea, pero asegúrate de que la próxima vez que venga, salga de aquí con la certeza de que Bowler ya no está entre nosotros.


Maggy se limitó a asentir y musitar un «eso es cierto».


—Si, bueno... El caso es que, por lo que a él respecta, Bowler habrá huido, llevándose todo el dinero. A partir de ahí ya es cosa nuestra. Thorn me dará el puesto de Bowler, y tú compartirás las ganancias conmigo.


—Pero, ¿no sospecharán nada?


—No quedan cabos. Bowler es el culpable perfecto; no estará para defenderse ni para acusar a nadie. Que caiga todo sobre él. Las chicas saben que Thorn tenía que hablar con él; la huida no hace sino incriminarle.


—Bueno, entonces ahora...


—Ahora nada, yo hablaré con el sr. Thorn; tú sigue a lo tuyo y preocúpate por que el chaval piense lo que hemos hablado.


Maggy asintió de nuevo y volvió a poner las manos sobre la mesita.


Jack comenzó a caminar, pero se detuvo un segundo.


—Una última cosa, ¿qué es eso que haces con el ayudante de Abe?


Maggy sonrió y colocó ambas palmas hacia arriba.


—No hablo de ello Jack, ni de él ni, dado el caso, de ti. Si quieres tus propias respuestas ya sabes donde encontrarme; pero no te saldrá gratis.


Jack rió y susurró un «maldita zorra», antes de que el silencio se adueñara de su boca y la curiosidad resonara en su mente.

lunes, 15 de febrero de 2016

Pagos

Ilustración de Cortés-Benlloch

«Espera aquí», fue lo último que le dijo una de las chicas de Thorn. Y allí estaba, entre las cuatro paredes de la vieja trastienda del hotel, sentado en una silla cochambrosa, sobre una sucia y raída alfombra llena de oscuras manchas.

Frente a Bowler, la pequeña puerta que daba al hotel permanecía cerrada, dejando pasar únicamente el murmullo incomprensible de dos voces.

Permaneció inmóvil, concentrado en buscar las palabras adecuadas. Aun quedaba algo de ira y la sensación de pérdida y abandono volvía a torturarle; el bálsamo de la embriaguez había desaparecido devorado por el frío cortante que aullaba a través de los viejos tablones. Pero se había dejado llevar, conocía el precio de los actos y estaba dispuesto a hacer todo cuanto fuera necesario para estar en paz con el señor Thorn.

Paseaba el pulgar por las yemas de los dedos, una y otra vez, mientras recreaba la conversación que, en breve, tendría lugar. Escogía y desechaba palabras, intentaba adelantar argumentos para ingeniar formas de rebatirlos; pero eso no era lo suyo.

Era un cabronazo, un tipo sin escrúpulos, fuerte cuando tenía apoyo, capaz de cualquier cosa a la sombra de alguien más grande; sabía que todo era más fácil si contaba con la mano capaz de salvarle de sus actos; los mismos actos para los que había sido instrumento. Era, en definitiva, un ejecutor y nada ni nadie podría librarle de su naturaleza. Debía, pues, hacer lo que fuera necesario para volver a la sombra del señor Thorn.

La puerta se abrió, una figura grande cruzó el umbral, anchos hombros, mandíbula cuadrada y manos grandes y toscas: Jack Crow, el matón de Thorn, entraba curvando sus labios, mostrando una sombra de dientes amarillentos.

Bowler se puso en pie.

—Jack, quiero hablar con el señor Thorn.

—Eso no va a poder ser.

—Escucha, ya sé que no es la hora acordada. Pero debo hablar con él.

—Ya te digo que lo veo difícil. Él no quiere verte.

El matón sonreía ahora más ampliamente. Sus ojos se entrecerraron y enderezó su cuerpo para aumentar su estatura.

—Vamos hombre, no estés tan abatido, era de esperar. Buena la has montado.

Bowler no contestó, se limitó a observar a aquel individuo que tantas veces había estado a su servicio. De nuevo la ausencia de Thorn hacía efecto, tanto tiempo acostumbrado a su sombra lo había dejado completamente indefenso. Aun así recordó quién fue y reunió el valor suficiente para continuar.

—Jack, no tengo nada que tratar contigo, no me moveré de aquí sin hablar con él.

—Y yo te repito que nadie más va a recibirte. Dime todo lo que tengas que decirle y yo se lo transmitiré.

El matón estaba disfrutando, separó ambos pies en pose ofensiva, plantándose entre él y la puerta que daba al interior del hotel y apartó un poco la base de su pelliza, mostrando el mango de un cuchillo Bowie.

—¡Maldita sea Jack, escúchame! Tú sabes que todo cuanto hicimos fue por él, y por este demonio de pueblo. ¡Atiende a razones, maldito hijo de mil padres!

Puede que fuera por la pelliza, quizás por el gélido frío que lo había estado hostigando, pero lo cierto es que aquel tipo parecía más grande de lo que nunca había sido. No obstante intentó sobreponerse, o al menos no ofrecer ninguna pista del estado en que se encontraba. Tenía pocas salidas y, por supuesto, dejar que aquel tipo creciera no era una de ellas.

Miró fijamente al puñal y a aquellas manos, potentes y rápidas, que, en más de una ocasión, habían tumbado a un hombre de un solo golpe.

—¿Qué crees que te pasará a ti, Jack? ¿Crees que será diferente? Acabarás igual que yo. No moverá ni un dedo por ti.

—Yo sé cuál es mi sitio. Sé muy bien lo que puedo y lo que no puedo hacer. Jamás mordería la mano que me da de comer. Esa es la diferencia entre tú y yo. Eras bueno Bowler, muy bueno, pero ya no queda nada de eso.

—Da igual lo que hagas, Jack. ¿Crees que te ha mandado a por mí por lo que dije en el saloon? Yo ya estaba perdido; lo sabía, por eso me dejé llevar. Llegará un día en que sabrás demasiado y te convertirás en una amenaza futura. Pasarás de ser su hombre fiel a su principal preocupación, porque pasará las noches pensando en el momento en que, voluntaria o involuntariamente, hables más de la cuenta y no hallará otra solución que quitarte de en medio. Y ¿sabes dónde acabarás? Sentado en una mierda de cuchitril, buscando la forma de demostrar que te cortarías un brazo antes que traicionarle; que nunca mereciste la duda.

—¿Has acabado? ¿O tienes algo más que añadir?

Seguía igual, como si nada. Entonces Bowler lo comprendió; al fin y al cabo tenía frente a él su propia imagen. En la mente de aquel tipo, todo cuanto le pasara le tenía sin cuidado; porque nada tenía que ver con él. Thorn era un hombre justo que administraba el castigo necesario a un traidor.

Bowler leyó el inicio en los ojos del matón y echó mano del revólver, notó el cañón liberándose de la funda y llevó el pulgar hasta la presión metálica, mas nada más pudo hacer cuando una de aquellas fuertes manos retorció su brazo y la otra apagó el brillo del puñal en su cuello.

Emitió un susurro, el siseo quejumbroso de alma expulsada. Cayó pesado sobre la alfombra, engrosando el número de manchas, y en ella fue envuelto y apartado hasta que llegara el momento oportuno de hacerse cargo de sus restos.

lunes, 1 de febrero de 2016

Sacudidas



Ilustración de Cortés-Benlloch

Abe dejó el cargamento en la trastienda y avisó a uno de sus ayudantes para que se hiciera cargo; mas el rostro de este lo alertó. Ni siquiera esperó a escuchar nada, pues hay gestos que indican urgencia con mayor claridad que cualquier ristra de palabras.

Cruzó el pequeño portal que daba a la barra y echó un vistazo a todo el saloon. Los primeros visitantes, tras dejar sus cosas en el hotel, hacían acto de presencia para calentar el cuerpo y entonar el alma. Gente trajeada con portes rimbombantes y miradas olímpicas. Algunos reclamaban la suerte con los dados, otros acababan de discutir asuntos imposibles de tratar en su lugar de origen y había quienes esperaban solos, impacientes, con brillo en los ojos, por lo que había de venir; todos y cada uno de ellos sostenían en su mano el pequeño recipiente de cristal lleno hasta los topes de dulce licor dorado. Solo un hombre llamaba la atención en medio de aquel paisaje, un tipo pequeño y enjuto de cara afilada que, sentado como un ser vencido, se aferraba a su mesa donde varios cercos indicaban la intensidad con que había comenzado su negocio.

Abe tuvo que fijarse bien para creer lo que estaba viendo. Se acercó a aquel hombre con cuidado, saludando y sonriendo a todo aquel con el que se cruzaba, hasta que estuvo a su lado y pudo hablarle en voz baja.

–Bowler, ¿se puede saber que haces aquí?

–Obedecer, Abe, obedecer.

–Pues obedece en otro sitio.

–A las 12 tengo que ver a nuestro buen señor Thorn. Solo estoy haciendo tiempo.

–Sabes perfectamente que nadie puede estar a estas horas por aquí.

El hombre se incorporó un poco, hasta alojar su espalda en el respaldo, miró fijamente a Abe, intentando mantener el equilibrio, y le contestó con tono alto y quebrado.

–Pues muy bien, señor Abe Edwards; si es lo que quiere, echaré un último trago y me largaré de aquí.

–Creo que no necesitas otro trago...

–¡Y qué sabrás tú! Sé cómo me miráis y lo que pensáis de mí, pero todos los de este maldito pueblo coméis del hotel. Y ¿sabes una cosa?

–Vamos Bowler, ahora no es el momento. Acompáñame, luego lo verás todo más claro.
Abe acercó sus manos para ayudarle a levantarse, pero Bowler rehusó con violencia y continuó hablando, aun con más fuerza.

–¡Ya lo veo claro ahora! ¿Sabes quien soy yo? El puto salvador de esta mierda de sitio. ¡Sin mí no habría nada! Yo soy el que carga con el peso. Soy el que hace lo que hay que hacer. ¿Sabes?, es por mí que todo es...

Abe lo miraba incrédulo, mientras mantenía sus sentidos anclados al resto de parroquianos y notaba el inicio de la bruma previa a la pérdida de control. Mantuvo la calma e intentó hacer razonar a aquel individuo de nuevo, mas Bowler parecía estar a días de distancia, inmune a cualquier argumento.

–Yo hice todo lo que hacía falta para mantener esto en pie. Estuve a su lado en todo momento, siempre dispuesto. Hice lo necesario sin importar el precio; ensucié mis manos porque él no podía hacerlo, y ¿cómo me lo paga? Al primer contratiempo me desecha. ¿Crees que no sé lo que significa esa visita? A las 12 Bowler y trae todo el dinero... Sé que ya nada quiere de mí. No me necesita; hasta aquí ha llegado señor Bowler, gracias por su esfuerzo. ¡Maldita sea!, le di todo, ¿sabes, Abe? Todo, con la creencia de que obtendría su apoyo cuando fuera necesario. Y ¿qué va a ser ahora de mí?

–Entiendo lo que dices. Pero no es momento ni lugar, ahora no estás en disposición de valorar nada...

Bowler se levantó lanzando la silla hacia atrás. Iracundo bramaba con el rostro enrojecido, señalando hiriente a Abe.

–¡Tú no entiendes una mierda! ¡Todo el día tras tu barra, sirviendo tragos, embolsándote el dinero de esta caterva de cuervos gordos!

Uno de los prohombres se levantó y lanzó una queja desde sus alturas. Bowler se giró como una serpiente, con una mano en la empuñadura de su revólver y contestó con rabia enrojecida, escupiendo saliva con cada sílaba.

–¿Qué vas a decir, ricachón! ¡Aquí no tienes voz! ¡Tú y todos los tuyos no sois más que una sarta de hipócritas! ¿Sabéis a por qué venís?

La pregunta quedó en el aire. Sus ojos apuñalaban el rostro asombrado del prohombre que apenas acertaba a armar una ridícula mueca de falsa serenidad.

Abe intentó recuperar el control de la situación, pero su boca permanecía encajada, su garganta se había cerrado por completo y no llegaba palabra alguna a su mente. Solo sus ojos y oídos seguían activos, recibiendo una información que ni siquiera él podía haber imaginado.

–Cada vez que os acercáis a una de esas inocentes jovencitas, tan delicadas y experimentadas, cada vez que acariciáis su carne y jodéis su alma, estáis jodiendo a vuestras propias hijas. No las vuestras, por supuesto, si no las de otros como vosotros, de otras ciudades y pueblos. Todo comenzó con hijas de gente adinerada, de piel cuidada y espíritu cultivado; pero poco a poco fueron arrebatándose flores de más altos jardines, y el calor que notáis entre sus piernas, no es otro que el que acunáis entre las sábanas de vuestro propio hogar. ¿Que cómo lo sé? Bien sencillo, ¡yo os las robé! Yo las saqué de vuestros hogares y las traje aquí, para que pudierais saborearlas.

Bowler se dio la vuelta y, andando hacia atrás, se dirigió a la puerta de salida mientras seguía escupiendo sus palabras.

–Pero lo peor de todo no es eso. Lo peor es que cuando yo me marche, solo os hará falta otro trago para olvidarlo todo. Alguno puede que sienta algo en las entrañas, pero la mayoría gozará, con mayor placer si cabe, al saber la verdadera naturaleza de lo que espera en el hotel del señor Thorn.

Bowler dejó atrás el eco de sus palabras entre batir de puertas. Observó a uno de los ayudantes de Abe dirigiéndose a toda prisa hacia el hotel y le siguió, decidido a aclarar las cosas fuera o no la hora indicada.

Dentro del saloon, el silencio dio paso al revuelo, la indignación y la vergüenza de los pocos que decidieron partir. El resto acogieron las copas que un aturdido Abe repartió más por instinto que por acción calculada y dejaron que los nervios se posaran y la bendita embriaguez los acunara de nuevo.

lunes, 18 de enero de 2016

Puntales

Ilustración de Cortés-Benlloch

Pese a las bocanadas de vapor, notaba el calor latente emanando de su cuerpo. Flama vital que entonaba sus músculos y fundía el frío matinal.

Bill comenzó a colocar la carga en el porche trasero del saloon, junto a una vieja silla raída que su dueño se negaba a desechar.

La pequeña puerta de servicio se abrió y un rostro sonriente, de saltones ojos redondos y finos bigotes, saludó.

-¿Qué hay Bill?

-Ah, hola Señor Edwards; aquí le traigo lo que pidió. Peter no ha podido venir, traerá el resto esta la tarde.

-Abe, llámame Abe, Bill.

-Como quiera, señor Abe.

Abe sonrió socarronamente, se atusó el bigote y echó un vistazo a la mercancía.

-Cuando vuelvas, dile al viejo Cook que si continúa sirviéndome este whisky no quedarán clientes a los que abastecer.

-Dijo que vendría él a cobrar y de paso hablaría con usted.

-Perfecto.

Bill se dispuso a coger los bultos del porche para meterlos dentro, pero Abe lo detuvo con un ademán.

-Deja, ya lo entro yo, tú sigue descargando. ¿Qué tal va todo?

-Pues como siempre, sin novedad, salvo por lo del hotel...

-¿Lo del hotel?

-Pensaba que lo sabría.

Abe dejó un momento la caja y observó intrigado al joven.

-Primera noticia.

-Pues parece ser que ha llegado una chica nueva al hotel.

-Bien, eso es bueno. Si no se renueva la oferta la gente se cansa.

-Ya, pero dice Peter que es demasiado joven y no parece acostumbrada al negocio.

-Y ¿de dónde ha sacado Peter esa idea?

-Su mujer la vio entrar en el hotel...

-Apreciaciones, eso es lo que son. La señora Hill es un poco aprensiva con ciertos temas. Seguramente se dejó llevar por la edad de la joven, junto a sus propios miedos, y obtuvo conclusiones demasiado rápido. El negocio del hotel puede parecer poco ortodoxo, el párroco lo condenaría de no ser porque él mismo encuentra la paz en sus muros; pero es lo que nos mantiene vivos. Atrae mucha gente.

Bill dejó una de las cajas de whisky sobre uno de los barriles y escuchó con atención a Abe.

-Tú no estabas cuando plantaron las vías lejos de aquí. Muchos preguntaron qué hacer, se escucharon soluciones y quienes tenían medios para llevarlas a cabo fueron los primeros en abandonar el barco. Solo Luke Thorn se negó a marchar y apostó lo poco que tenía en seguir adelante con este pueblo. Lo cierto es que el hotel funciona bien, ofrece un servicio absolutamente renovable, y el ostracismo que pareció condenarnos acabó siendo nuestra mejor baza; algunos de los que verás aquí jamás aceptarían haber traspasado sus puertas. Son gente que asegura su anonimato a golpe de dólar y nadie escatima cuando se trata de su tranquilidad.

-Sabía que manejaban dinero, pero no tenía ni idea de que fuera gente tan importante.

-La primera regla es que no hay nombres, Bill. Solo el señor Tal, messié Cual e incluso alguna respetuosa dama acuden al hotel del señor Thorn. Esa nadería para ti, el simple hecho de obviar identidades, es vital para ellos y, lo que es más importante, un motivo para tenernos contentos y bien pagados. Muchos deben ser gloriosos hitos de dignidad y honradez, pasan su vida mostrando al resto cómo deben comportarse; este es el único reducto donde pueden reencontrarse con sus debilidades humanas.

Bill se quedó en pie, callado, masticando la información, intentando sacar la mayor cantidad de jugo posible.

-Pero eso son cuestiones que solo ellos pueden comprender en toda su magnitud. A ti y a mí, nos quedan felizmente lejos. Nosotros podemos caminar por donde queramos y ser fieles a nuestros impulsos. Nadie espera otra cosa, salvo lo que somos. Y si así lo hicieran, no harían nada más que chocar contra la fatídica barrera existencial. Hay algo que no debes olvidar nunca, Bill, si tú decides dejar estas cajas y partir, nada en el mundo se romperá; así pues, eres libre.

El joven enarcó las cejas, tragó un par de veces las palabras creadas por instinto y tomó unos segundos antes de hablar.

-Pero, ¿y si lo de la joven es cierto?, ¿y si no es de esas? ¿No supondría el paso que está a punto de dar, la entrada a una vida de la que no podrá salir jamás?

-Estoy seguro de que el señor Thorn solo trabaja con chicas del negocio. Pero aun siendo así, suponiendo que la muchacha haya optado por este trabajo, ¿podría alguien así haber acabado en un lugar mejor? Thorn trata bien a las chicas, muchas han encontrado un final feliz entre la misma gente de este pueblo: ¿qué me dices de la señora Hill?, ¿y la esposa de Tom?, por no hablar de la viuda del viejo Tad.

-No sé, es posible que viéndolo así...

-Claro que sí Bill. Anda, déjame que te ayude, se hace tarde y el viejo Cook te acabará diciendo cuatro cosas.

lunes, 4 de enero de 2016

Esfuerzo


 Ilustración de Cortés-Benlloch

La llave giró y sonaron cloqueos secos en las entrañas de la cerradura. Los goznes de la puerta chirriaron, presentando la oscura estancia, preñada del helor de la madrugada. Abrió los postigos y las contraventanas dejaron pasar la luz pálida; dentro, estantes atestados de los más variados objetos, un mostrador de madera añeja y una flamante caja registradora tan elaborada que parecía digna del mismísimo rey sol.

Eliah P. Cook colgó su sombrero, dejó el abrigo en la pequeña estancia que hacía de trastienda y comenzó a repasar los productos hasta que alguien le interrumpió.

-¿Se puede, Sr. Cook?

-Ah, hola Bill.

Un joven delgado y pecoso permanecía en la entrada, con el sombrero entre las manos y el rostro cabizbajo.

-Disculpe el retraso.

-No te preocupes. Ya sabes dónde está todo.

Se colocó el mandil y comenzó a sacar los paquetes que debía cargar en la pequeña carreta de madera.

Cook supervisaba el proceso con su dorado reloj de bolsillo en la mano.

-¿Sabes, Bill? Acabo de cruzarme con Peter, el del carromato. Venía todo preocupado.

-¿Le ha pasado algo?

-Sería más adecuado preguntarse por lo que le viene pasando. La respuesta es la de siempre: Lisa. Resulta que su señora está algo afligida por la llegada de la última chica del Sr. Thorn, una adquisición joven y ajena al negocio; valiente problema, el tiempo y la costumbre lo solucionarán. En realidad lo único que ocurre es que cualquier referencia a su pasado le tuerce el alma, ya me entiendes.

Bill seguía a lo suyo mientras escuchaba.

-Pues bien, no sé por qué demonios va el maldito Peter y decide escucharla y ponerse a darle vueltas al tema; como si alguna nube de polvo emborronara sus prioridades. Se lo intenté hacer entender, pero cuando se marchó me miró con los ojos vacíos como si no comprendiera una mierda de lo que le había dicho. Todos tenemos claro lo que hay que hacer para vivir, ¿no Bill?

El chico asintió, mientras sacaba una de las sillas.

-Claro que sí, y más alguien tan responsable y buen trabajador como tú. Tú sabes cuál es tu sitio.

Bill sonrió mecánico, reconociendo el áspero yugo en el halago.

-Por supuesto que todos preferiríamos que la principal atracción de este pueblo fuera otra; qué se yo, las nubes, el clima o los atardeceres en las colinas... pero nada de eso se vende, hijo. La verdad es que si no fuera por el Sr. Thorn y sus putas, este pueblo hubiera muerto después del fracaso del ferrocarril, ¿verdad?

Bill contestó a media voz mientras cargaba una caja de botellas de whisky.

-Claro que sí. Hay cuestiones que un hombre tiene que plantearse y otras que no; es así de sencillo. Uno tiene que trabajar, ponerse a ello en serio y no parar hasta lograr sus metas. Mientras mantengas la cabeza en lo tuyo, no tendrás tiempo de preocuparte por nada más. Yo, por ejemplo, he logrado todo esto a fuerza de voluntad y tesón. Disciplina de trabajo es lo único que hace falta, hazme caso, nada de estupideces accesorias que no hacen nada más que distraernos del verdadero cometido.

El Sr. Cook estaba apoyado en el mostrador, mientras acariciaba con el pulgar su reloj de bolsillo.

-Trabajo duro, sí señor. No hay otra manera de conseguir el éxito.

El joven dejó la última de las cajas en la carretilla.

-Bien hecho, hijo. Ahora llévalas al saloon. Y nada de cobrar, ya hablaré yo luego con Abe. Acuérdate de pasar por Tom y traerte los cubos y los herrajes. La segunda carga la llevará Peter esta tarde cuando se acerque con su carro; si es que a su señora le parece bien, claro está.

Rió el Sr. Cook y miró a Bill esperando complicidad. Este sonrió un tanto cansado y resopló una despedida antes de comenzar el recorrido al saloon de Abe.

lunes, 21 de diciembre de 2015

Mejoras

Ilustración de Cortés-Benlloch

La luz de la mañana, grisácea y tenue, aclaraba la tierra escarchada de la única calle del lugar. Dos hombres acudían a su encuentro. Uno, de andar cansado, traje recio y cara afligida; otro, de caminar irregular, rostro redondo e indumentaria formal.

Peter caminaba con los acontecimientos recientes enmarañando aun la razón. Aceleró el paso, devorando la distancia en que el saludo es irrelevante y la mirada se vuelve incómoda, hasta que una clara sonrisa apareció en el rostro del Sr. Cook y las palabras se llevaron todo recuerdo de la disputa.

-Peter Hill, buenos días tenga usted.

-Buenos días, Cook. ¿Qué tal van las cosas?

-Pues la verdad, no puedo quejarme. Las cosas van muy bien últimamente. Mire lo que me acaba de llegar.

El Sr. Cook sacó la mano de su chaleco y mostró un reluciente reloj de bolsillo dorado. Pasó el pulgar por él, acariciando el grabado en que aparecía su nombre: Eliah P. Cook.

-Es de uno de los relojeros más reputados del país, hecho expresamente para mí con los mejores materiales; nada de baratijas. La maquinaria es increíblemente precisa y en la esfera aparece, marcada con mis iniciales, la hora de mi nacimiento.

-Ha debido costar lo suyo.

-Lo suyo y lo mío, amigo. Pero ya le digo que ha valido la pena. Llevaba meses esperando que llegara.

Estaba encantado con aquella pieza. La admiraba, abriéndola y cerrándola una y otra vez, mientras hablaba.

-Ciertamente, desde que comenzaron a venir todos esos señores de ciudad, las cosas han mejorado bastante por aquí. Pero qué le voy a contar a usted. Seguro que recuerda el tiempo lejano en que se veía obligado a dormir en un cuartucho, junto al resto de trabajadores.

-Ya lo creo. Como para olvidar aquellos días y el hedor de la habitación. Aunque guardo un buen recuerdo del viejo Gus, de Nat, Alfred y los demás.

-Por fortuna, las cosas han cambiado mucho para todos. Mi tienda nada tiene que ver con lo que era y ahora usted puede disfrutar de casa propia y un trabajo con el que vivir cómodamente.

-Cierto, ahora mismo iba a ver si Tom ha podido arreglar el eje del carro, ayer empezó a hacer ruidos y prefiero ir antes de que sea demasiado tarde.

-Sabia elección. ¿Y su señora, qué tal está?

El rostro de Peter se ensombreció.

-Está bien, aunque algo preocupada. Al parecer ha llegado una chica nueva al hotel, parece algo más joven e inexperta de lo acostumbrado... pero bueno, son cosas de mujeres, supongo.

-Por supuesto, amigo. No debe preocuparse, se trata de tribulaciones innatas a su género; más aun teniendo en cuenta su infeliz pasado.

Peter encajó mal aquellas últimas palabras y un golpe de calor se concentró en su rostro.

El Sr. Cook leyó su expresión y se apresuró a embrear su charla.

-Pero es comprensible. Está bien que ocurra en ellas; forma parte de su naturaleza y a ella deben responder. Toda esa simpatía, esa conexión extrema que roza lo absurdo, se tornará virtud en el momento de cuidar la progenie. Nuestro caso, por otro lado, es diferente. Debemos permanecer al pie del cañón sin que nada ensombrezca nuestro ánimo. Uno no puede permitirse ese tipo de sensibilidades.

El Sr. Cook observó de nuevo el reloj, deteniéndose en el pulido especial de los bordes, la tibieza sedosidad del metal y el trazo regular y armonioso de las marcas de la esfera. Empujó con delicadeza la tapa, regodeándose en la suave presión y el claro y limpio chasquido del mecanismo de cierre, y una sonrisa infantil apareció en su rostro.

lunes, 7 de diciembre de 2015

Semillas

Observaba, entre las esquinas heladas de la ventana, la puerta ya cerrada. Seguían presentes en su memoria los ojos asustados de aquella joven. No hubo sonidos, pero resonaba el ruego suplicante en su cráneo, mientras maldecía la gélida zarpa que aprisionó su cuerpo y su voz. Quisiera haber podido avisarla, haber evitado su entrada y detener, con solo un gesto, el fatal desenlace que había comenzado cuando aquella joven traspasó el lujoso umbral.

Un carraspeo, seguido de un golpe de tos seca y arrancar de flema, la extrajo de su ensimismamiento.

Rascar de ropa interior de cuerpo entero, chasquido de lengua y pasos arrastrados hasta la jofaina.

Escuchó el sonido de agua vertiéndose sobre recipiente de porcelana, resoplidos y frotar húmedo de rostro y toalla.

-Buenos días, mujer. ¿Qué haces ahí?

Se giró con una sonrisa amplia, de fondo triste.

-Buenos días. Ha llegado una chica nueva al hotel del Sr. Thorn.

-Ah.

El hombre dejó la toalla y apartó una de las sillas de la pequeña estancia; se acercó y colocó ambos brazos sobre la sencilla mesa de madera. A su espalda, la cocina rugía entre llamas y ascuas, y brotaba, humeante, el agradable aroma a café.

-Peter, es solo una chiquilla.

-Algunas empiezan pronto, Lisa... Bueno venga, ¿vamos a desayunar o qué?

La mujer puso un plato con carne seca, huevos y algo de pan ante su marido. Cogió la cafetera, envolviendo el asa con un trapo, y se detuvo un segundo.

-Pero es que ella no es de esas.

-Lisa, dejémoslo estar, ¿de acuerdo? ¿Has hablado con ella acaso? Es asunto del Sr. Thorn.

El hombre masticaba feliz y acercó la taza en busca del caldo negro.

-¿Y tú?, ¿no comes?

Ella se sentó frente a él, apoyando las manos delicadamente.

-No, no tengo hambre.

Él cerró los ojos y resopló.

-He dicho que lo dejemos estar. ¿Me oyes?

-Pero, Peter, es que estoy segura de que esa chiquilla no es de esas. No sabe dónde ha acabado. Solo de pensar todo por lo que va a pasar...

El hombre descargó el puño cerrado y comida y café se mezclaron sobre la mesa.

-¡He dicho que no se habla más! ¡Eso es cosa del Sr. Thorn y nosotros no tenemos nada que decir! ¿Tengo que recordarte que si no fuera por él, tú aun seguirías allí, entre esas cuatro paredes? ¡No olvides que fue él quién te permitió venirte conmigo! ¡Es él quién ofrece el trabajo que trae comida a la mesa y mantiene vivo este pueblo!

Ella dejó el silencio como respuesta y quedó la bruma eléctrica flotando en el ambiente. 

El calor latía en las sienes del hombre, producto de la ira que brotaba, fruto de la contradicción. Cogió la taza y bebió el poco café que quedaba aun dentro, apartó el plato y se levantó.

Ella lo siguió con la mirada mientras se cambiaba en el dormitorio. Siguió sin decir nada hasta que escuchó un acallado "Adiós", acompañado de un portazo, y se dirigió de nuevo a la ventana, fijando la vista en el lujoso hotel.

Abajo, el hombre cruzaba la calle con paso nervioso. No pudo evitar echar un vistazo arriba y sus ojos se cruzaron; bajó la mirada y continuó su camino. A lo lejos, distinguió los descompasados andares del dueño de la tienda local y acudió a saludarlo.