lunes, 6 de abril de 2020

Juegos de rol


—Sueño es poco... el cambio de horario me ha matado.

—Yo tengo los ojos pegaos y no recuerdo la última vez que los abrí del todo.

—¿Este finde qué haces?

—Hemos quedao para echar partida.

—¿Partida, a que?

—Jugamos a rol.

—¿Eso como es?

—Bueno, nos juntamos unos cuantos; uno es el que describe una situación determinada y el resto nos dedicamos a interpretar un personaje en ese contexto.

—¿Hacéis teatro?

—Parecido, pero menos profesional; más improvisado y sentados en una mesa, al menos a lo que jugamos nosotros. Es como si al leer un libro o al jugar un videojuego pudieras salir de la historia que está escrita y hacer lo que te dé la gana.

—¿Lo que quieras?

—Sí, hay una serie de reglas que son las que dicen lo que puede o no puede hacer el personaje en función de su naturaleza. ¿Tú te acuerdas de cuando jugabas a polis y a cacos de crío o a indios y vaqueros? Pues parecido, pero con más reglas.

—Jajajaja, ¿no es un poco cosa de chiquillos?

—Pues puede que tengas razón, un poco críos sí que es... que se yo.

—Bueno cada cual se lo pasa bien como quiere.

—Pues sí... ¡Por cierto, vi ayer a Víctor!

—¡Joder, cuánto tiempo! ¿Qué se cuenta?

—Pues al final le salió el curro aquel.

—¡No jodas!

—Está que no se lo cree. Imagínate, a duras penas ganaba los 800 al mes echando pestes y ahora va y le caen 2000 por hacer lo que le gusta.

—¡Que cabrón, quién se lo iba a decir!

—¿Te imaginas currar haciendo algo que te motiva de verdad y llegar a fin de mes sin ahogos?

—Creo que hasta está prohibido pensarlo, ajajajaj. Ya me gustaría a mí, ya.

—Siempre te gustó lo del buceo; tú plantéate levantarte en un sitio con solecito todo el año, cargar los trastos en el coche y pal agua.

—Así sí que me iba a levantar yo bien; un buen desayuno y pal curro. Si tuviera una casita cerca de la playa, ya ni te cuento.

—Hombre con ese sueldo ya se puede uno plantear algo. Lo difícil es mantenerse sin empezar a gastar más de lo que toca, que cuanto más tenemos...

—No, yo podría. Tampoco es que sea de gastar mucho, tengo pocos caprichos... un equipo de buceo bueno sí que me pillaba, eso sí. El resto con tener el sitio ya lo tengo, que el sol es gratis y salir a tomar algo de vez en cuando no es tan caro.

—Joder, pues entonces ya casi lo tienes, jajajaja. Solo una cosa, ¿negocio propio o por cuenta ajena?

—Bufff. Por cuenta ajena son menos líos, pero decides muy poco... Ostias, no sabría qué decirte...

—Bueno, siempre podrías empezar por cuenta ajena e ir montándote el negocio con lo que vayas ahorrando.

—Pues sí, pero creo que empezaría por mi cuenta. Ya te lo organizas de forma que aproveches las temporadas buenas y buscas a alguien para el papeleo, al menos al principio. Joder, si haces lo que te va, te cuesta menos ponerte en marcha. Habrá días pesados, está claro, pero en general no hay color.

—¿Y estás seguro que no acabarías pillando un coche mejor, una casa mejor... que se yo, ¿un barco?

—Mmmm... Coche, uno que sirva para llevar las cosas. Casa, algo normalito, lo que me interesa es el sitio. Un barco... coñe, pues eso sí; pero si en lo demás no gasto casi, me lo podría permitir...

—¿Yate, velero?

—Uno de vela con motor auxiliar, pero nada del otro mundo. Uno de segunda mano que lo pudiera arreglar como yo quisiera.

—¿El carnet lo tienes?

—Jajajaja, ¡qué voy a tener!! Pero me lo saco antes de pillar el barco; además viene bien para el trabajo.

—Entonces casita cerca de la playa, negocio de buceo, coche para cargar el equipo y un barco para currar y disfrutar de los días libres... joder, no está mal. ¿Algo más?

—Pues te vas a reír, pero si tuviera todo eso, aprovecharía el tiempo libre para pintar.

—No sabía que pintaras.

—¡Yo que voy a pintar! Hago los círculos como rombos, los rombos como triángulos y los triángulos... no me salen, jajajaaja. Pero siempre me ha gustado.

—Todo es cuestión de ponerse.

—Haría series del mar y el horizonte. Siempre me ha dejado alucinado ese paisaje.

—Ya ves... Joder, las tres y diez; se supone que a las cuatro tengo que estar de vuelta.

—Sí que nos hemos liado. Ya hablamos. ¡Ah, y que vaya bien el finde!

—Sí, ya te contaré. Venga, ya nos vemos otro día y seguimos la partida ;)

miércoles, 1 de abril de 2020

Hábitos


Las huellas apenas eran un soplo en el polvo fino de tierra compacta. Casco sin errar de caballo salvaje, guiado por un jinete que sabe perfectamente cómo caminar sin apenas dejar rastro. Afortunadamente él no era un advenedizo. Había luchado junto a exploradores pieles rojas y sabía cómo se las gastaban. Ese no se le iba a escapar.

Llevaba ya tres días tras él; por lo visto era un solitario.

Tenacidad, ese era el secreto. Mantenerse firme y atender al detalle. Más vale perder algo de tiempo cuando sea necesario que tomar el camino equivocado y acabar perdiendo el rastro. Y con aquel indio había que esforzarse; era un tipo duro, resistente, con nervio e imaginativo. Apenas come ni para más de lo estrictamente necesario y hace los cambios en el momento oportuno, aprovechando cualquier opción para mitigar aún más su rastro.

No había sido capaz de deducir su objetivo en aquellas tierras. Posiblemente la búsqueda personal de gloria o renombre dentro de la tribu le había dirigido hacia las casas de los colonos, cuando él se interpuso en su camino y comenzó a seguirlo.

Hay algo en la persecución; se genera un tipo de cercanía tras tanto tiempo persiguiendo a un individuo que, en parte, te lleva a querer que no acabe. Se ansía ese tira y afloja que tiene lugar cada vez que el rastro parece haberse esfumado, para volver a descubrirlo de nuevo y ver cómo, en cada reencuentro, conoces un poco más a tu presa.

Y en esas llegó a lo que desde el principio había intentado evitar: las aguas revueltas del río. Escudriñó ambas orillas y no encontró rastro alguno. Así que debió tomar el único camino que le permitía seguir oculto: el río.

A la izquierda se alzaban las montañas, desafiantes. A la derecha la llanura se extendía infinita.

Detuvo al caballo en medio del rio, dejó que bebiera, lió un cigarro y se tomó su tiempo pensando hacia dónde había marchado el piel roja.

Tres días a buen ritmo es mucho tiempo para cualquiera. El indio es nervio vivo impresionante, explosivo y, aunque este era un tipo especial, acaba cediendo con el tiempo. La llanura tiene algo de placentero, se asocia al hogar, al descanso y a la comida representada en el búfalo. Cruzar las aguas habrá sido el punto de inflexión que le hizo abandonar toda pretensión de gloria en pos de volver a casa.

Pegó la última bocanada al cigarro, picó espuelas y, tras continuar un rato por el río, tiró hacia las llanuras.

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El camino de la presa es complicado. Hay que huir sin llegar a escapar, ser alcanzable al ojo y distante a la mano y siempre avivar la sed del depredador, poniendo al límite sus capacidades.

Este era un buen depredador. Había hundido sus colmillos en muchos de los suyos. Y ningún guerrero de su pueblo había podido vencerle. Pero ahora era suyo.

Entró en el río y observó el terreno, el aire y el espacio que le distanciaba de su perseguidor. Agarró el saquito que colgaba de su cuello, su medicina, y avivó al caballo hasta que voló.

Los cascos pisaron en piedra limpia sin dejar rastro alguno, siguiendo una coreografía espontánea dirigida por el experimentado jinete de una forma tan natural que bestia y hombre parecían uno. Así consiguió dar media vuelta y apartarse del camino hasta esconderse tras una pequeña elevación del terreno.

Esperó hasta ver pasar al rostro pálido, atento al suelo y a todo a su alrededor, casi lo podía escuchar olfateando el aire e, instintivamente, se agachó pegando la cara contra la tierra para evitar ser visto.

Y esperó también cuando hubo pasado, un buen rato más, hasta el momento idóneo de dar la vuelta al juego. Entonces regresó al camino y siguió las huellas del rostro pálido.

Al llegar al río miró a izquierda y derecha. Las altas montañas y la llanura infinita.

Recordó la sed del hombre blanco por dominar todo cuanto está a su alcance, la necesidad de ser y tener más y utilizar todo cuanto tenga a mano para conseguirlo, y decidió remontar río arriba, como los salmones, hacia las altas montañas donde, a buen seguro, estaría su antiguo depredador buscando el lugar idóneo desde donde controlar todo para darle caza.

martes, 17 de marzo de 2020

Inmersión


En el cielo despunta el alba. Los pasos remueven rocío y aromas. Sin duda, esa es la mejor hora; cuando todo se encuentra en el horizonte, decidiendo si duerme o despierta.

Algunos pájaros ya toman bando y saludan al nuevo día. Tierra húmeda, olor a resina y ese frescor revigorizante que el sol se encargará de exorcizar en el momento justo en que comience a devorar los huesos.

Es en esos momentos cuando comprende que todo da igual.

Había colocado su casa allí, con los peores temporales que presenció en su vida. Cuando llegaron los indios, pactó con ellos para que le dejaran en paz, y aguantó la marabunta de blancos que pasó de largo en busca de zonas más prósperas.

Ahí se había asentado sin esperar nada más que el paisaje que lo envolvía. Se alegró cuando el ferrocarril extendió su columnas metálicas en otro lugar y cuando salió oro a cientos de millas de distancia. Dio gracias a quien quiera que fuera responsable, si es que hay uno, cuando topógrafos y exploradores decidieron que nada interesante había allí.

Y no era por estar solo. Celebró el día que llegaron los otros; el día que conoció a su mujer y el día que tuvieron las crías. Aquella era gente sencilla, que amaba ese lugar por lo que era. Gente que sabía ver en los árboles la grandeza erupcionada de la tierra y en las plantas silvestres el latido leñoso y aromático de la vida.

Allí está, frente al riachuelo cristalino que serpentea fresco entre las rocas que los primeros rayos de sol comienzan a calentar.

Calma la sed y seca el sudor de la frente, sabiendo que todo cuanto hay alrededor es suyo, de los otros y de todo aquel que lo ame.

Y comprende que da igual lo que pase porque allí seguirá aunque arda, aunque el agua arrase con todo. Porque sabe que aprenderán y seguirán creciendo, más preparados, y, con cada paso, más cerca de esa tierra.

lunes, 2 de marzo de 2020

Ilusos y cabezotas


En los 80, 90 disfrutamos una oleada épica que rompía moldes. Fue un momento en el que el hecho de que un individuo pudiera matar 1000 enemigos de un espadazo sorprendía por la acción pero no por la proeza, ya que era una cualidad que ya se suponía en el personaje.

Ahí empecé a ver que la gesta reside en la diferencia entre el héroe y su cometido. Y a partir de entonces comencé a descubrir unos héroes que no lo parecen, que carecen de cualidades superiores a su entorno y que, a pesar de ello, luchan por un propósito que todos aseguraríamos perdido. Es quizás la épica del cabezota, tenaz para que quede bien, que se ve obligado a luchar contra sí mismo, a la vez que contra el mundo, para descubrir a ambos realmente.

En esa misma época, por estas tierras nace la editorial de rol Joc Internacional que junto a otras traía juegos donde un colt bien dirigido provocaba funeral y ficha nueva; donde un constipado era más peligroso que una bola de fuego y donde los primigenios o el maligno estaban a años luz del potencial y magnitud que podía llegar a alcanzar cualquiera de los héroes que decidían enfrentárseles. Y aun así, ahí rodaban los dados a vérselas venir y a apañarse con lo que tenías.

Ilusos y cabezotas; buen mantillo.

A este panteón pertenecen héroes tan dispares como un tipo normal de pueblo, sobrino de un terrateniente, y un jardinero que se patean medio mundo en guerra, plagado de letales guerreros, atravesando un océano de huestes crueles, con el cometido de llevar el arma más poderosa jamás creada hasta el mismísimo centro del enemigo y allí destruirla; ahí lo dejo.

En este Olimpo tiene su sitio reservado una niña: única nota de color libre, un soplo de aire fresco que sacude con la misma fuerza que un huracán un mundo de hombres grises que pasan su vida acumulando tiempo para ver, aterrados, cómo se escapa entre sus manos como si de ceniza al aire se tratara.

Aquí pertenece por derecho propio un pequeño tipejo que decide ser mago, pese a no tener capacidad ni idea ni nada que se le parezca, y ahí que va trastocando su propio mundo y el de los que deciden acompañarle, hasta el punto de que todos generan su propia gesta.

Es un paraíso donde el protagonista de una profecía que con un fragmento de cristal debe restaurar un mundo entero, no es más que un individuo de una especie no demasiado robusta, que apenas ha visto más allá de su hogar. Un individuo que buscará la compañía de otra de su especie y con quien demostrará que dos pueden caminar uno al lado del otro y que a veces las gestas pueden realizarse entre varios.

Tenemos también una joven para quien un trabajo de canguro se convierte en la mayor locura en la que se ha podido meter y, seguramente, se meterá en toda su vida. Debiendo atravesar el más extraño de los laberintos para recuperar a la tierna criaturita perdida que cuidaba, que, dicho sea de paso, no lo pasa nada mal.

Descansa aquí también un niño que vive, a través de un libro, otra realidad en la que entra en la piel del héroe y de alguna forma se transforma a sí mismo.

Y, por supuesto, está el primero de todos, mucho antes que todos los demás, y posiblemente uno de los más grandes; aquel tipo enclenque que se calza una especie de orinal para echar las aguas del barbero por casco y va junto a un campesino regordete, y más espabilado de lo que parece, "desfaciendo entuertos" en una suerte de equívocos y estupideces entre los que podía verse, en el eco de cada carcajada, lo mal que está el mundo en el que viven, lo canallas que son los "listos" y cómo gobiernan los que gobiernan... a este último habría que escucharle más veces, porque es otro cabezota de esos que opina que lo de "la vida es así" es el primer paso para que lo siga siendo. Este es el que peor acabó de todos, tuvo que morir dos veces y reconvertirse; quizás por eso al resto los pusieron en otros mundos, claramente oscuros y terribles, donde poder pensar que tendrían alguna oportunidad.

Así andaba la cosa y lo cierto es que funcionó. No en vano hay que ver cómo se eleva el poderoso Conan cuando tras verlo masacrado, vapuleado y colgado de un árbol a merced de los buitres, vuelve al campo de batalla con uno de los rezos más icónicos de estos cabezotas:

Crom, jamás te he rezado, no sirvo para ello. Nadie, ni siquiera tú, recordarás si fuimos hombres buenos o malos, por qué luchamos o por qué morimos. Lo único que importa es que, hoy, dos se enfrentan a muchos. Crom, el valor te agrada. Concédeme pues una petición, concédeme la venganza. Y si no me escuchas... ¡Vete al infierno!

En esta época Alan Moore jubila a Superman bajo el nombre de Jordan Elliot. Vemos como un granjero puede ser Jedi. La búsqueda del asesino de su padre convierte a un espadachín en héroe. Y una pareja continúa uno al lado del otro pese a estar condenados a no volver a verse, desterrados la una a la noche y el otro al día.

Funcionó, y funciona.

Una de las mejores épicas del hombre de acero llega entre el 2005 y 2008 al ponerle contra las cuerdas, en una carrera contra reloj ante la muerte. 

En el 2007 un remake nos puso en la piel de un granjero que por su familia decidió acompañar al peor de los asesinos a su destino, aun cuando nadie estaba dispuesto a hacerlo, sin importar el coste.

Más o menos por esas fechas nace otra obra de las grandes, una que aúna todo lo dicho, en que unos ratones, haciendo frente a su propia naturaleza, se plantan y consiguen hacerse hueco en un mundo grande e inhóspito que, en principio, lo tiene todo ganado.

Hace relativamente poco que acompañamos a un grupo de chavales normales, en su lucha contra algo que bien recuerda a los primigenios del de Providence, con todo el sabor de los 80.

Y fue el año pasado cuando volvió a la pantalla la historia del Cristal, esta vez tiempo antes de aquel joven de la profecía, contándonos una vez más la resistencia de los que no pueden contra los que lo tienen ganado.

Y, personalmente, espero que siga así; que continúen con la épica del iluso y el cabezota; aunque caigan, aunque mueran. Pasaremos un buen rato, porque está claro que es fantasía, cosa de niños y frikis, algo que espero no dejar de ser del todo nunca. Solo cuentos y leyendas.

Porque solo en la leyenda se puede luchar contra lo magnífico, contra lo que es más grande y engloba todo. Solo ahí se puede restaurar un planeta, devolver color y valor al tiempo, demostrar que una gesta puede hacerse entre varios, plantarse contra los que lo tienen todo ganado y batirse contra uno mismo para conocerse realmente... más que nada porque la "vida es así".

miércoles, 19 de febrero de 2020

Aliento

No te apagues.

Que la vida te da golpes está más que visto.
Cualquier torrente, por desastroso que sea, pierde su fuerza con la rutina.

No te quedes en el gris.

Porque quien es iluso en la tormenta,
pisa firme sobre las nubes.
   

Así que no te apagues.

Que el árbol siga siendo columna.

Que la cuchara contenga todo el color del plato.

Y que esos ojos, pese a tener arrugas, brillen como siempre: 

como nunca.

jueves, 23 de enero de 2020

Rocking Chair

Se sentó y una nube de polvo envolvió su figura mientras dejaba la chistera maltrecha sobre la mesa. Los comensales se miraban unos a otros, buscando al que conociera al viajero... ninguno pareció reconocerle.

—Buenas tardes señores, permítanme acompañarles. Servidor no tiene dinero con que saciar el estómago, pero tengo enseñada al alma y sabe calmarse mirando al resto comer.

Los cuatro viajeros continuaban mirando incrédulos. Solo uno de ellos, un tipo delgado y maneras del este, pareció saber qué decir.

—¿No pretenderá usted quedarse aquí mirando como comemos, verdad caballero? Hay señoritas...

—Y apuesto a que el hambre también ha anidado en ellas alguna vez; seguro que lo comprenden. —Dirigió la mirada hacia las dos señoritas que delicadamente se disponían a la mesa esperando el plato—. No obstante, no pienso quedarme aquí sin hacer nada. Déjenme que les acompañe, les contaré algo que me ha venido a la memoria al verles. Yo también viajé una vez en diligencia. Un viaje largo y tedioso con tres individuos tan insípidos que poco o nada dejaron en mi memoria. Es por eso que la historia que vengo a contarles no va de ellos, sino de otros que pasaron ante mis ojos en un pueblo, durante una de las paradas.

El posadero trajo cuatro cuencos humeantes de caldo rojo con judías, verduras y carne, cuatro trozos grandes de pan, cuatro vasos de barro, una jarra de agua y una botella de vino. El viajero abrió los ojos ante la imagen exuberante de la mesa repleta y comenzó su narración.

—Primero llegó él, en un carro de los caros con caballos que costarían el triple de lo que pagaría cualquier mortal. Traje impoluto, reloj de oro y botones más brillantes que las cuentas que solían darles a los indios por sus mejores pieles.
Le acompañaban dos tipos de cara larga y gatillo pulido. Y yo, aún sin bajar de la diligencia, callado por ver cocer el guiso desde mi atalaya.

Los comensales empezaron su faena sin apartar la vista del viajero. La cucharas herían el caldo y brotaba el aroma. Los panes se partían y saltaban libres trozos de miga blanca y esponjosa que invocaba saliva en boca. Se sonrojaban felices los bigotes con el vino. Pero en todo momento quedaban libres ojos y orejas, atentos al viajero que engordaba su narración con gestos y ademanes.

—Del otro lado venía una mujer joven, con botas sucias y gastadas, mangas arremangadas y un disparo de manchas en el delantal. También iban con ella dos tipos: un indio de rostro tallado y un tipo en ropa de trabajo de espaldas anchas. El indio calzaba un cuchillo de los de no saltarse la advertencia y el otro dos puños grandes como montañas.

El viajero sembró un segundo de silencio, tomó un pedazo de pan y mojó en el cuenco del tipo del este. Respondió a la desaprobación encogiéndose de hombros y sonrió. El resto de comensales entró en batalla con hambre de historia y el tipo, con desgana, tomó un trozo de pan y acercó un poco el cuenco hacia el viajero.

—Pues allí estaban, como les dije, los dos tríos. Desde mi atalaya se veía claramente que acudían dispuestos a poner las cartas sobre la mesa. Y mentiría si no dijera que pasó una eternidad hasta que el de los botones brillantes soltó la primera palabra.

—No era necesario quedar aquí —dijo—, podríamos ir a un lugar más tranquilo. Hablar tomando algo...

—Siento no poder atenderle así, tenemos faena —respondió ella—. Y no hemos sido nosotros quienes han traído la artillería.

—Viajo así sólo por seguridad, tengo que proteger mis intereses. Debe comprender, señorita...

—Soy viuda, señora para usted. Rocking Chair me llaman.

—Botones brillantes rió ante tal ocurrencia, pero los ojos de Rocking Chair le hicieron dudar.

El viajero tomó la cuchara del comensal que quedaba a su izquierda y la hundió en su cuenco. Esta vez la queja del de la cuchara la acalló el tipo del este. Y nadie en la mesa tomó partido en la defensa.

—Bien, bien —contestó Botones Brillantes—, señora Rocking Chair entonces. Debo confesar que esperaba verle con otra vestimenta.

—Ahora no tenemos tiempo para ir arreglados, caballero. Como le he dicho tenemos faena. Por eso mismo, si no le importa, preferiría hablar con usted aquí.

—Si así lo quiere, por mí no hay ningún problema. Como ya sabrá represento a la compañía del ferrocarril y vengo para informarle de que su pueblo está perfectamente situado para entrar a formar parte de nuestra gran familia.

—Verá caballero, ¿ve aquella casa de allí? Es la mía, y junto a las tierras que la rodean forman mi propiedad; ahí acaban mis bienes. Así que debe comprender que no estamos hablando de mi pueblo.

El viajero arrancó dos cucharadas al guiso y taponó la entrada con pan. Nadie dijo nada. —Lo soltó tal y como os lo estoy contando. Rocking Chair era así, hablaba con calma, escuchaba con respeto, y avanzaba, con honestidad, cuando era necesario. Botones Brillantes respondió—. Hirió un par de veces más el guiso y cogió más pan, con el beneplácito de los comensales, antes de continuar.

—Perdone, señora, pensaba que hablaba con la autoridad. Quizás debiera dirigirme a alguien con más influencia en este pueblo...

—Estoy aquí en calidad de representante porque ellos quieren; así que sí, está usted hablando con la persona indicada.

—Botones Brillantes no estaba acostumbrado a eso; se le daba mejor tratar con la gente que no puede saciar el hambre brillando solo para ellos mismos. ¡Joder cómo pica este guiso!, ¿puedo? —preguntó con la zarpa en el vaso de barro y el tipo del este alzó las manos con resignación—.

—Le digo, señora, —dijo Botones Brillantes— que es una buena oportunidad. Excelente añadiría. Hablamos de una mejora sustancial en su nivel de vida.

—Verá, caballero, hemos estado discutiendo una posible oferta desde que llegaron noticias de los suyos de los pueblos cercanos. Y, a fin de ahorrarle su tiempo, le puedo decir ya que la respuesta es no.

—Señora, comprendo que se encuentran ante un cambio muy brusco. Pero no le hablo de cualquier oferta, le hablo de traer la prosperidad: más gente y mucho más dinero. Le hablo de oportunidades, de crecer y ser mucho más de lo que han sido hasta ahora. Donde ahora hay casas dispersas, habrá edificios, bonitos caminos sin fango y negocios prósperos que podrán dejar en manos de otros mientras ustedes se dedican solo a contar los beneficios. Les hablo de la tranquilidad que ofrece el no despertarse cada mañana pensando en salvar el día. ¿Comprende lo que le digo?

—Lo comprendo, caballero, pero en esos raíles que usted me ofrece solo hay prosperidad para un puñado de vagones que seguirán un mismo camino, marcado por los suyos. Aquí, sin embargo, somos muchos y nos gusta vivir en campo abierto.

—¿Y si le digo que habrá para todos?

—Sabe que no es cierto; mucho para pocos, más bien.

—Recapacite señora Rocking Chair, se lo recomiendo.

—Ya le digo que pensado está. Le agradecemos la oferta, pero no.

—Tengo órdenes de no regresar con una negativa.

—Las órdenes son cosa suya, no nuestra.

—Señora, atienda a razones, no sé cómo indicarle que está cometiendo un error.

—Quizás debamos equivocarnos.

—No tiene tantas opciones como cree. Si vamos a otro lado, nos llevaremos el mundo con nosotros. Piénselo.

—Caballero, perdí a mi marido y a mis hijos y decidí que había perdido bastante como para dejar mis tierras y mi hogar. ¿Sabe usted por qué me llaman Rocking Chair? Porque cuanto más me empujan más vuelvo hacia adelante. Así que, señor, tenga usted muy buenas tardes. Lleve a otro sitio el regalo de la prosperidad. Debo dejarle, como le he dicho, tenemos faena.

El viajero calló y esperó a las miradas inquietas de los comensales. —¿Y qué pasó?— dijo mientras rebañaba uno de los cuencos con un trozo de pan y se apropiaba de la botella de vino.

—Pues bien, Botones Brillantes cumplió su amenaza y se llevó el mundo a otra parte; un mundo que ni a Rocking Chair ni al resto de la gente del pueblo les importaba.

Se levantó, se puso su chistera y se despidió de los comensales pasando la mano por el ala.

—Ha sido un placer damas y caballeros, les deseo un feliz viaje.

Al caminar hacia la puerta, aún soltaba algo del polvo del camino al que regresaba y se vio por ultima vez, recortada ante la luz del exterior, su silueta negra con chistera maltrecha y el brillo verde de la botella.

miércoles, 15 de enero de 2020

Gxermu

No lo vimos porque nunca estuvimos allí del todo, demasiado ocupados en nuestras absurdas carreras; faltos de oxígeno, hurgando en llagas propias y ajenas, buscando la ventaja y la destrucción. 


Y mientras tanto, las semillas germinaron, crecieron altos los tallos, extendiéndose raíces y ramas. Mientras tanto, se hicieron grandes los troncos, armándose de fuertes y duras cortezas. 


Y cuando todo acabó cancelamos lo que empezamos, porque ninguno de nuestros planes pudo igualar lo que teníamos delante. 


Aquel día, en medio de ese paraje, comprendimos de nuevo cómo estábamos arraigados a la tierra. Cómo éramos parte, cada uno en su realidad única, de un mismo espacio. 


Comprendimos que no sólo es valioso lo que se compra o se vende. Y que hay un beneficio mucho más intenso, más íntimo, una suerte de conexión umbilical, en el continuo crear del mundo.