lunes, 1 de junio de 2020

William's Post


La tierra rojiza desaparece con el entrecerrar de párpados. Ha conseguido ser uno con el vaivén y el ronroneo de cascos y ruedas, amortiguados por el polvo suelto del camino. A su izquierda, la señorita, pamela y vestido impolutos, mantiene la posición adecuada. Firme faro, insignia de la civilización y las buenas costumbres, tan solo se permite un ligero ladeo de cabeza y el anhelo pueril del descanso en su fuero interno.

El cambio de ritmo remueve sus almas. El viejo recoge la compostura, se frota los ojos, carraspea alguna palabreja y atisba por la ventana los cuatro palos que atraviesa la diligencia.

—¡Dama, caballos y Patty! ¡Bienvenidos a William’s Post!

Los caballos conocen bien el camino. Se detienen frente a un edificio de adobe, cerca de un techado de cañas que hace las funciones de establo; resoplan y patean el suelo para sacudirse la tensión del viaje.

La mano derecha de Sam tira de la palanca de freno.

—¡Todos abajo!

Patty toma tierra de un salto, Jake sacude sus ropas y abre la puerta de la diligencia. Sale el viejo enfrentando sus ojos al sol de la tarde. Va tras él la señorita, grácil y enhiesta, cubierta por la pamela, y se mantiene a la espera de que alguien dome el terreno inexplorado.

—Ahí, a la izquierda de los establos, tienen el abrevadero con una fuente por si quieren refrescarse. En el lujoso edificio que tienen en frente podrán descansar cómodamente y degustar algún que otro exquisito manjar de la zona.

—Menos pompa, Don Summers. No sea que no haya un plato del buen guiso de María para usted.

La voz nace del techado de cañas. Un tipo bajo, de tez cetrina, gruesas cejas y ropas cómodas y ligeras se acerca. Lleva un sombrero claro de ala ancha y una sonrisa de oreja a oreja que muestran alguno de los dientes que siguen en pie de guerra.

—Querido Tomás, siempre es una alegría llegar a tus dominios. Cualquier cuchitril se convierte en palacio si lo pones en medio del infierno.

Jake y Patty llevan la diligencia al establo y acomodan a los caballos. El viejo rechina riñones hasta que de la bomba sale algo que bien podría llamarse agua. Moja el pañuelo y se lo pasa a la señorita para que se refresque, justo antes de hundir ambas manos y llevar el caldo turbio a su rostro.

Tomás escudriña la carga.

—¿Solo dos? Eso no vale ni el resuello de un caballo.

—Tuvimos jaleo en White Valley. Algo más serio de lo habitual, y no tengo ni idea del porqué; se quedaron casi todos en el puesto de Martha. Estos dos siguen, el viejo tiene prisa y paga muy bien.

—Bueno, aquí dentro tienes otros dos. Se apearon hará una semana, un poco raros; gente del este.

Sam resopla, mira al bueno de Tomás y poniéndole la mano sobre el hombro comienza a caminar hacia el edificio.

—Huele a que hemos llegado a tiempo…

Dan un rodeo hasta llegar al ala derecha donde una mujer bajita y regordeta mueve con garbo el contenido de un caldero azuzado por un buen fuego.

—Aquí solo se puede entrar cuando María lleva las riendas. Es el único momento en que no se aprecia el hedor de Tomás.

—¡Oh, si es Don Sam!, ¿aún no te has quitado esos bigotes de ciudad?

—Es lo único elegante que me queda. ¿Cómo os van las cosas?

—Bien, como siempre. Supongo que Tomás ya te ha dicho que tienes dos más para llevar.

—Así es, parece que tendré que arreglarme los bigotes.

—Son buena gente.

—Bien, eso facilita las cosas.

Tomás cruza la placeta de tierra y se acerca al techado.

—Buenos días caballeros, señoritas; mi nombre es Tomás Garriga, soy el dueño de este sitio. Aquí tienen a su disposición toda el agua que necesiten. Podrán pasar la noche dentro, tenemos algunas mantas y jergones para que puedan descansar cómodamente en el suelo. Las señoritas podrán compartir la cama con mi señora si lo prefieren. En un par de horas tendremos listo algo de cena por si les apetece acompañarnos, el precio no es muy alto y, créanme, echarán de menos algo tan bueno durante el resto de su viaje.

—Buenos días Tomás —intervino el viejo— perdone la indiscreción pero, ¿no hay un señor William en William’s Post?

—Pues verá, con el perdón de la señorita, el señor William tuvo a bien dejar este mundo con el cuello en una soga. Organizaba encuentros entre las diligencias y un grupo de bandidos de la zona. Pero eso es algo de lo que ustedes no deben preocuparse, ahora estamos aquí mi mujer y yo; somos gente sencilla y humilde que aún no tiene amigos por aquí.

Rió Tomás y, viéndolos más relajados, les invitó a pasar.

Dentro no había nada especial. A mano izquierda dos puertas: una, la habitación de los dueños; la otra, según Tomás, un cuarto para guardar las cosas. El resto es una sala amplia de suelo de tierra apisonada con una alacena y una gran mesa de madera en la que una pareja, en estrafalarias y cómodas ropas de viaje, se encuentra inclinada sobre un mapa.

—No, tiene que ser desde aquí, es el mejor lugar sin duda. −El hombre alza la vista.

—Y estos son los Howard, —continúa Tomás— les acompañarán durante el resto del viaje. Ahora les dejo que se pongan cómodos. Les avisaré en cuanto esté la cena.

Se ejecutan saludos y el intercambio de impresiones da paso a una charla más distendida. No hay filo y el tiempo pasa agradable.

Mientras tanto, afuera, Jake y Patty aprovechan la ausencia del resto, apoyados en los postes del techado, para descansar y disfrutar del frescor que trae la ausencia del sol.

−¿Cuánto tiempo, eh?

El ascua enrojece viva con el suave chisporroteo del tabaco y se calma para dejar sitio a un sinuoso hilo de humo.

−Mucho. Casi tanto que ya no esperaba volver a ver esto.

Las estrellas plagan el cielo oscuro e infinito, aumentando su número conforme más detenidamente se las observa.

−Hacía falta algo así, reverenda... Hacía falta.

lunes, 25 de mayo de 2020

En marcha


Cielo limpio azul grisáceo, iluminado por el avance de un sol aún por salir. Mañana fresca y viva, de esas que hielan la cara al remojarse las legañas.

–¡Vamos, daos prisa! ¡Esto no se mueve solo!

Sam Summers está ya fuera del hotel, esta vez de otra guisa, con ropa domada por el viaje y sombrero puesto; solo sus bigotes estirados lo distinguen de cualquier otro. Uno a uno, va atando los 4 caballos a una diligencia que, a primera hora de la mañana, muestra su color rojo intenso, oscura y potente, con cierto reflejo azul que la aleja, aún más, de aquel medio.

–¿Cual es tu plan?, ¿ir tan rápido que le ganemos la partida al sol?

Jake habla mordisqueando un trozo de carne seca del desayuno. Mientras, Patty va a saludar a los caballos, buenos y saludables animales que patean ansiosos, a sabiendas de que ha llegado el momento de arrancar.

–Mi plan es hacer mi trabajo pese a tener contratados a dos vagos.

Sonríe el de los bigotes y contesta riendo el bueno de Jake.

–Venga, tú dirás, jefe.

–Por lo pronto, carga el equipaje en la parte de atrás. La señorita puede poner el correo aquí delante, bajo mis pies, junto a la caja fuerte.

–Puedes ahorrarte los formalismos, llámame Patty.

Sam asienta y señala la bolsa de cuero que hay a los pies del asiento del conductor, mientras acaba de apretar las correas de los caballos.

De la puerta del hotel salen ya la señorita del vestido amarillo y el viejo luciendo chaleco elegante y cara algo marchita por el sueño.

–¿Solo dos? –susurra Jake al de los bigotes.

–Hubo un percance y la mayoría decidió no continuar.

Sam reconoce la pregunta en el rostro de Jake.

–No, nada de que preocuparse. El problema se quedó atrás, pasa continuamente en este oficio.

–¿Y los pasajeros?

–La compañía permite continuar el trayecto a todos aquellos que decidan apearse, desde el punto que lo dejaran, con cualquiera de nuestras diligencias. Tienen todo un mes para decidirse.

Jake se limita a asentir mientras se acerca para ayudar a la señorita a subir.

–Bueno, y ¿cómo vamos a ir?

–Uno a mi lado y otro arriba.

–Tú cerca del cielo, ¿no reverenda?

–Me parece bien, así te aguanta la charla Sam.

–Dispara bien... –dice riendo Sam mientras Jake se acomoda en el asiento y coge la escopeta.

–Puedes apostar; hace años conoció a Dios o a Manitú, me da que a los dos, y se quedó un pedazo de ira divina.

–jajajajaja. De acuerdo, damas y caballos, ha llegado el momento. ¡La diligencia sale de Middle Sand!

El látigo chasquea el aire, las bestias bombean músculos de acero, cabeceando en un mar de crines mientras los primeros rayos de sol reflejan en el pelaje negro brillante y la pintura, ahora roja encendida, refulge como un pedazo del mismísimo infierno.

Patty va sentada arriba, con su henry en el regazo, observando el cielo limpio y azul, el suelo árido que se extiende hasta el horizonte y la ola de polvo que poco a poco va levantándose a uno y otro lado de la diligencia.

–Vaya, va suave –dice Jake sorprendido–. El único cacharro de estos que utilicé en mi vida traqueteaba bastante más que una cascabel con tuberculosis.

–Este “cacharro” es una Concord. Piezas de olmo, roble y pecana; mejor que huelgue madera a que parta hierro. Y va “suave” por las dos correas de cuero de tres pulgadas que mecen la caja y facilitan el tiro a los animales. No vas a encontrar nada mejor.

–¿Y qué me dices del ferrocarril? –dispara al aire, divertido, Jake.

–¿El ferrocarril? ¿Puede tu ferrocarril hacer esto?

Sam tira de las riendas y abandonan por un momento el camino. El ojo lee el terreno y la mano actúa por instinto; ondean las crines y sigue el baile la caja, absorbiendo las crestas que se deslizan bajo sus ruedas mientras, dentro, un suave oleaje pone a prueba al viejo que apoya ambas palmas en el asiento intentando conectar con la tierra para encontrar la paz estomacal. Hasta que un suave toque de riendas devuelve los animales al camino y continúan la ruta con tranquilidad.

–Ferrocarril dice… ¡Damas, caballos y Patty!, ¡próxima parada William’s post!

lunes, 18 de mayo de 2020

Oleud


Apenas dos filas de casas enfrentadas ofrecen la única sombra en todo el paisaje.

Llegan con los ojos entrecerrados por el sol y los caballos paladeando el sueño del agua.

Desmontan a la entrada, en un establo donde hay una diligencia, cuatro caballos en las cuadras y un abrevadero lleno. Al final de la calle, apenas a un centenar de pasos, siete u ocho tumbas destartaladas coronan el pueblo. Y a izquierda y derecha, entre las casas, se mantienen en pie un saloon-hotel, una pequeña oficina de sheriff y una tienda... nadie; ni siquiera rostros huidizos a través de la ventana.

Jake mete ambas manos en el abrevadero y lleva algo de agua turbia a su cara.

—Está caliente...

—Aquí dentro hay cosas por en medio, pero no se ve ni un alma.

Patty recorre el establo en busca de alguien, hasta que llega algo de jaleo a sus oídos. A través de las tablas de la pared trasera, observa a un grupo de personas agolpadas en el exterior y la voz de una de ellas se alza sobre la multitud.

Avisa a Jake y marchan hacia el gentío.

—¿Y ahora qué?

Bajito, de estirados bigotes y algún pelo en la cabeza; el tipo grita, sombrero en mano, mientras anda de un lado para otro.

—¿Y ahora qué demonios hago yo? Porque este no se va a mover, ya te lo digo yo...

A los pies de los bigotes, un hombre yace con la mano abierta y el revólver huérfano sobre la tierra.

—¡Contesta, desgraciado, contesta! ¿Te vas a hacer cargo tú solo?

Una camisa roja, manchada de sudor, atraviesa, tambaleándose, el cerco de gente. Aprieta con fuerza el brazo; continúa sin mirar atrás, ajeno a la voz que lo invoca, mientras se escurre, entre sus dedos, su propia sangre.

—¡Mierda! ¡Malditos borrachos! Llévate dos Sam, llévate dos que te harán falta... Claro, ¡si no se matan!

Entre el gentío, todos especímenes autóctonos de caras calladas, duras y secas, perfectamente aclimatados al medio, destacan dos individuos: un viejo encogido de rostro amable y una joven de elegante vestido amarillo, ojos azul eléctrico y un mechón de fuego escapándose de su sombrero.

La joven mira al hombre que se aleja, preocupada, y nace el impulso de acudir, pero la mano del viejo la detiene con una caricia en el brazo. Los azules se centran, incrédulos, en el cadáver y buscan consuelo en el abrazo de su acompañante.

—Le ruego me disculpe, señorita. —el tipo de los bigotes habla ahora, más recompuesto— Siento que haya tenido que presenciar esto.

—Verá, no puedo explicarme qué es lo que ha pasado...

—El alcohol eleva la estupidez humana a cotas divinas...

El viejo aparta con cuidado a la joven y se adelanta.

—Verá caballero, lo que queremos saber es, ¿cuándo vamos a continuar? Porque uno de sus hombres nos ha dejado para siempre y el otro no está en condiciones de volver...

La gente comienza a abandonar el círculo, regresando a sus quehaceres. Solo un par de ellos se quedan; mientras uno calcula la madera, el otro se hace una idea de las dimensiones del agujero.

—Señor, por favor. No es muy seguro continuar así. No sin protección.

—Lo que sí sé seguro es que no es bueno para su bolsillo demorar más la salida. Debemos partir a la hora estipulada; si es necesario yo conduciré, y usted se coloca escopeta en mano a mi lado.

—Le repito que no llegaremos muy lejos.

—Y yo vuelvo a decirle que si quiere ver brillar algo en su mano, debería decidirse a atar los caballos. Si quiere hable con el hombre que le queda en pie.

—Está herido en un brazo.

—Tiene dos —contesta sonriendo.

Alza los bigotes y echa un barrido entre todos los que abandonan el sitio y regresan a sus vidas... nadie. ¿Quién con dos dedos de frente va a estar dispuesto a cruzar aquel hervidero?

—Vaya, amigo, parece que se ha liado una buena —Jake sonríe mientras Patty niega con la cabeza y observa al cadáver.

—Hola...

—Jake.

—¡Jake!, encantado, Sam Summers a su servicio. Tiene usted pinta de ser un tipo que sabe aprovechar las oportunidades, en cuanto a su amiga, parece que tenemos una Srita Fields ante nosotros.

Patty sonríe y muestra una curva afilada de marfil en su rostro rojizo.

—De acuerdo, cuéntenos.

martes, 12 de mayo de 2020

Digger


Las coágulos negros comenzaban a clarear, la lluvia seguía cayendo a sus espaldas, cargada, como escupitajos resonando en metal, mientras, adelante, una línea azul claro pintaba el horizonte.

Iban tranquilos, dejando que los caballos decidieran el paso.

Se cruzaron con unos cuantos tipos; tiznados, pico al hombro, linterna en mano y rostro cansado; caminaban tirando de mulas de ojos vivos y alforjas vacías.

—Él se giró hacia Patty y, sonriendo, le guiñó el ojo.

—Digger... —dijo ella divertida mientras negaba con la cabeza.

—¿Te acuerdas?

Los tipos estaban ya lejos, bamboleándose al ritmo de pasos cansados.

—Sí, maldito holandés... Patty Digger... ¡mira que salirme con esas!

—Entiéndelo, no todos los días conoces a una comeraíces.

—¡Vete al infierno! Nos llamaban digger porque cavábamos para sacar raíces con las que alimentarnos; porque somos un fracaso... ¡ni caballos usamos! La tribu más atrasada de cuantas existen, y eso que para los tuyos todo lo que no sea claro, está para ser civilizado. —Se giró un momento y echó un ojo a los mineros a punto de perderse en el camino.— Pues, ¿sabes?, no deja de ser gracioso. Tanto tiempo escuchando lo de digger y míralos ahora. Cavando sin parar, solo que nosotros cavábamos para alimentarnos. Vosotros caváis para sacar más, siempre más y si podéis coger el terreno del que tenéis al lado no lo pensáis ni un momento, sin importar el cómo.

—A mí no me metas en el mismo saco, no he cogido una pala en mi vida. La única persona que conozco que ganó dinero con el oro fue un tio mío que vendía ataúdes... Además, te recuerdo que estuvimos unos cuantos años codo con codo llevando ganado. Durmiendo al raso daba igual que fueras blanco, negro o digger... hasta tuvimos una mujer entre nosotros —dijo mientras la miraba de reojo— y para no haber montado nunca a caballo te apañabas muy bien.

—Eso era porque a Sand le daba exactamente igual quién fueras mientras trabajaras bien.

—Sip.

—Éramos un puñado de gente rara.

—Sip.

—Jake...

—¿Sip?

—Vete al infierno.

—Vamos reverenda, guárdate los sermones para cuando echemos un trago. Me gusta hablar contigo cuando sacas la bilis.

—Un día, de tanto cavar acabaréis saliendo por el culo del mundo y os daréis cuenta de que ya no tenéis sitio. A lo mejor entonces alguien se acuerda de cómo vivíamos los digger...

Tomaron una curva para salvar la montaña y al otro lado, entre pinos y hierbas agrestes, siguieron una pequeña senda que serpenteaba un par de cuestas hasta regresar a la tierra árida.

Una vez en llano, erupcionó en el horizonte un puñado de casas agolpadas a ambos lados del camino.

—Jake, respecto a lo del trago...

—Sip?

—Es tu idea, tú pagas.

—Sip...

lunes, 4 de mayo de 2020

La vuelta


Y al final regreso.

Veo los pinos de verde seco y eterno,
erguidos vitales sobre cáscara gris.

Piso el polvo y las piedras pulidas.

Tomillo, romero, aliaga espinosa,
arañando la tierra, quebrando la roca.

Regreso.

Y veo que nada allí se ha detenido,
que ha seguido creciendo,
tejiendo la urdimbre de Humboldt.

Tal y como siempre ha sido,
tal y como seguirá siendo.

Salvo por la ligera certeza de que,
si algo no cambia,

sin nosotros, mejor le ha de ir.

lunes, 20 de abril de 2020

Encuentros


Llovía como si alguien disparara 100 gatlings desde el cielo.

Las gotas se estrellan contra el sombrero, el sobretodo y cubren al caballo que hunde cascos en hierbas y fango.

Cuando llueve de verdad en la extensa pradera; cuando el agua fría lo envuelve todo y cala hasta los huesos; justo entonces, completamente empapado, ya nada importa y la lluvia se convierte en abrigo.

No importa el reguero que cae por el extremo del ala, no importa el charco en las botas ni el vapor que surge al respirar. El jinete sabe que de momento no notará los dedos helados arañando sus huesos ni los sudores ni el tiritar. Todo eso le alcanzará cuando al llegar al destino cambie de nuevo de medio y acoja un mínimo atisbo de comodidad.


Era una casa maltrecha, única superviviente de un huracán.

Cuatro tablas mal puestas entre las que se adivina una luz. En un costado, bajo un pequeño porche, descansan dos postes doblados con argollas en la parte superior, uno de ellos sirve de puerto seguro a un caballo pinto que se oculta bajo la techumbre.

El jinete nota el agua dentro de la bota al hundir los pies en el fango. Ata su caballo junto al pinto y golpea nudillo contra la puerta.

La luz parpadea entre las tablas, se abre la puerta y aparece un rostro ancho y severo, recto como el rayo, de pelo blanco cogido en trenzas y dos nogales marrón encendido.

—¡Vaya! Y en el tercer día del diluvio, el señor mandó un pez de los buenos...

El jinete resopla algo de agua y dibuja una sonrisa.

—Hola Patty.

—Jake, hacía mucho tiempo. ¿Años?

—Algo más de una década.

Jake observa por encima del hombro de la mujer el espacio iluminado, emborronado por el calor de una estufa encendida.

—Pasa, anda. Deja las cosas en la percha y acércate a la estufa.

Al lado de la puerta brotan tres grandes clavos doblados, uno de ellos con un abrigo grueso, algo raído en la base. Cuelga sombrero y sobretodo, se acerca a la estufa, deja la ropa repartida entre los respaldos de las dos sillas de la casa y se sienta en un banco frente al calor del fuego.

—Toma, así entrarás en calor.

Jake toma la manta de tejido áspero que ni el tiempo ni el uso han conseguido domar.

—Gracias —dice mientras observa las paredes de tablones milagrosamente unidos, inclinadas con la parte superior hacia adentro haciendo equilibrio para sostener el tejado—veo que echabas de menos los tipis...

—Vete al infierno. Esta casa aguanta todo lo que le echen. —Da un par de golpes a la pared más cercana y, pese al temblor de toda la estructura, ningún trozo de aquel constructo se atreve a llevarle la contraria.

Una tabla sobre cuatro troncos hace de cama, a la derecha de la estufa un arcón cerrado, cuatro estantes guardando lo necesario para cocinar y, en medio de la estancia, una mesa bajo un quinqué colgado del techo y un libro abierto sobre la mesa.

—El libro, ¿aún sigues con lo mismo, eh?

—Nunca lo dejé, Jake. Soy ministra del Señor. —El rostro oscuro se ilumina de cierta solemnidad.

—Por supuesto, reverenda. ¿Tienes algo para calentarme por dentro?

Patty se acerca al arcón y le pasa una botella.

—Toma, dos tragos máximo, que luego nunca repones. En un mundo donde hay gente que rinde culto a serpientes, donde, aunque la mayoría lleva la pólvora en la sangre, surgen comunidades pacíficas, donde hay gente que permite matrimonios múltiples y otros que se adentran en las montañas, huyendo de lo que los suyos intentan crear; ¿en serio vas a decirme que no puedo responder a los designios del señor?

—Nunca perdería el tiempo así. Yo no tengo ninguna duda, reverenda. Siempre me gustaron más tus historias que las de otros. Además, te necesito con todas las fuerzas que puedas invocar.

—Hace tiempo que nevó en mi cabeza. ¿No querrás que volvamos a las andadas?

—Justo eso mismo.

La reverenda toma la botella, se moja los labios y deja que la lengua note el ascua encendida del alcohol.

—¿Motivo?

Una sonrisa se dibuja en el jinete.

—¿Qué tal vivir?

—Te escucho...

lunes, 6 de abril de 2020

Juegos de rol


—Sueño es poco... el cambio de horario me ha matado.

—Yo tengo los ojos pegaos y no recuerdo la última vez que los abrí del todo.

—¿Este finde qué haces?

—Hemos quedao para echar partida.

—¿Partida, a que?

—Jugamos a rol.

—¿Eso como es?

—Bueno, nos juntamos unos cuantos; uno es el que describe una situación determinada y el resto nos dedicamos a interpretar un personaje en ese contexto.

—¿Hacéis teatro?

—Parecido, pero menos profesional; más improvisado y sentados en una mesa, al menos a lo que jugamos nosotros. Es como si al leer un libro o al jugar un videojuego pudieras salir de la historia que está escrita y hacer lo que te dé la gana.

—¿Lo que quieras?

—Sí, hay una serie de reglas que son las que dicen lo que puede o no puede hacer el personaje en función de su naturaleza. ¿Tú te acuerdas de cuando jugabas a polis y a cacos de crío o a indios y vaqueros? Pues parecido, pero con más reglas.

—Jajajaja, ¿no es un poco cosa de chiquillos?

—Pues puede que tengas razón, un poco críos sí que es... que se yo.

—Bueno cada cual se lo pasa bien como quiere.

—Pues sí... ¡Por cierto, vi ayer a Víctor!

—¡Joder, cuánto tiempo! ¿Qué se cuenta?

—Pues al final le salió el curro aquel.

—¡No jodas!

—Está que no se lo cree. Imagínate, a duras penas ganaba los 800 al mes echando pestes y ahora va y le caen 2000 por hacer lo que le gusta.

—¡Que cabrón, quién se lo iba a decir!

—¿Te imaginas currar haciendo algo que te motiva de verdad y llegar a fin de mes sin ahogos?

—Creo que hasta está prohibido pensarlo, ajajajaj. Ya me gustaría a mí, ya.

—Siempre te gustó lo del buceo; tú plantéate levantarte en un sitio con solecito todo el año, cargar los trastos en el coche y pal agua.

—Así sí que me iba a levantar yo bien; un buen desayuno y pal curro. Si tuviera una casita cerca de la playa, ya ni te cuento.

—Hombre con ese sueldo ya se puede uno plantear algo. Lo difícil es mantenerse sin empezar a gastar más de lo que toca, que cuanto más tenemos...

—No, yo podría. Tampoco es que sea de gastar mucho, tengo pocos caprichos... un equipo de buceo bueno sí que me pillaba, eso sí. El resto con tener el sitio ya lo tengo, que el sol es gratis y salir a tomar algo de vez en cuando no es tan caro.

—Joder, pues entonces ya casi lo tienes, jajajaja. Solo una cosa, ¿negocio propio o por cuenta ajena?

—Bufff. Por cuenta ajena son menos líos, pero decides muy poco... Ostias, no sabría qué decirte...

—Bueno, siempre podrías empezar por cuenta ajena e ir montándote el negocio con lo que vayas ahorrando.

—Pues sí, pero creo que empezaría por mi cuenta. Ya te lo organizas de forma que aproveches las temporadas buenas y buscas a alguien para el papeleo, al menos al principio. Joder, si haces lo que te va, te cuesta menos ponerte en marcha. Habrá días pesados, está claro, pero en general no hay color.

—¿Y estás seguro que no acabarías pillando un coche mejor, una casa mejor... que se yo, ¿un barco?

—Mmmm... Coche, uno que sirva para llevar las cosas. Casa, algo normalito, lo que me interesa es el sitio. Un barco... coñe, pues eso sí; pero si en lo demás no gasto casi, me lo podría permitir...

—¿Yate, velero?

—Uno de vela con motor auxiliar, pero nada del otro mundo. Uno de segunda mano que lo pudiera arreglar como yo quisiera.

—¿El carnet lo tienes?

—Jajajaja, ¡qué voy a tener!! Pero me lo saco antes de pillar el barco; además viene bien para el trabajo.

—Entonces casita cerca de la playa, negocio de buceo, coche para cargar el equipo y un barco para currar y disfrutar de los días libres... joder, no está mal. ¿Algo más?

—Pues te vas a reír, pero si tuviera todo eso, aprovecharía el tiempo libre para pintar.

—No sabía que pintaras.

—¡Yo que voy a pintar! Hago los círculos como rombos, los rombos como triángulos y los triángulos... no me salen, jajajaaja. Pero siempre me ha gustado.

—Todo es cuestión de ponerse.

—Haría series del mar y el horizonte. Siempre me ha dejado alucinado ese paisaje.

—Ya ves... Joder, las tres y diez; se supone que a las cuatro tengo que estar de vuelta.

—Sí que nos hemos liado. Ya hablamos. ¡Ah, y que vaya bien el finde!

—Sí, ya te contaré. Venga, ya nos vemos otro día y seguimos la partida ;)