Justo cuando el vaso golpeó la mesa,
doce plomos repartieron el contenido de su cráneo entre un par de
vecinos de barra y la cara horrorizada de la corista.
Atraído por el ruido, su compañero no
tardó en acudir. Atravesó las puertas del saloon, colt en mano,
pestañeó para adaptarse al cambio de luz y, antes de que pudiera
reaccionar, Jed vació el segundo cañón de la recortada. El
atacante giró sobre sí mismo, como un muñeco de trapo, clavando
los dientes en el suelo.





