lunes, 11 de noviembre de 2013

Asamblea

Mesas unidas en medio del saloon, voluntades individuales en busca de un objetivo común; sin piezas fijas, autoridades regaladas ni dioses intocables; lejos de convenios triviales, egos apuntalados y obediencias ciegas. Las normas incuestionables quedaron en un mundo de transparencia falsa y hierro candente. Coordinando, se encuentra quien legitima, admite errores y prepara victorias.

Deloyd se situó en uno de los extremos y observó a los nueve que, sentados en sus sillas, charlaban tranquilamente. Esperó a que pasaran las risas, el revuelo distendido y el tiempo necesario para que los ánimos se acoplaran a la naturaleza de la nueva situación.

-Antes de nada, sepan que después de la asamblea Charles nos ofrecerá un poco de ese endemoniado engrudo, que siempre sabe a poco, y un par de botellas. Vendrá bien algo agradable porque debemos discutir un asunto importante. El caballero que está sentado a mi lado, el señor Edgar Miller, un contable contratado por Jeb para venir a Canatia a ofrecer sus servicios y, traer una noticia que, desgraciadamente, nos interesa a todos.

-Buenos días, damas y caballeros. En primer lugar, quiero agradecerles su recibimiento, los cuidados de la señorita Tabitha, las bienvenidas estomacales del señor Charles y brindarles mi más sincera enhorabuena por este saloon; un lugar magnífico digno de su anfitriona, que ofrece todas las comodidades que hace unos días creía haber perdido para siempre. Es por eso que siento aún más, ser portador de esta información.

El silencio se adueñó de la sala, solo el reflejo tembloroso del sol a través del vidrio parecía osar molestar la calma con su vaivén, mientras el visitante se aflojaba el cuello de la camisa y calmaba su garganta temblorosa con algo de bourbon.

-Hace bastante tiempo, me encontraba yo templando el infierno a golpe de botella, y entre copa y copa apareció el buen Jed. Me sorprendieron sus formas, su lenguaje torpe y sencillo, maravillosamente vivo, que daba color a su apariencia exigua y andrajosa; charló de la experiencia de empezar de cero, del valor de la tierra nueva, del cambio y nuevas gentes; habló de la posibilidad de un lugar donde quedara eternamente atrapado el oleaje positivo del comienzo, el arrollador impulso constructivo que ofrece un reto y la posibilidad de conseguirlo; me dijo que un sitio así se estaba gestando y que necesitaba que alguien como yo formara parte de él. Temí que fuera la cuna de algún extremo religioso, pero si habéis conocido a Jed sabréis que puede parecer cualquier cosa excepto un líder carismático. Quizás fue esa su principal cualidad, porque si algo podía decirse de él, es que tenía la honestidad grabada en los ojos y la simpleza de carácter filtrada en sus movimientos tristes y demacrados; un pobre idiota del que costaría no fiarse.

Brotaron voces de asentimiento, signos asertivos confirmaron en grupo una sospecha enterrada individualmente. Todos los ojos quedaron clavados en el papel que el señor Miller iba desplegando ante la audiencia.

-Seguro que reconocen este documento, la cesión de tierras y empleo en Canatia. Imagino que para ustedes habrá supuesto una bocanada de aire fresco, la consecución del paso que se negaban a dar... pero este en particular tiene algo más: una cláusula extra según la cual debía personarme aquí en un tiempo indicado, concretamente hace una semana, aunque motivos ajenos a mi voluntad me retrasaron. Mi cometido no era otro que indicarles que los fondos que Jed dejó para el pueblo se habían acabado, todo cuanto suponían tener en el banco, se ha esfumado. Vine porque el documento me ofrecía la oportunidad de romper con otro mundo, una cantidad, a cambio de enviar un mensaje, que me facilitaría empezar otra vida. Debo confesarles que jamás barajé la posibilidad de quedarme como contable, porque estaba seguro que nada quedaría en este lugar si el dinero con el que contaban desaparecía de repente; pero un acontecimiento extraño, ocurrido hace unos días, no sé si un sueño o un espejismo, me hizo cambiar de idea. Es difícil de explicar pero baste decir que estoy dispuesto a quedarme y seguir adelante con lo que forjemos por nosotros mismos.

Las paredes del saloon empequeñecieron, comprimiendo el aire, creando una atmósfera irrespirable de humo, duda y preocupación, hasta que una pequeña exclamación detonó el silencio y esparció el clamor conjunto por toda la sala. Incredulidad, dolor y rabia viajaban en cúmulos de palabras que chocaban unos contra otros hasta formar cuerpos informes que embotaban mentes, trababan lenguas y encendían ánimos. Solo el golpe de la empuñadura de plata sobre la madera consiguió expulsar el caos y atraer de nuevo la calma.

-¡Señores, por favor! Lo que dice el señor Miller es completamente cierto, así lo dispuso Jed en el documento que le fue otorgado. De acuerdo con lo ahí expuesto, todo el dinero de que disponíamos, descontando el emolumento del señor Miller y una pequeña cantidad que, con suerte, podría cubrir los gastos del material necesario para construir lo que queda, ha sido gastado en, cito textualmente: “gastos de herrería”. En otro tiempo habría achacado tal idiotez a que algún espabilado se había aprovechado de la candidez de Jeb, pero, hoy por hoy, no lo creo. Estoy seguro de que Jed gastó ese dinero con pleno convencimiento, pero no consigo imaginar el motivo. De todas formas no es momento de buscar respuestas, sino de decidir el camino a seguir.

-Lo que el señor DeLoyd intenta explicarles -dijo Edgar mientras luchaba contra una maraña de papeles- es que al carecer de dinero, todos y cada uno de los cargos contratados pierden toda vigencia; por lo que se les considera libres de sus obligaciones ocupacionales, aunque siguen siendo los dueños legales, a todos los efectos, de la tierra adquirida en el contrato. En definitiva, cada uno puede disponer de sus tierras como considere oportuno.

-Yo no sé lo que opinarán los demás, pero el saloon está en pie, dispuesto a funcionar. Me da igual que un idiota se dedique a dejarse el dinero en herrerías, banquetes o putas; no pienso vender el único lugar en el que puedo decidir qué hacer, tenga las consecuencias que tenga; y Kornelius está conmigo en esto.

El pianista se limitó a asentir sonriendo al ver a su compañera de espectáculo hervir por segunda vez en su vida, afinada con el aplomo que ofrece la causa verdaderamente asumida.

-De acuerdo señores, dos de ustedes ya se han pronunciado. Todos llegaron aquí con promesas en un papel e inquietudes internas, yo mismo les recibí. Las promesas han caído, disponen de tierras y cabe preguntarse ¿qué ha sido de las inquietudes? Hablen por ustedes mismos, porque el idiota nos ha dado la espalda.

No hay comentarios:

Publicar un comentario