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lunes, 23 de noviembre de 2020

Balas: Mae y Tim

Estaban bajo el porche: manos sobre barandilla y ojos en el horizonte.

—Fue poco antes de que muriera. Yo le cuidaba y me contó por qué las balas no podían dañarle. 

—Pero si tú empezaste a trabajar para el ejército en el 83...

Media sonrisa apareció en su rostro. 

—Vale, olvida a Caballo Loco. Lo que quiero decirte es que la mayoría apuntará demasiado alto o demasiado bajo. En cuanto a los que saben dar en el blanco, no te ofrecerán más que la experiencia de estar en peligro y, en última instancia, la muerte. La verdad es que pocos irán directamente a por ti; es el miedo el que atrae las balas.

—¿Entonces? 

Miró de reojo y señaló el arma que tenía el muchacho a su lado.

—Ese arma se inventó para disparar sin tener que esperar demasiado; no para escupir 15 balas de golpe y tardar lo mismo de siempre... Lo que te digo es que debes hacer que cada bala cuente, por lo que puede hacerle a un ser humano y porque una vez sale, ya no hay retorno. Así que, cuando vengan, mantén la cabeza despierta, el alma en calma y déjame hablar a mí.

lunes, 19 de octubre de 2020

Balas: La Entrega

Torso y codos sobre roca ardiente. Respira Bill sin despertar el polvo y apunta, mientras lucha contra el escozor que nace perlado entre sombrero y piel.


Por la mira del sharp ve a los Cooper, triunfales, y a Tim “el calvo”, cicatriz sin cabellera, con paso lento y maletín lleno. Frente a ellos se detiene y comienza a hablar.


El viento llega en silencio, arde en Bill el sol y se extiende, interminable, el tiempo hasta que brotan recuerdos de peleas y traiciones. Abre los ojos y cierra el índice: plomo incandescente atravesando el maletín, sonido a vidrio roto y una gran bola de fuego que lo engulle todo.


Se levanta y va hacia donde otro compañero espera con los caballos. Hablan las miradas, montan y, con las alforjas repletas tintineando el funeral de “el calvo”, cabalgan hacia el oeste.

lunes, 23 de septiembre de 2013

One (2)

Por la ventana, el crujido agudo de un pelotón de chicharras reblandece y moldea todo cuanto toca. Las cejas acumulan sudor, una pequeña gota comienza a bajar por el puente de la nariz; barba rasposa de dos días, ojos inquietos y patada de orgullo en el rostro. En frente, un bigote encerado tiembla ante el argumento metálico: un tambor que rueda hasta alinear la muerte con el cañón del revólver.

lunes, 19 de agosto de 2013

Polluelos (1)

De pie, al abrigo del porche, descansan tres niños y su fiel criada. Erguidos, cubiertos por la sombra recortada ante el soleado polvo de la calle. Atentos, observando el elegante edificio de adobe, con gran portón de madera maciza. Se miran, recordando los pasos: saludo, izquierda; uno, dos, tres, cuatro, bienvenida; buenos modales, premio; reverencia, despedida. Por fin ha llegado su momento.