lunes, 13 de octubre de 2014

Tocando a fuga

El sol abandona su reino y el frío conquista la tierra. Un corro apiñado, de presos sobre arena gris, dispuesto en medio del patio. A un lado quedan las rocas, heridas de pico y martillo, erguidas hasta el final; al otro las celdas vacías, barracones de guardia dormida y la casa del alguacil. Mas este cuadro que les presento, aun se mantiene en espera, ya que algo ocurrió antes de que tuviera lugar.

-Y es por eso, reverendo, que añoro sus calles, sus gentes, su vida y color; y por lo que la mera idea de respirar su aire, provoca en mí melancolía y amargo dolor.

-Malas son esas lamentaciones. Atender continuamente a lo desagradable, amiga, enquista el alma de tristeza y ahoga el hogar. Es joven y bien parecida, de redondeces, si me lo permite, gustosas, sano rubor en el rostro, bella mirada e interesante hablar. Necesita quehaceres para distraer su desánimo.

-¿Y qué más hago, reverendo? Paseos en carro, lectura sagrada y mundana, pinturas en lienzo, alguna copita espaciada y todo sin parar de rezar... He hecho todo cuanto me ha recomendado y sigue en mí este hastío: condenada telaraña de pena terrible que me rodea y, cuanto más intento apartarla, más fuerte me acaba de apretar. Solo encuentro alivio en estas visitas y aun así consumo el tiempo en el agridulce recuerdo del mundo que dejé atrás.

-Comprendo su vértigo, amiga. La añoranza mira extraña y deforma el sentido; dulcifica lo antiguo, amarga el presente, anula el futuro y muerde con fuerza al intentar apartarnos de su pesar. Insigne aliada que otorga el solaz del recuerdo; terrible enemiga si se escucha en demasía y no se sabe acotar.

-¿Qué hago entonces, reverendo? ¿Existe algún otro remedio?

-Ciertamente es difícil la respuesta, pues sigue su alma apuntando hacia el mismo redil. Debo decirle que no se me ocurre otra cosa que darle a su alma lo que anhela. Quizás tal insistencia no sea sino el eco de auxilio que su misma naturaleza no para de emitir.

-¿Y cómo volver? Sabéis muy bien cuánto significa esto para mi marido, ha puesto todo su empeño en poner en marcha este penal. Lo considera obra importante, fuente fija de ingresos y un gran servicio para el propio preso y la comunidad. ¿Cómo decirle que deje todo cuanto le importa para deshacer camino y volver a la ciudad?

-Sería injusto, es cierto, pero seguro que existe una forma de que todo vuelva a su orden sin que usted diga nada, ni él deba renunciar. De momento, sigamos intentando distraer el ánimo: ya que usted no puede ir, traigamos un poco de la ciudad. Organice una buena fiesta para los hombres de bien de aquí: una cena de gala con excelentes manjares, gustosas bebidas y dulces de navidad.

-Pues mire que es buena idea, con música, baile, charlas ajenas a prisiones y mi esposo a mi lado, presidiendo la mesa como en los grandes festejos que allá celebramos.

-¡Eso es, enhorabuena por la bocanada de vida, la sonrisa sana y el honesto respirar! Ahora veo que estamos en buen camino, pero tenga en cuenta que todo el mérito es solo suyo. Si en algún momento sintiera dudas, recuerde, amiga, que yo cargaré encantado con la culpa y hallaremos, al fin de tales pesares, la libertad.

Salió la señora, aquel día, henchida de ánimo, con sonrisa ilusionada, mirada viva y voz jovial. Atónito quedó el marido, agradecido al reverendo y contento al conocer la propuesta que tanto bien había hecho a su par. Él mismo se encargó de pedir lo necesario para el evento: dos carros repletos de comida y objetos que tras cuatro días entraron en el penal. Los presos colaboraron con desgana, mas sin queja alguna, “obedeced al reverendo, especialmente en aquellas partes del cargamento que os ordene esconder”, les había dicho el compañero inseparable del reverendo, aquel al que llamaban Fred. Y mientras, en las cocinas, el predicador ayudada a la esposa con las viandas más delicadas y enseñaba el secreto atesorado del ponche familiar.

-Como ve, se trata de algo sencillo, lo descubrió mi abuelo por accidente. Las guindas le dan cierto gusto dulce, el resto le ofrece un calor comedido y un suave final. No olvide lo más importante: removerlo un poco y dejarlo en descanso. Manténgalo cerrado en oscuro hasta el momento justo en que se vaya a tomar, ya que cuanto más tiempo repose, más rico sabrá.

Celebróse el festejo con el alguacil, su esposa, el reverendo invitado y todo el personal, exceptuando a los presos y algunos guardias que debían vigilar. No obstante, generosamente aconsejada por el reverendo, la señora ofreció comida y ponche a los que tan fielmente su labor desempeñaban; tan solo un plato y una copa, lo justo para probar las viandas y un par de tragos echar.

Esa noche descansaron como nunca. Durmió el alguacil y su esposa, durmieron los guardias de la fiesta y los que debían guardar; durmieron todos cuantos allí estaban menos los presos que en medio del patio iluminado por la luna, describiendo un círculo, atendían a Fred que, junto al reverendo durmiente, les transmitió las instrucciones que este tuvo a bien dejar.

-Dijo que cargáramos con él y utilizáramos los dos carros. Que una vez cruzado el desierto, cada uno buscara su camino, esperando que no cayerais en desgracia nunca más. Dijo también en cuanto a los guardias, el alguacil y su esposa, que los dejáramos a todos en paz; que dejáramos su carro y sus caballos intactos. Dijo que tras este desenlace el alguacil no habría de volver a dirigir prisión alguna y que se vería obligado a volver a la ciudad. ¡Y vámonos ya de una vez! No sé vosotros, pero yo tengo ganas de caminar libre, comer un buen filete y beber hasta perderme en las carnes de alguna mujer de jornal.

Marcharon todos, directos a por los dos carros del cargamento y a por el que usaba el alguacil; arramblaron también con los caballos y con las armas del personal. Lo siguiente no fue una pelea sino una batalla campal, pues, unos atacaron a otros, por hacerse un sitio en el transporte con el que escapar. Salió el primer carro medio vacío, con los tipos de dentro disparando sobre los demás. El segundo rompió una de sus ruedas al chocar de lleno con un puntal. Salió el tercero más lleno y pacífico, al ver la falta de oportunidad. Salieron por último todos los caballos dejando tras de sí un patio de cadáveres ensangrentados como único testigo de los presos del penal.

Y Fred, solo, único consciente en el patio, hizo acopio de agua, tomó un rifle, se cargó a la espalda al reverendo y, aprovechando el fresco nocturno, comenzó a caminar.

-Tu duerme, maldito reverendo, que solo nos queda el desierto. Duerme, pero reza en tus sueños como si el jodido cielo fuera a cerrar.

lunes, 6 de octubre de 2014

Doctor Well's Medicine Show

Tras varios días, el carro sigue imperturbable, fiel a su senda. Allá a lo lejos, con la loma a punto de rozar el cielo, se adivinan las cimas de cordilleras de edificios, erigidas a ambos lados del camino. Es allá donde el blanco arenoso muda el bordeado marrón grisáceo de las plantas, la tierra rojiza y las rocas; por maderas pintadas, carteles con grandes letras y el alegre movimiento del bullicio de la gente. 

-¡Ey, Doc! ¿Qué tal si dejas la botella tranquila?

El viejo izó el vidrio, acabando con buena parte de su contenido, y contestó desde el palanquín, sin apartar la vista del camino.

-Dígame, querido One, ¿qué mejor vendedor hay, sino el principal valedor del producto que ofrece?

-¿Qué tal aquel que guarda algo de su mercancía para el cliente?

-¡Oh, vamos! Aun quedan botellas suficientes para dar sosiego a todos los afligidos de estas tierras, ¡qué digo, de este país! ¡Si alguno queda sediento, por lejos que esté, no será el Doctor Well quién le deje en la estacada; pues aunque las canas adornen mi cabello, las nieblas acechen mis ojos y viejos rencores atenacen mis piernas, este tónico me devuelve la vida! ¡La fuerza equina que mueve este carro, camina sin descanso, rastreando la sed! ¡Y no habrá nadie, ni una sola alma apenada en todo este territorio, a quien el Doctor Well no devuelva la fe!

El viejo gritaba alzado en su palanquín. Con una mano aferraba las riendas y con la otra esgrimía la botella hacia el cielo, balanceándose, enrojecido, en un equilibrio imposible de comprender. 

-Menos mal que compramos candados para el resto del cargamento...

Lily emitió sus palabras susurrando a One; apenas una brisa leve ante el vendaval que comenzaba a desplegar el viejo doctor. Y sin embargo, este escuchó, soltó su orquesta y se giró hacia el interior del carromato, dejando a los animales continuar a su aire.

-¡Gracias, bienaventurada Lily! ¡Pues poco menos ha de decirse a las que como tú, pertenecen al más bello sexo! ¡Vosotras, injustamente culpadas del primer pecado, ofrecéis generosamente el perdón; pues aunque haya quien lo niegue, es necesaria tan dura prueba, para obtener, una vez superada, la dulce y grata redención! ¡Y no creas que exagero, porque deberías saber que hasta un alma perdida como yo, dejaría todo cuanto le ofrece el diablo, por un reconfortante abrazo y el par de sonrisas que descansan en ti!

Miró One con cara de pocos amigos. Miró Lily también, calculando el momento adecuado para poderlo empujar; mas el pueblo asomaba y, después de todo, aquel viejo borracho sabía lo que debía hacer. Con la mirada fija en el pueblo, apuró el último trago, recolocó chaleco y pajarita, asentó el sombrero y comenzó a aclarar la voz.

-De acuerdo hijos, no escuchéis a este viejo con odio o rencor. Vamos allá, ya sabéis como van las cosas. 

Hicieron los últimos retoques mientras entraban en el pueblo. Paró el doctor, dejando el carromato con las letras bien visibles, su efigie dibujada sobre la madera, junto al de una bella muchacha y un aguerrido pistolero. Bajó con un bastón y un taburete, y sobre él invocó su orquesta.

-¡Acérquense bellas damas y bravos caballeros! ¡Solo 10 centavos! ¡Que vengan los niños y ancianos! ¡Sean todos bienvenidos a este espectáculo! ¡El Doctor Well's Medicine Show está aquí para ustedes! ¡Observen a la hija del hielo, belleza nívea encontrada por una de las más importantes expediciones en los perdidos confines boscosos del gélido norte. Maravíllense del contraste de sus dulces y melodiosos rasgos, su mirífico cabello albo y el frío seco e imponente de la fuerza de su mirada! ¡Vean a One, uno de los más certeros pistoleros, defensor de las damas, compadre sin par y el más letal de los enemigos. Asómbrense con su legendaria puntería: sombreros, monedas, incluso pulgas es capaz de acertar a casi cualquier distancia! ¡Acérquense también aquellos que tengan algún mal: dolor de cabeza, reúma, fríos nocturnos, temblores, calores, sudoración, dolor de muelas, ahogos, apatías y cualquier otro tipo de mal interno o externo. Dense un premio, disfruten del espectáculo, adquieran un tónico del Doctor Well y gocen la ausencia de los males que les aquejan! ¡Vengan amigos, solo 1 dólar por el paraíso en el que el único desterrado es el mal!

lunes, 29 de septiembre de 2014

Comienzos

Se levantó, renqueante, algo mareado por el traqueteo. Con los oídos taponados, se aferró a la barra de hierro y bajó los peldaños de metal. El vapor se disipaba por el andén mientras los ojos se acostumbraban al brillante sol y mostraban el comité de bienvenida: un hombrecillo embutido en un chaleco apolillado, una ciruela rígida y seca en traje negro y un par de jóvenes coyotes de ojos afilados y manos rápidas.

Los viajeros fueron pasando a su lado, dando algún que otro golpe, pero Ralph permaneció impasible, intentando adivinar cuál de aquella curiosa mezcla de individuos sería su contacto. El hombrecillo cogió la mano de una mujer de tantas curvas que marearía hasta a un marinero. La ciruela recogió a un muchacho de apenas doce años con cara de haber sido condenado a la horca y los coyotes apenas le miraron, lanzándose, entre risas y zalamerías, sobre un elegante hombre del este que caminaba, pobrecillo, a paso de billetera repleta.

Y allí quedó, con la máquina despidiéndose a silbido limpio, frente al andén vacío y los ojos inquisitivos del jefe de estación. Pensaba en si había sido buena idea llegar a aquel lugar, tan lejos de los verdes pastos; cuando, corriendo por el entablado, venía un temblor cárnico de anteojos encastados en narices redondas, sombrero en una mano y pañuelo blanco en la otra.

-¿Sugart, señor Sugart?

Y entonces vio la madera seca y ruidosa del andén, los bancos rotos, la mirada de reptil del jefe de estación y, notando el sol en su espalda, comprendió que aquel reloj hacía mucho que no pasaba de las 12. Por un momento, pensó en no contestar a aquel hombre, gastar parte de su dinero en un caballo y dar media vuelta hacia lo que verdaderamente conocía; pero había caminado demasiado ya.

-Sí, soy yo. ¿Usted debe de ser el señor Willbur, cierto?

El pañuelo absorbió el légamo perlado que cubría su frente y los dos mofletes subieron empujados por una generosa sonrisa. Hizo ademán de dar la mano, pero consideró más oportuno guardar el pañuelo y dejar tales cortesías para cuando hiciera menos calor.

-El mismo, señor. Un verdadero placer conocerle en persona. Doy por hecho que recibió mi mensaje.

-Así es, me lo comunicaron a medio viaje.

-¿Entonces, está de acuerdo?

-Bueno, su valedor es de confianza, si sus honorarios son los que indicaba, me parece perfecto.

Aquel hombre puso amigablemente la mano en la espalda de Ralph y le mostró el camino hacia el interior de la ciudad.

-Los honorarios son los mismos que le indiqué; trabajo justo a precio justo. Debe saber, no obstante, que cobro por adelantado; no por mí, por supuesto, sino por el coste de los trámites a realizar: dispensas gubernamentales, verificaciones notariales y un largo etcétera de burocracia agotadora de la que usted, amigo mío, a partir de este momento, ya no tendrá que preocuparse. Pero no quisiera aburrirle, ha tenido un largo viaje, ¿qué le parece si le cuento como voy a ayudarle echando un buen trago en el saloon?

-Me parece una buena idea. Se agradece la invitación.

-Bueno sí, ahora mismo... Mire, le diré lo que haremos, esta ronda la pagamos de mis emolumentos. ¿Conforme?

-Conforme.

Entraron al saloon y hablaron largo y tendido de los trámites a realizar. Frente a una botella de whisky, dos vasos y dos platos con patatas y carne asada, el señor Willbur pareció transformarse; comenzó a explicar los pasos, nadando entre términos legales y argot jurídico como pez en el agua.

-...porque antes de nada habrá que averiguar la validez de este documento. La buena noticia es que existe ese lugar, llamado Canatia, no muy lejos de aquí; por lo que solo falta averiguar que ese tal Jed tuviera algún poder sobre ese territorio. Supongamos que todo eso es correcto; bien, pues entonces nos queda prepararnos para defender su derecho a la concesión; este pueblo lleva tiempo en marcha y es posible que sus habitantes no quieran saber nada de viejas deudas. Será algo farragoso, pero no supondrá ningún problema, seguro que podremos llegar a un acuerdo agradable, ¿porque queremos estar a gusto allí, no?

-Por supuesto que sí.

-¡Exacto! Bien, por otro lado queda el tema del instrumental; y ahí, amigo mío, vuelve usted a dar en el clavo ya que puedo conseguirle a muy buen precio todo lo que sea menester para una fragua, tengo los contactos indicados. Considero que, teniendo en cuenta la cantidad acordada, podremos trabajar con holgura, es una inversión fuerte pero a cambio tendrá su parcela con casa y fragua todo en uno. ¿Y bien, le interesa o no contratar al bueno de Willbur?

-Me interesa. Pero a condición de que vaya con usted mientras duren los trámites y que la comida y bebida de los dos salgan de ese dinero. Debe hacerse cargo de que no me queda mucho más.

-Sea; un buen aliciente para acabar a tiempo el trabajo.

-De acuerdo entonces.

Chocaron las manos. Intercambiaron dinero por contrato y hablaron durante un rato de los pasos a dar, dadas las complicaciones de estar tan lejos de lugares más civilizados. Pero Willbur parecía tener práctica en esos asuntos y, una vez explicado, todo pareció más sencillo; para cada escollo existía un salvoconducto y para cada problema, los contactos necesarios. En un momento tenían descrito el plan de actuación y el fuelle bufando sobre las ascuas. Ralph se alegró de haber confiado en aquel hombre, a primera vista tan desastrado, hasta que el chirriar de la puerta trajo consigo la desgracia.

-¡Willbur, maldito canalla!

Un tipo grande, apareció en el umbral del saloon, con la figura recortada ante el exterior soleado. Un sombrero recto y gastado perfilaba los ojos de depredador, los pelos de las patillas sobresalían de su sombra, ofreciendo el perfil erizado de un felino en pie de guerra. Y el tronar de voz sonó de nuevo.

-¡Maldito gusano, no vas a salir de aquí! ¡Ya no hay más tiempo para ti!

Ante los ojos de Ralph, Willbur perdió la consistencia y fue encogiéndose en la silla, todo lo que antes era lucidez y palabra se tornaba ahora titubeo y perdición, como un rey arrancado de su trono.

-Tranquilo Sam, lo teng... lo tengo todo. Incluso más.

Pero aquel hombre, parecía no escuchar, avanzó apartando las mesas a manotazos como si no importara ya la gente que miraba ni el barman que, ignorado, intentaba calmar la situación. Alguno de los presentes salió corriendo, a sabiendas de lo que estaba a punto de ocurrir. Voló una mesa tras otra, abriendo senda a golpe de madera rota. Willbur reunió fuerzas para romper la cuerda que lo mantenía fijo y parlotear mientras agitaba, con ambas manos, la billetera que Ralph acababa de darle.

Ralph ni siquiera pudo emitir la mínima protesta, aquella bestia erizada, arramblando con todo a su paso, le había helado la sangre, tenía la certeza de que el mínimo ademán recibiría, en el mejor de los casos, un balazo en la frente. Y así vio cómo su dinero cambiaba de manos, cómo aquel demonio colocó su garra tras la cabeza del señor Willbur y restalló su cara contra la mesa; tomó un segundo, arrancó lo más hondo de su propia alma y escupió sobre aquel hombrecillo quejumbroso.

No dijo nada más, ni se giró para ver a Willbur alzarse con la cara ensangrentada. La puerta volvió a chirriar y la vida volvió a fluir. Solo el rastro de ira y el charco de sangre evidenciaban lo ocurrido. Y un Willbur aturdido, mirando con ojos desorientados, reunió las palabras adecuadas.

-Lo siento, señor Sugart, pero no puedo quedarme; lo ofrecido en ese pago no será suficiente y cuando lo descubra y vuelva, será a por mi alma. Le prometo que no me olvidaré de usted, tiene que confiar en mí; sé que no es fácil pero créame: un precio justo por un trabajo justo. Guarde ese documento, señor; le juro que en el futuro sabrá de mí.

Y allí quedó Ralph, sin dinero, con la sangre ya derramada, sin la satisfacción de haber infligido venganza. Apuró la copa, salió y se quedó sentando en el borde del porche, mirando fijamente al maldito papel que le había llevado, pobre iluso, hasta allí.

-La última vez que vi un papel de esos, amigo, el tipo tenía la misma cara que usted... curiosamente luego mejoró.

La voz llegaba desde lo alto de una diligencia. Hombre pequeño pero robusto, sombrero ancho y cigarro en boca a punto de encender. Donde debiera estar la otra mano, había solo un muñón con un asidero de madera sobre el que estaban enrolladas las riendas.

-Ángel Romero, a su servicio. Creo que sé a dónde debo llevarle.

lunes, 22 de septiembre de 2014

Vacaciones


Un manto de fina arena blanca, largo e interminable, acapara todo cuanto a la vista está. Arriba, un sol omnipresente, fuerte y radiante, disfruta evaporando el ánimo del pobre iluso que se atreva por allí, sin carro ni caballo, a deambular. Pues nada hay en este páramo; ni agua, ni sombra, ni vida; tan solo un antiguo fortín, medio destartalado, donde pasan sus vacaciones unos cuantos hombres de paz.

Se levantó bien temprano, como cada día desde hacía un mes. Limpióse la cara y las manos, con jabón aromático en el aguamanil. Enjuagó su boca con un poco de bourbon, despertó a Fred y, sentado en su butaca, esperó al alguacil. 

-Buenos días, reverendo, ¿qué tal ha dormido hoy?

-Perfectamente, Tom, ¿qué tal tu mujer?

-Oh, le encantó la carta; olvidó el problemilla y espera con ansias volverme a ver.

-Lo importante es arrepentirse, solo si el arrepentimiento es sincero, las buenas palabras hacen el golpe certero. Eso sí, deja que pase un tiempo antes de volverte a arrepentir, que si bien está lamentar lo ocurrido, mejor es espaciar el desliz.

Sonrió agradecido, abrió la celda y les dejo pasar. Zek saludaba al caminar, en uno y otro hallaba respuesta; bien fuera por enviar alguna carta, pedir consejo o trámite religioso, todos tenían algo que tratar. 

Cruzó el pasillo que daba al patio ardiente, donde esperaba el martillo, la piedra, y la obligación de picar. Mas siempre había algún alma noble que, de buen grado, su labor se ofrecía a desempeñar. Saludó a un par de presos nuevos, con buenos modales, sonrisa amplia y sinceridad; tan extrañados estaban estos, que apenas acertaron a bajar los instintivos puños y emitir un tímido gesto con el que contestar. Saludó a los mexicanos con camaradería, a los indios con calma, a los chinos con alegría y a los negros con humildad. Traspasó el patio hasta acercarse al general. 

-Buenos días, reverendo. Ya veo que, como siempre, está usted pletórico, vital.

-Día sin nubes, calor firme, por lo que limpiamos toxinas al sudar. Muchas gentes buscan este clima: del este vienen por salud, del norte por comodidad y los hay que cruzan el charco, sedientos de curiosidad. Cómo si no habría de estar en un lugar tan magnífico, en el que nos dan alimento y un lugar donde descansar.

-Bien, bien, como usted diga. El caso es que el tabaco se acaba y hay uno de los guardias que se niega a colaborar... ya sé que no es amigo de trifulcas, así que antes de apretarle la cuerda, quizá quiera usted probar.

-Sé de quien habla, no diga más. Es hombre bueno y honrado, seguro que explicándole las cosas, lo adecuado del premio al colaborar, hará que comprenda que no es tan necesaria la reprimenda para con estos chicos tratar.

-Ya sabía que algo haría, sus métodos son raros, pero ahorrar sangre, ahorra problemas; y eso nunca viene mal. 

Marchó, afuera del patio, un guarda abrió la puerta con una sonrisa y un ademán. Recorrió el pasillo hasta la oficina del alcaide, llamó dos veces y espero la respuesta antes de entrar. 

El alcaide saludó encantado, con ambas manos y hondo estrechar. Puso dos copas y le invito a pasar; dentro, un par de butacas tapizadas en verde, una de ellas vacía y en la otra la mujer del alcaide con amable sonrisa de cordialidad.

-Bueno yo os dejo solos, gracias por todo, reverendo. Ya sabe, si necesita cualquier cosa, solo tiene que avisar.

Charlaron un rato, de esposas añorando el lujo y la buena vida de la ciudad, las conversaciones ilustradas, los buenos modales, la gente elegante y el confort, allí lejano, de la espiritualidad. Bebieron un poco, cantaron un himno y le recomendó en carro salir a pasear. La acompañó hasta la puerta, montando a su lado en la parte de atrás. Al abrirse el portón paró el cochero a fin de que el guarda diera el visto bueno para continuar. Entonces Zek se acercó al individuo y le dijo, algo quedo: “ya ve que al final llega la suerte, pues el mismo alcaide me acaba de soltar”. La señora quedó enmudecida incapaz de alzar la cabeza, el guarda quedó un segundo en silencio intentado rumiar; entonces el reverendo rió con ganas diciendo “es broma, solo la señora ha de marchar”. Rió ella, rió el guarda y hasta el cochero tuvo un momento de felicidad. Al volver hacia el patio, Zek acudió a donde Fred debía picar.

-Reverendo, por un momento he pensado que ese guarda le iba a dejar pasar. Pese a ser increíble era el momento perfecto para la huida.

-Y a dónde iría yo, mi buen amigo, sin poder disfrutar de tu amistad. Por supuesto que hubiera escapado de haberlo querido, pero no es tiempo de huidas, pues aun hay obra divina aquí por realizar.

lunes, 15 de septiembre de 2014

Ralph Sugart


-¿Qué fue de Ralph Sugart? 

Nació en esa parcela, donde su padre construyó una de las primeras casas de lo que después sería nuestra Kingsfield. Como todos nosotros, pasó su infancia jugando entre los esqueletos de madera erigidos por los vecinos, corriendo con los perros y otros chiquillos: jugando, saltando y peleándose, justo antes de volver a casa sucio, con el estómago vacío y algún que otro rasguño. Aprendió a leer y escribir en la casa de la señorita Rowen, una mujer mayor que por alguna razón había elegido ofrecer su vida a ella misma. Así eran muchos de los que por allí andaban, gente sencilla que, llegados de otros lugares, habían decidido comenzar de cero y vivir de acuerdo a sus propios principios y creencias. 

No tuvo una mala juventud; con más gachas que carne, juegos al aire libre, caramelos caseros, solo los días festivos, y la misma ropa, remendada una y otra vez, hasta el punto que podría decirse que dentro del pantalón había otra pieza de ropa entera. Siempre con el tañido de fondo y el respirar fuerte y grave de la forja de su padre. Recuerdo cómo, tras bañarnos en el río, nos acercábamos todos a ver el gran fuelle y las ascuas grisáceas que su bufido convertía en rojo vivo y una nube de chispas.

El mismo tañido le acompañó los siguientes años, templando al joven, aprendiendo el oficio para el día que tomara su propio camino. Durante aquel tiempo, las cosas mejoraron, vistió mejores ropas, comió más variado y abundante, en la mesa aparecieron dulces más a menudo y cambió los juegos por cabalgadas con los amigos, perdiéndose en los bosques del oeste, descubriendo nuevas zonas donde charlar sobre ellas: las que nunca interesaron y a las que cederíamos, el resto de nuestra vida, una parte de nosotros mismos.

Llegó el momento en el que el tañido de Ralph sonó a experto, a herrero adulto y a taller propio. Aquel grupo de esqueletos de madera claveteada bajo el cielo limpio se había convertido en toda una ciudad en la que sobradamente podían convivir dos fraguas. Así que montó su sitio, tras cumplir los requisitos demandados, las solicitudes e instancias pertinentes, los permisos, acuerdos y agradecimientos monetarios que tales operaciones demandaban; tras un año, la fragua de Ralph respiró por primera vez.

Y, siempre manteniendo las ascuas vivas, comenzó a recibir sus primeros clientes, muchos de los cuales fuimos sus compañeros de juegos en aquellos primeros tiempos. Quedábamos siempre en el momento de cerrar el fuelle y dejar descansar el fuego para cabalgar hacia aquellos lugares que descubrimos años atrás, aun apartados. Charlábamos, botella en mano, sobre las nuevas vidas y las viejas historias, lo que teníamos y lo que tuvimos, y Ralph siempre acababa con una sombra en el rostro. Los que no le conocían bien, afirmaban que todo llegó con la muerte de Emily; es cierto que aquello fue un duro golpe para Ralph, pero lo aceptó como quien acepta un terremoto o un huracán, vomitando la rabia a la nada, blasfemando en vano hasta quedar exhausto y dejando que el tiempo cerrara la herida.

Lo que le ocurrió a Ralph fue que chocó con el mundo; comprendió que nada iba a ser como fue ni como, pensaba, debiera ser. Entendió la necesidad de los tratos, los contactos, la amistad por el favor futuro, el juego de chafar para asegurarse un hueco por el que respirar en un mundo tan estrecho que solo unos pocos caben arriba. Lo entendió pero no lo aceptó. Decidió no cumplir las normas impuestas, dejó de ofrecer los agradecimientos necesarios que la costumbre había fijado y el mundo se cerró ante él; muchos de los que siempre habían estado a su lado dejaron de visitarle, los encargos disminuyeron y el fuelle comenzó a renquear. Aun así, siguió adelante, y de algún modo volvió a su antigua vida: a comer más gachas que carne y a remendar la ropa, pero se olvidó de los caramelos caseros y de disfrutar del aire libre. Poco a poco las ascuas, apenas visibles bajo un manto oscuro de ceniza, iban apagándose ante el soplido lánguido de un fuelle derrotado que respiraba por inercia. Tal era su situación que poco le importó el día que llegó y vio el taller cerrado, con un candado en las puertas y un bando de expropiación por necesidades de la ciudad.

Al saber la noticia acudí a su casa y le ofrecí, como tantas otras veces, un lugar en mi hogar; pero esa vez ni se molestó en negarse. Estaba sentado en su vieja silla, junto a la pequeña mesa que utilizaba para comer y poner al día las cuentas, a la luz de una triste vela. Su rostro, cabizbajo, miraba fijamente al papel arrugado que mantenía en sus manos.

-¿Edward, recuerdas aquel tipo raro que vino hará cosa de un año? El que se quedó en mi casa durante unos días.

-Sí, un tal Jed o Jeb, lo recuerdo. ¿Qué ocurre?

-Él me dio este papel: una concesión de terreno para una herrería en un pueblo que iba a comenzar a construirse...

-Piensas irte, ¿verdad?

-Lo cierto es que lo guardé en un cajón, como última opción para cuando la situación fuera insostenible... pero he esperado demasiado. Mírame, Ed, soy demasiado viejo para empezar de nuevo. No oigo ya los golpes en la fragua, ni recuerdo las risas ni el sabor de los dulces.

Me limité a asentir, a decirle que comprendía lo que me estaba contando y que tuviera bien presente que mi casa estaba a su disposición siempre que la necesitara, que los míos estaban encantados con la idea de tenerlo allí. Le di mi enhorabuena y le dije que había que ser valiente para aceptar la realidad y acatar sus consecuencias. No hablé más, tan solo le dejé un sobre encima de la mesa y una botella de las que comprábamos cuando salíamos todos. Esa fue la última vez que le vi. 

Al día siguiente acudí a su casa y, tal y como imaginaba, ya no estaba allí. No había ni rastro de sus cosas, ni de aquel papel arrugado y, en lugar del sobre, había una nota encima de la mesa que decía simplemente: “gracias”.

Ya al visitarle la noche anterior, sabía que nunca iría a mi casa y que tampoco se quedaría allí hasta apagarse. Sabía que solo se sentiría vivo si intentaba algo, por absurdo o imposible que pareciera, aunque quedara en el camino. Así que le dejé lo único que, pensé, podría ayudarle: aquel sobre con algo de dinero y una vieja fotografía de nosotros con nuestros padres y las casas destartaladas al fondo. Sabía que solo necesitaba un empuje y que, una vez en movimiento, volvería a disfrutar el aire libre, a redescubrir el sabor de los dulces y a encontrar el maldito chiste que trajera de vuelta la risa y, con ella, la ilusión del fuelle en movimiento y las ascuas incandescentes entre una nube de chispas.

lunes, 8 de septiembre de 2014

Una noche


La vasta explanada se extiende hasta fundirse en el horizonte con un cielo salpicado de millares de estrellas: luz tenue que otorga paz e intimidad. Una suave brisa sobrevuela la superficie, rozando el aroma de las plantas silvestres, pasando, sinuosa, entre las rocas pulidas que asoman del suelo. Y allá en un punto, junto a la única pared escarpada de la zona, tres figuras y un carro, yacen serenas y pacientes.

En realidad nada ocurrió aquella noche. Ni One, ni Lily, ni el Dr. Well se enfrentaron a ningún problema, enfermedad, ni mala suerte; no hubo encuentros, ni peligro, ni quedó suspendido estallido acre en el aire; no afloraron tensiones latentes, no se cumplieron amenazas, ni se regó la tierra con sangre.

Tumbados boca arriba, con las cabezas juntas y el cielo de frente, se pasaron la botella y recordaron lo vivido desde otro punto más lejano, confortable, distante. Las voces se oían quedas, cavernosas, internas, pero cercanas y presentes. Se habló del valor, del honor y del compromiso, de sus muchas facetas y de las interpretaciones que de ellos mismos tenía la gente. Se habló de cosas grandes, que solo en ciertos instantes brotan; cosas cuya trascendencia no siempre puede verse.

Y así estuvieron, como si la vida les hubiera juntado en el primer latido, lejos de la atmósfera irrespirable, el abrasador sol incandescente y el cansancio adherido, alimentado por noches sin tregua. Lejos de la sangre caliente, la pesadez y el coste abrumador de lo más insignificante. Lejos del légamo pegajoso que cubría la piel y anulaba las fuerzas. Lejos de toda rencilla o traición, todo pesar y rencor, toda densa niebla que invocaba la sed y embotaba la mente.

Y, allí echados, hablaron desde las entrañas, sin modulaciones, ni pensamientos tallados, ni convenios abstractos para hablar con corrección. Fijos en el infinito, dejaron que el frescor de la brisa arrastrara sus palabras, de forma natural y relajada, a salvo de la necesidad de dinero, venganza o gloria y comprendieron, por un segundo, mecidos en el aire, que nada necesitaban; tan solo un rato más de cielo solemne, de exiliar la memoria y perderse.

Y uno se preguntó en voz alta, "¿A dónde ha ido todo el seco pesar, el calor asfixiante de lo ocurrido y el polvo terroso de la desidia?" La respuesta era fácil, tan simple como que el ser humano está conectado al mundo en el que vive... 

Tras meditarlo, se contesto a sí mismo... “Ha sido la lluvia, ella se lo ha llevado por delante”.

lunes, 1 de septiembre de 2014

Huidas y cadenas


Bielas moviéndose en perfecta armonía, cadencia potente que empuja y arrastra, que expande y repliega, impulsando al monstruo, ligero de carga, sobre líneas de acero. Volutas negras expulsa con brío, exhalando el esfuerzo, bocanadas de humo enviadas al cielo. Mientras adentro, late e irradia, arde y expande, el alma de fuego; la presión convertida en vuelo, la fuerza ciclópea del titán de acero.


El reverendo llevó el sombrero al pecho, extendió uno de sus brazos y, mirando al creador, dejó que el viento golpeara su rostro, atravesando su pelo. 

-¡Goza Fred, regocíjate en la gloria! Siente la experiencia que al hombre fue vedada, pues solo los ángeles atesoran tal libertad en su memoria.

Fred, andaba a lo suyo, mirando el borroso camino, adelantándose en el tiempo, aguardando el momento previo a las pequeñas piezas cerámicas; el instante de apretar gatillo. Las piezas volaban en mil pedazos, dejando los postes astillados, y sueltos y huérfanos los cables del telégrafo.

-Goce usted, reverendo, goce. Que cuantos más postes vuele, más tardaremos en encontrar la muerte.

Entre palancas y manómetros se encontraba el operario, hallaba una extraña alegría al ver al titán devorar las columnas de acero. Con un mar de sudor en brazos, espalda y frente, manipulaba la bestia sin dejar de echar al fuego el negro alimento.

-Ánimo amigo, hoy será el día que tanto has ansiado, no temas al oprobio, pues cuando rindas cuentas, encontrarás en nuestras armas la disculpa perfecta. Libera la furia de este coloso, maravíllate de su fuerza y del poder incandescente de su ánima henchida. Hoy no habrán paradas, ni altos en los pozos, solo el continuo brillar del sol sobre el metal pulido. Quiebra el límite que un día impusieron y despliega sus alas hacia el infinito.

El hombre continuó alimentando la caldera, cada vez más hambrienta, observando el rubor en las planchas y el fundir de las rocas al tocar el infierno; alcanzó la ruptura del punto prohibido y sintió la liberación de realizar lo que no se admite, dicha intensa, explosión anímica de quien traspasa los límites, en ese instante perfecto que todo es posible. El coloso devoraba el espacio, exhalando una interminable columna de humo, moviendo cada una de sus piezas en un tronar furioso y continuo. Fred era incapaz de ver las piezas cerámicas, ni siquiera podía distinguir con claridad los postes que aparecían traslúcidos, como reflejos seguidos en un interminable juego de espejos; solo la línea del cable serpenteaba alocada: a veces abajo, a veces arriba. El reverendo se mantenía erguido, asido con fuerza a uno de los hierros, cantando a pleno pulmón, a la vez que vislumbraba en el horizonte las mismas puertas del cielo.

Y allí estaba, aun lejano, un resistente parapeto de madera anclado a las vías, junto a varios hombres de ley. Esperaban a los que cabalgaban el caballo de hierro como si vivieran sin dueño: ni capataz, ni faraón, ni presidente, ni rey.

No obstante, ninguno descubrió el obstáculo hasta tenerlo de frente. El reverendo seguía cantando, desdeñando cualquier otra cosa salvo el avance. Fred gritó hasta que algo en su garganta quedó muerto. El operario echó mano del freno, pero comprendió lo inútil de parar y, sonriendo, liberó la máquina en su último vuelo. 

El estruendo resonó hasta agotar el eco de todas las montañas de los alrededores. Herrajes, vigas y astillas, grandes como cabezas, fueron despedidas hacia arriba, tardando en volver a la tierra. La cabeza del coloso descansaba quebrada, deformada en un amasijo fundido, compuesto de su propio cuerpo y una mezcla informe de maderas y piedras. A pesar de todo, el gigante guardaba aun algo de vida en su fuero interno y terminó exhalando los últimos vapores entre esputos de coagulado humo negro.

Para cuando la caldera perdió todo su calor, los representantes de la ley habían encontrado al operario abrazado a la máquina, fundido en aquel amasijo, con el rostro pacífico del dulce sopor. El reverendo y Fred salieron despedidos varios metros más allá del parapeto. Tardaron en volver en sí, doloridos y maltrechos, con más partes rotas que enteras pero, sorprendentemente, vivos. 

Fueron detenidos por el robo de la mina y otros bienes del testamento del señor August T. Reims, junto a otro buen puñado de crímenes que fueron llegando en los sucesivos días. Fue un juicio concurrido y, al conocerse la sentencia, gran motivo de dicha y alegría.

***

-¿Ves Fred? Lo importante es la fe, concentrar todas tus energías en cada golpe, con la creencia fija de que conseguirás tu objetivo, así es y así debe de ser.

-Como vea, reverendo, pero si le golpea en los salientes, la roca se rompe con más facilidad.

-Hablamos de lo mismo, amigo; por mucho saliente que veas, si no hay creencia, no hay fuerza y, por lo tanto, no hay ruptura.

-No sé, reverendo, si no le importa yo seguiré a lo mío, que aquel guarda lleva un rato mirándonos con cara de pocos amigos.

El reverendo se giró hacia el hombre armado, grande y feo guarda, que permanecía impasible sobre la muralla con el desierto infinito a su espalda. Al ver que este le devolvía la mirada, sonrió y le saludó con la mano, el individuo, perplejo, consiguió reprimir el impulso de responder y echó un par de gritos a otros que por allí andaban.

-Hay buenas almas por aquí, Fred, sí señor. Siempre hay esperanza.