lunes, 6 de junio de 2016

Consecuencias

Ilustración de Cortés-Benlloch

El sol entraba por los ventanales, rayando de oro el suelo de madera. Las cortinas de seda temblaban, rozadas por el viento frío y vivo de la mañana. Era un día bueno, de esos que animan el alma y muestran el entorno con una nitidez fuera de lo común; pero Abby estaba esperando. Esperaba unos pasos marcados y delicados, rotos ante su presencia, un saludo hueco y respuestas, ante todo esperaba respuestas; y no saldría del hotel hasta hallarlas.

Escuchó el rítmico caminar y el giro seco del pomo. La puerta se abrió con un movimiento completo, y una figura quedó anclada al ver a la vieja Abby allí, pues sabía el motivo de tal visita.

—Hola Maggy.

La mitad del rostro de la vieja sonreía; el otro torcía herido, de tal modo que no podía saberse cuál estaba siendo sincero.

—Abby. ¿Qué haces aquí arriba? No tardarán en venir los clientes, la sala está aun por limpiar.

—Vengo de hablar con Owen y Tom... aun gritan los nombres de sus asesinos.

—Ha sido una verdadera desgracia...

—Teníamos un trato, Maggy. ¿Cómo es posible que aquellos tipos supieran lo que iba a pasar, que estuvieran esperándoles? ¿Cómo puede ser que buscaran entre sus ropas la dichosa carta?

—No sé de qué me estás hablando.

Abby mudó el rostro y su mitad viva se alineó con la otra: un semblante frío que helaba la sangre. Tanteó entre sus ropas y extrajo una pequeña derringer.

—Espera, ¿qué vas a hacer, Abby?

La vieja no respondió, miraba fijamente a la joven sin pestañear, mientras cargaba con ambos pulgares el percutor del arma.

—Maggy, yo ya estoy muerta. Sigo en este mundo porque aun no estoy lista para abandonarlo del todo, pero nada me ata a él. Me queda un momento, aun no sé cuál, pero puede que sea este; no me importaría comprobarlo. Puedes hablar y hacerme sentir mejor o dejar que aprete el gatillo y te lleve conmigo.

La joven estaba acostumbrada a leer en las gentes: gestos, rostros, palabras y entonaciones. Aquella mujer tenía la misma intención de apretar ese gatillo que de seguir hablando; una mitad anclada a este mundo, la otra ya en el otro, posiblemente con su marido. Por primera vez sintió que su presencia no causaba efecto alguno, ni respeto ni repulsión, simplemente indiferencia. Lo único de valía que tenía para aquella persona eran unas palabras; el resto, huesos, miradas huecas y carne sin importancia.

—Está bien. Baja el arma, hablemos.

La vieja siguió apuntando como si nada se hubiera pronunciado en aquel lugar. Una suave brisa recorrió la estancia y renovó el aire estancado; mas, en cuanto pasó, volvió el vacío asfixiante y la presencia dura y seca de la vieja Abby se hizo aun más imponente.

—De acuerdo. Hice lo único que podía hacer. Abby. ¿No creerías que podríamos acabar con Thorn, verdad? Sus contactos, su influencia, todo eso es más que necesario para que esto siga en marcha. No podría haberme hecho yo cargo.

—Entonces, ¿para qué la carta?

—La carta era una traición. La prueba de que alguien abandonaba el redil. La mejor manera de acercarme a Thorn era hacer que otro pareciera alejarse.

La vieja escuchaba a aquel monigote explicar convencido, casi se diría que con orgullo, su juego. Leía clara, trenzada en su voz, la psicopatía de quien está acostumbrado a utilizar piezas humanas y su dedo índice dudó sobre la conveniencia de poner punto y final a dicha existencia. Pero algo se quebró dentro de aquel ser.

—Abby... Jamás pensé que acabaría así. Los hombres de Bowler solo tenían que detenerles y arrebatarles la carta. Tienes que creerme, no tenían órdenes de disparar; nunca hubiera ido tan lejos. Algo debió ir mal.

La vieja bajó el arma y vio el color regresar al rostro de la joven.

—¿Y ahora qué, Maggy?

—Ahora ya no habrá Bowler ni nadie que pueda volver a secuestras más chicas. Yo me encargaré de que solo entren aquí mujeres del gremio y de que nuestra gente sea tratada como toca; para nosotras es mejor que yo esté al lado de Thorn. Las cosas van a cambiar, ya verás.

—Haz lo que quieras, pero ten en cuenta una cosa. Esto que ha ocurrido hoy, puede volver a pasar. Envía a alguien a visitarme si así lo deseas, pero que acaben la faena porque por terrible que sea la paliza, tendré una única razón para seguir viviendo y no será otra que volver a por ti. Y ten en cuenta que las raíces de los muertos que tú sembraste han movido los cimientos de más gente; si no soy yo, otro vendrá a por ti.

La vieja abandonó renqueando la habitación y una nueva brisa, más fría y cortante que la anterior, recorrió la sala. Cuando Maggy se acercó a la ventana, el cielo se había nublado y aquella helor pareció no querer abandonarla.

lunes, 23 de mayo de 2016

Exequias

 Ilustración de Cortés-Benlloch

El sol, limpio y anaranjado, brillaba por encima de las nubes. Su luz bañaba los picos lejanos de las montañas y pintaba de cobre las yemas de las hierbas que comenzaban a reverdecer. Pequeñas islas de nieve se diseminaban por todo el terreno, últimos testigos del invierno, aguardando el final.

Al pie de una columna, solo tres cruces de madera descansaban, y apuntaban sus sombras alargadas hacia dos mujeres que, en pie frente a ellas, bajaban el rostro intentando llegar más lejos de lo que jamás podrían andar.

—¿De qué ha servido, Abby?, ¿de qué?

El viento tiraba del pelo suelto de Linda, quien mantenía el rostro cabizbajo pero firme, escupiendo lágrimas de ira y decepción.

—No lo sé, Linda. ¿De qué sirvió lo de Tad? Al menos ahora no está solo.

—Le harán buena compañía. Solo ellos eran tan idiotas como para acompañarle.

Abby no respondió. Permanecía embozada, acurrucándose en su manta con la mitad de su rostro fría e inmóvil; la otra, melancólica y reconfortada. Fijó la vista en la tumba de Tad y en el lugar reservado a su lado, en el que algún día llegaría a descansar.

—Pero es que nada ha valido la pena. Thorn, la joven... todo sigue igual. Nada en ese hotel ha cambiado. Les estaban esperando, alguien tuvo que irse de la lengua. Demonios Abby, ¿por qué?, ¿qué sentido tiene?

—Esos son los restos de mi marido, al lado están los del tuyo y allí, junto a ellos, descansa otro hombre de bien. Son de los pocos de este lugar que se marcharon siendo ellos mismos, ¿recuerdas cuando fuimos un pueblo?

—Son muertos, Abby, nada más. Un montón de carne y huesos que ya no hablará ni vivirá nada relevante. Tres individuos que marcharon sin dejar en este mundo otra huella que la que anida en ti y en mí: dos viejas al borde de la extinción.

—Es una forma de verlo.
 

—Es LA forma de verlo. No los volverás a oír, jamás. Da igual el número de días que pasen, nunca regresarán. Y deberé contar esos días sin sentir su maldita presencia ni escuchar su voz.

—Sé a lo que te refieres. Eso mismo viví el día que Tad murió. Cuando la mayoría sabíais lo que ocurría y nadie se atrevió a hacer nada. Ellos lo han intentado, deja que descansen en paz.

—De acuerdo, Abby, esto es absurdo. Ellos sabían el riesgo que corrían, no tiene sentido discutir. Pero los hombres de Thorn sabían dónde y cuándo debían estar; alguien debió de advertirles...

—Déjalo. No te hará ningún bien. Tienes el dinero que te dejó Owen, tómalo y vive.

—¿Ya está? Entonces, lo único que querías era alguien que pagara como pagó Tad, ¿no? No te importa lo más mínimo lo que intentaran hacer. ¿De verdad hay que dejarlo aquí?

—Y ¿qué podemos hacer tú y yo, Linda? No tenemos medios ni influencia. Ya no contamos con el apoyo de nadie, es Thorn quien sigue estando al frente.

—¡No sé lo que podemos hacer! ¡Tengo la misma idea acerca de esto que tú! Pero sé que somos nosotras quienes hemos perdido a alguien. Tú trabajas en ese maldito hotel, eres tú quien tiene acceso para saber qué ha pasado, dónde está esa maldita carta y qué ha ocurrido con quien nos ofreció ayuda. Y ¿bien?, ¿piensas hacer algo al respecto?

Abby se acercó a la tumba de Tad, rozó la cruz con sus dedos y, sin mediar palabra, dio media vuelta.

—¿A dónde crees que vas Abby? ¿Así acaba todo?, ¿abandonas? ¿Qué vas a hacer esta noche cuando te acuestes? ¡Hasta ahora tenías la escusa de que nadie te había apoyado! ¿Y ahora?, ¿podrás dormir sabiendo que eres tú quién da la espalda?

Las lágrimas caían por el rostro de Linda, mientras el pelo, empujado por el viento, azotaba su cara cargada de ira. Gritaba a Linda, a Tom, a Tad y a Owen. Gritó hasta que su garganta herida apenas pudo modular la voz; agotada se acunó en la noche y durmió hundiendo sus manos en la tierra que acogía el cuerpo de su marido.

lunes, 9 de mayo de 2016

Retribuciones

Ilustración de Cortés-Benlloch

La diligencia permanecía inmóvil bajo un sol que brillaba, pálido, tras el tamiz de las nubes. La nieve, que se extendía eterna a ambos lados del camino, mostraba sus primeras heridas, revelando las hierbas que permanecieron atrapadas bajo su manto y que pronto comenzarían a erguirse.

Owen rozaba con el pulgar el cuero agrietado de las riendas.

―¿Y para qué?

Tom se encogió de hombros.

―Le dije a Linda que vendría. Que iría contigo a la ciudad y allí contrataría a gente para que nos ayudara.

―¿Y ella te creyó?

―Oye, fui sincero; al menos en lo de venir.

Al final del camino, el viejo edificio de postas se alzaba, a la derecha, superviviente, con su maltrecha estructura de madera y un renqueante establo. Bajo el porche de la entrada, seis figuras esperaban.

―Son ellos, ¿verdad?

Owen asintió.

―Exacto, los secuaces de Bowler; lo que queda del brazo armado de Thorn. Me extraña no ver la pelliza de Jack entre ellos.

―Muy rápido han volado esos buitres. Alguien ha debido hablar.

Owen se quitó el sombrero, sacó su pañuelo y secó la frente perlada por el sudor. Al doblarlo se quedó observando el nombre que Linda le había bordado, con aquella E tronchada acusando su falta de práctica en dichas labores.

―¿Cómo estaba?

Tom observó el pañuelo y contestó riendo.

―Encendida, como un demonio a punto de prender el mundo.

Owen sonrió.

―En serio, créeme, deberías alegrarte de no haber estado allí.

―¿Estaba guapa?

―¿Pese a ser un saco tenso de arrugas como tú?

Tom miró al horizonte, hacia el punto donde el edificio de postas recortaba el cielo nublado.

―Joder, sí que lo estaba.

Owen se colocó el sombrero, respiró hondo y soltó las palabras que tanto pesaban.

―Esa gente sabe lo que hace, no hay muchas posibilidades de pasar con vida. Aun estás a tiempo de dar media vuelta.

―No Owen, ya me di la vuelta una vez. Todos cambiamos cuando lo de Tad. Unos lo criminalizaron para alejar su culpa, otros prefirieron enterrarlo y tragar el amargo ocasional de sus recuerdos; pero algunos jamás pudimos olvidarlo y seguimos viviendo con heridas tan graves que más nos valdría haber caído entonces.

Owen dejó que el silencio respondiera por él. Manteniendo la vista al frente se dirigió a su compañero, y su voz reveló alivio.

―¿Llevas la suya?

Tom liberó la tela y mostró una vieja escopeta de dos cañones con tachas de latón, a la manera india, describiendo una T en posición horizontal. El metal, amoldado por el tiempo, se revelaba fuerte y oscuro, con cierto brillo de venganza solemne. 


―El primer disparo debe ser suyo, espera hasta tenerlos delante. Después usa tu spencer.

―Ah, ¿pero esperas que haya un después?

―De momento solo espero coger estas riendas y no soltarlas hasta que, de una manera u otra, sea libre. Así que, cuando tú digas.

Tom cogió la escopeta, echó atrás los percutores y la colocó entre sus piernas, tapándola con la tela.

―Vamos allá.

Owen enrolló las riendas sobre sus manos y dio un toque a las bestias. El tronchar de la nieve aterrozada jugueteaba con el chirrido de los ejes y el golpeteo rítmico de hebillas y correas.

El edificio de postas se acercaba y, poco a poco, las figuras de los hombres se veían con mayor claridad. Los indicios que apuntaban las identidades de aquellos individuos, quedaban ahora acompañados por las evidencias físicas que solo la cercanía otorgaba.

La certeza de sus sospechas contrajo sus estómagos y espinó las gargantas. El sudor apareció como insólito contraste del frío exterior y el miedo mostró su horrible rostro.

―Owen, no te olvides de pasar bien despacio. Alguna oportunidad tendremos que dar a estos críajos, ¿no?

Owen sonrió y alguno de los cables pareció destensarse.

Pasaron por delante del establo. Una de las puertas chirriaba ante el débil envite del viento, pero nadie había en su interior. Owen continuó con la misma velocidad, como si nada extraño ocurriera. En el edificio de postas los hombres de Thorn seguían bajo el porche, tranquilos, enviando poco más que alguna mirada curiosa al vehículo que se acercaba.

―Oye Owen. ¿Y si nadie ha podido avisarles? ¿Y si no saben nada?

―Lo saben; sé que lo saben. En cuanto veas moverse al más alto, dispara, no esperes ni a ver su arma.

Dejaron atrás los últimos listones del establo y comenzaron a recorrer los escasos metros que les separaban del edificio principal. Owen ocultaba la mirada bajo el ala del sombrero. Tom dirigía la vista al frente, pendiente de detectar cualquier movimiento que ocurriera a su derecha. No había nadie más en el lugar, solo los pistoleros de Thorn. Conforme más se acercaban, más fríos parecían sus rostros y más grandes y amenazantes sus figuras.

Consumieron una eternidad en acabar los últimos metros. El primero de los tablones del porche quedaba ya a la altura de los caballos. Owen cerró con fuerza los puños para resguardarse en el tacto agrietado del cuero. Tom mantenía firme la escopeta, haciendo un esfuerzo sobrehumano para que el viento no moviera la tela y desvelara el arma. Tuvo que cerrar los ojos un segundo, para evitar mirar a los secuaces de Thorn; respiró y contó mentalmente hasta que la diligencia llegó a la entrada del edificio, donde las barandillas del porche terminaban para dejar sitio a unas viejas escaleras de madera.

Y el tiempo se detuvo.

Owen notó un hormigueo en las manos, completamente blancas por la presión. Tom mordió su labio inferior hasta notar el regusto a hierro y se dirigió hacia los individuos.

―Buenos días, caballeros, ¿podrían decirle a Fred que la diligencia ya está aquí?

Los hombres se movieron con calma, alguno se permitió una sonrisa. Caminaron hasta las escaleras, con el más alto encabezando la comitiva.

Tom esperó hasta tener a todos bien juntos. Notó la mirada de Owen y advirtió algún tipo de movimiento en los individuos, ni siquiera podría decir el qué, pues todo lo que se vio fue la tela volar por el aire, el destello de dos cañones y el arranque bravo de las bestias tras el cortante chasquido de las riendas sobre sus lomos.

La nube de pólvora quedó atrás, expulsada por los gritos de Owen jaleando a los animales que galopaban ondeando sus crines al viento.

Los primeros disparos rompieron la bruma; silbaron los proyectiles y, tras ellos, surgieron las terribles figuras de cuatro jinetes, dos de ellos cubiertos de sangre, suya o de sus compañeros.

Tom empuñó su spencer, echó atrás el percutor y liberó el proyectil que derribó a uno de los perseguidores.

Cargó y efectuó un par de disparos más. El primero mantuvo a raya a los depredadores, el segundo se perdió en la nada a causa de uno de los vaivenes que Owen daba para evitar las balas enemigas.

Lo siguiente se convirtió en un juego mortal, de hambre y hambrientos. Los unos por alcanzar la ansiada libertad; los otros por cerrar la herida del orgullo, hundiendo sus hocicos en el bálsamo sangriento de la venganza.

Owen aprovechó los giros para arrear los caballos y permitió que Tom mantuviera la distancia en las rectas con sus disparos. Tomó caminos más complicados, aprovechando la ventaja del terreno frente a sus perseguidores. Mas todo cuanto hacían parecía en vano.

Los animales comenzaron a variar el ritmo, el uniforme cabeceo perdió fuerza y la espuma blanca de sus hocicos mostró la agonía de un desesperado boqueo en busca de oxígeno. Tom disparó de nuevo y casi pudo notar el impacto de la bala contra el cráneo de uno de los jinetes y la caída de su cuerpo, inerte, hacia el suelo. Esa fue la última bala que cargó, pues uno de los giros de Owen le ofrendó a los proyectiles enemigos que atravesaron sus costillas, desgarrando todo el aire que sostenía su vida.


Owen lo vio caer y su cabeza latió con fuerza, los animales trastabillaban al galopar y su vista comenzó a enturbiarse. Sintió el aliento de los secuaces de Thorn más cerca que nunca. Liberó una de las manos, enrolló aun más la otra en las riendas, tiró con fuerza hasta detener las bestias y desenfundó su revólver con la siniestra. Nunca llegó a apuntar, ni siquiera rozó con el pulgar el metal, antes de que el plomo enemigo lo derribara. Quedó balbuceante con el brazo alzado, sostenido por el cuero viejo de las riendas.

Aun respiraba cuando llegaron a él, cuando le registraron hasta encontrar la carta. Aun pudo sonreír al ver sus rostros enfurecidos, ardientes de rabia al saberse dañados por dos viejos maltrechos que, heridos de muerte por los años, apuraban sus vidas ya gastadas.

No le molestó el dolor, ni la sensación de impotencia mientras el papel volaba de su mano. Se sintió libre, como el cadáver vacío de Tom que yacía atrás. Solo se preocupó de pensar en su vieja Linda, antes de que un último disparo retumbara en todo el paraje, rompiendo algo en sus adentros que permitió el descanso. Y la mano abandonó toda presión escurriéndose inerte entre las riendas, quedando al fin liberada.

lunes, 25 de abril de 2016

Cambios de rumbo

 Ilustración de Cortés-Benlloch
 
Linda pisaba con fuerza, pese a los años, al son de ánimo inflamado. Su rostro iracundo, oculto bajo sombrero y pañuelo, castañeteaba los dientes más por rabia que por frío. En su cabeza martilleaban las últimas palabras. ¿Cómo podía haberle hecho eso, a ella! Recordaba las frases, los gestos, todo lo que siempre le había funcionado y con lo que, ahora, no había obtenido sino ausencia y vacío.

Le quería, de hecho no podía imaginar una vida sin él, pero jamás hubiera pensado que las cosas acabarían así. Ella siempre sabía lo que era adecuado para ambos y él era consciente de ello. Ahora aquel idiota, por un absurdo, estaba a punto de echar toda una vida al mismo fango que ensuciaba la blanca nieve amontonada a ambos lados de la calle.

Se detuvo un segundo y quedó observando el lujoso edificio del hotel.

Ese estúpido de Owen necesitaba que ella volviera a tomar las riendas. Se acabaron los ideales y demás idioteces; el honor había matado a más hombres que cualquier guerra. Hacía falta alguien inteligente, alguien capaz de tomar las decisiones más complicadas y de saber cuándo sacrificar el amor propio en favor de una vida mejor, o de conservar la misma. Le gustaba su imbécil, ese iluso soñador que seguía aferrado a sus principios como orgulloso marino sobre una triste balsa de troncos. Lo miraba y admiraba: deslumbrante, loco, como nacido en otro mundo, y atesoraba esa sensación que recibía al estar a su lado. Pero ya no habría más él si se quedaba de brazos cruzados, pues nada queda del soñador cuando este decide elevarse a su meta final. No había otra salida; solo quedaba hablar con Thorn, avisarle de los planes de Maggy y hacer que su marido quedara al margen de toda venganza. Comprendía la necesidad de tal acción, sabía cómo jugar sus cartas; y, sin embargo, ahí estaba, a pocos metros de la puerta del hotel, incapaz de mover un solo pie.

¿Pero qué era lo que pretendía salvar realmente? Si hablaba con Thorn y sacaba a Owen de aquel plan, librándole de cualquier posible castigo, nada quedaría del hombre que conocía; en su lugar volvería un ser derrotado, más abatido aun por la traición, que pasaría el resto de sus días con el pesar de no haber hecho nada por segunda vez. Odiaba admitirlo, pero cuando Abby llamó a su puerta, Owen volvió a ser aquel hombre que cantaba, tronaba y sonreía al mundo; Owen no calculaba al caminar ni estudiaba las huellas que dejaba atrás, prefería vivir en la frontera, levantándose de cada caída para seguir adelante. Nada de eso quedaría, solo la sombra marchita de aquel hombre, que consumiría su vida, incapaz de perdonarse...

No podía. Jamás podría dormir sabiendo que por salvarle habría acabado matándole.

De lejos llegaron los tañidos rítmicos del herrero, golpes secos afilados en agudos; la única respuesta a sus pensamiento. Cambió de rumbo y acudió directa.

Cuando Tom la vio acercarse, dejó a un lado el martillo y secó su frente con el trapo tiznado. Su único ojo sano estudió los movimientos de Linda, leyendo la ira y la urgencia. Pocas palabras fueron necesarias, ni siquiera un saludo, antes de que sus voces chocaran.

―Tom, quiero que cojas todo lo que te dejó Owen. Quiero que vayas a la ciudad y contrates a todos los que puedas gastando hasta el último centavo. Owen se ha marchado con esa maldita carta, y nada parece poder detenerle, así que quiero todos los brazos que puedas reclutar junto a él.

―Linda, piénsalo bien, eso te dejará sin nada.

―¿Pero en qué momento os ha dado a todos por pensar que podéis discutirme? ¡Es mi dinero y yo decido!

―Pero Owen me dijo que hablaras con Tim, en la ciudad...

―Owen me hizo poseedora de ese dinero en el mismo momento en que se marchó con ese maldito pedazo de papel y el hambre atroz de una deuda sin saldar, así que haré lo que considere oportuno.

―De acuerdo, Linda. Se hará como tú digas. Pero no tengo acceso ahora al dinero, se suponía que lo pedirías al pasar unos días, en el caso de que Owen no volviera...

―Pues quédate todo ese maldito dinero cuando lo tengas, ¡pero busca ayuda!

―Te digo que de momento no tengo nada con que conseguirla. En este mundo, nadie trabaja gratis...

―Tom, sabes que va a morir...

Linda no habló más. Solo se quedó mirándole, con el alma desesperada y una sombra de ruego que parecía quebrar la rígida mueca de odio que empedraba su rostro.

Tom la miró fijamente y echó un vistazo a su viejo spencer, olvidado, descansando en un rincón, junto a un par de cajas rotas y un barril de clavos oxidados.

­­­­­­­­­­­―De acuerdo Linda, no se hable más. Yo iré a su encuentro, y en cuanto lleguemos a la ciudad me ocuparé de contratar a más gente.

lunes, 11 de abril de 2016

Deudas abiertas

Cerró la puerta y apoyó su mano derecha en el marco.

—¿Y bien?

Una voz, de aspecto calmo y alma erizada, se proyectó contra su espalda. Instintivamente hizo ademán de guardar la carta, mas se detuvo, resopló y dio media vuelta.

—Imagino que ya lo has oído todo.

Varas de hierro cuajaban el rostro de la mujer. Pese a sus años, mantenía aun el eco de la belleza que lució en su juventud. Belleza que pareció retornar cuando relajó el tenso rostro y entornó los ojos en un gesto afable.

—Has sido muy amable, Owen, nadie se hace cargo ya de la pobre Abby. Quizás sea mejor así...

—¿Así, cómo?

—Hacerle creer que se hará algo, ¿qué si no?

—Linda, pienso llevar esta carta. No admito discusión alguna.

—Y, ¿para qué?

—¡Cómo que para qué? Sabes perfectamente lo que ocurre entre esas cuatro paredes. Ahora que la gente sabe lo de la joven es el mejor momento.

—Pero, ¿para qué, Owen?

Owen amartilló la réplica pero aquella segunda pregunta le obligó a cerrar la boca soltando un resoplido para contenerse.

La mujer abandonó el respaldo de la silla, adelantó los hombros y se acercó a Owen, humildemente, hablándole desde abajo.

—Owen, las cosas son así. No seré yo quien diga que van bien, pero al menos van. Tenemos una casa y tienes un trabajo decente con el que sacas un buen dinero. Algo que hace tiempo estuviste a punto de perder y que sigue estando aquí, gracias al señor Thorn.

—Linda, tú estuviste allí, sabes lo que se cocía y ahora los hechos te recuerdan que todo sigue igual.

La mujer se acercó aun más y posó una mano en el brazo derecho de Owen mientras con la otra acariciaba su cara.

—Y allí te conocí a ti. No fue agradable el tiempo que pasé en el hotel, siendo una ciudadana de segunda, pero todo acaba y, si algo tiene de bueno el Señor Thorn, es que siempre se asegura de que haya un buen final. ¿Al fin y al cabo estoy aquí, contigo, no?

Owen giró la cara, miró a un lado, buscando el refugio del marrón grisáceo de la pared, y activó los resortes de la mente y la memoria.

—Pero, ¿y todo el tiempo que estuviste allí? Todos esos años perdidos... ¿dormirías tranquila sabiendo por lo que ha de pasar esa chiquilla? Sabes de sobra que no conoce ese mundo...

—Preferiría que no ocurriera, que viviera en su casa con los suyos, lejos de aquí. Pero yo pasé por ello y estoy viva. Ahora le toca a ella, y gracias a eso seguiremos viviendo; no solo tú y yo, sino todos nosotros. Cambia el entorno de esa joven y cambiarás el de todos. Son muchas vidas pendiendo de un solo hilo.

Owen la apartó con más fuerza de la que hubiera deseado.

—¡No pienso quedarme sin hacer nada!

La mujer se acercó un poco hacia él, sin llegar a tocarle.

—Owen, no puedes hacer nada. Eres muy valiente, ¿pero qué vas a hacer tú solo?

—No estoy solo, hay más gente en esto.

Ella se revolvió y arremetió con voz seca y cortante.

—Lo mismo dijo Tad.

—Es por él, entre otras cosas, por quien debo hacerlo.

Los ojos de Owen se nublaron y perdieron el punto fijo, como un sonámbulo acercó la mano a la cintura, hasta que sus dedos rozaron el metal del revólver.

—Aquel día no hice nada por él. Me quedé aquí, tras esta puerta, mientras escuché los disparos que salieron de su casa. Todos quisieron creer el accidente, pero yo pude escuchar los últimos gemidos de Tad y los gritos de Abby, ahogados en la carne mordida de su mano.

Ella notó un hormigueo en la nuca ante las palabras cargadas de él. Por un momento, quedó desarmada, pero en un instante trajo fuego a sus ojos y frío filo a su voz.

—No puedes morir por un sentimiento de culpabilidad. No puedes ofrecerte a los muertos; porque soy yo quien se quedará aquí, ¿me oyes? Soy yo quien te necesita, ¿quién crees sino que se hará cargo de una vieja como yo? ¡Coge todo ese orgullo, ese honor y ese amor propio estúpido y utilízalos para seguir adelante con tu familia! El mundo no funciona así, ¿me oyes? Hay más Thorns ahí fuera, ellos deciden y dictan, solo toca obedecer a veces y vivir a pesar de ellos. ¡Sé listo, Owen, aprende a nadar entre sus aguas y utilízalos a ellos también!

—No pienso ser igual. No puedo. Ni quiero. ¡Claro que hay más Thorn! ¡Y habrá más, siempre que la gente lo permita! Y aunque fuera de otra forma, aunque nunca sirviera de nada, al menos habré vivido como creo que ha de hacerse. Si caigo caeré yo, y no una sombra distorsionada de mí mismo.

Linda supo que lo había perdido, que estaba a leguas de distancia. Había sobrepasado el umbral en el que sería escuchada y la cuerda que los unía caía rota hacia el suelo.

Owen dejó la carta sobre la mesa, se puso el abrigo, se colocó el sombrero y recogió aquel pedazo de papel cerrándolo con fuerza entre sus dedos. Abrió la puerta y echó un último vistazo atrás.

—Me voy. Antes de partir iré a ver a Tom. Si algo saliera mal, ve a verle; él te dará todo lo que tenemos. Cógelo, es tuyo, te lo has ganado con el sudor de tu frente. Ve a la ciudad y pregunta por Tim O'Really, él se hará cargo de todo.

Ella no dijo una palabra; intentaba por todos los medios aplacar la ira que trepaba por su garganta.


Él asió con fuerza el picaporte, domó todo lo posible su voz y susurró unas últimas palabras antes de cerrar la puerta.

—Espero volver a verte.

lunes, 28 de marzo de 2016

Viejos lazos



Ilustración de Cortés-Benlloch

Las nubes ocultaron el sol. Una claridad grisácea moría en los montones de nieve sucia a los lados de la calle.

Caminaba con su vestido rayado, bueno y gastado, embozada en la manta verde y roja que su marido lució con orgullo en honor a la mitad de su sangre más anclada a esa tierra. Pasos cortos y decididos, figura encorvada para combatir el frío y bocanadas de vaho al aire.


Golpeó con los nudillos secos...


Silencio plomizo... arrastrar de dos sillas. Carraspeo varonil, algo ajado. Pasos pesados. Voz de aviso y cloqueo de cerrojo.

Un rostro cano y carnoso, algo descolgado por el arrastrar de los años, asomó tímido. Abrió los ojos al reconocer la visita; sonrió y envió una mirada instintiva hacia atrás antes de salir y entornar la puerta. Ella adivinó la presencia vigilante de su mujer.

—Hola Abby, ahora nos pillas en mal momento. ¿Qué puedo hacer por ti?


—Hola Owen. Tengo que pedirte un favor.


Su mano abandonó el abrigo de la manta con una carta en la mano.


—Abby, ¿eso no será lo que creo?


—Las noticias corren muy rápido...


—Tom, el herrero, habló con Peter...


—Es cierto lo que dicen, y ya sabes que mucho más queda por decir. Esta carta va dirigida a la familia de esa chiquilla, tiene que llegar a toda costa, sin que nadie sepa nada.


—Pero, ¿por qué ahora, tanto tiempo después?


Abby sonrió y la luz tenue reflejó en la mitad sana de su rostro.


—Esta vez es distinto. Bowler ha muerto y Maggy está con nosotros, ella puede convencer a las chicas para que hablen.


Owen miró a los lados y bajó la voz.


—Si Thorn se entera de esto, sabes lo que nos pasará. Nadie moverá un dedo para salvarnos.


—No si se entera demasiado tarde. Necesito que te asegures, personalmente, de que esta carta llegue a su destino.


Owen dudaba, miró un par de veces a la viuda, incapaz de decidirse.


Abby lo miró a los ojos; una mirada limpia, sin estrategias ni tanteos. Colocó de nuevo la carta ante él y cogió su mano.


—Es por Tad.


Owen rozó aquel pedazo de papel y recordó los días en los que Tad cabalgaba a su lado, protegiendo el camino. El olor a pólvora y miedo, la tensión metálica del ataque y el alivio invocado por un grito, cuando la sangre ajena devolvía la calma. Las charlas nocturnas al raso y el sabor inigualable del alcohol de una posta después de un duro día de diligencia. Recordó los chistes, las risas y la estupidez absoluta que dos bellezas insertaron en sus corazones sin ni siquiera conocerles.


Suspiró, dejó caer el rostro y bajó la mano. Entonces sus dedos rozaron la empuñadura del revólver y recordó que allí había estado todo ese tiempo. Buscó a tientas el percutor y colocó su pulgar encima, hasta que el frío abandonó el metal. Pestañeó, desenfundó la mano vacía y cogió con fuerza la carta.


—Por Tad se hará. Ahora vete, antes de que alguien pueda verte, ya me encargo yo.

lunes, 14 de marzo de 2016

Abby


 Ilustración de Cortés-Benlloch

Maggy se quedó mirando fijamente el candil, mientras oía los pasos de Jack alejándose. Escuchó los rudos nudillos golpeando madera y la voz del señor Thorn aceptando su entrada. Cuando llegó el sonido de la puerta cerrada, decidió levantarse.

Recorrió el pasillo y entró en una de las salas: lujosos sofás de piel, reclinatorios tapizados en verde, telas sedosas en paredes y techo y apliques de cristal iluminando tenuemente las pequeñas mesas que, cercanas a la pared, ofrecían al visitante diversos tipos de bebidas, tabaco y las armas necesarias para perseguir al dragón.

Era demasiado pronto para las visitas. Nadie aspiraba en busca de evasión, nadie se refugiaba en las sombras del centro de la sala, recostándose en los amplios muebles, embriagado por la calidez cárnica de las chicas que envolvían con suave y cercano canto, con sinuoso baile, a la presa, manteniendo su atención, extrayendo hasta la última pieza de oro que, como estrella fugaz, caería de sus manos a las de su señor Thorn.

Allí solo estaban las arrugadas manos de Abby, la viuda de Tad. Quien limpiaba con nervio y eficacia; con la soltura de quien realiza un trabajo durante años repetido. Pues, aunque hubo un tiempo en que caminó entre las chicas, una disputa con un cliente le acercó media cara a una estufa y allí dejó algo de su piel y de sí misma. La sombra en su rostro necrosó su alma pues ya no servía para lo único para lo que, pensaba, había nacido. Se dedicó a limpiar, siempre con el hotel cerrado, lejos de las miradas de los que antes anhelaban su presencia y ahora giraban el rostro con asco, sorna o condescendencia.

Fue entonces cuando alguien decidió acercarse: un mestizo flaco y leñoso, de cabeza gacha y chepa erguida, llamado Tad, que trabajaba como explorador, evitando las emboscadas a la diligencia del Sr. Thorn. Tad aprovechaba los momentos en que acudía al hotel, a recibir pagos y órdenes, para visitar a aquella sombría chica que no osaba jamás levantar el semblante. Abby sintió pena al ver a aquel hombrecillo, una pena terrible por ella misma y una terrible vergüenza al comprender que aquel individuo era todo lo que ahora podía atraer; decidió conservar el último resquicio de dignidad y cegar aquel camino. Mas Tad continuó visitándola, hablándole de los tiempos en que la observaba de lejos, mientras caminaba junto a las demás chicas, como si entre aquellos tiempos y los de aquel momento no hubiera diferencia alguna. Sus pupilas la admiraban de igual manera que entonces y reconocían su voz, su carácter y sus formas. El tiempo pasó y ella ablandó su barrera; solían charlar en medio de aquella sala, hasta que un día él se despidió con dos besos: uno en la mitad iluminada de su rostro, otro en la oscura. Fue ella quien, entonces, le ofreció sus labios y aceptó acompañarle el resto de sus días.

Tad no era rico, así que Abby continuó limpiando; mas encontró un sentido en su tarea, el magnífico destino de vivir su propia vida. Vivieron en una casa sencilla, sin grandes lujos ni objetos caros; aprendieron a diferenciar lo necesario de lo accesorio y observaron lo libre que es el ser humano cuando apenas necesita nada. Cuando Tad murió lo vistieron con una caja de pino barato y hundieron sus restos en suelo modesto con una madera cruzada sobre sus huesos; no importaba, pues ya no estaba allí. Abby se quedó con el abrigo de la casa, el confort de los recuerdos, el aire fresco de la libertad y una dignidad y orgullo como jamás hubiera creído posibles; pues cuando veía a los ricos clientes acudir al hotel, asfixiados por miles de sogas trenzadas de quisiera, debiera y pareciera, los lujos revelaban su trampa, el dinero su cortante filo y la eterna necesidad de huida cristalizaba en la embriaguez.

Maggy notaba aquel aire fresco que emanaba la viuda; esa despreocupación revitalizadora encerrada en aquel cuerpo viejo y reseco. La forma en que se comportaba; aquella humildad que, sin caer en sumisión, engendraba siempre la sorpresa necesaria para disfrutar y aprender. Tenía la certeza de que si había alguien dispuesto en aquel lugar a escuchar y plantearse seriamente sus planes, no era si no la vieja viuda de Tad y con aquella seguridad se dirigió a ella.