lunes, 15 de junio de 2020

La Garganta del diablo




A ambos lados se alzan imponentes las paredes de roca. Sam roza las riendas; los caballos aminoran y baja la ola de polvo.

–Y le llaman Arroyo Seco… ¡La Garganta del diablo debían haberle llamado! Dicen que, justo después de que se abriera la ruta, un loco pasó por aquí con los caballos en pie de guerra, había apostado todo cuanto tenía a que llegaba antes de lo indicado a su destino; la ola de polvo que levantaba llegaba hasta el maldito cielo, el carro daba tantos botes que hacía saltar las piedras de arriba de las paredes rocosas. Tan rápido iba el pobre diablo que se equivocó de ruta y acabó teniendo que parar en un recodo. Y fue entonces, mientras maniobraba para dar la vuelta, cuando aquella nube de polvo se estrelló contra la pared de roca, engullendo carro, caballos y al pobre tipo que no pudo cumplir su apuesta.

–¿Y qué fue del tipo? –Pregunta Jake.

Sam niega con la cabeza.

–Según cuentan, cuando el polvo acabó de caer, quedaron sepultados bajo toneladas de tierra. Y todo cuanto queda de ellos, se encuentra tras esa curva.

Gira la diligencia y salva una bifurcación. Entre las rocas escarpadas sobresale una, erguida sobre el resto, con la forma tosca de un amasijo de salientes pegados a lo que bien podría ser la forma cuadrangular de un carro.

–Jajajajaj ¡Joder Sam, siempre cuentas esto al pasar por aquí?

–Siempre; aunque mi acompañante lo conozca.

Poco a poco, las paredes de roca disminuyen su tamaño y vuelve el paisaje llano y árido alrededor del camino. Solo algún cactus, una roca partida por el frío nocturno y el calor del sol y el verde parduzco de alguna alimaña que disfruta del fuego infernal tumbada sobre el suelo abrasador.

Patty se quita el pañuelo y lo golpea contra sus piernas para exorcizar el polvo alcalino. Dentro, el matrimonio del este descansa uno sobre otro y el viejo dormita apoyado en una señorita que sigue firme con su pose marcial de civilizada feminidad.

Y llega al fin el transporte al apeadero. Un chiquillo abre las puertas y saluda con el sombrero. Detiene Sam el vehículo, avisa a los pasajeros de que tienen el tiempo justo de dar un bocado antes de continuar y acompaña, junto a Jake y Patty, al chiquillo al abrevadero.

Baja el viejo con el ceño fruncido contra el sol, baja tras él la señorita cubierta por su pamela y bajan los Howard estirando piernas y brazos, sonrisa en boca y ojos bien abiertos escudriñando el paisaje.

Entran los cuatro en el edificio de adobe. Saludan al tipo grande y calvo que, trapo en hombro, alza la vista y despega los codos de una tabla apoyada sobre barriles.

–Buenos días. ¿Quieren comer?

Asienten los cuatro, el tipo canta el precio y no dice más. Señala una mesa con dos bancos y se mete en la cocina. Ruido de cacharros; los cuatro toman asiento y el chirriar de tablones anuncia la figura en chistera del extraño viajero que está a punto de entrar.

Afuera los caballos descansan y refrescan las gargantas, mientras el chiquillo limpia la diligencia adivinando el agradecimiento metálico en Sam.

Al poco llega el posadero con cuencos, pan y agua para Sam, Jake y Patty. Recibe los agradecimientos por el detalle y se sienta con ellos a charlar.

–¿Qué tal el viaje?

–Sin novedad –contesta Sam pensativo– y eso que pintaban mal los caminos.

–No te equivocas Sam. Hay revuelo en la zona. No se sabe nada de los McCabe y dicen los soldados que los Cuchillos del indio andan erizados.

–Se suponía que no había vida allí desde hace tiempo.

–Un grupo de guerreros ha abandonado la reserva, cabalgan con hambre de pan y de recuperar su vida.

Resopla Sam y echa un vistazo alrededor como buscando alguna salida en aquel monótono horizonte plano.

–Eso es malo… ni loco me meto en los Cuchillos con indios en pie de guerra. Pero es demasiado tarde para dar la vuelta, no tengo paradas en ningún otro camino desde aquí. Esperar es absurdo, porque no sabemos el tiempo que puede pasar hasta que se normalice la situación... ¿Tenían alguna pista los soldados?

Niega el posadero y frota ambas manos en el delantal.

Patty mira a Jake y envía cierto gesto de complicidad. Jake muerde el labio y observa al suelo antes de animarse a hablar.

–Bueno, nosotros conocemos a alguien; tiene una casa un poco más al norte, cerca de las montañas. Es un desvío importante pero podríamos hacer noche allí, abandonaríamos este desierto, descansarían los caballos y seguramente podamos sacar algo más de información de cómo van las cosas.

Abre los ojos Sam y asoma cierta curva de esperanza en sus labios.

–Y ese tipo, ¿no tendría problema en darnos cobijo? ¿Cuánto cobraría?

–No creo que tenga problema –interviene Patty–. Hace tiempo que no sabemos nada de él; es algo suyo, pero no nos cobrará por pasar la noche.

–De acuerdo, entonces no se hable más. Pondremos rumbo al norte.

Suena la puerta del edificio de adobe y aparece una figura tambaleante de chistera, traje oscuro y brillo de vidrio verde en mano. Se acerca, dibujando eses, a un caballo atado en uno de los postes cercano a la puerta. Con una increíble muestra de ausencia de equilibrio milagrosa, corona el lomo del animal sin soltar la botella, coge las riendas y desafía de nuevo a las leyes de la física consiguiendo mantenerse sobre su montura cuando esta comienza a moverse, lenta y pausadamente.

–Caballeros… señorita… -exhala palabras y alcohol al pasar por los establos, yerra al llevarse la mano al ala del sombrero y se despide con la mano sin atreverse a mirar atrás al traspasar el umbral del apeadero.

lunes, 8 de junio de 2020

Coyotes

 

No sabe si a causa del fogonazo o el estruendo seco, pero el disparo le abre los ojos de par en par.

Late fuerte la sangre, invocando respuesta. Busca a tientas el rifle y ve a Jake a su lado, revólver en mano, mirando hacia afuera desde el establo. 

Bañado por las estrellas, junto a uno de los postes del techado, Tomás palanquea el winchester. Aterriza el casquillo apagado y todo vuelve a estar en paz.

Patty se acerca, agachada, intentando no hacer ruido.

—Tomás —avisa para evitar el mordisco.

—Coyotes… —susurra el dueño del apeadero— de dos patas.

—Pero ni se ve ni se oye nada.

—Las latas… he oído las latas. Y algo ha brillado allá.

Habla sin dejar de mirar la negrura infinita; universo insondable del que no cabe esperar otra cosa sino mal.

—Patty, hágame caso. Otra cosa no, pero somos nosotros quienes vivimos aquí, conocemos bien a esta gente. Esos coyotes están ahí, esperando el momento para entrar.

Jake se acerca a la casa para comprobar que todos estén bien. Da el santo y seña y se abre la puerta con un Sam afilado, revólver en mano. Más allá, María espera seria y paciente, auténtico tótem indio, sentada en una silla con dos cañones en el regazo; el viejo mira por una de las ventanas con revólver hueco, como si tuviera un cactus en mano, y los Howard, expectantes, junto a la señorita, esperan cerca de la mesa.

Jake asiente y sonríe, buscando tranquilizar.

—Sea lo que sea, parece que ya ha pasado.

No ve el destello, pero escucha claro el trueno y el silbido frío y metálico que se apaga, a tres dedos de su coronilla, en el marco de la puerta. Atruena pólvora de nuevo a sus espaldas y salta a un lado, en busca de cobertura. Sam cierra de golpe y, en el fortín, rendijas y orificios se llenan de ojos.

Patty hace gritar al henry desde el abrevadero.

Tomás está quieto, junto a su poste, con la vista clavada entre la mira y el vacío oscuro que parece no tener final. No se mueve, ni siquiera pestañea; figura estoica que ha dejado de respirar.

Y sigue el tronar de pólvora, de Patty y de Jake.

Y silban los plomos hacia la noche sin que encuentren sitio para descansar.

Solo en un momento, en un preciso instante, brota un destello en la noche que deja a Tomás sin sombrero. Responde este, sin inmutarse, liberando la presión metálica que acciona el mecanismo que golpea metal sobre anillo provocando la chispa; explota, expande y lanza el plomo, cortando el aire, hacia el eco del brillo en el que parece adivinarse un brotar de sangre.

Después, todo silencio. Mas Tomás sigue erguido, esperando, hasta que, segundos más tarde, se escucha, lejano, retumbar de cascos abandonando el lugar.

Relaja entonces el dueño del apeadero; su rostro pierde aristas y vuelve la sonrisa mellada y afable de tranquilidad.

—¿Todos bien?

Asiente Patty y contesta Jake con el brazo en alto.

Se abre la puerta y sale Sam, en dirección a Tomás. El resto le va a la zaga, pero se quedan en el umbral.

—No se preocupen, esos hoy no vuelven, ya les dije que eran coyotes.

Se quedan durante un momento charlando de lo ocurrido. Estiran las piernas y calman el alma para poder de nuevo volver a descansar. Jake y Patty se quedan alerta y les acompaña Tomás hasta que despunta el alba.

***

La diligencia está cargada. Dentro van los Howard, el viejo y la señorita. Jake espera en el pescante y Patty, sentada en la cima, observa los azules, grises y dorados, del horizonte hacia el que van.

En tierra, solo el de los bigotes y el dueño del apeadero.

—Sam, ve con cuidado; esos eran de por aquí, pero venían a por algo que llevas.

—Ya me parecía a mí que lo de White Valley no era casualidad. Pero no tiene sentido, Tomás, no llevo gran cosa.

—Bueno, dijiste que el viejo pagaba bien…

—Pero cobro en el destino. Te digo que no lo entiendo.

—¿Vas a ir por los Cuchillos del indio?

—¿Por dónde sino?

—¿Y si te desvías al sur y tomas el atajo de San Lorenzo? 

—Ni en broma meto mi diligencia en ese infierno. Quiero tener pasajeros cuando llegue y no un puñado de pellejos secos. Seguiré el camino, al menos a uno de ellos le diste, no creo que nos sigan.

—No me preocupan ellos. Los coyotes vienen porque alguien les despierta el hambre. Lo mismo te pasará más adelante.

—Gracias, pero no pienso darles tiempo. En 8 millas llegamos al apeadero de Arroyo seco, a partir de allí el camino mejora.

—Como quiera, Don Summers, usted lleva las riendas.

—Menos cachondeo, viejo mellado. Cuídate, y despídeme de María; en lo que queda de camino no voy a probar nada como su guiso.

Suben los bigotes hasta el pescante. Coge las riendas en una mano y libera el freno con la otra.

—¡Tenía que haber elegido ser dueño de apeadero, Don Summers!

—Para usted el palacio, Don Tomás, prefiero la libertad abrasadora del polvo asfixiante del camino.

Mueve la diligencia, suena metal sobre tierra y, tras atravesar el umbral, arrancan las bestias el baile de crines; levanta la ola de polvo y doblan las alas de sombrero al adentrarse en el mar.

—¡Damas, caballos y Patty! ¡Próxima parada, Arroyo seco!

lunes, 1 de junio de 2020

William's Post


La tierra rojiza desaparece con el entrecerrar de párpados. Ha conseguido ser uno con el vaivén y el ronroneo de cascos y ruedas, amortiguados por el polvo suelto del camino. A su izquierda, la señorita, pamela y vestido impolutos, mantiene la posición adecuada. Firme faro, insignia de la civilización y las buenas costumbres, tan solo se permite un ligero ladeo de cabeza y el anhelo pueril del descanso en su fuero interno.

El cambio de ritmo remueve sus almas. El viejo recoge la compostura, se frota los ojos, carraspea alguna palabreja y atisba por la ventana los cuatro palos que atraviesa la diligencia.

—¡Dama, caballos y Patty! ¡Bienvenidos a William’s Post!

Los caballos conocen bien el camino. Se detienen frente a un edificio de adobe, cerca de un techado de cañas que hace las funciones de establo; resoplan y patean el suelo para sacudirse la tensión del viaje.

La mano derecha de Sam tira de la palanca de freno.

—¡Todos abajo!

Patty toma tierra de un salto, Jake sacude sus ropas y abre la puerta de la diligencia. Sale el viejo enfrentando sus ojos al sol de la tarde. Va tras él la señorita, grácil y enhiesta, cubierta por la pamela, y se mantiene a la espera de que alguien dome el terreno inexplorado.

—Ahí, a la izquierda de los establos, tienen el abrevadero con una fuente por si quieren refrescarse. En el lujoso edificio que tienen en frente podrán descansar cómodamente y degustar algún que otro exquisito manjar de la zona.

—Menos pompa, Don Summers. No sea que no haya un plato del buen guiso de María para usted.

La voz nace del techado de cañas. Un tipo bajo, de tez cetrina, gruesas cejas y ropas cómodas y ligeras se acerca. Lleva un sombrero claro de ala ancha y una sonrisa de oreja a oreja que muestran alguno de los dientes que siguen en pie de guerra.

—Querido Tomás, siempre es una alegría llegar a tus dominios. Cualquier cuchitril se convierte en palacio si lo pones en medio del infierno.

Jake y Patty llevan la diligencia al establo y acomodan a los caballos. El viejo rechina riñones hasta que de la bomba sale algo que bien podría llamarse agua. Moja el pañuelo y se lo pasa a la señorita para que se refresque, justo antes de hundir ambas manos y llevar el caldo turbio a su rostro.

Tomás escudriña la carga.

—¿Solo dos? Eso no vale ni el resuello de un caballo.

—Tuvimos jaleo en White Valley. Algo más serio de lo habitual, y no tengo ni idea del porqué; se quedaron casi todos en el puesto de Martha. Estos dos siguen, el viejo tiene prisa y paga muy bien.

—Bueno, aquí dentro tienes otros dos. Se apearon hará una semana, un poco raros; gente del este.

Sam resopla, mira al bueno de Tomás y poniéndole la mano sobre el hombro comienza a caminar hacia el edificio.

—Huele a que hemos llegado a tiempo…

Dan un rodeo hasta llegar al ala derecha donde una mujer bajita y regordeta mueve con garbo el contenido de un caldero azuzado por un buen fuego.

—Aquí solo se puede entrar cuando María lleva las riendas. Es el único momento en que no se aprecia el hedor de Tomás.

—¡Oh, si es Don Sam!, ¿aún no te has quitado esos bigotes de ciudad?

—Es lo único elegante que me queda. ¿Cómo os van las cosas?

—Bien, como siempre. Supongo que Tomás ya te ha dicho que tienes dos más para llevar.

—Así es, parece que tendré que arreglarme los bigotes.

—Son buena gente.

—Bien, eso facilita las cosas.

Tomás cruza la placeta de tierra y se acerca al techado.

—Buenos días caballeros, señoritas; mi nombre es Tomás Garriga, soy el dueño de este sitio. Aquí tienen a su disposición toda el agua que necesiten. Podrán pasar la noche dentro, tenemos algunas mantas y jergones para que puedan descansar cómodamente en el suelo. Las señoritas podrán compartir la cama con mi señora si lo prefieren. En un par de horas tendremos listo algo de cena por si les apetece acompañarnos, el precio no es muy alto y, créanme, echarán de menos algo tan bueno durante el resto de su viaje.

—Buenos días Tomás —intervino el viejo— perdone la indiscreción pero, ¿no hay un señor William en William’s Post?

—Pues verá, con el perdón de la señorita, el señor William tuvo a bien dejar este mundo con el cuello en una soga. Organizaba encuentros entre las diligencias y un grupo de bandidos de la zona. Pero eso es algo de lo que ustedes no deben preocuparse, ahora estamos aquí mi mujer y yo; somos gente sencilla y humilde que aún no tiene amigos por aquí.

Rió Tomás y, viéndolos más relajados, les invitó a pasar.

Dentro no había nada especial. A mano izquierda dos puertas: una, la habitación de los dueños; la otra, según Tomás, un cuarto para guardar las cosas. El resto es una sala amplia de suelo de tierra apisonada con una alacena y una gran mesa de madera en la que una pareja, en estrafalarias y cómodas ropas de viaje, se encuentra inclinada sobre un mapa.

—No, tiene que ser desde aquí, es el mejor lugar sin duda. −El hombre alza la vista.

—Y estos son los Howard, —continúa Tomás— les acompañarán durante el resto del viaje. Ahora les dejo que se pongan cómodos. Les avisaré en cuanto esté la cena.

Se ejecutan saludos y el intercambio de impresiones da paso a una charla más distendida. No hay filo y el tiempo pasa agradable.

Mientras tanto, afuera, Jake y Patty aprovechan la ausencia del resto, apoyados en los postes del techado, para descansar y disfrutar del frescor que trae la ausencia del sol.

−¿Cuánto tiempo, eh?

El ascua enrojece viva con el suave chisporroteo del tabaco y se calma para dejar sitio a un sinuoso hilo de humo.

−Mucho. Casi tanto que ya no esperaba volver a ver esto.

Las estrellas plagan el cielo oscuro e infinito, aumentando su número conforme más detenidamente se las observa.

−Hacía falta algo así, reverenda... Hacía falta.

lunes, 25 de mayo de 2020

En marcha


Cielo limpio azul grisáceo, iluminado por el avance de un sol aún por salir. Mañana fresca y viva, de esas que hielan la cara al remojarse las legañas.

–¡Vamos, daos prisa! ¡Esto no se mueve solo!

Sam Summers está ya fuera del hotel, esta vez de otra guisa, con ropa domada por el viaje y sombrero puesto; solo sus bigotes estirados lo distinguen de cualquier otro. Uno a uno, va atando los 4 caballos a una diligencia que, a primera hora de la mañana, muestra su color rojo intenso, oscura y potente, con cierto reflejo azul que la aleja, aún más, de aquel medio.

–¿Cual es tu plan?, ¿ir tan rápido que le ganemos la partida al sol?

Jake habla mordisqueando un trozo de carne seca del desayuno. Mientras, Patty va a saludar a los caballos, buenos y saludables animales que patean ansiosos, a sabiendas de que ha llegado el momento de arrancar.

–Mi plan es hacer mi trabajo pese a tener contratados a dos vagos.

Sonríe el de los bigotes y contesta riendo el bueno de Jake.

–Venga, tú dirás, jefe.

–Por lo pronto, carga el equipaje en la parte de atrás. La señorita puede poner el correo aquí delante, bajo mis pies, junto a la caja fuerte.

–Puedes ahorrarte los formalismos, llámame Patty.

Sam asienta y señala la bolsa de cuero que hay a los pies del asiento del conductor, mientras acaba de apretar las correas de los caballos.

De la puerta del hotel salen ya la señorita del vestido amarillo y el viejo luciendo chaleco elegante y cara algo marchita por el sueño.

–¿Solo dos? –susurra Jake al de los bigotes.

–Hubo un percance y la mayoría decidió no continuar.

Sam reconoce la pregunta en el rostro de Jake.

–No, nada de que preocuparse. El problema se quedó atrás, pasa continuamente en este oficio.

–¿Y los pasajeros?

–La compañía permite continuar el trayecto a todos aquellos que decidan apearse, desde el punto que lo dejaran, con cualquiera de nuestras diligencias. Tienen todo un mes para decidirse.

Jake se limita a asentir mientras se acerca para ayudar a la señorita a subir.

–Bueno, y ¿cómo vamos a ir?

–Uno a mi lado y otro arriba.

–Tú cerca del cielo, ¿no reverenda?

–Me parece bien, así te aguanta la charla Sam.

–Dispara bien... –dice riendo Sam mientras Jake se acomoda en el asiento y coge la escopeta.

–Puedes apostar; hace años conoció a Dios o a Manitú, me da que a los dos, y se quedó un pedazo de ira divina.

–jajajajaja. De acuerdo, damas y caballos, ha llegado el momento. ¡La diligencia sale de Middle Sand!

El látigo chasquea el aire, las bestias bombean músculos de acero, cabeceando en un mar de crines mientras los primeros rayos de sol reflejan en el pelaje negro brillante y la pintura, ahora roja encendida, refulge como un pedazo del mismísimo infierno.

Patty va sentada arriba, con su henry en el regazo, observando el cielo limpio y azul, el suelo árido que se extiende hasta el horizonte y la ola de polvo que poco a poco va levantándose a uno y otro lado de la diligencia.

–Vaya, va suave –dice Jake sorprendido–. El único cacharro de estos que utilicé en mi vida traqueteaba bastante más que una cascabel con tuberculosis.

–Este “cacharro” es una Concord. Piezas de olmo, roble y pecana; mejor que huelgue madera a que parta hierro. Y va “suave” por las dos correas de cuero de tres pulgadas que mecen la caja y facilitan el tiro a los animales. No vas a encontrar nada mejor.

–¿Y qué me dices del ferrocarril? –dispara al aire, divertido, Jake.

–¿El ferrocarril? ¿Puede tu ferrocarril hacer esto?

Sam tira de las riendas y abandonan por un momento el camino. El ojo lee el terreno y la mano actúa por instinto; ondean las crines y sigue el baile la caja, absorbiendo las crestas que se deslizan bajo sus ruedas mientras, dentro, un suave oleaje pone a prueba al viejo que apoya ambas palmas en el asiento intentando conectar con la tierra para encontrar la paz estomacal. Hasta que un suave toque de riendas devuelve los animales al camino y continúan la ruta con tranquilidad.

–Ferrocarril dice… ¡Damas, caballos y Patty!, ¡próxima parada William’s post!

lunes, 18 de mayo de 2020

Oleud


Apenas dos filas de casas enfrentadas ofrecen la única sombra en todo el paisaje.

Llegan con los ojos entrecerrados por el sol y los caballos paladeando el sueño del agua.

Desmontan a la entrada, en un establo donde hay una diligencia, cuatro caballos en las cuadras y un abrevadero lleno. Al final de la calle, apenas a un centenar de pasos, siete u ocho tumbas destartaladas coronan el pueblo. Y a izquierda y derecha, entre las casas, se mantienen en pie un saloon-hotel, una pequeña oficina de sheriff y una tienda... nadie; ni siquiera rostros huidizos a través de la ventana.

Jake mete ambas manos en el abrevadero y lleva algo de agua turbia a su cara.

—Está caliente...

—Aquí dentro hay cosas por en medio, pero no se ve ni un alma.

Patty recorre el establo en busca de alguien, hasta que llega algo de jaleo a sus oídos. A través de las tablas de la pared trasera, observa a un grupo de personas agolpadas en el exterior y la voz de una de ellas se alza sobre la multitud.

Avisa a Jake y marchan hacia el gentío.

—¿Y ahora qué?

Bajito, de estirados bigotes y algún pelo en la cabeza; el tipo grita, sombrero en mano, mientras anda de un lado para otro.

—¿Y ahora qué demonios hago yo? Porque este no se va a mover, ya te lo digo yo...

A los pies de los bigotes, un hombre yace con la mano abierta y el revólver huérfano sobre la tierra.

—¡Contesta, desgraciado, contesta! ¿Te vas a hacer cargo tú solo?

Una camisa roja, manchada de sudor, atraviesa, tambaleándose, el cerco de gente. Aprieta con fuerza el brazo; continúa sin mirar atrás, ajeno a la voz que lo invoca, mientras se escurre, entre sus dedos, su propia sangre.

—¡Mierda! ¡Malditos borrachos! Llévate dos Sam, llévate dos que te harán falta... Claro, ¡si no se matan!

Entre el gentío, todos especímenes autóctonos de caras calladas, duras y secas, perfectamente aclimatados al medio, destacan dos individuos: un viejo encogido de rostro amable y una joven de elegante vestido amarillo, ojos azul eléctrico y un mechón de fuego escapándose de su sombrero.

La joven mira al hombre que se aleja, preocupada, y nace el impulso de acudir, pero la mano del viejo la detiene con una caricia en el brazo. Los azules se centran, incrédulos, en el cadáver y buscan consuelo en el abrazo de su acompañante.

—Le ruego me disculpe, señorita. —el tipo de los bigotes habla ahora, más recompuesto— Siento que haya tenido que presenciar esto.

—Verá, no puedo explicarme qué es lo que ha pasado...

—El alcohol eleva la estupidez humana a cotas divinas...

El viejo aparta con cuidado a la joven y se adelanta.

—Verá caballero, lo que queremos saber es, ¿cuándo vamos a continuar? Porque uno de sus hombres nos ha dejado para siempre y el otro no está en condiciones de volver...

La gente comienza a abandonar el círculo, regresando a sus quehaceres. Solo un par de ellos se quedan; mientras uno calcula la madera, el otro se hace una idea de las dimensiones del agujero.

—Señor, por favor. No es muy seguro continuar así. No sin protección.

—Lo que sí sé seguro es que no es bueno para su bolsillo demorar más la salida. Debemos partir a la hora estipulada; si es necesario yo conduciré, y usted se coloca escopeta en mano a mi lado.

—Le repito que no llegaremos muy lejos.

—Y yo vuelvo a decirle que si quiere ver brillar algo en su mano, debería decidirse a atar los caballos. Si quiere hable con el hombre que le queda en pie.

—Está herido en un brazo.

—Tiene dos —contesta sonriendo.

Alza los bigotes y echa un barrido entre todos los que abandonan el sitio y regresan a sus vidas... nadie. ¿Quién con dos dedos de frente va a estar dispuesto a cruzar aquel hervidero?

—Vaya, amigo, parece que se ha liado una buena —Jake sonríe mientras Patty niega con la cabeza y observa al cadáver.

—Hola...

—Jake.

—¡Jake!, encantado, Sam Summers a su servicio. Tiene usted pinta de ser un tipo que sabe aprovechar las oportunidades, en cuanto a su amiga, parece que tenemos una Srita Fields ante nosotros.

Patty sonríe y muestra una curva afilada de marfil en su rostro rojizo.

—De acuerdo, cuéntenos.

martes, 12 de mayo de 2020

Digger


Las coágulos negros comenzaban a clarear, la lluvia seguía cayendo a sus espaldas, cargada, como escupitajos resonando en metal, mientras, adelante, una línea azul claro pintaba el horizonte.

Iban tranquilos, dejando que los caballos decidieran el paso.

Se cruzaron con unos cuantos tipos; tiznados, pico al hombro, linterna en mano y rostro cansado; caminaban tirando de mulas de ojos vivos y alforjas vacías.

—Él se giró hacia Patty y, sonriendo, le guiñó el ojo.

—Digger... —dijo ella divertida mientras negaba con la cabeza.

—¿Te acuerdas?

Los tipos estaban ya lejos, bamboleándose al ritmo de pasos cansados.

—Sí, maldito holandés... Patty Digger... ¡mira que salirme con esas!

—Entiéndelo, no todos los días conoces a una comeraíces.

—¡Vete al infierno! Nos llamaban digger porque cavábamos para sacar raíces con las que alimentarnos; porque somos un fracaso... ¡ni caballos usamos! La tribu más atrasada de cuantas existen, y eso que para los tuyos todo lo que no sea claro, está para ser civilizado. —Se giró un momento y echó un ojo a los mineros a punto de perderse en el camino.— Pues, ¿sabes?, no deja de ser gracioso. Tanto tiempo escuchando lo de digger y míralos ahora. Cavando sin parar, solo que nosotros cavábamos para alimentarnos. Vosotros caváis para sacar más, siempre más y si podéis coger el terreno del que tenéis al lado no lo pensáis ni un momento, sin importar el cómo.

—A mí no me metas en el mismo saco, no he cogido una pala en mi vida. La única persona que conozco que ganó dinero con el oro fue un tio mío que vendía ataúdes... Además, te recuerdo que estuvimos unos cuantos años codo con codo llevando ganado. Durmiendo al raso daba igual que fueras blanco, negro o digger... hasta tuvimos una mujer entre nosotros —dijo mientras la miraba de reojo— y para no haber montado nunca a caballo te apañabas muy bien.

—Eso era porque a Sand le daba exactamente igual quién fueras mientras trabajaras bien.

—Sip.

—Éramos un puñado de gente rara.

—Sip.

—Jake...

—¿Sip?

—Vete al infierno.

—Vamos reverenda, guárdate los sermones para cuando echemos un trago. Me gusta hablar contigo cuando sacas la bilis.

—Un día, de tanto cavar acabaréis saliendo por el culo del mundo y os daréis cuenta de que ya no tenéis sitio. A lo mejor entonces alguien se acuerda de cómo vivíamos los digger...

Tomaron una curva para salvar la montaña y al otro lado, entre pinos y hierbas agrestes, siguieron una pequeña senda que serpenteaba un par de cuestas hasta regresar a la tierra árida.

Una vez en llano, erupcionó en el horizonte un puñado de casas agolpadas a ambos lados del camino.

—Jake, respecto a lo del trago...

—Sip?

—Es tu idea, tú pagas.

—Sip...

lunes, 4 de mayo de 2020

La vuelta


Y al final regreso.

Veo los pinos de verde seco y eterno,
erguidos vitales sobre cáscara gris.

Piso el polvo y las piedras pulidas.

Tomillo, romero, aliaga espinosa,
arañando la tierra, quebrando la roca.

Regreso.

Y veo que nada allí se ha detenido,
que ha seguido creciendo,
tejiendo la urdimbre de Humboldt.

Tal y como siempre ha sido,
tal y como seguirá siendo.

Salvo por la ligera certeza de que,
si algo no cambia,

sin nosotros, mejor le ha de ir.