lunes, 14 de septiembre de 2020

Una charla

 

El sol golpea fuerte, dobla las imágenes en una suerte de delirio brumoso. Aquí y allá surgen charcos de agua etéreos que todo el mundo sabe ignorar.

Henry cabalga erguido, rostro grave, heridas secas; mirada fija y perdida, atravesando el horizonte. La señorita va con el de los ojos profundos, fría y distante sobre la montura.

Solo se escucha el golpeteo de cascos y el ocasional resoplido de algún animal.

Pasado un momento, el horizonte se encrespa y aparece una pared rocosa que, en honda reverencia, ofrece el descanso de una buena sombra.

—¡Alto! Este es buen sitio. Pararemos un rato a descansar. Dejad aquí las armas para que las recojan los de la diligencia.

El de los ojos profundos ayuda a bajar a la señorita y manda lanzar al suelo a Henry.

Invitan a la señorita a recostarse apoyándose en la pared; rehúsa esta y sigue en pie inalcanzable, tensa y marcial.

Dos de los jinetes cogen a Henry de los hombros y se lo llevan aparte, devolviéndolo al suelo justo en el límite del abrigo solar, quedando él expuesto al horno celestial y a cubierto el resto.

El de los ojos profundos se acerca con calma, dejando tiempo para que el sol devuelva a Henry al infierno.

Se detiene justo en el filo de la sombra, lo recorre con la vista: golpeado, amoratado, herido, con el marrón oscuro de la sangre reseca y la pose temblorosa de quien a pesar de todo se pone en pie.

—Has perdido; no eres ni la sombra de lo que eras. En otro tiempo hubieras aguantado esto y más, pero ahora... no queda nada de ti; salvo ese patético orgullo cogido con hilos.

Respira quebradizo, mientras se tambalea de un lado a otro para guardar el equilibrio. Traga la ausencia rasposa de saliva y se dirige al de los ojos profundos.

—¿Sabes? el orgullo es como un arma vieja. Si sabes cómo empuñarla te irá muy bien; pero si no vas con cuidado, puede reventarte en la cara.

Se abren los ojos profundos al verlo dibujar una sonrisa en el rostro. Entorna de nuevo la mirada y paladea la boca seca antes de contestar.

—Esa cara habla por sí sola. He acabado contigo, Holmoak. No hay nada que puedas hacer, salvo capitular.

—¿Tú? —escupe al suelo que cuece y bebe el rojo de la sangre— Mira adónde estamos; todo lo que has tenido que mover para tumbarme. Tú no has acabado conmigo, no me has traído hasta aquí, Tom; habéis sido unos cuantos más. En todo este tiempo, yo he seguido haciendo lo que consideraba oportuno, y así seguiré haciendo pase lo que pase.

—Todo esto no ha sido por ti, amigo. Es por aquella chica, porque llegó a nuestros oídos que vale su peso en oro, en Paloverde.

—Engáñate si quieres, pero si es la chica lo único que quieres, ¿por qué estás aquí, perdiendo el tiempo conmigo? Más tiempo, perdido conmigo, amigo.

La punta de uno de los zapatos remueve con nervio la tierra en la sombra. Digiere la charla y arremete de nuevo.

—Mucho tiempo sí, lamentablemente esto ha ido demasiado lejos como para dejarte con vida. Firma, Henry. Es la única salida.

—Siempre hay otra opción...

—¿Quieres morir?

—Yo no me muero, eres tú quién me mata. Durante todo este tiempo he hecho lo que he considerado adecuado. Si tus amenazas no han funcionado antes, no lo van a hacer ahora.

—Nadie sabrá de ti cuando caigas. De nada servirá tu cadáver.

—¿Qué importan los demás? Cuando pase un tiempo sin aparecer por casa, mis tierras tendrán un nuevo dueño, tal y como está designado. Yo habré muerto haciendo lo que me pareció correcto y mi muerte se convertirá en el recuerdo permanente de tu fracaso.

Se dirige, instintiva, la mano del de los ojos profundos hacia la empuñadura del revólver. Pero el eco de las palabras la detiene, justo antes de invocar la muerte.

—¡Señor, jinetes! —irrumpe la voz de uno de los hombres.

—¡Maldita sea!, quedaos con él; que no se mueva de donde está.

Recoloca el sombrero, entorna los ojos profundos y sale al mar de luz incandescente para encontrarse con los tres jinetes que se acercan a galope tendido.

Se planta en medio, con las piernas ligeramente extendidas y las manos, prestas, descansan a ambos lados.

—¿Qué hacéis aquí? La chica es nuestra.

De los tres jinetes, uno con rostro seco y cicatriz es el que se decide a contestar.

—Nosotros somos quienes hemos hecho todo el trabajo.

—No pudisteis detener la diligencia. Fuimos nosotros quienes los capturamos al otro lado del túnel.

—Fue nuestra sangre la que se vertió.

—Ese no es nuestro problema. Haber acabado con ellos cuando tuvisteis oportunidad.

—Verás, Tom, ahora mismo puedes decirnos lo que quieras. Nosotros solo somos tres, vosotros más. Además, no dudo de que en caso de disparar, tus balas vayan mejor que las nuestras. Pero no es eso lo que importa.

Observa el jinete a sus compañeros, en busca de refuerzo. Y vuelve la mirada a los fríos ojos profundos.

—Lo que importa es que Paloverde es nuestro. Ahí es donde os dirigís con la señorita y no quiero contaros lo que podría pasar si os ven llegar sin nosotros.

—Podíais haber caído en el ataque a la diligencia.

—Podríamos, pero no ha sido así.

Se extienden los dedos, se acerca rápida la palma y brilla en el cañón un destello con el amartillar del arma. Los jinetes echan mano de sus armas, pero solo uno llega a cogerla, justo cuando se escucha el tercer disparo, y afloja muerto el pulgar sin haber podido hacer su trabajo.

—Parece que sí.

Entran de nuevo los ojos profundos en la sombra. A la espalda quedan los tres cadáveres y el cuerpo maltrecho de Henry que continúa en pie, sin importarle la escena que acaba de presenciar.

Se detiene un momento el de los ojos profundos. Comienza a extender la mano, pero de nuevo el eco de aquellas palabras le obliga a parar. Mira hacia la señorita y, sin darse la vuelta, se dirige a los dos hombres que están junto a Henry.

—Nos vemos en Paloverde. Encargaos de él.

lunes, 7 de septiembre de 2020

La caza


A través de la mirilla, absorbe el traqueteo de la diligencia, anclada en el lejano grupo de jinetes que poco a poco va saliendo del camino. Demasiados como para haberles hecho frente allí, debe mantener las balas, hasta que esté segura de no errar el tiro.


—¿Sam? —Jake mira hacia atrás mientras espera expectante alguna respuesta por parte del conductor.

—Hay un pasaje más adelante, quizás allí...

—Adelante, entonces, no nos queda otra.

En el interior de la diligencia los nervios se erizan en medio del silencio. Los Howard mantienen el revólver en alto y entrelazan sus manos con una sonrisa cargada de temor en el rostro. El viejo deja un momento el revólver en el asiento, sorprendentemente pesado, rebusca en uno de sus bolsillos y se dirige a la joven del pelo de fuego que con los ojos fieros y abiertos ase con fuerza el revólver.

—Si algo pasara, cuando llegues a Paloverde ve a esta dirección y pregunta por Tobías Edevane. Él se hará cargo de todo el papeleo...

No hay respuesta. La joven se limita a coger el papel y asentir con una sonrisa enarcada en los ojos.

Se balancea el vehículo y suena la voz de Sam, junto a retumbar de cascos y metal de rueda contra polvo y roca. El tiempo se estanca y los segundos entran en un loco pulso entre la salvación y la muerte.

Patty invoca el primer disparo, allá en la cima de la diligencia, atraviesa el cielo y quiebra la espera, derribando una de las pequeñas figuras que los persiguen.

—¡Son muchos, Jake! ¡Y estos saben ir en grupo!

Resopla Jake. Deja a un lado la escopeta y toma un rifle. Se gira sobre el pescante, apoya el cañón sobre la pequeña barandilla del techo de la diligencia y espera el momento adecuado en que saltos, distancias y nervios le den un respiro.

—¡Apunta bien, no vaya a morir por un balazo tuyo!

Jake se limita a escupir un siseo entre dientes mientras asegura el objetivo, presiona el índice y nota la liberación de toda resistencia metálica. Empuje seco en el hombro, fogonazo contenido y potente y casi puede ver el proyectil aullando hasta morder con fuerza a uno de los jinetes que no cae pero trastoca su figura incapaz de mantenerse completamente erguido. 

Invoca otro trueno la reverenda desde su Olimpo y besa otro jinete el suelo. Se une Jake a su canto y con dos estruendos forja un nuevo caído.

—¡Con ese van cuatro! ¡Ahora empezaremos a tener problemas! ¡Dile a Sam que aligere!

Se gira Jake hacia el conductor y una bala recorta su perfil.

Sam clama el látigo en el aire y restalla potente su voz. Tensan los músculos, bufan las bestias y se encrespa el mar de crines, mientras el fulgor rojo de la diligencia cruza veloz el árido paisaje. Detrás, el grupo de jinetes se acerca y divide su formación en varios frentes.

—¡Van a marearnos, Jake! ¡Los del centro son míos! ¡Apunta a los que quieras y no los sueltes!

Dispara la reverenda; las balas responden, y devuelve esta el fuego hacia aquellos que mejor colocan los plomos.

Defiende Jake su frente buscando el máximo de cobertura. Y se esfuerza por seguir disparando cuando silba la muerte cerca, una y otra vez.

La cercanía de la tumba encrespa los nervios y desvía los tiros. Hay que apretar los dientes, tragar saliva y, entre un mar de balas, aguantar la bilis, tomándose el tiempo necesario en apuntar. Y aún así, siguen acercándose...

—¡Sam, se nos echan encima! ¡No aguantamos hasta el pasaje! ¡Vas a tener que sacarnos de aquí!

Un par de balas refuerzan el argumento de Jake. Sam toma con fuerza las riendas y gira el primer par de bestias hacia la izquierda, mientras acelera y guarda el equilibrio con el resto. Con el giro uno de los laterales de la diligencia se expone ante los jinetes, detonan su armas los Howard y fuerzan a los jinetes a variar el rumbo.

La diligencia sale del camino, devoran los cascos la roca y soportan heroicas las correas de cuero la caída del pesado habitáculo, una y otra vez, tras cada salto. Sigue su loco bamboleo hasta entrar en una de las sendas, pedregosa y estrecha, que va siendo engullida, poco a poco, por una garganta.

Los jinetes se dividen. Tres siguen la senda y caen ante el rifle de Jake y la ira de la reverenda. Otros siguen la diligencia desde arriba de la garganta: dos a un lado, y tres más acechando desde el otro.

La guerra es ahora entre la cima de la garganta, que sube y baja conforme avanza el camino, y los que están afuera de la diligencia. Desde dentro, a través de la ventana, solo pueden ver la pared de tierra amarillenta.

Evitan exponerse los jinetes, enviando algún disparo ocasional, ante la erizada defensa de Patty y Jake. Y esperan a que, al disminuir la altura de la garganta, emerja de nuevo la diligencia.

—Jake, ahorra balas y nos vamos cubriendo para recargar. ¿Cuánto falta para el pasaje?

—¡Estamos cerca! —contesta Sam y al decirlo, siente la eternidad de lo poco que queda por delante.

Una de las balas muerde a Jake en la pierna. Manda plomo hacia allá la reverenda y se lleva por delante a uno de los jinetes. Deja algo de espacio el resto, para tantear un nuevo ataque, para templar los nervios.

—¡Ahí está!

Tras coronar una leve cuesta, se ve ya el pasaje. Túnel excavado en alto muro de roca. Renuevan los ánimos y emergen las ganas. Aviva aún más a los animales Sam. Y hacen acopio de valor los jinetes ante lo inminente del final.

De un lado se acercan tres, disparando sin parar. La lluvia de plomo vuela errática, hiriendo el habitáculo y cortando, en roce seco, el costado de Patty.

Jake y la reverenda responden el ataque y desde el otro lado salta el único jinete que queda en pie en su frente, hacia el techo de la diligencia. Falla por poco y consigue agarrarse a la barandilla. Con movimiento felino abre la puerta e irrumpe dentro detonando pólvora, llenando de fuego y ruido la pequeña sala.

La bala no encuentra dueño, pero llena el espacio de confusión y nervios. El jinete amartilla de nuevo, dispara hacia los Howard que se agachan intentando evitar el disparo y apuntan incapaces de asegurar el tiro sin dar al resto.

Pasan las ruedas un saliente de roca, se aferra Patty al techo sin soltar el rifle; dispara Jake desde el pescante evitando que cualquiera se acerque.

Dentro el jinete pierde el equilibrio y se coge al marco de la puerta con una mano para evitar caerse. Con la otra dispara al viejo, enviando al cielo los anteojos, volándole una oreja.

Dos ojos brillan con furia y observan, desde un lateral, al enemigo. Se eriza rojo el pelo y apunta con cuidado, alineando cañón y cráneo. En un pestañeo, justo antes de apretar, visualiza el cascarón seco de carne fría y ausente... algo chasquea dentro. En un segundo desamartilla, coge por el cañón el arma y estrella la culata contra la mano que se aferra con fuerza al marco. Tensan los dedos ante el dolor, soltando el asidero y cae el jinete por la puerta al vacío, rodando por la roca y el polvo del exterior.

—¡Ahí está! ¡Vamos, solo un poco más!

Casi pueden tocar el muro rocoso. La alegría prende en las entrañas, ignorando heridas y balas, calentando el alma. Y el espíritu henchido decide seguir a pesar de todo, transformando la adversidad en el empuje necesario para atravesar el último umbral.

Giran los radios hasta formar el disco liso sin fisuras. Cabecean un poco más los animales, con el rostro sudoroso de un Sam que adelanta, afianza y equilibra el bote, mientras desde todas las posiciones surge una lluvia de balas con el único objetivo de mantener a raya al enemigo.

Y así llegan al pasaje. Se adentra la diligencia y aflojan el ritmo los jinetes evitando ponerse a tiro.

Brilla fuerte la luz del sol al otro lado. Notan Jake y Sam la suave brisa de un cielo abierto y calmado. Abandonan la caverna volviendo al mundo como si nunca antes hubieran estado vivos.

Y allí, bajo el azul del cielo, sobre el dorado de las altas hierbas; dos ojos profundos y hundidos acompañados de 15 rifles les esperan.

—Esto se acaba aquí, caballeros. Hagan el favor de bajar y entregarnos a la señorita. Será lo mejor para todos

Dos hombres se adelantan y dejan sobre el suelo el cuerpo maltrecho de Henry. Entre el rostro amoratado y la sangre se distingue la mueca de una sonrisa y tras escupir sangre saluda a sus compañeros.

—Esto es lo único que conseguirán si se resisten. Sean razonables, no pueden seguir adelante ni dar media vuelta. Solo queremos a este caballero y a la señorita.

Los labios están sellados, piensan las mentes rebuscando cualquier salida y todas las sendas llevan al mismo e ineludible destino.

—Iré. —asoma la melena roja que baja de la diligencia y se sitúa frente al tipo de los ojos profundos— Pero a ellos déjenles en paz y a él también —señala hacia un Henry que, dolorido, acierta a saludar entre temblores con la mano.

—Él está aquí porque quiere. Tiene fácil llegar a un acuerdo, pero no quiere ceder y por ello caerá.

—Lamento decirte que la responsabilidad de tus actos no es mía, maldito canalla.

Se tuerce el gesto del de los ojos profundos y a duras penas consigue evitar la réplica.

—Bien caballeros; las armas, por favor. Las dejaremos un poco más adelante, para que puedan recogerlas cuando su cercanía no sea un peligro.

La incredulidad y la rabia se agolpan mientras ven alejarse a la señorita que extrañamente volvía a recuperar la rigidez marcial de la impuesta feminidad del este.

lunes, 31 de agosto de 2020

Rapaces

 

Surca la diligencia el mar de roca y arena. Aquí y allá se alzan peñascos, terreno impracticable, rocas cortadas y, más adelante, se yergue la columna rocosa, alta y desafiante, que les ha de servir de punto estratégico.

–¡Sam, detente!!

Cierra los puños, dobla los codos y tiran tensas las riendas, frenando las crines en oleaje. Los cascos pisotean manteniendo la posición, leve vaivén de ruedas asentando al vehículo y polvo suspendido regresando al suelo del que emergió.

–¿Qué ocurre, Patty?

–Aquel sitio ya no es nuestro.

Arriba, en la columna apenas se distinguirse un brillo errático.

–¿Hay alguien? –pregunta Jake entornando al máximo los ojos.

–Varios, más de cuatro.

–¿Estamos a salvo?

Patty se yergue sobre el techo de la diligencia y el viento cálido mueve sus ropas desde atrás.

–Sí, por unos diez pasos.

Entonces, allá arriba tiene lugar un solo fogonazo y el estruendo seco que es engullido por el vuelo agudo de un plomo que devora la distancia, estrellándose con el suelo a poco más de diez pasos de ellos.

Sam relaja las manos, deja caer las riendas y se gira hacia Jake.

–¿Y bien, ahora qué?

–Bueno, tú querías continuar con tu diligencia, ¿no? ¿Qué opciones tenemos?

–Nos queda un apeadero a la derecha, continuar este camino o ir por las viejas rutas, pero no sé cómo estarán para meter la diligencia…

Henry adelanta su caballo hasta ponerse al alcance de Jake y Sam.

–Esos de ahí no son mis coyotes. Los míos esperaran en un apeadero o al pie del camino. Los pajarracos de esa roca son de esta tierra… Lo mejor será que me adelante y eche un vistazo al apeadero.

–Mmmm, me parece bien… Sam, ¿qué me dices de esas viejas rutas?

–Viejas y retorcidas como un río de alambre de espino. Eran una buena baza para recorrerlas a pie, pero con la diligencia no lo veo, no.

–¿Ninguna?

–Dicen que la mejor es una que llaman la senda perdida.

–Suena amplio… Patty, ¿cómo van las cosas por arriba?

–Esperan, como nosotros. Tienen ganas de gatillo, eso seguro, pero de momento no se mueven.

Jake se lleva ambas manos a la cara, resopla y observa a Henry galopando hacia el apeadero, disminuyendo su figura. Delante se abre amplio el camino mientras, por el rabillo del ojo, la columna rocosa permanece desafiante, feroz centinela dispuesto a aplastarles en cuanto avancen un poco más.

–A ver, Patty, ¿y enviar plomo hacia arriba?, ¿cómo lo ves?

–¿Con este viento y la diligencia en marcha?, les cuelo uno por cada tres que nos manden ellos. Y si Sam mueve bien este trasto para que no nos den, podría escupirles algo serio una vez, como mucho, de milagro.

–De acuerdo.

Baja Jake del pescante y se asoma a la puerta de la diligencia.

–Damas y caballeros, si son tan amables de bajar; nos gustaría contar con su opinión.

–Jake, te recuerdo que seguimos teniendo unos cuantos pajarracos aquí.

–No hay problema, Sam, no bajarán. Todos sabemos cómo se llega allí. El primero que toque esa senda, para ir o venir, está muerto. No se me ocurre mejor forma de atraer las balas.

Se reúnen todos a un lado de la diligencia, salvo Patty que atiende desde arriba, pendiente de cualquier movimiento allá en la columna.

–…y así están las cosas. La verdad es que, llegados a este punto, ya no sé qué hacer; cualquier sugerencia será bienvenida.

El paisaje se extiende, amplio, rocoso y árido, hasta el horizonte. A un lado la pequeña mota de polvo roja, junto al cerco de insignificantes humanos discutiendo su suerte. Al otro, unas cuantas rapaces observan con rifles afilados lo que acontece abajo, pero las presas no se mueven y los ánimos comienzan a impacientarse. Patty casi puede oler el ansia de los de arriba y el regusto torcido, de unos y otros, al saberse encerrados en aquel eterno erial sin paredes.

Tras un silencio, en el círculo surgen las primeras ideas llenas de impurezas: absurdas, peligrosas, valientes, desesperadas, imposibles. Poco a poco van cribando y puliendo aquellas más prometedoras hasta encontrar el ansiado brillo, espoleados siempre por la eterna ansia del viejo que continúa viviendo tres días por delante del resto, cediendo ese hueco de tiempo presente al miedo.

Desechan esperar a Henry, ante la idea de verse atrapados entre los de la columna y los que vengan tras él. Desechan la ruta vieja por miedo a quedar encallados con la diligencia. Y desechan el camino central por alergia al plomo… Continúan argumentando y rebatiendo, cuando Patty ve cómo los Howard se alejan un poco, con la mirada perdida como cada vez que vislumbran en la realidad la representación abstracta de sus fotografías. Alza una ceja la reverenda al verlos discutir, señalando a uno y otro lado, para finalmente asentir en un firme acuerdo.

–Disculpen –interrumpe el señor Howard–, desde aquel lado hay un par de puntos que nos dejan fuera de su alcance.

Su dedo señala a una de las viejas rutas, una estrecha y arisca, de esas que ni se habían molestado en proponer.

–Venimos de verla, en aquel punto se mete un poco en la tierra y sigue unos cuantos pasos por la garganta. Parece que desde allí podríamos salir de nuevo al camino central, evitando gran parte del tramo peligroso. Pero bueno, es solo una idea.

–Dice bien, sr. Howard, –responde Sam–. Esa senda es de las peores, pero en ese primer tramo que comenta no debería haber mucho problema para llevar la diligencia. Después solo se trata de salvar una pequeña distancia de suelo rocoso y volveríamos al camino central, dejando la columna atrás. ¡Puede funcionar, sí señor!

–Bien, si a alguien se le ocurre alguna otra cosa, ahora es el momento.

–Ya hemos dicho bastantes disparates. El plan del fotógrafo es el mejor, así que pongámonos en marcha.

Muerde Patty una respuesta al viejo y se coloca en el techo calculando distancias, visualizando los plomos que han de volar de uno y otro frente.

Suben todos a bordo. Las manos se cierran de nuevo y tientan las riendas suavemente sabiendo que la respuesta de los animales no se hará esperar. Gira el par delantero, pisan firmes los cascos y mueven las ruedas hasta fundir los radios en un único material. De repente el lugar parece más abierto, el aire más fresco y, ante la posibilidad de una salida, el ánimo revive dispuesto a dar otro empujón más.

Cambia el suelo firme por senda pedregosa y una cabellera pelirroja se asoma libre por la ventana, luchando contra el traqueteo, fijando la vista en la columna que gira ante ellos y desaparece conforme se hunden en el hueco terroso de la garganta. Una vez allí, todo es silencio y tensión contenida del deseo de que todo vaya bien. Sam dirige con calma, coge Jake la escopeta, más por aferrarse a algo que por utilidad, y se tapa Patty con la manta a fin de difuminar al máximo el posible blanco, anclando la mirilla en la amenaza.

Emerge de nuevo la diligencia, abandona la sepultura terrosa, lenta y silente, con Patty rifle en hombro y el interior erizado en revólveres por si se tuercen las cosas. A un lado queda la senda, que continúa estrechándose hasta ahogar a todo lo que sea más ancho que un par de mocasines; entran cascos y ruedas en suelo rocoso y bambolea la diligencia ante lo que no pueden absorber las resistentes correas de cuero. Sigue Sam, centrándose en el camino y deja el entorno al resto, sabiendo que solo de él depende que no quiebre pieza alguna ni vuelquen. Pasan un alto sahuaro: enhiesto, fuerte y solemne, erizado como el maldito suelo que pisan; y al dejar sus espinas surge de nuevo la columna, amenazante. Todos pueden ver ahora a las rapaces, revoloteando en busca de la presa que no saben si dar por perdida, incapaces de decidirse a bajar.

–Para. –susurra Patty tras dar dos golpes en el techo– tira solo un poco para atrás.

Obedece Sam y regresa a las aristas del gigante espinoso. Patty recorre con la mirilla sombreros y hombros, hasta contar cuatro individuos. Recorre una y otra vez cada uno, cantando distancias y tiempos.

Toda la diligencia es un silencio sepulcral. Sam se revuelve y abre la boca impaciente, pero es la voz de Jake la que suena primero al adivinar lo que va a pasar.

–¡Patty, no!

Un disparo siempre suena a muerte, pero el estruendo es estremecedor cuando es el primero en rasgar el silencio asfixiante de la espera. Fuerte, bravo y un eco que parece eterno hasta que un palanqueo activa el tañido agudo de casquillo contra el suelo. Arriba, una de las rapaces cae y dos disparos más encuentran alojo, cada uno, en su respectivo dueño.

El tercer disparo falla. No porque el objetivo no estuviera a tiro ni porque no le hubiera dado tiempo; falla la mano experta de la reverenda porque los nervios tiran de sus músculos con rabia, desenfocan los ojos y estrechan con fuerza la garganta al ver como de allá arriba se alza un buen número de cabezas.

Dispara un par de veces más, pero le cuesta horrores fijar un blanco ante el baile alocado de objetivos. Sin perder tiempo, aquellos tipos montan y se disponen a bajar a por ellos. Piensa Patty en recibirlos, pero se le antojan demasiados para su rifle, así que da dos golpes fuertes e invoca al conductor.

–¡Sácanos de aquí! ¡Es un maldito avispero! Cuanto más distancia ganemos, mejor.

No hubo pregunta ni queja. Chasquean las riendas, atrona firme y urgente la voz y responden las bestias al unísono.

–¡Vamos a tener jaleo! –grita Jake a los pasajeros. Dentro se amartillan armas, templan almas y cruzan miradas intentando adivinar por dónde vendrán las balas.

–Si no salimos de esta, quiero decirles que ha sido un placer viajar con ustedes –acierta a decir entre titubeos el viejo.

Sonríen con algo de nervio los Howard en respuesta y asiente la señorita del este mientras sopesa su dragoon con el cuello palpitante y un inicio de fuego en ojos y cabello.

–Aquí estamos. Que vengan.

lunes, 24 de agosto de 2020

Planes

 

El sol les abandonó hace tiempo, ahora cruzan la madrugada. Henry dormita sobre su montura; dentro de la diligencia todos duermen; arriba Patty, recortada sobre el cielo estrellado, es una con la gruesa manta, mientras en el pescante Sam y Jake suben las solapas de los abrigos y rompen el silencio con bocanadas de vaho.


–¿Nos queda poco, no?


–¿Para llegar?


–Para morir –responde Jake con una sonrisa burlona en el rostro.


–Si después de todo esto muero, pienso dejar vacante en el cielo para ir al inaguantable infierno en el que hayas acabado y hacerte echar de menos cualquier tortura que puedas sufrir.


–Sam. Es un pensamiento muy intenso para conmigo… no demasiado halagüeño, pero intenso, de eso no hay duda. Muchas gracias, amigo.


El conductor no contesta, resopla una risa y da un tiento a las riendas para revivir a los animales.


–Estamos cerca, nos queda apenas una parada y llevamos provisiones. Si queremos evitar los apeaderos, promontorios y las zonas lógicas de parada; en algún momento deberíamos abandonar el camino.


–¿El mejor sitio?


–A ver, dado que estamos ignorando cualquier zona adecuada para parar, esquivando la comodidad y lo esperable… el mejor sitio es, sin duda, algo entre lo incómodo, lo expuesto y lo peligroso; desafortunadamente no tenemos cerca ningún abismo o volcán.


–¿Y para salir del camino?


–Dentro de un par de millas comienza a haber más roca que polvo, es incómodo para la diligencia pero deja menos rastro y podemos aprovechar las rocas para ocultarnos.


–No, estaba pensando en un lugar difícil de acceder y abierto.


–Oh claro, ¿por qué habría de imaginarme otra cosa? Algún sitio que nos cueste horrores llegar y desde donde se nos vea a la perfección, ¿cierto?


–Cierto. Si nos ven, también les veremos –asiente Jake feliz--. Algo como aquello.


El índice señala a una de las estrechas elevaciones de roca escarpada y pendiente excesivamente pronunciada.


–Si es eso lo que buscas, hay algo así más adelante, lo usaban los indios hace mucho. Igual de incómodo, pero que tiene un acceso más fácil, oculto en la parte de sombra.


Jake se asoma a un lado y silba una llamada a Henry. Este despierta toma las riendas del caballo y se acerca.


–Buenos días tenga usted. Debe ser importante si me llamas antes de que salga el sol.


–Apenas vamos a dejar que salga. ¿Alguno de tus coyotes se conoce esta zona?


–No. Sus raíces están más al sur.


–Bien. Sam conoce un lugar para parar un poco más adelante. Sitio elevado, poco conocido, con solo un acceso decente, oculto al gusto de los indios.


–¿Visible?


–Puedes apostar a que sí.


–¿Expuesto?


Asiente Sam en respuesta.


–¿Quiénes?


–¿La reverenda y tú os va bien?


–Muy bien, espero que podamos despiojar un poco el terreno antes de marcharnos.


–Tiempo es lo que más nos interesa.


–Tiempo tendréis.


Holmoak tira ligeramente de las riendas y se aparta un poco de la diligencia para echar un vistazo a los alrededores.


La luz anuncia el sol tras el horizonte. Un nuevo día comienza y con los primeros rayos cuatro pares de ojos se abren dentro de la diligencia; Patty emerge de su manta y los abrigos se abren dejando sitio al aire.


–Sam.


–¿Sí?


–¿Cuánto dirías que cuesta la diligencia?


El conductor ni siquiera se gira, continúa asido a las riendas y chasquea la lengua con la mirada fija en el horizonte, paladeando la pregunta antes de emitir la respuesta.


–No Jake, donde vaya mi diligencia iré yo.


–Eso dificulta las cosas…


Deja Sam un momento las riendas y se gira hacia su acompañante con rostro severo y voz áspera.


–No hay negociación que valga, estoy muy viejo ya para hacer otra cosa. Donde vaya este armatoste iré yo. Y por si lo estás pensando: sí, si cae por un precipicio, iré con él. En este mundo hay muy pocas cosas a las que anclarse; cuando encuentras una, vale la pena continuar.


–A veces hay que ser práctico y hacer aquello que más convenga. No hay muchas posibilidades de salir de esta con la diligencia.


–¿Sabes?, aunque te parezca mentira este cacharro ha sido mi vida. Y como tal pienso seguir a bordo hasta las últimas consecuencias. Si te parece algo ilógico o absurdo, te recuerdo que llevamos ya un tiempo recorriendo ese camino.


Calla Jake ante la evidencia y piensa alguna forma de variar los planes.


–Si lo que quieres es ganar tiempo ¿qué te importa? La diligencia te lo dará.


–No quería pagarlo con vidas.


–Eso está aún por ver. Yo me quedo con Patty y Henry.


–De acuerdo, hagámoslo a tu manera. Necesito que nos digas una ruta a seguir lo más apartada posible.


–Una vez lleguemos a la zona rocosa hay viejas sendas que cruzan la zona. El camino es difícil pero ahorraréis tiempo.


–¿Andando?


–Sería lo suyo.


–De acuerdo, que así sea.


Sam sonríe satisfecho, sacude las riendas y aviva los animales mientras el sol se alza por el lado, invocando el fulgor rojo y vivo de la diligencia.

lunes, 17 de agosto de 2020

La entrada


–Solo espero que no te equivoques, Jake.


La mano anda medio suelta, con las riendas a caballo entre una orden y otra. Es difícil continuar cuando todo tu ser apunta hacia el sentido contrario.


–Los apeaderos son fáciles de defender, poco recomendables de asaltar y hay mil motivos más para que los evitemos. Por eso mismo es la mejor opción. No es buena ni segura, pero es la mejor.


La diligencia se dirige hacia el apeadero. Aminora conforme va acercándose al portón de madera.


–Tres dentro; uno más en la puerta. No se lo esperaban, intentan organizar algo.


Sonríe Jake y la mano de Sam recupera la firmeza.


–De acuerdo, adelante entonces. De nada sirve echarse atrás.


Asiente Jake y coloca la escopeta, alejada de toda amenaza, entre las piernas.


–Henry debe estar dentro ya.


–Como lo pillen, se acabó.


–No lo pillarán.


Dentro de la diligencia reina el silencio. El viejo retoca los anteojos mientras hace las paces entre su mano y el revólver. El resto de los pasajeros empuña las armas que cogieron a sus asaltantes: dos colt navy para los Howard y una dragoon para la señorita cuyo pelo rojizo luce vivo ante el sol. En la mente de todos resuena la frase de Jake: “Haced ruido, no importa dónde apuntéis; que esta diligencia sea un maldito infierno escupiendo plomo”.


En la cima, Patty está sentada como si nada ocurriera; mantiene cerca el rifle listo para vomitar fuego y plomo, mientras observa el comportamiento de los del apeadero.


Durante unos segundos el silencio lo acalla todo, no hay pájaros ni insectos ni los cascos de los caballos ni el sonido de las ruedas al girar. En las cabezas solo golpea el latido potente de la vida poniéndose en pie de guerra.


Sam continúa a paso tranquilo y, tras un instante eterno, el portón comienza a abrirse.


–Vale, todo recto y al final hacia la izquierda, allí es donde debes parar –susurra Patty desde arriba.


–¿Podrás hacerlo Sam?


–Esto es lo mío, vosotros mantenernos vivos.


Las palabras de Sam son lo último que suena en la diligencia. En cuanto el portón se abre lo suficiente, se cierra la mano, cruje el cuero y restallan las riendas junto a la atronadora voz que eriza crines y bombea la sangre de las bestias.


Salta el de la puerta a un lado, justo antes de que el primer plomo de Patty lo aplaste contra el suelo. Sam golpea el lateral de la diligencia contra el portón, acabándolo de abrir, y alza en vuelo dos ruedas, comenzando un bamboleo que amenaza con volcar. Pero coge aún más fuerte los hilos, renueva su cántico y cabecean enloquecidas las crines mientras escora la diligencia de un lado para el otro, compensando cada caída con la siguiente.


Dos de los hombres, tras el muro de los establos, disparan con más nervio que pulso hacia aquel armatoste que, imparable y enloquecido, se les viene encima; mientras un tercero decide abandonar su cobertura para buscar refugio en el edificio principal. Jake alza firme la escopeta y detiene su carrera despertando uno de sus cañones.


Continúa bamboleante la diligencia, veloz, ignorando las balas como vehículo loco. Al llegar a la altura del establo se escucha dentro un “¡Ahora!”; giran los tambores, despiertan las armas y una lluvia de plomos vuela hacia todas partes, obligando a los de los establos a mantenerse a cubierto. Sam gira a la izquierda, hacia una pequeña explanada, tira de las riendas y activa con todas sus fuerzas el freno consiguiendo, justo antes de llegar al muro, poder parar.


Del establo emergen los tiradores. En la cima de la diligencia se escucha un trueno, seco y potente, y uno de ellos encuentra la muerte. El otro intenta responder, pero al alzar la vista, el sol despiadado anula cualquier figura. Entorna los ojos y nota el picor salado justo antes de escuchar un palanqueo allá en las alturas. Ahoga el gatillo con el índice enviando su blasfemia al cielo, justo en el momento en que otro trueno resuena y nota, terrible, golpe de plomo candente, rasgar de piel y carne y astillado de hueso en un brazo que ya no se puede armar.


Bajan todos y revisan la zona: establo y edificio, pues todo lo demás es un secarral. La señorita y los Howard se acercan al hombre del brazo roto, ha perdido el sentido pero continúa en este erial. El viejo y Sam van en busca de comida y la suerte de un trago. Y Jake y la reverenda caminan hacia el portón con la mirada fija en el horizonte, donde el edificio medio derruido que debía haberles ofrecido cobijo, corona una de las colinas.


–¿Lo habrá conseguido?


–¿Dudas del alcornoque?


–No es que dude, es que no es fácil.


–¿Y cuándo ha hecho algo fácil? –suena tranquila Patty.


–A estas alturas habrán olido la pólvora y sabrán que hemos cambiado las tornas. Estarán recogiendo a toda prisa, colocando las sillas en las monturas y preparándose para venir aquí como una legión de diablos con ganas de pelear.


Allá en la colina, el edificio apenas se distingue, cresta amarillenta recortada en el horizonte. Todo parece tranquilo, solo las mentes pueden imaginar los jinetes, reunidos en el pequeño llano que hay frente a los muros de adobe, alrededor del montículo de piedras que descansa en medio, vestigio de un intento de altar del último de los habitantes de aquel lugar. Puede que alguno se percate, quizás ahora, en el último momento, del siseo o la chispa; pero ya es tarde para la mayoría de ellos, es lo que tiene la mecha rápida.


Llega clara la confirmación: fogonazo, estruendo y nube de polvo negro que regresa con calma a la tierra, para tapar la colina entera, sepultando la muerte.


–Bien hecho, alcornoque.


Jake da media vuelta y se dirige al resto.


–De acuerdo, esta es nuestra situación. Los de la colina están tocados. Acabamos de tomar el punto más protegido; el fuerte es nuestro –afirma Jake mientras pisa con fuerza el suelo del apeadero.– Si nos quedamos aquí podemos defendernos de lo que venga, cualquiera con dos dedos de frente sabe que nuestra posición es la más ventajosa; sería estúpido abandonar este sitio. Así que, seguimos adelante.


Recogen todo lo que pueda resultarles útil, cargan la diligencia, dejan todo como si aún hubiera gente dentro y abandonan el lugar. No hay amago de protesta. Saben que son menos y menos preparados, que solo tienen de su lado el impulso indomable de mantenerse con vida y que, rescoldos vivos de causa perdida, solo siguiendo el camino de lo imposible pueden triunfar.

lunes, 10 de agosto de 2020

Tras la tormenta


El fuego se alza majestuoso, junto a la columna de risas y charla clara y sincera liberada de toda tensión. Debían haber hecho turnos para las guardias, atesorar las fuerzas para continuar el camino en la mejor de las condiciones. Pero los ánimos aún vibran, relucen los ojos y brotan, una y otra vez, las historias de lo sucedido.


Nadie puso pegas, nadie mandó dormir a unos cuantos. Prefirieron disfrutar un rato, destensar las almas y, ya más pausados, encontrar descanso en el sueño reparador.


Quizás lo más novedoso, lo más increíble, era el reflejo rojizo de una melena libre de ataduras, que desterraba su pose marcial de señorita del este y reía cómplice junto a la Sra Howard y a su aliviado esposo que aún andaba dándole vueltas a la posibilidad de captar de alguna manera, aunque solo fuera una imagen, lo ocurrido…


Hasta el viejo reía recordando su anclaje, maravillado por no haber deformado el revólver ante la presión de su mano. Pues por un momento, lejos de toda civilización, algunas cosas parecían tener mucha menos relevancia; mientras que otras se mostraban básicas, reparadoras, esenciales.


Y en esas se echaron, junto al reconfortante calor del fuego, mirando al frescor infinito de un cielo oscuro plagado de miríadas de estrellas. Así fueron vaciando la charla, aminoraron los recuerdos y surgieron las ganas de dormir.


Quedaron en pie Patty y Jake. La reverenda miraba hacia el frío horizonte.


–Patty. Vamos a tener jaleo, ¿verdad?


–Puedes apostar a que sí. Ya no se trata de una corazonada. Henry dice que ninguno de los jinetes que nos atacaron era de sus coyotes…


–No sé si sobreviríamos a otra encerrona igual.


–Bueno, eso está por ver. No ha ido tan mal. Pero la siguiente vez que se te ocurra “vivir la vida”, recuérdame que demuestre algo de sentido común y te mande a la mierda –resopla divertida la reverenda.


Ríe Jake en respuesta, mientras echa un vistazo a la señorita que duerme ahora, completamente relajada.


–¿Qué pasará con ella? Me da que nadie en su destino espera aquello en lo que se está convirtiendo.


–Eso, querido amigo, no es asunto nuestro. Ya tenemos bastante con salir de este infierno. Además, si es a ella a quien esperan, es más ella la que duerme aquí que la que subió por primera vez en la diligencia.


–Puede ser pero, ¿por qué ahora? ¿Acaso no habrá tenido momentos difíciles en el este?


–No se trata de vivir momentos difíciles. En el este son muchos y apiñados, continuamente expuestos al roce y muy pocas veces para bien. Los golpes y amenazas forjan defensas, no personas. Aquí se ha expuesto, junto a la Sra. Howard, para ayudar a otro y ha conseguido salvarle. En esos momentos el alma reacciona de otra forma: estar con otros que no implican mal, arrimar el hombro, supone un bien y por tanto quiere estar ahí.


–Ya veremos qué opina el viejo...


–De momento a ver cómo nos apañamos para llegar vivos. Podríamos despertar al alcornoque y a Sam.


–Buena idea, planteamos la ruta entre todos y que se quede Henry después de guardia; a Sam lo necesitamos fresco.


Se levantaron, pusieron café al fuego y fueron a despertar a los otros. Los surcos en el suelo mostraban un mapa complejo. El ataque había dejado claro el modo de actuar del enemigo. Fue una jugada más peligrosa de lo que en inicio esperaban. Ahora los apeaderos eran inaccesibles, igual que las rutas alternativas y en los caminos más difíciles se esperaba la presencia de los coyotes de Henry. Para poder cruzar aquel infierno, era necesario hacer que los demonios entraran en conflicto.

lunes, 3 de agosto de 2020

Primer ataque


–¡¡¡Vamos!!! ¡¡¡¡Yihaaaaa!!!!

Restalla el látigo en el aire, atrona la voz, marcan las riendas la carne de Sam.

Jake al lado ignora el silbido del plomo, coge con fuerza la escopeta y fija la vista en la colina que se alza lejana, en el horizonte.

Ata el aliento Patty, tumbada sobre el techo, mientras lleva la mirilla hacia los pequeños puntos que, entre la ola de polvo, crecen cada vez más.

Dentro, los Howard se asoman a medias por una de las ventanas, el viejo pega la espalda al asiento, mientras asfixia el revólver con una de sus manos y la señorita, sentada, inmune, tan solo se permite pestañear cuando el aullar de las balas, pasa cerca con hambre.

–¡¡Patty??

–¡¡Cuatro!!... ¡¡puede que siete!! ¡¡Aún lejos!!

–¿¿Y Henry??

–¡¡Aquí estoy!!

Se acerca Holmoak por el lado de Jake, cabecea vigoroso su mustang: músculos tensos y crines al viento. Lleva las riendas en mano, escopeta a la espalda y mirada calma.

–¡¡Cuatro entrando en el polvo!!, ¡¡tres detrás!!

Responde Jake con un gesto y desaparece Henry hacia la derecha.

Refulge la diligencia enrojecida tras el mar de crines. Rueda, salta y balancea como goleta mecida por mil demonios. Engulle el terreno con ansia primigenia, sin importar crujidos, ruidos ni golpes; ya habrá tiempo de reparar las pérdidas, cuando conserven la vida.

–¡¡Ya vienen!! –clama la reverenda.

Dos siluetas primero, atraviesan el polvo. Sombreros afilados, fieras monturas y disparos certeros que pasan demasiado cerca de Jake y de Sam.

La reverenda, tumbada boca abajo, pegada al techo como si la diligencia fuera parte de ella, despierta la ira divina y atruena, índice en gatillo, un plomo que rasga el polvo hasta acallar su aullido en la carne de uno de los jinetes. Cae la figura y desaparece la bestia, engullida por la ola.

Palanquea la sacerdotisa e invoca otro trueno; yerra esta vez el plomo y nota cariñoso el del enemigo en cálida caricia, raspando la carne de su mejilla.

Crecen los nervios con la figura enemiga y falla de nuevo al enviar la muerte. Dos jinetes más entran en la ola; se agarrotan los dedos, falla el aliento y arrolla el ansia a la capacidad.

--¡¡Jake, pasa uno!!

Se aplasta Patty como nunca al techo, pega la mejilla y abandona la vista para evitar ofrecer su muerte.

El jinete se acerca, aúna el galope de su montura y toma un instante para apuntar cuidadosamente a la figura de Patty.

Suena un disparo, seco y potente, y los 12 plomos de Jake derriban al jinete, antes de que pueda vencer la resistencia metálica del gatillo.

El cuerpo cae hacia la diligencia, bajo una de las ruedas. El primer bandazo es fuerte; más aún los que vienen tras él. En uno de esos se abre la puerta de los Howard, ofreciendo a él al exterior, lucha por mantenerlo su esposa, mas un nuevo bandazo aumenta la fuerza contra del hombre del este. El viejo ignora la llamada de auxilio, fundido en el respaldo de su asiento, esperando que el enemigo asome para disparar, y es una grácil y suave mano la que ofrece ayuda. La señorita se aferra al marco de la puerta y coge, junto a la Sra Howard, el traje del caballero del este. Cae la pamela, se muestra rebelde el pelo rojizo y una sonrisa vibrante se dibuja en su rostro, ahora más vivo que nunca. Sam toca las riendas como un titiritero: estabiliza con los primeros animales, mantiene rumbo con los de en medio y corrige con los que van en cabeza. El sudor se acumula en su frente y entorna sus ojos ante el picor de gotas saladas cayendo en las cuencas. Resopla como los animales, soltando vapor de sudor en cada bufido, mientras va retomando el control.

Entonces renace la reverenda. Palanquea el rifle y alza de golpe la vista. El disparo se lleva a uno de los jinetes, el otro responde en falso y encuentra la muerte en el siguiente estallido. Muda el rostro de la reverenda al ver, atraídos por el rayo, a dos jinetes más que, en formación cerrada, apuntan con mano firme.

Silban los plomos en vuelo raso sobre Patty, hiriendo el espacio entre Jake y Sam. Amartillan de nuevo revólveres con rostro depredador, desdeñando el fuego de la reverenda. Mas es la figura de Henry la que aparece en la ola de polvo. Entra con calma, como si aquello no fuera con él, y con la misma calma vacía los dos cañones de un gesto, decerraja 24 plomos sobre la formación cerrada, devolviendo dos muñecos de trapo a la tierra de la que surgieron.

Se coloca Henry tras la diligencia y saluda a la reverenda, mientras tantea un par de cartuchos. Mas observa en el rostro de Patty el reflejo del peligro. Intenta un disparo ella, al último jinete que se acerca con hambre, e invoca un no categórico al adivinar la intención de su compañero.

Henry abre la mano, caen los cartuchos al suelo; dibuja una sonrisa y tira hacia atrás de las riendas. Detiene el galope y se gira sobre su montura. Cuando se encuentra al alcance del último jinete, con un movimiento fluido envía la culata de recia madera hacia el cuerpo del enemigo, quien, tras ahogar un bufido, ofrece media vuelta al aire antes de besar el suelo.