lunes, 31 de marzo de 2014

Providencia

Con el sol a su espalda, envía un último saludo y abandona el monstruo mecánico que ruge y silba entre brumas de vapor y bocanadas de humo negro. Cruza la pequeña estación con calma, a ritmo de bota contra madera, inclina levemente la cabeza y envía la mejor de sus sonrisas a las sorprendidas lugareñas. Atraviesa la calle polvorienta, dejando de lado lugares más adecuados para entrar de lleno en el saloon.

-Buenos días. Un vaso de agua, por favor.

Las voces callan. Los rostros se vuelven hacia el visitante y se forman miradas perdidas en semblantes de incomodidad. Allá en las mesas, alguno mira a otro lado, como si la partida no fuera con él. Arriba en las escaleras, un buen samaritano recoge el dinero que tan generosamente había dado a una de las chicas, empujándola lejos de él, no sin cierta delicadeza. Abajo el barman resoplando, tieso como un muerto, coloca sobre la barra el vaso de agua mientras maldice cien veces su suerte.

-Disculpe, reverendo, creo que este no es un sitio digno de usted. ¿No preferiría que le llevara una mesa y una silla en el solar que hay detrás?, estaría mucho más tranquilo, lejos de esta gentuza.

-No te preocupes, hijo. Mi misión es predicar, unas veces frente a la gratificante piedad del fiel devoto; otras frente a la edificante resistencia de la oveja descarriada. El señor nos pone retos para hacernos más fuertes y, ciertamente, este es un buen lugar para ejercitar a su humilde servidor.

-Y eso le honra; pero, ¿sabe?, el caso es que cuanto más se dedique a lo suyo aquí, menos sacaré yo. Si de retos se trata, monte una iglesia y verá como el domingo le llegarán todos estos más descarriados que nunca.

-Sería incapaz de permanecer quieto ahí fuera, mientras parte del rebaño se haya perdido en este engañoso campo de fieltros verdes, cartones coloridos, líquidos embriagadores y el calor efímero de mujer.

-Por favor, sea razonable. Sé que es un hombre de Dios y jamás osaría actuar contra usted, pero aquí trabaja algún que otro ser despreciable para el que un cuchillo en la garganta es poco más que un gesto, sin importar la procedencia del arma ni el dueño de la carne. Lamentaría que, a pesar de su buena fe, algo malo pudiera ocurrirle.

-Tranquilo, hijo. En la estación me he cruzado con un nutrido grupo de señoras piadosas a las que más de uno de los aquí presentes conocerán de compartir techo. No te imaginas la conmoción de mi alma al ver la alegría reflejada en su rostro ante la llegada de un religioso. No he de decirte que son excelentes guerreras, capaces de transformar su dulce rostro en severo semblante y, sin alzar una sola mano, cambiar el mundo de quienes tienen alrededor. Estoy seguro que si bien lamentarías que algo me ocurriera, más lamentarías que se desatara tal infierno.

-¿Sabe?, creo que podré mantener a raya a ciertos elementos. Pero seguro que podemos hacer algo para facilitarme la tarea, ya me entiende.

-Puede que tengas parte de razón, hijo mío... Ha sido un viaje duro y tampoco me importaría algo de tranquilidad; si tuvieras algún lugar blando donde recostarme.

-Ahora mismo tengo una habitación libre; la chica está charlando con los clientes de las mesas de juego. Si no le importa descansar allí.

-Eso será más que suficiente para reparar este humilde cuerpo. Si pudieras traer alguna cosa para comer y algo de beber.

-Verá, comida solo tienen en el hotel o en el almacén.

-Vaya, te agradezco de corazón el esfuerzo de ir a por algo que llevarme a la boca, un poco de carne y patata asada bastará. Ah, de beber será mejor que traigas algo más fuerte, me encuentro un poco mareado. Si no te importa esperaré en la habitación. Seguro que las damas del pueblo, agradecerán las atenciones que he recibido.

-¡Cómo no, reverendo! Pero, por favor, si quiere algo más, no dude en indicármelo...

-Solo una última cosa; si por casualidad subiera la chica, no le niegues la entrada. Sería incapaz de privar a esa pobre criatura del justo descanso.

lunes, 24 de marzo de 2014

Recolectores

Gran señora enjoyada, sujeta con ambas manos su asombro; cierto lord inglés, mantiene en las entrañas el miedo; un predicador barbilampiño y un comerciante holandés. Todos miran atónitos hacia el hombre de traje elegante, chaleco y bombín de ala ligeramente ancha. Apunta con su revólver hacia el extraño forajido que, pañuelo en boca y arma en mano, amenaza con segar la vida de la dulce jovencita que tiene apresada.

-Se ha equivocado. De aquí no va a sacar más que plomo. El vagón que hay justo detrás suyo está lleno de agentes de la ley. Solo es cuestión de tiempo que se enteren de que está aquí.

-Le agradezco la información; ahora haga el favor de bajar el arma y dejar que todos los aquí presentes me den algo para que dé por concluida mi visita.

-¿Y si no, que?

-Si no, me veré obligado a esparcir los sesos de esta bella señorita por todo el vagón. Ya me cuidaré que le caiga algo a usted.

-¿Qué le hace pensar que lo que pueda pasarle a una cualquiera deba afectarnos a gente de nuestra clase y dignidad? Cuando uno de nosotros bosteza, ustedes tiemblan; pero cuando esa “señorita” grita o muere, apenas remueve una ligera brisa.

El hombre no dijo más, pues se sorprendió al ver cómo la joven levantaba sus faldas mostrando dos largas piernas, suaves y sonrosadas. Recorría con la mirada el camino hasta su origen, mas  el sentido común le devolvió el control de la vista; el tiempo justo para ver una derringer salir del liguero y centellear su muerte.

-¡Lily!

-¡Me insultó, te dijo que me dispararas!

-¡Estaba tanteándome, no era necesario!

El inglés se puso en pie, adoptó postura de tiro y se llevó un balazo entre ceja y ceja. Aun no se había disipado el humo, cuando el ojo experto de proscrito adivinó movimiento, allá donde el holandés estaba sentado. El pulgar actuó rápido y descargó la bala un instante antes de que hablara inútilmente el arma del comerciante. La sangre quedó estampada en el papel de la pared, el terciopelo del mobiliario y el rostro aterrorizado de la gran señora, cuyo cuerpo había decidido abandonar la consciencia hasta que llegaran tiempos mejores.

-Solo queda usted, reverendo.

-Y espero que así siga, hijo. Soy hombre de paz y ya ha habido demasiadas muertes por hoy. No sé cuáles han sido sus razones, pero lo que aquí ha ocurrido es asunto de la justicia terrenal. El Señor juzgará tus acciones de una manera más amplia y completa; así pues, no soy quién para condenarte. Haz lo que creas conveniente, pero baja ya esas armas no sea que el exceso de ímpetu provoque alguna desgracia.

-Está bien, reverendo; si quiere conservar la vida, recoja todo el dinero y las joyas de estos caballeros, vaya con el maquinista y dígale que pase lo que pase no pare el tren. Ah, y llévese con usted a la señora, seguro que eso le hará sentirse mejor.

-Así se hará, hijo, así se hará.

-Reverendo, como vea que el tren disminuye su velocidad, será el primero en visitar a su jefe, o a la competencia.

-¡Lily, pon el bolso en la puerta!

-¿Todo el bolso? Pero, ¿y la caja fuerte? ¿No vamos a coger el dinero?

-¡Todo! Y olvídate del dinero. Lo único que hay allí, es un vagón lleno de agentes esperando a que nos asomemos.

Lily puso el bolso junto a la puerta, extrajo con cuidado la mecha, hizo un par de señas a su compañero y con un pase enérgico encendió la cerilla.

Tras un leve siseo comenzaron a brotar las chispas, los dos forajidos corrieron como nunca hasta la puerta contraria, salieron del vagón y saltaron sobre la cubeta del carbón; dos o tres balas silbaron cerca de sus oídos antes de que la explosión empujara todo cuanto había en todas direcciones. Levantaron la cabeza, ennegrecida, y observaron como el vagón se deformaba, soltándose de la locomotora y dejando al resto del tren náufrago en medio de la vía.

Jimmy se giró, revólver en mano, hacia las últimas incógnitas del problema. El maquinista seguía a los mandos, incapaz de mirar el desastre; mientras el predicador permanecía, incrédulo, mirando los vagones, con un hatillo de billeteras y joyas a un lado y, al otro, el generoso cuerpo de la señora disfrutando plácidamente de su sueño.

lunes, 17 de marzo de 2014

En el camino



Dos árboles vencidos, madera seca y semblante grisáceo, amarrados por tallos y raíces, conforman la sala improvisada en torno al suelo de tierra limpia y el calor del fuego. Arriba se alza eterno el techo estrellado y a todos lados se extiende infinito un horizonte ligero y vacío, con el frescor del espacio abierto y el rítmico vaivén de las hierbas altas que acarician los pies del viajero a bordo de su carro.

Echó un nuevo tronco y se sentó en busca de descanso. Con el frío regresaron las heridas que, como los buenos enemigos, siempre desaparecen para volver más tarde.  Acercó las palmas al crepitar de hoguera con la compañía clara y estridente del coro de grillos y algún lejano siseo.

Volvió a repasar el cargamento: manteca, carne seca, latas, algo de condimento, el salvavidas y la base de siempre. Suficiente para el resto del viaje. Mas era tarde, la oscuridad acotaba el espacio al único reducto de luz en cuyo centro las llamas lamían el hierro fundido, generando con su calor un baile lento y suntuoso de alubias encarnadas, hebras de carne y burbujeo pausado.

Fue entonces cuando se escucharon los primeros gritos, algo quedos; las primeras voces de mando, enérgicas por necesidad, apagadas y heridas en el fondo. Cientos de pezuñas abrieron las espigadas aguas verdes de la tierra. La mayoría de los centauros se quedaron atrás, agrupando las reses. Solo dos se acercaron, separados de su alma gemela,  con rostro sucio, triste y cansado; llevando con ellos el cuerpo lánguido de un compañero cuyo cráneo abierto mostraba los respetos del recién llegado.

A veces ocurre, se repetían al mover la masa asesina de pezuñas y cuernos, despegando de las entrañas el absurdo rencor irracional, haciendo frente al gélido guiño de la muerte.

A veces ocurre, parecían decir los rostros, al dejar apoyado sobre la madera gris el cuerpo quebrado del compañero: un saco de carne rota y huesos astillados que aun guardaba en su interior un pequeño resquicio de vida; el abrir repentino de dos ojos desesperados, un grito suplicando un cabo y el loco intento por mover los dedos de una mano tronchada. Tras eso, llegó el silencio y un nudo áspero y seco en las gargantas.

Charles fue al carro, abrió el pequeño compartimento, oculto a los extraños, y sacó la botella de cristal marrón traslúcido envuelta en papel, la del relieve magníficamente detallado que guardaba el vigor de los años y el sabor de la experiencia en su interior. Se acercó y la dejó frente a ellos, en el suelo, tomó con cuidado el cuerpo del joven y se marchó para hacerse cargo de la sepultura.

-A veces ocurre -dijo mientras se alejaba.

Hacía mucho tiempo ya de eso, pero de vez en cuando regresaba a la mente, con el bálsamo agradable que solo el tiempo otorga, durante la somnolencia matutina, antes del primer sorbo de café.

Fueron días duros, de carencias e ingenio, de pérdidas y triunfos, de abrir camino y forjar carácter.

lunes, 10 de marzo de 2014

El saloon

El sol comienza su viaje de regreso al hogar, tras las montañas, a través de un cielo limpio y claro. El rastro de luz encarnado araña el horizonte, realizando la última ofrenda de la jornada; apenas un guiño diurno, recibido como lluvia en mitad del desierto. Las voces se alzan, los ánimos embravecidos apuestan por un último esfuerzo y llegan las notas finales de metal sobre madera.

Edward colocó con cuidado las patas, apartó la tela y observó el mundo a través de la caja, absorbiendo el punto de vista que quería ofrecer. No dijo nada, se tomó el tiempo de la primera mirada, íntima y personal, y salió de la oscuridad; dio media vuelta y, orgulloso, sonrió hacia el traje blanco.

Asomado a la ventana de su habitación, sobre esqueletos crudos de madera, observaba DeLoyd el éxito conseguido a partir de restos, herrumbres, astillas y todo cuanto pudieron arrancar de su propia vivienda. Como capitán, desde castillo de proa, admiraba cómo, una vez más, todo cuanto pensaba imposible de hallar en el ser humano, volvía a surgir.

Abajo, junto a la entrada, descansaban los demás, entre risas y brindis, con los huesos molidos y el espíritu henchido por el éxito conjunto. Había quienes pensaban ya en ascuas encendidas, cartones sobre verde, el despertar de la sed y caras nuevas haciendo camino.

Ante ellos se erguía hacia el cielo, desafiando las leyes, el edificio insignia. Desde la calle central, se alzaba la gran entrada, con sus puertas batientes y, sobre ella, el viejo cartel reparado por las manos de un líder que trabajó codo con codo, como uno más, comprendiendo necesidades, confiando en los suyos. Dentro podían verse mesas y sillas, rescatadas de la desgracia, y una magnífica barra que se alargaba hasta el final de la estancia. Arriba, los ventanales del primer piso, más estrecho que la parte inferior, mostraban las mesas de juego y el escenario desde el que una voz femenina soñaba con volver a manifestarse libre. Y, allá en lo alto, el tejado cerrado en punta que, como iglesia, indicaba a todo aquel que pasara que allí había un lugar donde descansar el cuerpo y calmar el espíritu.

Jonowl, paladeando los ecos del bourbon, miraba desde el lateral la herida profunda que el agua había dejado en el suelo y cómo, asemejando la consecuencia violenta de un ser gigantesco, esta seguía subiendo hasta dividir el edificio en dos, unido únicamente por su pasarela de troncos, algo tosca y sencilla, pero firme y resistente.

La parte derecha del edificio, la más alejada de la calle, se erguía como su hermana; con una sala inferior destinada a la charla tranquila y algunas habitaciones que aseguraban la intimidad. Mientras, el piso superior garantizaba a sus visitantes el abrazo reparador de Morfeo. Mas si algo llamaba la atención era la parte superior del tejado, aun más alta que la de su hermana, sobre la cual un experimentado Will Nake había conseguido colocar el púlpito desde el que contemplar el territorio circundante y emitir el entusiasta y potente tintineo de una pequeña campana. 

Will estaba pletórico, no solo por demostrar que había sido posible, sino por recordar a todos y a sí mismo que el abrumador peso de los años podía volverse liviano en solo un segundo; que la mera presencia del reto activa el ímpetu vital del animal humano; que no se está muerto hasta que es demasiado tarde para darse cuenta. La sangre hirvió como volcán y un aullido de júbilo erupcionó a lo largo del pueblo. Rió feliz y volvió a reír junto al resto al pensar que, alcanzado el cielo, llegaba la hora de saber cómo demonios bajar de allí.

lunes, 3 de marzo de 2014

Tempestad

Los ojos inyectados en sangre, amenazan con abandonar las órbitas, ansiosos por encontrar la salida. Las piernas ajadas y doloridas, describen torpes movimientos, en un tambaleo continuo. La venas hinchadas de vida, luchan por evitar la muerte. Mas el dolor atenaza, las fuerzas no alcanzan, los otros devoran, los pasos que restan y le posee fuerte el instinto de presa.

Dos hombres se abalanzaron y descargaron el peso de su ira. Otros tres, corrieron desde el final de la calle, arengados por los gritos enloquecidos de mujeres y niños que permanecían expectantes. El pobre diablo miraba a uno y otro lado, buscando un alma amiga donde anclar la razón; mas todo rostro que encontraba le vomitaba el mismo mantra “¡asesino!” entre esputos y quebradas de voz.

Quiso decir que era un error, que nada tenía que ver con aquello, pero su garganta era un puñado de polvo seco y el ingenio estaba siendo arrinconado a puntapiés por el terror. No hacía más que toser, luchando por encontrar algo de saliva con que poder explicarse; pero tragar era una tarea imposible y a punto estuvo de perder la razón al no recordar la forma de tomar aire, cuando un dolor agudo en su espalda le arrancó un claro y sonoro alarido.

Allá donde mirara, había gente; una oleada de figuras que parecía no tener fin. Notaba los tirones, los golpes que lo zarandeaban a uno y otro lado como un muñeco y un pitido estridente que lo fundía todo en un confuso y grotesco borrón. Entonces, de en medio de todo el gentío, distinguió una figura, alta, solemne y digna que parecía llamarle con la mirada mientras extendía su mano izquierda.

No sabía si andando o arrastrado por la multitud, llegó hasta él y sintió, sorprendido, que las zarpas de sus captores aflojaban la presa. Lo observó detenidamente y creyó ver en su rostro el final de la pesadilla. No sabría explicar el porqué, pero, por un momento, la gente pareció disiparse y sintió un poco de calma.

El hombre mesó las puntas afiladas de su bigote encarnado, observó con detenimiento al rostro perdido del pobre diablo y, sonriéndole, le ofreció paz.

-Tranquilo, muchacho. Ya se acaba.

Se le escapó un “gracias” fino, apenas presente, por la comisura de unos labios mal cerrados y una extraña alegría le invadió al dejar atrás los gritos, el dolor y la violencia del odio desgarrado. Solo dos hombres lo llevaban, cogido por los brazos, hacia los trece peldaños.

Fijaba su atención en la mirada tranquila de aquel tipo que, de forma incomprensible, seguía ofreciéndole orden y amparo en medio de aquel caos. Y siguió pendiente cuando llegó a la cima, cuando desde arriba vio hervir a la muchedumbre, cuando la áspera soga rasgó el légamo viscoso de aquel mal sueño.

-¿Jimmy, qué demonios era eso?

-Una ejecución. Ese de allí es el juez Tempestad y aquel tipo, otro sacrificio que asegura que tras su paso siempre llega la calma. Oí hablar de él hace tiempo, entre forajidos, el día en que perdí todo cuanto tenía, y debo decir que es exactamente como dijeron. Días después de su partida, este pueblo estará seco por dentro, lleno de preguntas y vacío de palabras para responder; pues ni este es el asesino que buscan, ni esa la paz que creen haber encontrado.

lunes, 24 de febrero de 2014

Un brindis


La oscuridad devora todo cuanto está a su alcance. Troncos y ramas se difuminan hasta desaparecer por completo. En lo alto, las estrellas titilan huérfanas del astro nocturno. Solo un guiño de luz, a través de una pequeña ventana, ofrece algo de vida. Hoy, nada importa lo que ocurra fuera; ningún paso ajeno tiene relevancia. Esta noche, los ojos del compañero  permanecerán cerrados.

Volvió con el espíritu henchido; descalzo, desdeñando el suelo helado y el sudor frío sobre la piel. Se quedó allí erguido con una mano en la espalda, socarronamente solemne.

Ella le observaba recostada, envuelta parcialmente en el manto de pieles; sonriendo pícara, ligeramente sonrojada, con un aguijón de curiosidad en el rostro.

Él, con aire digno y porte marcial, se inclinó hacia adelante y dedicó su mejor reverencia mientras ofrecía entre ambas manos el líquido de fuego toscamente embotellado.

Ella rió libre, sin el freno de convenios, ni la exageración de la risa proyectada. Mas recuperó la compostura de tan alta dignidad y mostró su agradecimiento con un leve y delicado ademán. Tomó con gracia la botella y apartando levemente su manto, invitó a tan insigne caballero a entrar en su corte.

-Si alguna vez me hubieran dicho que llegaría a beber de una botella, en medio del bosque, hubiera pensado de quien lo dijera que estaba loco. ¿Sabes cuánta gente se hubiera escandalizado? ¿Sabes cuántos hubieran hablado, juzgado y señalado con el dedo?, llenando conmigo su vacío y encontrando en ello un falso objetivo común, una vana razón para cimentar ideas de grupo. Y ¿sabes qué? Una vez perpetrado el crimen, y sin nadie para juzgarlo, no soy capaz de hallar el mal que produce.

Echó otro trago, tosiendo entre risas, y un fino hilo de lícor brotó de la comisura de sus labios hasta bajar por el cuello.

-Creo que el único mal que reside en ello es el proyectado por quien no se atreve a dar el paso, por quien ve en los lazos ajenos la pérdida del control ejercido o por quien no puede soportar actos libres y espontáneos.

Pasó la mano por su cuello, recogiendo el líquido cobrizo y observándolo brillar sobre sus toscos dedos a la luz del quinqué.

-Hace mucho, ya, que decidimos venir. Mucho tiempo desde el día que me encontraste, moribundo, en mitad del camino.

-Bastante, sí. No ha sido fácil, ni aun hoy lo es. Echo de menos las comodidades, la seguridad de las normas y el tiempo planeado; pero si algo es cierto es que es ahora cuando me siento viva... Más viva que nunca.

Él, echó de nuevo otro trago, mesó su cabello y la observó, hermosa, con esos ojos fantásticos, pensativos e insondables.

-Todo sigue adelante... se adapta y cambia hasta sorprender incluso a quien lo comenzó... Por cierto, -pareció volver en sí- ¿cómo va el saloon? El otro día vino Will con el hombro dislocado por el esfuerzo; bromeaba al pensar en un sheriff incapaz de levantar el brazo con el que dispara.

-No me extraña. La decisión de De Loyd de dejar el hueco que hizo el agua complica un poco las cosas, pero parece acertado.

-Sí, lo cierto es que es lógico que si ya ha pasado una vez, vuelva a ocurrir en el futuro. Tapar ese agujero seco no haría sino prolongar los problemas.

-La idea del saloon en dos partes, separadas por un pequeño puente, es buena. Tendré que ver cómo me las ingenio para hacer algo que aguante el trasiego de la gente yendo y viniendo; sobretodo teniendo en cuenta que la mayoría andará dando tumbos.

-Vera y Kornelius estaban encantados de dejar las habitaciones en la zona más alejada; así los inquilinos podrán descansar tranquilos. Pero no sabían cuánto tardaría en estar todo en marcha.

-Lo primero que hay que hacer es acabar de desmontar la casa del alcalde para sacar el material de construcción. La única condición que ha puesto De Loyd es que se respete la habitación de la ventana. Vera le ofreció hacerle una igual en la parte de las habitaciones del saloon, pero se negó en redondo.

-Le gusta pasar el tiempo allí, fumando en pipa, viendo el pueblo y pintando sus cuadros.

-Supongo que al final los deseos más importantes son en realidad los más sencillos...

El frío regresó de nuevo, Jonowl atrajo un poco más a Tabitha contra sí, colocó las pieles y sopló el quinqué. Ella se acurrucó en busca de la piel cálida, entrelazó sus piernas y dejó que los últimos ecos de la conversación se disiparan en la oscuridad.

lunes, 17 de febrero de 2014

Bad Jimmy (9)

Cascos y ruedas siguen la senda angosta y pedregosa; una fila estrecha que serpentea a través del bosque, abandonando la nieve. Dejan tras de sí el caserón de troncos, paradójicamente acogedor, como la falsa calma encontrada en el corazón del miedo, como el abrigo estanco de una jaula. Se alza lejano, engullido por las enormes montañas, bajo un vasto cielo enrojecido.

-¿Estas seguro, Jimmy? Podríamos venderlas.

-¿Has olvidado de qué están hechas? No pienso ir por ahí vendiendo esta asquerosidad. En cuanto encuentre un sitio adecuado, me desharé de ellas. No me traen buenos recuerdos.

-No sé, quizás tengas razón... ¿Sabes?, es la primera vez que salgo de las montañas. ¿Crees que podríamos ir a alguna ciudad? El señor Kurt siempre contaba cosas de allí. Me gustaría ver las gente elegante, las casas, los dulces, las iglesias...

-Si en lugar de hablar tanto de iglesias, hubiera hecho más caso a lo que se debería decir en ellas, a estas alturas seguiría vivo, igual que el resto. Iremos a una ciudad, pero antes habrá que deshacerse del carro y el cargamento. Además no es bueno que hables del señor Kurt, ni de Greg ni los otros... en cuanto lleguen los leñadores y encuentren los cuerpos, adivina quién cargará con las culpas.

Lily asintió. El tintineo de las botellas pareció calmar el dolor de las heridas y devolver el sueño a su cuerpo. Los ojos se entrecerraron y en la duermevela encontró el vértigo de empezar una nueva vida sin pasado. Todo lo que había vivido desde pequeña, lo que había conseguido aceptar y en lo que había aprendido a ser feliz era algo corrupto, denigrante y dañino... no pudo evitar cierta sensación de vacío y culpabilidad y preguntarse si sería capaz de seguir adelante. El sol comenzó a calentar; se acomodó en el palanquín y dejó las dudas para más tarde.

-¡Lily!

Abrió los ojos, arrancada del sueño, y puso voz a los codazos que recibía en su costado. Jimmy, nervioso, había aminorado la velocidad del carro y le indicaba con señas que lo importante estaba en el camino. Tardó un poco en aclimatarse al sol y distinguir la figura de el jinete con porte grave y sereno; el reflejo metálico de seis puntas segó todo germen de curiosidad.

-A no ser que te pregunte, no digas nada.

El hombre se acercó; alto, de anchos hombros, rostro afeitado respetando un bigote que caía fiero a ambos lados, amplia mandíbula y pequeñas ascuas hundidas que brillaban bajo las cejas acuchilladas.

-Buenos días, caballero y... ¡señora, se encuentra bien?

-Buenos días sheriff. Esta es mi esposa Lucy... nos dirigimos cuanto antes a Brownhill. Tuvo un accidente en el rostro; hice lo que pude pero va a ser necesario acudir a un médico.

-La verdad es que esos vendajes no tienen buena pinta. Les acompañaría pero me dirijo al Manantial de Rob; este invierno ha sido particularmente duro y no sé cómo se las habrá apañado... en fin, no les entretendré más. Espero que se mejore, señora.

Lily reconocía a aquel sheriff; un buen hombre que acudía año tras año, cuando la nieve comenzaba a disminuir, justo antes de la temporada de leñadores, para cerciorarse que todo estuviera en orden. Pensó que quizás podría ayudarles, quizás si le contara todo lo ocurrido podrían dejar atrás ese terrible incidente y descansar en paz.

-Disculpe caballero -dijo el sheriff mientras detenía un momento su caballo-. ¿Este no es el carro del señor Kurt?

-En efecto. Verá, yo he sido su ayudante este año, estuve cargando agua en el manantial. Perdimos nuestro carruaje a principios de invierno y, dado lo ocurrido, el señor Kurt ha tenido la amabilidad de permitirme bajar a Brownhill con su carro.

El sheriff se quedó mirándole. Sonreía amablemente, pero sus ojos escrutaban en busca de indicios, con un silencio que comenzaba a alargarse demasiado.

-¿Sabe? Aun no me ha dicho su nombre.

-Thomas, señor, Thomas Cauldroon.

-Bueno, señor Cauldroon, es muy generoso por parte del señor Kurt ofrecerle su carro; supongo que debe estar muy contento con el trabajo que ha realizado. No quisiera entretenerles más, pero ¿sería tan amable de mostrar el contenido del carro? Me ha llamado la atención cierto tintineo.

-Ahh... sin duda, se refiere usted a la primera remesa. No había trabajado antes para el señor Kurt y en las primeras botellas entró algo de fango del manantial. Ya sabe como es de quisquilloso con estas cosas, así que me dijo que, de paso que bajaba a la ciudad, me llevara los cascos y los cambiara por nuevos.

Con una mirada de complicidad, Jimmy se acercó un poco más al sheriff y le comentó en voz baja:

-No me gusta hablar así delante de mi señora; pero ya sabe que el señor Kurt es perro viejo y poco da sin sacar algo a cambio. En un principio se ofreció a acudir con nosotros, pero, antes de partir, comenzó una de esas rachas de las que no lo separan de la mesa ni muerto... ya me entiende...

-Jajaja... veo que, el viejo Kurt, sigue igual que siempre. De acuerdo señor, Cauldroon, siga adelante; cuento con verle a usted y a su esposa en Brownhill.

Lily, lo vio tocarse el sombrero al despedirse. Sabía que con él se marchaba la única oportunidad de librarse de los muertos del manantial. En menos de un segundo analizó una maraña de opciones y decidió actuar. Jimmy reconoció su rostro demasiado tarde, justo en el momento en que sus labios exhalaban las primeras palabras...

-¡Sheriff Colter! ¡soy Lily!

Aquel nombre acabó de aclarar la sospecha. El sheriff dio media vuelta con la mano en el revólver y el rostro frío y desconfiado.

Jimmy no esperó y, encogido sobre el palanquín, se limitó a alzar el cañón sin apenas levantar el arma. Amartilló con el pulgar, apretó el gatillo y envió el plomo frío hacia su rival.

La bala atravesó el aire con un silbido afilado y acabó mordiendo la carne a pocos centímetros de la estrella. El sheriff cayó de su montura, emitiendo un último disparo al cielo.

-¿Pero qué has hecho Jimmy? ¡Podíamos haberle contado lo ocurrido! ¡Nos habría ayudado!

-¡Me buscan, Lily! Ni él ni ninguno de ellos, podrían ayudarme. Si de verdad quieres vivir una vida normal, debemos salir de aquí cuanto antes. Cogeremos los caballos y dejaremos el carro.

-¿Pero, y la ciudad?

-La ciudad tendrá que esperar.

Jimmy se acercó al cadáver; tomó su arma, y rebuscó entre sus ropas. Lily lo observaba desde el carro, incrédula, con los ojos encendidos.

-¿Sabes? Nada ha cambiado... seguimos alimentándonos de los muertos.

Jimmy, paró un segundo. Miró pensativo durante unos segundos el fajo de billetes antes de guardárselos en el bolsillo.

-Ahora no, Lily, ahora no... hay que seguir huyendo.