lunes, 21 de diciembre de 2015

Mejoras

Ilustración de Cortés-Benlloch

La luz de la mañana, grisácea y tenue, aclaraba la tierra escarchada de la única calle del lugar. Dos hombres acudían a su encuentro. Uno, de andar cansado, traje recio y cara afligida; otro, de caminar irregular, rostro redondo e indumentaria formal.

Peter caminaba con los acontecimientos recientes enmarañando aun la razón. Aceleró el paso, devorando la distancia en que el saludo es irrelevante y la mirada se vuelve incómoda, hasta que una clara sonrisa apareció en el rostro del Sr. Cook y las palabras se llevaron todo recuerdo de la disputa.

-Peter Hill, buenos días tenga usted.

-Buenos días, Cook. ¿Qué tal van las cosas?

-Pues la verdad, no puedo quejarme. Las cosas van muy bien últimamente. Mire lo que me acaba de llegar.

El Sr. Cook sacó la mano de su chaleco y mostró un reluciente reloj de bolsillo dorado. Pasó el pulgar por él, acariciando el grabado en que aparecía su nombre: Eliah P. Cook.

-Es de uno de los relojeros más reputados del país, hecho expresamente para mí con los mejores materiales; nada de baratijas. La maquinaria es increíblemente precisa y en la esfera aparece, marcada con mis iniciales, la hora de mi nacimiento.

-Ha debido costar lo suyo.

-Lo suyo y lo mío, amigo. Pero ya le digo que ha valido la pena. Llevaba meses esperando que llegara.

Estaba encantado con aquella pieza. La admiraba, abriéndola y cerrándola una y otra vez, mientras hablaba.

-Ciertamente, desde que comenzaron a venir todos esos señores de ciudad, las cosas han mejorado bastante por aquí. Pero qué le voy a contar a usted. Seguro que recuerda el tiempo lejano en que se veía obligado a dormir en un cuartucho, junto al resto de trabajadores.

-Ya lo creo. Como para olvidar aquellos días y el hedor de la habitación. Aunque guardo un buen recuerdo del viejo Gus, de Nat, Alfred y los demás.

-Por fortuna, las cosas han cambiado mucho para todos. Mi tienda nada tiene que ver con lo que era y ahora usted puede disfrutar de casa propia y un trabajo con el que vivir cómodamente.

-Cierto, ahora mismo iba a ver si Tom ha podido arreglar el eje del carro, ayer empezó a hacer ruidos y prefiero ir antes de que sea demasiado tarde.

-Sabia elección. ¿Y su señora, qué tal está?

El rostro de Peter se ensombreció.

-Está bien, aunque algo preocupada. Al parecer ha llegado una chica nueva al hotel, parece algo más joven e inexperta de lo acostumbrado... pero bueno, son cosas de mujeres, supongo.

-Por supuesto, amigo. No debe preocuparse, se trata de tribulaciones innatas a su género; más aun teniendo en cuenta su infeliz pasado.

Peter encajó mal aquellas últimas palabras y un golpe de calor se concentró en su rostro.

El Sr. Cook leyó su expresión y se apresuró a embrear su charla.

-Pero es comprensible. Está bien que ocurra en ellas; forma parte de su naturaleza y a ella deben responder. Toda esa simpatía, esa conexión extrema que roza lo absurdo, se tornará virtud en el momento de cuidar la progenie. Nuestro caso, por otro lado, es diferente. Debemos permanecer al pie del cañón sin que nada ensombrezca nuestro ánimo. Uno no puede permitirse ese tipo de sensibilidades.

El Sr. Cook observó de nuevo el reloj, deteniéndose en el pulido especial de los bordes, la tibieza sedosidad del metal y el trazo regular y armonioso de las marcas de la esfera. Empujó con delicadeza la tapa, regodeándose en la suave presión y el claro y limpio chasquido del mecanismo de cierre, y una sonrisa infantil apareció en su rostro.

lunes, 7 de diciembre de 2015

Semillas

Observaba, entre las esquinas heladas de la ventana, la puerta ya cerrada. Seguían presentes en su memoria los ojos asustados de aquella joven. No hubo sonidos, pero resonaba el ruego suplicante en su cráneo, mientras maldecía la gélida zarpa que aprisionó su cuerpo y su voz. Quisiera haber podido avisarla, haber evitado su entrada y detener, con solo un gesto, el fatal desenlace que había comenzado cuando aquella joven traspasó el lujoso umbral.

Un carraspeo, seguido de un golpe de tos seca y arrancar de flema, la extrajo de su ensimismamiento.

Rascar de ropa interior de cuerpo entero, chasquido de lengua y pasos arrastrados hasta la jofaina.

Escuchó el sonido de agua vertiéndose sobre recipiente de porcelana, resoplidos y frotar húmedo de rostro y toalla.

-Buenos días, mujer. ¿Qué haces ahí?

Se giró con una sonrisa amplia, de fondo triste.

-Buenos días. Ha llegado una chica nueva al hotel del Sr. Thorn.

-Ah.

El hombre dejó la toalla y apartó una de las sillas de la pequeña estancia; se acercó y colocó ambos brazos sobre la sencilla mesa de madera. A su espalda, la cocina rugía entre llamas y ascuas, y brotaba, humeante, el agradable aroma a café.

-Peter, es solo una chiquilla.

-Algunas empiezan pronto, Lisa... Bueno venga, ¿vamos a desayunar o qué?

La mujer puso un plato con carne seca, huevos y algo de pan ante su marido. Cogió la cafetera, envolviendo el asa con un trapo, y se detuvo un segundo.

-Pero es que ella no es de esas.

-Lisa, dejémoslo estar, ¿de acuerdo? ¿Has hablado con ella acaso? Es asunto del Sr. Thorn.

El hombre masticaba feliz y acercó la taza en busca del caldo negro.

-¿Y tú?, ¿no comes?

Ella se sentó frente a él, apoyando las manos delicadamente.

-No, no tengo hambre.

Él cerró los ojos y resopló.

-He dicho que lo dejemos estar. ¿Me oyes?

-Pero, Peter, es que estoy segura de que esa chiquilla no es de esas. No sabe dónde ha acabado. Solo de pensar todo por lo que va a pasar...

El hombre descargó el puño cerrado y comida y café se mezclaron sobre la mesa.

-¡He dicho que no se habla más! ¡Eso es cosa del Sr. Thorn y nosotros no tenemos nada que decir! ¿Tengo que recordarte que si no fuera por él, tú aun seguirías allí, entre esas cuatro paredes? ¡No olvides que fue él quién te permitió venirte conmigo! ¡Es él quién ofrece el trabajo que trae comida a la mesa y mantiene vivo este pueblo!

Ella dejó el silencio como respuesta y quedó la bruma eléctrica flotando en el ambiente. 

El calor latía en las sienes del hombre, producto de la ira que brotaba, fruto de la contradicción. Cogió la taza y bebió el poco café que quedaba aun dentro, apartó el plato y se levantó.

Ella lo siguió con la mirada mientras se cambiaba en el dormitorio. Siguió sin decir nada hasta que escuchó un acallado "Adiós", acompañado de un portazo, y se dirigió de nuevo a la ventana, fijando la vista en el lujoso hotel.

Abajo, el hombre cruzaba la calle con paso nervioso. No pudo evitar echar un vistazo arriba y sus ojos se cruzaron; bajó la mirada y continuó su camino. A lo lejos, distinguió los descompasados andares del dueño de la tienda local y acudió a saludarlo.

martes, 24 de noviembre de 2015

Negocios

Un sol frío, hijo del alba, iluminaba tenuemente el pueblo dormido. Solo dos figuras se distinguían: un hombre adulto de rostro cuidado y ademanes seguros, en pie ante la puerta entreabierta de un lujoso edificio, y una joven, náufraga en el polvo frío, de grandes esmeraldas en un asustado rostro de suaves rasgos y pequeña boca tímida y carnosa.

-Vamos, pasa y hablaremos tranquilamente.

El viento gélido atravesó las calles, removiendo espirales de tierra en las esquinas, sacudió el vestido de la joven y robó un mechón de pelo a su tocado.

Intentó valorar lo que estaba ocurriendo antes de responder, mas la incertidumbre y el vértigo se arremolinaban en su cabeza.

-¿Pero... qué ocurre con el Sr. Bowler? Él me dijo que se encontraría conmigo allí, en el puesto de la diligencia.

El hombre miró al suelo, alzó la vista con los ojos apagados y negó con la cabeza.

-Lo lamento señorita, pero el Sr. Bowler no va a poder venir.

Los ojos verdes parpadearon y sus labios se entreabrieron en dudas y objeciones.

-No, lo siento. Falleció con todos los que iban en la diligencia de la semana pasada. Encontraron los cadáveres hace tres días, desprovistos de sus ropas, con la cabellera arrancada. Por eso mismo, ha tenido que viajar de noche; y aun así puede dar gracias de haber llegado con vida.

-Pero, el Sr. Bowler... él debía hacerse cargo de mi dinero, de mis cosas y de mi estancia aquí.

-Hará un par de días, salió una partida en busca de cualquier rastro. Si encuentran algo, no le quepa la menor duda de que le será devuelto. Pero, sintiéndolo mucho, es mejor que no cuente con ello.

-¿Y no dejó el Sr. Bowler ninguna indicación?

El silencio de aquel hombre dio la respuesta.

-¿Alguna orden de pago en el banco?, ¿una habitación reservada a mi nombre en el hotel?

-No hay constancia de nada así y todo cuanto llevara consigo se perdió con su vida... Será mejor que pase, jovencita, hace frío.

Él se apartó y abrió un poco más la puerta. Dentro, la nobleza de la madera, iluminada por la calidez de una de las lujosas lámparas, rivalizaba en confort con la suavidad del tapizado granate de muebles y paredes.

La joven podía notar el agradable calor que manaba de dentro y un acogedor olor a perfume sutil y agradable. Afuera, el frío cortante y la humedad acrecentaban el hedor del polvo y la suciedad posada.

-Ahora mismo no tengo con qué pagar.

El hombre la miró compasivo y habló con tono esperanzador.

-Si ha sido usted sincera, dinero no le ha de faltar. Lo que llevara encima el pobre Sr. Bowler debe darlo por perdido, lamentablemente, pero no así con lo que tenga en su banco. Lo único que tiene que hacer es contactar con ellos. Envíe una carta en la diligencia de la semana que viene y, en un periodo de quince días a un mes, podrá disfrutar de su dinero.

La joven miró con renovadas fuerzas a aquel hombre y una amplia sonrisa se dibujó en su rostro. Subió un poco el vestido y movió uno de sus pies hacia el escalón de madera, dispuesta a coronar el entarimado del porche.

-Pues claro que he sido sincera, señor. Entonces, ¿cree usted que en ese tiempo podrá arreglarse todo?

-Por supuesto que sí. Solo unos días y podrá volver a disfrutar de todas sus comodidades.

Se asomó al umbral y el confort del calor la envolvió. Frente a ella, al final de la sala, una estufa de hierro al rojo vivo mecía la realidad con su calidez. A un lado, sobre una de las mesas, estaba dispuesta una humeante taza de té con leche, junto a un plato de pasteles y mermelada.

Sus ojos escudriñaron la comida y no pudo evitar relamerse. El hombre sonrió divertido y apoyó la mano en su espalda.

-Venga pasa, iba a desayunar ahora mismo. Algo me dice que te vendrá bien comer un poco.

-Pues la verdad es que no he probado bocado desde ayer por la tarde.

-También agradecerás un baño caliente, seguro que tenemos algo de ropa que pueda servirte.

-Se lo agradezco mucho, señor. En cuanto tenga mi dinero le pagaré todo el gasto que pueda ocasionar estos días, además de una justa compensación por las molestias.

-Bueno, eso no será necesario. Hasta que el dinero no se haga efectivo, será mejor que trabajes aquí. No es que desconfíe de ti, pero debes comprender que lo primero es velar por mi negocio.

La ilusión de la joven se quebró por un momento.

-Jajaja. ¡Vamos, no pongas esa cara! Considéralo simplemente como una aventura en el salvaje oeste. Será solo por unos días. En este hotel tratamos muy bien a nuestros empleados. Piénsalo, tan solo quince días y después podrás volver a tu vida anterior; si quieres podemos guardarlo en secreto, aunque, en mi opinión no hay nada vergonzante en el trabajo bien hecho. Quién sabe, lo mismo hasta es posible que acabes ganando más de lo que ganarías en el sitio del que vienes.

El frío de la calle azotaba su espalda, colándose por el pequeño resquicio que había entre su tocado y el cuello de su vestido. Sentía sus pies congelados, apenas notaba los dedos al moverlos. Mientras sus manos, al otro lado del umbral, se extendían ante el embriagador calor de las ascuas acunadas por el hierro.

-¿Y bien?, ¿qué dices, jovencita?

Ya lo había decidido. Un segundo antes de traspasar la entrada, envió una fugaz mirada al gélido exterior. Solo una ventana se entreabrió en una de las casas y un rostro de una mujer entrada en años la miró fijamente; parecía querer comunicarse pero no emitió sonido alguno; se limitó a observarla con la mirada triste, desesperada, hasta que la puerta se cerró y anuló todo contacto.

Calmó la duda con sorbos del humeante tazón y el morder crujiente y sabroso de los pasteles. El hombre le acercó el tarro de mermelada.

-Voy a indicar que te preparen una habitación y un baño. Come todo cuanto quieras y descansa.

Abandonó la sala, perdiéndose en uno de los pasillos donde el rostro de otra joven se asomaba curioso.

-Bertha, deja de espiar y prepara sus cosas. De momento dejadla que coma y descanse tranquila. Más adelante, avisas a Maggy y le dices que le explique cómo van las cosas aquí.

Siguió caminando, pero se detuvo al instante.

-Ah, y dile a Bowler que pare por un tiempo y que tenga más cuidado con las que elige; la chica es buen material pero apuntar demasiado alto puede traernos problemas. Dile también que quiero todo el dinero encima de mi mesa antes de mediodía.

martes, 10 de noviembre de 2015

Concatenación

-No lo puedes negar. 

-No lo niego, Brown. Ni yo ni ninguno de estos.

Los cuerpos, colgados del gran árbol, yacían frente a ellos mecidos por el viento.

-Pero estarás de acuerdo en que esta no era la manera.

-No lo era, pero, ¿qué más da?

El sheriff Duke observó más allá: el horizonte dorado, donde las nubes desaparecían y el sol fundía cielo y tierra.

-Piensa en la tranquilidad que traerá la ausencia de pistoleros.

-Pero, no todos lo eran.

-Si alguno no lo fue, está muerto. Nadie reclamará su cuerpo ni sufrirá su falta. Nada les ata a este mundo, solo un puñado de conocidos que continuarán sus vidas como si tal cosa.

-Aun así había algo en ese, el tipo que venía del norte. ¿No has visto cómo te miraba? Creo que nos equivocamos, casi me jugaría el cuello por su inocencia...

Duke echó un vistazo al rostro del cadáver: desencajado, con el odio y la incredulidad congelados en las pupilas. Recorrió el cuerpo hasta llegar al pie del árbol, donde un grupo de hormigas se abalanzaban sobre una presa que se revolvía inútilmente.

-Olvídalo Brown. Ahora importan tan poco como ese miserable insecto. Son solo sangre seca y carne muerta. Deja que se vayan al infierno y con ellos todos los fantasmas de este lugar.

Pero el tiempo pasó y los asaltos, robos y asesinatos no cesaron. El árbol obtuvo sus macabros frutos, cuerpos ajenos a aquella tierra, y el sacrificio expulsó por un tiempo el miedo del pueblo.

Mas continuó el desastre y se acabaron las ofrendas fáciles. Los asesinos seguían sin aparecer y, ante la imposibilidad de encontrar un nuevo culpable, todos miraron hacia atrás. Empujados por la desesperación, estudiaron los ahorcamientos y las actuaciones pasadas.

Fue entonces cuando brotó, tímida, una insinuación susurrada al oído idóneo: ¿y si fuera el mismo sheriff?, ¿quién sino había acabado con tantas vidas, calmando al rebaño, ganando tiempo para seguir con sus canalladas?

Y la insinuación, avivada por el temor, mutó de boca en boca, de conjetura a sospecha; silenciosa en inicio, creció abrazando la ambigüedad como escudo, hasta que todos encontraron la fuerza en el brazo de al lado. Unos a otros acabaron las frases, enhebrando los argumentos en un tejido común, odio por encargo, anclado en lo etéreo y escuchado.

La maquinaria se puso en marcha. El mismo sheriff Duke reconoció el gélido siseo de su criatura, el arrancar crudo de raíz y el cambio drástico que efectuaba en el hombre.

Echaron su puerta abajo una mañana gris. Tiraron de él hacia afuera y colgaron la soga del mismo árbol.

Notó las manos recias del verdugo, el abrazo atroz de la cuerda y un temblor eléctrico que recorrió su cuerpo.

-Duke Mulligan, ha sido sentenciado a muerte por asesinato, robo a mano armada, asalto y estafa. Que Dios acoja su alma, que su cuerpo alimente la tierra...

Apenas podía coger aire, imposible hablar; de todas formas, ¿qué importaba?, ya no quedaba nadie dispuesto a escucharle. Frente a él solo había extraños. La maquinaria había hecho su trabajo: solo un puñado de conocidos que, tras consumirse su vida, seguirían como si nada.

Entonces sintió el vértigo del parpadeo previo a la desaparición. Un minuto, puede que menos, el tiempo exacto de acabar aquella cháchara y dar la palmada al caballo que lo desterrara al vacío.

Ese minuto se eternizó, desagradable y estático. Las vidas segadas pasaron sombrías frente a él. Y observó entre los presentes al joven Brown, su ayudante, luciendo la placa. Adivinó las voces en su mente, la ausencia de toda responsabilidad y esa mirada calma y soberbia de quien está frente a un mero insecto.

Entonces escuchó la palmada, sintió su estómago trepando hasta la garganta, empujando el nudo hacia el cráneo, estallando en lágrimas de presión. Durante aquel vacío inacabable, concentró todas sus fuerzas en escupir un deseo; brilló como nunca, loco, pletórico e hiriente, hasta sentir la certeza de que aquel que tenía delante acabaría sus días allí colgado. Vislumbró una sombra de espanto en la cara de su antiguo ayudante y un embrión de carcajada surgió cuando la soga tiró de su cuello hasta apagarlo.

lunes, 8 de junio de 2015

Valoraciones

Las ramas extienden su sombra protegiendo a la figura del implacable sol de mediodía. Camisa blanca arremangada, pantalones desgastados, sombrero de paja moldeado por el uso y un bastón arañado con empuñadura oscura de vieja plata. Sentado en el suelo, frente al montículo donde descansa el fundador, apoya la espalda en el tronco del árbol, toma su pipa de maíz y raspa una cerilla contra la suela de su zapato.

Las hebras enrojecieron espoleadas por el aire que atravesaba la cazoleta. El crepitar anunció la columna de aroma intenso que serpenteaba hacia el cielo. DeLoyd retuvo la bocanada y tomó su tiempo regodeándose en el sabor amargo de monte, el ligero toque áspero y un último eco dulzón. Expulsó el humo, poco a poco, y dejó que la mezcla latiera antes de tragar saliva.

-Hola idiota. Después de todo las cosas han salido adelante. Como verás, tienes compañía. Ese de ahí te hubiera caído bien, era un hombre inteligente, de buena conversación y conocedor de cartas y humanos; pero, sobre todo, fue quien mantuvo en pie el saloon cuando comenzaron los problemas. Ahora esa tarea recae sobre los hombros de Vera y Bison.

DeLoyd avivó los rescoldos en la pipa. Echó un vistazo a la cruz de madera con el nombre de Kornelius tallado y envió varios anillos de humo al horizonte.

-El de al lado era un individuo peculiar, de los de darles de comer aparte. Vivo, astuto y despierto; un viejo Ulises borrachuzo que salvó la vida a golpe de lengua. Te sorprendería saber que fue él quien enseñó medicina a Tabitha, y eso que estaba medio ciego. Llegó poco antes de que empezara nuestra guerra y en ella acabó sus días; creo que te gustará.

La tumba era idéntica a la de Kornelius, salvo por la madera de la cruz, que insistía en seguir torcida, donde podía leerse claramente: Dr.Well.

-En esa última descansa un hombre del que poco sabemos. Pero, a juzgar por lo visto y escuchado, fue alguien sencillo, un punto simple y cabal. Algo me dice que sin él nunca hubieran llegado la viuda ni el reverendo; debió poseer esa suerte de fe que consigue mantener la vida en movimiento; creo que os llevaréis bien.

Dio un nuevo tiento a la pipa y se quedó observando el humo, disipándose alrededor de la cruz de madera con el nombre, Fred, tallado en ella.

-El resto están bien, Tabitha se ha ocupado de ellos. Bison deberá pasar un tiempo en reposo, ya veremos qué comemos mientras. Ralph tiene una herida en el costado al rojo vivo y Edgar anda cojo de la pierna derecha a causa de un disparo en la rodilla. El joven Jimmy también está cojo, aunque Tabitha dice que volverá a andar con normalidad; se quedará como alguacil, aunque hemos decidido entre todos ofrecerle el mismo pago que al sheriff; a buen seguro el señor Nake se apoyará en él en más de una ocasión. Jonowl sufrió un disparo en el hombro, nada serio, sigue en su arboleda pasándose de vez en cuando a vernos, aunque últimamente no le falta compañía ni atenciones médicas, ya me entiendes.

Sonrió y dejó la pipa a un lado. Extendió las piernas, cruzó los brazos tras la cabeza y dejó que el sombrero tapara sus ojos.

-¿Sabes Jed? Al final ha salido bien... A veces nos observo y me pregunto cómo ha sido posible; cómo pudiste saber a quién debías ofrecer aquellos papeles... Miro los cambios sufridos y casi no puedo creerlo. La única respuesta que viene a mi mente es que no pensaste demasiado lo que hacías, que te gastaste aquel dineral en este pueblo porque así te lo pareció, sin cuantificar el gasto; que repartiste aquellas concesiones a quien te fuiste encontrando y después nos dejaste, esperando que, pasara lo que pasara, fuera algo bueno. Toda una estupidez...

A través de los pequeños agujeros del sombrero el sol centelleaba entre las ramas movidas por una suave brisa que traía viejos aromas de polvo, aire libre y hierba seca.


-Hay que ver... todo ese dinero... solo un idiota lo habría hecho así. Lo curioso es que, por eso mismo, las posibilidades de que esto hubiera ocurrido son casi inexistentes; nadie en su sano juicio sacrifica lo razonable por una ilusión. Cada uno de los que estamos aquí somos hijos de un absurdo, una suma de decisiones fuera de lo establecido... contra todo pronóstico, existimos. Nunca imaginaría lo que esas decisiones han hecho de nosotros. Recuerdo los trajes y el dinero, lejanos y aburridos; de alguna manera tu enfermedad se ha transmitido a nosotros como una herencia; valoro más cada pedazo de este sitio que todo el oro que pueda acumularse. Lo digo y comprendo que no tiene sentido... cosa de idiotas y al brotar estas palabras de mis labios, todo parece más sencillo y liviano. Sé que no entiendes nada de lo que digo, porque el cambio lo hace cada uno de acuerdo a sí mismo; pero si tú eres la primera causa de esta idiotez, si tú eres el primer empuje de esta realidad paralela, no tengo otra cosa que decirte salvo, gracias Jed, gracias.

lunes, 1 de junio de 2015

Rellim

No hay sol ni luna, solo una creciente claridad conquista el cielo y baña la tierra. Las siluetas de los tejados se recortan contra un gris tímidamente azulado. El silencio ilumina centenares de huellas, costras de polvo ensangrentado y saca a relucir el enjambre de casquillos que voló de madrugada. Los hombres rendidos continúan firmes, ayudando a sepultar a los muertos o intentando alejar a los vivos de la noche.

En medio de aquel erial de sonidos, un caballo relinchó. Miradas cansadas se dirigieron a la entrada del pueblo, donde seis jinetes esperaban bajo el umbral con ojos fríos, ánimo fresco y colmillos afilados. En medio de ellos un rostro anguloso de cortes marcados y sombrero ancho parecía buscar a alguien entre la triste procesión de muertos en vida.

Los del pueblo observaban con el abandono del desengaño y la incredulidad. Hubo algún resoplido, miradas cruzadas y una risa corta estalló fruto de la impotencia. En realidad nadie quería saber nada. Veían la sombra de aquellos jinetes con la vana esperanza de que fueran meros espectros del pasado; pues sus cuerpos habían aguantado hasta las últimas, sus nervios se habían tensado hasta la delgadez extrema y habían latido dos vidas durante la madrugada. Acababan de descubrir que, cuando ya daban todo por finalizado, cuando el gozo de la supervivencia les otorgó el último aliento para cuidar de los suyos, el último zarpazo de Moodley, estaba a punto de comenzar.

El jinete apoyó sus manos sobre la silla de montar y siguió buscando con la mirada entre la gente, mientras el resto seguía sobre sus monturas, moviendo únicamente las pupilas, grabando en sus cerebros la posición de los posibles objetivos.

DeLoyd dio el primer paso. 

-¿Quiénes son, caballeros?

El jinete le ignoró, se irguió sobre la silla y gritó con voz desgarradora.

-¡Will Nake! ¡Sal de donde estés!

Los ojos del sheriff se abrieron, aquella voz le hirió como un viejo gancho que hendía de nuevo su carne agujereando la nuca. Se incorporó, sentándose sobre el camastro de la celda, y miró fijamente la puerta de barrotes abierta. Echó mano de Amy, para comprobar si estaba cargada, y se sorprendió titubeando. Un recuerdo llegó del pasado y rasgó su ánimo: otro pueblo, la soledad ante el enemigo, la liberación del abandono y el amargo rescoldo de la vergüenza.

-¿Estás ahí sheriff?

Revivió el hiriente egoísmo a su alrededor: las miradas suplicantes de quienes, hasta aquel entonces agradecidos, le exhortaban a huir y el estremecedor vacío de quienes callan esperando que el mal trago pase para continuar sus vidas. Hizo acopio de valor y levantó la vista más allá de los barrotes: el suelo de madera, su mesa y la vieja silla que continuaba, sorprendentemente, de una pieza.

-¡Vamos, Nake, soy Rellim! ¡Es a por ti a por quien vengo!

Recordó el peso de la maleta al colocarla en el carromato y el dolor latente al dejar atrás su casa. Recordó cómo, asaeteados por la conciencia, nadie acudió a despedirse. Y el dolor llegó de nuevo ante aquella voz que, habiéndole obligado a abandonar su mundo, ahora regresaba de nuevo para demostrar que ocurriría lo mismo una y otra vez, hasta que la muerte cortara el círculo. Buscó a tientas, bajo el camastro, su vieja taza, mientras continuaba alzando la mirada, siguiendo los listones de las paredes, hasta el marco de la ventana donde la claridad del alba atravesaba las aguas de vidrio. Entonces lo vio. Apoyado en la puerta, con la pierna vendada, Jimmy sonreía con una taza en su mano.

-¿Un último café, sheriff?

Will alzó su taza, vieja y descascarillada, echó un buen trago y sonriendo se dirigió de nuevo hacia el joven Jimmy.

-Amargo y mohoso, como debe ser.

Se levantó con un quejido y, conforme volvió a ganar altura, regresó el color a su rostro.

Pasó junto a Jimmy y el ánimo volvió a latir al escuchar sus pasos tras él. Afuera en el porche, Lily esperaba con un winchester entre las manos y la chistera del Dr.Well cubriendo parte de su níveo cabello.  Apenas recordaba ya el peso de la maleta sobre el carro, cuando de enfrente salieron Ralph y Edgar, con pasos cansados y alguna cojera cosechada durante la batalla. Entonces, Nake sintió el paso firme y seguro sobre el suelo.

-Bien Rellim, me buscabas... aquí me tienes. Esto es algo entre tú y yo. Deja a los tuyos al margen y  esta gente también lo hará.

-¿Esos? ¡Hubiera jurado que ya estaban muertos! ¡Casi sería mejor que te enfrentaras solo!

Los jinetes dispararon sus risas, secas y ásperas, a través de la negrura de su boca, hasta que un silbido, limpio y claro las cercenó. Arriba en la arboleda, el enmarañado rostro de Jonowl acechaba con los brillos dorados de su rifle. Parecía regresar el murmullo a las filas de los bandidos, cuando un nuevo silbido surgió del primer piso del salón donde la silueta armada de Bison apareció en una de las ventanas.

DeLoyd carraspeó y se dirigió a ellos.

-Me temo, caballeros, que no tienen nada a hacer. Somos más y dispuestos a jugarnos la vida. Si contaban con el miedo para hacernos retroceder, me temo que no va a ser posible. Por si aun lo dudaban sepan que dos más de los nuestros les apuntan desde las caballerizas y que allí en lo alto, en la campana, un reverendo y una mujer, que le acompaña, también esperan el momento oportuno para apretar el gatillo...

Los jinetes estudiaban todos los frentes y parecían otear, incrédulos, bajo la cegadora campana que relucía con los primeros rayos de sol, cuando una voz de mujer brotó de allí.

-¡Que conste que yo no acompaño a nadie, es este quien se pega a mí como una costra! ¡Eso sí, tengo mi henry apuntando a la cabeza del más gordo!

Las poses se descomponían, alguna de las monturas resopló ante la tensión de su amo y los cinco jinetes miraron a Rellim cuando el sheriff se dirigió a él con Amy en sus brazos.

-¿Y bien, qué dices Rellim? ¿Arreglamos esto tú y yo solos?

La mano del bandido se cerró con fuerza y el cuero de las riendas crujió bajo su puño. Miró a los suyos que apartaban sus bestias. Solo, frente a Nake, sin ninguna posición que lo encumbrara, se le antojaba más grande. Entre sudores aflojó los dedos y recorrió mentalmente la distancia hasta el revólver, apenas a un pestañeo antes de escupir muerte. Los otros se hicieron a un lado también, manteniéndose anclados a los bandidos. Nake se mantenía firme, pero el bandido no pudo encontrar sus ojos, pendientes como estaban de sus movimientos y su revólver. Comprendió entonces que a su enemigo ya no le importaba el enfrentamiento, que no estaba sujeto al miedo, como si ya se diera por muerto y solo buscara llevárselo por delante a cualquier precio. Sabía que era más rápido, pero notaba la extraña lejanía de su enemigo y las dudas enmarañaron su alma. Intentó un primer movimiento pero la mano quedó quieta, felizmente atrapada entre las riendas. Arengó a todo el brazo, pero solo llegó a aflojar los dedos. Decidió empezar de nuevo y concentró todas sus fuerzas en un solo movimiento y empujar así su ánimo anclado; mas, al llegar al instante que separa el pensamiento de la actuación, la mano se cerró de nuevo, tiró con fuerza de las riendas y, antes de que los suyos pudieran decir nada, clamó un claro y desesperado:

-¡Vámonos!

Espoleó el caballo como nunca y gritó a todo galope hasta herir la garganta, dejando que el aire engullera su aullido.

A lo lejos, en Canatia, no hubo gritos de júbilo; solo sonrisas, palmadas en la espalda, suspiros de desahogo y la gloriosa sensación que otorga la llegada del descanso.

lunes, 25 de mayo de 2015

El ataque

El sol ha muerto. Las nubes se desvanecen y la luna late fuerte en el cielo. Un viento fresco corta la asfixiante atmósfera del día, dando la bienvenida a una buena taza de café. Salvo los vigilantes, todos se arriman a la hoguera, entre el saloon y los restos de la atalaya del alcalde; pues cuando se escucha el aullido de la muerte durante tanto tiempo, nadie quiere ahogarse entre cuatro paredes y ceden a la liberación de enfrentarse al peligro.

Bison, aun convaleciente, cogió con un trapo una de las cafeteras; el gorgoteo ahumado invitaba al descanso. Fueron pasando las tazas, de mano en mano. Con el sorbo caliente, se cerraron los párpados y hondos suspiros expulsaron el exceso de celo del alma. No tardaron en surgir las primeras palabras, humor duro, nacido del sufrimiento, que varió el rumbo de los sentimientos y canalizó el ánimo en una columna de risas.

Desde arriba Jonowl y Tabitha escuchaban el jolgorio. Tapados con la misma piel curtida, aferraban sus tazas mientras brindaban con una sonrisa. Ella tenía su Smith&Wesson de 7 tiros, peso frío e incómodo junto al vientre, en su fajín. Él tenía cerca el cuchillo de su abuelo y aquel magnífico rifle que descansaba a sus pies, tapado con las pieles engrasadas, fuertemente anudadas, y aun así podía sentir el latido metálico del arma maldita, un pulso constante por abandonar la quietud mortecina del reposo. Hacía todo lo posible por ignorarlo, pero, en lo más interno de su ser, deseaba con todas sus fuerzas que fuera necesario empuñarlo de nuevo.

Abajo Vera comenzó a susurrar una alegre tonadilla. Su voz se quebró al llegar al pasaje donde Kornelius la recogía con la guitarra, llevándola de la mano hasta la última cuesta, donde se apartaba cortésmente y la dejaba crecer hasta congregar a todos los oyentes; incapaz de seguir, quedó ahogada en el silencio. Entonces fue Bison quien tarareó, y tras él, con la mirada fija en las llamas, fueron uniéndose todos los presentes. Vera esperó el momento, entró susurrando y, acompañada, fue creciendo de nuevo. La voz aumentó su curso hasta tornarse en limpio torrente, el resto de voces se alzaron, una botella se abrió y un jubiloso caos embrujó los cuerpos en animado baile.

Arriba en la arboleda, reían los vigilantes, daban palmas y seguían la música con los pies. Por un momento no existieron armas ni amenazas. Por un momento recuperaron la tranquilidad, marcaron a fuego sus ojos y, fundidos en un abrazo, unieron sus labios hasta que lo cálido y carnoso inundó toda consciencia. Se separaron con una sonrisa en la mirada. Los labios se entreabrieron y un titubeo se bifurcó entre acercarse de nuevo o emitir palabras; ninguna de las dos opciones tuvo lugar.

Un disparo retumbó en Canatia, el silbido del proyectil cortó el baile y el tañido herido de la campana convirtió el júbilo en alerta.

-¡Jinetes, por el norte! ¡Puede que quince o más, el polvo los tapa!

Jonowl movía ambos brazos, mientras las piezas doradas del rifle brillaban exultantes.

-¡Todos a sus puestos!

La estrella del sheriff reflejó el fuego embravecido de la hoguera.

A lo lejos, en el camino del norte, el grupo de jinetes se detuvo y el polvo engulló toda pista. Desde la arboleda los vigilantes permanecieron atentos a cualquier indicio de movimiento. Pero cuando la bruma terrosa se hubo disipado, una veintena de jinetes siguieron en sus puestos. Pronto aparecieron chispas y esquejes de llamas abrazaron la tela embreada de unas antorchas; segundos después, ya no era necesario aguzar la vista. Se escuchó el eco lejano de una arenga y el coro, en respuesta, gritó con sed de sangre. Del trote pasaron al galope y el polvo volvió a alzarse tras ellos, en su loca carrera hacia el pueblo.

Jonowl apuntó con el rifle. Recorrió con la mirilla cada uno de los jinetes, realizando las correcciones demandadas por la distancia. Memorizó pañuelos, ropas y sombreros; sellos de rápido reconocimiento, para tenerlos presentes. Siguió el cabeceo de sus monturas y tomó tiempo en distinguir sus armas. Les puso nombres, absurdos y rápidos, para evitar la confusión grupal.  Y cuando estuvo preparado accionó la palanca. El chasquido limpio y metálico despertó el espíritu de aquel arma con una ira casi celestial. Ahora más que nunca lo sentía vivo; el disparo a la campana apenas había provocado respuesta, pero al advertir los blancos, aquel arma tiró de él como un caballo desbocado; aun así era demasiado pronto. Invocó los grandes ojos emplumados, para ver desde afuera el momento adecuado en que comenzar a disparar. Escuchaba a su lado a Tabitha disponiendo la munición y creía verla, por el rabillo del ojo, comprobando el revólver por décima vez; pero su voluntad seguía anclada en el grupo atacante.

El estruendo de los jinetes se escuchaba claramente y un creciente temblor recorrió todo el pueblo. Edgar, Ralph y Curteys fueron a resguardarse cerca de la herrería, en el lugar que, según el fotógrafo, ofrecía mejor ángulo de visión. Bison y Vera esperaban en el último piso de la primera torre, mientras el Dr. Well reptaba bajo el entablado del porche del saloon. El sheriff, Jimmy y Lily apuntaban a la entrada del pueblo, desde los restos de la oficina y la atalaya del alcalde. Y, devorando los peldaños de la escala, Fred se encaramaba hacia la campana, mientras el reverendo y la viuda del desierto discutían por ver quién sería el siguiente en seguir sus pasos.

Con las prisas, la viuda resbaló un par de veces y Fred asió sus manos para ayudarla a subir. Los jinetes ya estaban cerca y el reverendo empujó desde atrás. Al sentir las manos del ministro del señor en su trasero, la mujer concentró toda la fuerza en su pierna derecha y envió al reverendo de nuevo al suelo. Comenzaron a oírse las quejas en respuesta y hubieran llegado las amenazas de no haber sido acalladas por el primer disparo de la contienda. Uno de los jinetes caía, a unos 200 metros del pueblo, y, al accionar la palanca, Jonowl pudo distinguir claramente un gélido canto en el vibrar del casquillo sobrante. Disparó y otro jinete cayó. Seguía el orden orquestado en su cabeza. Palanqueaba con ansia, y al apretar el gatillo vivía el gozo del proyectil liberado, aullando libre hacia su presa. Con cada detonación sentía un calor agradable disipado al instante, absorbido por el frío vacío del hambre. Entonces solo quedaba accionar de nuevo y enviar otro casquillo al aire. Otro objetivo caía pesado, habiendo segado su vida, antes de regresar a la tierra. Contó hasta ocho los caídos, cuando el noveno perdía su vida poco antes de que el resto atravesara el umbral del pueblo.

De los once bandidos que quedaban, tres fallecieron al llegar a la herrería; Ralph, Edward y Curteys llenaron de plomo sus cuerpos. Antes de que el resto reaccionara, el sheriff, Jimmy y Lily abrieron fuego desde la oficina: dos más murieron y otros dos, heridos, siguieron al resto de supervivientes hacia el final del pueblo, buscando cobertura en la casa del médico. La situación quedó paralizada. Los de la herrería mantenían sus puestos, abriendo fuego continuamente y los del sheriff esperaban el momento oportuno para acercarse, mientras Bison y Vera cubrían la calle central desde el saloon.

La lucha continuaba, pero ningún quejido rompía el continuo tronar de pólvora. Jimmy intentó acercarse un par de veces y a punto estuvo de perder los sesos. Bison y Vera optaron por salir del saloon en busca de un mejor ángulo de tiro. El cocinero llevaba su garrote, colgado del cinto, y una escopeta recortada preparada para escupir plomo. Vera caminaba lentamente enarbolando la pepperbox de Kornelius con ambas manos, aun recordaba el dolor de muñecas que causaba el encabritamiento del arma. Cuando el sheriff los vio, desde el otro lado de la calle, les hizo señas para que siguieran caminando resguardándose tras los postes del porche.

El sheriff vio el momento perfecto, avisó de que, a su voz, abrieran fuego. Así podría acercarse, con Jimmy y Lily, y rodear por la parte de atrás la casa del médico. Mas cuando la señal estuvo a punto de darse, fue la voz del reverendo la que tronó junto al tañido de la campana. Cuando quisieron darse cuenta, otro grupo de pistoleros había salido del cauce seco del río y estaba disparando al reverendo y compañía.

-¡Hay dos a la izquierda, tres a la derecha y por lo menos cuatro más siguen escondidos! ¡Fred, hazte cargo de los de la izquierda! ¡Señora, para usted los de la derecha! ¡Los del cauce de momento no son un peligro!

-¿Quién te crees que eres para darme órdenes, maldito reverendo loco? ¿Acaso crees que voy a asomarme ahí?

Las balas silbaban alrededor de la torre. Llovían astillas y se escuchaba el quejido metálico de la campana ante los plomos. El reverendo miró a Fred, este se asomó un par de veces pero tuvo el tiempo justo para apretar el gatillo de su rifle sin apuntar, antes de que una de las balas le volara el sombrero.

-Está bien, a grandes males grandes remedios.

El reverendo buscó en el bolsillo interno de su chaqueta y sacó un pedazo de tela con dos cartuchos de dinamita dentro.

-¡Lo que me faltaba por ver! ¿Tenías eso todo el rato encima?

-La señorita Lily consideró que podríamos necesitarlo.

-No sé yo si va a funcionara.

-El Señor está con nosotros, funcionará, ya verá como sí. Ustedes encárguense de hacer un poco de ruido, yo haré el resto.

-¿Qué?

Pero Zek ya no estaba para atender a nadie. Había encendido una cerilla y acercaba la llama a la mecha.

-¡Ahora, disparen!

Fred y la viuda asomaron las armas y dispararon hacia abajo, más por enviar plomo que en busca de un objetivo. Al poco las balas dejaron de subir con la misma insistencia y la mujer vio por el rabillo del ojo al reverendo observando fijamente la mecha encendida.

-¡Maldita sea, reverendo, tira ya ese cartucho!

-...y es amor, que quiere y perdona; pero también es justicia y castiga a quien osa dañar su obra. Porque aquel que haga el mal, por él será castigado...

La chispas seguían avanzando y se acercaban peligrosamente al cartucho.

-¡Vamos, cura del demonio!

-...por él será dañado y consumido, y será enviado a las llamas mismas del averno!

Se levantó y se asomó como si no hubiera peligro, alzó ambas manos y entre carcajadas lanzó el cartucho hacia la derecha. Ninguno de los bandidos tuvo tiempo de verlo tocar el suelo antes de que estallara. De los tres, solo uno salió corriendo hacia la calle central y tras él fueron los dos que estaban en la parte izquierda.

-¡Se van, no puedo creerlo, pero se van!

-¡Se lo dije señora, Dios está con nosotros!

Fred se incorporó y apuntó con cuidado, disparó y dio a uno de los bandidos en el hombro; este cayó al suelo, rodó y disparó dos veces. La primera bala chocó de nuevo con la campana. La segunda atravesó su carne, dejándole sentado sobre la tarima de madera con los ojos vacíos, boqueando en busca de aire.

La viuda se asomó por encima de la barandilla y comenzó a disparar su henry, obligando al grupo a continuar su huida.

El reverendo encendió el segundo cartucho y echó un vistazo a su compañero.

-Tranquilo amigo, ya has hecho bastante. Ahora descansa, saldremos de esta.

Le puso la mano en el hombro y siguió hablándole mientras miraba la mecha y calculaba la distancia hasta el cauce. Fred abría los ojos como platos intentando huir de las sombras y tomaba sorbos de aire incapaz de acoger oxígeno. Cuando la chispa llegó al lugar indicado, el reverendo se alzó de nuevo y lanzó el cartucho hacia el cauce. De allí abajo salieron cinco tipos más, huyendo de la muerte; mas la explosión no llegó a producirse. Dos de ellos buscaron un sitio a cubierto desde donde disparar a los de la campana y los otros tres restantes siguieron al resto hacia la calle central donde Bison y Vera seguían avanzando hacia la casa del médico.

Bison, apenas les vio venir, se giró y vacío los dos cañones de la escopeta sobre el primero de ellos, enviándolo un par de metros hacia atrás con un agujero en las tripas. Tuvo el tiempo justo para avisar al grupo del sheriff y echarse a un lado junto a Vera, antes de que la lluvia de plomo cubriera la calle, hiriendo a Jimmy en una pierna. Los disparos continuaron y cuando los de la casa del médico, supieron lo que estaba pasando, tomaron posiciones y renovaron su ataque.

Los de la herrería a duras penas podían asomarse sin exponerse a las balas. El grupo del sheriff dividía la zona de fuego entre uno y otro frente sin mucha efectividad. Y los cinco de la calle central se acercaban poco a poco al portal donde Bison y Vera se resguardaban. Bison abrió la escopeta y se dispuso a sacar los cartuchos, mientras veía las siluetas acercándose; los nervios actuaban en su contra y la munición bailaba en su mano. Vera apretó el gatillo y todos los proyectiles de la pepperbox se detonaron a la vez, saliendo despedidos como un enjambre; una nube de pólvora lo envolvió todo.

Al disiparse la pólvora, lo primero que apareció fue un cadáver y otro hombre, de rodillas en el suelo, quejándose con las manos en el estómago. Bison metió el segundo cartucho y cerró los cañones, mas al disponerse a amartillar el arma, aparecieron los tres restantes, con los revólveres listos, apuntándoles. Bison dejó caer la escopeta y marchó hacia ellos con las manos en alto, intentando alejar la atención de Vera. Notaba el peso del garrote en el costado y rezaba por tener el tiempo necesario para poderlo usar, pero cuando vio la cara de aquellos matones comprendió que no iba a tener ninguna oportunidad.

El estruendo fue más fuerte de lo que esperaba. Se sorprendió al no notar dolor alguno ni golpe ni rasgar de piel y carne. Abrió los ojos y vio a uno de los tres individuos en el suelo gritando de dolor sujetándose las piernas ensangrentadas y los otros dos encogidos apartando, incrédulos, las manos de la cabeza. De debajo del porche apareció el Dr.Well con la escopeta aun humeante celebrando su éxito mientras volvía a cargar. Bison no perdió el tiempo, empuñó el garrote y corrió hacia el primero de los que estaban encogidos.

Del otro lado del pueblo, salió un solo disparo, puede que una bala perdida o un proyectil en busca de su presa. Atravesó toda la calle, rozando las patillas de Bison y dio de lleno en el cuerpo del viejo doctor, haciéndolo girar sobre sí mismo y enviándolo a la tierra como un muñeco de trapo.

Bison se detuvo, vio cómo los bandidos echaban mano de los revólveres y volvió hacia donde estaba Vera todo lo rápido que pudo. Un plomo se alojó en su espalda mientras otro se hundía en uno de los postes, se tiró al suelo con el dolor agudo, recuperó su escopeta y se quedó agazapado dispuesto a vaciarla sobre el primero que se asomara.

Los dos tipos, en lugar de acercarse, tomaron posiciones seguras y abrieron fuego contra los otros grupos.

Con la sorpresa y la ventaja de la cobertura perdidas, los bandidos estaban recuperando terreno. En la campana nadie se atrevía asomarse, los de la herrería disparaban casi sin ver, Bison y Vera permanecían a la espera de llevarse a alguien por delante antes de desaparecer y el grupo del sheriff estaba siendo atrapado entre dos fuegos. Solo una cosa podría salvarles y el sheriff gritó bien alto.

-¡Jonowl, quítanoslos de encima!

Pero no hubo disparo de respuesta.

Jonowl había disparado después de que los jinetes entraran en el pueblo. Con los objetivos cabalgando entre los edificios, dar en el blanco era considerablemente más difícil. Hirió a un par de ellos pero no pudo quitarlos de en medio, la sed del arma lo dominó de nuevo y disparó sin parar, sin atender al ulular de su compañero que intentaba avisarle de lo que estaba a punto de ocurrir.

Por eso no los vieron llegar, ni él ni Tabitha, quien dirigía sus disparos hacia el pueblo, intentando romper la cohesión del enemigo. Cuando ella escuchó los chasquidos de percutor de revólver ajeno, ya era demasiado tarde. Dos individuos estaban apuntándoles: un tipo grande de pelo largo rubio y barba tiñosa y otro alto y delgado, con una fea cicatriz en el ojo izquierdo. No hizo falta avisar a Jonowl, la voz del segundo individuo lo sacó del trance.

-Tabitha Seanlan, es cierto que ha cambiado, pero tiene el mismo rostro que en la foto.

Jonowl se giró accionando la palanca, con los ojos inyectados en sangre, y antes de liberar la presión del gatillo, un plomo atravesó su hombro derecho, echándolo por el suelo y extinguiendo toda fuerza en la mano del gatillo.

Antes de que Tabitha pudiera preparar su arma, el tipo desfigurado amartilló de nuevo.

-Deje el revólver en el suelo. Con mucho cuidado.

Lo dejó caer a un metro de ella.

-Bien señorita, soy Sam Evans, vengo para devolverle el favor que hiciera a mi hermano Pat, hace ya tiempo.

Hizo un ademán al otro tipo y este se acercó hacia Jonowl, que aferraba el rifle con su mano izquierda, mientras el brazo derecho colgaba inerte. El bandido le golpeó con el cañón del revólver en la sien y lo noqueó.

Tabitha tragó aire y ocultó el sobresalto.

-Oiga, no sé quién es. No conozco a su hermano. No sé a qué viene esto.

-Claro que lo conoce. Lo vio por primera vez en el asalto a una diligencia y se despidió de él, mientras pataleaba colgando de una soga.

Ella comprendió y supo que nada quedaba por decir.

-Lo sé, señorita, usted hizo lo que creyó que era justo. Pues bien, lo mismo estoy haciendo yo ahora.

Sonrió y dio una voz al tipo de la melena rubia. Este se acercó hacia Tabitha y esta sintió el pánico helando sus huesos. Mas, al pasar por el lado de Jonowl, el bandido se quedó mirando el rifle, el contraste de la madera y el metal dorado con aquel magnífico grabado. No pudo aguantarse y lo cogió.

-¡Eh, deja ese rifle! Vamos a hacer lo que veníamos a hacer; cuando acabemos podrás coger todo lo que quieras del pueblo. Pero ese rifle es mío.

-Quédate tú con la chica. No sé lo que quedará en el pueblo cuando acabemos. El rifle está aquí y ahora, así que me lo quedo yo en pago por mis servicios.

-Tendrás de sobra. Si las cosas han ido como esperaba, más de la mitad de los nuestros habrán caído antes de que todo acabe. Los de aquí esperaban el ataque.

-No nos dijiste nada de eso.

-¿Tanto te importa? La victoria siempre ha sido nuestra, una vez eliminada la ventaja, los nuestros harán bien su trabajo; esos hijos de puta tienen mejor puntería que cualquier pueblerino. Mientras tanto, aquí no corres peligro y ahora habrá menos gente con la que repartir. Así que solo tienes que esperar a que todo acabe para recoger lo tuyo, pero debes dejar ese rifle.

El bandido se aferró al arma como un  náufrago a su balsa.

-¡El rifle es mío he dicho!

No se dio cuenta pero estaba apuntándole, notaba la tensión del percutor, la fuerza leve que demandaba a gritos el gatillo para liberar la bala y ofrecer, con una nueva muerte, algo de calidez al frío metal. Quiso seguir hablando pero el índice actúo, instintivo, antes que la lengua. El proyectil salió y, casi a la vez, habló el revólver del hombre desfigurado. El grandullón cayó de espaldas y un hilo de sangre cayó por la comisura de los labios hasta manchar su barba.

El tipo desfigurado se llevó la mano a la sangre que manaba de su costado; mas, consciente de su situación, dirigió su arma rápidamente hacia Tabitha, quien se detuvo a pocos centímetros del revólver. Entonces fue Jonowl quien, sacando fuerzas de pura rabia, saltó sobre el bandido y con su mano derecha asió el mango de su cuchillo, mientras notaba como si un cristal rasgara cada uno de sus músculos. Aguantó el aliento y clavó el filo sobre la carne, cuando el dolor le hizo abandonar el control de su brazo, apoyó la palma de su mano izquierda sobre el mango y presionó con fuerza hasta que la guarda se tiñó de sangre.

El bandido, entre gritos, levantó su revólver hacia Jonowl y un estruendo de pólvora lo calló para siempre. Tabitha estaba de pie, temblando, con lágrimas en los ojos y el Smith&Wesson de 7 tiros humeando. Dejó caer el arma y se acercó a Jonowl, quien la acogió con su brazo y se quedaron aturdidos, mirando a los cadáveres, respirando con brasas en los pulmones, asaeteados por el hormigueo de la tensión liberada. Cuando quisieron darse cuenta de lo que pasaba abajo, decenas de gritos y alaridos llenaban el pueblo.

Se incorporaron y acertaron a distinguir el carro de Ángel junto a DeLoyd y una treintena de guerreros indios recorriendo el pueblo al acecho de los bandidos que, disparando en vano, intentaban batirse en retirada. En el segundo punto más elevado del pueblo, el reverendo y la viuda del desierto movían los brazos enérgicamente, bajo la campana, pidiendo ayuda. Un poco más cerca, frente al saloon, el cuerpo del Dr. Well yacía inerte, mientras un desorientado Bison caminaba torpemente con la mano en la espalda. Más allá, en la herrería, alguno de los presentes parecía haber sido herido.

Jonowl respiró hondo y tragó cuatro o cinco veces hasta aliviar la sequedad extrema de su garganta.


-Tabitha, dime cómo puedo hacer un apaño con esta herida y en seguida me reúno contigo. Me temo que necesitan tu ayuda.