lunes, 23 de junio de 2014

Planes truncados

Desde lo alto del desfiladero, con el implacable sol del mediodía a su espalda, hinca una rodilla en el suelo, despliega la mirilla, calcula la distancia, el viento y analiza la huida desesperada de sus víctimas. Toma una buena bocanada de aire, tontea un par de veces con el gatillo, hasta que se decide a liberar la primera de las balas que, con las debidas correcciones, darán con la carne y la sangre.

-¡Joder Blackwell, era pan comido, no?

Dos balas mordieron las huellas del sheriff y el cazarrecompensas, otra rozó uno de los sombreros y una cuarta encontró la paz astillada en un árbol del bosque en el que se lanzaron buscando cobertura.

-Se suponía que Frank era el único que se escondía en la cabaña. El resto de los Sellman estaban al otro lado de la frontera.

-Tú lo has dicho, estaban. Porque allí dentro había dos tipos con él, que por suerte no dispararán más; pero nadie esperaba al gordo ese que abrió de una patada la puerta del cagadero y se acercó con los tirantes por el suelo, vaciando el enjambre de su escopeta.

-Ese es William, el mayor.

-Me da igual si se llama William o Betty, lo que me jode es haber tenido que salir corriendo para evitar que nos dejara la cabeza como un colador.

-La información era buena, no sé qué ha podido pasar. De todas formas ya estamos seguros.

-Nos falta el muerto. Lo dejamos caer cuando el tipo ese de ahí arriba empezó a soltar plomo.

-Venga Jimmy, no estarás pensando en volver, ¿verdad?

-One...

-De acuerdo, One, es una locura salir ahí otra vez. El del rifle es Sam Sellman, ya podemos dar gracias de haber llegado vivos hasta aquí.

-¡Mierda, Blackwell, no pienso irme sin mi recompensa!

-Adelante entonces, sé el primero en salir.

One observó el camino del desfiladero: bien iluminado, árido, con apenas algunas rocas ofreciendo una triste cobertura y, allá, implacablemente lejos, descansaba, burlón, el cadáver de Frank Sellman. Miró hacia arriba y solo apreció el golpe del sol, pero sabía que el maldito Sam aun estaba allí, apostado como un halcón, asegurándose de que nadie tocara los restos de su hermano.

-Blackwelll... algún día, no sé cuándo, pero algún día me vas a pagar todas y cada una de estas empresas fallidas.

-Hoy no ha sido un buen día, vamos al pueblo; pasas a ver que tal está Lily y acabamos la jornada en el saloon. Lo verás todo más claro con algo de alcohol en el cuerpo.

-En cuanto al precio de nuestras cabezas...

-Estoy en ello, estas cosas llevan su procedimiento, es solo cuestión de tiempo. Anda vámonos, deja que Sellman se quede con la carroña; nosotros a otra cosa.

lunes, 16 de junio de 2014

Puntos de vista

Tres sillas en el porche, haciendo equilibrios; tres pares de botas, posadas en la barandilla. Miran hacia el saloon, entre hilos de humo y aroma de café recién hecho, cuando llega el alba. Desde allí se escucha una puerta, el crujido de la pasarela y la puerta de la segunda torre del saloon. Las sillas se incorporan, las botas toman tierra y todos esperan con ganas lo que ha de venir.

-Buenos días caballeros, ¿cómo tan temprano hoy?

-Shhh! Venga aquí, que va a salir ya.

DeLoyd subió al entarimado de la oficina del sheriff y se acercó a sus vecinos, aceptando una taza de café.

-Salir, ¿quién?

-Vino anteayer, en la diligencia. Ayer a primera hora de la mañana, cuando fui a despertar al par de borrachuzos que encerré la noche anterior, lo vi ahí mismo.

El sheriff señaló la puerta del saloon. Esta se abrió con cuidado y dejó salir a un señorito del este con calzado brillante, pantalones cortos de buena tela y camiseta interior de tirantes. Empezó a realizar movimientos extraños, similares a los contorsionistas que actúan en los circos.

-¿Por qué va así vestido, le han robado?

-No, no; ayer pensé lo mismo, pero antes de que fuera a preguntarle, comenzó a hacer todas esas posturas extrañas.

El hombre continuó con sus movimientos y, antes de que pudieran acertar a comprender la naturaleza de tan extraña conducta, se inclinó ligeramente hacia adelante, movió un pie y comenzó a correr.

-¿Pero adónde va?, ¿de qué huye?

Las seis manos apretaron incrédulas la barandilla. El sheriff sonrió, dio un trago del amargo café y esperó hasta que el hombre desapareciera en el horizonte.

-Ayer estuve tentado de seguirle pero esperé a que regresara, eso sí, tardó un buen rato. Al volver no pude aguantarlo más, le pregunté que adónde había ido y me respondió que a dar una vuelta.

-Pues que alquile uno de los caballos de Ángel, lo he visto comer y beber y os aseguro que no le falta dinero.

-Eso mismo pensé yo; pero, esperaos a que regrese...

El hombre dejó el pueblo atrás. Fue acelerando; todo cuanto tenía alrededor se iba difuminando hasta perder toda relevancia; ni sonidos, ni imágenes, solo el punto recto que marcaba su ruta. Siguió equilibrando el paso, buscando la armonía del cuerpo y llegó al momento esperado: el punto fluido en que los pies apenas tocan el suelo y el hombre descubre que es posible volar. A partir de entonces todo camino se espera infinito, que el parar sea cosa del individuo, no del medio. Y siguió devorando a zancadas el polvo frío; un ínfimo punto cruzando el océano de arena, observado por los gigantescos leviatanes de roca. Fue entonces cuando llegó la lucha, la terrible barrera de dolor y cansancio; el desespero, la necesidad de extinguir el esfuerzo. Mas siguió adelante, dejó al cuerpo que abandonara y fuera la mente quien tomara las riendas; un poco más, rompiendo umbrales, hasta volver a casa.

-¡Lo veis, por ahí viene!

-¿Ha estado todo este rato corriendo? Pero... para qué demonios...

-Esperad, esperad.

Tomó tierra, ralentizó el paso de forma progresiva, hasta acabar caminando con los brazos en jarra y la mirada fija en el suelo, buscando el resuello. Llegaron las punzadas, el calor y el latido de un corazón que todavía quería más. Siguió andando, expulsando las sensaciones en muecas de sufrimiento.

-¿Qué hay que esperar? Este hombre está hecho polvo.

-Esperad...

Llegó a la puerta del saloon, con el ritmo calmado y un color más cercano al tono habitual. Notó la brisa y alzó el rostro para aprovechar cada rastro de frescor matutino. Antes de entrar, sintió la presencia de los lugareños que miraban sorprendidos. Se giró y alzó su mano para saludarles; fresco, ligero, tranquilo, lleno de energía.

-¡Buenos días, caballeros, una mañana espléndida! Señor Bison, ¿sería posible tomar uno de sus magníficos desayunos?

-La madre que lo parió... -masculló el cocinero-. Cómo no, señor, queda carne asada de anoche, un poco de pan y algo de café recién hecho.

-Perfecto, estará bien para empezar.

lunes, 9 de junio de 2014

Viejos nombres

Dos cercos de alcohol sobre la madera gris de una vieja barra frente a un espejo nublado y botellas cubiertas de polvo. Nadie hay al otro lado, nadie con trapo en el hombro, limpiando vasos; nadie que rompa el endemoniado silencio. Da un trago y busca, en el deforme reflejo de la entrada, la ruptura de la eternidad. Solo ve la brasa ardiente y el humo ante la figura distorsionada de su compañero.

-Blackwell, explícame otra vez por qué vas a llevarte una parte. Por qué tienes que cobrar por esa cabeza que conseguí arriesgando mi vida y la de Lily, vidas que tú diste por perdidas cuando nos abandonaste.

No le miró, se limitó a dar una calada, aguantar el humo y vaciar el vaso de un trago. Meditó el caldo antes de tragar y echar el humo reposado, traslúcido.

-Dejando a un lado que nadie me comentara lo de la dinamita, que la situación era como para no aceptar apuestas y que si sigo trabajando en esto es porque me importa una mierda lo que le pase al resto; sencillamente soy el único de los tres que conocía este sitio. Sabes que Lily no habría aguantado hasta el pueblo más próximo.

Jimmy asintió, involuntario, y siguió callado, atento ante el mínimo ruido proveniente de la pequeña caseta de la entrada del pueblo.

-No te preocupes, Doc es un buen tipo, sabe lo que se hace.

-Es un viejo, borracho y medio ciego. Sabes que depende de él que puedas cobrar algo; si Lily acaba muerta o tullida, este pueblo será tu tumba.

-¡Qué demonios! Well será un bastardo, un estafador que fingió ser médico para librarse del frente, pero no todo el mundo elige cómo empezar su carrera. Te aseguro que nadie habrá extraído tantas balas como él. No ve demasiado bien, de acuerdo, pero sabe arreglárselas con cualquier cosa y, en cuanto se templa con un par de tragos, tiene un pulso prodigioso. No será nadie allá en el este, entre trajeadas eminencias, pero aquí, entre el polvo y la mugre, supone la diferencia entre seguir adelante o morir. Por no mencionar que no hay quien trabaje con tanta discreción.

En el espejo las puertas se abrieron dejando ver a un viejo pequeño con anteojos, delantal sucio de polvo y sangre y un elegante traje, remendado hasta la saciedad. Se acercó a la barra con el puño derecho cerrado, tomó la botella y, mientras echaba un buen trago, dejó caer los plomos en el vaso de Jimmy.

-Una chica fuerte, hijo, no todos aguantan tanto; sobrevivirá. Tendríais buenos hijos, aunque lo del pelo blanco... en fin; los honorarios tal y como quedamos.

-Doc, ¿qué fue de la chica a la que engañaste para que se quedara?

-Salió buena, así que se marchó. A estas alturas dará por muerto al pobre doctor que le enseñó todo cuanto sabía en los últimos y agónicos días de su vida. En cuanto a mí, pensé haberme librado de todo esto, pero, ya me conoces, una vez me bebí todo lo que le saqué a la pobre, no tuve más remedio que volver.

-Siempre igual... ¿y si pasa por aquí alguna vez?

-Nadie vuelve, Blackwell; solo vosotros y los de vuestra calaña. ¡Brindo por eso!

Jimmy dejó a los viejos amigos y se dirigió hacia la puerta, ansioso por ver cómo se encontraba su compañera.

-¡Eh chico! Da los buenos días de mi parte a la señorita, pero no tengáis prisa en marcharos, aun hay otro motivo por el que te hago falta. Necesitas a un representante de la ley para cobrar las recompensas con tu nuevo nombre; evita lo de Jimmy y dentro de poco nadie recordará tu pasado.

-Entendido, Blackwell, trabajaremos juntos un tiempo. En cuanto al nombre, One irá bien.

-¿One? He oído nombres raros, gentes de todos los malditos rincones del mundo, hasta una vez traté a un tal Pirot, Piortor, Piriotr... un ruso enorme que perdió la mano tras parar él solo un carro; pero One... ¿qué tipo de nombre es ese?

-Sí, viejo, One; un conocido se llamaba así.

lunes, 2 de junio de 2014

Cercados

Queda el último ahogo diurno, la palidez necesaria para distinguir las figuras; siluetas borrosas que se acercan amenazantes a través de la planicie. 
Ya no es tiempo de sutilezas; caminan erguidos, ligeramente inclinados, exclaman con pólvora y fuego la sed de sangre de la manada depredadora al detectar el olor ferroso de la pieza herida.

-Son siete, corren desde la colina y se ve algo por el desfiladero, demasiado lejos para apostar. ¿Los tienes?

-Visto.

Jimmy acercó el arma a la mejilla, guiñó el ojo y dobló el dedo índice; recibió el consuelo del estruendo y el empujón del rifle, al enviar el proyectil a cortar aire, describiendo la danza del alma del cañón, hasta perforar el fémur de uno de los atacantes. Casi juraría haber oído el chasquido instantes antes del grito desgarrado y alguna muestra de consuelo, escueta y pasajera.

-Muy bien, chico. Sin fallar y son nuestros.

Las balas entraban por las ventanas y los huecos, atravesaban las tablas y rebotaban dentro de la estancia hasta morir en el suelo chafadas y deformes. Lily seguía tumbada concentrada en mitigar el dolor de las heridas, mientras los dos tiradores ignoraban la lluvia de plomo a fin de detener la amenaza.

El sheriff se asomaba por la ventana, amartillaba el arma y esperaba el punto exacto en que desaparece la duda. No le importaba darles unos pasos de ventaja si los paraba de golpe; cabeza y pecho, pagando con plomo el silencio.

-Disparan bien, ¿eh Blackwell? Con estos te las tendrías que haber visto antes de venir a por nosotros. Ahora mismo seguiríamos en aquel saloon, curando la resaca con un trago más.

-No estas hecho para eso, Jimmy. Esos sitios engullen dinero, diversión a cambio de dólares. Ganas tres y dejas diez, ¿cuánto crees que te hubiera durado lo del último golpe? Ninguno se retira, a no ser que cambie de bando; es como beber con un tiro en las tripas.

Jimmy disparaba con la rapidez que dan el ansia y el exceso de confianza: disparo en el camino,  tira de palanca; bala perdida, casquillo al aire; otro blanco caído y vuelta a empezar.

Tres quedaban en pie; desviaron su carrera, alejándose del rancho hasta distancia segura y se quedaron a la espera.

-¿Qué demonios hacen ahí quietos?

-Creo que esperan a eso...

La salida del desfiladero apenas podía distinguirse por el coágulo de polvo terroso que se alzaba como un huracán del que surgía un fino cordón oscuro de jinetes embozados.

-Como poco son una docena y vienen con ganas. Ese sombrero... Cob va con ellos. ¿Dijiste que era para ti, no sheriff?

-Puedo esperar a cobrarme la pieza. Casi que sería un buen momento para salir de aquí.

-¿Estas loco? No puedo ir a galope tendido con Lily hasta el próximo pueblo; no lo soportaría.

-Lo sé, pero no hay mucho donde elegir; o cae uno, o caen tres. Si quieres dedicarte a esto, debes aprender a elegir.

-De acuerdo, elijo el infierno.

-No seas idiota, respira un segundo y piensa lo que estás diciendo. Cualquiera en su sano juicio picaría espuelas y no pararía hasta el próximo antro donde beber y hundir las penas en carne.

-Eso me reconforta.

Blackwell no perdió más tiempo, abandonó su puesto en la ventana, subió al caballo y cabalgó al lado contrario de donde venía aquella jauría infernal. Quiso dar media vuelta, pero la certeza de la muerte seguía congelada en su nuca.

Jimmy calculó el tiempo, miró a Lily y rebuscó por la cabaña. Ancló los rifles, a fin de que siguieran apuntando al enemigo, y ató un par de cuerdas a los gatillos.

-Lily, ¿donde está tu bolso?

La voz de ella manaba brumosa: a veces con cuerpo, a veces etérea. Abría los ojos esforzándose por extender el brazo y señaló un oscuro rincón.

-Bien, ahora escúchame, esto es importante -hablaba con el temblor de ojos empañados-. Sé que duele, pero ahora voy a coger tu brazo, lo voy a pasar por encima de mi hombro y vamos a salir por la puerta de atrás.

Ella abrió aun más los ojos e intentó negarse con todas sus fuerzas, mas dos punzadas de carne abierta le callaron como una patada en la boca.

-Vamos niña, solo hasta esas rocas de allí, ¿las ves? Están muy cerca, ¿a que sí? Solo unos pasos,  los justos para protegernos antes de que se desate la tormenta. Porque va a caer una buena, ¿sabes? Va a tronar como nunca.

Ella le miró a los ojos y comprendió; sonrió jugando a creer lo imposible. Vio a Jimmy alejarse y aprovechó el tiempo para recuperar fuerzas; centró toda su atención en aquellas heridas, cerrando un cerco en torno a ellas, apretándolo cuanto pudo hasta ahogar la sensación. Extendió su brazo hacia Jimmy y se incorporó; él la sostenía con fuerza, pero notaba cada terrible paso, como si el costado fuera a rasgarse dejando más dolor al aire, y aun así siguió hacia las rocas. Pensó que nada perdía, que de nada serviría el dolor si no llegaba. Así que pisó fuerte, una y otra vez; acelerando el paso, desdeñando heridas, hasta que, justo al llegar a las rocas, pudo desplomarse y ver a Jimmy tirar de las cuerdas haciendo sonar por última vez los rifles. 

Poco tiempo después, el suficiente para que los jinetes se acercaran, escuchó como si el mismo cielo se partiera en dos con un tremendo estruendo; la casa saltó por los aires enviando trozos de madera y metal, arrasando todo cuanto estuviera a su alcance.

Los siguiente que recordó fue a Jimmy, regresando de aquella masacre, con un saco empapado en sangre, dos caballos y una camilla improvisada.

-Lily, se acabó. Nos vamos.

lunes, 26 de mayo de 2014

Primera caza

Tres figuras recortadas en el horizonte; negro sobre el naranja de un sol ahogado. Pezuñas sobre polvo, pesada caída y alzada leve, algún que otro resoplido y vista fija a pocos metros del hocico; concentrados en el camino, evitando la distancia que queda, hasta que la impaciencia levanta los ojos y adivina entre el calor borroso, las formas lejanas de un rancho escupido en medio de la nada.

Cruzaron un desfiladero, alto y descarnado, con el sol iluminando sus bordes y bañando una de las paredes. Salieron de nuevo a la extensa llanura, dejando a un lado una colina de rocas grisáceas arañada de grandes arbustos, hasta poder ver claramente el edificio desvencijado.

-Ahí lo tienen, señores: el hotel del señor Jules K. Davis.

-¿Cómo estás tan seguro, Blackwell?

-El bueno de Cob fue quien me lo dijo.

-¿Cob?, ¿Cob “el limpio”? ¿Cómo has conseguido convencerle?, ese no vendría sin sacar tres cuartas partes del botín.

-Ya, pero no vendrá.

Jimmy miró a Lily negando levemente con la cabeza. Ella torció en un suspiro la amarga pregunta y miró con extrañeza aquel hombre elegante de rostro amigable, pelo negro y ojos claros que lucía una estrella en el pecho con cierto brillo burlón.

-¿Sea como sea; cuál es el plan?

-Lo clásico, Jimmy. Acercarnos, pedirle que se entregue y si se niega, conseguir el precio del cadáver.

-Bien, pues que sea la ley quien se acerque. Nosotros te cubriremos desde afuera.

-En verdad preferiría que uno de los dos viniera conmigo; no quisiera que la tentación os haga fallar.

-De acuerdo, Lily se quedará tras esas rocas; yo iré contigo.

-¿Que tal maneja el rifle señorita?

-Yo de ti no me separaría mucho de Jimmy...

Blackwell se llevó la mano al sombrero y sonrió levemente. Segundos después, la nube de polvo llegaba al cercado del rancho.

Los dos postes de la entrada, a duras penas sostenían un cartel ilegible y los restos quebrados de la calavera de una res. Frente al terreno reseco, se alzaba el eco escuálido de la antigua hacienda. El techo estaba medio hundido y las contraventanas, rotas, mostraban el fantasma del viento entre cortinas rasgadas, acompañado por el golpeteo rítmico de tablones sueltos.

Blackwell alejó las manos del cinto, con los dedos bien enhiestos, mientras con el pulgar derecho mantenía oculta la insignificancia de una palmpistol. Hizo un ademán a Jimmy y comenzaron a caminar con paso decidido hacia la puerta principal.

-¡Jules! ¡Jules K. Davis! ¡Soy el sheriff Blackwell,vengo desarmado!

No se escuchó el más mínimo ruido. Siguieron caminando con paso firme, manteniendo el porte, sin apresurarse.

-Oye Blackwell, -susurró Jimmy sin dejar de mirar hacia adelante- ¿Qué le hiciste a Cob?

-Los golpes adecuados hacen hablar a cualquiera. Nada macabro, firme al golpear y generoso al agradecer la colaboración.

-¿Está muerto?

-Se portó bien. Me costó hacerme a la idea de pegarle un tiro, así que lo dejé a lomos de su caballo con una soga en el cuello.

-¿Lo dejaste vivo? ¿A Cob!

-En medio de la nada, maniatado; vivo, lo que se dice vivo... no diría tanto.

-Hace falta mucho más para acabar con él. Cob conoce a gente hasta en el último rincón de este mundo, seguro que lo soltaron... sabía adónde ibas. Olvídate de Jules, él no está en esa casa; hay que salir de aquí.

El primer disparo restalló de entre las rocas grisáceas de la colina; el humo aun se alzaba entre los arbustos cuando un rifle cercano envió su respuesta.

-¡Lily! ¡Joder Blackwell, nos has metido en una ratonera!

Jimmy montó y se dirigió hacia las rocas donde su compañera respondía al fuego enemigo. Mas al salir del cercado las balas mordieron el suelo y rasparon la piel de su montura; no pudo sino mantener la distancia y disparar desde allí.

Lily accionaba la palanca por inercia, enviando casquillos al viento, aligerando la tensión del gatillo continuamente; esforzada al máximo en exorcizar nervio y mantener el ritmo sencillo: cargar, apuntar y disparar, mientras las balas estallaban contra la roca a pocos centímetros de su cabeza. Siguió así unos instantes eternos, notando cómo se acumulaba el calor en el arma hasta que finalmente algo se fundió dentro.

Desde el otro lado, no tardaron en descubrir que su principal amenaza había desaparecido. Los disparos de Jimmy, demasiado lejanos, apenas seguían la dirección adecuada. Envalentonados, salieron de su escondite y fueron a por su presa.

Lily, cogió las riendas del caballo, subió de un salto, como nunca antes había hecho, y, recostada hasta besar las crines, comenzó a galopar como si toda su vida la empujara. Notó el cráneo latiendo y la alegría inmensa del nervio liberado, un aullido desbordante surgió de su garganta mientras las balas silbaban a su alrededor. Engullía la distancia con la misma facilidad con que un puma rasga la carne de sus víctimas, sabiendo en todo momento que si quería, daría la vuelta al mundo, sin que nada ni nadie pudiera detenerla. Hubiera jurado que los disparos rozaron su pelo, que alguna bala dio en sus ropas y que los gritos de sus perseguidores evidenciaban la impotencia del depredador agotado. Y así llegó hasta donde estaba Jimmy y continuó adelante, hacia el cercado, cuando adivinó en su mirada que algo iba mal y, al sentirse segura, el nervio aflojó las cuerdas de su marioneta, dejándola en el suelo atenazada por un inmenso dolor.

-¡Jimmy, cógela! ¡Vamos adentro!

Jimmy solo acertaba a ver sangre. Como pudo, comenzó a envolverla en su propio vestido.

-¡Blackwell, si ella no sale de esta, tú tampoco! ¿Me oyes?

-¡Joder, date prisa o no lo contaremos ninguno!

Jimmy la cogió en brazos y corrió a toda prisa hacia la casa. Blackwell les esperaba junto a la puerta, enviando plomo hacia los carroñeros que se acercaban.

-Seis, puede que siete... y desde el risco vienen más... Déjala ahora Jimmy; o los paramos o se acabó.

Consiguió ver el origen de las dos heridas. Ató como pudo un pedazo de tela, bien prieto, la dejó tumbada sobre un montón de heno y se acercó hacia una de las ventanas.

-De acuerdo Blackwell, o nosotros o ellos.

-Una bala, un tipo. Cob es mío.

lunes, 19 de mayo de 2014

Al otro lado de la soga

La tormenta ha cesado. Un hombre retiene en su cuerpo la mueca inútil de aferrarse a una mesa ya tumbada, otro derrama la mitad superior de su cuerpo sobre la barra con los brazos a merced de la gravedad, mientras un último descansa en el suelo. Un poco más allá, tras la barandilla, a mitad de la escalera, dos cuerpos yacen semidesnudos, entre ropas y botellas, sin retomar la guerra que no consiguieron acabar.

Pestañeó varias veces, pero el embotamiento seguía anclado a su cabeza. Miró a Jimmy y sonrió hasta que el latir del cráneo le devolvió a la borrosa realidad. Apartó con los pies las botellas hasta dar con los zapatos; bajó la falda y abrochó la blusa.

-Jimmy... Jimmy, despierta. Se ha hecho demasiado tarde.

Jimmy abrió los ojos e intentó levantarse hasta que un fuerte mareo le convenció de esperar. Aún tenía una botella en la mano y el regusto acartonado en la garganta, cuando una voz conocida irrumpió en el saloon desde afuera.

-¡Jimmy! ¡Soy el sheriff Blackwell; voy a entrar!

-Sheri... -intentó responderle pero el estruendo interno de su cabeza le obligó a guardar silencio.

-No voy solo, Jimmy: me acompañan Charlie, Fred y el viejo Dave. No hagas tonterías, esta vez solo se trata de hablar.

Jimmy se giró para echar un vistazo a Lily, pero esta ya se había incorporado y se dirigía hacia una de las habitaciones. Él se limitó a subirse los pantalones y buscar a tientas el revólver, mientras vigilaba a través de la barandilla.

-Igual que en Daisytown, Blackwell, allí también hablamos... de 38s y 44s. Ya me conozco tus pactos.

Desde afuera, el sheriff hizo señas a sus ayudantes: dos vigilarían tras las ventanas y el viejo Dave se mantendría a distancia con el rifle afilado como un ángel guardián.

-Esta vez es distinto, Jimmy; entro.

Apartó la puerta con ambas manos; el chirrido acompañó al primer paso y uno de los cuerpos abrió los ojos. El sheriff levantó las manos mostrando el chaleco negro con motivos en plata y el cinturón vacío.

-Voy desarmado, caballeros.

Los muertos vivientes desterraron el alcohol y buscaron el arma para acabar con el cabrón que los había ido cazando durante años.

Charlie y Fred hicieron su trabajo tras las ventanas. El del suelo cayó antes de poder empuñar el revólver; el de la mesa consiguió enviar una bala un par de metros más allá del blanco, antes de que dos proyectiles atravesasen su pecho; el tipo de la barra se incorporó todo lo rápido que pudo justo antes de que los nudillos del sheriff le devolvieran a su posición inicial. Jimmy dio con el revólver y se dispuso a cargarlo.

-Quieto Jimmy, ni lo intentes. El viejo Dave está apuntándote; ya sabes como se las gasta.

Jimmy dejó a un lado el revólver, lo suficientemente cerca como para cogerlo en caso de que no hubiera otra salida.

-Así que los hermanos Crabbs; ya veo que sabes rodearte de lo peor de...

No pudo acabar la frase, dos chasquidos le obligaron a mirar escaleras arriba, hacia una de las habitaciones desde donde Lily apuntaba con el cañón doble de una escopeta.

-Hola Blackwell, dos a dos. Si Dave roza el gatillo, ten por seguro que me romperé el hombro para volarte esa cabezota.

-¡Lilly! A estas alturas te hacía viviendo entre mesas de juego, perdida en el opio y aguantando las fofas embestidas de algún viejo ricachón. Siempre te gustó la buena vida.

-Sigue así y 12 postas en tu boca solucionarán más de un problema.

-De acuerdo chicos. Vosotros ganáis, puedo dar media vuelta e irme por donde he venido, pero no olvidéis que nosotros somos cuatro y no tenéis salida. Lo más inteligente será que hablemos de una vez.

-¡Habla entonces, maldito estirado, antes de que la resaca me haga vomitar!

-Tranquilo, no hay demasiado que decir. ¿Recuerdas a Jules K. Davis, el que os la jugó en aquel tren? Ha ganado cierta fama y a día de hoy no hay nadie que quiera ir tras él.

Blackwell le acercó un papel con el retrato de un tipo de rostro afilado, ojos grandes saltones y mirada inquieta que estremecía tan solo con verla.

-Buen trabajo el del ilustrador. Y una locura ir tras Jules.

-No irás solo, yo te acompañaré, cincuenta por ciento de lo que saquemos; puedes llevar a tu mujer contigo.

-Iré adonde y con quien me plazca, Blackwell; y no necesito el permiso de nadie. Si voy, quiero mi parte, exactamente igual a la vuestra.

-Cualquiera contradice a tan delicada señorita, escopeta en mano. ¿Qué dices, Jimmy, seremos tres?

-Cada vez que te veo, me arrepiento... Sea, Blackwell, es difícil decir que no a tantos ceros.

-Decidido, “compañeros”, daos un baño y arreglaos un poco; salimos en una hora.

lunes, 5 de mayo de 2014

Decisiones

Un caballo recupera el resuello junto al saloon, calma su sed rompiendo el espejo líquido del abrevadero, ignorando las voces fraguadas en el interior del local. Preguntas, respuestas, asentimientos y negaciones; tonos ariscos, desesperanzados, vengativos, tranquilizadores y quebradizos; dudas, en definitiva, rebotando alocadamente entre techo y paredes, con la esperanza de encontrar el acuerdo.

-...¿Pactar con esos salvajes? ¿Nos hemos vuelto locos o qué?

-Os lo cuento tal y como lo he visto. Viven en un campamento, alimentándose de lo que cazan y recolectan, nada de pueblos ni ciudades. Es la mejor forma de mantener ese agua fuera del alcance de la civilización.

-Amigos, parece que el señor Edgar tiene razón. Si algún otro erigiera una ciudad allí, sería una amenaza para nuestros intereses. Dejémosles, pues, vivir como salvajes si eso es lo que quieren y que siga oculto ese grial.

-¡No sabéis lo que decís! ¿Ya nadie recuerda lo que significa pactar con una tribu india? Se trata de hablar con su jefe, ni más ni menos; cuando este cambie, nadie podrá asegurar que cumplan su palabra.

-Mirad, yo solo os digo que esa gente vive al margen. Más nos vale tener esos vecinos que no otros llegados de las ciudades. Pensad cuando las diligencias cargadas sean algo común, en la sucia lucha que despertará la gente con dinero; ¿no os resulta familiar? ¿no es alejándoos de eso por lo que vinisteis al fin del mundo?

-¡Y yo digo que solo aceptaré un trato con esos indios cuando toda la maldita tribu haya perdido uno de sus brazos!

-Ángel, entiendo tu posición, pero no creas que será mejor pactar con los otros. Puede parecer que los acuerdos con aquellos sean más duraderos, por la seguridad que ofrece el papel escrito, pero en verdad nada harán por ti, ni agradecerán tu ayuda cuando el tiempo y las necesidades vuelvan egoísta su memoria. Recuerda por qué llegaste y no lo olvides, es la única manera de no reproducir aquello que abandonaste.

-Aunque lo olvidara todo, aunque fingiera ignorar los golpes en mi brazo, ¿qué pasará cuando los viajeros hablen? ¿No esperaréis que no cuenten lo que les ha pasado, no? Entonces tendremos aquí a una partida de voluntarios con más ganas de apretar gatillo que de comprender estrategias. Y si la cosa se pone fea, ya podemos ir pensando dónde alojar al ejército cuando llegue; ahí sí que se acabarán los indios y nosotros mismos si no nos apartamos a tiempo.

-Nadie sabe de la existencia de la tribu y así debe seguir siendo. Al fin y al cabo solo se trata del ataque fortuito de cierto grupo rebelde escapado de una reserva; apenas seis o siete individuos que huían hacia el sur con más rabia que probabilidades de éxito. De nosotros depende que continúe todo igual.

DeLoyd soltó las últimas palabras y quedó en silencio, sorprendido en parte por cómo había cambiado todo desde que comenzaran esa alocada empresa; cada vez veía más distantes aquellos hombres trajeados que, heridos por su forma de vida, invocaban la paz en ropas elegantes, casas ordenadas al detalle y  accesorios lujosos atesorados con alma de urraca.  Se acordó de Jeb, el progenitor, y sonrió al advertir cierta intención en todo aquello; “al final va a resultar que el idiota sabía lo que se hacía” se dijo para sí mismo.

El resto mantuvo el silencio, asimilando cuanto se había dicho; parecía no haber mejor salida que la expuesta. Y todas las miradas se dirigieron hacia Ángel, quien pasaba, pensativo, su mano por el muñón de su brazo derecho; sabían que nadie tenía más razones que él para negarse.

-Bien, si todos estáis de acuerdo, así se hará. Pero como haya un solo ataque, como vea una sola flecha volar hacia mi diligencia, yo mismo pienso prender fuego a toda la maldita tribu y os quiero ver a mi lado. Así que, Edgar, dile a esos pieles rojas que se estén quietecitos, que nadie tocará su pueblo.