martes, 27 de enero de 2015

Propuestas

Los cristales de las ventanas, empañados por el frío, filtran la luz de lámparas y candiles. Dentro, calor metálico, olor a leña y ojos expectantes. Es la segunda vez que se llena la atalaya. Casi todas las cabezas están sentadas a la misma mesa. Hoy, el hombre de traje blanco apenas habla, pues es Edgar quien tiene algo que decir. Hoy, más que nunca es necesaria la opinión de todos, pues se trata de escuchar y decidir.

-De acuerdo señores, lo explicaré de nuevo para que todos lo sepan de primera mano. Hará cosa de unos días, vino al banco un caballero del este. Un tipo bien vestido: de bombín, chaleco, traje caro y bastón; aunque sus andares dejaban bien claro que más tenía de Masterson que de señoritingo. 

Algunos de los presentes intercambiaron miradas, corroborando la descripción. Se generó un leve murmullo de ideas encontradas apuntalado por el seco raspar desdeñoso del sheriff Nake, dejando bien claro su amor incondicional por tal individuo.

-El caso es que me preguntó que a qué hora cerrábamos para poder hablar con más calma y ese mismo día, justo antes de que dejara el banco, llamó a la puerta con cinco golpes secos del cabezal dorado de su bastón. Abrí y le invité a pasar al despacho. Siempre muy agradable en el trato y educado en las maneras, me comentó que tenía intención de utilizar nuestro banco para una serie de transacciones de sumas más que considerables, dejando dichas cantidades en depósito durante un largo espacio de tiempo. No llegamos a hablar de cifras, pero solo la inversión inicial, según dijo él, superaría con creces cualquier cantidad que pudiéramos tener ahora. Cuando quise informarle de la seguridad del banco, me dijo que no estaba interesado en esos menesteres, que el dinero estaría seguro allí, ya que no eran los bandidos quienes le preocupaban. Se calló durante un segundo, mirándome a los ojos y me dijo “¿quiere o no tener un banco?” y que, en caso de haber acuerdo,  tal dinero no debería existir, o, dicho de otra manera, que no debería haber constancia de él en ningún registro. Yo le indiqué que estaríamos encantados de ofrecerles nuestros servicios, pero en condiciones normales. Me contestó que, teniendo en cuenta que mi material de trabajo es el dinero, solo un idiota rechazaría una oferta así por una cuestión de matices. Le señalé el retrato de Jed y le dije que ese hombre, nuestro fundador, era eso mismo: un “idiota”, y que por lo tanto podíamos tomarnos la licencia de actuar de tal modo. Fue entonces cuando sonrió, completamente tranquilo, y dijo sencillamente que con eso había concluido la charla; tras lo cual, se marchó.

De nuevo sobrevino el revuelo, esta vez con más fuerza. Por el campo de batalla arremetían cuentas pendientes, posibilidades y comodidades; desde el otro bando cargaban desconfianzas, suspicacias y futuras deudas.

Edgar levantó ambas manos, buscando la atención y alzó un poco la voz.

-Lo sé. Algunos visteis con malos ojos la forma en que actué y así lo habéis transmitido. La pérdida de una oportunidad de oro. Pero he visto actuar a esa gente. Decirle que sí supone entrar a un juego de amos y esclavos; el alcalde los conoce bien. 

DeLoyd jugueteaba con el rostro augusto de su anillo y asintió pesadamente al recordar la alimaña que nacía en las entrañas de algunos chalecos y trajes elegantes, formada con la carne de desgraciados y la sangre de canallas y pobres deudores.

-Esas cantidades salen de robos y atracos, en el mejor de los casos. Y no me refiero a los cuatro infelices que se juegan el cuello por un puñado de dólares. Sino a las sumas conseguidas por infinidad de esclavos que, por pagar favores que les mantengan a flote, engrosan el capital de tipos como ese. Este pueblo es un dulce para ellos, alejado de todo, sin ferrocarril, tan insignificante que jamás llamaría la atención. El lugar perfecto para el cambio de dinero.

Las miradas se posaron sobre la mesa y las bocas quedaron selladas. Podía escucharse el chirrido de las mentes en bucles de reflexión. En un instante, grandes cantidades de dinero se amontonaban y esfumaban, analizando diferentes opciones. Una y otra vez, salieron a flote los inicios, el camino recorrido, las necesidades del presente y las esperanzas futuras. El qué y el cómo. Y si el fin justifica los medios o son estos quienes lo pervierten.

-Lo que le dije, dicho está. Cuando se marchó, solo me quedó una esperanza. Hombres de este tipo los hay de dos clases: los que una vez rechazada su propuesta dedican sus esfuerzos a buscar otro lugar y los que, bien por orgullo o desesperación, no dejan su presa hasta hacerse con ella. Pues bien, este pertenece al segundo grupo. Tengo aquí un mensaje traído por Ángel esta misma mañana; dice lo siguiente: 

“Apreciado señor E. Miller. Considero concluido el tiempo necesario para valorar mi propuesta. Acudiré en breve para conocer su parecer. Convendrá conmigo en que no existe mejor opción que el acuerdo. Atentamente, E. P. Moodley.”

-Llevo todo el día pensando cómo decirles esto. Pero, después de hablar con DeLoyd, esta parece la forma más adecuada. La situación en la que nos encontramos no es en absoluto agradable. Hay que decidir si aceptar la coacción, disfrutar del dinero y sufrir las exigencias futuras; o bien seguir actuando como idiotas, mantener el control de nuestro pueblo, rechazar su propuesta y estar atentos ante su próximo movimiento. No os engañaré, hablamos de cantidades importantes que no existirán legalmente pero de las que sí que podríamos hacer uso y abuso, entre otros, con la misma gente que el señor Moodley traiga. El mismo uso y abuso que podrán hacer con nosotros llegado el momento en que sea necesario. Mi opinión ya saben cual es, pero acarreará consecuencias. Ahora el momento de decidir es el suyo.

lunes, 19 de enero de 2015

Condenas


La luz anaranjada del sol ilumina la casa de adobe, el pequeño cerco blanquecino que la rodea, su puerta y sus ventanas; tras las esquinas, la oscuridad azulada oculta la cal y emborrona tierra, hierbajos y cactus. Tres figuras apostadas a tiro de rifle de la entrada, parapetados tras un par de rocas y un carro cruzado. Silban los plomos, astillando madera, adobe y cal, en busca de carne, huesos y sangre.


El Dr. Well se asomó lo justo, situó la mirilla en una de las ventanas y comenzó a apuntar un poco más a la derecha, para compensar el viento. Antes de apretar el gatillo, otro estruendo sonó y la chistera voló por los aires.

-¡Magnífico disparo! ¿Han visto, casi me devuelve a la tierra?

Lily respondió al fuego, pero nada se escuchó; solo la estela de humo bailaba burlona, como único testigo de la presencia del tirador.

-¡Mierda! ¡No hace más que moverse! ¡No hay manera de darle!

Jimmy echó un vistazo a su alrededor. Salvo las rocas y el carro, no había otro parapeto hasta los treinta pasos que les distanciaban de un sagüero. Se puso en cuclillas, acercándose lo máximo posible al extremo del carro y calculó la carrera hasta el gran cactus; pero otro rifle rugió exigiéndole, entre esquirlas de roca, que mantuviera su posición.

-¡Maldición, doc! ¡Dijiste que estaría solo!

Well volvía con su chistera, pasando el dedo por el agujero que había dejado la bala, a pocos centímetros de donde solía estar su cabeza.

-Y está solo, joven Jimmy; al menos en parte.

Un par de proyectiles mordieron el carro; uno de ellos salió despedido hacia una de las rocas y pasó silbando entre los caballos, que seguían a cubierto tras la improvisada barricada. Estos comenzaron a relinchar y a moverse frenéticamente; Lily dejó un momento el rifle y acudió a calmarlos. 

-¿Y qué demonios quiere decir “en parte”?

Jimmy disparó casi por inercia: apretó el gatillo, accionó la palanca y, antes de que el casquillo tocara el suelo, volvió a enviar otra bala hacia el mismo destino. 

-Bueno, estaba casado con una mejicana; Luz se llamaba. Una muchacha muy agradable y servicial.

Otro disparo les obligó a agacharse instintivamente. Lily volvió a coger su rifle, lo cargó de nuevo y, tras asomarse ligeramente por uno de los lados del carro, esperó el siguiente fogonazo, antes de desvelar su posición.

-Pues, doc, parece que ha cambiado de mujer.

-Esto no tiene sentido. “El seco” no es hombre de bravadas gratuitas. Solo demuestra el valor cuando le es de alguna utilidad. A estas horas, hace tiempo que habría aprovechado la situación para huir, mientras el otro tirador nos mantiene a raya.

Jimmy resopló y tras negar levemente con la cabeza, apoyó la espalda contra la roca y miró al viejo doctor.

-¿Y si tienen algo que proteger? Algo demasiado pesado para huir...

El doctor abandonó la posición de disparo y, tras quitarse la chistera, se colocó al lado del futuro ayudante de sheriff.

-Eso es imposible. El resto de la banda se encuentra paseando en barca con Caronte o picando roca tras el desastre de hace poco más de un mes. Hágame caso, joven Jimmy, este caballero no ha tenido tiempo ni ganas de plantearse siquiera regresar a sus quehaceres.

-Pues entonces ya me dirás, doc; pero esto no tiene buena pinta. 

Lily, mantenía la vista clavada en la casa; el rifle cargado y el dedo rozando la guarda del gatillo.

-Bueno, cuando los señores quieran acabar su reunión, quizás podríamos decidir algo. Parece que han dejado de disparar, pero de momento soy la única que se juega el cuello.

Well puso sus manos a ambos lados de la boca, tomó aire y, sin moverse del sitio, habló con todas sus fuerzas.

-¡Pancho, amigo! ¡Soy yo, el Dr.Well!

Tras un leve silencio llegó una voz del otro lado.

-¡Hola, doctorcito! ¡Es fácil reconocer tus andares de zopilote y ese sombrero roñoso! ¿Que tal todo? ¿Algún agujero nuevo?

-¡De momento no hay ningún mal que debamos lamentar; salvo quizás cierto nerviosismo en las bestias por lo intenso de la tormenta! ¡No negaré que ha sido un comienzo divertido; pero, a qué viene tanto recelo, mi buen amigo?

-¡Sigues siendo una vieja chachalaca! ¡No es recelo, compadre, solo ganas de abrirte un agujero en las tripas! ¡Y vienen por el gringo que te acompaña y esa mujer de pelo blanco! ¡Las noticias vuelan!

-¡Eso facilita las cosas! ¡Le comentaba, aquí a mi amigo, lo extraño de su proceder; pensaba que haciendo uso de su más que legendaria astucia, Pancho “el seco” estaría ya lejos de aquí! ¡No obstante, me alegro de que haya decidido quedarse! ¡Más aun me alegraré cuando venga con nosotros!

Jimmy y Lily buscaban un reflejo, un movimiento, el más mínimo indicio de la situación de su presa; cuando una voz femenina brotó de la casa.

-¡No señores, Pancho no sale de aquí! ¡Ni va a huir, ni se va con ustedes!

El viejo doctor abrió los ojos sorprendido al reconocer la voz.

-¿Luz? ¿Es usted, señorita Luz?

-¡Señora Luz, don Well! ¡Mujer de Pancho Sarcos Piedra!

-¡Un placer señora Luz, lamento tener que decirle que su marido se encuentra en busca y captura! ¡Y que es nuestro deber entregarlo a la justicia!

-¿Y qué justicia es esa? ¡Porque mi marido no es más que un "pelao" lo bastante hombre como para hacerme 12 hijos, que se pasó los años buscando la forma de no parar por casa! ¡Pues eso se acabó, señores! ¡Les juro por la virgen que no van a llevárselo, porque pienso poner todas mis entrañas en cada una de las balas que vayan hacia allí! ¡Y tampoco va a huir, porque como intente abandonar esta casa, pienso dejarlo muerto aquí mismo! ¡Así que ustedes verán! ¡Si no les van a pagar por dos difuntos, dense media vuelta!

-¡Se ha explicado a la perfección, señora Luz!

Y sin decir nada más el doctor Well se incorporó, sacudió el polvo de sus ropas, se colocó la chistera y comenzó a preparar los caballos.

-Pero... ¿se puede saber que haces, doc?

-Ya la ha oído, Jimmy. Esa no va a ceder, cueste lo que cueste. Y no serán los muertos quienes le ofrezcan su nuevo trabajo. Necesitamos capturas, hombres vivos que demuestren que es capaz de arreglar las situaciones de un modo civilizado...

-¿Y ya está? ¿Les dejamos? ¿Así de fácil?

Lily soltó el rifle, miró a Jimmy, bajó la vista y comenzó a ayudar a Well.

-¿Tú también? ¡Venga ya, si son nuestros! ¡Es solo cuestión de tiempo!

-Señor One, no se trata de ganar, sino de capturarles. No lo convierta en algo personal, porque, a ese nivel allí solo veo un ladronzuelo y una pobre mujer con 12 bocas que alimentar. Comprendo la herida en su orgullo pero dejó atrás el tiempo de vivir matando. ¿De qué le sirven el hambre y la sangre que va a provocar? ¿Y la posible venganza de alguno de los hijos?, ¿o también piensa acabar con ellos? Vamos, amigo, sigamos nuestro camino y olvide este lugar, como si nunca hubiera estado en él. Y si no es capaz de hacerlo, y le sirve de consuelo, piense en la vida que le espera al pobre Pancho; pues le aseguro que tiene mucho que pagar entre esas cuatro paredes... Ah, si la hubiera visto hace años... preciosa y cálida Luz de la mañana, cuánto mal sufrido, ahora gélida y cegadora.

lunes, 12 de enero de 2015

Paganos


Un rayo hiere la inmensidad oscura, blanco vivo sobre negra bruma. Queda grabado en el cielo, el eco incandescente; borrado por el rugido del trueno, ronco, cavernoso y potente. La primera gota, exploradora, acelera su vuelo hasta que en su destino se estrella. Pronto le siguen las otras y, tras un instante, no existen rayos ni truenos, ni noche ni cielo, solo aguacero insistente que moja la ropa, cala los huesos  y nubla la mente.


No tardaron en perder el camino entre la cortina de agua y el fango. Los caballos obedecían las órdenes desafiando al ambiente; pronto notaron la duda en las riendas y comenzaron a caminar con recelo, temiendo en el próximo paso, el mal yaciente. 

No había otra opción salvo acudir en busca de lugar seguro. Fue Fred quien aguzando su vista, descubrió entre destellos y bramidos, los palos y pieles, enhiestos sobre una colina, de los tipis indios de la reserva.

Y hacia allá fueron, luchando contra ellos mismos, contra la tormenta y las fieras. Ocultando el rostro bajo el sombrero, usando una mano para calmar al animal, enrollando en la otra, fuertemente las riendas. 

Al llegar recibieron rostros tristes de caras largas y tiesas. El silencio amargo de quien ha perdido el cielo, el aire y la tierra. A ellos saludó el reverendo: humilde, respetuoso, agradecido y contento. En un vistazo reconoció su credo e hizo alusión a él con el tacto y distancia que todo blanco debe presentar para no levantar recelo. La respuesta no se hizo esperar y pronto tuvieron calor y mantas, un lecho donde descansar y cuenco frugal, más para calmar el ánimo que el estómago. Hablaron largo y tendido de los viejos tiempos, de bisontes en las praderas y pájaros en los cielos; de cuando “el pueblo” viajaba libre sin límites ni fronteras; ni precios ni medidas, adscritos al suelo.

Salieron al alba, desayunando ligero, pues no puede pedírsele mucho a quien poco le queda. Cabalgaban sin prisa bajo un cielo limpio, al abrigo de un sol naciente, inmersos en el aroma húmedo de hierbas y tierra.

-Jamás pensé, reverendo, que le escucharía hablar de espíritus y salvajes. Más bien esperaba cierta repudia y el anhelo de que un punto de claridad infundiera en sus mentes la revelación divina.

-Sabes muy bien, Fred, que no son sino caminos para un mismo fin. Creados para ser recorridos por gentes de una forma y carácter, un pensamiento y un sentir. Si bien el problema estriba a veces, en que no todos los habitantes de un mismo lugar responden por igual a esos criterios; en esta tierra existen multitud de credos para todos aquellos que buscan templanza, coraje y consuelo. No importa el credo si el seguidor lo cree; importa el acceso a la fuerza y el solaz que el creador otorga a su siervo. Te diré, si me apuras, que hasta los ateos acuden a una suerte de ímpetu, empuje o fuerza interior, un ánimo invocado para arremeter contra los escollos que expone la vida y, algo que te confieso me fascina, en dicha creencia la nada que queda al final ya no es vacío y amargura, sino que se convierte en el principal potenciador de la vida; pues la intensidad de la llama solo se valora al completo cuando esta se esfuma. Así pues, no tiene sentido acusar a quien de otro modo cree. Lo más sabio es hacer como los antiguos y preguntar “cual es tu fe” al que tu umbral atraviese.

-No sé, reverendo. Es cierto que a su lado he visto creencias habidas y por haber, con cambios más relacionados con cómo se organiza y quien manda a quien, que a relevancias etéreas; pero lo de los salvajes...

-Todas son diferentes, pero también afines. Ellos ven al creador en todas las cosas, ¿acaso esa idea no te es familiar?, ¿qué más da cómo lo llamen? Solo dos excepciones podría exponer. La primera es aquel a quien le resulta incómoda o increíble la fe que profesa, ya que difícilmente hallará en ella motivo de dicha. La segunda responde a aquellas creencias que niegan o anulan a una parte de sus seguidores, sea blanco, negro, amarillo, niño, anciano o mujer; ya que, aunque parezcan felices, nadie alcanza la dicha aceptando que el mal reside dentro de su ser. En algunas creencias son estos mismos estigmatizados quienes reproducen y defienden dichos valores; aunque parezca extraño es comprensible, ya que si ello no pasara al siguiente, ¿qué sentido tendría el sufrimiento vivido? no tendría provecho ni justificación, por lo que se enquista la culpa de lo aceptado, en lugar de provocar la búsqueda de libertad para el siguiente.

-Bueno, de acuerdo. Digamos, pues, que hablamos en sus términos y así estamos a buenas con ellos; porque del resto de cosas me pierdo. Pero hay algo que sigo sin entender lo mire por donde lo mire...

Zek seguía al paso, con las palabras de Fred rondando a su alrededor como moscas incapaces de alterar su rostro ausente, fijo entre el marrón y el azul anaranjado del horizonte.

-Te diría que la solución pasa por dejar que cada cual escoja su creencia, ya que si bien todo el mundo puede destacar en una tarea, solo en aquello que uno escoge libremente puede alcanzarse la excelencia. Y debe ofrecerse todo el tiempo que da la vida para tal decisión, ya que dar a escoger a alguien, en breves instantes, entre cambiar de vida o seguir con lo conocido, es apostar por lo segundo teniendo al miedo como as en la manga o valido.

-Si todo eso está muy bien. Respetamos a esa gente y su creencia y la forma en que ven el mundo. Les tratamos con agradecimiento y prudencia, ya que somos sus invitados, pero lo que de verdad quiero saber es a qué demonios venía tanta generosidad, lo que me atenaza las tripas y me remata es por qué que pensó que era buena idea darles el poco dinero que nos quedaba.

-Fred, amigo, debemos mucho a esa gente; todo ese vasto territorio de sus cuentos y leyendas es el suelo que ahora pisas; toda la caza que no pudieron darte, todas sus gestas perdidas, no son sino la cuna de nuestros éxitos, nuestra libertad y nuestras conquistas. También tiene algo de peso, por supuesto, que ese dinero llevaban observándolo desde el primer momento en que entré y vi claro en sus ojos que estaban ansiosos por aceptar el bello brillo del metal en lugar de la oscura sangre de nuestro cabello.

lunes, 5 de enero de 2015

Destinos

La madera cruje bajo el porche al balancearse la silla, acompañada por el golpeteo seco de una puntera; dos figuras permanecen calladas, armadas junto a la puerta. Frente a ellas, se expande amplio el verde pasto del rancho, con el cartel y los postes como único límite. A su espalda, la mansión cierra ventanas y puertas; dentro dos hombres, en torno a una mesa, hablan con el alma de sogas y sombras.

Buenas botas, chaleco rico, sombrero ancho adornado y porte distinguido; cuerpo robusto, pelo cano, ojos heridos por el recuerdo y rostro quebrado. Rozó el vaso de cristal fino y observó la mesa labrada, la botella obscenamente cara y el valioso metal que relucía en su mano.

-¿No hay alternativa, verdad?

Traje de parches, chaleco ajado, chistera moldeada por los años y porte abatido; cuerpo pequeño, pelo escaso, ojos llenos de vida y rostro avispado. Apoyó ambas manos en el borde de la mesa, recostándose en el respaldo de terciopelo verde, dejando que los pies colgaran ligeramente. Miró un segundo a su viejo amigo y suspiró.

-No. O vas con el tipo que espera ahí afuera, o será el sheriff Cougar quien te dé caza.

-¿Cómo se ha enterado?

-”El seco”.

Los dedos se cerraron con fuerza alrededor del vaso, aplastándose contra el cristal. El caldo tembló un poco, parecía apunto de despegar, pero se aflojó la presa y no llegó a alzar el vuelo.

-Me dio su palabra.

-Supongo que todos tenemos un precio. Estoy seguro que el suyo fue difícil de abordar.

-Podría defenderme.

-Si viene Cougar sabes que no habrá marcha atrás. Vendrá con gente y no querrá acabar rápido. Recuerda las cinco balas: pies, manos y estómago; hasta que la muerte te encuentre ahogado y cansado de tanto gritar. Aunque lo realmente terrible es que si te encuentra aquí, Alma y tus hijos también morirán. Nadie quiere llevarse eso a la tumba.

Resopló nervioso, con los ojos llenos de ira roja, apunto de verter la impotencia. Tosió un par de veces, hasta expulsar las espinas de la garganta y conseguir sacar la sombra de su propia voz.

-¡Maldito sea “el seco” y su precio!, demasiado bajo ha sido si alguien lo ha podido pagar. ¡Así se lo lleve el diablo!

-En eso sí puedo ayudarte. Dime dónde encontrarlo y me encargaré de que cuelgue de una soga antes de que llegue tu noche.

-Antes de nada, prométeme una cosa.

-Tranquilo, Alma no sabrá más de lo necesario y haré que le llegue todo el dinero de la recompensa. Tienes mi palabra.

Resoplo de nuevo, escupiendo el aliento. Miró a su alrededor: la lujosa mampostería, el gran caserón, el retrato de su familia y todo cuanto había construido tras una vida de pólvora, oro, sangre y violencia. Había conseguido engañar al destino, disipar su pasado y abrirse un camino nuevo; pero ahora aquel pequeño tipo venía a arrastrarle de nuevo al pozo, ofreciéndole el menor de dos males. Ahora, todo cuanto le rodeaba se le antojó lejano, etéreo; como si estuviera soñando la posibilidad de otro. Cogió con fuerza el vaso y vació el caldo de un trago; por primera vez en años, notó el vapor brumoso y los mil y un matices dulzones ocultos tras el calor, jugueteando chisposos en nariz y en boca, y en el fondo hondo del paladar.

-De acuerdo...

* * *
La puerta se abrió y dos manos se ofrecieron a Jimmy. Este ató con fuerza las muñecas y Lily condujo al preso, a punta de escopeta, hasta el carro. El Dr. Well salió después, serio de rostro, y se limitó a seguirle con la mirada.

-Ya tengo otro: Bill “el seco”, hacia el norte.

-Bien hecho, doc. Ya puedes echar un buen trago; por este dan más de lo que podrías beber en una semana.

Well seguía con la mirada fija en el carro, como si una parte de él estuviera dentro. Parecía más alto, más viejo y consumido, sin rastro de la jovialidad que le caracterizaba.

-No habrá dinero esta vez. Todo lo que cobremos debe llegar a su familia; a cambio os daré la mitad de mi parte del resto de las capturas. Y, Jimmy, hacedme un favor los dos; pase lo que pase, no debe saber que el sheriff Cougar murió el verano pasado.

-Como quieras, hablaré con Lily. No será difícil, tampoco pensaba charlar con él... ¿Doc, estás bien?

-No te preocupes. Tú limítate a seguir con las capturas y hacer que esto llegue a buen puerto. No tengo ganas de hablar, hoy tengo más sed que nunca. Solo espero, por todo lo sagrado, ver esa estrella en tu pecho y que todos tengamos un hueco en esa Canatia.

lunes, 29 de diciembre de 2014

Balances


Aspira con fuerza y la llama ahonda en la cazoleta de maíz, lamiendo las hebras pardas con intensa delicadeza. El rubor florece, el aroma despierta y el hilo de humo ondea sinuoso hasta que la primera bocanada lo dispersa. Un movimiento de mano sacude el palo y expulsa la llama, queda el crepitar incandescente del tabaco, el cuerpo buscando asiento junto al árbol y un hondo y sincero suspiro, lleno de calma.


-Ha pasado mucho tiempo... muchas cosas... nada ha ido como creía y eso me ha desconcertado. No sé cuándo ocurrió, cuándo perdí el frente futuro y me vi luchando para defender el presente. De un golpe, todos los hilos se cortaron, cayendo lánguidos sobre la tierra, mientras yo, como un imbécil, tiraba de ellos intentando reactivar los resortes; incapaz de comprender que ya no había respuesta.

En la calle central, el polvo, siempre presente, permanecía domesticado por las dos filas de edificios que se erigían firmes y peculiares. A un lado destacaba el saloon, con sus dos torres, separando alegría y descanso mediante el hondo río seco; la fragua, siempre dispuesta, rejuveneciendo las ascuas con el potente bufido del fuelle; y, cerca de la entrada, el recinto destinado a las cuadras y al puesto de la diligencia. En frente se alzaban la oficina del sheriff aun cochambrosa pero segura; la habitación, sujeta por el esqueleto de un desaparecido piso inferior, que, como atalaya, daba cobijo al alcalde; el banco humilde, honesto, fuerte y resistente; y la pequeña casa de la médico, siempre eficaz y atenta. Y, allá en la colina, junto a la arboleda, la cabaña se asentaba, apartada pero cercana, allí donde sus raíces encontraban espacio suficiente para vivir.

-Ha sido un bombardeo continuo de gentes, tareas y problemas. Cuando pensaba que teníamos la base sobre la que trabajar, llegaban novedades que zarandeaban todo cuanto estábamos construyendo. La verdad es que observo lo que hemos hecho y me parece admirable. ¿Recuerdas cómo estaba todo al principio? Lástima que Edward no estuviera con nosotros por aquel entonces, me gustaría ver la fotografía del paisaje desolador de aquella mina seca... quizás debiera pintarlo... recuerdo sobretodo el polvo gris.

Dio unas cuantas chupadas a la pipa, hasta reanimar las ascuas adormecidas; paladeó la nube y soltó el humo dirigiendo densos aros hacia el pueblo. A lo lejos se escuchaba el rumor de actividad: martilleos, voces, saludos, cascos de caballo y el inconfundible crujido de la diligencia.

-Tienen sus cosas, pero son buena gente; capaces, siempre y cuando sepas reconocer sus potenciales. A veces los veo y me pregunto cómo es posible que necesitaran abandonar, cómo es que no encontraban su sitio. ¿Crees que es el lugar el responsable?, ¿el trato recibido?, ¿la oportunidad?, ¿el ambiente?, ¿o sencillamente la libertad de dedicarse a aquello para lo que uno se considera capacitado? Los hay que comenzaron con talento, otros aprendieron en el camino, los hay que necesitaban romper grilletes y otros debimos olvidar parte de lo asumido.

Echó un par de bocanadas, se inclinó, tomó un puñado de tierra del montículo y dejó que los granos se escaparan entre sus dedos.

-Espero que estés bien ahí, no tuviste demasiadas comodidades en vida, pero este es un buen sitio para descansar... tiene gracia, no he sabido lo que significa esa palabra hasta que cayeron todos los hilos, cuando tu gran jugada me dejó sin contactos. Esos hilos siempre fueron una trampa, tal y como te acercaban aquello que querías, tiraban de ti cuando la necesidad de otro lo demandaba. Parece tener sentido hasta que la maraña se extiende y tu vida es un continuo tirar y ser arrastrado; embriagado por el poder, uno ignora que cuando no haya nada que ofrecer, nadie habrá al otro lado.

Cambiaron las voces, cesó el martilleo y la gente en el pueblo comenzó a entrar en el saloon, Dio un último tiento a las ascuas, mantuvo la pipa en la boca, se inclino y, apoyando la mano en el suelo, se puso en pie.

-Bueno, he de marchar, la gente ya va entrando. No sé si lo hiciste a sabiendas o fue un cúmulo de impulsos y casualidades. Sea como sea, esto que hay aquí es cosa tuya; digna proeza para un idiota.
Feliz año, Jed. Sigue enviando algún que otro papel que remueva las cosas, que nos mantenga vivos. No sé cómo acabará esto, pero lo vivido hace absurdo pensar siquiera en dar la vuelta.

lunes, 22 de diciembre de 2014

Salud


Atardece. El sol abandona los muros de la vieja misión. El frío azulado aúlla sobre el único habitáculo que, con el techo descarnado, mantiene, intactas, las cuatro paredes que lo conforman. En un extremo, en torno al sagrado altar de dura roca, unas manos disponen las viandas que se han de disfrutar, mientras otras, apilan la leña y colocan los troncos, formando el cuadrado para que el fuego no falte.


El viento no cortaba; se estrellaba contra los muros y trepaba, herido, tornándose bruma. Las manos de Fred dispersaron temblores y chocaron con firmeza yesca y pedernal. La chispa conjuró la brasa y esta gritó humo, hasta que el soplo humano invocó la llama que crepitó y trepó, por astillas y leña, que creció y ardió, asida a los troncos, volviéndose fuego, fogata y, al alcanzar la cima, hoguera. La bruma sobrevoló la estancia, evitando el rojo y naranja, abandonó a las dos figuras que acudían a la mesa, mientras los helores partían y el confortable calor regresaba.

El licor llenó las tazas y estas las gargantas. No tardó en hacerse notar y entonar cuerpos y entrañas. Pronto llegaron las risas, la comodidad y la agradable charla.

-...¿y viste su cara?, ¿el gesto asombrado con que miraba? No creías que fuera capaz, no confiabas... pero solo se trataba de tiempo, de mostrarle las cosas como son. La gente quiere creer, Fred, necesita una razón, una meta, un objetivo; si lo encuentras y consigues mostrárselo, activas cierto resorte que les devuelve parte de su ser divino y comienzan la búsqueda tenaz de lo que su naturaleza ansía. ¡Lo viste libre, Fred, libre! Porque en la tierra también las alas se despliegan. Y hubo sangre, ¡claro que la hubo! Goteó el filo del machete que antes solo cortaba caña; pero fue un acto de libertad, de valentía, el corte preciso de quien tras años de soportar el yugo, tiene enquistada la herida. Quizás caminó con demasiado ímpetu, se liberó con demasiadas ganas, y alguna que otra vida segó, sin que hiciera ninguna falta. Pero piensa por un momento en vivir una vida atado, sujeto a los deseos de otro, pese a que aquello quedara como un error del pasado; y pasas oculto los años, asintiendo cabizbajo, siempre temiendo contestar, por que sabes que llega el palo, la humillación y el castigo que mantiene el ánimo quebrado. Harto de ver a la gente corriente, a millas de distancia, pasar a tu lado; atenazado por el miedo a decir, a contar lo que está ocurriendo, porque tu palabra no vale nada y no puedes obtener respaldo. Pero resulta que no eres el único, que como tú hay otros tantos, todos dispersos en este rincón del condado, donde un grupo de individuos decidió ignorar las leyes y llamar criados a quienes jamás dejaron de tratar como esclavos. Ellos solo necesitaban saber, comprender que las cosas cambiaron tan lentamente que no pudieron notarlo. Que todo comenzó cuando el “por supuesto” se convirtió en un “no” y el “pronto” activó la resignación del “hasta cuándo”. Que siguió con el golpe, apagado de corte o moratón, pero fuerte y vivo en el llanto. Y que fue tomando fuerza cuando “arriba” quedó “abajo”, lo “cerca” permaneció “lejos”, el “derecho” se volvió “queja” y esta tornó rápidamente en “flaqueza”. Cuando “pensar” se volvió un absurdo, “elegir” un privilegio y “libre” un exiguo pedazo, limitado por el tiempo.

Fred vació, otra vez más, la taza de un trago. Notó el caldo rasposo por la garganta y la nube de alcohol jugueteando en su cráneo. Miró el rostro de Zek, levemente borroso, iluminado por el brillo anaranjado de la hoguera. Luchó un instante por mantener el equilibrio y, alzando el índice izquierdo, se dirigió a su compañero de fatigas.

-Reverendo, voy a decirte una cosa... Llevamos mucho camino recorrido, los dos juntos. Sabes que siempre he estado a tu lado, que te he cogido cariño, pero que lamentablemente el dinero es quien de verdad tiene la culpa. No, -se llevó el dedo índice a los labios y, combatiendo el peso de su propia cabeza, siseó, entre babas, en busca de silencio-, no digas nada, las cosas son así, el dinero es dinero y así es como deben decirse. Pues bien, suele ocurrir que esté de acuerdo con tus ideas, las siga convencido y termine algo decepcionado al mirar lo conseguido. No sé por qué pero cuando las dices, tus ideas quedan perfectas ahí en el aire, pero luego llegan al suelo y se dispersan. Aun así siempre sacamos algo y, cuando todo parece indicar que hemos perdido, vuelves a decir algo que hace que continuar tenga sentido. Hasta ahora por eso seguía. Pero todo lo que ha pasado hoy... -hizo una breve pausa para rellenar la taza y dar un trago- no sé cómo, pero tiene sentido. Vamos, que por una vez lo que dices y lo que pasa van de la mano. ¿Sabes lo que te estoy diciendo? Maldición, que me metí en esto porque suponía que íbamos a sacar un buen pellizco de las casas de esos señoritingos. Solo con el dinero de uno de esos caballeretes ya podríamos hacernos de oro, pero cuando vi a aquellos negros correr libres hacia la noche... -el puño golpeó con fuerza la mesa de roca, mas solo sintió un leve chisporroteo en la mano- ¡joder, que no me arrepiento de dejar que se llevaran casi todo!

-No sabes cuánto me alegra oír eso, Fred. Respecto a lo del dinero, ahora habla una parte de ti, pero en realidad...

Fred, ajeno a lo que empezaba a decir el reverendo, se puso en pie, alzó la taza y, tambaleándose, miró al cielo estrellado, dio una bocanada de aire y atronó con todas sus fuerzas.

-¡Brindo por esos diablos! ¡Y no solo porque consiguieran librarse de su mierda de vida! ¡Brindo por esos malditos diablos porque al verlos correr sin tener que mirar atrás, sin temer lo que dejan a sus espaldas, me doy cuenta de que no han sido los únicos esclavos! ¡Brindo porque esta noche cuatro paredes son el mejor refugio, porque esta buena hoguera da más calor que mil lujosas lámparas y porque estas cuatro nueces y bayas, este conejo asado y este bendito matarratas saben a gloria! ¡Brindo porque para nosotros arriba siga estando arriba, lo que está cerca nunca esté lejos, porque elijamos aunque no hagamos más que cagarla y porque miremos el mundo libres de verlo como nos dé la gana!

Tras lo cual cayó y quedó allí tumbado, adormecido, abrigado por el calor del fuego, escuchando el eco de su propia voz perdiéndose entre las miríadas de estrellas que se extendían sobre él.

lunes, 15 de diciembre de 2014

Vivos


Los tablones mal encajados de una puerta rechinan al dejar entrar la luz y el polvo del exterior. Dos pequeñas manos enguantadas abandonan toda fuerza y se deslizan por la madera gris; pronto un grácil cuerpo, en elegante vestido del este, las acompaña en una dramática caída que nadie parece intentar detener. Solo tras unos segundos, el hombre de la barra decide acudir en su ayuda con un vaso en la mano.


Empapó el sucio trapo con el que difuminaba la roña de los vasos; lo escurrió un par de veces con la esperanza de que gran parte de la mugre desapareciera y mojó con todo el cuidado el rostro de la joven, que apenas asomaba a través del sombrero y el pañuelo fielmente atado a fin de ocultar su cabello.

Los cuatro parroquianos miraban con distintos ojos: curiosos, sorprendidos, preocupados, lascivos... mas nadie movía un dedo.

-¿Señorita, me oye? ¿Se encuentra bien?

Un leve movimiento de garganta, guiño de labios y el crujir del vestido al acoger aire la cavidad torácica. A través de la tela podían adivinarse los senos que, aprisionados por el corsé, buscaban salida en sensual movimiento. Ninguno de los presentes pareció atender ya al rostro; desapareció la dama y en su lugar apareció la carne. Solo el tipo de la barra continuaba, tenaz, llamando la atención de aquella mujer.

-Eso es, señorita. Vamos, respire, no tiene de qué preocuparse. Está en casa de Juan.

Le acercó el vaso y dejó que el agua restante mojara sus labios. Ella besó las gotas, rescatándolas de la superficie carnosa y dio un pequeño trago. 

Los parroquianos, anclados a aquella mujer, tragaron, sombrero en mano, relamiéndose ante el delicado morder de aquellos labios sonrosados. El hombre de la barra tomó a la mujer en brazos, apartó con el pie una de las polvorientas sillas de mimbre raído y la sentó en medio de la sala.

-¿Qué demonios miráis, animales? ¡Id al pozo, a por agua!

Los cuatro tipos, sucios del camino, se levantaron y marcharon hacia afuera. No tardaron en regresar; uno de ellos llevaba una taza de hojalata entre manos, los otros tres se limitaban a acompañarlo con el ademán absurdo de quien comparte objetivo pero no hechos. El mesonero tomó la taza y se la acercó a la joven; dos bellos ojos se abrieron, brillantes, y una agradable voz espetó un tenue “gracias”.

Asintió el mesonero y asintieron a su vez los cuatro haraganes a la vez que, involuntariamente, doblaban, bajo sus puños, las alas de sus sombreros.

-Ya está. La señorita os agradece la ayuda. Ahora apartad, dejadle espacio.

Se movieron los cuerpos y las miradas se volvieron tímidas conforme aquel cuerpo volvía a la vida. 

-¿Do... donde estoy?

-En el viejo camino a San Gabriel, señorita; está usted en la cantina de Juan. Yo soy Juan, el dueño, para servirla.

Todo lo que recuerdo fue un ataque a la diligencia. Me dirigía a Old Rock City, allí se encuentra mi marido, esperándome en el trozo de tierra que compró para nosotros, en nuestra nueva casa. Sería usted tan amable de decirme cuándo llegará la diligencia.

-Ay señorita, la diligencia no pasa por aquí desde que construyeron el puente. Ahora casi nadie quiere venir a las montañas, no quiero ni imaginarme el camino que ha debido de hacer. Puede quedarse aquí y recuperar fuerzas; en una semana he de acercarme a San Gabriel a comprar, si quiere puede venirse conmigo y desde allí tomar la diligencia para Old Rock. No se preocupe por los gastos.

-Le agradezco su ayuda, señor. El dinero no es problema, por suerte conseguí esconderlo a tiempo; los asaltantes llevaban prisa y se contentaron con las joyas.

Del pequeño bolso brotó el inconfundible tintineo de un buen puñado de águilas. Y la timidez de todos los presentes se esfumó. Como activado por un resorte, el dueño de la cantina cerró el bolso y ayudó a levantarse a la joven.

-De eso ya hablaremos cuando lleguemos a San Gabriel; es mejor no dejar brillar el dinero hasta que sea necesario. Venga conmigo, le acompañaré a la habitación de mi hijita, que en paz descanse, ahí podrá reposar tranquila.

-¿Y por qué reposar cuando puede salir hoy mismo para Old Rock?

El cantinero agachó la mirada al escuchar la voz áspera a su espalda; intentó mantener alejada a la joven, pero sabía que ya era demasiado tarde.

Arriba, apoyado en la barandilla de las escaleras, se encontraba, erguido, de porte firme, un tipo bien parecido, el único de aquel lugar que no parecía haberse vestido con las sobras de un muerto. Observó a la joven, sonrió y tocando levemente el ala del sombrero, saludó.

-Señorita, Sammuel F. Woodyard, encantado de conocerla. No he podido evitar escucharla y sepa que si de verdad le interesa volver cuanto antes, yo estaría encantado de llevarla a Old Rock.

El cantinero, suspiró y sin osar darse la vuelta continuó hablando.

-Sam, no creo que sea buena idea. La señorita debería descansar, de verdad que no me importa tenerla aquí una semana.

-Estoy seguro de ello, Juan, no te importa nada que se quede durante toda la semana. Pero seguro que tendrá cosas mejores que hacer; quizás tenga prisa, ¿no crees?

-Bueno... es posible. Pero, no se...

-No se preocupe señor Juan, le agradezco su ofrecimiento pero lo cierto es que prefiero partir cuanto antes. Además el señor Woodyard parece un buen hombre, aceptaré con gusto su ofrecimiento.

El cantinero abrió la boca pero no encontró las palabras adecuadas para deshacer el mal sin alterar la presencia gélida que notaba en su nuca. Cerró los ojos y asintió mientras regresaba a su barra.

Los cuatro haraganes rieron al ver al cantinero cabizbajo, parapetado tras su barrera. 

-¿Sam, vamos contigo?

-No, la señorita merece mejor compañía que mugre, polvo y piojos. Esperad aquí a que vuelva, seguro que Juan estará encantado de serviros algo de beber. 

Lanzó unas monedas a la barra, invitó a pasar a la señorita y cerró tras de sí, devolviendo la sala a la oscuridad habitual, rayada por las decenas de resquicios de las paredes. 

Ayudó a la señorita a subir, echando un ojo a las formas, tanteando el material, y dirigió su caballo hacia la ruta perdida de las serpientes blancas. 

-Señor Woodyard, este no parece el camino.

-No se preocupe señorita, por aquí llegaremos más pronto.

Siguió la fina senda, encumbrando lomas, esquivando púas, zarzas y pinchos, hasta que el fino hilo de tierra se internó en una oscura y perdida gruta. El señor Woodyard bajó del caballo y ayudó a bajar a la joven.

-Bueno, hemos llegado.

-Cómo, pero esto no es Old Rock City.

La joven, asustada, miró suplicante al hombre, mientras una de sus manos tomaba hábilmente algo de su pequeño bolso.

-Yo no haría eso, señorita. 

Juraría que no le había visto hacer el más leve movimiento, pero aquel hombre tenía un revólver en la mano. Cerró los ojos, aflojó los dedos y abandonó la derringer dentro del bolso. 

-¡No te preocupes, Lily, lo tengo a tiro!

La voz surgía de la gruta, al tiempo que la figura de Jimmy iba saliendo, revólver en mano, apuntando a aquel tipo.

-¡Venga ya, hombre! ¿Quién demonios eres tú? ¿Cómo sabías que la traería aquí?

-Se lo dije yo, querido amigo. Siempre has sido un hombre de costumbres.

Detrás de Jimmy fue saliendo el renqueante traje remendado del Dr. Well. Fue andando poco a poco poniéndose a la derecha de Woodyard.

-¿Doc? ¡Maldito estafador hijo de perra! ¿De qué cojones va esto?

-¡Que hay Sam! ¿Cuánto tiempo hace? Veamos, lo que haya pasado más tres años y un día. ¿Recuerdas?

-Maldito cabrón rencoroso... ¿de eso va esto?, sabes que no pude hacer nada por sacarte...

-Rencoroso: término esgrimido con frecuencia por quien quiere hacer lo que le plazca sin sufrir las consecuencias. No vengo a discutir, Sam; vengo a que me devuelvas el favor. Yo pasé un tiempo en la cárcel por ti, ahora ha llegado tu turno.

-¡Y una mierda! ¡Tú no te muevas más y dile a tu amigo que como no deje de apuntarme le vuelo la cara a la señorita!

-Puedo disparar una vez antes de que amartilles el arma y soy perfectamente capaz de dejarte seco de un tiro. Así que deja el revólver en el suelo.

-No, One, nada de muertes, ¿recuerdas? Lo necesitamos vivo. Nadie quiere a un matón como ayudante de sheriff; necesitas entregar tus capturas vivas.

-¡Oh, perfecto viejo! ¿Y puedes decirme, cómo se supone que vamos a presionarle ahora?

-Doc, el chico tiene razón, los años te han tratado mal. Se diría que ahora soy yo quien lleva las riendas.

Jimmy resopló y bajó el brazo del arma a la vez que dirigía su mirada hacia el viejo borracho.

-¡Mierda, Doc! ¡Cómo se nota que no es tu mujer quien está al otro lado de ese revólver! ¿Se puede saber qué demonios vamos a hacer ahora? ¡Porque yo no lo veo nada claro! 

-Tranquilo, hijo, no te enfades conmigo; yo no he dicho que dejaras de apuntarle, solo que no le mataras.

Sam Woodyard seguía apuntando a Lily, mientras sus ojos iban, incrédulos, de uno a otro.

-¡Y cómo se supone que voy a conseguir que deje a Lily si no se siente en peligro! ¡La cosa era fácil, había hecho la apuesta y solo quedaba que él aflojara!

-No sé que decirte, pensaba que ibas a dejarte llevar; teniendo en cuenta lo mucho que te juegas, y tu temperamento, temía que apretaras el gatillo.

-¡Maldito borracho! ¡Maldito viejo loco! ¡Lo tenía todo controlado pero no has podido soportar mantenerte al margen, verdad?

-¡No necesito reafirmar mi ego ante ti, jovencito! ¡Por muy bien que dispares, por muy rápido que seas, llevo en este mundo muchos más años que tú, muchos más años que todos los que como tú se dedican a vomitar plomo; por algo será, joven idiota! ¡Puede que no lo entiendas, pero cuando empieces a solucionar los problemas de los demás a golpe de gatillo, el paciente Kronos tornará los vítores y las alabanzas en miedo y, después, en rechazo, odio y ostracismo; porque, pase el tiempo que pase, la sangre siempre se paga!

-¡¿Pero quién te ha dicho que iba a disparar?! ¡¿De dónde has sacado esa idea?!

-¡De una sencilla obviedad: no sabes hacer otra cosa!

Woodyard apenas podía dar crédito a tal despropósito. Veía a aquel par de imbéciles discutiendo, escupiendo baba rabiosa en cada palabra, como si el arma que empuñaba contra aquella muchacha no tuviera relevancia alguna. Y fue de ese modo como, incapaz de advertir el ataque, recibió limpiamente el codo de Lily en la cara, mientras, aprovechando el desequilibrio, aquella joven cogió con fuerza la mano con la que empuñaba su arma y la mantuvo en alto.

Jimmy ni siquiera pestañeó, volvió la mirada hacia Woodyard, alzó de nuevo el revólver, liberó la presión y dejó que el proyectil devorara piel, carne y huesos, hasta chocar con la empuñadura de castaño y enviar el arma al suelo.

-Lily, la próxima vez sería mejor que levantaras más la mano del arma.

-La próxima vez espero no estar tan cerca del revólver, doc.

-Lo veis, os dije que no fallaría. Pero que conste que sigue pareciéndome un plan absurdo; en una situación así, cualquier tipo suelta el arma.

-No estamos tratando con cualquiera. Estás jugando en mesas donde esas apuestas son demasiado arriesgadas, joven One. Pero dejemos ya de discutir, solo queda ir a San Gabriel y entregar la captura; esto se merece un buen trago.

-Por cierto doc, todo lo que has dicho no iba en serio, ¿no?

-Por supuesto que no, todo es espectáculo, ayudante One; simple y espléndido espectáculo...