lunes, 4 de enero de 2016

Esfuerzo


 Ilustración de Cortés-Benlloch

La llave giró y sonaron cloqueos secos en las entrañas de la cerradura. Los goznes de la puerta chirriaron, presentando la oscura estancia, preñada del helor de la madrugada. Abrió los postigos y las contraventanas dejaron pasar la luz pálida; dentro, estantes atestados de los más variados objetos, un mostrador de madera añeja y una flamante caja registradora tan elaborada que parecía digna del mismísimo rey sol.

Eliah P. Cook colgó su sombrero, dejó el abrigo en la pequeña estancia que hacía de trastienda y comenzó a repasar los productos hasta que alguien le interrumpió.

-¿Se puede, Sr. Cook?

-Ah, hola Bill.

Un joven delgado y pecoso permanecía en la entrada, con el sombrero entre las manos y el rostro cabizbajo.

-Disculpe el retraso.

-No te preocupes. Ya sabes dónde está todo.

Se colocó el mandil y comenzó a sacar los paquetes que debía cargar en la pequeña carreta de madera.

Cook supervisaba el proceso con su dorado reloj de bolsillo en la mano.

-¿Sabes, Bill? Acabo de cruzarme con Peter, el del carromato. Venía todo preocupado.

-¿Le ha pasado algo?

-Sería más adecuado preguntarse por lo que le viene pasando. La respuesta es la de siempre: Lisa. Resulta que su señora está algo afligida por la llegada de la última chica del Sr. Thorn, una adquisición joven y ajena al negocio; valiente problema, el tiempo y la costumbre lo solucionarán. En realidad lo único que ocurre es que cualquier referencia a su pasado le tuerce el alma, ya me entiendes.

Bill seguía a lo suyo mientras escuchaba.

-Pues bien, no sé por qué demonios va el maldito Peter y decide escucharla y ponerse a darle vueltas al tema; como si alguna nube de polvo emborronara sus prioridades. Se lo intenté hacer entender, pero cuando se marchó me miró con los ojos vacíos como si no comprendiera una mierda de lo que le había dicho. Todos tenemos claro lo que hay que hacer para vivir, ¿no Bill?

El chico asintió, mientras sacaba una de las sillas.

-Claro que sí, y más alguien tan responsable y buen trabajador como tú. Tú sabes cuál es tu sitio.

Bill sonrió mecánico, reconociendo el áspero yugo en el halago.

-Por supuesto que todos preferiríamos que la principal atracción de este pueblo fuera otra; qué se yo, las nubes, el clima o los atardeceres en las colinas... pero nada de eso se vende, hijo. La verdad es que si no fuera por el Sr. Thorn y sus putas, este pueblo hubiera muerto después del fracaso del ferrocarril, ¿verdad?

Bill contestó a media voz mientras cargaba una caja de botellas de whisky.

-Claro que sí. Hay cuestiones que un hombre tiene que plantearse y otras que no; es así de sencillo. Uno tiene que trabajar, ponerse a ello en serio y no parar hasta lograr sus metas. Mientras mantengas la cabeza en lo tuyo, no tendrás tiempo de preocuparte por nada más. Yo, por ejemplo, he logrado todo esto a fuerza de voluntad y tesón. Disciplina de trabajo es lo único que hace falta, hazme caso, nada de estupideces accesorias que no hacen nada más que distraernos del verdadero cometido.

El Sr. Cook estaba apoyado en el mostrador, mientras acariciaba con el pulgar su reloj de bolsillo.

-Trabajo duro, sí señor. No hay otra manera de conseguir el éxito.

El joven dejó la última de las cajas en la carretilla.

-Bien hecho, hijo. Ahora llévalas al saloon. Y nada de cobrar, ya hablaré yo luego con Abe. Acuérdate de pasar por Tom y traerte los cubos y los herrajes. La segunda carga la llevará Peter esta tarde cuando se acerque con su carro; si es que a su señora le parece bien, claro está.

Rió el Sr. Cook y miró a Bill esperando complicidad. Este sonrió un tanto cansado y resopló una despedida antes de comenzar el recorrido al saloon de Abe.

lunes, 21 de diciembre de 2015

Mejoras

Ilustración de Cortés-Benlloch

La luz de la mañana, grisácea y tenue, aclaraba la tierra escarchada de la única calle del lugar. Dos hombres acudían a su encuentro. Uno, de andar cansado, traje recio y cara afligida; otro, de caminar irregular, rostro redondo e indumentaria formal.

Peter caminaba con los acontecimientos recientes enmarañando aun la razón. Aceleró el paso, devorando la distancia en que el saludo es irrelevante y la mirada se vuelve incómoda, hasta que una clara sonrisa apareció en el rostro del Sr. Cook y las palabras se llevaron todo recuerdo de la disputa.

-Peter Hill, buenos días tenga usted.

-Buenos días, Cook. ¿Qué tal van las cosas?

-Pues la verdad, no puedo quejarme. Las cosas van muy bien últimamente. Mire lo que me acaba de llegar.

El Sr. Cook sacó la mano de su chaleco y mostró un reluciente reloj de bolsillo dorado. Pasó el pulgar por él, acariciando el grabado en que aparecía su nombre: Eliah P. Cook.

-Es de uno de los relojeros más reputados del país, hecho expresamente para mí con los mejores materiales; nada de baratijas. La maquinaria es increíblemente precisa y en la esfera aparece, marcada con mis iniciales, la hora de mi nacimiento.

-Ha debido costar lo suyo.

-Lo suyo y lo mío, amigo. Pero ya le digo que ha valido la pena. Llevaba meses esperando que llegara.

Estaba encantado con aquella pieza. La admiraba, abriéndola y cerrándola una y otra vez, mientras hablaba.

-Ciertamente, desde que comenzaron a venir todos esos señores de ciudad, las cosas han mejorado bastante por aquí. Pero qué le voy a contar a usted. Seguro que recuerda el tiempo lejano en que se veía obligado a dormir en un cuartucho, junto al resto de trabajadores.

-Ya lo creo. Como para olvidar aquellos días y el hedor de la habitación. Aunque guardo un buen recuerdo del viejo Gus, de Nat, Alfred y los demás.

-Por fortuna, las cosas han cambiado mucho para todos. Mi tienda nada tiene que ver con lo que era y ahora usted puede disfrutar de casa propia y un trabajo con el que vivir cómodamente.

-Cierto, ahora mismo iba a ver si Tom ha podido arreglar el eje del carro, ayer empezó a hacer ruidos y prefiero ir antes de que sea demasiado tarde.

-Sabia elección. ¿Y su señora, qué tal está?

El rostro de Peter se ensombreció.

-Está bien, aunque algo preocupada. Al parecer ha llegado una chica nueva al hotel, parece algo más joven e inexperta de lo acostumbrado... pero bueno, son cosas de mujeres, supongo.

-Por supuesto, amigo. No debe preocuparse, se trata de tribulaciones innatas a su género; más aun teniendo en cuenta su infeliz pasado.

Peter encajó mal aquellas últimas palabras y un golpe de calor se concentró en su rostro.

El Sr. Cook leyó su expresión y se apresuró a embrear su charla.

-Pero es comprensible. Está bien que ocurra en ellas; forma parte de su naturaleza y a ella deben responder. Toda esa simpatía, esa conexión extrema que roza lo absurdo, se tornará virtud en el momento de cuidar la progenie. Nuestro caso, por otro lado, es diferente. Debemos permanecer al pie del cañón sin que nada ensombrezca nuestro ánimo. Uno no puede permitirse ese tipo de sensibilidades.

El Sr. Cook observó de nuevo el reloj, deteniéndose en el pulido especial de los bordes, la tibieza sedosidad del metal y el trazo regular y armonioso de las marcas de la esfera. Empujó con delicadeza la tapa, regodeándose en la suave presión y el claro y limpio chasquido del mecanismo de cierre, y una sonrisa infantil apareció en su rostro.

lunes, 7 de diciembre de 2015

Semillas

Observaba, entre las esquinas heladas de la ventana, la puerta ya cerrada. Seguían presentes en su memoria los ojos asustados de aquella joven. No hubo sonidos, pero resonaba el ruego suplicante en su cráneo, mientras maldecía la gélida zarpa que aprisionó su cuerpo y su voz. Quisiera haber podido avisarla, haber evitado su entrada y detener, con solo un gesto, el fatal desenlace que había comenzado cuando aquella joven traspasó el lujoso umbral.

Un carraspeo, seguido de un golpe de tos seca y arrancar de flema, la extrajo de su ensimismamiento.

Rascar de ropa interior de cuerpo entero, chasquido de lengua y pasos arrastrados hasta la jofaina.

Escuchó el sonido de agua vertiéndose sobre recipiente de porcelana, resoplidos y frotar húmedo de rostro y toalla.

-Buenos días, mujer. ¿Qué haces ahí?

Se giró con una sonrisa amplia, de fondo triste.

-Buenos días. Ha llegado una chica nueva al hotel del Sr. Thorn.

-Ah.

El hombre dejó la toalla y apartó una de las sillas de la pequeña estancia; se acercó y colocó ambos brazos sobre la sencilla mesa de madera. A su espalda, la cocina rugía entre llamas y ascuas, y brotaba, humeante, el agradable aroma a café.

-Peter, es solo una chiquilla.

-Algunas empiezan pronto, Lisa... Bueno venga, ¿vamos a desayunar o qué?

La mujer puso un plato con carne seca, huevos y algo de pan ante su marido. Cogió la cafetera, envolviendo el asa con un trapo, y se detuvo un segundo.

-Pero es que ella no es de esas.

-Lisa, dejémoslo estar, ¿de acuerdo? ¿Has hablado con ella acaso? Es asunto del Sr. Thorn.

El hombre masticaba feliz y acercó la taza en busca del caldo negro.

-¿Y tú?, ¿no comes?

Ella se sentó frente a él, apoyando las manos delicadamente.

-No, no tengo hambre.

Él cerró los ojos y resopló.

-He dicho que lo dejemos estar. ¿Me oyes?

-Pero, Peter, es que estoy segura de que esa chiquilla no es de esas. No sabe dónde ha acabado. Solo de pensar todo por lo que va a pasar...

El hombre descargó el puño cerrado y comida y café se mezclaron sobre la mesa.

-¡He dicho que no se habla más! ¡Eso es cosa del Sr. Thorn y nosotros no tenemos nada que decir! ¿Tengo que recordarte que si no fuera por él, tú aun seguirías allí, entre esas cuatro paredes? ¡No olvides que fue él quién te permitió venirte conmigo! ¡Es él quién ofrece el trabajo que trae comida a la mesa y mantiene vivo este pueblo!

Ella dejó el silencio como respuesta y quedó la bruma eléctrica flotando en el ambiente. 

El calor latía en las sienes del hombre, producto de la ira que brotaba, fruto de la contradicción. Cogió la taza y bebió el poco café que quedaba aun dentro, apartó el plato y se levantó.

Ella lo siguió con la mirada mientras se cambiaba en el dormitorio. Siguió sin decir nada hasta que escuchó un acallado "Adiós", acompañado de un portazo, y se dirigió de nuevo a la ventana, fijando la vista en el lujoso hotel.

Abajo, el hombre cruzaba la calle con paso nervioso. No pudo evitar echar un vistazo arriba y sus ojos se cruzaron; bajó la mirada y continuó su camino. A lo lejos, distinguió los descompasados andares del dueño de la tienda local y acudió a saludarlo.

martes, 24 de noviembre de 2015

Negocios

Un sol frío, hijo del alba, iluminaba tenuemente el pueblo dormido. Solo dos figuras se distinguían: un hombre adulto de rostro cuidado y ademanes seguros, en pie ante la puerta entreabierta de un lujoso edificio, y una joven, náufraga en el polvo frío, de grandes esmeraldas en un asustado rostro de suaves rasgos y pequeña boca tímida y carnosa.

-Vamos, pasa y hablaremos tranquilamente.

El viento gélido atravesó las calles, removiendo espirales de tierra en las esquinas, sacudió el vestido de la joven y robó un mechón de pelo a su tocado.

Intentó valorar lo que estaba ocurriendo antes de responder, mas la incertidumbre y el vértigo se arremolinaban en su cabeza.

-¿Pero... qué ocurre con el Sr. Bowler? Él me dijo que se encontraría conmigo allí, en el puesto de la diligencia.

El hombre miró al suelo, alzó la vista con los ojos apagados y negó con la cabeza.

-Lo lamento señorita, pero el Sr. Bowler no va a poder venir.

Los ojos verdes parpadearon y sus labios se entreabrieron en dudas y objeciones.

-No, lo siento. Falleció con todos los que iban en la diligencia de la semana pasada. Encontraron los cadáveres hace tres días, desprovistos de sus ropas, con la cabellera arrancada. Por eso mismo, ha tenido que viajar de noche; y aun así puede dar gracias de haber llegado con vida.

-Pero, el Sr. Bowler... él debía hacerse cargo de mi dinero, de mis cosas y de mi estancia aquí.

-Hará un par de días, salió una partida en busca de cualquier rastro. Si encuentran algo, no le quepa la menor duda de que le será devuelto. Pero, sintiéndolo mucho, es mejor que no cuente con ello.

-¿Y no dejó el Sr. Bowler ninguna indicación?

El silencio de aquel hombre dio la respuesta.

-¿Alguna orden de pago en el banco?, ¿una habitación reservada a mi nombre en el hotel?

-No hay constancia de nada así y todo cuanto llevara consigo se perdió con su vida... Será mejor que pase, jovencita, hace frío.

Él se apartó y abrió un poco más la puerta. Dentro, la nobleza de la madera, iluminada por la calidez de una de las lujosas lámparas, rivalizaba en confort con la suavidad del tapizado granate de muebles y paredes.

La joven podía notar el agradable calor que manaba de dentro y un acogedor olor a perfume sutil y agradable. Afuera, el frío cortante y la humedad acrecentaban el hedor del polvo y la suciedad posada.

-Ahora mismo no tengo con qué pagar.

El hombre la miró compasivo y habló con tono esperanzador.

-Si ha sido usted sincera, dinero no le ha de faltar. Lo que llevara encima el pobre Sr. Bowler debe darlo por perdido, lamentablemente, pero no así con lo que tenga en su banco. Lo único que tiene que hacer es contactar con ellos. Envíe una carta en la diligencia de la semana que viene y, en un periodo de quince días a un mes, podrá disfrutar de su dinero.

La joven miró con renovadas fuerzas a aquel hombre y una amplia sonrisa se dibujó en su rostro. Subió un poco el vestido y movió uno de sus pies hacia el escalón de madera, dispuesta a coronar el entarimado del porche.

-Pues claro que he sido sincera, señor. Entonces, ¿cree usted que en ese tiempo podrá arreglarse todo?

-Por supuesto que sí. Solo unos días y podrá volver a disfrutar de todas sus comodidades.

Se asomó al umbral y el confort del calor la envolvió. Frente a ella, al final de la sala, una estufa de hierro al rojo vivo mecía la realidad con su calidez. A un lado, sobre una de las mesas, estaba dispuesta una humeante taza de té con leche, junto a un plato de pasteles y mermelada.

Sus ojos escudriñaron la comida y no pudo evitar relamerse. El hombre sonrió divertido y apoyó la mano en su espalda.

-Venga pasa, iba a desayunar ahora mismo. Algo me dice que te vendrá bien comer un poco.

-Pues la verdad es que no he probado bocado desde ayer por la tarde.

-También agradecerás un baño caliente, seguro que tenemos algo de ropa que pueda servirte.

-Se lo agradezco mucho, señor. En cuanto tenga mi dinero le pagaré todo el gasto que pueda ocasionar estos días, además de una justa compensación por las molestias.

-Bueno, eso no será necesario. Hasta que el dinero no se haga efectivo, será mejor que trabajes aquí. No es que desconfíe de ti, pero debes comprender que lo primero es velar por mi negocio.

La ilusión de la joven se quebró por un momento.

-Jajaja. ¡Vamos, no pongas esa cara! Considéralo simplemente como una aventura en el salvaje oeste. Será solo por unos días. En este hotel tratamos muy bien a nuestros empleados. Piénsalo, tan solo quince días y después podrás volver a tu vida anterior; si quieres podemos guardarlo en secreto, aunque, en mi opinión no hay nada vergonzante en el trabajo bien hecho. Quién sabe, lo mismo hasta es posible que acabes ganando más de lo que ganarías en el sitio del que vienes.

El frío de la calle azotaba su espalda, colándose por el pequeño resquicio que había entre su tocado y el cuello de su vestido. Sentía sus pies congelados, apenas notaba los dedos al moverlos. Mientras sus manos, al otro lado del umbral, se extendían ante el embriagador calor de las ascuas acunadas por el hierro.

-¿Y bien?, ¿qué dices, jovencita?

Ya lo había decidido. Un segundo antes de traspasar la entrada, envió una fugaz mirada al gélido exterior. Solo una ventana se entreabrió en una de las casas y un rostro de una mujer entrada en años la miró fijamente; parecía querer comunicarse pero no emitió sonido alguno; se limitó a observarla con la mirada triste, desesperada, hasta que la puerta se cerró y anuló todo contacto.

Calmó la duda con sorbos del humeante tazón y el morder crujiente y sabroso de los pasteles. El hombre le acercó el tarro de mermelada.

-Voy a indicar que te preparen una habitación y un baño. Come todo cuanto quieras y descansa.

Abandonó la sala, perdiéndose en uno de los pasillos donde el rostro de otra joven se asomaba curioso.

-Bertha, deja de espiar y prepara sus cosas. De momento dejadla que coma y descanse tranquila. Más adelante, avisas a Maggy y le dices que le explique cómo van las cosas aquí.

Siguió caminando, pero se detuvo al instante.

-Ah, y dile a Bowler que pare por un tiempo y que tenga más cuidado con las que elige; la chica es buen material pero apuntar demasiado alto puede traernos problemas. Dile también que quiero todo el dinero encima de mi mesa antes de mediodía.

martes, 10 de noviembre de 2015

Concatenación

-No lo puedes negar. 

-No lo niego, Brown. Ni yo ni ninguno de estos.

Los cuerpos, colgados del gran árbol, yacían frente a ellos mecidos por el viento.

-Pero estarás de acuerdo en que esta no era la manera.

-No lo era, pero, ¿qué más da?

El sheriff Duke observó más allá: el horizonte dorado, donde las nubes desaparecían y el sol fundía cielo y tierra.

-Piensa en la tranquilidad que traerá la ausencia de pistoleros.

-Pero, no todos lo eran.

-Si alguno no lo fue, está muerto. Nadie reclamará su cuerpo ni sufrirá su falta. Nada les ata a este mundo, solo un puñado de conocidos que continuarán sus vidas como si tal cosa.

-Aun así había algo en ese, el tipo que venía del norte. ¿No has visto cómo te miraba? Creo que nos equivocamos, casi me jugaría el cuello por su inocencia...

Duke echó un vistazo al rostro del cadáver: desencajado, con el odio y la incredulidad congelados en las pupilas. Recorrió el cuerpo hasta llegar al pie del árbol, donde un grupo de hormigas se abalanzaban sobre una presa que se revolvía inútilmente.

-Olvídalo Brown. Ahora importan tan poco como ese miserable insecto. Son solo sangre seca y carne muerta. Deja que se vayan al infierno y con ellos todos los fantasmas de este lugar.

Pero el tiempo pasó y los asaltos, robos y asesinatos no cesaron. El árbol obtuvo sus macabros frutos, cuerpos ajenos a aquella tierra, y el sacrificio expulsó por un tiempo el miedo del pueblo.

Mas continuó el desastre y se acabaron las ofrendas fáciles. Los asesinos seguían sin aparecer y, ante la imposibilidad de encontrar un nuevo culpable, todos miraron hacia atrás. Empujados por la desesperación, estudiaron los ahorcamientos y las actuaciones pasadas.

Fue entonces cuando brotó, tímida, una insinuación susurrada al oído idóneo: ¿y si fuera el mismo sheriff?, ¿quién sino había acabado con tantas vidas, calmando al rebaño, ganando tiempo para seguir con sus canalladas?

Y la insinuación, avivada por el temor, mutó de boca en boca, de conjetura a sospecha; silenciosa en inicio, creció abrazando la ambigüedad como escudo, hasta que todos encontraron la fuerza en el brazo de al lado. Unos a otros acabaron las frases, enhebrando los argumentos en un tejido común, odio por encargo, anclado en lo etéreo y escuchado.

La maquinaria se puso en marcha. El mismo sheriff Duke reconoció el gélido siseo de su criatura, el arrancar crudo de raíz y el cambio drástico que efectuaba en el hombre.

Echaron su puerta abajo una mañana gris. Tiraron de él hacia afuera y colgaron la soga del mismo árbol.

Notó las manos recias del verdugo, el abrazo atroz de la cuerda y un temblor eléctrico que recorrió su cuerpo.

-Duke Mulligan, ha sido sentenciado a muerte por asesinato, robo a mano armada, asalto y estafa. Que Dios acoja su alma, que su cuerpo alimente la tierra...

Apenas podía coger aire, imposible hablar; de todas formas, ¿qué importaba?, ya no quedaba nadie dispuesto a escucharle. Frente a él solo había extraños. La maquinaria había hecho su trabajo: solo un puñado de conocidos que, tras consumirse su vida, seguirían como si nada.

Entonces sintió el vértigo del parpadeo previo a la desaparición. Un minuto, puede que menos, el tiempo exacto de acabar aquella cháchara y dar la palmada al caballo que lo desterrara al vacío.

Ese minuto se eternizó, desagradable y estático. Las vidas segadas pasaron sombrías frente a él. Y observó entre los presentes al joven Brown, su ayudante, luciendo la placa. Adivinó las voces en su mente, la ausencia de toda responsabilidad y esa mirada calma y soberbia de quien está frente a un mero insecto.

Entonces escuchó la palmada, sintió su estómago trepando hasta la garganta, empujando el nudo hacia el cráneo, estallando en lágrimas de presión. Durante aquel vacío inacabable, concentró todas sus fuerzas en escupir un deseo; brilló como nunca, loco, pletórico e hiriente, hasta sentir la certeza de que aquel que tenía delante acabaría sus días allí colgado. Vislumbró una sombra de espanto en la cara de su antiguo ayudante y un embrión de carcajada surgió cuando la soga tiró de su cuello hasta apagarlo.

lunes, 8 de junio de 2015

Valoraciones

Las ramas extienden su sombra protegiendo a la figura del implacable sol de mediodía. Camisa blanca arremangada, pantalones desgastados, sombrero de paja moldeado por el uso y un bastón arañado con empuñadura oscura de vieja plata. Sentado en el suelo, frente al montículo donde descansa el fundador, apoya la espalda en el tronco del árbol, toma su pipa de maíz y raspa una cerilla contra la suela de su zapato.

Las hebras enrojecieron espoleadas por el aire que atravesaba la cazoleta. El crepitar anunció la columna de aroma intenso que serpenteaba hacia el cielo. DeLoyd retuvo la bocanada y tomó su tiempo regodeándose en el sabor amargo de monte, el ligero toque áspero y un último eco dulzón. Expulsó el humo, poco a poco, y dejó que la mezcla latiera antes de tragar saliva.

-Hola idiota. Después de todo las cosas han salido adelante. Como verás, tienes compañía. Ese de ahí te hubiera caído bien, era un hombre inteligente, de buena conversación y conocedor de cartas y humanos; pero, sobre todo, fue quien mantuvo en pie el saloon cuando comenzaron los problemas. Ahora esa tarea recae sobre los hombros de Vera y Bison.

DeLoyd avivó los rescoldos en la pipa. Echó un vistazo a la cruz de madera con el nombre de Kornelius tallado y envió varios anillos de humo al horizonte.

-El de al lado era un individuo peculiar, de los de darles de comer aparte. Vivo, astuto y despierto; un viejo Ulises borrachuzo que salvó la vida a golpe de lengua. Te sorprendería saber que fue él quien enseñó medicina a Tabitha, y eso que estaba medio ciego. Llegó poco antes de que empezara nuestra guerra y en ella acabó sus días; creo que te gustará.

La tumba era idéntica a la de Kornelius, salvo por la madera de la cruz, que insistía en seguir torcida, donde podía leerse claramente: Dr.Well.

-En esa última descansa un hombre del que poco sabemos. Pero, a juzgar por lo visto y escuchado, fue alguien sencillo, un punto simple y cabal. Algo me dice que sin él nunca hubieran llegado la viuda ni el reverendo; debió poseer esa suerte de fe que consigue mantener la vida en movimiento; creo que os llevaréis bien.

Dio un nuevo tiento a la pipa y se quedó observando el humo, disipándose alrededor de la cruz de madera con el nombre, Fred, tallado en ella.

-El resto están bien, Tabitha se ha ocupado de ellos. Bison deberá pasar un tiempo en reposo, ya veremos qué comemos mientras. Ralph tiene una herida en el costado al rojo vivo y Edgar anda cojo de la pierna derecha a causa de un disparo en la rodilla. El joven Jimmy también está cojo, aunque Tabitha dice que volverá a andar con normalidad; se quedará como alguacil, aunque hemos decidido entre todos ofrecerle el mismo pago que al sheriff; a buen seguro el señor Nake se apoyará en él en más de una ocasión. Jonowl sufrió un disparo en el hombro, nada serio, sigue en su arboleda pasándose de vez en cuando a vernos, aunque últimamente no le falta compañía ni atenciones médicas, ya me entiendes.

Sonrió y dejó la pipa a un lado. Extendió las piernas, cruzó los brazos tras la cabeza y dejó que el sombrero tapara sus ojos.

-¿Sabes Jed? Al final ha salido bien... A veces nos observo y me pregunto cómo ha sido posible; cómo pudiste saber a quién debías ofrecer aquellos papeles... Miro los cambios sufridos y casi no puedo creerlo. La única respuesta que viene a mi mente es que no pensaste demasiado lo que hacías, que te gastaste aquel dineral en este pueblo porque así te lo pareció, sin cuantificar el gasto; que repartiste aquellas concesiones a quien te fuiste encontrando y después nos dejaste, esperando que, pasara lo que pasara, fuera algo bueno. Toda una estupidez...

A través de los pequeños agujeros del sombrero el sol centelleaba entre las ramas movidas por una suave brisa que traía viejos aromas de polvo, aire libre y hierba seca.


-Hay que ver... todo ese dinero... solo un idiota lo habría hecho así. Lo curioso es que, por eso mismo, las posibilidades de que esto hubiera ocurrido son casi inexistentes; nadie en su sano juicio sacrifica lo razonable por una ilusión. Cada uno de los que estamos aquí somos hijos de un absurdo, una suma de decisiones fuera de lo establecido... contra todo pronóstico, existimos. Nunca imaginaría lo que esas decisiones han hecho de nosotros. Recuerdo los trajes y el dinero, lejanos y aburridos; de alguna manera tu enfermedad se ha transmitido a nosotros como una herencia; valoro más cada pedazo de este sitio que todo el oro que pueda acumularse. Lo digo y comprendo que no tiene sentido... cosa de idiotas y al brotar estas palabras de mis labios, todo parece más sencillo y liviano. Sé que no entiendes nada de lo que digo, porque el cambio lo hace cada uno de acuerdo a sí mismo; pero si tú eres la primera causa de esta idiotez, si tú eres el primer empuje de esta realidad paralela, no tengo otra cosa que decirte salvo, gracias Jed, gracias.

lunes, 1 de junio de 2015

Rellim

No hay sol ni luna, solo una creciente claridad conquista el cielo y baña la tierra. Las siluetas de los tejados se recortan contra un gris tímidamente azulado. El silencio ilumina centenares de huellas, costras de polvo ensangrentado y saca a relucir el enjambre de casquillos que voló de madrugada. Los hombres rendidos continúan firmes, ayudando a sepultar a los muertos o intentando alejar a los vivos de la noche.

En medio de aquel erial de sonidos, un caballo relinchó. Miradas cansadas se dirigieron a la entrada del pueblo, donde seis jinetes esperaban bajo el umbral con ojos fríos, ánimo fresco y colmillos afilados. En medio de ellos un rostro anguloso de cortes marcados y sombrero ancho parecía buscar a alguien entre la triste procesión de muertos en vida.

Los del pueblo observaban con el abandono del desengaño y la incredulidad. Hubo algún resoplido, miradas cruzadas y una risa corta estalló fruto de la impotencia. En realidad nadie quería saber nada. Veían la sombra de aquellos jinetes con la vana esperanza de que fueran meros espectros del pasado; pues sus cuerpos habían aguantado hasta las últimas, sus nervios se habían tensado hasta la delgadez extrema y habían latido dos vidas durante la madrugada. Acababan de descubrir que, cuando ya daban todo por finalizado, cuando el gozo de la supervivencia les otorgó el último aliento para cuidar de los suyos, el último zarpazo de Moodley, estaba a punto de comenzar.

El jinete apoyó sus manos sobre la silla de montar y siguió buscando con la mirada entre la gente, mientras el resto seguía sobre sus monturas, moviendo únicamente las pupilas, grabando en sus cerebros la posición de los posibles objetivos.

DeLoyd dio el primer paso. 

-¿Quiénes son, caballeros?

El jinete le ignoró, se irguió sobre la silla y gritó con voz desgarradora.

-¡Will Nake! ¡Sal de donde estés!

Los ojos del sheriff se abrieron, aquella voz le hirió como un viejo gancho que hendía de nuevo su carne agujereando la nuca. Se incorporó, sentándose sobre el camastro de la celda, y miró fijamente la puerta de barrotes abierta. Echó mano de Amy, para comprobar si estaba cargada, y se sorprendió titubeando. Un recuerdo llegó del pasado y rasgó su ánimo: otro pueblo, la soledad ante el enemigo, la liberación del abandono y el amargo rescoldo de la vergüenza.

-¿Estás ahí sheriff?

Revivió el hiriente egoísmo a su alrededor: las miradas suplicantes de quienes, hasta aquel entonces agradecidos, le exhortaban a huir y el estremecedor vacío de quienes callan esperando que el mal trago pase para continuar sus vidas. Hizo acopio de valor y levantó la vista más allá de los barrotes: el suelo de madera, su mesa y la vieja silla que continuaba, sorprendentemente, de una pieza.

-¡Vamos, Nake, soy Rellim! ¡Es a por ti a por quien vengo!

Recordó el peso de la maleta al colocarla en el carromato y el dolor latente al dejar atrás su casa. Recordó cómo, asaeteados por la conciencia, nadie acudió a despedirse. Y el dolor llegó de nuevo ante aquella voz que, habiéndole obligado a abandonar su mundo, ahora regresaba de nuevo para demostrar que ocurriría lo mismo una y otra vez, hasta que la muerte cortara el círculo. Buscó a tientas, bajo el camastro, su vieja taza, mientras continuaba alzando la mirada, siguiendo los listones de las paredes, hasta el marco de la ventana donde la claridad del alba atravesaba las aguas de vidrio. Entonces lo vio. Apoyado en la puerta, con la pierna vendada, Jimmy sonreía con una taza en su mano.

-¿Un último café, sheriff?

Will alzó su taza, vieja y descascarillada, echó un buen trago y sonriendo se dirigió de nuevo hacia el joven Jimmy.

-Amargo y mohoso, como debe ser.

Se levantó con un quejido y, conforme volvió a ganar altura, regresó el color a su rostro.

Pasó junto a Jimmy y el ánimo volvió a latir al escuchar sus pasos tras él. Afuera en el porche, Lily esperaba con un winchester entre las manos y la chistera del Dr.Well cubriendo parte de su níveo cabello.  Apenas recordaba ya el peso de la maleta sobre el carro, cuando de enfrente salieron Ralph y Edgar, con pasos cansados y alguna cojera cosechada durante la batalla. Entonces, Nake sintió el paso firme y seguro sobre el suelo.

-Bien Rellim, me buscabas... aquí me tienes. Esto es algo entre tú y yo. Deja a los tuyos al margen y  esta gente también lo hará.

-¿Esos? ¡Hubiera jurado que ya estaban muertos! ¡Casi sería mejor que te enfrentaras solo!

Los jinetes dispararon sus risas, secas y ásperas, a través de la negrura de su boca, hasta que un silbido, limpio y claro las cercenó. Arriba en la arboleda, el enmarañado rostro de Jonowl acechaba con los brillos dorados de su rifle. Parecía regresar el murmullo a las filas de los bandidos, cuando un nuevo silbido surgió del primer piso del salón donde la silueta armada de Bison apareció en una de las ventanas.

DeLoyd carraspeó y se dirigió a ellos.

-Me temo, caballeros, que no tienen nada a hacer. Somos más y dispuestos a jugarnos la vida. Si contaban con el miedo para hacernos retroceder, me temo que no va a ser posible. Por si aun lo dudaban sepan que dos más de los nuestros les apuntan desde las caballerizas y que allí en lo alto, en la campana, un reverendo y una mujer, que le acompaña, también esperan el momento oportuno para apretar el gatillo...

Los jinetes estudiaban todos los frentes y parecían otear, incrédulos, bajo la cegadora campana que relucía con los primeros rayos de sol, cuando una voz de mujer brotó de allí.

-¡Que conste que yo no acompaño a nadie, es este quien se pega a mí como una costra! ¡Eso sí, tengo mi henry apuntando a la cabeza del más gordo!

Las poses se descomponían, alguna de las monturas resopló ante la tensión de su amo y los cinco jinetes miraron a Rellim cuando el sheriff se dirigió a él con Amy en sus brazos.

-¿Y bien, qué dices Rellim? ¿Arreglamos esto tú y yo solos?

La mano del bandido se cerró con fuerza y el cuero de las riendas crujió bajo su puño. Miró a los suyos que apartaban sus bestias. Solo, frente a Nake, sin ninguna posición que lo encumbrara, se le antojaba más grande. Entre sudores aflojó los dedos y recorrió mentalmente la distancia hasta el revólver, apenas a un pestañeo antes de escupir muerte. Los otros se hicieron a un lado también, manteniéndose anclados a los bandidos. Nake se mantenía firme, pero el bandido no pudo encontrar sus ojos, pendientes como estaban de sus movimientos y su revólver. Comprendió entonces que a su enemigo ya no le importaba el enfrentamiento, que no estaba sujeto al miedo, como si ya se diera por muerto y solo buscara llevárselo por delante a cualquier precio. Sabía que era más rápido, pero notaba la extraña lejanía de su enemigo y las dudas enmarañaron su alma. Intentó un primer movimiento pero la mano quedó quieta, felizmente atrapada entre las riendas. Arengó a todo el brazo, pero solo llegó a aflojar los dedos. Decidió empezar de nuevo y concentró todas sus fuerzas en un solo movimiento y empujar así su ánimo anclado; mas, al llegar al instante que separa el pensamiento de la actuación, la mano se cerró de nuevo, tiró con fuerza de las riendas y, antes de que los suyos pudieran decir nada, clamó un claro y desesperado:

-¡Vámonos!

Espoleó el caballo como nunca y gritó a todo galope hasta herir la garganta, dejando que el aire engullera su aullido.

A lo lejos, en Canatia, no hubo gritos de júbilo; solo sonrisas, palmadas en la espalda, suspiros de desahogo y la gloriosa sensación que otorga la llegada del descanso.