lunes, 20 de julio de 2020

Promontorios

Sobre dos bultos enrollados en mantas descansan los sombreros de Jake y Patty. El resto está a pocos pasos, en medio de un edificio en ruinas, alrededor de una hoguera cuyas llamas dan calor y subliman en chispas vivas hacia un cielo eterno y oscuro que alguien llenó de plomo brillante.

–De acuerdo Sam, ¿puede usted volver a explicarme el porqué de este rodeo?

El viejo intentó retener la pregunta, pero aquella situación le superaba.

–¿Otra vez? Ya le he dicho que es un buen lugar para evitar la parada del itinerario -responde Sam tras escupir a las ascuas.

–¿Pero qué tiene de mejor este sitio? Porque, encima de habernos tenido que desviar, por no tener, no tenemos ni techo.

La señora Howard ofrece a la señorita una taza con un poco de la sopa aguada que hierve en una cafetera junto a la hoguera. Esta rehúsa con sonrisa conciliadora y grácil movimiento de mano, para fijar de nuevo la vista en las viejas paredes de adobe que, semiderruidas, siguen manteniéndose en pie.

Sam resopla cansado, coge una de las ramas del suelo y retoma aire para volver a la carga con el viejo.

–Vamos a ver –acompaña sus palabras con pequeños surcos en la tierra– nosotros venimos de aquí y deberíamos parar aquí, aquí y aquí; eso lo sabe cualquiera que se haya preocupado en preguntar. Se trata de buscar un sitio distinto donde hacer noche. Nuestra mejor opción hubiera sido un poco más al norte, pero esa también la sabrían. Así que tocaba buscar un sitio no tan obvio y le aseguro que este no lo recuerda ya ni el tipo que lo creó.

El señor Howard apenas alza la vista mientras da un sorbo del caldo sucio y garabatea en su libreta espacios, paisajes y encuadres.

–¡Maldita sea, pues claro que no!, ¡es que no hay nada que recordar, a la vista está! –contesta el viejo mientras con la mano abarca en un arco todo el lugar.

La señorita escucha atenta, sentada de lado sobre una piedra: pamela recta, espalda erguida y piernas recogidas, mientras observa las sombras de los contendientes proyectadas, gigantescas, en la pared.

–¡Oh vamos! ¿Acaso cree usted que el apeadero estará en mejores condiciones? Al menos aquí no hay cadáveres ni nos espera una emboscada al llegar. Es más, si algo pasara, aquí en alto, tenemos más posibilidades de mantenernos con vida.

–Ja! –el viejo calienta las fauces y señala a su contendiente– ¡Por supuesto, general! ¡La misma posición ventajosa que nos anulará la salida cuando esos coyotes nos rodeen!

Prenden nuevas ramas y sube la llama henchida.

–¡¡Pero es que no va a entrarle en la mollera que en el apeadero no vendrían a por nosotros, sino que ya estarían allí?? ¡Una reunión de coyotes con todo preparado para darnos la bienvenida!

Se suceden los chasquidos, parte la leña y alimentan los trozos un fuego que calienta cada vez más.

–¡Demonios! ¡Al menos allí estaríamos en campo abierto para maniobrar, mi general! ¡¡Porque le repito que aquí, en este faro, estamos ofreciéndonos al enemigo, como manjar en bandeja!! Y perdemos tiempo, señor Summers, algo que no podemos permitirnos si es que quiere cobrar… ¡le repito por si no lo ha entendido, si-es-que-quie-re-co-brar!

Avivan las llamas, enrojecen los rostros y un blanco níveo se forma en el mismo centro del infierno ígneo.

–¡Basta ya, maldito loco! –Sam se levanta látigo en mano y chasquea su voz al aire– ¡Ni general ni leches! ¡Mi trabajo es llevarles con vida a su destino y eso voy a hacer! ¡Mientras se siente en mi diligencia usted hará lo que yo diga, me oye? ¡Si no le parece bien, póngase en pie y baje andando por esa ladera! ¡El mundo es suyo, comandante, al menos hasta que muera!

Quiebra uno de los grandes troncos y la hoguera descarga en tormenta de chispas hacia el infinito nocturno.

Calla el viejo y vuelve a su sitio. Fuego y sombras aminoran. Destensa el rostro Summers, antes de ponerse un poco más de sopa aguada en su taza.

Cae pesado el silencio, aplastando a todos, manteniendo miradas perdidas sin saber quién arranca de nuevo, hasta que seres más diminutos grillan la tela y una suave brisa se lleva los restos devolviendo frescor a las mentes y una suerte de esperanza a las almas.

Se escuchan bostezos y estirar de miembros. Paladean lenguas en boca seca y dos siluetas se acercan, aún medio despiertas, a por algo de sopa.

–De acuerdo, nos toca. Duerman ustedes ahora, les despertaremos al alba.

Se quedan Jake y Patty junto a la hoguera. Mira la india hacia el horizonte, intentando adivinar lo que ocurre en la negrura.

–¿Funcionará?

Suspira la india en respuesta.

–No lo sé, esta vez no lo tengo claro.

Echa un poco más de leña Jake, lo justo para mantener el fuego.

–Entonces solo nos queda continuar como si así fuera.

lunes, 13 de julio de 2020

Quemando tierras


–¡Sooo! –Los caballos se detienen, poco antes de llegar al apeadero.– ¿Y bien?

–La verdad, no sé qué decirte… ¿Patty?

Desde arriba de la diligencia, la india otea la entrada, el edificio principal y una pequeña caseta junto a los establos.

–No avancéis. Algo va mal, Jake, demasiada calma. ¿Recuerdas Soft Valley?

–Lo recuerdo.

Sam mira hacia Jake con la pregunta en el rostro. Jake suspira y niega con la cabeza

–Una casa en la que solíamos parar cuando llevábamos ganado. Los dueños, Erwin y Bricia, nos daban techo y comida a cambio de un puñado de historias y cualquier cosa de lo que lleváramos que les hiciera un apaño. Cierto día, estando a tiro de revólver, a Patty se le cruzó la misma sombra que ahora y si algo he aprendido es a hacer caso a sus presentimientos; te costará de creer, pero tiene contacto con alguien ahí arriba: el de los suyos, el nuestro, el de todos o el de ninguno… pero lo tiene; y aquel día olió a muerte.

--¿Y bien?

–Se acercó Henry. Enviarlo a él con sus dos cañones y el bowie era como mandar a toda una avanzadilla: sabía acercarse en calma y tronar solo cuando fuera necesario. Él fue quien encontró los dos cadáveres en el centro del salón con tantos cortes que costaba imaginarlos sin costuras y el cráneo, al aire, lleno de sangre reseca.

–¿Indios?

–Coyotes más bien, de los de dos patas, mudando de piel para que pareciera roja.

–Entonces, ¿qué hacemos?

–¿Reverenda?

–Parece que la tormenta ha pasado. Nos falta el maldito alcornoque; podría intentar acercarme yo…

–Yo iré, quédate ahí arriba y mantén la mira cerca del ojo.

Jake baja de la diligencia y Patty lleva el rifle al hombro, con la guarda decorada con tachas de latón en forma de cruz, y hace de la mira su nuevo horizonte. Jake desenfunda y camina ahogando los pasos, eludiendo el camino directo hasta el muro que rodea el recinto. Una vez allí observa a Patty que da el visto bueno con una de sus manos. Él respira hondo y se acerca al portón, entreabierto, de madera basta y grisácea. Mantiene en alto el revólver a la izquierda, posa la mano derecha sobre uno de los tablones y empieza a empujar.

Chirrían los goznes. Para un segundo, nada se oye, y no queda sino continuar. Abre la puerta y se cuela dentro, buscando con prisa un sitio donde poderse resguardar. Se sienta en el suelo, apoya la espalda contra un par de barriles e invoca de nuevo el silencio para ver si alguien se delata en un ruido.

De nuevo nada se oye. Se gira un poco y mira entre la fina rendija que dejan los toneles. La puerta del edificio principal está abierta, los establos vacíos sin bestias ni aperos y una caseta, sin puerta, alberga los cuerpos de quienes han encontrado ya su final. Ahora solo queda la parte más difícil, levantarse e ir hacia allá como una sombra, confiando en el buen ojo de Patty… ¿Cómo lo hacía Henry?

Respira hondo, aprieta fuerte los dientes y devuelve su cuerpo al aire libre. Se mueve sin arranques ni pausas, fluido, errático, calmado; concentrando el nervio en ojo e índice, por si toca invocar tormenta. Y entonces un ruido surge del establo, gira en instinto el arma, bajando el pulgar, invocando el índice hasta que la visión de un lagarto espinoso ahoga el golpe, la chispa y la llama, mantiene en calma el gatillo y activa las risas de una digger que no ha dejado de ver todo desde su atalaya.

El silbido final de Patty le devuelve a la calma. Recompone paso, yergue figura y camina hacia la caseta. Rastros de sangre, de dos o tres horas, muestran el itinerario seguido al arrastrar los cuerpos. Un viejo, dos hombres y una anciana duermen en grupo su sueño eterno. Solo plomo, ni cortes ni ensañamiento, un mero trámite que les deja sin cambio de bestias ni comida en medio del maldito yermo.

Acerca Sam la diligencia y bajan hacia el edificio principal.

Jake abandona la caseta y se acerca al grupo.

–Quien haya sido no ha de volver. Su trabajo ya está hecho.

–Habrá que decidir qué hacemos –comenta Sam–. Habría que plantearse si esperar hasta que descansen los caballos o volver atrás.

El viejo recibe las palabras con sorpresa.

–Señor Summers, debemos llegar cuanto antes a nuestro destino. Me veo en la obligación de recordarle que de ello depende que usted reciba su emolumento.

–Y usted debe entender que los animales necesitan reposo y que quien haya hecho esto nos quiere cansados y hambrientos.

–Quizás doblando la cantidad encuentre el valor necesario para continuar.

–¿Usted me ha visto bien? ¿Le parezco alguien a quien el dinero pueda conducir? Le cobraré lo justo por el viaje, y pienso llevarlo a cabo en las mejores condiciones para todos nosotros y, por supuesto, para los animales, porque le recuerdo que sin ellos usted no habría llegado hasta aquí.

–A ver, no era mi intención decirle cómo hacer su trabajo y ya sé que no sufre la enfermedad del oro; pero quiero hacerle entender que es crucial que lleguemos a tiempo. No se trata ya de poder cobrar más, sino –el viejo echa un vistazo hacia la señorita que, bajo su pamela, apenas atiende a lo que pasa perdida ante la visión de los rastros de sangre en el suelo– sencillamente de cobrar sin más. Si la señorita no llega en el tiempo indicado, ni usted ni yo ni ella veremos un solo dólar. Por eso mismo, indique usted el precio que considere justo de acuerdo al riesgo y sigamos adelante.

–Lo cierto es que los problemas nos siguen hagamos lo que hagamos –interviene Jake– el ataque en William’s Post no fue casualidad. Y estoy seguro que si Henry rehusó venirse fue para no sumar sus problemas a los nuestros. Si volvemos allí, tendremos a sus demonios en contra nuestra y con nosotros no habrán de llevar cuidado de levantar sospechas. Yo creo que lo mejor sería quedarse y descansar.

–Estos no vuelven, eso está claro. –dice Patty mientras echa un vistazo adentro de la caseta.– De volver a verlos será más adelante.

–De acuerdo, ya hablaremos luego con calma de sus “cláusulas especiales” –dispara Sam hacia el viejo– parece que puede tener algo que ver en lo que nos está pasando. De momento las cartas están sobre la mesa, así que: abran juego.

El viejo decide seguir sin demora y la señorita vota de acuerdo a él. Los Howard se mantienen al margen mientras mantienen las ganas atadas a la cámara y la vista en la triste escena de la caseta. Jake y Patty deciden continuar pero esperando el tiempo necesario para que los animales descansen. Y Sam piensa seriamente volver a las montañas y desde allí tomar otro camino, pero el recuerdo del ataque en William’s Post y la posibilidad de una nueva encerrona le hacen posicionarse junto a su compañero de asiento y Patty. El viejo asiente con desgana e intenta convencerse de que con los animales descansados aumentan las posibilidades de llegar a tiempo al destino.

–Decidido entonces –informa Sam– dejamos descansar a los animales y continuamos.

–Necesitaré algunos brazos para hacernos cargo de los cuerpos.

–Vamos allá, reverenda.

Aprovecha Sam para echar un sueño. Jake y Patty van hacia los cuerpos, ofrecen también sus brazos los Howard, aprovechando para fotografiar el momento, y se acerca la señorita, pese a las protestas del viejo; va firme como siempre, pero el rostro se muestra ausente, cubre con sábanas del edificio principal los cuerpos y mira sus caras intentando entender la magnitud del motivo que pueda llevar a ejecutar tal acto.

lunes, 6 de julio de 2020

Despedidas


El sol aún no sobrepasa los pinos. Los últimos rescoldos de la fogata humean a la mañana. La cafetera reposa vacía y se empieza a enfriar. Pequeñas gotas de rocío coronan las plantas, inundadas por una claridad grisácea y se preparan para desaparecer.

En el valle la diligencia está lista. Sam repasa las ataduras de los caballos, mientras Patty y Jake acaban de cargar los equipajes.

Los Howard vienen de los límites del terreno con la cámara a cuestas y la cara de satisfacción de haber cazado buenas piezas.

El viejo sale renqueando con la mano derecha aplacando riñones y la izquierda intentando extraer algún resto del desayuno que se niega a abandonar los dientes. La señorita va tras él: recta, imponente y disciplinada, como si no tocara el suelo, enarbolando el amarillo vivo de sus ropas contra el frío gris del alba. Solo antes de subir, se detiene un segundo mirando atrás, se permite un mero pestañeo y una sonrisa se fuga ante la visión de aquella casa en medio de un lugar perdido.

Ocupan todos su sitio adentro, se enrollan los cueros de las ventanas, asegurando el contacto con el exterior.

Sam va colocando las riendas, revisando la palanca de freno y templando las ganas.

En suelo firme, Henry, Patty y Jake se mantienen en pie, pensando en alto, buscando palabras, cada uno frente al otro evaluando quién será el primero en desenfundar.

—¿Estas seguro? —habla primero Jake.

Henry asiente solemne con la cabeza.

—Tengo aún cosas que poner en orden. Pero gracias por compartir vuestro plan conmigo.

—Seguirá en pie, amigo. Siempre que sigas en este mundo.

Asiente Henry de nuevo y dispara un vistazo a la india que acuchilla una mueca extraña en el rostro.

—Ha estado bien volver a veros y pasar una noche al raso como en los viejos tiempos. Me he sacudido unos cuantos años de encima.

Recompone Patty la voz y arranca grave.

—No hay nada aquí que no puedas conseguir fuera. Todo es mundo, Henry. Lo único que puede ocurrir es que pierdas tu propia vida en esta tierra.

—Joder con la Digger, ¿siempre sabes dónde cavar, eh?

Patty amartilla el rostro.

—¡Vete al infierno, alcornoque!

—Para ser reverenda mandas demasiadas veces a la gente para abajo.

—No importa dónde te mande, seguro que tendrías los santos cojones de notar algo de frío allí.

La cuchillada secciona toda tensión. Toman un tiempo más en despedirse. Patty sube al techo de la diligencia y Jake ocupa su sitio junto a Sam. Henry se queda en tierra, acompañando la diligencia con la mirada, hasta que la gran muralla de pinos acaba por engullirla. Da media vuelta y observa su casa y el valle, magnífico paraíso apartado del mundo, rodeado de hostilidad.

Abandonan el bosque y al terminar la última pendiente: se coloca Sam el sombrero, toca firme las riendas y todo vuelve a rodar.

Relinchan feroces las bestias, buscan asideros las manos, cabecean veloces las crines, giran a la inversa los radios y surge densa la nube de polvo que solo atraviesa un sol implacable. Surca el bote sin detenerse; paisaje seco y amarillento. Mas no se oye nada, ni pájaros ni viento ni gritos ni insectos, solo el silencio de unas trompetas estridentes que atronan en metal el mundo eterno que se extiende ante ellos.

lunes, 29 de junio de 2020

Encinas y montañas


Sube el camino, se eleva la roca y crecen notas de verde sobre marrón oscuro. Ya no hay polvo alcalino.

Giran veloces las ruedas, dibujando discos diáfanos en plano. Pasan pinos y arbustos, resistentes, secos y eternos. La piedra está suelta, medio hundida en la tierra; orillas de musgo fresco toman la parte oscura de la sierra.

Pegados a la diligencia, dos grandes caballos estabilizan el bote; delante, dos más ligeros serpentean en cada curva de acuerdo a los toques de rienda.

Dentro nadie duerme. Se enrollan los cueros, los rostros se asoman, observan y asombran ante el nuevo lugar.

Conquistan la cuesta, pronunciada y agreste. Patty desde arriba, distingue la cima: pequeño valle, cercado de postes, casa de madera junto al fino arroyo de un manantial.

Señala Jake la zona, toca Sam las riendas, comienza la diligencia a variar el ritmo, aminoran el paso las bestias y todos los viajeros se estiran, pestañean y bostezan; buscan recuperar el cuerpo, despertando así los miembros dormidos y hablan un poco mientras el transporte se va deteniendo y se preparan para bajar.

De la casa asoma un tipo grande, pelo y barba enmarañados; se acerca sin armas a la diligencia, entornando los ojos para descubrir conocidos entre conductores y pasajeros. Sonríe y alza la mano al distinguir alguien afín.

—¡No me lo puedo creer, Jake Ruby y Patty Digger! ¡Estáis muy lejos de las zonas de pasto!

—Maldito alcornoque... —devolvió Patty entre sonrisas—

—Jajajajaja, Holmoak, reverenda, es Holmoak.

Jake baja de un salto y se acerca hacia el lugareño.

—¿Como va todo Henry? Veo que te has asentado bien.

—No me quejo, ya sabes que no sirve de nada.

—¿Siempre recibes desarmado a los extraños?

—Es la mejor forma de poder acercarse a alguien; tengo la vieja Parker en casa. Hace mucho descubrí que los cañones se saludan entre sí con demasiada facilidad.

—Bueno, te aseguro que aquí nadie piensa desenfundar. Este es Sam Summers —el conductor asiente un saludo—, como ves tenemos trabajo nuevo; las cosas pintan mal por abajo, así que habíamos pensado hacerte una visita.

Henry devuelve el saludo a Summers y suelta un hola claro a los que, poco a poco, Patty ayuda a salir. Devuelven uno a uno el saludo. Los Howard otean la zona buscando encuadres. Baja la señorita firme y femenina, pose marcial del este, aunque se adivina cierto cambio de postura, un atisbo de relajación tras el duro ajetreo del viaje. Y por último el viejo limpia sus anteojos mientras se acerca al lugareño.

—Buenos días, caballero, un placer. Quisiera agradecerle de antemano su hospitalidad y decirle que recordaremos su servicio.

—Vaya, pues de nada. No tengo gran cosa, pero si conocen a Patty y a Jake, no les ha de faltar algo de comida y un sitio donde dormir. Pueden dejar sus cosas en el porche. Dentro hay una habitación para las señoritas y por si Patty está cansada del olor a pies. Dentro hay una olla con guiso, pasen acomódense y echen tres trozos más de carne seca y un puñado de harina.

Summers va con los viajeros al porche. Se quedan Jake y Patty soltando caballos mientras charlan con su antiguo compañero.

—¿Novedades? —Pregunta Jake.

—Algo de jaleo por aquí. Pero no os preocupéis, estando más gente no habrá nubarrones.

—Si necesitas algo. —Interviene Patty.

Henry mira hacia arriba, al cielo despejado y sonríe.

—Ya me conocéis. No acostumbro a tener amigos para algo, se trata simplemente de aprecio. Aunque con vosotros eso de apreciar cueste más que masticar piedras.

Jake sonríe y ahoga la respuesta. Patty observa alrededor y fija la vista en el pequeño arroyo que discurre cerca de la casa.

—¿El agua?

Asiente Henry en respuesta.

—Entre otras cosas. ¿Qué le vamos a hacer, el mundo está ansioso por este abundante riachuelo! Pero no hablemos de cosas tristes. Contadme, ¿qué absurda idea os ha llevado a cambiar el ganado por personas?

—La culpa es de este —señala Patty a Jake—. Tiene un plan, hacia el oeste. Esto nos ayuda a movernos y nos dará de comer.

—Ya no hay sitio para nosotros, pero es posible que pueda hacerse uno nuevo.

Jake echa mano del bolsillo interior de su chaqueta, asoma un papel entre los dedos, pero se detiene.

—¿Sabes?, mejor luego. ¿Has dicho que tenías algo de comer? Esto se digiere mejor con comida y algo de beber.

Dejan los caballos junto a la casa, cerca de un pequeño cobertizo con leña apilada. Entran en la luz tenue de la casa, al abrigo del fuego y el sorprendente aroma de un guiso en el fuego. Van todos a la mesa y preparan estómagos.

—No suelo tener tantas visitas. Así que cada cual coja el recipiente que más le guste, aquí hay tres cucharas, cojan el resto lo que puedan para llevarse la comida a la boca.

Las primeras cucharadas demuestran lo increíble de que aquel engrudo pudiera saber tan bien. La señora Howard pone a prueba el ojo, fotografiando la estancia y fija la vista en una escopeta que cuelga de la pared.

—Hace mucho que no la despierto, señora. Un plato como el que tiene delante suele acabar más con el hambre de lucha que el plomo. Cualquier amenaza que sobreviva a eso, es que trae motivos más serios detrás... entonces no hablamos de duelo o batalla que solucione una bala, hablamos de guerra y en esas no sirve actuar con prisas, porque nunca llega el final.

Quedan los platos vacíos; unos encienden tabaco, otros beben algo y hay quien simplemente descansa, mientras entre todos tejen la conversación.

Acaban la velada y empiezan a prepararse para dormir. Patty, Jake y Henry salen afuera y se tumban bajo el cielo abierto, recordando tantas y tantas noches, charlando con los últimos rescoldos a un lado y arriba, eterno, el oscuro mar estrellado.

—¿Entonces?

Henry mantiene en boca la respuesta, sin apartar la vista de las estrellas.

—No sé, Jake, no sé. Podría dejar los animales a gente de por aquí, mientras no dé mi consentimiento, puedo ausentarme sin perder las tierras... pero no sé.

Los restos de la fogata atenúan el frío que de una forma agradable sacude los rostros en silencio.

—Buenas noches, alcornoque.

—Buenas noches, digger.

lunes, 22 de junio de 2020

Henry Holmoak


El cielo plagado de estrellas apenas iluminaba la casa de donde surgían voces y risas.

Las manos golpeaban la mesa al ritmo de las carcajadas. Rostros enrojecidos, restos de saliva lanzados al aire. Las botellas encerraban el poco caldo que quedaba en la sala.

Entre las risas y el griterío se alzó una de las voces.

—¿Y qué me decís de cuando le movimos dos palmos los postes del cercado?

—No paraba de ir de aquí para allá, como si notara que algo fallaba y no sabía el qué.

—El par de maderos con carcoma que le pusimos... esa sí que fue buena. Cuando se le escaparon los animales y se puso, uno a uno, a revisar todos los postes.

—¿Y la pepita que le dejamos medio escondida cerca del río? Va el tío y la chafa sin darse cuenta, el muy imbécil.

—Yo creo que sabía muy bien lo que había. Nos caló...

—Una pena, hubiera sido genial verlo cavar en busca del filón.

—De todas formas todo sirve; cada revés, por pequeño que sea, suma. El objetivo es que cada cosa que le ocurra piense que es adrede. Al final ya no habremos de hacer nada y cualquier imprevisto parecerá preparado... Creedme, llegado el momento, el mundo entero jugará a nuestro favor y él tendrá todo de cara. Es solo cosa de tiempo que caiga.

—Eso dijiste hace tiempo, Bud, y ahí sigue. Estamos cansados de verlo de aquí para allá. A estas alturas ya debería haber abandonado las tierras, pero no es así...

—No os preocupéis, tengo un as en la manga; algo que no se espera. Llevo haciendo esto mucho tiempo y sé lo que hago. No será ni el primero ni el último. A fin de cuentas debéis entender que nosotros estamos en este lado y él está solo. Os aseguro que es cosa de tiempo, pensadlo bien, ¿qué tiene?


***

Bajo el porche, sentado en su vieja mecedora con una humeante taza de café, algo aguado, en la mano. El alba ya despunta. Con el primer sorbo llega la brisa fresca de la mañana. Nota el revigorizante amargor entonando el cuerpo, mientras disfruta del mecer de las copas de los árboles y el suave rumor del río.

Lejos, en la casa de las carcajadas, la gente ha caído. Algunos sobre sus propias babas, otros abrazando botellas. Solo dos se mantienen despiertos, un tipo de elegante sombrero y uno de los del rancho.

—... es sin duda el mejor, señor Palefield, todas las jugadas, todas las trampas, sin levantar sospecha y sin un solo acto que pueda erizar al sheriff... sabe lo que se hace; se nota que lleva tiempo en el asunto.

—Tienes toda la razón, Bud es justo lo que necesitábamos, el mejor que he visto en mi vida. Y por eso mismo será el siguiente.

—Pero...

—¿Qué esperabas? Este es un mundo de canallas, no quiero que llegue el momento en que deba enfrentarme con él.

—Entonces...

—No te preocupes, si algo aprecio en mi gente es la sensatez. Y tú eres muy sensato, dale alguna que otra vuelta y lo comprenderás. Por cierto, ¿quién traía este mes el ganado del sur?

—Rob, señor Palefield.

—Perfecto, un borrachín.

***

Tras el último sorbo, deja la taza en la mesita que hizo con los restos sanos de unos postes carcomidos, comprobó el tonel de agua de lluvia que puso bajo la canal del porche cuando el río cambió de curso y se fue a echar un vistazo a los animales en el cercado nuevo.

A veces le cortaban la vida, pero se trataba sencillamente de caminar por otra senda.

lunes, 15 de junio de 2020

La Garganta del diablo




A ambos lados se alzan imponentes las paredes de roca. Sam roza las riendas; los caballos aminoran y baja la ola de polvo.

–Y le llaman Arroyo Seco… ¡La Garganta del diablo debían haberle llamado! Dicen que, justo después de que se abriera la ruta, un loco pasó por aquí con los caballos en pie de guerra, había apostado todo cuanto tenía a que llegaba antes de lo indicado a su destino; la ola de polvo que levantaba llegaba hasta el maldito cielo, el carro daba tantos botes que hacía saltar las piedras de arriba de las paredes rocosas. Tan rápido iba el pobre diablo que se equivocó de ruta y acabó teniendo que parar en un recodo. Y fue entonces, mientras maniobraba para dar la vuelta, cuando aquella nube de polvo se estrelló contra la pared de roca, engullendo carro, caballos y al pobre tipo que no pudo cumplir su apuesta.

–¿Y qué fue del tipo? –Pregunta Jake.

Sam niega con la cabeza.

–Según cuentan, cuando el polvo acabó de caer, quedaron sepultados bajo toneladas de tierra. Y todo cuanto queda de ellos, se encuentra tras esa curva.

Gira la diligencia y salva una bifurcación. Entre las rocas escarpadas sobresale una, erguida sobre el resto, con la forma tosca de un amasijo de salientes pegados a lo que bien podría ser la forma cuadrangular de un carro.

–Jajajajaj ¡Joder Sam, siempre cuentas esto al pasar por aquí?

–Siempre; aunque mi acompañante lo conozca.

Poco a poco, las paredes de roca disminuyen su tamaño y vuelve el paisaje llano y árido alrededor del camino. Solo algún cactus, una roca partida por el frío nocturno y el calor del sol y el verde parduzco de alguna alimaña que disfruta del fuego infernal tumbada sobre el suelo abrasador.

Patty se quita el pañuelo y lo golpea contra sus piernas para exorcizar el polvo alcalino. Dentro, el matrimonio del este descansa uno sobre otro y el viejo dormita apoyado en una señorita que sigue firme con su pose marcial de civilizada feminidad.

Y llega al fin el transporte al apeadero. Un chiquillo abre las puertas y saluda con el sombrero. Detiene Sam el vehículo, avisa a los pasajeros de que tienen el tiempo justo de dar un bocado antes de continuar y acompaña, junto a Jake y Patty, al chiquillo al abrevadero.

Baja el viejo con el ceño fruncido contra el sol, baja tras él la señorita cubierta por su pamela y bajan los Howard estirando piernas y brazos, sonrisa en boca y ojos bien abiertos escudriñando el paisaje.

Entran los cuatro en el edificio de adobe. Saludan al tipo grande y calvo que, trapo en hombro, alza la vista y despega los codos de una tabla apoyada sobre barriles.

–Buenos días. ¿Quieren comer?

Asienten los cuatro, el tipo canta el precio y no dice más. Señala una mesa con dos bancos y se mete en la cocina. Ruido de cacharros; los cuatro toman asiento y el chirriar de tablones anuncia la figura en chistera del extraño viajero que está a punto de entrar.

Afuera los caballos descansan y refrescan las gargantas, mientras el chiquillo limpia la diligencia adivinando el agradecimiento metálico en Sam.

Al poco llega el posadero con cuencos, pan y agua para Sam, Jake y Patty. Recibe los agradecimientos por el detalle y se sienta con ellos a charlar.

–¿Qué tal el viaje?

–Sin novedad –contesta Sam pensativo– y eso que pintaban mal los caminos.

–No te equivocas Sam. Hay revuelo en la zona. No se sabe nada de los McCabe y dicen los soldados que los Cuchillos del indio andan erizados.

–Se suponía que no había vida allí desde hace tiempo.

–Un grupo de guerreros ha abandonado la reserva, cabalgan con hambre de pan y de recuperar su vida.

Resopla Sam y echa un vistazo alrededor como buscando alguna salida en aquel monótono horizonte plano.

–Eso es malo… ni loco me meto en los Cuchillos con indios en pie de guerra. Pero es demasiado tarde para dar la vuelta, no tengo paradas en ningún otro camino desde aquí. Esperar es absurdo, porque no sabemos el tiempo que puede pasar hasta que se normalice la situación... ¿Tenían alguna pista los soldados?

Niega el posadero y frota ambas manos en el delantal.

Patty mira a Jake y envía cierto gesto de complicidad. Jake muerde el labio y observa al suelo antes de animarse a hablar.

–Bueno, nosotros conocemos a alguien; tiene una casa un poco más al norte, cerca de las montañas. Es un desvío importante pero podríamos hacer noche allí, abandonaríamos este desierto, descansarían los caballos y seguramente podamos sacar algo más de información de cómo van las cosas.

Abre los ojos Sam y asoma cierta curva de esperanza en sus labios.

–Y ese tipo, ¿no tendría problema en darnos cobijo? ¿Cuánto cobraría?

–No creo que tenga problema –interviene Patty–. Hace tiempo que no sabemos nada de él; es algo suyo, pero no nos cobrará por pasar la noche.

–De acuerdo, entonces no se hable más. Pondremos rumbo al norte.

Suena la puerta del edificio de adobe y aparece una figura tambaleante de chistera, traje oscuro y brillo de vidrio verde en mano. Se acerca, dibujando eses, a un caballo atado en uno de los postes cercano a la puerta. Con una increíble muestra de ausencia de equilibrio milagrosa, corona el lomo del animal sin soltar la botella, coge las riendas y desafía de nuevo a las leyes de la física consiguiendo mantenerse sobre su montura cuando esta comienza a moverse, lenta y pausadamente.

–Caballeros… señorita… -exhala palabras y alcohol al pasar por los establos, yerra al llevarse la mano al ala del sombrero y se despide con la mano sin atreverse a mirar atrás al traspasar el umbral del apeadero.

lunes, 8 de junio de 2020

Coyotes

 

No sabe si a causa del fogonazo o el estruendo seco, pero el disparo le abre los ojos de par en par.

Late fuerte la sangre, invocando respuesta. Busca a tientas el rifle y ve a Jake a su lado, revólver en mano, mirando hacia afuera desde el establo. 

Bañado por las estrellas, junto a uno de los postes del techado, Tomás palanquea el winchester. Aterriza el casquillo apagado y todo vuelve a estar en paz.

Patty se acerca, agachada, intentando no hacer ruido.

—Tomás —avisa para evitar el mordisco.

—Coyotes… —susurra el dueño del apeadero— de dos patas.

—Pero ni se ve ni se oye nada.

—Las latas… he oído las latas. Y algo ha brillado allá.

Habla sin dejar de mirar la negrura infinita; universo insondable del que no cabe esperar otra cosa sino mal.

—Patty, hágame caso. Otra cosa no, pero somos nosotros quienes vivimos aquí, conocemos bien a esta gente. Esos coyotes están ahí, esperando el momento para entrar.

Jake se acerca a la casa para comprobar que todos estén bien. Da el santo y seña y se abre la puerta con un Sam afilado, revólver en mano. Más allá, María espera seria y paciente, auténtico tótem indio, sentada en una silla con dos cañones en el regazo; el viejo mira por una de las ventanas con revólver hueco, como si tuviera un cactus en mano, y los Howard, expectantes, junto a la señorita, esperan cerca de la mesa.

Jake asiente y sonríe, buscando tranquilizar.

—Sea lo que sea, parece que ya ha pasado.

No ve el destello, pero escucha claro el trueno y el silbido frío y metálico que se apaga, a tres dedos de su coronilla, en el marco de la puerta. Atruena pólvora de nuevo a sus espaldas y salta a un lado, en busca de cobertura. Sam cierra de golpe y, en el fortín, rendijas y orificios se llenan de ojos.

Patty hace gritar al henry desde el abrevadero.

Tomás está quieto, junto a su poste, con la vista clavada entre la mira y el vacío oscuro que parece no tener final. No se mueve, ni siquiera pestañea; figura estoica que ha dejado de respirar.

Y sigue el tronar de pólvora, de Patty y de Jake.

Y silban los plomos hacia la noche sin que encuentren sitio para descansar.

Solo en un momento, en un preciso instante, brota un destello en la noche que deja a Tomás sin sombrero. Responde este, sin inmutarse, liberando la presión metálica que acciona el mecanismo que golpea metal sobre anillo provocando la chispa; explota, expande y lanza el plomo, cortando el aire, hacia el eco del brillo en el que parece adivinarse un brotar de sangre.

Después, todo silencio. Mas Tomás sigue erguido, esperando, hasta que, segundos más tarde, se escucha, lejano, retumbar de cascos abandonando el lugar.

Relaja entonces el dueño del apeadero; su rostro pierde aristas y vuelve la sonrisa mellada y afable de tranquilidad.

—¿Todos bien?

Asiente Patty y contesta Jake con el brazo en alto.

Se abre la puerta y sale Sam, en dirección a Tomás. El resto le va a la zaga, pero se quedan en el umbral.

—No se preocupen, esos hoy no vuelven, ya les dije que eran coyotes.

Se quedan durante un momento charlando de lo ocurrido. Estiran las piernas y calman el alma para poder de nuevo volver a descansar. Jake y Patty se quedan alerta y les acompaña Tomás hasta que despunta el alba.

***

La diligencia está cargada. Dentro van los Howard, el viejo y la señorita. Jake espera en el pescante y Patty, sentada en la cima, observa los azules, grises y dorados, del horizonte hacia el que van.

En tierra, solo el de los bigotes y el dueño del apeadero.

—Sam, ve con cuidado; esos eran de por aquí, pero venían a por algo que llevas.

—Ya me parecía a mí que lo de White Valley no era casualidad. Pero no tiene sentido, Tomás, no llevo gran cosa.

—Bueno, dijiste que el viejo pagaba bien…

—Pero cobro en el destino. Te digo que no lo entiendo.

—¿Vas a ir por los Cuchillos del indio?

—¿Por dónde sino?

—¿Y si te desvías al sur y tomas el atajo de San Lorenzo? 

—Ni en broma meto mi diligencia en ese infierno. Quiero tener pasajeros cuando llegue y no un puñado de pellejos secos. Seguiré el camino, al menos a uno de ellos le diste, no creo que nos sigan.

—No me preocupan ellos. Los coyotes vienen porque alguien les despierta el hambre. Lo mismo te pasará más adelante.

—Gracias, pero no pienso darles tiempo. En 8 millas llegamos al apeadero de Arroyo seco, a partir de allí el camino mejora.

—Como quiera, Don Summers, usted lleva las riendas.

—Menos cachondeo, viejo mellado. Cuídate, y despídeme de María; en lo que queda de camino no voy a probar nada como su guiso.

Suben los bigotes hasta el pescante. Coge las riendas en una mano y libera el freno con la otra.

—¡Tenía que haber elegido ser dueño de apeadero, Don Summers!

—Para usted el palacio, Don Tomás, prefiero la libertad abrasadora del polvo asfixiante del camino.

Mueve la diligencia, suena metal sobre tierra y, tras atravesar el umbral, arrancan las bestias el baile de crines; levanta la ola de polvo y doblan las alas de sombrero al adentrarse en el mar.

—¡Damas, caballos y Patty! ¡Próxima parada, Arroyo seco!