lunes, 11 de agosto de 2014

El precio de una vida

Sala pálida. Ropas negras, rostros tensos, sentados en vasto silencio. Luz de vela que deforma sombras, entre temblores, ante la madera de un muerto. Todos callan, miran al suelo, recordando otros tiempos. Aquellos en que el cadáver reía y caminaba; cuando amasaba fortunas, sin dar a nadie nada. Ahora las hienas guardan su ponzoña, afilan los dientes y salivan ante el olor a carroña.

-Estamos aquí reunidos, hijos míos, ante el cuerpo de un hombre rico. Su rostro, sus entrañas, su carne en definitiva, se pudre como la nuestra. Quisiera decir buenas palabras, pero lo cierto es que hallarlas me cuesta. Era ruin, avaro, tosco en el trato, cruel y pendenciero; por suerte, su fe le permite cambiar oro por cielo. No se enerven ni alarmen, hijos míos, si digo verdades; quien ha de juzgar todo lo sabe, dejen pues que exponga los hechos y no interrumpan hasta que todo acabe.

Las voces callaron, no sin reticencias, pues nadie agradece la puñalada sincera de quien no sufre las consecuencias.

-Todos cuantos aquí se encuentran, conocían los modos del cadáver de acumular dinero: pendencias, chantajes, extorsiones y muertos, Todos y cada uno de ustedes, mas dejaron que continuara sin vomitar un pero. Se apartaron del tren que arrollaba al vivir a plena caldera, mas siguieron sus vías, recogiendo migajas con el sueño de, algún día, alcanzar la tarta entera.

Se mantuvo el silencio, mas gritaron los rostros de unos a otros en miradas inquisitivas, muecas mayúsculas y gestos atronadores.

-No busquen chivatos, cómplices ni traidores; pues aunque todos se acusaron mutuamente, fue el fallecido quien, arrepentido, confesó antes de los últimos estertores. E hizo bien, pues cuando todo acaba, de nada valen las fortunas, el poder ni las armas. Cuando todo llega a su fin y el cuerpo arroja el alma, ya no acuden los fieles, buenos lacayos, que no sacan tajada. Y aquellos que esperan el premio, se mantienen callados, en la sala contigua; rezan como nunca, no por ofrecer un tránsito agradable a la otra vida; sino por que todo acabe, sin que haya cambios en la fortuna cedida.

Se escucharon algunas voces, quejas que comenzaron con fuerza y fueron bajando ante la certeza de lo narrado.

-Pero algo ocurre cuando uno abandona el mundo no habiendo dejado nada bueno atrás, cuando ya no son creíbles las mentiras; algo ocurre en la última partida, cuando, los más cercanos, solo esperan que se agote tu vida. Pensáis que no os importa, que la riqueza desterrará las melancolías, que todo da igual y que, tras la sombra, ya vendrá otro día. Vinisteis aquí pensando, hijos míos, en salir con las manos llenas, disfrutar del objetivo y, en cuanto a los medios, pasar por encima de ellos. Pero son esos medios, que todos conocíais, los que os incriminan, esos mismos medios en los que crecisteis y que reprodujisteis, los que a desconfiar os obligan, haciendo que supusierais en este extraño, la honestidad necesaria para llevar a cabo el trámite, desconfiando de cuantos vosotros mismos habíais propuesto.

Alguno se levantó inquieto, con el abandono en la mente, pero el sentido común echó por tierra dicho pensamiento. Ya no quedaba sino esperar a ver cómo se desarrollaban los hechos.

-Mas no os preocupéis, que soy siervo del señor, honesto y consecuente con la tarea que debo llevar a cabo. Estamos aquí para despedirnos de este, nuestro hermano, quien, a pesar de no haberlo decidido, se marcha directo a la otra vida con un galón de veneno acumulado. Dediquemos al menos unos momentos a pensar en su viaje, que sea lo menos traumático y llegue pronto a su destino, ya sea arriba o con el diablo.

Jamás, en la historia de aquella gente, hubo un segundo tan largo. Mientras el silencio frío inundaba la sala, el tronar de pensamientos se enmarañaba en un nudo sucio, pesado y amargo.

-Bien, llegamos al fin al esperado momento de la cosecha del muerto. Las casas y tierras repartidas tal y como él lo dejó estipulado; no estéis tristes que cada uno se lleva algo. Respecto a lo más importante, el lote de joyas y la potestad de la mina, es necesario que sepan que me fue ofrecida una última confesión de todos los actos cometidos, firmada por el difunto, signada también por el aquí presente y por otro que, pese a no ser amigo, es hombre honrado y bien vale de testigo. Reflexionando acerca de la naturaleza del muerto y su familia, de lo que es vivir y la oportunidad continua que el creador nos ofrece al darnos la vida; considero necesaria una muestra de arrepentimiento activa. El acto sincero y generoso de ofrecer al señor las joyas y la mina a cambio de conservar el más precioso gesto de redención que supone dicha confesión firmada.

El reverendo no esperó respuesta alguna. Antes de que las voces se alzaran en lógico despertar de ira, expuso la situación con mesura.

-Conocedor de la naturaleza humana y su recurrente ceguera, he considerado oportuno tomar alguna medida por si la cordura cediera. Sepan ustedes que, Fred, aquel testigo del que les informaba, va camino del juez con la confesión, solo por pasear, que no tiene en mente hablar con él, siempre que mi persona continúe consciente y sana. Si todo va bien y marcho con lo que ya está al señor cedido, llegará esta misma tarde el sobre con la confesión, bien cerrado y sin malentendidos.

El rumor nació como de presa surgido: quedo en inicio, acabó en torrente convertido. Mientras, el reverendo Zek abandonaba la sala con paso decidido, amable y sonriente, con la mirada ligeramente alzada y piadosa. Tras cerrar la puerta, dejando atrás al gentío, echó a correr con las joyas bajo el brazo y la mina en el bolsillo. A pocos metros esperaba Fred con los caballos, que montó de un salto al ver al reverendo llegar tan decidido.

-Vámonos, Fred, no sea que pronto nos sigan con ánimo de hacernos daño. Con mucha demora esta tarde verán que no hay firma, ni confesión, ni nada de cuanto he contado.

Las pezuñas expulsaron tierra y hierba por el camino. Uno y otro cabalgaron sin mirar atrás, hasta que la lejanía ahuyentó el peligro.

-Y digo yo, reverendo, ¿no verá el señor con malos ojos lo que ha pasado? Pues al fin y al cabo no se trata sino de estafa, de robo y engaño.

-Verás Fred, Él conoce mejor que tú y que yo, la naturaleza de aquella gente. Un nido de alimañas, que se aprovechaba de pobres diablos, buenas personas y alguna que otra alma perdida; por lo que a mí respecta, todo cuanto ha ocurrido era penitencia pensaba desde arriba y, por lo tanto, bien merecida. No rebajes tu moral elevada, noble y seria, extrapolándola a quien decide pasar por encima de ella.

lunes, 4 de agosto de 2014

La última cacería

La llama de candil ilumina una mesa de roble con sobres, dinero y notas arremolinadas. Al llegar al borde, la luz decae, mostrando entre sombras una lujosa alfombra, papel pintado en las paredes y el brillo dorado del marco de unos cuadros. A duras penas pueden verse los tres cuerpos, acurrucados en las esquinas, sosteniendo con un dedo el arma que de nada les sirvió.

Blackwell escudriñaba el lujoso armariete de nogal con incrustaciones de marquetería. El sonido de líquido y cristal les devolvió al fin la voz.

-Sabes, One, ha sido un verdadero placer trabajar contigo: Cob, Jules, los Sellman, los Morris; juntos hemos limpiado la zona.

El sheriff tomó dos copas del mueble bar y las llenó.

-No me extraña que estés contento, Blackwell. En teoría íbamos solo tras Jules, uno de los Sellman y el Señor Reims; vale que los Morris al completo tenían precio; pero sabes muy bien que todos y cada uno de los que han caído, sin que haya visto un dólar por ellos, suponían un problema para tí.

El sheriff esquivó uno de los cuerpos y, pisando el charco de sangre, se acercó con las dos copas.

-Tienes razón, me vino bien. Puede que en algún momento se haya forzado la situación más de la cuenta, pero has demostrado estar a la altura. No has cobrado demasiado... ¡Qué diablos, deberías estar contento! Ya ha acabado todo; Lily está bien y puedes empezar una nueva vida como One, el ayudante del sheriff Blackwell. Nadie recordará ya a Jimmy el forajido. ¡Brindemos pues!

One tomó la copa y la vació de un trago, engullendo con el líquido el odio acumulado. Mientras, el sheriff, dio media vuelta y, copa en mano, observó con detenimiento uno de los cuadros: el retrato frío, distante e iracundo del Señor Reims.

-Muchos dirían que era un hombre despreciable, que ni siquiera un artista supo encontrar algo bueno en él. En realidad supo captar perfectamente lo que le hacía especial; algo hay en ciertas personas, en su capacidad para infligir mal, que cuando sobrepasa cierta línea sublima lo reprobable en fascinación. Una vez alcanzadas esas cotas, ya no hay fronteras.

El cazarrecompensas escuchaba aquellas palabras, despreciables y, a la vez, extrañamente melodiosas. Notaba ahora el cansancio tras el nervio y se acercó a la mesa en busca de apoyo. Vio de reojo el armario de las bebidas y la botella abierta que destacaba, mugrienta, entre los elegantes recipientes de cristal. Aquella hechura, de forma cuadrada, y el papel raspado de la etiqueta, le recordaban al elixir de cierto medicucho viejo y farsante.

-Esta vez ha sido la más difícil de todas. Apostaste muy alto, sheriff. Podríamos haber traído a Doc, aunque solo fuera para hacer ruido con la escopeta.

-¿El viejo Well? No se acercaría a Reims ni por todo el oro del mundo. Hay rencores que no curan ni el paso de los años.

One no esperó más, venció el cansancio que se adueñaba de él y desenfundó hacia el sheriff.

-Entonces, ¿puedes decirme qué demonios hace esa botella ahí? ¡Qué me has dado, maldito cabrón!

Blackwell se giró condescendiente. Llevaba la copa aun en la mano y comenzó a verter el líquido sobre la alfombra.

-Comprendo tu enfado, Jimmy; la frustración, la ira y la decepción. Pero piensa en lo vivido, Tampoco lo hemos pasado mal. Debes comprender que no podría dejarte con vida, menos aun después de lo ocurrido con los Morris. No puedo fiarme ya de ti. Hasta aquí hemos llegado. Pero, tranquilo amigo, no habrá dolor; nada desgarrador, solo sueño.

Un hormigueo comenzó a chispear en los dedos de los pies y las manos. Apenas acertaba a mover el pulgar, haciendo un esfuerzo colosal para intentar, en vano, amartillar el arma.

-Nada puedes hacer. Piensa en Lily, ella está bien y seguirá estándolo si nada me ocurre.

Escuchaba la voz clara, en contraste con la figura borrosa que se deformaba por momentos.

-¡Cobarde! ¡No tienes valor para enfrentarte a mí!

Su propia voz comenzó a sonar más adentro de lo normal, cavernosa y profunda, como ahogada entre carne y huesos.

-Venga hombre, te he visto disparar. Uno debe reconocer sus limitaciones y no iba a jugarme la vida por el honor frente a un muerto. Anda, sé inteligente; tu tiempo ya ha pasado, piensa en Lily, dale una oportunidad y deja que todo acabe.

Se sintió cansado, más que nunca en su vida. Pensó en la demoledora certeza de lo escuchado, el final irremediable de su vida y la posible continuidad de otra.

-En tu mano está que este triste final tenga algún retazo de utilidad.

Sintió la presión del abrazo de un oso, cómo su pecho se comprimía y cómo tras cada exhalación apenas recuperaba un fino hilo de aire. Dejó caer los brazos, manteniendo el revólver siempre en su mano, demasiado pesado para alzarlo. Comprendió la realidad que aquella figura difusa le mostraba, que no podría recuperar las fuerzas, que estaba todo perdido. Pero pensó que si aun discernía, seguía consciente; y que si había consciencia, aun había esperanzas para un último intento.

-Descansa en paz, Jimmy, ahora ya solo eres la sombra de lo que fuiste.

Y la sombra venció la rigidez del muerto, alzó su brazo y dobló el pulgar hasta amartillar el arma. Escuchó el vaso chocando contra el suelo, mientras vislumbró la figura borrosa moverse con rapidez, adivinando el brillo metálico de un revólver abandonando el cinto. Apretó el dedo índice con todas sus fuerzas, disipando el hormigueo, hasta notar el encabritar del arma durante el destello. Esperó el estruendo enemigo, pero nunca tuvo lugar; solo sintió las gotas de sangre, chocando contra su rostro, segundos antes de que la oscuridad le invadiera, todo su cuerpo se paralizara y un hilo de baba cayera por la comisura de sus labios. Los latidos continuaron apagándose en un eco oscuro, una balsa queda, condenadamente fría y serena.

Entonces, como onda en estanque, irrumpió una voz vieja y carrasposa, cierto tono que le resultó familiar...

-¿One? ¿One, me oyes? Vamos, hijo, este no es sitio para ti.

lunes, 28 de julio de 2014

Prosperidad

Brilla con fuerza. Irradia, implacable, contra arena y piedras, demasiado secas para sentir cualquier cambio. Dobla y deforma cuanto hay bajo él, hasta dejar un erial espinoso en el que solo cabe atesorar un sorbo más. Empaña el entendimiento y recuerda que solo queda luchar por cada hora, ya que solo esperas descanso en el ocaso; y es entonces cuando te abandona a su gélida ausencia.

-¿Otra vez Edgar con la misma historia? 

Kornelius miró al sheriff sonriente, mientras ponía un vaso limpio y algo de caldo en él.

-Estos aun no la han oído. Cada vez que cuenta cómo estuvo a punto de morir en el desierto, la gente no para de venir a por más tragos.

-La verdad es que con el calor que hace hoy podríamos morir cualquiera. Cruzar la calle ya me ha dejado seco.

El sheriff vació el vaso de un trago y se lo acercó a Kornelius en busca de otro.

-Vaya, parece que al final la locura del “idiota” está funcionando. Cada vez más gente: viajeros, jugadores, curiosos, algún señoritingo... no tardarán en llegar los indeseables.

-¿Qué tal los dos tipos de ayer?

-Nada, buenos chicos. Se pegaron un par de veces más, de camino a la celda, antes de jurarse amistad eterna. Esta mañana estaban de acuerdo, a ninguno le gusta mi café... y es que el café...

-Ya, ya... no debe saber bien, debe mantenerte despierto.

-Pues eso. En fin, que la gente trae dinero y el dinero trae a cierto tipo de gente.

-Yo ya he escuchado un par de veces a Edgar comentar que vendría bien un banco.

-Guardar todos los dulces en el mismo cajón... más problemas. ¿DeLoyd sabe algo de eso?

-Lo estuvieron comentando el otro día, parecía encantado con la idea. Dentro de poco habrá asamblea.

-Mira, Kornelius, mal camino seguimos. Creo que acabaremos igual que los lugares de los que vinimos.

-Venga sheriff, no sé qué saldrá de aquí pero te aseguro que no será como lo que has visto en otros sitios.

-Verás. Cuando Edgar sacó las cuentas y descubrimos que estábamos en bancarrota, todo parecía indicar que este pueblo había muerto, pero entonces arrimamos el hombro para sacar esto adelante, sin importar beneficios, y de algún modo funcionó. Joder, en un mundo de gente mirándose el ombligo, volví a sentir ganas de partirme el lomo por algo. Pero esta mierda va a pudrirlo todo. Hazme caso, lo he visto demasiadas veces como para creerme lo contrario.

-Somos los hijos del “idiota”, ¿quién sino sería tan estúpido como para creerlo?

-¡Vamos, Kornelius, a otro perro con ese hueso! Cuando tintinee tu caja a ver quién te devuelve a los días en que no contábamos las monedas.

-No sé, Will, es posible que cambie algo y es posible que no. Quizás solo importa la forma de verlo, puede que al final sea como dice Jonowl y solo se trate de vivir siempre comienzos.

-Ya veremos, Kornelius, ya veremos.

lunes, 21 de julio de 2014

Dueling banjos

Con el sol de cara, paso seguro, cabeza alta, estrella brillante. Cruza la calle asegurando ser visto; sabiendo que la vida no es más que teatro y que todo cuanto colocamos en la percepción del otro, actúa a favor o en contra.
Con el sol a la espalda, paso sigiloso, atento y salvaje, fuego inyectado en la mirada. Recorre los porches lejos del campo abierto; evitando ser visto, pues solo los actos importan.

 
Con cada paso del sheriff, el polvo revivía: una nube amarilla sobre el sol ardiente que difuminaba imágenes deformadas por el calor, entre el intenso chirriar de insectos y el movimiento breve de cortinas tras ventanas indiscretas. Ya sabían que estaba allí; se detuvo, separó un poco las piernas y permaneció desafiante en medio de la calle.

El cazarrecompensas atravesaba las rayas de luz del techo del porche, ahogando, en cada paso, el ruido de las pisadas sobre el entarimado. Ahora en pie, ahora encorvado; salvando puertas y ventanas sin romper el ritmo, el mismo baile ágil y calmo.

-¡Morris! ¡Panda de cobardes! ¡Me habéis estado buscando demasiado tiempo! ¡Cada banco, cada casa, cada desgraciado que echasteis de este mundo! ¡Ya estoy aquí y tengo ganas de veros las caras!

-¡Blackwell! -la voz salía de una de las ventanas del hotel-. ¿Acaso los años te han vuelto estúpido?  ¡Sigue pavoneándote ahí en medio! ¡Pides a gritos una bala entre ceja y ceja!

-¡Sed Morris! ¡Apuesto a que tus hermanos estarán encantados de sustituir al cobarde que disparó a resguardo, tras la cortina de un hotel! ¡Es lo que tiene criarse entre buitres, siempre esperan la menor ocasión!

No hubo respuesta; ni voces, ni sonidos de ningún tipo. Fue entonces cuando los insectos callaron y comenzó la cosecha.

El primero apenas pudo despedirse, burbujeando un gorgoteo entre hoja de metal y densa sangre.

Blackwell no esperó a comprobar el trabajo de One; se limitó a desenfundar, amartillar y apretar el gatillo en un pestañeo, enviando el plomo hacia la ventana del hotel.

El segundo acogió el cuchillo, calentado por su compañero, en plena pierna, con tanto afán e insistencia, que siguió con él al perder el equilibrio, caer del tejado e ir directo al infierno.

El sheriff aprovechó la caída para apuntar unos metros más allá, justo en la pequeña obertura del granero. Contaba con la sorpresa y el temor, dos segundos para colocar tres balas antes de que se escuchara el torpe intento de venganza de un moribundo. “Solo queda uno”, dijo Blackwell para sí, y esperó a escuchar el último trueno de One. Pero la pólvora cantó del lado contrario, justo tras el ventanal del almacén, donde el último de los Morris vendía cara su vida.

Apenas tuvo tiempo, Blackwell, de echarse a un lado, buscando refugio, y cambiar el blanco seguro del torso, por el brazo. Fue entonces cuando One hizo sonar la última de las trompetas, enviando al más joven de los Morris un par de metros atrás, incrustado entre clavos y manzanas.

-¡Maldito idiota! ¿Se puede saber qué demonios estabas haciendo? Estaba más que claro: uno en el hotel, dos en el saloon, uno de ellos en el tejado, otro en el granero y en el almacén el más joven, que evitaría disparar hasta que no tuviera más remedio. ¿Para qué sino pagamos a aquella furcia?

-Lo siento mucho, Blackwell, no sé que me ha ocurrido. Por un momento se me pasó por la cabeza la posibilidad de no cobrar tampoco este trabajo, se me nubló la mente y fui incapaz de actuar. Menos mal que me recuperé a tiempo, porque... ¿estás bien, verdad?

El sheriff, observó al joven cazarrecompensas, se llevó la mano al brazo y notó el insignificante rasguño que dolía mucho más de lo que cabría esperar.

-No te preocupes, esta vez no creo que haya ningún problema para cobrar.

lunes, 14 de julio de 2014

Justicia divina

Sudoroso, rostro enrojecido, carrillos inflados a punto de expulsar el aire comprimido. A su lado, el reverendo su cruz comparte: punzadas en los pulmones, en las piernas calambres, sangre latiendo en el cráneo y, en la mente, desaires. Quedó atrás la desesperación, el vencimiento y cualquier rasgo de vergüenza a darse por vencido... mas, cuando todo falla, es el plomo quien le mantiene vivo.

-¡Dijo que pararía! ¡Al llegar al río! ¡Mil demonios! ¡Dijo que pararía!

Las balas tonteaban con Fred, pasando cerca, entre silbidos y roces leves: volando entre sus dedos, rayando en breve, acariciando el sombrero nuevo y, alguna, más disoluta, besando ligeramente su cuello, antes de continuar la ruta.

-¡Dije que pararía! ¡Y así será!

Aquella mole les seguía como diablo tras alma. Contrastaba el brillo prístino de la calva empapada, con los oscuros pelos erizados de orejas, narices, hombros y espalda. Movía sus carnes con rapidez increíble, como violas de un tren a plena caldera, resoplando como búfalo en pradera, mientras palanqueaba, una y otra vez, enviando más plomo desde el rifle.

-¡Hace mucho que pasamos el río! ¡Este tipo no es humano!

Tras los últimos estallidos de pólvora, se escuchó un chasquido, quedo y vacío: el canto alegre del fin de algarada. Siguió un grito horrendo, pergeñado en lo oscuro, de quien ve desaparecer su venganza, incapaz de permanecer mudo. Y tomó por el cañón su arma, tensó su cuerpo como arco en plena carga y, en un solo movimiento, lanzó el winchester al alba.

-¡Sí que para, reverendo! ¡Sí que para!

Fred se giró un momento, para observar al vencido, y encontró en su cara, el envío del hombre, en forma de lanza bastarda, quedando su rostro y orgullo, inmóvil y herido.

-No te detengas, hijo, solo unos pasos más. Que disperse su rabia, en el campo vacío, y dese su alma por vencida al perder lo que con tanto ahínco ha perseguido.

Se recompuso, obediente, recogiendo el sombrero, escupiendo al reanudar el vuelo; manteniendo, en puño cerrado, un poco de sangre y un par de dientes.

Siguieron su carrera, a ritmo quebrado, hasta dar la amenaza por perdida. Rió el reverendo al abandonar la tensión y rió Fred, a su vez, al ver terminada la huida.

-Te dije que no aguantaría. Era cuestión de tiempo.

-De tiempo y de piezas, que llevo arañazos en cuello y brazos, dos dientes en mi mano, y, lo que es peor, casi dejo el sombrero en el campo.

-Olvida eso ya, hijo, que las penas pasarán mejor con esta medicina.

El reverendo mueve la bolsa con los ojos vidriosos. Se anima su compañero, ante el alegre tintineo de metal precioso.

-¿No va esto contra su fe, reverendo?

-Toda piedra, todo mueble u objeto, hasta la última res de su hacienda, han sido comprados con dinero de estafas, chantajes a granjeros y otras oscuras ciencias. No hay nada, pues, se mire por donde se mire, que, por aliviar a este hombre de tal carga, prohíba mi creencia.

-Es usted quien sabe de estas cosas. Yo ya he expuesto la vida y regalado dos dientes; es, pues, momento de acudir a algún lugar donde darme una alegría y obtener, al fin, el descanso justo del valiente.

lunes, 7 de julio de 2014

Estampida

Mano vieja, fuerte y cortada, agrupa los últimos rescoldos. Demasiado calor para hacer más fuego, demasiado pronto para la extinción. Si los mueve con fuerza, el rojo vivo se quiebra; si actúa con calma, se apaga. Se trata de algo sencillo, tan básico que resulta complicado de enseñar y aprender. Con los gusanos de luz devorando los últimos trozos de madera, llega un recuerdo, lejano, de su tiempo en el rancho.

-Tienes que guiarlas, no empujarlas.

Bison los observaba desde el carromato. El viejo Cooper se mantenía lejos del ganado, mientras daba las indicaciones pertinentes a la nueva adquisición del Two Dollars.

-Llévalas por el cerro. Que te vean, tienen que saber que estás ahí en todo momento.

El joven corría de uno a otro lado, moviendo el sombrero, dando voces, buscando la respuesta del ganado. Ahora a la izquierda, moviendo la masa hacia el lado contrario; ahora a la derecha, para corregir el rumbo.

-Tranquilo chico, baja un poco el ritmo. Si das esas voces ahora, ¿que harás cuando se descontrolen?

Calló y se limitó a seguir a los animales atento a cualquier cambio, cualquier movimiento extraño, cualquier indicio de disgregación.

-Bien, llévalas por el río. Tranquilo; si no las fuerzas no entrarán, pero no dejes que vayan a la arboleda.

Conforme se acercaba al agua, se colocó entre el ganado y los árboles. El camino se estrechaba cada vez más y las reses se aglutinaban en un cordón grueso de músculo, piel, pezuñas y cuernos.

-Bien... Mantente cerca, pero no demasiado; no dejes que te encierren o te aplastarán.

Todos los sentidos centrados en el sinuoso movimiento del cordón; atento a cualquier ruptura, devolviendo al cuerpo las cabezas huidizas, peinando los cuernos en dos hileras. Poco a poco, bien ordenado, extendiendo la atención a cada uno de los puntos más quebradizos, hasta que apareció, al fin, el campo abierto.

-De acuerdo, cuando salgan ten en cuenta que tirarán adelante. Dales cuerda pero no dejes que se desmadren.

Al final del camino, el cordón se deshilachaba; unas reses se apartaban y otras salían desde atrás, acelerando el paso al ver la explanada libre de obstáculos. El joven se colocó delante y fue de un lado a otro para transformar el cordón en un círculo.

-No las cierres tanto, chico, déjalas respirar.

El cordón se abría cada vez más, expandiéndose, cubriéndolo todo de pelaje marrón. El jinete echó un vistazo al camino, a la interminable hilera que seguía llegando sin final aparente. Cuando vio la marea animal que se formaba frente a él, comenzó a cerrar el círculo.

-¡No las cierres, chico! ¡Dales cuerda!

Pero el joven ya no oía, todos sus sentidos estaban enganchados en cada una de las reses, adivinando cual sería la primera en salir corriendo, corrigiendo cualquier indicio, dando voces, moviendo el sombrero, para detenerlas. Pero el cordón seguía avanzando, ignorante de lo que acontecía en la explanada; fue entonces, en un punto intermedio, donde comenzó la presión. Algunas reses fueron a la arboleda, otras decidieron abandonar el redil y salir hacia el agua, pero la mayoría se limitó a empujar, cada vez con más fuerza. Cuando el viejo Cooper decidió acudir en su ayuda, gritando en vano, el joven ya había desenfundado y efectuó un único disparo al aire; en ese momento, todo orden fue quebrado.

Cooper pudo ver el mar de bestias arrollando al caballo, y observó un par de veces al jinete, despedido hacia arriba como un muñeco de trapo entre las erizadas cornamentas, para ser engullido de nuevo. Nadie habría apostado por aquel pobre diablo. A pesar de que Cooper se adelantara para redirigir la estampida, a pesar de que Bison consiguiera recogerlo de una pieza y lo llevara en el carro, directo al doctor.

La última ascua se apagó sobre un montón de ceniza. El calor que mantendría el puchero sería el justo para dejar el guiso en su punto; sonreía al ver lo natural que le parecía. Igual que sonreía al recordar como un tiempo después, obtuvo fama, en el Two Dollars, aquel vaquero cojo, lleno de cicatrices, que respondía al nombre de Nick Trampled.

lunes, 30 de junio de 2014

Oyentes de almas

El polvo se alza levemente alrededor de los dos pares de botas que recorren la calle principal. Pasan entre carros, caballos y caminantes; entre el restallar de la forja, el griterío del buhonero y las voces de la cantina. Uno, un hombre de dios, barbilampiño, alto y espigado, de porte seguro y ademán educado; junto a él, un tipo bajo y robusto, de mirada avispada y musculatura eficaz.

-¿Ves a ese? Tras una pausa va a iniciar la guerra, intentará escapar pero, como siempre, llegará el enfrentamiento final y será allí donde caiga víctima del pecado.

El hombre caminaba tranquilo, pasó por delante de la cantina y los ojos abandonaron al cuerpo espoleados por la sed. Se detuvo, dudó unos segundos y siguió caminando; diez pasos después, dio media vuelta y entró decidido a remojar la garganta.

-No lo entiendo, reverendo, ¿cómo demonios?

-El alma habla, Fred, a veces grita, incluso. Es cuestión de interpretar. Todos mostramos más de lo que pensamos: costumbres, manías, gestos aparentemente inapreciables; lo menos obvio es lo más significativo. Andamos ciegos, interpretando a las personas por estruendos y habladurías, previendo la tormenta mediante el trueno, el aguacero y el vendaval.

-No sé, reverendo, si ha habido que saltarle los dientes a alguien o poner tierra de por medio, siempre lo he sabido. Puede que me haya equivocado alguna vez, pero pocas.

Fuera del foco de la conversación, en una esquina del ángulo de visión, el señor Bellard abandonaba la casa de la respetable señora Tweeds con su típico andar distraído; pero, en esta ocasión, alzaba los pies un poco más de lo acostumbrado y un leve destello de vida llenaba sus ojos.

-Si piensas cambiar ese viejo sombrero, hoy es un buen día. Seguramente el señor Bellard acepte una oferta más que razonable.

-No voy preguntarle por qué me viene ahora con esas, pero me vendría bien deshacerme de este viejo trapo y conseguir algo medianamente decente.

-Pues, aprovecha ahora. Te espero en la cantina, me apetece echar un trago y ver a Rosita; además, dentro de poco, acudirán a mesa tres jugadores muy interesantes.

-¡Maldita sea, reverendo! Léame la cara, el alma o lo que le parezca, porque lo que creo es que tiene un doble rasero para medir según que cosas. Hace nada, me estaba sermoneando sobre el pecado y ahora se pone a hablar de alcohol, juego y mujeres...

-No hay pecado en esas cosas, hijo. El pecado reside en dejar que lo ajeno tome las riendas de tu vida; la exigencia que ahoga, ahí es cuando niegas el libre albedrío que te fue otorgado. Mientras tanto, regocíjate de tu vida, haz lo que te plazca sin dañar al prójimo. Sé libre, que nada te encierre, y evitarás que el alma se seque.

-Todo eso está muy bien, lo de no estar atado, digo, y lo de echar un trago de vez en cuando para que el alma no se seque; pero que me arranquen la cabellera si esas son las palabras de un reverendo.

-Soy reverendo, sacerdote, padre o como quieras. Conozco todos los tipos de fe que se profesan en esta nación, y de tanto recorrer varios caminos para un mismo destino opté por algo más acorde con estas tierras; algo libre, amplio y sencillo.

-Conste que no suena nada mal, la verdad. Pero, tal y como están las cosas, no le veo mucho futuro.

-¿Futuro dices? ¿Y qué hace falta para que tenga futuro sino existir?

-Hará falta gente que le siga, ¿no? Vamos, ¿sino de qué tipo de fe está usted hablando?

-De momento ya estoy yo, y tú escuchándome. Si necesito gente, irremediablemente estaré determinado por lo que ellos quieran, y solo en lo que uno está convencido, puede imprimir todo su potencial. Habrá quién lo considere adecuado y quién no; habrá quien venga a veces y luego desaparezca para quizás regresar más adelante. Recuerda, se trata de no atar, de dejar que las cosas vayan por sí solas. Cuanto más grande es el ansia de control, más asfixiante es el infierno que genera.

-Bueno, usted verá. Yo me voy a la tienda del señor Bellard, nos vemos luego en la cantina.

El reverendo asintió. Andaba pensando en las palabras de Fred, en su propio camino y en aquel loco italiano que intentó hacer lo propio siglos atrás. Remojó sus pensamientos en un par de tragos y presentó sus respetos a las suaves redondeces de la alegre Rosita. Bajó la escaleras con el espíritu henchido y se dirigió hacia la mesa de juego.

-De acuerdo señores, hoy vengo decidido a seguir adelante. Disculpen la marcha precipitada del otro día.

Uno de los jugadores amontonaba las fichas y miró sonriente al ministro del señor.

-No sé, padrecito, me sabe mal ganarle otra vez a un hombre de dios. ¿No debería estar en la iglesia?

-A otro con ese cuento, Ramón. Esta vez no pienso dejar la partida hasta que os saque todo cuanto tengáis.

Cuando Fred salió de la tienda, las risas de la cantina retumbaban por todo el pueblo. Llevaba un sombrero nuevo, fresco y de calidad. Se detuvo para despedirse del señor Bellard y estuvo un rato charlando en la puerta, nada importante, solo una de esas sencillas conversaciones que, independientemente de lo que traten, son agradables. Y al girarse para ir hacia la cantina, vio al reverendo salir de allí, con una amplia sonrisa en la cara. Fred le saludó y fue a su encuentro.

Conforme se acercaba le pareció gracioso el caminar animado del reverendo y la forma enérgica en que saludaba. Le devolvió la sonrisa, mientras esperaba que se acercara, un tanto extrañado por las curiosas muecas que hacía el siervo del señor, hasta que los truenos avisaron de la tormenta. Apenas tuvo tiempo de correr hacia los caballos y coger el rifle. Los primeros disparos salieron de la cantina y peinaron las patillas del reverendo. La respuesta del rifle los mantuvo a raya hasta que ambos montaron y abandonaron el pueblo a galope tendido.

Con la distancia como primer respiro, Fred aminoró la marcha y soltó el exceso de nervio con una clara y fuerte carcajada.

-¿Qué ha sido del alma, reverendo?

El reverendo reía a su vez, con el silbido del plomo aun vivo en el recuerdo.

-¿Sabes Fred? Nunca olvides leer antes el alma propia, no vaya a ser que por exceso de confianza  acabes subestimando a quien tengas delante. Me vieron venir, ¡vaya si lo hicieron!

-Parece que esa fe suya tiene mucho por retocar.

-El error es el único maestro, amigo. Una creencia que no acepta errores no hace sino quebrarse hasta convertirse en la sombra de lo que fue.

-Pues será como usted dice, pero como no ande con más cuidado, cualquier día un error de esos le llevará a la tumba.