lunes, 24 de noviembre de 2014

Paraísos otorgados


La vegetación del borde del camino invade un inmenso muro de piedra, coronado por hierros en punta. Tras un buen trecho, el muro cede espacio mediante un arco y, justo en el centro, se alza una iglesia de madera blanca, de ventanas cerradas y grandes puertas en la entrada con dos pesados pomos y una aldaba de bronce con un rostro barbudo. El silencio impregna la zona, solo un leve murmullo viene de su interior.

-¡Bendito sea el creador, Bleak, por mantenerte vivo a pesar de ti mismo!

La cara redonda y barbada de aquel hombre se curvó hacia arriba, sus ojos se entornaron en dos pequeñas sonrisas reflejando las sanas heridas que dejan los años. 

-¡Bendito sea, Thomas, nuestro señor por no haberte arrebatado a ti la vida!

El reverendo aceleró el paso y abrazó con fuerza al hombre rollizo que se acercaba luciendo túnica clara y motivos bordados en amarillo.

-¿Cuántos años pasan ya, amigo?

-Ya me conoces, nunca llevo la cuenta de las ausencias.

-Demasiados viajes como para hacerlo. ¿Sigues vagando por el mundo?

-Descansaré el día en que mi cuerpo regrese a la tierra. Sigo viajando y va conmigo un buen hombre a quien llaman Fred. ¿Y a ti, cómo te va? ¿No estabas con los mormones?

-Aquello se acabó, no era ese el camino adecuado.

-Te lo dije, siempre soñando con raíces... no hay mejor sitio que el mundo; déjate llevar sin miedo y te será otorgado todo cuanto necesites.

-Te equivocas, Bleak. Ese no es el modo. Al final he encontrado un lugar donde ayudar y recoger al descarriado.

-¿En esta comunidad? ¿Y qué fe profesan? No reconozco tu vestimenta...

-¿Etiquetas a estas alturas? Los dos sabemos muy bien que no sirven de nada. Aquí vive buena gente, temerosa del Señor, trabajadora y honesta; todo cuanto puedes desear si bien es lo que esperas. 

-Bueno, ¿de dónde proceden entonces?

-De todos los lugares, son gente cansada de los giros del mundo. Solo buscan paz espiritual; la comunión con la tierra y el cielo. Ni te imaginas lo que han tenido que pasar antes de llegar. Por suerte, a partir de estas puertas, ya todo es bondad. Mas no te adelanto nada; dile a tu amigo que también él es bienvenido; pasad, os daremos ropa nueva y algo de comer.

Entró Fred en la iglesia y los tres cruzaron el pasillo, entre bancos de madera maciza, hasta una pequeña puerta situada en un lateral. El sacerdote abrió y con un ademán les invitó a cruzar el umbral. Afuera, la luz grisácea de un cielo suavemente encapotado iluminaba sombreros rectos de corona redondeada, chalecos, camisas, pantalones de tejido rasposo y una veintena de casas diseminadas por un prado de jugosa hierba verde. Los habitantes, de forma diligente, araban la tierra, lavaban sus ropas, agrupaban ovejas en sus respectivos corrales y realizaban toda suerte de tareas.

-Si miras fijamente en sus ojos, no hallarás malicia, solo devoción. No sentirás la soberbia ni envidia a su paso, solo hermandad y comprensión. Es el paraíso, amigo, o lo más cercano a él que podrás encontrar en la tierra.

-¿Discuten?

-Aquí la voz es queda y el puño no se cierra si no es por la labor.

-¿Juegan?

-No hay tapetes verdes ni dados ni cartas. No hay cercos de alcohol, ni tragos amargos de quien pierde todo cuanto le queda.

-¿Pecan?

-Míralos, Bleak, ¿te parecen pecadores?

-¿Son felices?

-¡Pues claro que son felices! Tranquilos y seguros, nada han de temer aquí; afuera es donde mora el peligro.

-¿Y los niños?

-Sinceros y buenos. Mantienen su inocencia intacta.

-¿Y qué ocurrirá cuando crezcan? ¿Y si alguno piensa diferente?

-Todo el mundo puede cometer un error... al final volverán al redil.

Siguieron caminando entre aquellas gentes. Todos saludaban a Thomas, reverenciando su paso, saludaron también al reverendo y a Fred, curvando sonrisas amplias de ojos cordiales y algo apagados. Cenaron puré y carne asada, algunas frutas y un pastel de nueces. Durmieron a pierna suelta en una de las casas cuyos dueños insistieron en ceder, mientras quedaban al abrigo de la niebla y el frío nocturno. Y marcharon mucho antes del alba, cuando los mortales caminan en lo más profundo de los sueños, con dos buenos caballos, ropas nuevas y las alforjas repletas de comida.

-¿Por qué así, reverendo? ¿Por qué sin avisar?

-Nunca te marches sin despedirte de amigos, Fred. Mas si ya no queda nada en ellos que recuerde aquella amistad, envía al pasado dichas obligaciones porque es allí donde reside su razón de ser. 

-Es curioso, pero en todo el tiempo que estuve allí no pude evitar sentir un escalofrío. Cada vez que pienso en aquella gente siento la distancia, el frío que arrastran y, en medio de todo, una ira que parece que nunca acaba de arrancar.

-Es la vida latente de aquellos infelices. El pulso del alma de aquel a quien han convencido de estar en el cielo; aquel para quien sumisión y obediencia han tomado el rostro de bueno, honesto y sincero. Pero te diré que en el ser humano esta situación no queda; más bien, con la mínima chispa se quiebra. Pues es un ser acostumbrado a pecar y quien busca el bien y continuamente yerra, discierne mejor lo que es verdad y lo que adornado se le plantea. Siente pena por ellos, pero no te atormentes, pues si no son los primeros, otros vendrán a cuestionar lo que nadie observa. En cuanto a los caballos, las ropas y la comida, no andan faltos de ellos y, si es verdad que son gente libre de apego a materias, no han de pesar en tu conciencia. No me negarás que ya iba siendo hora de descansar los pies, tirar los harapos y calmar el hambre sin miedo a futuras carencias.

-No niego eso, no. Continuemos entonces, a ver si aparece algún lugar donde pecar, que por lo visto es tan beneficioso, no me asalte la falta, pierda la razón y comience a encontrar virtuoso este maldito camino que dejamos atrás.

lunes, 17 de noviembre de 2014

Cambio de función


El cielo despejado está lleno de estrellas. Las tres figuras permanecen alrededor de la hoguera, en medio del horizonte plano. Pequeños huesos rotos, y algún resto de carne, descansan en el suelo iluminados por las mismas llamas que secan los alientos y animan a acercarse a los que hablan. No hay rocas, ni árboles altos; solo arbustos, tierra recia y una red de plantas salvajes que la lluvia transformó en pasto.


-No es que me parezca mala idea, ¡es que es una estupidez!

-A veces no es cuestión de lo sólida que sea una idea, sino de que al menos gocemos de su existencia. Si bastara con colocar boca arriba mi chistera para que miríadas de estrategias rebosaran sus alas; entonces, sería un buen momento para sentarnos a discutir cuál de todas sería la idónea...

-Vale, Doc, ya lo pillo.

-Pero no, porque ni siquiera tenemos tiempo de pensar qué hacer. Resulta que en mitad de la representación los actores han decidido colgar sus máscaras, descarnando la magia y dejando al aire los frágiles huesos de la farsa. Y así, entorpecido por los grilletes de la inmediatez, el Dr. Well os ofrece lo único que se le ocurre; ¿y qué es lo que recibe? ¡Quejas!

-De acuerdo, doc...

-Pero no han pensado, que no tenía obligación alguna de ofrecerles este papel. Nadie se fía ya del viejo doctor; porque al parecer todo lo que hace es a cambio de algo. No valen de nada los días vividos, las penurias, las risas y las confesiones. De nada esa hermandad, esa empatía que, queráis o no, solo se forja con el tiempo y la cercanía. Pero no hay calor ni confianza, ¿verdad?, solo desprecio y quejas.

-¡Doc!

-Está bien, señor One, no se sulfure. Dejemos el tiempo que algunas mentes necesitan para oxigenarse de nuevo.

El rostro del viejo se ensombreció, refugiándose en el crepitar del rojo vivo y el jugueteo de las llamas con el viento nocturno. A pocos pasos de allí, apoyado en un árbol, un hombre ejecutaba las más increíbles posturas con el firme objetivo de librarse de sus ataduras. Jimmy lo observaba; sonrió divertido al ver el espectáculo, cogió un palo y apuntó hacia él.

-Ey doc, échale un ojo que al final va a acabar soltándose.

-De eso nada. En la guerra aprendí perfectamente cómo dejar bien atado a alguien.

-¿Y eso, llevabas presos?

-Pacientes... no es fácil serrar en crudo...

Sonó amargo, herido; y quedó suspendido en el aire hasta que Lily echó otro tronco a la hoguera y las chispas limpiaron el ambiente.

-Jimmy, esta vez puede que Doc esté en lo cierto. Ahora mismo no tenemos más opciones; y esto del espectáculo sabes que no es lo nuestro.

El viejo, con la mirada fija en la hoguera, arqueó una de sus cejas. Jimmy se removió incómodo intentando no pensar en lo que acababa de oir... 

-Pero, ¿ayudante de sheriff? ¿No recuerdas los tiempos con Blackwell? ¿Acaso no hemos avanzado nada?

-Pero ya no será como con Blackwell. No se trata de ir persiguiendo forajidos, se trata de estar en un pueblo, mantener el orden allí.

El viejo, observando las llamas sin pestañear, levantó la otra ceja y expandió todo cuanto pudo sus oídos.

-No sé, Lily. A saber cómo es aquello.

Una ráfaga de viento azotó las llamas y estas renovaron su vigor.

-Tengo entendido que es un sitio tranquilo, señor One, un sitio de paso en medio de la nada; sin miel que atraiga a sucias moscas.

Jimmy recorrió con los dedos el ala del sombrero, veía las llamas altas y el rostro de Lily, al otro lado, con los ojos ansiosos por comenzar algo nuevo.

-Bueno, al fin y al cabo puede que no sea tan mala idea. Es una buena oportunidad para conseguir una casa.

-Claro Jimmy, y yo estaré a tu lado. Sabes que puedes contar con mi escopeta.

Aquella frase disparó una duda al estómago de Jimmy. Pero, como activado por un resorte, el viejo Well dio un salto, se puso en pie y comenzó a exclamar:

-¡Me quito el sombrero, señorita Lily! Toda una amazona de la que solo un hombre seguro de sí mismo sería capaz de sentirse orgulloso. Por supuesto, no creo que sea necesaria hacer efectiva su valentía. En aquel aburrido pueblo, no encontrarán nada más allá de alguna inofensiva riña local; nada que el sheriff y su nuevo ayudante no puedan solucionar. ¡Qué demonios! Los hombres como el señor One necesitan un poco de acción para no acumular herrumbre. Pero, por supuesto, en caso de ser necesario, además de su escopeta, contará con todas las armas de que dispone este humilde servidor.

-Bueno doc, tú ganas. ¿Dónde queda ese lugar?

-Está un poco lejos, pero el camino nos vendrá bien. Primero llevaremos a nuestro prisionero a Luke's Rib, allí nos esperan 200 dólares por él. Cosecharemos unos cuantos hasta llegar a nuestro destino final, tengo algunos nombres: nada demasiado difícil, lo suficiente para conseguir algo de fama...

-Cuidado Doc, esta canción empieza a sonar a Blackwell.

-No señor One, yo no soy hombre de acción y estoy demasiado viejo; ahora usted es el jefe. Esta vez se trata de sembrar para cosechar una nueva vida.

lunes, 10 de noviembre de 2014

Ensoñaciones


El sol, en lo alto, ilumina el campo seco sin hacer sombra. Dos figuras, una al lado de la otra, enfrentados a los postes de madera de un maltrecho cercado. Dos seres, uno más grande que el otro; quietos. El más pequeño, expectante, mira de reojo; el otro, inquieto, mantiene el aliento y concentra toda su atención en el único punto importante: el blanco sucio y oxidado de una vieja lata de alubias.


Respiró hondo y fijó su objetivo. Poco a poco el marrón grisáceo de la madera y el amarillo pajizo del prado se emborronaban, mientras cada una de las líneas, bordes, abolladuras y dobleces del óxido anaranjado iban definiéndose. Una suave brisa jugueteó levemente con los restos del suelo, trayendo el aroma de hierba seca y el regusto metálico y burlón de la lata. Notó cálidas las cachas de avellano del revólver, deteniéndose en el confortable relieve pulido de sus vetas. Colocó la palma de su otra mano bajo la empuñadura y alzó con ambos brazos el peso, sorprendentemente elevado, del arma. Apoyó el pulgar derecho sobre el frío del martillo y apretó con fuerza hasta escuchar el sonido de fijación. Respiró de nuevo y corrigió la trayectoria, echó una mirada furtiva a su acompañante, el cual permanecía inmóvil. El óxido anaranjado seguía allí, bien definido, mostrando entre sus arrugas las heridas que otros le infligieron; así que llevó el dedo índice hacia el gatillo y, durante un parpadeo, combatió la espiral del estómago, la tensión muscular y la incertidumbre ante el despertar de aquel objeto. Presionó con fuerza hasta doblar la frontera entre la vida y la muerte; el fogonazo dio lugar al bramido y al encabritar de aquella bestia vomitando plomo. Otro parpadeo y, a través de la niebla negra, llegó a sus oídos el quejido agudo de la lata volando por los aires. Sonrió. Su pulgar renovó la invocación y su índice devolvió a la vida de nuevo a aquel ser. Otro quejido metálico y la lata dando tumbos en busca de descanso, mas otra vez convocó a la fiera, y otra, y otra, hasta que solo la sexta bala quedó en el tambor. La lata se alejaba rodando de forma insípida, como un elemento irrelevante que se fundía con el paisaje. Entonces sintió el ansia de calor en el metal, el hambre del fuego, el estruendo y el olor a pólvora por algo de vida. Casi sin pensarlo, su pulgar apretó hasta escuchar el chasquido y sintió el poder aprisionado en el revólver. Giró el arma hacia la figura  y sintió la necesidad de apretar el gatillo, de ver la bala hundiéndose en la carne blanda, expulsando su silbido en un fino hilo de sangre y la víctima saliendo despedida como una marioneta golpeada por la mano de un gigante. Pero algo dentro de él mantenía el dedo índice fuera del revólver, el dolor agudo e insistente de una sospecha: la pérdida inminente de algo valioso. Y permaneció así, enfrentando sus propias fuerzas hasta el punto de que el pulso comenzó a acelerarse, gotas de sudor caían por su frente y sus pulmones eran incapaces de tomar el aire necesario para seguir adelante. Temió que si no se dejaba llevar, si no disparaba, esa lucha interna acabaría matándole.

Le rescató el aleteo, lejano y confuso, y el ulular, más claro y cercano. Tardó un poco en descubrir a su compañero observándole desde la ventana. Tenía frío, se encontraba descalzo, con los calzones de dormir, sentado en el suelo de la habitación. Estaba frente al arcón y sujeto entre sus manos tenía aquel maldito rifle que él mismo parecía haber sacado. Todo se reveló tan extraño que no quiso darle más vueltas. Guardó de nuevo el winchester en las pieles que le servían de funda y cerró el arcón con candado. Se acercó a la estufa para calentar manos y pies y volvió a la cama. Nada más acostarse, llegó el recuerdo del arma encerrada, un pulso débil de ansia latente ante el pálpito de un futuro combate; estupideces e imaginaciones, nada que un buen sueño no consiguiera reparar. Finalmente ofreció su consciencia a la oscuridad y dos ojos grandes se abrieron de nuevo en el bosque observando la casa, la colina y el pueblo entero; intentando devolver la conciencia a un lugar donde aquel rifle no fuera más que un objeto perdido en uno de los muchos muebles que contenía cada una de aquellas casas.

lunes, 3 de noviembre de 2014

Maná

Labios cortados, piel agrietada y paso exhausto de hombros pesados. Levantando las piernas más por inercia que iniciativa, describiendo el movimiento mecánico con temor a que cualquier descanso suponga el final eterno. Incapaces de distinguir más allá del polvo, a unos cuantos pasos más, las rocas que se alzan escarpadas, las hierbas secas y algún que otro árbol diseminado; donde la arena se convierte en tierra.

-Ánimo reverendo, no debe quedar mucho.

-Ánimo no me falta, Fred, el señor es fuente inagotable de él. Son más bien las piernas, que no responden, los brazos que caen lánguidos, los pulmones que ya no bombean y esta maldita boca áspera que parece nunca haber calmado la sed. Pero ánimo tengo, Fred, ánimo tengo.

Costaron los últimos pasos, así como les costó también advertir el cambio de medio: la tierra firme sobre la roca. Pero la ausencia de gargantas en el suelo, ansiosas por engullir los pies a cada paso, liberó parte de la carga que habían ido acumulando con la distancia. 

Más ligeros, recuperaron la visión del entorno; y allá, en una explanada entre las rocas, apareció un pequeño huerto con algunos frutos creciendo desafiantes ante el árido ambiente.

-¡Mira Fred, allí delante, la providencia divina nos asiste! ¿Oyes su dulce canto? De beber para el sediento y de comer para el hambriento. Hincad los dientes en la jugosa fruta y sorbed sus caldos hasta recuperar todo lo que el desierto acabó arrancándoos. 

-Reverendo, ese huerto tendrá su dueño; y, a juzgar por el sitio, bien orgulloso estará de él. Haríamos bien en no tocarlo, no sea que perdamos algo además del hambre y la sed. 

-Calla Fred, solo un alma pura es capaz de vivir en un lugar así y conseguir tal milagro. ¿Has visto el tamaño de esos frutos? No temas, hijo, que así ha de ser; cogeremos solo lo necesario para calmar la desesperanza, y para un par de días más también.

Se acercaron en un momento, entre cojeos y andares de pato, y se abalanzaron sobre los frutos, mordiendo fuerte mientras los caldos, en libres reventares, caían por la comisura de los labios. Mas la dicha duró poco.

Sonó el seco grito de pólvora y el fino silbido de un proyectil que atravesó uno de los frutos hasta enterrarse en el suelo.

-¡Un mordisco más y os pongo los dientes en vuelo!

Más arriba, en la puerta de una pequeña cabaña oculta entre las rocas, una mujer mantenía en sus manos un rifle henry, muy bien cuidado, todavía humeante. Permanecía en pie, atenta, con un vestido de buena calidad, aunque desgastado, y un sombrero atado mediante un pañuelo que contrastaba con sus ojos de temible fiera.

-Disculpe señora, no pretendíamos molestarla ni estropear su cosecha; por cierto, realmente magnífica. Venimos del desierto, tan solo queríamos calmar la sed y el hambre. Soy un ministro del señor, si fuera tan amable de dejarnos pasar... podría explicarle...

-No hay nada que explicar, si queríais algo, hubiera sido mucho mejor preguntar.

Zek asintió encarecidamente, pidió disculpas y le aseguró que no pretendían acción alguna contra ella. Acordaron que pasarían, siempre y cuando el rifle de Fred se quedara fuera. Una vez dentro, aquella mujer les puso un par de platos con caldo de verduras, acompañados por unas tortitas de algún tipo de harina y se quedó en pie todo el rato, observándolos con el henry adherido a su mano derecha.

-Mil gracias, señora, es usted un alma caritativa, una buena mujer. ¿Pero qué hace aquí sola?, ¿es viuda por desgracia?, ¿se encuentran sus hijos o algún otro ser humano con usted?

-Eso no es asunto suyo, coma y beba si lo necesita. Eso es todo cuanto tiene derecho a pedir.

-Disculpe a mi compañero, señora, pero es hombre del señor y se preocupa por aquellos que puedan necesitar ayuda.

-¿Ayuda, yo? ¡No me hagan reír!

-¿Quiere decir que no necesita ninguna ayuda?, ¿que es capa de vivir aquí sola? Siendo así, el señor ha debido poner su mano sobre usted.

-¡No diga estupideces! No hay nada que su señor haya hecho por mí. No estuvo cuando todo cambió y tuve que valerme por mí misma. Si algo hizo, fue darse cuenta de que esta oveja no necesitaba pastor y dejarme a mi aire, viviendo mi propia vida.

-Lamento lo que pudiera ocurrir, pero a buen seguro que, como todo en esta vida, tiene remedio. Siempre hay una solución y, siendo como es persona generosa, seguro que encontramos la forma adecuada.

-No hay nada que encontrar, aquí estoy bien. Tengo todo lo que necesito y me sobran las ganas, el valor y el ingenio para seguir adelante. 

-Por supuesto, eso es algo que salta a la vista. Debo reconocer que su fortaleza de espíritu me ha impresionado y, desde la más completa humildad, le pido entonces ayuda a usted.

-Y yo se la doy; si quiere otro plato o más agua, lo tendrá. Pero nada de dinero, que es lo que ha estado buscando con la mirada desde que ha entrado.

-No pedía dinero, mujer, tan solo una pequeña cantidad para continuar nuestro camino y poder adecentarnos al llegar al pueblo más próximo.

-¡No hay dinero; ni mucho, ni poco! Ya me conozco a los de su calaña... coman cuanto quieran y márchense. A dos días de camino tienen el pueblo más cercano.

-De acuerdo, así haremos; pero, por favor, siéntese a comer con nosotros y relájese un poco.

-Muy señor mío, ya me relajé hace mucho tiempo y se me atragantó el mundo hasta el punto de quedar de él una podredumbre enquistada. Y no es otro el motivo que la cantidad de indeseables, de serpientes purulentas, que por él caminan con impunidad. ¡Pero no lo harán por aquí, señor, no en mi casa! Guarde sus palabras melosas para quien sienta hambre de ellas. Guarde silencio, acabe de comer y cierre la puerta al salir.

Todo acabó con el rasgar de cuchara sobre porcelana, el sonido de las sillas retirándose y los pasos hacia la puerta seguidos de cerca por ojos atentos y el alma inquieta de un rifle.

Atrás se escuchó el chirrido de una puerta y unos pasos leves y amortiguados se acercaron a la mujer que seguía con la mirada anclada en la pareja de visitantes, apenas visibles en el horizonte. Un hocico rozó su pierna y automáticamente la mano derecha soltó el rifle para acariciar al perro que la miraba con ojos repletos de agradecimiento, nobleza y sinceridad.

-Tienes razón, el más bajo parecía un buen hombre, no nos hubiera hecho ningún mal. Pero el otro... el cura ese... como vuelva por aquí le meto una bala entre ceja y ceja.

Acabó de abrirse la puerta y un par de chiquillos corrieron hacia la mujer, la cual cambió el rostro severo y la mirada fiera, por una sonrisa dulce y suave voz.

-Salid niños, ya se han marchado. Podéis llevarle las flores a vuestro padre.

lunes, 27 de octubre de 2014

Planes de futuro

Ruedas de carromato descansan entre el suave lecho de hierbas de un pequeño claro. Junto a un fino hilo de agua fresca, protegidos del sol de mediodía bajo las copas de los chopos, tres individuos se sientan alrededor de un cerco de piedras, donde vigorosas llamas crepitan y abrazan el oscuro fondo de un caldero. Huele denso, ligeramente salvaje, nutritivo; huele fresco, a tierra húmeda y libertad.


-¡Qué buen manjar!, ¡magnífico guiso! Gusto sabroso y potente, con un agradable eco dulzón en el paladar... es maravilloso lo que es capaz de hacer con sus simples manos, señorita Lily.

-Doc, como vuelvas a acercarte al caldero antes de que esté listo, incluiré el ingrediente original que  llevaba la receta, con cierto toque de licor.

Jimmy sonrió al ver la cara de complicidad de Lily y soltó una carcajada al ver que, por primera vez desde que comenzaran su andadura, los labios del Dr Well permanecían sellados y cierta mueca inquisitiva se debatía en si era mejor preguntar o mantenerse callado.

Una suave brisa peinó el lugar, trajo el olor a hierba, jugueteó con las llamas y atravesó, entre silbidos, las ruedas del carro. Acompañados por el rumor del riachuelo y el canto espaciado de los pájaros, descansaron de ferias y ventas, de ruidosas presentaciones, actuaciones histriónicas y la sonrisa constante de quien ofrece “lo mejor que alguien podría desear”.

-¿Sabéis?, podríamos vivir siempre así, lejos de toda esa locura. Hacía tiempo que no volvía a sentir el aire libre. De hecho, creo que es la primera vez que no lo hago por la necesidad de huir y aun a veces me cuesta acostumbrarme; dejar de escuchar todo cuanto hay alrededor, de buscar el peligro tras cada sombra y la amenaza en cada persona. ¡Maldita sea, que paz!

El viejo doctor se había acercado al carromato en busca de uno de sus elixires. Echó, feliz, un buen trago, secó sus labios con la manga del traje remendado hasta un nuevo origen y volvió.

-Está disfrutando de la conexión con el mundo, señor One. El ser humano reconoce la magnitud de cuanto le rodea e intuye su relación con el entorno. Es una experiencia grata, revigorizante, como estar cerca del mismo creador, como el calor del sol tras una noche fría. Ciertamente sería increíble vivir así, poder disfrutar siempre de este bienestar.

-Imagínate, doc, poder vivir sin estar adjudicado. Dormir donde te plazca, comiendo las bayas más frescas, carne recién cazada, sin echar cuentas a nadie ni pagar nada.

-Por supuesto, señores, sería perfecto; hasta que necesitáramos nuevas ropas, balas, café o tabaco, hasta que no baste con el agua limpia y clara para calmar la sed del borracho.

-Nada de borracho, querida Lily, digamos: amante tenaz de gustos claramente definidos. Pero la razón le asiste, demasiadas cosas dejaríamos atrás. Muchas comodidades a las que, desgraciadamente, ya nos hemos acomodado. En parte fue el mismo hombre quien se desterró del edén al crear todas estas necesidades que tan gratas y apetecibles son a nuestro espíritu.

-Bueno, doc, algo tengo que concederos. La verdad es que yo también necesito descanso, estoy un poco harta de ir de pueblo en pueblo con esa feria ambulante que te has montado. Al principio tenía hasta gracia; pero eso de la chica del hielo... la gente me observa como si fuera algo extraño. Hace tiempo pensé que viviría otro tipo de vida.

-Pues usted verá, señorita, pero el show nos ofrece dinero seguro. Es recomendable espaciar algunos de los lugares que hemos visitado, mas queda todo un país por delante que no llegaremos a recorrer en nuestra vida.

-Sobretodo tú, doc, que ya cuentas las canas por las hebras sanas. Lily tiene razón, no pasamos lo que pasamos para ir de pueblo en pueblo haciendo el ridículo. Quizás va siendo hora de  terminar con esto y cambiar de vida. Quiero establecerme en un sitio, pensar en vivir la vida normal que nunca llegué a tener, con quien realmente aprecio.

Lily iba a continuar hablando, mas calló en seco al escuchar aquellas palabras. Intentó contestar pero cierto rubor subió, rebelde, a su rostro, pudiendo solo emitir una mirada feliz y avergonzada hacia Jimmy que intentaba a su vez encajar lo que acababa de pronunciar. Jamás pensó que la idea de parar su loca carrera y compartir una vida, pudiera llegar a afectarla de esa forma.

-¡Caros amigos, habéis conmocionado mi alma! No sé cómo expresar tan gran satisfacción. Dejad que mis lágrimas broten y os cuenten fielmente cuánto amor siento ahora por ambos. No pocos habrían dejado a este pobre viejo solo en su carro, víctimas del egoísmo vil que crece en las entrañas de cuantos viven sin atender a aquellos seres cercanos y necesitados. No sé cómo celebrar la idea de irnos los tres a comenzar una nueva vida, en una casa desde donde ver los amaneceres y despedirme, cómodo, acompañado y caliente en mi, ya cercano, último ocaso.

Lily tragó su réplica en un mordisco al aire y hermético sellado de boca. Hubiera disparado su peor bala, pero algo en el gesto de aquel viejo farsante la frenó. Echó un ojo a Jimmy y vio a este mordiéndose el labio para sujetar la protesta. Era un borracho, mentiroso, egoísta, un pesado parlanchín hasta la saciedad, pero fue él quien curó a Lily, quien les salvó de Blackwell, aunque sacara tajada por ello; gracias a él consiguieron devolver a Jimmy a este lado de la ley y hacer del nuevo Jimmy One, un individuo con toda una vida llena de oportunidades por delante. Era un estafador, un individuo de la peor calaña que jamás les había hecho daño y cuya ayuda habían recibido sin esperar nada a cambio. Y tenían con él una de esas deudas que al cumplirlas devuelven al ser humano su verdadera esencia.

-Bien, entonces no se hable más. Ya lo tenemos claro, ahora habrá que pensar qué hacer.

Well sacó un papel de su chaleco, muy bien doblado: un contrato de trabajo para un lugar llamado Canatia.


-Yo... tengo un plan.

lunes, 20 de octubre de 2014

Primeras ascuas

Líneas rectas, sombras de carboncillo sobre el lienzo. A cubierto de un sol tranquilo, por la copa de un gran árbol y sombra agradable de elegante sombrero de paja. Lleva camisa blanca, amplia y arremangada y pantalones claros. Sentado sobre silla plegable, junto a la cruz y el montículo, pipa de maíz en mano; detiene un momento su obra y observa curioso al nuevo, que aguarda de pie, en medio del pueblo.

"Apreciado Sr. Sugart.
Lamento enormemente lo ocurrido en nuestro último encuentro. Imagino avergonzado su enojo pero, espero, se hará cargo de la imperiosa necesidad de mi partida. Cierto es que necesitaba urgentemente el dinero y que con su caso llegó la oportunidad; la amenaza de perder la vida varía notablemente esquemas y prioridades. No obstante, no piense que, en ningún momento, haya osado faltar a mi promesa. Gracias a ciertos contactos, he podido saber que llegó a Canatia sano y salvo y que no tuvo ningún problema con la gente de allí respecto a hacer efectiva la concesión de su herrería: mi más sincera enhorabuena. Quizás ahora piense que todas las precauciones que habíamos acordado, no eran sino excusas para asegurar un cobro mayor; ni se imagina la de veces que todo ello, y aun más, ha sido necesario para conseguir ratificar tratos de menor valía.
Pero vayamos a lo importante, el verdadero motivo de esta carta; y es que decidí no ponerme en contacto con usted hasta que pudiera realizar la parte de nuestro acuerdo que aun estaba a mi alcance. Es por eso que todo el cargamento que acompaña a esta carta responde al instrumental necesario para su herrería, así como un albarán del almacén de la ciudad en que nos vimos por primera vez, de forma que no le falte material con el que abordar el periodo inicial de su negocio. 
Si tuviera alguna otra necesidad, no dude en hablar con el dueño del almacén, el Sr. Morrison; él sabrá cómo contactar conmigo y yo, por mi parte, haré todo lo posible por conseguirle lo que sea menester. Lamento no poder ofrecerle dirección alguna, asuntos un tanto complicados de explicar requieren un continuo desplazamiento por mi parte. Pero sepa que tengo presente que una parte de nuestro acuerdo queda en el aire, a la espera de tiempos mejores.
Con la esperanza de poder ofrecerle los servicios necesarios o la devolución de la cantidad estimada en falta, me despido encarecidamente de usted. No queda sino desearle los mejores deseos para ese nuevo comienzo al que todos deberíamos poder acudir al menos una vez en la vida. Que cada golpe cuente, amigo.
Siempre a su disposición: Sr. Thomas Sammuel Willbur."

Ralph volvió a plegar la carta y echó un nuevo vistazo a las cuatro cajas de madera que había frente a él. Tomó un hierro y comenzó a hacer palanca descubriendo su contenido: un fuelle de madera vieja y enferma, un martillo de mango quebradizo, clavos y otros enseres, algunos doblados, otros tantos herrumbrosos y un mandil grueso y manchado de carnicero.
Se sentó un momento en medio de su parcela, entre los postes de madera de su futura casa, se quitó el sombrero y pasó la mano por la cabeza intentando saber qué demonios hacer con aquella chatarra. Fue entonces cuando ante él aparecieron las botas del hombre que lo trajo allí en su diligencia.

-Bueno, amigo, ahí tiene su material. Va siendo hora de que ponga en marcha esa fragua. 

Alzó la vista con una queja en los labios y vio el cuchillo que lucía aquel hombre en su cinto: de mango atado y hoja afilada hasta la saciedad. Observó la pieza de madera que sustituía a uno de sus brazos y los arreglos improvisados que el eje de la misma diligencia tenía. Echó un ojo a cada uno de los edificios, las casas y otras estructuras y comprendió que aun no se había dado cuenta del lugar en el que se encontraba. Emitió un quejido al levantarse y rebuscó en el instrumental hasta encontrar unas tenazas, las cerró y abrió un par de veces, hasta que el óxido saltó y comenzó a extraer los brillantes clavos de cada una de las cajas.

-Habrá que ir haciendo acopio de material, dudo que el crédito del almacén sea generoso y hay mucho que hacer por aquí.

Al poco llegaron más brazos para ayudar. Se intercalaron los golpes de martillo sobre clavos y el metal hendiendo madera con las bromas acerca del magnífico material recibido. Ofrecieron alguna que otra solución y comentaron, entre risas, las experiencias pasadas, de llegadas, carencias e inundaciones. Por un momento, recordó Ralph aquella foto en un sobre, único recuerdo del pasado, la gente sonriente con los esqueletos de madera al fondo. Y vio que pese a no haber verdes pastos, aquello era idéntico a lo que siempre había querido vivir. Por un momento, se vio de nuevo en aquella foto, no ya como el niño que correteaba entre los mayores, sino como el adulto que estaba construyendo su propio futuro a partir de la nada.

A lo lejos, DeLoyd activó las ascuas de tabaco, paladeó el aroma áspero y dulzón y volvió sonriente al carboncillo. Las líneas tomaban forma en el lienzo dispuestas en aquel extraño y atrayente conjunto de construcciones para formar un nuevo rótulo, “Herrería”, que, una vez colocado, pareció siempre haber estado allí. Por la comisura de los labios exhaló un hilo de humo y, mirando a la cruz del montículo, musitó en voz baja:

-Enhorabuena... lo has vuelto a hacer, maldito idiota.

lunes, 13 de octubre de 2014

Tocando a fuga

El sol abandona su reino y el frío conquista la tierra. Un corro apiñado, de presos sobre arena gris, dispuesto en medio del patio. A un lado quedan las rocas, heridas de pico y martillo, erguidas hasta el final; al otro las celdas vacías, barracones de guardia dormida y la casa del alguacil. Mas este cuadro que les presento, aun se mantiene en espera, ya que algo ocurrió antes de que tuviera lugar.

-Y es por eso, reverendo, que añoro sus calles, sus gentes, su vida y color; y por lo que la mera idea de respirar su aire, provoca en mí melancolía y amargo dolor.

-Malas son esas lamentaciones. Atender continuamente a lo desagradable, amiga, enquista el alma de tristeza y ahoga el hogar. Es joven y bien parecida, de redondeces, si me lo permite, gustosas, sano rubor en el rostro, bella mirada e interesante hablar. Necesita quehaceres para distraer su desánimo.

-¿Y qué más hago, reverendo? Paseos en carro, lectura sagrada y mundana, pinturas en lienzo, alguna copita espaciada y todo sin parar de rezar... He hecho todo cuanto me ha recomendado y sigue en mí este hastío: condenada telaraña de pena terrible que me rodea y, cuanto más intento apartarla, más fuerte me acaba de apretar. Solo encuentro alivio en estas visitas y aun así consumo el tiempo en el agridulce recuerdo del mundo que dejé atrás.

-Comprendo su vértigo, amiga. La añoranza mira extraña y deforma el sentido; dulcifica lo antiguo, amarga el presente, anula el futuro y muerde con fuerza al intentar apartarnos de su pesar. Insigne aliada que otorga el solaz del recuerdo; terrible enemiga si se escucha en demasía y no se sabe acotar.

-¿Qué hago entonces, reverendo? ¿Existe algún otro remedio?

-Ciertamente es difícil la respuesta, pues sigue su alma apuntando hacia el mismo redil. Debo decirle que no se me ocurre otra cosa que darle a su alma lo que anhela. Quizás tal insistencia no sea sino el eco de auxilio que su misma naturaleza no para de emitir.

-¿Y cómo volver? Sabéis muy bien cuánto significa esto para mi marido, ha puesto todo su empeño en poner en marcha este penal. Lo considera obra importante, fuente fija de ingresos y un gran servicio para el propio preso y la comunidad. ¿Cómo decirle que deje todo cuanto le importa para deshacer camino y volver a la ciudad?

-Sería injusto, es cierto, pero seguro que existe una forma de que todo vuelva a su orden sin que usted diga nada, ni él deba renunciar. De momento, sigamos intentando distraer el ánimo: ya que usted no puede ir, traigamos un poco de la ciudad. Organice una buena fiesta para los hombres de bien de aquí: una cena de gala con excelentes manjares, gustosas bebidas y dulces de navidad.

-Pues mire que es buena idea, con música, baile, charlas ajenas a prisiones y mi esposo a mi lado, presidiendo la mesa como en los grandes festejos que allá celebramos.

-¡Eso es, enhorabuena por la bocanada de vida, la sonrisa sana y el honesto respirar! Ahora veo que estamos en buen camino, pero tenga en cuenta que todo el mérito es solo suyo. Si en algún momento sintiera dudas, recuerde, amiga, que yo cargaré encantado con la culpa y hallaremos, al fin de tales pesares, la libertad.

Salió la señora, aquel día, henchida de ánimo, con sonrisa ilusionada, mirada viva y voz jovial. Atónito quedó el marido, agradecido al reverendo y contento al conocer la propuesta que tanto bien había hecho a su par. Él mismo se encargó de pedir lo necesario para el evento: dos carros repletos de comida y objetos que tras cuatro días entraron en el penal. Los presos colaboraron con desgana, mas sin queja alguna, “obedeced al reverendo, especialmente en aquellas partes del cargamento que os ordene esconder”, les había dicho el compañero inseparable del reverendo, aquel al que llamaban Fred. Y mientras, en las cocinas, el predicador ayudada a la esposa con las viandas más delicadas y enseñaba el secreto atesorado del ponche familiar.

-Como ve, se trata de algo sencillo, lo descubrió mi abuelo por accidente. Las guindas le dan cierto gusto dulce, el resto le ofrece un calor comedido y un suave final. No olvide lo más importante: removerlo un poco y dejarlo en descanso. Manténgalo cerrado en oscuro hasta el momento justo en que se vaya a tomar, ya que cuanto más tiempo repose, más rico sabrá.

Celebróse el festejo con el alguacil, su esposa, el reverendo invitado y todo el personal, exceptuando a los presos y algunos guardias que debían vigilar. No obstante, generosamente aconsejada por el reverendo, la señora ofreció comida y ponche a los que tan fielmente su labor desempeñaban; tan solo un plato y una copa, lo justo para probar las viandas y un par de tragos echar.

Esa noche descansaron como nunca. Durmió el alguacil y su esposa, durmieron los guardias de la fiesta y los que debían guardar; durmieron todos cuantos allí estaban menos los presos que en medio del patio iluminado por la luna, describiendo un círculo, atendían a Fred que, junto al reverendo durmiente, les transmitió las instrucciones que este tuvo a bien dejar.

-Dijo que cargáramos con él y utilizáramos los dos carros. Que una vez cruzado el desierto, cada uno buscara su camino, esperando que no cayerais en desgracia nunca más. Dijo también en cuanto a los guardias, el alguacil y su esposa, que los dejáramos a todos en paz; que dejáramos su carro y sus caballos intactos. Dijo que tras este desenlace el alguacil no habría de volver a dirigir prisión alguna y que se vería obligado a volver a la ciudad. ¡Y vámonos ya de una vez! No sé vosotros, pero yo tengo ganas de caminar libre, comer un buen filete y beber hasta perderme en las carnes de alguna mujer de jornal.

Marcharon todos, directos a por los dos carros del cargamento y a por el que usaba el alguacil; arramblaron también con los caballos y con las armas del personal. Lo siguiente no fue una pelea sino una batalla campal, pues, unos atacaron a otros, por hacerse un sitio en el transporte con el que escapar. Salió el primer carro medio vacío, con los tipos de dentro disparando sobre los demás. El segundo rompió una de sus ruedas al chocar de lleno con un puntal. Salió el tercero más lleno y pacífico, al ver la falta de oportunidad. Salieron por último todos los caballos dejando tras de sí un patio de cadáveres ensangrentados como único testigo de los presos del penal.

Y Fred, solo, único consciente en el patio, hizo acopio de agua, tomó un rifle, se cargó a la espalda al reverendo y, aprovechando el fresco nocturno, comenzó a caminar.

-Tu duerme, maldito reverendo, que solo nos queda el desierto. Duerme, pero reza en tus sueños como si el jodido cielo fuera a cerrar.