lunes, 16 de febrero de 2015

Bienvenido Mr. Moodley


Cascos y ruedas entran en Canatia. El polvo se disipa y muestra un carro elegante, negro y plata, tirado por cuatro magníficas bestias, de piel grisácea, crin oscura y ojos profundos. Dirigiéndolo, un hombre callado de sombrero austero, botas de serpiente, revólveres expertos y gesto amargo de quien vive preso. La puerta se abre sin chirridos y asoman bastón de ébano con empuñadura dorada, traje negro, chaleco elegante y bombín.


El conductor observaba, por debajo de su sombrero, al sheriff con su rifle sentado en el porche, a Bison apoyado en la puerta del saloon con bombín ladeado y garrote en mano y a Kornelius a través del vidrio traslúcido de una de las ventanas. No veía a nadie más, pero sabía que alguien observaba desde lo alto y alguna que otra sombra se ocultaba en las casas. Aun así seguía impasible, contando balas, segundos y blancos.

-¡Bienvenido, Sr. Moodley!

DeLoyd salió al paso, casi impidiendo al traje negro salir de su carro. Como pensaba, había un par de tipos más esperando salir, así que se quedó firme en su sitio.

-Si viene a pasar unos días, puede dejar el carro en las dependencias de Ángel, seguro que estará encantado de hacerse cargo. En el saloon tenemos una botella de bourbon digna de su categoría. Pero, si viene por negocios, me temo que no podremos satisfacer ninguno de sus intereses; esta comunidad es demasiado pequeña para la importancia de su fortuna.

El señor Moodley puso ambos pies sobre tierra firme, a escasos centímetros del carro. Tomó un par de segundos para tragar la ira creada ante tal recibimiento. Sacudió sus ropas, estiró el cuerpo, echó un vistazo por encima de las casas, dirigió la mirada hacia el hombre de traje blanco y dibujó una sonrisa de cordialidad.

-Sr. DeLoyd, debo confesarle que esperaba otro tipo de bienvenida. La última vez hablé con el representante del banco, el Sr. Miller, si no recuerdo mal; un hombre formal y atento aunque demasiado timorato para este tipo de negocios. Algo mejorable si quieren convertir este bonito pueblo en un lugar relevante, usted sabe bien de qué hablo.

La sonrisa le fue devuelta con un leve movimiento de cabeza y mirada tranquila; pero el puño oprimía fuerte la empuñadura plateada del bastón y el brillo desafiante de Augusto en el dedo.

-Estaremos encantados de recibirle, cartas y vasos están disponibles para todo aquel que tenga con qué acogerlos. Esta noche tenemos espectáculo, Kornelius al piano y Vera O'hara de cantante; le aseguro que en ninguna de las grandes ciudades habrá oído algo similar. Pero nada de eso demanda el tipo de acompañantes que están esperando, tras usted, para salir de su transporte. Convendrá conmigo que en ciertas situaciones es preferible mantener el hierro frío.

-Temo que el Sr.Miller no les explicara adecuadamente la naturaleza del trato. Ya que al parecer, reconozco mi sorpresa, toman una oferta inigualable como un castigo. No sé el Sr.Miller, pero usted es un hombre de mundo, sabe cómo prosperar y sabe cuánto bien haría una oferta como la mía a un lugar como este. No fijé cantidades y no pienso hacerlo, porque cualquier número que pudiera citar infravaloraría los beneficios que este acuerdo ofrece a partir del mismo momento de la firma.

-Comprendo muy bien lo que me está diciendo. Conozco los medios, las posibles cantidades y sé que están por encima de lo razonable. También sé la importancia que tiene para usted este “bonito pueblo” y que por eso mismo no le importa pagar más de lo adecuado. El Sr.Miller transmitió perfectamente su oferta, así fue estudiada por todos los miembros de este pueblo y así fue firmemente rechazada, pese a saber que con ello dábamos la espalda a la prosperidad, a los acuerdos y a las cadenas de favores.

DeLoyd ladeó la cabeza, sonrió hasta arquear ligeramente los ojos, notando, esta vez, cómo se relajaban los músculos de la cara; y los dedos, blancos de la presión, consiguieron liberar su férrea forma.

-Ustedes... han decidido... rechazan... Vamos DeLoyd, es hora de que los grandes hombres hablen; vayamos adentro y tomemos algo. Charlemos tranquilamente, sin prisas ni presiones, que mis chicos dejen sus armas si le parece apropiado... sabe que no tiene ningún sentido negarse.

Las palabras silbaban como agua sobre brasas. La pose y los ademanes del hombre del traje negro denotaban tranquilidad, pero un fondo de fuego comenzaba a asomar en sus ojos y cierto tono electrizante le rodeaba.

-Su oferta sigue siendo rechazada. ¿No tiene sentido? No. Y no pierda el tiempo pretendiéndolo. Como ya le informó el Sr.Miller está usted tratando con idiotas descendientes de un idiota, aquí no funcionan sus normas; ni siquiera sabemos cuáles funcionarán, sencillamente seguimos buscando. Aceptamos nuestra capacidad de pensar absurdos y rechazamos su brillante éxito. Como ve, hemos perdido completamente el juicio, por lo tanto, Sr. Moodley, nada más queda por decir.

El conductor miró nervioso y encontró el cañón del rifle del sheriff apoyado en la barandilla del porche, junto a su vieja bota, apuntando directamente hacia él. Observó un brillo metálico en dos de las ventanas y el inconfundible chasquido de amartillado proveniente de una de las terrazas.

Esta vez fue la empuñadura dorada la que quedó prisionera. Los dedos de Moodley se encorvaron nudosos hasta crujir. Apoyó su peso en el bastón y comenzó a dar media vuelta.

-Así sea, Sr. DeLoyd, la oferta queda anulada. No así mi interés por este lugar; y recalco, solo este lugar. Sé quienes son y de dónde vienen; cuando todo acabe, seré yo quien gane. Que tengan ustedes un buen día.

Subió al carro entre brumas y nervios erizados. Cerró y el golpe seco dispersó algo de la tensión. Echó un último vistazo al hombre de blanco pero apenas acertó a rozar el ala del bombín. Gritó algo al conductor y el carro se puso en marcha.

-¿Y ahora, señor alcalde? -preguntó el sheriff, divertido- ¿Qué será ahora de estos pobres idiotas?

DeLoyd se quitó el elegante sombrero de paja, sacó un pañuelo, secó el sudor de su frente y rió entre dientes.

-¿Ahora, sheriff Nake? Ahora ya da igual. Tanto tiempo atento a la siguiente jugada, pensando en defensas y contraataques, y resulta que me había olvidado de reír. Ahora decidimos nosotros, estamos fuera.

Los demás habían abandonado sus puestos y comenzaron a acercarse. La sensación era extraña: silencio curioso de liberación y paz. La tranquilidad de haber dejado las tácticas para quien las disfruta y haber cambiado una vida de pactos y miradas de reojo por la amenaza directa y la sombra de la muerte solo cuando realmente llega. Quizás es la sensación del ser primitivo, diseñado para atacar, quedarse quieto o correr ante realidades y no para eludir constantemente amenazas potenciales.

-¡Maldito Jed, esta sí que me la pagas! ¡Si al final caemos antes de lo esperado, hablaremos de idiota a idiota! -dijo DeLoyd para sí, antes de dirigirse a los demás.- ¡Bueno, damas y caballeros, nos hemos ganado una visita al dios Baco!

-¿Que ha dicho?

-Me da que nos invita a un trago...

lunes, 9 de febrero de 2015

Viejos dioses


Copos de nieve, lanzados por el aullido del viento, contra los riscos escarpados de la montaña. Roca lisa y afilada de cantos quebradizos, en punta, con hielo azulado en las heridas. Están muy lejos de tierra firme. Ante ellos, solo una vieja casa, destartalada; alrededor, la senda y el vacío engullidos por un mar de nubes. Allí donde parece no haber tiempo ni humanos ni nada, solo restos helados carentes de vida.


Jimmy miró hacia atrás, a lo lejos, por encima de sus compañeros, pero la nubes habían cubierto ya el carro. Tiró de las riendas, alzó la mano e indicó al resto que se detuvieran. La casa apenas podía mantenerse en pie. Las maderas, medio podridas de la humedad, repiqueteaban sueltas ante el viento, mientras una desvencijada puerta colgaba del gozne superior de cuero que continuaba heroicamente firme pese a su estado lamentable.

Guardó unos segundos, buscando el menor indicio de vida: objetos, pisadas, olores o el más mínimo ruido... 

-¿Doc, seguro que es aquí?

Doc se puso en pie sobre los estribos de la montura y, con un pañuelo atado alrededor de la chistera para proteger las orejas, extendió ambas manos enguantadas y exhaló sus palabras entre bocanadas de vaho. 

-No hay duda, joven One, he aquí la inexpugnable cima, el último refugio de una de las bandas más peligrosas que haya habido en todos los tiempos: el famoso bastión de Tad.

-¿E... esto un bastión?, ¿es... es algún tipo de chiste?

Lily hablaba entre temblores, acurrucada dentro de su pelliza, con el gorro de piel bien calado.

-Bueno, señorita Lily, quizás ya no esté como en los viejos tiempos, pero nunca fueron necesarias sus paredes para defenderlo. Pocos conocían su ubicación y aquellos que consiguieron llegar sin ser debidamente invitados, tuvieron el placer de hallar el descanso eterno entre esas magníficas rocas. Ningún extraño llegó a cruzar esta última senda, ni pudo ver las paredes de la casa; de ahí la leyenda del bastión. Y funcionó, les aseguro que funcionó. Cuando recorrías estos últimos metros, a veces sintiendo la vida escapándose por alguna de las heridas, sabías que el tiempo se detenía y una suerte de tregua te mantenía a salvo de lo que quisiera que fuera tras de ti. Aquí las armas siempre dormían, los puños se relajaban y todos debían presentar sus respetos a Tad. Un buen hombre: ladrón, pistolero y tahúr, en la llanura; juez, amigo y rey, en esta montaña. Su palabra era ley, simplemente porque hablaba poco y justamente. Todos ofrecíamos algo y pedíamos ayuda cuando era necesario. Sabías que, pasara lo que pasara, siempre estaría el bastión de Tad...

-Pues me temo que se acabaron los viejos tiempos, doc. Nada aquí indica que quede ni un alma, no hay caballos ni ningún rastro.

Jimmy llevaba el revólver en la mano y se dirigía a la casa, mientras vigilaba el terreno para evitar hundirse en la nieve.

-Hace mucho tiempo de todo aquello. Muchos cayeron enfermos de la soga, otros víctimas del plomo y aquellos que pudimos continuar en este mundo dejamos las proezas más arriesgadas para el ansia y la temeridad propias de la sangre joven. Pero Tad nunca dejó este lugar. Sé que algunos siguieron subiendo para visitarle y traerle algunas cosas como se hacía entonces, y siempre decía lo mismo “solo me sacarán de aquí con los pies por delante”. Y era hombre de palabra, así que sería mejor que enfundara ese arma, joven One, e hiciéramos esto por las buenas.

Lily, se acercó al caballo, tomó con cuidado el winchester y se puso a la altura del viejo, mientras seguía con la mirada los pasos de Jimmy.

-Doc, esta vez tu amigo está solo; si está en ese nido, ten por seguro que Jimmy lo sacará. Solo con que cuente la mitad de años que tú ya estará lo bastante estropeado como para no poder disparar a tiempo. Pero por si las moscas, te aseguro que este rifle no va a perder detalle, al menor destello, le desarmo de un balazo.

-Subestima la experiencia, el conocimiento del terreno y la naturaleza de Tad. Es su “amigo” quien se está acercando demasiado sin tomar las debidas precauciones. Tad no es estúpido, conoce sus limitaciones, no estará esperando en pie para retarle en duelo; sino que esperará a que sea otro quien se acerque, dispuesto a morder como si fuera la última vez en su vida. Les dije cómo debían hacerse las cosas, que no se dejaran engañar por las apariencias, pero no han hecho caso...

Lily, observaba la casa a través de la mirilla, concentraba la vista en los puntos desde donde podría venir el ataque. Descartaba el golpeteo de las maderas y el baile fantasmagórico de las cortinas ajadas. Veía a Jimmy acercarse seguro, pero las palabras del Dr. Well sembraron en su corazón la duda y el rifle comenzó a volverse pesado.

-Ahora ya es demasiado tarde para llamar al señor One sin levantar sospechas. Asegure el tiro como nunca, pues en caso de presentarse el momento, solo tendrá una oportunidad.

Jimmy apartó un poco la puerta descolgada, preparó el arma y cruzó el umbral.

Lily, respiraba con calma, intentando detener el temblor que se concentraba en sus manos y movía levemente el cañón, una pequeña variación que suponía mandar la bala fuera del blanco. De repente las maderas parecieron moverse más a menudo y las cortinas describían movimientos extraños. Tres veces estuvo a punto de apretar el gatillo, cuando, al desplazarse uno de los jirones de las ventanas, observó una sombra agazapada en el fondo de una de las estancias.

-...solo una oportunidad...

No recordó haber ejercido presión; el gatillo se desplazó y un estruendo colocó el proyectil directo en la sombra. Un disparo limpio, que resonó por toda la montaña hasta que la voz de Jimmy lo disipó con un “¡No disparéis!”. Tras lo cual, se asomó a una de las ventanas y por gestos les exhortó a acercarse. 

Cuando Lily y el Dr. Well llegaron, Jimmy seguía en pie, con el revólver descansando lánguidamente en la mano. Frente a él, sentado en una silla, rodeado de polvo y telarañas, estaba el cuerpo del viejo Tad: alto, fuerte y barbudo, sentado en un tosco sillón de madera y pieles, con un rifle sobre sus piernas, los ojos abiertos, fijos en el infinito, y la carne pálida, fría y estática del rey de la montaña, congelado en su trono.

Well se quedó en pie, aturdido ante la visión del último de los que cabalgaron junto a él. Sintió como si el tiempo hubiera pasado sobre él dejándolo perdido, lejos del presente, y notó el frío crudo y desgarrador del vacío. Jimmy y Lily permanecieron en silencio hasta que, por fin, el viejo doctor pareció volver en sí.

-Bueno, amigo, ha llegado el momento. Cuidaste tus dominios hasta el final, es hora de cumplir tu palabra y bajar con los pies por delante.

lunes, 2 de febrero de 2015

Purificación

Sobre la tarima, la figura se recorta en la última luz del horizonte; en pie con el brazo en alto, enarbola la biblia. A su derecha, un carro lleno con decenas de barriles. Los más cercanos de los congregados alcanzan a ver sus erizados pelos, sus ojos llenos de vida y el espíritu henchido y enérgico con que ejecuta sus movimientos. Hasta los últimos de los presentes llega su voz: potente, honesta y agradecida.

-...así lo quiso el señor. Y no lo quiso por él, sino por vosotros, almas perdidas que brillan. Y es por eso que doy gracias a él, pero también a vosotros. Gracias por vuestro valor y vuestra hospitalidad durante estos días. ¿Pues quién sino vosotros ha vencido al demonio? ¿Quién ha tenido el arrojo de romper el vaso y despertar las fuerzas que residen en vuestro interior? No hay mejor elixir que aquel que el Creador vertió en vosotros. No existe mejor reconstituyente, ni mejor forma de apagar las penas ni encender los ánimos. Sé cuánto os ha costado, pues he recorrido a vuestro lado todos y cada uno de los pasos de esta senda; el tramo largo que hay de la añoranza del descanso brumoso, hasta la certeza de la paz interior. Ya no hay necesidad de estímulo externo. ¡Ahora sois libres! Volved con los vuestros. ¡Vivid, hablad, reíd, bailad! Coged esas monedas que antes tirabais y usadlas para lo que realmente queráis; pues aniquilado el hambre, vuestro es el oro que lo saciaba. Hoy no sois hijos míos sino hermanos, pues si grande fue el sacrificio, mayor ha sido la gloria. Hoy habéis aprendido a invocar el ímpetu, el perdón y la calma. Hoy vosotros, simples hombres terrestres, sabéis desplegar las alas.

Se escuchó un asentimiento espontáneo, en medio de la multitud. Pronto le siguió otro, y otro, y otro más. Como pólvora en mecha, recorrió toda la gente allí apostada hasta acabar en una verdadera ovación. 

-Solo nos queda el último paso, el acto final; un sincero y honesto desapego. Mañana al alba, con los primeros rayos del sol como testigo, el carro del pecado será prendido y todos y cada uno de estos barriles incinerados. Volved después con la cabeza bien alta y arrancad el cartel del antro de perversión; que sirvan sus paredes como templo del señor, que sea su casa y por tanto la vuestra. Usadla pues para la comunidad, guardad las simientes que al año siguiente deberán germinar, reuníos y honrar las fiestas, ya no habrá que pagar por estar dentro, disfrutad las vistas, tras haber sufrido la cuesta. Así pues, marchad ahora y venid al alba, hermanos, venid. Venid y hagamos que el diabólico caldo que quiebra el alma, caiga, al fin, pasto de las llamas.

Y poco a poco la gente marchó feliz, en calma. Aquella noche, la gente entró en su hogar de forma distinta; apagaron las luces y, en lugar de los tiros, las voces de siempre y las amenazas, solo hubo tranquilidad, silencio y suave roce de sábanas.

Mas a lo lejos, oculto entre el gemido del viento en los árboles, se escuchó el golpeteo de cascos amortiguados por trapos y el crujido rítmico de las ruedas de un carro. 

-Permanece tranquilo, Fred, nadie saldrá esta noche. Tan seguro te lo digo como que no hay ley en el pueblo hacia el que marchamos.

Pero Fred, sentado junto al reverendo, seguía mirando hacia atrás, apoyando el rifle en los barriles, atento al camino que iban dejando. 

-Mire, reverendo, demasiado hemos pasado ya como para que baje la guardia. Solo con que a un curioso se le ocurra acudir al entarimado se darán cuenta del engaño.

Zek seguía tranquilo, cogiendo con firmeza las riendas, manteniendo el ritmo lento, ausentando los ruidos del paso.

-Esa gente va a dormir toda la noche, Fred, no tienes motivos para preocuparte. Además, no entiendo por qué hablas de engaño. Todo lo que les dije es cierto. Al legar el alba nada cambiará para ellos, pese a no hallar el carro. Ya han hecho el camino, no lo necesitan, así que no hicimos mal al tomarlo. Deja que vivan su merecido edén, mientras llevamos este mal a algún antro donde ningún alma quiera salvarse. Pues qué es el alcohol en definitiva sino caldo de restos putrefactos. Vendámoslo pues y aprovechemos lo conseguido para fines más dignos. Guardemos, eso sí, un poco para el camino, que si bueno es el edén para el sedentario, mejor es un poco de ánimo líquido para el pobre siervo que hace del eterno vagar su destino. 

-Esta vez no pienso discutirle, reverendo. Me basta con que baje la voz y mueva un poco las riendas, porque de seguir así le apuesto uno de esos barriles a que los del pueblo nos pillan.

-No está bien apostar, querido Fred, pero esta vez, a fe de ejemplo te acepto el reto. Ve preparando tu deuda porque no pienso variar el ritmo ni bajar mi voz, y guárdate el miedo,  algo me dice que nadie esta noche notará nuestra ausencia.

martes, 27 de enero de 2015

Propuestas

Los cristales de las ventanas, empañados por el frío, filtran la luz de lámparas y candiles. Dentro, calor metálico, olor a leña y ojos expectantes. Es la segunda vez que se llena la atalaya. Casi todas las cabezas están sentadas a la misma mesa. Hoy, el hombre de traje blanco apenas habla, pues es Edgar quien tiene algo que decir. Hoy, más que nunca es necesaria la opinión de todos, pues se trata de escuchar y decidir.

-De acuerdo señores, lo explicaré de nuevo para que todos lo sepan de primera mano. Hará cosa de unos días, vino al banco un caballero del este. Un tipo bien vestido: de bombín, chaleco, traje caro y bastón; aunque sus andares dejaban bien claro que más tenía de Masterson que de señoritingo. 

Algunos de los presentes intercambiaron miradas, corroborando la descripción. Se generó un leve murmullo de ideas encontradas apuntalado por el seco raspar desdeñoso del sheriff Nake, dejando bien claro su amor incondicional por tal individuo.

-El caso es que me preguntó que a qué hora cerrábamos para poder hablar con más calma y ese mismo día, justo antes de que dejara el banco, llamó a la puerta con cinco golpes secos del cabezal dorado de su bastón. Abrí y le invité a pasar al despacho. Siempre muy agradable en el trato y educado en las maneras, me comentó que tenía intención de utilizar nuestro banco para una serie de transacciones de sumas más que considerables, dejando dichas cantidades en depósito durante un largo espacio de tiempo. No llegamos a hablar de cifras, pero solo la inversión inicial, según dijo él, superaría con creces cualquier cantidad que pudiéramos tener ahora. Cuando quise informarle de la seguridad del banco, me dijo que no estaba interesado en esos menesteres, que el dinero estaría seguro allí, ya que no eran los bandidos quienes le preocupaban. Se calló durante un segundo, mirándome a los ojos y me dijo “¿quiere o no tener un banco?” y que, en caso de haber acuerdo,  tal dinero no debería existir, o, dicho de otra manera, que no debería haber constancia de él en ningún registro. Yo le indiqué que estaríamos encantados de ofrecerles nuestros servicios, pero en condiciones normales. Me contestó que, teniendo en cuenta que mi material de trabajo es el dinero, solo un idiota rechazaría una oferta así por una cuestión de matices. Le señalé el retrato de Jed y le dije que ese hombre, nuestro fundador, era eso mismo: un “idiota”, y que por lo tanto podíamos tomarnos la licencia de actuar de tal modo. Fue entonces cuando sonrió, completamente tranquilo, y dijo sencillamente que con eso había concluido la charla; tras lo cual, se marchó.

De nuevo sobrevino el revuelo, esta vez con más fuerza. Por el campo de batalla arremetían cuentas pendientes, posibilidades y comodidades; desde el otro bando cargaban desconfianzas, suspicacias y futuras deudas.

Edgar levantó ambas manos, buscando la atención y alzó un poco la voz.

-Lo sé. Algunos visteis con malos ojos la forma en que actué y así lo habéis transmitido. La pérdida de una oportunidad de oro. Pero he visto actuar a esa gente. Decirle que sí supone entrar a un juego de amos y esclavos; el alcalde los conoce bien. 

DeLoyd jugueteaba con el rostro augusto de su anillo y asintió pesadamente al recordar la alimaña que nacía en las entrañas de algunos chalecos y trajes elegantes, formada con la carne de desgraciados y la sangre de canallas y pobres deudores.

-Esas cantidades salen de robos y atracos, en el mejor de los casos. Y no me refiero a los cuatro infelices que se juegan el cuello por un puñado de dólares. Sino a las sumas conseguidas por infinidad de esclavos que, por pagar favores que les mantengan a flote, engrosan el capital de tipos como ese. Este pueblo es un dulce para ellos, alejado de todo, sin ferrocarril, tan insignificante que jamás llamaría la atención. El lugar perfecto para el cambio de dinero.

Las miradas se posaron sobre la mesa y las bocas quedaron selladas. Podía escucharse el chirrido de las mentes en bucles de reflexión. En un instante, grandes cantidades de dinero se amontonaban y esfumaban, analizando diferentes opciones. Una y otra vez, salieron a flote los inicios, el camino recorrido, las necesidades del presente y las esperanzas futuras. El qué y el cómo. Y si el fin justifica los medios o son estos quienes lo pervierten.

-Lo que le dije, dicho está. Cuando se marchó, solo me quedó una esperanza. Hombres de este tipo los hay de dos clases: los que una vez rechazada su propuesta dedican sus esfuerzos a buscar otro lugar y los que, bien por orgullo o desesperación, no dejan su presa hasta hacerse con ella. Pues bien, este pertenece al segundo grupo. Tengo aquí un mensaje traído por Ángel esta misma mañana; dice lo siguiente: 

“Apreciado señor E. Miller. Considero concluido el tiempo necesario para valorar mi propuesta. Acudiré en breve para conocer su parecer. Convendrá conmigo en que no existe mejor opción que el acuerdo. Atentamente, E. P. Moodley.”

-Llevo todo el día pensando cómo decirles esto. Pero, después de hablar con DeLoyd, esta parece la forma más adecuada. La situación en la que nos encontramos no es en absoluto agradable. Hay que decidir si aceptar la coacción, disfrutar del dinero y sufrir las exigencias futuras; o bien seguir actuando como idiotas, mantener el control de nuestro pueblo, rechazar su propuesta y estar atentos ante su próximo movimiento. No os engañaré, hablamos de cantidades importantes que no existirán legalmente pero de las que sí que podríamos hacer uso y abuso, entre otros, con la misma gente que el señor Moodley traiga. El mismo uso y abuso que podrán hacer con nosotros llegado el momento en que sea necesario. Mi opinión ya saben cual es, pero acarreará consecuencias. Ahora el momento de decidir es el suyo.

lunes, 19 de enero de 2015

Condenas


La luz anaranjada del sol ilumina la casa de adobe, el pequeño cerco blanquecino que la rodea, su puerta y sus ventanas; tras las esquinas, la oscuridad azulada oculta la cal y emborrona tierra, hierbajos y cactus. Tres figuras apostadas a tiro de rifle de la entrada, parapetados tras un par de rocas y un carro cruzado. Silban los plomos, astillando madera, adobe y cal, en busca de carne, huesos y sangre.


El Dr. Well se asomó lo justo, situó la mirilla en una de las ventanas y comenzó a apuntar un poco más a la derecha, para compensar el viento. Antes de apretar el gatillo, otro estruendo sonó y la chistera voló por los aires.

-¡Magnífico disparo! ¿Han visto, casi me devuelve a la tierra?

Lily respondió al fuego, pero nada se escuchó; solo la estela de humo bailaba burlona, como único testigo de la presencia del tirador.

-¡Mierda! ¡No hace más que moverse! ¡No hay manera de darle!

Jimmy echó un vistazo a su alrededor. Salvo las rocas y el carro, no había otro parapeto hasta los treinta pasos que les distanciaban de un sagüero. Se puso en cuclillas, acercándose lo máximo posible al extremo del carro y calculó la carrera hasta el gran cactus; pero otro rifle rugió exigiéndole, entre esquirlas de roca, que mantuviera su posición.

-¡Maldición, doc! ¡Dijiste que estaría solo!

Well volvía con su chistera, pasando el dedo por el agujero que había dejado la bala, a pocos centímetros de donde solía estar su cabeza.

-Y está solo, joven Jimmy; al menos en parte.

Un par de proyectiles mordieron el carro; uno de ellos salió despedido hacia una de las rocas y pasó silbando entre los caballos, que seguían a cubierto tras la improvisada barricada. Estos comenzaron a relinchar y a moverse frenéticamente; Lily dejó un momento el rifle y acudió a calmarlos. 

-¿Y qué demonios quiere decir “en parte”?

Jimmy disparó casi por inercia: apretó el gatillo, accionó la palanca y, antes de que el casquillo tocara el suelo, volvió a enviar otra bala hacia el mismo destino. 

-Bueno, estaba casado con una mejicana; Luz se llamaba. Una muchacha muy agradable y servicial.

Otro disparo les obligó a agacharse instintivamente. Lily volvió a coger su rifle, lo cargó de nuevo y, tras asomarse ligeramente por uno de los lados del carro, esperó el siguiente fogonazo, antes de desvelar su posición.

-Pues, doc, parece que ha cambiado de mujer.

-Esto no tiene sentido. “El seco” no es hombre de bravadas gratuitas. Solo demuestra el valor cuando le es de alguna utilidad. A estas horas, hace tiempo que habría aprovechado la situación para huir, mientras el otro tirador nos mantiene a raya.

Jimmy resopló y tras negar levemente con la cabeza, apoyó la espalda contra la roca y miró al viejo doctor.

-¿Y si tienen algo que proteger? Algo demasiado pesado para huir...

El doctor abandonó la posición de disparo y, tras quitarse la chistera, se colocó al lado del futuro ayudante de sheriff.

-Eso es imposible. El resto de la banda se encuentra paseando en barca con Caronte o picando roca tras el desastre de hace poco más de un mes. Hágame caso, joven Jimmy, este caballero no ha tenido tiempo ni ganas de plantearse siquiera regresar a sus quehaceres.

-Pues entonces ya me dirás, doc; pero esto no tiene buena pinta. 

Lily, mantenía la vista clavada en la casa; el rifle cargado y el dedo rozando la guarda del gatillo.

-Bueno, cuando los señores quieran acabar su reunión, quizás podríamos decidir algo. Parece que han dejado de disparar, pero de momento soy la única que se juega el cuello.

Well puso sus manos a ambos lados de la boca, tomó aire y, sin moverse del sitio, habló con todas sus fuerzas.

-¡Pancho, amigo! ¡Soy yo, el Dr.Well!

Tras un leve silencio llegó una voz del otro lado.

-¡Hola, doctorcito! ¡Es fácil reconocer tus andares de zopilote y ese sombrero roñoso! ¿Que tal todo? ¿Algún agujero nuevo?

-¡De momento no hay ningún mal que debamos lamentar; salvo quizás cierto nerviosismo en las bestias por lo intenso de la tormenta! ¡No negaré que ha sido un comienzo divertido; pero, a qué viene tanto recelo, mi buen amigo?

-¡Sigues siendo una vieja chachalaca! ¡No es recelo, compadre, solo ganas de abrirte un agujero en las tripas! ¡Y vienen por el gringo que te acompaña y esa mujer de pelo blanco! ¡Las noticias vuelan!

-¡Eso facilita las cosas! ¡Le comentaba, aquí a mi amigo, lo extraño de su proceder; pensaba que haciendo uso de su más que legendaria astucia, Pancho “el seco” estaría ya lejos de aquí! ¡No obstante, me alegro de que haya decidido quedarse! ¡Más aun me alegraré cuando venga con nosotros!

Jimmy y Lily buscaban un reflejo, un movimiento, el más mínimo indicio de la situación de su presa; cuando una voz femenina brotó de la casa.

-¡No señores, Pancho no sale de aquí! ¡Ni va a huir, ni se va con ustedes!

El viejo doctor abrió los ojos sorprendido al reconocer la voz.

-¿Luz? ¿Es usted, señorita Luz?

-¡Señora Luz, don Well! ¡Mujer de Pancho Sarcos Piedra!

-¡Un placer señora Luz, lamento tener que decirle que su marido se encuentra en busca y captura! ¡Y que es nuestro deber entregarlo a la justicia!

-¿Y qué justicia es esa? ¡Porque mi marido no es más que un "pelao" lo bastante hombre como para hacerme 12 hijos, que se pasó los años buscando la forma de no parar por casa! ¡Pues eso se acabó, señores! ¡Les juro por la virgen que no van a llevárselo, porque pienso poner todas mis entrañas en cada una de las balas que vayan hacia allí! ¡Y tampoco va a huir, porque como intente abandonar esta casa, pienso dejarlo muerto aquí mismo! ¡Así que ustedes verán! ¡Si no les van a pagar por dos difuntos, dense media vuelta!

-¡Se ha explicado a la perfección, señora Luz!

Y sin decir nada más el doctor Well se incorporó, sacudió el polvo de sus ropas, se colocó la chistera y comenzó a preparar los caballos.

-Pero... ¿se puede saber que haces, doc?

-Ya la ha oído, Jimmy. Esa no va a ceder, cueste lo que cueste. Y no serán los muertos quienes le ofrezcan su nuevo trabajo. Necesitamos capturas, hombres vivos que demuestren que es capaz de arreglar las situaciones de un modo civilizado...

-¿Y ya está? ¿Les dejamos? ¿Así de fácil?

Lily soltó el rifle, miró a Jimmy, bajó la vista y comenzó a ayudar a Well.

-¿Tú también? ¡Venga ya, si son nuestros! ¡Es solo cuestión de tiempo!

-Señor One, no se trata de ganar, sino de capturarles. No lo convierta en algo personal, porque, a ese nivel allí solo veo un ladronzuelo y una pobre mujer con 12 bocas que alimentar. Comprendo la herida en su orgullo pero dejó atrás el tiempo de vivir matando. ¿De qué le sirven el hambre y la sangre que va a provocar? ¿Y la posible venganza de alguno de los hijos?, ¿o también piensa acabar con ellos? Vamos, amigo, sigamos nuestro camino y olvide este lugar, como si nunca hubiera estado en él. Y si no es capaz de hacerlo, y le sirve de consuelo, piense en la vida que le espera al pobre Pancho; pues le aseguro que tiene mucho que pagar entre esas cuatro paredes... Ah, si la hubiera visto hace años... preciosa y cálida Luz de la mañana, cuánto mal sufrido, ahora gélida y cegadora.

lunes, 12 de enero de 2015

Paganos


Un rayo hiere la inmensidad oscura, blanco vivo sobre negra bruma. Queda grabado en el cielo, el eco incandescente; borrado por el rugido del trueno, ronco, cavernoso y potente. La primera gota, exploradora, acelera su vuelo hasta que en su destino se estrella. Pronto le siguen las otras y, tras un instante, no existen rayos ni truenos, ni noche ni cielo, solo aguacero insistente que moja la ropa, cala los huesos  y nubla la mente.


No tardaron en perder el camino entre la cortina de agua y el fango. Los caballos obedecían las órdenes desafiando al ambiente; pronto notaron la duda en las riendas y comenzaron a caminar con recelo, temiendo en el próximo paso, el mal yaciente. 

No había otra opción salvo acudir en busca de lugar seguro. Fue Fred quien aguzando su vista, descubrió entre destellos y bramidos, los palos y pieles, enhiestos sobre una colina, de los tipis indios de la reserva.

Y hacia allá fueron, luchando contra ellos mismos, contra la tormenta y las fieras. Ocultando el rostro bajo el sombrero, usando una mano para calmar al animal, enrollando en la otra, fuertemente las riendas. 

Al llegar recibieron rostros tristes de caras largas y tiesas. El silencio amargo de quien ha perdido el cielo, el aire y la tierra. A ellos saludó el reverendo: humilde, respetuoso, agradecido y contento. En un vistazo reconoció su credo e hizo alusión a él con el tacto y distancia que todo blanco debe presentar para no levantar recelo. La respuesta no se hizo esperar y pronto tuvieron calor y mantas, un lecho donde descansar y cuenco frugal, más para calmar el ánimo que el estómago. Hablaron largo y tendido de los viejos tiempos, de bisontes en las praderas y pájaros en los cielos; de cuando “el pueblo” viajaba libre sin límites ni fronteras; ni precios ni medidas, adscritos al suelo.

Salieron al alba, desayunando ligero, pues no puede pedírsele mucho a quien poco le queda. Cabalgaban sin prisa bajo un cielo limpio, al abrigo de un sol naciente, inmersos en el aroma húmedo de hierbas y tierra.

-Jamás pensé, reverendo, que le escucharía hablar de espíritus y salvajes. Más bien esperaba cierta repudia y el anhelo de que un punto de claridad infundiera en sus mentes la revelación divina.

-Sabes muy bien, Fred, que no son sino caminos para un mismo fin. Creados para ser recorridos por gentes de una forma y carácter, un pensamiento y un sentir. Si bien el problema estriba a veces, en que no todos los habitantes de un mismo lugar responden por igual a esos criterios; en esta tierra existen multitud de credos para todos aquellos que buscan templanza, coraje y consuelo. No importa el credo si el seguidor lo cree; importa el acceso a la fuerza y el solaz que el creador otorga a su siervo. Te diré, si me apuras, que hasta los ateos acuden a una suerte de ímpetu, empuje o fuerza interior, un ánimo invocado para arremeter contra los escollos que expone la vida y, algo que te confieso me fascina, en dicha creencia la nada que queda al final ya no es vacío y amargura, sino que se convierte en el principal potenciador de la vida; pues la intensidad de la llama solo se valora al completo cuando esta se esfuma. Así pues, no tiene sentido acusar a quien de otro modo cree. Lo más sabio es hacer como los antiguos y preguntar “cual es tu fe” al que tu umbral atraviese.

-No sé, reverendo. Es cierto que a su lado he visto creencias habidas y por haber, con cambios más relacionados con cómo se organiza y quien manda a quien, que a relevancias etéreas; pero lo de los salvajes...

-Todas son diferentes, pero también afines. Ellos ven al creador en todas las cosas, ¿acaso esa idea no te es familiar?, ¿qué más da cómo lo llamen? Solo dos excepciones podría exponer. La primera es aquel a quien le resulta incómoda o increíble la fe que profesa, ya que difícilmente hallará en ella motivo de dicha. La segunda responde a aquellas creencias que niegan o anulan a una parte de sus seguidores, sea blanco, negro, amarillo, niño, anciano o mujer; ya que, aunque parezcan felices, nadie alcanza la dicha aceptando que el mal reside dentro de su ser. En algunas creencias son estos mismos estigmatizados quienes reproducen y defienden dichos valores; aunque parezca extraño es comprensible, ya que si ello no pasara al siguiente, ¿qué sentido tendría el sufrimiento vivido? no tendría provecho ni justificación, por lo que se enquista la culpa de lo aceptado, en lugar de provocar la búsqueda de libertad para el siguiente.

-Bueno, de acuerdo. Digamos, pues, que hablamos en sus términos y así estamos a buenas con ellos; porque del resto de cosas me pierdo. Pero hay algo que sigo sin entender lo mire por donde lo mire...

Zek seguía al paso, con las palabras de Fred rondando a su alrededor como moscas incapaces de alterar su rostro ausente, fijo entre el marrón y el azul anaranjado del horizonte.

-Te diría que la solución pasa por dejar que cada cual escoja su creencia, ya que si bien todo el mundo puede destacar en una tarea, solo en aquello que uno escoge libremente puede alcanzarse la excelencia. Y debe ofrecerse todo el tiempo que da la vida para tal decisión, ya que dar a escoger a alguien, en breves instantes, entre cambiar de vida o seguir con lo conocido, es apostar por lo segundo teniendo al miedo como as en la manga o valido.

-Si todo eso está muy bien. Respetamos a esa gente y su creencia y la forma en que ven el mundo. Les tratamos con agradecimiento y prudencia, ya que somos sus invitados, pero lo que de verdad quiero saber es a qué demonios venía tanta generosidad, lo que me atenaza las tripas y me remata es por qué que pensó que era buena idea darles el poco dinero que nos quedaba.

-Fred, amigo, debemos mucho a esa gente; todo ese vasto territorio de sus cuentos y leyendas es el suelo que ahora pisas; toda la caza que no pudieron darte, todas sus gestas perdidas, no son sino la cuna de nuestros éxitos, nuestra libertad y nuestras conquistas. También tiene algo de peso, por supuesto, que ese dinero llevaban observándolo desde el primer momento en que entré y vi claro en sus ojos que estaban ansiosos por aceptar el bello brillo del metal en lugar de la oscura sangre de nuestro cabello.

lunes, 5 de enero de 2015

Destinos

La madera cruje bajo el porche al balancearse la silla, acompañada por el golpeteo seco de una puntera; dos figuras permanecen calladas, armadas junto a la puerta. Frente a ellas, se expande amplio el verde pasto del rancho, con el cartel y los postes como único límite. A su espalda, la mansión cierra ventanas y puertas; dentro dos hombres, en torno a una mesa, hablan con el alma de sogas y sombras.

Buenas botas, chaleco rico, sombrero ancho adornado y porte distinguido; cuerpo robusto, pelo cano, ojos heridos por el recuerdo y rostro quebrado. Rozó el vaso de cristal fino y observó la mesa labrada, la botella obscenamente cara y el valioso metal que relucía en su mano.

-¿No hay alternativa, verdad?

Traje de parches, chaleco ajado, chistera moldeada por los años y porte abatido; cuerpo pequeño, pelo escaso, ojos llenos de vida y rostro avispado. Apoyó ambas manos en el borde de la mesa, recostándose en el respaldo de terciopelo verde, dejando que los pies colgaran ligeramente. Miró un segundo a su viejo amigo y suspiró.

-No. O vas con el tipo que espera ahí afuera, o será el sheriff Cougar quien te dé caza.

-¿Cómo se ha enterado?

-”El seco”.

Los dedos se cerraron con fuerza alrededor del vaso, aplastándose contra el cristal. El caldo tembló un poco, parecía apunto de despegar, pero se aflojó la presa y no llegó a alzar el vuelo.

-Me dio su palabra.

-Supongo que todos tenemos un precio. Estoy seguro que el suyo fue difícil de abordar.

-Podría defenderme.

-Si viene Cougar sabes que no habrá marcha atrás. Vendrá con gente y no querrá acabar rápido. Recuerda las cinco balas: pies, manos y estómago; hasta que la muerte te encuentre ahogado y cansado de tanto gritar. Aunque lo realmente terrible es que si te encuentra aquí, Alma y tus hijos también morirán. Nadie quiere llevarse eso a la tumba.

Resopló nervioso, con los ojos llenos de ira roja, apunto de verter la impotencia. Tosió un par de veces, hasta expulsar las espinas de la garganta y conseguir sacar la sombra de su propia voz.

-¡Maldito sea “el seco” y su precio!, demasiado bajo ha sido si alguien lo ha podido pagar. ¡Así se lo lleve el diablo!

-En eso sí puedo ayudarte. Dime dónde encontrarlo y me encargaré de que cuelgue de una soga antes de que llegue tu noche.

-Antes de nada, prométeme una cosa.

-Tranquilo, Alma no sabrá más de lo necesario y haré que le llegue todo el dinero de la recompensa. Tienes mi palabra.

Resoplo de nuevo, escupiendo el aliento. Miró a su alrededor: la lujosa mampostería, el gran caserón, el retrato de su familia y todo cuanto había construido tras una vida de pólvora, oro, sangre y violencia. Había conseguido engañar al destino, disipar su pasado y abrirse un camino nuevo; pero ahora aquel pequeño tipo venía a arrastrarle de nuevo al pozo, ofreciéndole el menor de dos males. Ahora, todo cuanto le rodeaba se le antojó lejano, etéreo; como si estuviera soñando la posibilidad de otro. Cogió con fuerza el vaso y vació el caldo de un trago; por primera vez en años, notó el vapor brumoso y los mil y un matices dulzones ocultos tras el calor, jugueteando chisposos en nariz y en boca, y en el fondo hondo del paladar.

-De acuerdo...

* * *
La puerta se abrió y dos manos se ofrecieron a Jimmy. Este ató con fuerza las muñecas y Lily condujo al preso, a punta de escopeta, hasta el carro. El Dr. Well salió después, serio de rostro, y se limitó a seguirle con la mirada.

-Ya tengo otro: Bill “el seco”, hacia el norte.

-Bien hecho, doc. Ya puedes echar un buen trago; por este dan más de lo que podrías beber en una semana.

Well seguía con la mirada fija en el carro, como si una parte de él estuviera dentro. Parecía más alto, más viejo y consumido, sin rastro de la jovialidad que le caracterizaba.

-No habrá dinero esta vez. Todo lo que cobremos debe llegar a su familia; a cambio os daré la mitad de mi parte del resto de las capturas. Y, Jimmy, hacedme un favor los dos; pase lo que pase, no debe saber que el sheriff Cougar murió el verano pasado.

-Como quieras, hablaré con Lily. No será difícil, tampoco pensaba charlar con él... ¿Doc, estás bien?

-No te preocupes. Tú limítate a seguir con las capturas y hacer que esto llegue a buen puerto. No tengo ganas de hablar, hoy tengo más sed que nunca. Solo espero, por todo lo sagrado, ver esa estrella en tu pecho y que todos tengamos un hueco en esa Canatia.