lunes, 20 de abril de 2015

Las cosas van a ir mejor


Cuatro ruedas atraviesan la calle principal. El rocío de la mañana ha oscurecido la capa de ceniza. Huele a humo y a pérdida, bajo los escombros aun brillan mortecinas las brasas. La atalaya está derruida, la herrería parcialmente quemada, la casa de Tabitha libre de puerta y la oficina del sheriff y el banco dañados. Will Nake deja una de las maderas quemadas y espera en pie; tras él, Edward y Ralph, no quitan ojo a los recién llegados.


-Disculpe, caballero, ¿falta mucho para un lugar llamado Canatia?

El sheriff observó detenidamente al viajero añejo de chistera y al joven de semblante seco y la chica albina que aguardaban dentro del carro. Miró a su alrededor y dibujando un arco con su brazo derecho, abarcó todo el desastre que los rodeaba.

-Está usted en él, señor...

-Well. Dr. Well, para servirle.

-¿No tiene nombre, doctor?

-Alguno tengo. Pero si busca familiaridad, puede llamarme doc, me es más cercano que el que me otorgaron mis santos padres.

Well mantenía ambas manos a la vista, sujetando las riendas. Sonrió ampliamente y enarcó una ceja en un gesto simpático y sutil.

-Está bien, doc, como ve tenemos algo de trabajo. Así que, ¿por qué no me dice qué le trae por aquí?

-Un acuerdo legal, sheriff. Vengo a entregarle un ayudante...

El viejo doctor se giró teatralmente y señaló al joven Jimmy que bajaba del carro para acercarse al sheriff Nake. Ralph y Edgar vigilaban cada uno de sus pasos, la tensión crecía por momentos hasta que Jimmy echó mano dentro de su camisa y sacó el contrato. 

-Calma señores, el viejo tiene razón; este documento así lo acredita. Mi nombre es Jimmy One, y vengo a reclamar el cargo de alguacil. Sheriff, si quiere puedo darle más credenciales y una carta de recomendación.

-Está bien, trae todo lo que tengas, ayudante, cuanto más mejor; últimamente las visitas no han sido muy agradables... hay algo que debes saber antes de aceptar el cargo. Vayamos a mi oficina, el tejado se ha venido abajo, pero casi mejor; tenía goteras. Hay café de tres días, ¿te gusta el café frío?

-Con que me mantenga despierto, me vale.

-Bien, eso es un buen comienzo...

Well se quitó el sombrero y saludó ceremoniosamente a Ralph y Edgar. A su lado apareció la joven figura de Lily y su bello rostro sonriente acabó de soltar el cable tenso que los aprisionaba.

-Y digo yo, caballeros. Con tanta desgracia como parece haberles acontecido, aventuro la necesidad de un hombre versado en las artes de la medicina. ¿Tienen por fortuna un doctor en este pueblo?

-Sí señor -contestó Edgar-, Tabitha es quien se encarga de ello.

-Mmm, a menos que responda a un capricho cultural, en cuyo caso no tengo objeción alguna, ese es nombre de dama.

-Así es, señor Well. Tabitha es nuestra doctor.

-Comprendo que la situación puedan haberles conducido a tomar medidas extremas. Pero ya no son necesarias. Amigos míos, a partir de ahora pueden disfrutar de los servicios de un verdadero médico.

-Se agradece el ofrecimiento señor, pero Tabitha trabaja bien. Como ella dice, basta con saber hacer las cosas, al fin y al cabo son los actos los que presentan a las personas.

-¡Valiente sandez! ¿De dónde habrá podido sacar esa pobre criatura una idea tan absurda?

Ralph y Edgar miraron más allá de Well, al otro lado del carro. Unos pasos decididos marcaban la inminente respuesta y algo dentro del viejo doctor, le hizo saber que debería tragar con amargura sus palabras.

-Esa idea, señor, fue lo último que pronunció un viejo doctor que a estas alturas debería estar más que muerto.

Aquella voz le cerró los ojos de golpe. Se caló el sombrero y, al abrigo de la oscuridad, buscó, en todo su repertorio, la salida adecuada. Tras un latido, abrió los ojos, extendió las manos y se giro hacia Tabitha con su mejor sonrisa.

-¡Querida amiga! ¡Tenía razón, no es cierto? ¡Salisteis de aquel infecto lugar y ahora sois doctor en un respetable pueblo! Perdonad todos las palabras de este viejo, pues donde dije simple dama jamás hubiera puesto a esta magnífica persona. Tan alta dignidad de saberes y habilidades no puede asociarse a características mortales. Ella es, sin ninguna duda, la maravillosa excepción. Tabitha, ahora os recuerdo, mi amiga. Una entre un millón y, por lo tanto, el argumento aplastante que evidencia cuán grande ha sido mi error.

-Me da igual, lo que piense o lo que diga, Well. Pero le di todo mi dinero, para que hiciera más llevaderos los últimos días de su vida. Mucho bien han debido hacerle porque aun corre sangre por sus venas.

-¿No es fantástico el cuerpo humano? Una experiencia cercana a la muerte solo puede transmitirse con el consiguiente revivir. Tengo tanto que contaros, amiga. Tantas cosas vividas y aprendidas... no podríais imaginar todo lo que ahora sé. Podríamos volver a trabajar juntos, los dos. Sus manos jóvenes y habilidosas y mi experimentada mente. Como en los viejos tiempos, salvando vidas, ¿recordáis todo lo que aprendisteis?. ¿Qué me decís, amiga?, ¿volveríais a trabajar para mí?

-¿Para usted? ¿Pero acaso su descaro no tiene límites? Pues bien, sepa que todo el dinero que le di para aliviar su muerte, se convierte en deuda al conservar su vida. Cierto es que me enseñó todo lo que sabía, y yo lo pagué bien trabajando. Ahora es el momento de que usted pague, o daré parte al sheriff para que rinda cuentas.

-Pero, mi querida amiga, no tengo con qué pagaros. 

-Seré breve porque ahí dentro hay un hombre gravemente herido. Es un buen hombre que casi pierde su vida anoche, pero un tanto brusco ante los cuidados del médico. Ahora mismo está ayudándome un amigo, que podría estar con el alcalde y el resto, enterrando a otro de los nuestros que cayó ayer. Así que ya está empezando a devolver su deuda. Haga el favor de bajar de ese carro y asistirme como enfermero. Y no pierda el tiempo hablando, no pienso escucharle; sé muy bien que acabará liándome.

-Pero, querida Tabitha, no pensaréis que...

Tabitha ignoró sus palabras y se dirigió a su casa. De lejos podía verse la mesa y parte de la fornida figura de Bison, blasfemando, cubierta de trozos de tela empapados en sangre. Junto a él, Jonowl tiraba de unas cuerdas a la vez que intentaba evitar cualquier daño que pudiera hacerse.

Well miró a su alrededor en busca de algún asidero donde apoyarse. Pero Ralph y Edward sonreían divertidos ante la escena. Lily abandonó todo intento por ocultar la carcajada y, poniéndole la mano en el hombro, le dijo alto y claro.

-¡Te ha calado, doc! ¿No querías un trabajo? ¡Pues ya lo tienes! No sé lo que se te estará ocurriendo pero no te aconsejo ponerte a malas con el sheriff, más aun teniendo en cuenta que Jimmy es ahora su ayudante. Yo de ti echaba un buen trago, hacía de tripas corazón y me ponía al servicio de una mujer. ¿Sabes? Al final tenías razón, las cosas van a ir a mejor.

lunes, 13 de abril de 2015

Instrumentos

Noche clara y despejada. Noche sin luna. Noche muerta y vacía. Noche oscura fría y enlutada. Abajo en las casas, un silencio opresivo. Arriba en la cabaña, dos grandes ojos vigilan inquietos una suerte de sombra, de movimiento sigiloso, dividiendo su forma en famélico enjambre. Los ojos baten sus alas y ulula su aviso. Reúne valor y despierta el arma, esta será una noche ensangrentada.

El crujido agudo de cristal rasgó sus sueños. Abrió los ojos de golpe y tomó todo el aire de la habitación.  A tientas buscó el peso confortable del bastón y luchó contra el quejido de la madera al incorporarse. La trampilla que comunicaba su atalaya con el piso inferior seguía cerrada y sobre ella descansaba el cuadro de Jed con el marco partido y fragmentos de cristal dispersos por toda la sala.

-¿Qué demonios quieres ahora, maldito idiota?

Fue a calzarse y a por algo para recoger el estropicio cuando, al pasar por la ventana, observó una gran masa informe, agazapada en la calle, caminando hacia el saloon. La oscuridad no ofrecía mayor detalle y encender una luz hubiera delatado su posición. Así que apoyó ambas manos en el quicio de la ventana y se esforzó cuanto pudo en definir aquel cordón de formas encorvadas. Una de ellas parecía más grande de lo normal, otras dos estaban unidas de alguna forma y del resto, un amasijo difícil de delimitar, solo acertó a distinguir dos relucientes ojos amarillentos que, atravesando la oscuridad y el traslúcido manto del vidrio, escrutaban su posición. Sentía como si pudieran adivinar su figura, como si recorrieran su contorno en busca del indicio, el más mínimo temblor, que delatara su presencia. Aguantó cuanto pudo el aire, hasta que el cuerpo pidió auxilio; aflojó la presión de las manos y comenzó a expirar pausadamente hasta que llegó: un pestañeo, un gesto, un cambio leve de postura... algo detonó el mecanismo y la mecha prendió en el tenso silencio; los dos ojos se abrieron más y pudo adivinar el brillo perlado de unas fauces afiladas. Se echó hacia atrás, tragó el terror y, reincorporándose, abrió la ventana y dio con todas sus fuerzas la voz de alarma.

Con el grito, una luz se encendió en el piso superior de la torre segunda del saloon y la masa oscura hirvió confusa hasta que una voz salió del contorno, mostrando su figura de barba y bigotes erizados bajo sombrero de copa desproporcionado, y comenzó a vomitar órdenes. Pudo escuchar el peso metálico de unos grilletes y observó horrorizado como los ojos corrían hacia su atalaya; tras él, la sombra más grande se irguió, hasta alcanzar dimensiones titánicas, y se dirigió hacia uno de los postes que sustentaban la atalaya.

DeLoyd apenas tuvo tiempo de dejar el bastón, coger un viejo revólver y tomar un puñado de balas, cuando el primer crujido reveló la gravedad del temblor. Por la ventana pudo ver la cabeza de aquel gigantesco ser, rozando el primer piso, y sus dos manos empujando con fuerza la estructura. La primera bala saltó con una nueva sacudida. La segunda cayó de su temblorosa mano al intentar cargarla. Para la tercera tomó un segundo, ató los nervios y consiguió introducirla en el tambor. Guardó el resto de balas en un bolsillo de su pijama, abrió la ventana y presionó el percutor con el pulgar. Se asomó lo necesario para asegurar el tiro, aguantó el aire, se mordió ligeramente el labio y, antes de apretar el gatillo, un terrible crujido desencadenó la tormenta de astillas que echó todo abajo.

Las sombra erizada seguía vomitando órdenes.

Un par de criaturas arremetieron contra la puerta de la casa de Tabitha, los clavos de los goznes salieron disparados y las bestias entraron destrozando todo a su paso. Hachas y dientes; sudor, espuma y babas; sed de sangre y hambre de almas.

Una mujer enorme, con abundante vello por toda la cara, tenía a Ralph agarrado por el cuello con ambas manos, sintiendo el esfuerzo de su tráquea por ensancharse para dejar pasar el aire, los golpes mal dirigidos y el latido insistente de desesperación. Mientras una de las manos de Ralph buscaba en la herrería algún asidero para seguir con vida, aquel ser apretaba con todas sus fuerzas, sus rechonchos dedos quedaban emblanquecidos por la presión; constreñía con la ira liberada el día que derramaron sangre por primera vez, con el ansia de quien ha estado sojuzgado durante años y sabe que, en el momento en que cese su ataque, volverá a su antigua posición. Envilecida, mantenida por el odio, el único sentimiento capaz de mantenerla libre, sostenía su férrea presa hasta que el frío romo de un martillo abrió su cráneo y rompió toda atadura con el mundo terrenal.

Entonces se vieron varios chispazos y una llama creció entre las sombras. Dos jóvenes, unidos por el costado, corretearon por el pueblo con botellas, trapos viejos y una antorcha. Entre risas alocadas   de júbilo y ojos desorbitados por la dulce venganza frente a años de insultos y vejaciones, unieron fuego con madera y abrieron las puertas del infierno.

Entre el humo y el fuego, DeLoyd sacudió la cabeza y apartó los restos de madera que quedaban sobre él. Pestañeó un par de veces y limpió con su manga los ojos que, aun escocidos, observaron al gigante, azul a la luz de la llama, erguido frente a él. Un coloso de fuertes músculos, poderoso, majestuoso y noble, la representación física de la fuerza de la naturaleza, roto por el odio. Rugió y  hermanó su grito con el trueno, apagando todo resto de valentía en las entrañas del alcalde. Se agachó y cogió una de las vigas tronchadas con la misma facilidad que un garrote y lo alzó como un titán, conocedor, al fin, de su poder y fuerza, dispuesto a romper a uno de aquellos minúsculos seres que durante tanto tiempo lo habían sometido. Pero el índice de DeLoyd apretó el gatillo y la bala se alojó entre los ojos del coloso, quien, con la sorpresa cuajada en el rostro, cayó con un estruendo, eclipsando todo alrededor, como cuando algo único desaparece.

Edgar disparaba la última bala de su revólver sobre algo que difícilmente podría explicar. Y notó un dolor agudo en la corva. Cayó y, al intentar mover la pierna, notó el rasgar frío de metal contra hueso. Gritó hasta que no pudo más. Entonces unas manos cogieron su pelo y tiraron de él con fuerza, dejándolo de rodillas, exhausto y con la visión empañada de un enano con un cuchillo afilado frente a él. Torcía el labio en una mueca extraña, no sonreía, parecía dolor y rabia. Acercó el filo a su cuello y llegó a ver brotar la primera gota de sangre antes de que el sheriff Nake dispersara una lluvia de postas sobre su cabeza.

Y en el saloon, la luz salió de la segunda torre y caminó hacia la pasarela. Algunos clientes corrían como locos, empujándose, para caer frente a cuatro de aquellos seres que atacaban con cuchillos, con dientes y puños. Kornelius disparó un par de veces al aire y por un momento aquellas bestias se quedaron quietas. Bison y Vera aprovecharon para volver a meter adentro a los heridos y Kornelius disparó una vez más, a la vez que avanzaba. Las criaturas retrocedieron y los tres continuaron avanzando hasta recuperar la sala principal de la primera torre. Cruzaron las puertas abatibles y salieron al caos. Allí en medio, Andrew seguía escupiendo órdenes, con su estrella de cinco puntas de bigotes y barba erizados y el sombrero de maestro de ceremonias que siempre llevó cuando trabajaron para él. Al ver que los suyos retrocedían, volvió a arengarlos y cuando reconoció a Kornelius y a Vera, la arenga creció, concentrando casi todo el infierno en ellos.

Bison retrocedió inicialmente ante el humo y las llamas, hasta que vio que las cuatro criaturas acudían a por ellos. Se caló el bombín y blandió el garrote bufando como un loco, escuchando el crujir de huesos ajenos y notando punzadas y cortes en su propio cuerpo. Con cada golpe el aire se escapaba, el aliento se volvía pesado, la boca se secaba y el sabor a hierro de la sangre ajena se juntaba con la propia; la mirada se enturbiaba y apenas acertaba a dirigir los golpes. Notó una mordida de acero y se tambaleó pesadamente, pronto otra punzada le hirió de rabia. Ya no era capaz de ver más allá de un borrón y aun así lanzaba algún que otro golpe al aire, deseando encontrar alguna resistencia para romper y acabar con la tortura. Pero al final un nuevo tambaleo pudo con él y quedó tumbado en el suelo. Entre las brumas consiguió reconocer la figura de Kornelius, delante de Vera, disparando su pepperbox para salvar sus vidas. Vislumbró también la estrafalaria figura del maestro de ceremonias y su brazo extendiéndose, revólver en mano, sin que Kornelius pudiera verlo. El disparo no se hizo esperar y Kornelius cayó muerto, mientras Vera quedaba congelada frente a todo aquel horror. Bison hizo un último esfuerzo y consiguió levantarse un poco extendiendo los brazos, pero un nuevo golpe dispersó sus fuerzas y lo devolvió al suelo. Ya no podía ver ni sus propias manos y el aire le abrasaba al entrar cuando escuchó disparos lejanos y silbidos de balas a su alrededor; ninguna pareció darle cuando la noche lo cubrió con su manto.

Andrew apuntaba a Vera cuando otro estallido de pólvora resonó arriba en la colina y un silbido atravesó todo el campo de batalla, pasando sobre el sheriff Nake, Edward Curtis y Ralph Sugart que, junto a Edgar, se habían hecho fuertes en la herrería, sobre DeLoyd que, parapetado tras los escombros, seguía disparando y dio de lleno en la espalda de los jóvenes siameses, derramando todo el líquido y creando una columna de fuego en medio del pueblo. Los siguientes proyectiles silbaron la muerte de algunos que estaban cerca de Vera. Andrew se giró para ver de dónde provenían aquellas balas y Vera recogió la pistola de Kornelius, amartilló el arma y gritó desde lo más hondo de su alma para apretar el gatillo; el arma detonó con rabia y todas las balas que quedaban salieron a la vez, traspasando el humo hasta alojarse en la carne del maestro de ceremonias expulsándole de este mundo con cientos de palabras agolpadas, pudriéndose en su garganta.

Arriba en la colina, Jonowl palanqueaba el rifle enviando casquillos al aire, mientras Tabitha acercaba más balas. El arma había despertado y seguía igual de fría que al principio, el calor leve de cada detonación desaparecía al instante, consumido por una insaciable sed de sangre. Cada muerte era un revuelo en el ánimo de Jonowl, comenzaba a seguirlos con su mira, anticipando los movimientos, jugando con sus víctimas. La columna de fuego produjo una satisfacción indescriptible. Limpió el cuerpo de Bison de aquellos seres como quien despioja a un búfalo. Vera había acabado con Andrew y él necesitaba más blancos para saciar la sed del arma que latía con ansia por seguir matando. Barrió la zona y vio a los pocos de aquellos pobres diablos que habían sobrevivido; desamparados, sin la voz que hacía hervir su sangre, huían despavoridos. El primero cayó de un tiro limpio en la cabeza, rodó torpemente como un muñeco de trapo. Escuchó el aleteo de su compañero pero de nada sirvió, era incapaz de ver sus grandes ojos mostrando el final. Disparó a un segundo, falló y le dio en la pierna, haciéndole caer herido. Le dolió el error y buscó con la mira su cabeza, comenzó los cálculos intuitivos de distancia y viento. Llevó el índice al gatillo y se dispuso a callarlo de una vez, cuando a su lado escuchó un “Para, ya está”. Un ronroneo crudamente sincero, suave y cálido. Unas manos se posaron sobre las suyas y apartaron el arma de su cara. Poco a poco la alejó de él, hasta que todo vínculo quedó disuelto y sus propias manos fueron quienes tiraron el arma maldita al suelo, se agachó y resopló.

-Voy abajo, me necesitan. ¿Estás bien?


Jonowl se limitó a asentir y se quedó observándola mientras marchaba, colina abajo. Después respiró hondo, echó las pieles sobre el arma, se incorporó y la llevó adentro para encerrarla de nuevo en el arcón.

lunes, 6 de abril de 2015

Resurgimientos

Las ruedas hieren el camino, con ambos lados erizados de plantas ariscas y rocas rotas. Atrás quedan los pastos verdes, los bosques y la bruma fresca que nace de la sombra de la montaña. 
Ahora, solo hay tierra seca, piedras sueltas y una capa de polvo maldito que alza el vuelo a la menor excusa, describiendo espirales, para salvar cualquier obstáculo, adhiriéndose a gargantas y paladares.

-Despierta, Fred, es la hora.

El pobre Fred había dormido con suerte un par de horas; atento como estaba a cualquier indicio de los jinetes que vieron salir del pueblo.

-¿Hemos llegado?

-Aun nos queda camino. Toma tú las riendas, yo recuperaré fuerzas para cuando lleguemos.

-Pero, reverendo, ¿no sería mejor descansar un poco?

-Me temo que no, amigo. Debes comprender que ellos, yendo a caballo, nos sobrepasan en velocidad. Pero nosotros somos dos en un carro, por lo que podemos continuar ininterrumpidamente  y salvar así la diferencia. De este modo llegaremos a tiempo de salvar a esa pobre mujer.

Fred resopló y, con gesto torcido, tomó las riendas.

-Descanse entonces reverendo, espero que lleguemos a tiempo.

Cuando alcanzaron la casa de la mujer del desierto, el sol lucía abrasador en lo más alto de un cielo liso. Las cuatro maderas que formaban la vivienda a duras penas se distinguían de las rocas que la bordeaban; solo el huerto, que salvó sus vidas tiempo atrás, seguía desafiando al árido paisaje.

-Creí haberos dicho que no volvierais.

No vieron la más mínima sombra ni escucharon paso alguno. Hubieran jurado que la mujer surgió del mismo suelo, justo detrás de ellos, con su henry en las manos, el pelo suelto a merced del viento, los ojos fríos como el hielo y el dedo índice preparado para soltar su rabia.

El reverendo dio media vuelta, con mucho cuidado y las manos en alto. Sonrió comprensivo, movió las manos dejando claro que estaba indefenso y se dispuso a hablar. Mas un rígido movimiento del rifle, en clara amenaza, le obligó a callar.

-El pico de oro no. Que hable su amigo.

Fred miró al reverendo y este, encogiéndose de hombros, asintió con calma.

-Verá señora, no queremos hacerle daño.

-Nadie puede hacerme daño ya. ¿A qué demonios venís?

-Venimos a ayudarle. Sabemos que hay gente que viene a por usted, para robarle.

La mujer relajó la pose, bajó un poco el rifle y rió con ganas.

-¿Y se puede saber qué quiere robarme esa gente?, ¿un plato de comida?, ¿un puñado de tierra seca?, ¿este viejo rifle, quizás?

-En realidad...

El reverendo torció el gesto hacia Fred, abrió los ojos y enarcó las cejas invocando silencio.

-...no lo sabemos. Pero hablaban de usted, eso seguro, y no era gente amable. Si vienen a por algo y no lo encuentran, no creo que se limiten a marcharse como si nada hubiera pasado.

La mujer dudó por un momento. Miró a su alrededor y no vio rastro humano, salvo el carro en el que habían llegado aquellos dos forasteros. No obstante, había algo en las palabras de aquel hombre... un poso sincero, que le obligó a tomar la información con calma.

-Esta bien, vayamos dentro. Os daré algo de beber y me contáis.

Llamó cuatro veces antes de entrar. Abrió la puerta y, sin soltar el rifle, les invitó a pasar. Sacó una botella empezada y sirvió tres vasos. Bebió un sorbo y miró a Fred.

-Veamos. No es la primera vez que pasa gente por aquí. Algunos roban por hambre, otros buscan algo de valor y hay quien ha intentado sobrepasarse. La mayoría chocaron y se rindieron, solo unos pocos perseveraron y murieron. La primera vez que maté me costó el alma; ahora ya me da igual. Vidas hay muchas, como piedras en este erial, yo no me meto con nadie; pero quitaré aquellas que me molesten, porque pienso seguir en este sitio, la mujer del desierto, viviendo tranquila y en paz.

-No son curiosos, señora, sino gente que sabe lo que quiere, buenos pistoleros que también perdieron el respeto a matar. Créame, cuando le digo que lo mejor que podría hacer es abandonar este sitio.

-¿Por qué será que siento que algo se me escapa? Este no es precisamente el camino a una gran ciudad, tampoco la ruta del oro ni siquiera un buen lugar donde buscar reposo. Solo pobres diablos han venido y todos los que han pasado han contado quien soy; por eso saben todos quién es la mujer del desierto, que vive aferrada a su tierra con lo poco que saca, como las plantas fuertes y resistentes de este suelo. ¿Dónde está la pista, el indicio de riqueza, que dirige a ese par de asesinos hacia mí?

-Pues...

El reverendo colocó su mano sobre el hombro de Fred y este abandonó todo intento de hablar. Miró a la mujer del desierto a los ojos, esta vez sin subestimarla, y dejó que la verdad saliera por sus boca.

-Verá, señora, usted tiene en su poder un papel. Una concesión de terreno en un lugar llamado Canatia. Eso es lo que ellos quieren, tanto como para llevarse por delante cuantas vidas hagan falta.

El rostro de la mujer se quebró. De todo cuanto había imaginado aquello era lo último que hubiera esperado escuchar. Dos manos atravesaron su pecho y apretaron la tráquea, mientras subían alrededor de la columna hasta presionar recuerdos e imágenes sepultados. Una lágrima se deslizó por la mejilla dura y cortada por el sol y el rostro se giró un segundo, involuntariamente, hacia uno de los cajones del aparador.

-Ese papel es una ilusión, una trampa; un absurdo. Por él vinimos, llenos de esperanza. Por él dejamos todo cuanto teníamos en nuestro antiguo hogar. Por él, yace mi marido bajo la tierra e hizo de mí lo que soy ahora. Solo puede ofrecer pérdida, desgracia y la fuerza que transmiten los muertos a quienes han dejado solos en vida.

-¡Pero es ahí donde se equivoca, señora, ese lugar existe!

-¡Ya sé que existe, estuvimos allí! Pero no había nada. Solo casas ruinosas, maderas podridas y una mina seca. Estuvimos allí y no había nadie; ni pueblo ni nada cuanto pudiera parecérsele, solo miseria. Así que recogimos lo poco que teníamos e intentamos volver por el camino más corto. Aquí cayó mi marido y aquí decidí quedarme.

-Siento escuchar eso. Pero ese lugar es distinto ahora; está vivo y hay mucha gente dispuesta a lo que sea por conseguir un pedazo de su tierra. Le aseguro que vendrán a arrebatárselo y no querrán dejar testigos. Recójalo todo, coja ese papel y venga con nosotros.

-No pienso moverme. ¡Que vengan si quieren!

-Señora, por favor, le estoy diciendo que van a matarla.

-Que vengan si quieren, le digo. Aquí les esperaré, dispuesta a acabar con ellos.

-Suponga por un momento que consigue abatirles, que espera agazapada su llegada y acaba con ellos. Sepa que si ellos lo saben, también otros estarán enterados. ¿Hasta cuándo podrá defenderse? ¿Hasta cuándo está dispuesta a permanecer en vela, atenta al peligro? Llegará un momento en que el cansancio la ahogue, los párpados se cierren y quede de nuevo expuesta e indefensa. ¿Cómo evitará entonces la muerte? Sabe que no podrá, que es cuestión de tiempo que caiga. Pero tiene otra opción, salga de aquí; abandone esta cárcel que se ha autoimpuesto. Lo ha hecho bien, durante todo este tiempo, su duelo ha terminado. Nosotros somos la señal, venga con nosotros señora, coja ese papel y ofrézcase una vida plena, algo más cercano al ayer que al ahora.

La mujer se quedó traspuesta, perdida entre la madeja del reverendo. Una puerta se entreabrió y un par de ojos pequeños asomaron entre la sombra. La mujer dio un respingo, soltó el rifle, miró hacia la puerta hasta que esta se cerró de golpe y arremetió con fuerza contra la mesa.

-¡No!

El reverendo hizo una seña a Fred y, cuando el cañón del rifle tocó el suelo, se abalanzaron sobre ella. La rabia brotó y, mientras aullaba por sus hijos, las manos y los pies iban de un lado a otro llevados por músculos increíblemente tensos. Fred y el reverendo esquivaban los golpes mientras intentaban buscar asidero para poder reducirla. Entonces un pie golpeó el pecho del reverendo y la mujer del desierto aprovechó el hueco para coger el rifle. Tras un leve forcejeo, la culata golpeó en la mejilla derecha de Fred enviando dos muelas al aire. El reverendo se acercó a gatas hasta el aparador y en las manos tenía el papel cuando el olor a pólvora inundó la sala, llevándose por delante su oreja izquierda.

Fred, con todo el rostro ensangrentado, consiguió golpearla en la cabeza e intentó reducirla, pero la fiera se revolvió con el pelo enmarañado. El reverendo no esperó a ver que ocurría y, mientras increpaba a Fred para que abandonara el lugar, salió corriendo hacia el carro.

La mujer apartó el pelo de su cara y disparó una vez más, astillando el marco de la puerta, a pocos centímetros de la cabeza de Fred. Cruzó el umbral, atravesó el pequeño huerto y llegó hasta las rocas, disparó algunas veces, pero cuando sus pies abandonaron el terreno seco que había sido su universo, fue incapaz de continuar. Se quedó allí en pie, helada, con el sabor a hierro en los labios, hasta que unas manos cálidas la recogieron.

-Vamos, mamá, volvamos a casa.

* * *
Fred sujetaba las riendas y se refugiaba en el camino, mantenía mordido un pedazo de tela contra el trozo de carne viva que antes alojaba al par de muelas. El reverendo mantenía un paño en la oreja, herido y cabizbajo, mientras observaba detenidamente el papel.

-Reverendo...

-No digas nada, Fred. Tú mismo lo viste; no quería venir.

-¿Y por qué nos llevamos el papel, reverendo?

-¿Preferirías que lo tuvieran ellos? Esa vida está extinguida, el señor la reclama. ¿Quién crees que merece este premio, esos criminales o un hombre de Dios? Son muchos años, Fred, vagando de un lado al otro ¿dónde está mi premio?, ¿qué he sacado yo de esta maldita existencia?

Fred lo vio por primera vez allí ecorvado, desencajado, sin luz, fuera del camino que solía recorrer.

-Zek, ¿viste lo que había tras la puerta, verdad?

-Sí...

Fred no dijo más. Se limitó a quedarse al lado, haciéndose presente, tirando del carro siguiendo un ritmo cada vez más lento.

La pólvora no tardó en tronar. Tres armas gritaban enfurecidas, con la repetición que solo ofrece la existencia de un parapeto. Cada estallido latía en las heridas, cada chasquido de bala sobre roca y madera, apretaba el cuello, limitando el aire. Y el papel se volvió sucio, corrupto y pesado.

-Fred.

-Dime, Zek.

-Da media vuelta.

lunes, 30 de marzo de 2015

Prendiendo la mecha

Golpes en la oscuridad, metal pesado entrechocando; mazazo de aldaba que arranca del sueño. A tientas se calza, cruje legañas al abrir los ojos, camina errático y, aun enfocando imágenes, abre la puerta. Con la luna a la espalda, levemente iluminada por el farol de la entrada, aguarda una figura alta, cabizbaja, de sucias botas y sombrero viajero entre las manos, a la altura de la cintura. Levanta la cabeza y un hondo surco, rasgando el ojo derecho, aparece en su rostro.


Preguntar, cerrar la puerta, pedir auxilio, atacar... parpadeo de duda interminable.

La figura apartó el sombrero y en su mano derecha brilló un revólver.

Entonces todo quedó claro. Miró hacia atrás, tomó aire y el frío cañón ahogó el grito.

-¿La señora?

El joven, en medio de la sala, protegido únicamente por su pijama de algodón, hizo señas con los ojos hacia arriba de las escaleras.

La figura emitió un siseo y dos hombres más cruzaron la puerta, llevaban sombreros de ala ancha y un pañuelo bien atado dejando solo los ojos a la vista.

-Ocupaos del servicio, vigiladlos y si escucháis un disparo, ya sabéis lo que hay que hacer.

Hablaban una extraña mezcla de susurros y gestos, parecida a la empleada por los indios en los tiempos de cacerías y capturas.

Comenzó a caminar escaleras arriba, ignorando el ocasional crujido, pisando más fuerte cuanto más cerca estaba. Y un leve temblor brotó de dentro de la habitación.

-¿Quién es? ¿Tom, eres tú?

Se detuvo y dejó que las palabras colgaran de un cable en medio del silencio. Escuchó pasos suaves de pie descalzo y el crujido callado de alguien apoyándose en la puerta para escuchar. La presión fue disuelta y una mano giró lentamente el pomo.

Esperó hasta el primer resquicio para empujar con fuerza y entrar en la habitación, mientras la señora, en camisón, intentaba recuperar el equilibrio.  Aprovechó para desarmarla y se alejó de nuevo un par de pasos, hasta cerrar la puerta con la espalda.

-Señora Wilberd, haga el favor de ir a la cama y apagar la lámpara.

-¿Quién es usted? ¿Cómo se atreve?

Él la reprobó con un gesto y alzó el revólver amenazante. Después, volvió a hablar con tono amable.

-No levante la voz, la oigo perfectamente. Ahora, haga el favor de apagar la lámpara y quedarse sentada en la cama, frente a la ventana, donde pueda verla.

La señora Wilberd decidió ganar tiempo para analizar la situación. Obedeció tranquilamente, mientras se obligaba a expulsar el eco del sobresalto y a recuperar la entereza. Se arregló como pudo el pelo, se echó por los hombros una de las sábanas y se dirigió a él con dignidad.

-De acuerdo, señor, ¿podría decirme ahora el motivo de su visita?

Él la escuchaba y la vigilaba por el rabillo del ojo, pero en todo momento perdía la mirada a través de la ventana, en las oscuras calles de la ciudad donde un joven avisaba a un policía e iba corriendo con él hasta perderse en la selva de edificios.

-Soy Sam Evans, el hermano de Pat, ¿le dice algo eso?

El nombre solo produjo desconcierto.

-¿Debería sonarme?

-Él hizo un trabajo para usted, hace tiempo. Un susto a una joven y el robo de un arma, un rifle de un caballero viudo a quien nadie echaría de menos...

Entonces sí. Los ojos fueron los primeros en cambiar; después vino el rostro, ejecutando el gesto placentero que surge al hallar la respuesta, para después oscurecerse al comprender la naturaleza de la misma.

-Nada le ocurrió a su hermano, al menos aquí.

-Pero no gracias a usted, ese rifle iba a ser su primer escalón del cadalso. Y, por si le interesa, sí murió, ahorcado; la joven que usted quería escarmentar le delató.

-Pero, señor Evans, no veo qué pueda hacer yo al respecto. Lo único que puedo ofrecerle es dinero; quizás así podamos arreglarlo.

Afuera la calles seguían vacías, con el titilar leve de algún farol y más sombras que vida. Arriba, las azoteas se recortaban en negro contra el brillo nocturno de la luna.

-De acuerdo, arreglémoslo entonces.

-Ahora no dispongo de gran cantidad, pero hay joyas...

Sam seguía atento a la ventana. Como un halcón, sobrevolaba todo el barrio, escudriñando el mar de tejados y azoteas.

-¿Cuánto?

-Unos mil dólares.

Pareció distinguir una sombra, haciendo equilibrios en la noche... nada... puede que fuera una falsa alarma.

-Vamos señora Wilberd, alguien de su posición debería disponer de algo más de mil dólares.

-De acuerdo señor Evans, veo que sabe insistir, hay una caja fuerte en el piso de abajo...

No, ahí estaba, una sombra claramente definida. No quedaba ninguna duda, solo faltaba esperar que todo se confirmara.

-Eso suena bien, ¿cuánto en el piso de abajo?

-Dos mil, puede que tres mil. También hay alguna pieza de oro. Amigo hoy está usted de suerte; llévese todo cuanto quiera y dejemos este asunto zanjado. ¿Qué me dice, vamos abajo?

Vio un par de chispas y adivinó el pulso de una llama. Casi pudo escuchar el chirriar metálico de la portezuela de la linterna.

-No.

-¿No? ¿Por qué no, señor Evans?

Al fin, la llama lamió la mecha impregnada de combustible. Pronto se halló cómoda y creció entre los cristales hasta brillar clara y nítidamente. Entonces, la sombra movió la linterna en la cadencia acordada y Sam se giró hacia la señora Wilberd. Levantó el arma y expulsó de un fogonazo la bala de plomo que acabó alojándose en su cráneo, haciendo que la mujer cayera sobre el colchón con el rostro congelado un instante antes de asimilar la sorpresa. Un segundo después, tres disparos más sonaron en el piso de abajo.

Cuando Sam bajó las escaleras, todo estaba ya dispuesto para la huida.

La policía detuvo un coche cerca de las afueras, habían derribado al cochero de un tiro en la espalda, justo en el momento en que intentaba abandonar el transporte para subirse a un caballo. Dentro del carruaje encontraron los cadáveres del servicio de la señora Wilberd. No tardó en descubrirse el cuerpo de la mujer.

A la mañana siguiente, los periódicos hablaban de la muerte de la señora Wilberd. Todos guardaban silencio y una suerte de indefensión atravesó sus mentes como dolor frío de metal agudo. Muchos se apenaron y muchas deambularon perdidas, vacías sin orden ni organización. De viva voz se escuchaba el lastimero “pobre mujer”, pero por dentro se sentía el dramático “la reina ha muerto”. Hubo quien no supo cómo encajarlo, quien creyó ver caer la fuerte estructura que ellas crearon. Y hubo quien decidió que era el momento de tomar el trono, quizás demasiadas, pues cuando hay un único objetivo cualquier candidato se convierte en multitud. Aquel vacío generó una guerra lejos de las calles, los campos de batalla o los territorios salvajes. Una guerra que se libraría en la iglesia, los mercados y vecindarios. Una guerra que nadie percibiría a simple vista pero que estaba a punto de sacudir los cimientos de la ciudad.

Aquella mañana, en uno de los clubes, un caballero plegaba un periódico tras ojear solo la primera página. Se despidió con educación, cogió su bombín y su bastón negro y salió sonriente a disfrutar del día. Respiró hondo y miró hacia arriba, al disco que brillaba, en el limpio azul, grande, brillante y dorado.

lunes, 23 de marzo de 2015

Señuelos

Fango, hierbas, rocas y tierra. Agua corriendo entre árboles y peñas. Llueve a cántaros, el viento azota y cruje bronco el cielo entre relámpagos. Los caballos relinchan, la madera rechina, las ruedas cortan los charcos, el conductor grita y el pasajero, a resguardo, observa atento y apunta. Cuatro jinetes sombríos, de gatillo fácil y orgullo herido, dieciséis pezuñas que arrancan el barro y cabalgan a todo galope por el perfil de la montaña.

Well sacudía las riendas y alzaba su voz por encima de los truenos. Notaba el calor del licor evaporándose en su cuerpo, en el sudor acumulado y en las bocanadas de humo exhaladas con cada grito. Con el cuero bien firme en la mano, clavaba la vista en el camino, vigilando el agua que caía por la ladera a su izquierda y que saltaba al vacío por su derecha. Atento a cualquier charco o acumulación de fango, tirando de los caballos en el momento preciso para dejarlos libres segundos después. Siempre más rápido, pensando solo en la próxima curva, en cómo alcanzar la distancia haciendo frente al siguiente obstáculo.

Jimmy aguardaba detrás, medio a cubierto tras la mitad inferior de la puerta trasera, con el revólver amartillado en mano, intentando aunarse con el vaivén y el traqueteo. Sentía el choque del frío húmedo del exterior contra el abrasador latir de la sangre y los nervios erizados manteniendo el cuerpo preparado para la acción. 

Los jinetes se acercaban, aullando; sus bestias babeaban y resoplaban con los ojos inyectados en sangre. Apenas podían distinguirse sus caras, amasijos de pelo y carne enmarañados, sombreros caídos ante el peso del agua, filas amarillentas de dientes y ojos hundidos tras la lluvia y la sombra. El primero de ellos se enderezó sobre la silla, soltó una de sus manos de las riendas y comenzó a desenfundar mientras el pulgar presionaba el percutor. Jimmy lo vio y no esperó más, dirigió el cañón y una de las ruedas tropezó con una piedra mandando la mitad del carro al aire y el proyectil a unos centímetros de su destino; no sabía adónde había dado, pero había visto sangre.

El carro volvió al suelo y fueron las otras ruedas quienes saltaron. Well corrigió el desequilibrio y el siguiente vaivén, hasta que volvió a la frágil estabilidad del acelerado ritmo de la carrera. Girándose solo un poco, sin liberar la atención del camino, habló con fuerza para que Jimmy le oyera.

-¡Tenga cuidado, los queremos vivos!

-¡Iba a dispararle cerca, sin darle, para que mantuviera la distancia. Había desenfundado!

-¡No se preocupe, Jimmy, ellos deben estar atentos al camino, a su animal y al arma que empuñen! ¡Demasiados frentes para apuntar con eficacia! ¡Usted en cambio solo tiene que apuntar y mantenerlos lo suficientemente alejados!

El viento llevaba las gotas a su cara; Well resoplaba expulsando el agua rota. Una nueva curva se acercaba con fango caldoso y un par de raíces de corteza mojada y resbaladiza. Dejó de hablar, tiró de las riendas y se dispuso a abordarla asegurando el paso de las ruedas.

Los jinetes habían aflojado un poco, se reagruparon para asegurarse de que su compañero estaba bien. Este fue el primero en azuzar de nuevo al caballo, tenía un brazo manchado, herida en el hombro de seguro molesta, pero indolora mientras el cuerpo siguiera en guerra.

La curva se acercaba y el carro aminoró parcialmente la marcha. Los jinetes volvían de nuevo a la carga y aullaban hambrientos de heridas y sangre. Jimmy disparó un par de veces, manteniendo la distancia. Entró el carro en la curva y restallaron de nuevo las riendas, ambas ruedas toparon con las raíces y, con el salto, un tercer disparo acabó en el cielo.

-¡No me preocuparé si dejas de dar esos botes, maldito viejo!

Continuó el chasquido del cuero y el retumbar ya ronco de la voz del guía, exigiendo a los cascos un nuevo esfuerzo. Atrás, los jinetes llegaban a la curva, espolearon a sus bestias y sobrevolaron el fango: un par saltaron las raíces, otro las cruzó con destreza y el último juntó herradura y corteza y resbaló la pata, perdió el equilibrio y animal y jinete saltaron con el agua hacia el abismo.

-¡Doc, hemos perdido uno!

-¿Cuál?

-¡El pinto! ¡Ha caído en la curva!

-¡Importan los otros! ¡Guarda  la distancia, pero mantén el hambre de caza!

Venas de luz surgieron del gris oscuro y, con el retumbar de truenos, algunos fogonazos brotaron de entre los jinetes. Los plomos volaron cerca pero ignoraron al blanco.

-¿Dónde está Lily?

-¡Ya queda poco! ¡Desde aquí puedo oler su níveo cabello, su grácil cuerpo y el tono dulzón de...!

Jimmy pestañeó tres índices y dos pulgares y las balas silbaron entre los jinetes que aminoraron lo suficiente para saberse intactos y lanzarse de nuevo al ataque.

-¡Déjate de idioteces, no vaya a errar de nuevo un tiro!

-¡Vamos, Jimmy, un poco de alegría! ¡Grite, libere el ansia! ¡Sea uno con la tormenta, que la lluvia limpie su rostro, refresque su mente y aclare las ideas; que los relámpagos carguen su alma y los truenos muevan sus entrañas! ¡Viva, joven Jimmy, viva lo intenso del momento y estalle si es necesario, que tiempo habrá para la calma!

-¡De acuerdo, maldito borracho, yo grito y me acuerdo de los muertos del mundo, pero no deje de darle a las riendas que las balas se acaban y estos se acercan!

La pendiente disminuía; las últimas curvas hicieron patinar al carro ligeramente, pero Well parecía estar por encima de todo; borracho como una cuba, reía como un loco, por encima del bramido celestial, mientras cruzaba los últimos metros. Cuando pasó el punto indicado sus ojos sabían a dónde encontrar a Lily, al sheriff y a la partida que habían formado. 

Jimmy concentró las últimas balas y los jinetes aminoraron lo suficiente como para que Lily y el sheriff pudieran hacerse con ellos.

Well se puso en pie en el banco del carro y abrió ambos brazos en cruz a la vez que gritaba a pleno pulmón “¡Lo conseguimos, joven Jimmy!, ¡maldita sea, aquí llegan los últimos canallas!”. Tras eso, un chasquido surgió de su garganta y la afonía se apoderó de él.

Llegó el reparto. Wilbur y los McKenzie. El sheriff puso los carteles sobre la mesa y los números sumaron una cantidad más que sugerente.

-Bien doctor, tal y como acordamos, aquí tiene una carta de recomendación para su amigo, a nombre de Jimmy One. Viendo las capturas realizadas hasta yo mismo le ofrecería un puesto si no estuviera debidamente ocupado.

Jimmy asintió agradecido y echó un vistazo a Lily, quien sonreía feliz pensando ya en un lugar al que poder llamar casa.

-Y aquí tiene el indulto. Sepa que sigue sin parecerme del todo bien, pero debo reconocer que ha hecho un servicio a la comunidad y que este dinero, junto con la otra donación acordada, será debidamente utilizado. Bienvenido, pues, de nuevo a la sociedad, señor Well.

Jimmy quedó estupefacto viendo cómo el dinero de la recompensa y las bolsas cedidas por Well se perdían en los cajones del sheriff. El mismo fantasma en la garganta tenía Lily, que enmudeció mientras el Dr. Well se apresuraba a dar las gracias al sheriff y conducía a las dos figuras rígidas hacia el carro.

Cuando Jimmy intentó hablar, Well le dio el papel de demanda de un ayudante de sheriff para Canatia. Este miró a Lily y subió, blanco, al carro; con el papel arrugado en la mano y la cara desencajada. Well, pese a su afonía, no dejaba de hablarles, de decirles lo bien que habían salido las cosas, el futuro que tenían por delante; que por fin se había actuado correctamente y que tenían suerte de haber vivido una experiencia así y seguir en la tierra para contarlo. Sacudió las riendas y dio la voz de marcha, para después continuar explicando las posibilidades que se abrían ante ellos, una vida de paz y tranquilidad, donde recordar todas estas aventuras vividas al amparo de la noche y las estrellas... una charla continua llena de hermandad y amistad, de valores y futuro, que intentaba, por todos los medios, desterrar al rincón más lejano el asunto del dinero. Utilizó todo su repertorio y lo más granado de sus capacidades, mas cuando al fin hubo acabado y dejó un momento de respiro, a una joven albina le hirvió la sangre.

-¡Diez mil demonios rasguen tu carne, maldito borracho hijo de un cadáver, viejo decrépito de lengua floja! ¡Sigues vivo porque ni la soga quiere tocar tu cuello! ¡Vas a sufrir cada dólar que hemos perdido! ¡Pienso vaciar delante de ti hasta la última botella de ese maldito matarratas que bebes! ¡Quitaremos los caballos y tirarás tú del carro! ¡Quiero verte llorar oro! ¡Cada vez que pasemos hambre, cada sed que no se sacie, la pagarás mil veces! 

-Lily... -dijo Jimmy en un tono extrañamente calmado-.

Ella se giró con los ojos encendidos, el pelo erizado y con una voz aguda y fría, como filo de sable, contestó cortante:

-¿Qué!

-Allí debajo tienes la escopeta...

lunes, 16 de marzo de 2015

Cuentas pendientes


La noche engulle el páramo infinito, mientras los ojos caen en la trampa solitaria de las luces de un pueblo. Dos faroles iluminan el edificio rectangular de dos pisos y puertas abatibles. De abajo surgen humo, risas y voces; arriba, entre cortinas, alguna silueta desprende sus ropas, mostrando sombras de mercancía con cadencia carnal de goce y disfrute caro. El pasen y beban, coman y folguen; aprovechen el tiempo, pues es para disfrutarlo.


Apoyó su mano huesuda en una de las puertas y empujó la otra con la empuñadura de su bastón. El murmulló no cesó, la música continuaba y los parroquianos seguían rodeando a un tipo espigado de sombrero recto, ancha mandíbula angulosa y porte severo. 

Estaba en pie, apoyando una de sus botas en el taburete del pianista y seguía narrando con voz cavernosa entre ademanes sutiles y la atención del público. Echó una mirada fugaz a Moodley, apenas un segundo, antes de continuar su charla. Nadie pareció advertirlo.

Moodley se acercó a una de las mesas, sin dejar de mirar a aquel tipo y captó un par de miradas fugaces más. Apartó la silla, tomó asiento y alzó el bastón buscando la atención del barman. Este le dijo algo, pero ante la impasividad de Moodley, el hombre se acercó a regañadientes.

-Le digo caballero, que aquí es costumbre pedir en barra. Luego usted ya se lleva lo que quiera a la mesa.

Bajó el bastón, apoyó su mano derecha sobre él, cerrando levemente el puño. Ladeó un poco la cabeza y, con una amplia sonrisa, sacó un par de monedas de su bolsillo izquierdo. 

-Ahora que está usted aquí ya no es necesario. Un bourbon por favor.

La queja asomó en el rostro, mas el brillo dorado tornó toda amargura en sincero agradecimiento; una leve reverencia brotó, involuntaria, y varios ofrecimientos surgieron de sus labios, antes de marcharse con ligero trote alegre, para regresar con la mejor bebida del lugar.

Moodley bebió a pequeños sorbos, paladeando las espirales de matices, hasta que encontró el momento adecuado. Entonces, dejó a un lado el vaso y, alzando la voz, se dirigió al narrador.

-Así que es usted Frank Rellim.

El narrador intentó ignorarlo, pero los parroquianos comenzaron a desviar su atención. 

-El mismo -contestó obligado- y tú, ¿quién eres?

-Puede llamarme Ernest P. Moodley.

-Pues bien, Ernnie, si quieres puedes quedarte aquí a escuchar con el resto. Sino, no interrumpas más.

-No hay nada que no haya escuchado ya. Conozco todas sus andanzas. Admiro su entereza, su fuerza y la naturalidad con que trata la violencia, nada desagradable ni sucio; trabajos honestos de un alma sincera y decidida. Un historial impecable, salvo por un asunto...

-Mira Ernnie, no tengo ni idea de qué estás hablando, pero si no quieres tener un problema será mejor que te expliques o calles de una vez.

-Hablo de un asunto que dejó pendiente en este pueblo... dicen que se le escapó una estrella.

Frank quitó el pie del taburete, apartó los faldones de su chaqueta y puso las manos en la cintura, dejando a la vista un par de revólveres de empuñadura de nácar con la cabeza de un lobo grabada en ellas. Los parroquianos se apartaron dejando paso libre entre Rellim y Moodley, quien, sin inmutarse seguía sentado.

-Déjate de mierdas y habla claro. Si hablas del sheriff Nake, se marchó. Huyó antes de que yo llegara.

-No acostumbro a dar nombres. Pero tengo entendido que en el asunto del que le hablo, usted no estaba solo; no así como su oponente, quien, pese a requerir la ayuda de las buenas gentes de este pueblo, no obtuvo el más mínimo apoyo.

Se escuchó un silencio incómodo, hubo miradas furtivas, quejas retenidas y rostros avergonzados.

-Éramos tres, pero yo solo hubiera bastado; contra él y contra cualquier señoritingo que se las dé de listo.

-Por favor, no se enfurezca. En mí no tiene a un adversario, no tendría ninguna oportunidad; sino a un admirador. Yo solo vengo a defenderle, pues la gente habla y dice que ya no hay sangre en esas venas, que las copas y alabanzas lo han domesticado y que ya no recuerda el olor de la pólvora, ni el latido del peligro haciéndole sentir vivo. Hay quien dice que cuando dejó a medias ese asunto, algo cambió en usted.

-Eso son tonterías. Nake huyó como el cobarde que era, y fui yo quien me quedé en su pueblo.

-Aun así, las amenazas incumplidas pesan en almas tan bravas como la suya, ¿no es cierto? ¿Cómo no fue tras él?

Frank se quedó sorprendido, sin saber que responder. Miró a su alrededor y soltó una carcajada, fuerte, que inundó la sala. El trueno tuvo su efecto y mandó al infierno toda tensión.

-¿Y perseguirle por todo este condenado país? ¡Estás loco, Ernnie! No pienso gastar ni un centavo en ese asunto.

-Eso tiene fácil solución...

Moodley buscó en los bolsillos de su chaqueta y sacó unas bolsas que al caer golpearon fuerte en la madera.

-Oro de una de mis minas y la dirección de ese asunto del que le hablaba. Le dije que venía a ayudarle. ¿Qué me dice ahora?

Frank observó las bolsas y a los parroquianos. Miró hacia el sitio en el que día tras día pasaba las horas, ahogadas en alcohol, contando su vida; una y otra vez, caído en un cepo abandonado por Will Nake y que él solo se había puesto, el día que aceptó quedarse allí. Sintió la vergüenza de la domesticación, la añoranza del riesgo y algo de entre sus entrañas pronunció un claro “De acuerdo”.

En aquel momento se abrieron las puertas y una silueta con brillo en el pecho entró, escopeta en mano. Tras él, uno de los parroquianos caminaba tímido y cabizbajo.

-Está bien. Frank, ¿qué pasa aquí?

-Hola sheriff, aquí Ernnie y yo estábamos hablando de negocios, nada que deba preocuparte.

-Sabes que no quiero problemas en este pueblo. Cualquier asunto que tengas que arreglar, hazlo fuera.

-De eso mismo hablábamos, sheriff, de eso mismo.

Moodley se levantó y tocó el ala de su sombrero al pasar junto al joven sheriff. Una vez ya en el porche, se paró y, antes de continuar, se giró un momento.

-Ah, esta vez estará más que justificado que viaje en compañía. Su amigo ha encontrado a gente más dispuesta que la presente. Vaya preparándolo todo, tendrá noticias mías en breve.

lunes, 9 de marzo de 2015

Designios

Apenas un claro, con cuatro edificios, perdido entre árboles. El pueblo de nadie, donde los proscritos encuentran su hogar. La sombra atardece y se mezcla el frescor de lo verde con el olor del alcohol, los gritos de los borrachos y los disparos: algunos al aire, otros alojados en carne. De uno de esos antros sale un hombre de dios, contando dinero, mientras su atento seguidor cuida sus espaldas con el rifle cargado y la prudencia en los ojos.

Se acercaron a los establos y Zek pagó la cantidad para recoger sus caballos. A pocos metros, un par de hombres conversaba con el típico tono que invoca la curiosidad. Intentó aguzar el oído mas le fue complicado descifrar la información; y, ya demasiado viejo, conocía el peligro de las palabras quebradas y de cómo estas deforman las intenciones de los hablantes.

-Reverendo, cuanto menos tiempo pasemos aquí, mejor. Esta gente no es de fiar y, si han pagado por los barriles, poco tardarán en intentar recuperar su fortuna.

-Algo tramaban esos dos, Fred. No sabría decirte el qué, pero sin duda es importante si en un sitio donde hasta los tímidos truenan debe susurrarse. Teme al ángel cuando venga con la espada en llamas, pero tiembla más aun cuando sea el demonio quien se acerque sin mostrar su ansia.

El hombre llegó, con las bestias limpias, atadas al carro. El Reverendo le dio las gracias y deslizó algo de dinero en su mano.

-Disculpe, ¿no recordará por casualidad de qué hablaban aquellos dos caballeros?

El hombre observó el lugar, rascándose el mentón y extendiendo de nuevo la mano.

-Quizás por casualidad...

Dos monedas más cambiaron de dueño y el brillar del metal pareció aclarar la memoria.

-Ya han pasado varios con el mismo cuento. Hablan de una viuda que vive a unas cuantas jornadas de aquí, en medio de la nada: la mujer del desierto, la llaman. Algunos la conocen por ser la primera casa que aparece tras la arena y ofrece, a cambio de poco, algo de comida. Unos dicen que vive sola, otros que con un perro y no falta quienes cuentan que al morir su marido perdió esta el juicio y continúa aferrada a su cadáver corrompido.

-Yo estuve allí, comí en su mesa y no hubo ningún cadáver acompañándonos. En cuanto a su información algo falta. Nada de cuanto ha contado merece la pena abandonar un trago ni emprender camino a ritmo nocturno y callado. Espero, por tanto, que esto alumbre algún otro recuerdo.

Dos monedas más cayeron en la mano y la lengua se volvió a soltar.

-El caso es que últimamente se lleva hablando de un lugar, un pueblo llamado Canatia. Hay revuelo, nadie sabe el porqué, pero hay gente influyente metida en el asunto. Y Bob Morgan, uno de los dos que estaban aquí, escuchó decir que el marido de la mujer del desierto tenía un papel, una especie de concesión, para ir a ese pueblo. Al parecer ese papelajo se paga muy bien. No sé si será verdad o no, pero si Morgan va para allá, no me gustaría estar en el pellejo de esa señora. Mire reverendo, hay cosas que es mejor dejarlas estar, existe gente que no atiende a razones, que no tienen el más mínimo decoro ni escrúpulo; Bob Morgan es el padre de todos ellos.

El reverendo se despidió mientras Fred subía al carro. Soltó el freno, sacudió las riendas y emitió la voz de marcha.

Poco después, Fred se prometía no abrir la boca, pues cada vez que preguntaba le llegaba, con la respuesta, la certeza absoluta de que andaba errado. Mas conforme veía las montañas y los verdes valles alejándose e iba apareciendo en su mente el horizonte arenoso y el aire implacable de un sol abrasador, las palabras brotaron por sí solas.

-Reverendo, ¿por qué damos la vuelta? ¿Por qué regresar a un pueblo del que hemos robado todo su alcohol? Explíqueme, diga algo porque esta vez no se me ocurre razón alguna.

-Fred, tranquilo, no vamos exactamente por la misma senda. Además, no hables de robar; pues nos limitamos a tomar lo que aquella gente detestaba. Aun así, en el supuesto de que guardaran algún rencor en sus corazones, ¿quién en su sano juicio se arriesgaría a desandar su camino?, ¿dónde buscas al fugitivo, en la ruta de la huida o en la de regreso?, ¿no crees que de buscarnos lo harían siguiendo el camino que tú planteas?

-Sí que lo creo, porque es lo más conveniente. Podríamos...

El reverendo, levantó la mano, sellando a su compañero y continuó.

-Van a caballo y el tiempo que ganamos la última jornada viajando de noche, lo perderíamos tarde o temprano. Debes detectar los momentos en que parece que esté todo perdido, cuando tus capacidades no dan más de sí y reconocerlos, no para darte por vencido, sino para cesar el esfuerzo e invocar a la providencia divina y el ingenio. Ahora mismo, nuestro mejor rumbo es ir directo al peligro; tan hambriento está el diablo que nunca busca almas en el infierno.

Fred siguió con la mirada fija en el camino, concentrado en el cabeceo de las bestias, mientras asimilaba palabras, ideas y posibilidades. Buscó a tientas su rifle y se encontró un poco más seguro.

-Es por el papel, ¿verdad?

-¿El papel?

-La concesión de la que hablaba aquel tipo. El mismo papel que intenta conseguir el tal Morgan.

-Una viuda sola, en la costa de un desierto, ha conseguido salir adelante pese a las circunstancias. Toda una vida dedicada a sobrevivir, a la autosuficiencia; resistencia, ímpetu y tesón. Magníficas cualidades que el señor puso en ella en el mismo momento en que quedó desamparada. Una planta dura y fuerte que encuentra acomodo donde nadie lo haría. Un faro que acoge al perdido; fueron tus labios quienes bebieron y tu propio estómago quien calmó el hambre en su casa. ¿Es justo que tan bella creación se vea truncada por la codicia del ser humano?

Fred apoyó el mentón en el cañón del rifle, tomándose su tiempo y se giró hacia el reverendo. Esta vez no dijo nada, pues aquellas batallas las tenía perdidas, se limitó a mirarle hasta que la máscara perdió consistencia.

Zek notó el largo silencio y sintió la falta de respuesta.

-De acuerdo, Fred, también vamos por el papel.