lunes, 25 de mayo de 2015

El ataque

El sol ha muerto. Las nubes se desvanecen y la luna late fuerte en el cielo. Un viento fresco corta la asfixiante atmósfera del día, dando la bienvenida a una buena taza de café. Salvo los vigilantes, todos se arriman a la hoguera, entre el saloon y los restos de la atalaya del alcalde; pues cuando se escucha el aullido de la muerte durante tanto tiempo, nadie quiere ahogarse entre cuatro paredes y ceden a la liberación de enfrentarse al peligro.

Bison, aun convaleciente, cogió con un trapo una de las cafeteras; el gorgoteo ahumado invitaba al descanso. Fueron pasando las tazas, de mano en mano. Con el sorbo caliente, se cerraron los párpados y hondos suspiros expulsaron el exceso de celo del alma. No tardaron en surgir las primeras palabras, humor duro, nacido del sufrimiento, que varió el rumbo de los sentimientos y canalizó el ánimo en una columna de risas.

Desde arriba Jonowl y Tabitha escuchaban el jolgorio. Tapados con la misma piel curtida, aferraban sus tazas mientras brindaban con una sonrisa. Ella tenía su Smith&Wesson de 7 tiros, peso frío e incómodo junto al vientre, en su fajín. Él tenía cerca el cuchillo de su abuelo y aquel magnífico rifle que descansaba a sus pies, tapado con las pieles engrasadas, fuertemente anudadas, y aun así podía sentir el latido metálico del arma maldita, un pulso constante por abandonar la quietud mortecina del reposo. Hacía todo lo posible por ignorarlo, pero, en lo más interno de su ser, deseaba con todas sus fuerzas que fuera necesario empuñarlo de nuevo.

Abajo Vera comenzó a susurrar una alegre tonadilla. Su voz se quebró al llegar al pasaje donde Kornelius la recogía con la guitarra, llevándola de la mano hasta la última cuesta, donde se apartaba cortésmente y la dejaba crecer hasta congregar a todos los oyentes; incapaz de seguir, quedó ahogada en el silencio. Entonces fue Bison quien tarareó, y tras él, con la mirada fija en las llamas, fueron uniéndose todos los presentes. Vera esperó el momento, entró susurrando y, acompañada, fue creciendo de nuevo. La voz aumentó su curso hasta tornarse en limpio torrente, el resto de voces se alzaron, una botella se abrió y un jubiloso caos embrujó los cuerpos en animado baile.

Arriba en la arboleda, reían los vigilantes, daban palmas y seguían la música con los pies. Por un momento no existieron armas ni amenazas. Por un momento recuperaron la tranquilidad, marcaron a fuego sus ojos y, fundidos en un abrazo, unieron sus labios hasta que lo cálido y carnoso inundó toda consciencia. Se separaron con una sonrisa en la mirada. Los labios se entreabrieron y un titubeo se bifurcó entre acercarse de nuevo o emitir palabras; ninguna de las dos opciones tuvo lugar.

Un disparo retumbó en Canatia, el silbido del proyectil cortó el baile y el tañido herido de la campana convirtió el júbilo en alerta.

-¡Jinetes, por el norte! ¡Puede que quince o más, el polvo los tapa!

Jonowl movía ambos brazos, mientras las piezas doradas del rifle brillaban exultantes.

-¡Todos a sus puestos!

La estrella del sheriff reflejó el fuego embravecido de la hoguera.

A lo lejos, en el camino del norte, el grupo de jinetes se detuvo y el polvo engulló toda pista. Desde la arboleda los vigilantes permanecieron atentos a cualquier indicio de movimiento. Pero cuando la bruma terrosa se hubo disipado, una veintena de jinetes siguieron en sus puestos. Pronto aparecieron chispas y esquejes de llamas abrazaron la tela embreada de unas antorchas; segundos después, ya no era necesario aguzar la vista. Se escuchó el eco lejano de una arenga y el coro, en respuesta, gritó con sed de sangre. Del trote pasaron al galope y el polvo volvió a alzarse tras ellos, en su loca carrera hacia el pueblo.

Jonowl apuntó con el rifle. Recorrió con la mirilla cada uno de los jinetes, realizando las correcciones demandadas por la distancia. Memorizó pañuelos, ropas y sombreros; sellos de rápido reconocimiento, para tenerlos presentes. Siguió el cabeceo de sus monturas y tomó tiempo en distinguir sus armas. Les puso nombres, absurdos y rápidos, para evitar la confusión grupal.  Y cuando estuvo preparado accionó la palanca. El chasquido limpio y metálico despertó el espíritu de aquel arma con una ira casi celestial. Ahora más que nunca lo sentía vivo; el disparo a la campana apenas había provocado respuesta, pero al advertir los blancos, aquel arma tiró de él como un caballo desbocado; aun así era demasiado pronto. Invocó los grandes ojos emplumados, para ver desde afuera el momento adecuado en que comenzar a disparar. Escuchaba a su lado a Tabitha disponiendo la munición y creía verla, por el rabillo del ojo, comprobando el revólver por décima vez; pero su voluntad seguía anclada en el grupo atacante.

El estruendo de los jinetes se escuchaba claramente y un creciente temblor recorrió todo el pueblo. Edgar, Ralph y Curteys fueron a resguardarse cerca de la herrería, en el lugar que, según el fotógrafo, ofrecía mejor ángulo de visión. Bison y Vera esperaban en el último piso de la primera torre, mientras el Dr. Well reptaba bajo el entablado del porche del saloon. El sheriff, Jimmy y Lily apuntaban a la entrada del pueblo, desde los restos de la oficina y la atalaya del alcalde. Y, devorando los peldaños de la escala, Fred se encaramaba hacia la campana, mientras el reverendo y la viuda del desierto discutían por ver quién sería el siguiente en seguir sus pasos.

Con las prisas, la viuda resbaló un par de veces y Fred asió sus manos para ayudarla a subir. Los jinetes ya estaban cerca y el reverendo empujó desde atrás. Al sentir las manos del ministro del señor en su trasero, la mujer concentró toda la fuerza en su pierna derecha y envió al reverendo de nuevo al suelo. Comenzaron a oírse las quejas en respuesta y hubieran llegado las amenazas de no haber sido acalladas por el primer disparo de la contienda. Uno de los jinetes caía, a unos 200 metros del pueblo, y, al accionar la palanca, Jonowl pudo distinguir claramente un gélido canto en el vibrar del casquillo sobrante. Disparó y otro jinete cayó. Seguía el orden orquestado en su cabeza. Palanqueaba con ansia, y al apretar el gatillo vivía el gozo del proyectil liberado, aullando libre hacia su presa. Con cada detonación sentía un calor agradable disipado al instante, absorbido por el frío vacío del hambre. Entonces solo quedaba accionar de nuevo y enviar otro casquillo al aire. Otro objetivo caía pesado, habiendo segado su vida, antes de regresar a la tierra. Contó hasta ocho los caídos, cuando el noveno perdía su vida poco antes de que el resto atravesara el umbral del pueblo.

De los once bandidos que quedaban, tres fallecieron al llegar a la herrería; Ralph, Edward y Curteys llenaron de plomo sus cuerpos. Antes de que el resto reaccionara, el sheriff, Jimmy y Lily abrieron fuego desde la oficina: dos más murieron y otros dos, heridos, siguieron al resto de supervivientes hacia el final del pueblo, buscando cobertura en la casa del médico. La situación quedó paralizada. Los de la herrería mantenían sus puestos, abriendo fuego continuamente y los del sheriff esperaban el momento oportuno para acercarse, mientras Bison y Vera cubrían la calle central desde el saloon.

La lucha continuaba, pero ningún quejido rompía el continuo tronar de pólvora. Jimmy intentó acercarse un par de veces y a punto estuvo de perder los sesos. Bison y Vera optaron por salir del saloon en busca de un mejor ángulo de tiro. El cocinero llevaba su garrote, colgado del cinto, y una escopeta recortada preparada para escupir plomo. Vera caminaba lentamente enarbolando la pepperbox de Kornelius con ambas manos, aun recordaba el dolor de muñecas que causaba el encabritamiento del arma. Cuando el sheriff los vio, desde el otro lado de la calle, les hizo señas para que siguieran caminando resguardándose tras los postes del porche.

El sheriff vio el momento perfecto, avisó de que, a su voz, abrieran fuego. Así podría acercarse, con Jimmy y Lily, y rodear por la parte de atrás la casa del médico. Mas cuando la señal estuvo a punto de darse, fue la voz del reverendo la que tronó junto al tañido de la campana. Cuando quisieron darse cuenta, otro grupo de pistoleros había salido del cauce seco del río y estaba disparando al reverendo y compañía.

-¡Hay dos a la izquierda, tres a la derecha y por lo menos cuatro más siguen escondidos! ¡Fred, hazte cargo de los de la izquierda! ¡Señora, para usted los de la derecha! ¡Los del cauce de momento no son un peligro!

-¿Quién te crees que eres para darme órdenes, maldito reverendo loco? ¿Acaso crees que voy a asomarme ahí?

Las balas silbaban alrededor de la torre. Llovían astillas y se escuchaba el quejido metálico de la campana ante los plomos. El reverendo miró a Fred, este se asomó un par de veces pero tuvo el tiempo justo para apretar el gatillo de su rifle sin apuntar, antes de que una de las balas le volara el sombrero.

-Está bien, a grandes males grandes remedios.

El reverendo buscó en el bolsillo interno de su chaqueta y sacó un pedazo de tela con dos cartuchos de dinamita dentro.

-¡Lo que me faltaba por ver! ¿Tenías eso todo el rato encima?

-La señorita Lily consideró que podríamos necesitarlo.

-No sé yo si va a funcionara.

-El Señor está con nosotros, funcionará, ya verá como sí. Ustedes encárguense de hacer un poco de ruido, yo haré el resto.

-¿Qué?

Pero Zek ya no estaba para atender a nadie. Había encendido una cerilla y acercaba la llama a la mecha.

-¡Ahora, disparen!

Fred y la viuda asomaron las armas y dispararon hacia abajo, más por enviar plomo que en busca de un objetivo. Al poco las balas dejaron de subir con la misma insistencia y la mujer vio por el rabillo del ojo al reverendo observando fijamente la mecha encendida.

-¡Maldita sea, reverendo, tira ya ese cartucho!

-...y es amor, que quiere y perdona; pero también es justicia y castiga a quien osa dañar su obra. Porque aquel que haga el mal, por él será castigado...

La chispas seguían avanzando y se acercaban peligrosamente al cartucho.

-¡Vamos, cura del demonio!

-...por él será dañado y consumido, y será enviado a las llamas mismas del averno!

Se levantó y se asomó como si no hubiera peligro, alzó ambas manos y entre carcajadas lanzó el cartucho hacia la derecha. Ninguno de los bandidos tuvo tiempo de verlo tocar el suelo antes de que estallara. De los tres, solo uno salió corriendo hacia la calle central y tras él fueron los dos que estaban en la parte izquierda.

-¡Se van, no puedo creerlo, pero se van!

-¡Se lo dije señora, Dios está con nosotros!

Fred se incorporó y apuntó con cuidado, disparó y dio a uno de los bandidos en el hombro; este cayó al suelo, rodó y disparó dos veces. La primera bala chocó de nuevo con la campana. La segunda atravesó su carne, dejándole sentado sobre la tarima de madera con los ojos vacíos, boqueando en busca de aire.

La viuda se asomó por encima de la barandilla y comenzó a disparar su henry, obligando al grupo a continuar su huida.

El reverendo encendió el segundo cartucho y echó un vistazo a su compañero.

-Tranquilo amigo, ya has hecho bastante. Ahora descansa, saldremos de esta.

Le puso la mano en el hombro y siguió hablándole mientras miraba la mecha y calculaba la distancia hasta el cauce. Fred abría los ojos como platos intentando huir de las sombras y tomaba sorbos de aire incapaz de acoger oxígeno. Cuando la chispa llegó al lugar indicado, el reverendo se alzó de nuevo y lanzó el cartucho hacia el cauce. De allí abajo salieron cinco tipos más, huyendo de la muerte; mas la explosión no llegó a producirse. Dos de ellos buscaron un sitio a cubierto desde donde disparar a los de la campana y los otros tres restantes siguieron al resto hacia la calle central donde Bison y Vera seguían avanzando hacia la casa del médico.

Bison, apenas les vio venir, se giró y vacío los dos cañones de la escopeta sobre el primero de ellos, enviándolo un par de metros hacia atrás con un agujero en las tripas. Tuvo el tiempo justo para avisar al grupo del sheriff y echarse a un lado junto a Vera, antes de que la lluvia de plomo cubriera la calle, hiriendo a Jimmy en una pierna. Los disparos continuaron y cuando los de la casa del médico, supieron lo que estaba pasando, tomaron posiciones y renovaron su ataque.

Los de la herrería a duras penas podían asomarse sin exponerse a las balas. El grupo del sheriff dividía la zona de fuego entre uno y otro frente sin mucha efectividad. Y los cinco de la calle central se acercaban poco a poco al portal donde Bison y Vera se resguardaban. Bison abrió la escopeta y se dispuso a sacar los cartuchos, mientras veía las siluetas acercándose; los nervios actuaban en su contra y la munición bailaba en su mano. Vera apretó el gatillo y todos los proyectiles de la pepperbox se detonaron a la vez, saliendo despedidos como un enjambre; una nube de pólvora lo envolvió todo.

Al disiparse la pólvora, lo primero que apareció fue un cadáver y otro hombre, de rodillas en el suelo, quejándose con las manos en el estómago. Bison metió el segundo cartucho y cerró los cañones, mas al disponerse a amartillar el arma, aparecieron los tres restantes, con los revólveres listos, apuntándoles. Bison dejó caer la escopeta y marchó hacia ellos con las manos en alto, intentando alejar la atención de Vera. Notaba el peso del garrote en el costado y rezaba por tener el tiempo necesario para poderlo usar, pero cuando vio la cara de aquellos matones comprendió que no iba a tener ninguna oportunidad.

El estruendo fue más fuerte de lo que esperaba. Se sorprendió al no notar dolor alguno ni golpe ni rasgar de piel y carne. Abrió los ojos y vio a uno de los tres individuos en el suelo gritando de dolor sujetándose las piernas ensangrentadas y los otros dos encogidos apartando, incrédulos, las manos de la cabeza. De debajo del porche apareció el Dr.Well con la escopeta aun humeante celebrando su éxito mientras volvía a cargar. Bison no perdió el tiempo, empuñó el garrote y corrió hacia el primero de los que estaban encogidos.

Del otro lado del pueblo, salió un solo disparo, puede que una bala perdida o un proyectil en busca de su presa. Atravesó toda la calle, rozando las patillas de Bison y dio de lleno en el cuerpo del viejo doctor, haciéndolo girar sobre sí mismo y enviándolo a la tierra como un muñeco de trapo.

Bison se detuvo, vio cómo los bandidos echaban mano de los revólveres y volvió hacia donde estaba Vera todo lo rápido que pudo. Un plomo se alojó en su espalda mientras otro se hundía en uno de los postes, se tiró al suelo con el dolor agudo, recuperó su escopeta y se quedó agazapado dispuesto a vaciarla sobre el primero que se asomara.

Los dos tipos, en lugar de acercarse, tomaron posiciones seguras y abrieron fuego contra los otros grupos.

Con la sorpresa y la ventaja de la cobertura perdidas, los bandidos estaban recuperando terreno. En la campana nadie se atrevía asomarse, los de la herrería disparaban casi sin ver, Bison y Vera permanecían a la espera de llevarse a alguien por delante antes de desaparecer y el grupo del sheriff estaba siendo atrapado entre dos fuegos. Solo una cosa podría salvarles y el sheriff gritó bien alto.

-¡Jonowl, quítanoslos de encima!

Pero no hubo disparo de respuesta.

Jonowl había disparado después de que los jinetes entraran en el pueblo. Con los objetivos cabalgando entre los edificios, dar en el blanco era considerablemente más difícil. Hirió a un par de ellos pero no pudo quitarlos de en medio, la sed del arma lo dominó de nuevo y disparó sin parar, sin atender al ulular de su compañero que intentaba avisarle de lo que estaba a punto de ocurrir.

Por eso no los vieron llegar, ni él ni Tabitha, quien dirigía sus disparos hacia el pueblo, intentando romper la cohesión del enemigo. Cuando ella escuchó los chasquidos de percutor de revólver ajeno, ya era demasiado tarde. Dos individuos estaban apuntándoles: un tipo grande de pelo largo rubio y barba tiñosa y otro alto y delgado, con una fea cicatriz en el ojo izquierdo. No hizo falta avisar a Jonowl, la voz del segundo individuo lo sacó del trance.

-Tabitha Seanlan, es cierto que ha cambiado, pero tiene el mismo rostro que en la foto.

Jonowl se giró accionando la palanca, con los ojos inyectados en sangre, y antes de liberar la presión del gatillo, un plomo atravesó su hombro derecho, echándolo por el suelo y extinguiendo toda fuerza en la mano del gatillo.

Antes de que Tabitha pudiera preparar su arma, el tipo desfigurado amartilló de nuevo.

-Deje el revólver en el suelo. Con mucho cuidado.

Lo dejó caer a un metro de ella.

-Bien señorita, soy Sam Evans, vengo para devolverle el favor que hiciera a mi hermano Pat, hace ya tiempo.

Hizo un ademán al otro tipo y este se acercó hacia Jonowl, que aferraba el rifle con su mano izquierda, mientras el brazo derecho colgaba inerte. El bandido le golpeó con el cañón del revólver en la sien y lo noqueó.

Tabitha tragó aire y ocultó el sobresalto.

-Oiga, no sé quién es. No conozco a su hermano. No sé a qué viene esto.

-Claro que lo conoce. Lo vio por primera vez en el asalto a una diligencia y se despidió de él, mientras pataleaba colgando de una soga.

Ella comprendió y supo que nada quedaba por decir.

-Lo sé, señorita, usted hizo lo que creyó que era justo. Pues bien, lo mismo estoy haciendo yo ahora.

Sonrió y dio una voz al tipo de la melena rubia. Este se acercó hacia Tabitha y esta sintió el pánico helando sus huesos. Mas, al pasar por el lado de Jonowl, el bandido se quedó mirando el rifle, el contraste de la madera y el metal dorado con aquel magnífico grabado. No pudo aguantarse y lo cogió.

-¡Eh, deja ese rifle! Vamos a hacer lo que veníamos a hacer; cuando acabemos podrás coger todo lo que quieras del pueblo. Pero ese rifle es mío.

-Quédate tú con la chica. No sé lo que quedará en el pueblo cuando acabemos. El rifle está aquí y ahora, así que me lo quedo yo en pago por mis servicios.

-Tendrás de sobra. Si las cosas han ido como esperaba, más de la mitad de los nuestros habrán caído antes de que todo acabe. Los de aquí esperaban el ataque.

-No nos dijiste nada de eso.

-¿Tanto te importa? La victoria siempre ha sido nuestra, una vez eliminada la ventaja, los nuestros harán bien su trabajo; esos hijos de puta tienen mejor puntería que cualquier pueblerino. Mientras tanto, aquí no corres peligro y ahora habrá menos gente con la que repartir. Así que solo tienes que esperar a que todo acabe para recoger lo tuyo, pero debes dejar ese rifle.

El bandido se aferró al arma como un  náufrago a su balsa.

-¡El rifle es mío he dicho!

No se dio cuenta pero estaba apuntándole, notaba la tensión del percutor, la fuerza leve que demandaba a gritos el gatillo para liberar la bala y ofrecer, con una nueva muerte, algo de calidez al frío metal. Quiso seguir hablando pero el índice actúo, instintivo, antes que la lengua. El proyectil salió y, casi a la vez, habló el revólver del hombre desfigurado. El grandullón cayó de espaldas y un hilo de sangre cayó por la comisura de los labios hasta manchar su barba.

El tipo desfigurado se llevó la mano a la sangre que manaba de su costado; mas, consciente de su situación, dirigió su arma rápidamente hacia Tabitha, quien se detuvo a pocos centímetros del revólver. Entonces fue Jonowl quien, sacando fuerzas de pura rabia, saltó sobre el bandido y con su mano derecha asió el mango de su cuchillo, mientras notaba como si un cristal rasgara cada uno de sus músculos. Aguantó el aliento y clavó el filo sobre la carne, cuando el dolor le hizo abandonar el control de su brazo, apoyó la palma de su mano izquierda sobre el mango y presionó con fuerza hasta que la guarda se tiñó de sangre.

El bandido, entre gritos, levantó su revólver hacia Jonowl y un estruendo de pólvora lo calló para siempre. Tabitha estaba de pie, temblando, con lágrimas en los ojos y el Smith&Wesson de 7 tiros humeando. Dejó caer el arma y se acercó a Jonowl, quien la acogió con su brazo y se quedaron aturdidos, mirando a los cadáveres, respirando con brasas en los pulmones, asaeteados por el hormigueo de la tensión liberada. Cuando quisieron darse cuenta de lo que pasaba abajo, decenas de gritos y alaridos llenaban el pueblo.

Se incorporaron y acertaron a distinguir el carro de Ángel junto a DeLoyd y una treintena de guerreros indios recorriendo el pueblo al acecho de los bandidos que, disparando en vano, intentaban batirse en retirada. En el segundo punto más elevado del pueblo, el reverendo y la viuda del desierto movían los brazos enérgicamente, bajo la campana, pidiendo ayuda. Un poco más cerca, frente al saloon, el cuerpo del Dr. Well yacía inerte, mientras un desorientado Bison caminaba torpemente con la mano en la espalda. Más allá, en la herrería, alguno de los presentes parecía haber sido herido.

Jonowl respiró hondo y tragó cuatro o cinco veces hasta aliviar la sequedad extrema de su garganta.


-Tabitha, dime cómo puedo hacer un apaño con esta herida y en seguida me reúno contigo. Me temo que necesitan tu ayuda.

lunes, 18 de mayo de 2015

Preparativos

A los pies de una de las gigantescas columnas de piedra, entre cielo limpio y horizonte abierto, rodeado de polvo, rocas y arena, descansa un pelotón de cuatreros, asesinos a sueldo e implacables buscafortunas de honor ausente. A pocos metros, el traje negro y el rostro herido, están sentados en sillas de verde tapiz, en torno a una mesa de roble lacado, cara botella labrada y copas de buen cristal.

-¿A qué viene tanta tontería? Esto es el desierto, Moodley. Y a los muchachos no les gusta este tipo de diferencias.

El traje de negro se mantenía sonriente, ligeramente recostado. Tomó la copa, bebió un sorbo y esperó a que los vapores se disiparan en el paladar.

-Vainilla, aroma floral y un toque amargo muy ligero, el punto justo para enaltecer la dulzura del caldo...

Apartó la copa, ladeó la cabeza y mantuvo el silencio, hasta que vio en el ojo sano del bandido que nunca obtendría respuesta.

-No son tonterías, Sr. Evans. Es lo justo y merecido a hombres que, como nosotros, están por encima de todo cuanto nos rodea. Cada uno con su estilo, usted mediante las balas y un servidor con medios más sutiles. No se preocupe por el resto, si no pudiera dirigirlos no habría llegado hasta aquí.

Evans rompió la rigidez, cerró el puño en torno a la copa y extinguió de un trago su contenido... alcohol ligero, flojo más bien; ni vainillas ni flores ni el vomitivo punto amargo propio del matarratas de Jake el Cojo.

-Son gente capaz, buenos tiradores y unos auténticos hijos de puta; lo que usted pidió. Estos no se manejan como al resto, no le lloverán halagos ni intentarán estar a buenas con usted. Harán lo que se les pide, de la mejor manera posible, si están de acuerdo con lo convenido. Algunos puede que se la intenten jugar en el momento menos oportuno. Y sí señor, responden mal a estas tonterías, no van a considerarle superior por el hecho de estar aquí sentado, con su mesa y su cristal, como si hubiera domado al desierto. Le considerarán el que da las órdenes mientras tenga dinero; más allá no busque, porque no hallará nada.

Moodley observó atentamente a la tropa. Caras largas, miembros tensos y manos ocupadas en el cuidado de bestias y armas. Estaban más en el siguiente paso que en el actual, pendientes de lo que tenían que hacer. Muchas muescas en culatas y rifles, cuchillos de hojas afiladas hasta la saciedad y empacho de sangre en los mangos. Solo unos cuantos miraban hacia el improvisado tenderete, hablaban entre ellos y afilaban sonrisas, entre tragos.

-Bueno, usted sabrá, al fin y al cabo no seré yo quien haya de cabalgar con ellos. Así pues, vayamos al verdadero motivo de mi visita.

Evans hizo ademán  de tomar la botella para rellenar su copa, mas recordó el sabor y volvió a recostarse en la silla.

-Pensaba que nunca lo diría.

Moodley dejó su copa en la mesa y no volvió a tocarla.

-En primer lugar, enhorabuena por su trabajo con la señora Wilberd, realmente impresionante. En cuanto a lo del sheriff de Oldrock city y su alguacil, quizás pecó de cierto exceso de teatralidad.

-No se mata a un sheriff a escondidas. Una vez salta la pólvora ya da igual todo; cuantos más bandidos vieran, menos ganas tendrían de ir tras nosotros. Los cables del telégrafo están cortados y dejé a tres hombres escondidos por las afueras para cazar “palomas mensajeras”. Eso nos da el tiempo suficiente para hacer lo que queda del trabajo sin visitas inesperadas.

-Ya veo, todo bien atado. Un tanto tosco, pero son sus métodos. El caso es que lo consiguió y es momento de que cumpla mi parte del acuerdo. La señorita de la que le hablé se llama Tabitha Seanlan y se encuentra en un pequeño pueblo unas cuantas millas tras cruzar estas dos magníficas columnas de piedra. Aquí tiene un plano del lugar y una fotografía de ella, ha pasado tiempo, puede que esté un poco cambiada.

Evans tomó la fotografía y memorizó el cuerpo, la cara y cada uno de los rasgos más característicos.   

-Bien, ¿alguna cosa más?

-Ella suele dormir en una cabaña que hay arriba del pueblo, en la arboleda, cerca de lo que era la antigua mina. La acompaña el dueño de la cabaña, una especie de montañés que tiene buen ojo con el rifle.

-Perfecto.

-Ah, recuerde nuestro trato, quiero ese pueblo limpio; cualquier superviviente significa un problema que no puedo permitirme.

-¿Niños?

-¿Acaso importa?

-La gente se pone nerviosa con eso.

-No, no hay niños. Hay más mujeres, espero que no se sientan cohibidos al respecto.

-Déjese de ironías. Eso puede hacerse.

-Pues eso es todo. Solo me queda desearles suerte. Si me permite un último consejo, no los subestime. Otro grupo ya ha caído intentando lo que ustedes están a punto de hacer.

Evans se incorporó, chasqueó la lengua y, mientras se guardaba el plano en el chaleco de cuero, dirigió sus últimas palabras al traje de negro.

-Es usted un tipo listo, Moodley. Si hubiera pensado que el otro grupo iba a conseguir la faena, jamás me habría llamado. Gracias por cansarlos; dentro de poco tendrá un buen motivo para brindar.

lunes, 11 de mayo de 2015

La espera

El sol desaparece tras el horizonte, la luz se desvanece pero las palas continúan cargando polvo y ceniza. Rostros sucios y sudados, labios resecos, miradas turbias y portes pesados. Todos, en silencio, trabajan duro para no dedicar un segundo a imaginar el destino que van a sufrir. Han conocido el terror de la lucha, el dolor y la pérdida que deja la muerte, pero nada supera el vivero de terribles visiones que otorga la espera.

Hacía tiempo que DeLoyd y Ángel habían partido en busca de ayuda... demasiado tiempo. Todos continuaban las tareas de reconstrucción. Solo Jonowl y Tabitha seguían observando el horizonte, desde el puesto elevado en la arboleda, pero ya no buscaban el traje blanco del alcalde ni el sombrero ancho del conductor de la diligencia. Ahora permanecían en su observatorio con la funesta tarea del vigía que sabe que cualquier novedad traerá la desgracia.

Había escalofríos, nervios y sombras en la mente. Las reacciones repentinas y los ojos, cuyas pupilas cristalizaban las almas erizadas, mostraban el cable tenso que recorría a cada uno de los habitantes del pueblo. No se trataba de un susto, un estallido nervioso que, como cuerda de arco tensada, se disipara al pasar el trance. No existía el alivio de la presión ejercida con un fin u objetivo, se trataba más bien de un estado de alerta permanente. Ese peso los iba aprisionando cada vez más hasta el punto de hacerles desear que llegara el final.

El sheriff Nake caminaba sombrío, llevando las maderas que aun podían reutilizarse para que Ralph y los otros pudieran reparar un pueblo que, con total seguridad, iban a perder. Miraba la tabla, quemada por los bordes, y recordaba la misma espera años antes, cuando su vida corría peligro y se vio obligado a marcharse, para ahorrarle problemas al pueblo. Observó al resto de la gente, abatidos pero fieles a sus principios; ahora, al menos, las cosas eran distintas.

Entonces Jonowl dio una voz. Un carro se acercaba por el sur, el lado contrario al que se macharon DeLoyd y Ángel. Ni rastro de peligro, solo una mujer y dos hombres; uno de ellos llevaba ropas de predicador. 

La novedad trajo algo de aire fresco y todos fueron al encuentro.

El sheriff se adelantó y llevándose la mano al sombrero, saludó.

-Buenas tardes caballeros; señora.

Conducía el carro un tipo bajo y corpulento, a su lado iban el predicador y una mujer, en quedo combate por hacerse sitio en el banco. Por la parte del carromato asomaba un perro y las miradas curiosas de dos niños.

-Buenas tardes, sheriff. Mi nombre es Zek. ¿No será, por ventura, este lugar Canatia?

-Así es, reverendo.

Zek se disponía a contestar cuando la viuda del desierto le interrumpió.

-¡Así que este cenicero es el bendito pueblo que nos iba a ofrecer un gran porvenir! ¿No te cansas de equivocarte, papagayo?

El sheriff calló en seco y una sonrisa rompió la palidez de su rostro. El resto de la gente rió ante el estallido de la mujer.

-Mire bien, señora, no deje que el evidente desastre nuble su juicio. Sin duda este no es el pueblo que usted recordaba. Si mira más allá de los escombros verá que hay casas, un banco y hasta parece que aquello es un saloon. Busque en el pasado y podrá valorar las evidentes mejoras que ha habido o ¿acaso ha olvidado el interés que despertaba su documento?

Al escuchar aquello, Edgar se acercó sorprendido.

-Un momento, reverendo, ¿ha dicho documento? No estará usted hablando de una concesión en este pueblo.

-Eso mismo, caballero. Es un documento que tenía el marido de la señora aquí presente y que pasó a su poder tras la defunción del mismo.

-Mis condolencias, señora.

-Gracias caballero, pero ya he llorado suficiente. En cuanto al documento, indica que tengo derecho a un lugar donde vivir; pero aquí el reverendo me habló de un pueblo en pleno desarrollo...

-Vamos, señora, no deje que el desánimo la posea. Nuestro Señor nos salvó de los bandidos y permitió que llegáramos aquí. Sin duda es designio suyo que nos establezcamos y ayudemos a estas gentes.

-Deja de hablar de ese Señor, que más parece tuyo que de nadie, a juzgar por cómo lo invocas una y otra vez cuando te interesa.

-Señora, no me mente al altísimo como si fuera una deidad barata. No olvide que si está usted aquí es porque Fred y un servidor acudimos en su ayuda.

La viuda del desierto abrió los ojos como platos, frunció el ceño y esgrimió el dedo índice contra el ministro del señor.

-¡Será posible lo que estoy oyendo! ¡Jamás les pedí ayuda, ni a usted ni a su amigo! ¡Yo sola hubiera bastado para protegerme de esos tipejos, como he hecho tantas otras veces! ¡Mire señor, se lo dije una vez y se lo vuelvo a repetir; ese dios del que tanto habla me dejó en medio del desierto porque sabía perfectamente que podría cuidarme! ¡Aun le diré más, estoy convencida de que la culpa de que esos individuos vinieran es suya, del mismo modo que es responsabilidad suya que ya no quede ni rastro de mi antigua casa!

Fred soltó las riendas, apoyó la barbilla entre sus manos y miró hacia la gente del pueblo con resignación.

-¡Señora, ya está bien! ¡Comprendo que ha estado viviendo allí sola durante mucho tiempo y que está un poco asilvestrada, pero no debería olvidar que algo en su alma estaba roto ya que era incapaz de abandonar aquel lugar! ¡Tenía miedo, comprende? ¡Miedo porque necesitaba volver a estar en paz tras tanto tiempo sobreviviendo!

La mujer enrojeció de ira, el pelo se le erizó, los ojos fulminaron a aquel hombrecillo y una voz surgió hiriente hacia quien con tanta libertad osaba hablar de ella.

-¡Tú! ¡Tú, reverendo de pacotilla! ¡No vuelvas a permitirte hablar así de mí! ¡Qué sabrás tú de sobrevivir si no es a costa de otros! ¡Como vuelvas a insinuar que tenía miedo, como vuelvas a afirmar que no podía abandonar el que por tanto tiempo fue mi hogar, te volaré la otra oreja y te partiré los dientes como hice con tu amigo!

Ya no se oían risas, todo el público era una fila de bocas abiertas incapaces de asimilar la fuerza que aquella mujer despedía. Fred se apartaba cada vez más, mientras el reverendo, firme como una roca, tomaba aire para disparar su réplica. Pero el sheriff se acercó a ellos, extendió ambas manos e hizo ademán de llamar a la calma.

-Por favor reverendo, señora, tranquilícense. No sé qué diablos les habrá pasado en ese lugar del que hablan pero es evidente que necesitan descansar.

-No sheriff, me temo que la señora es así, está en su naturaleza.

-Oh vamos, habló el santo varón que lo primero que hizo al llegar fue intentar coger mi dinero y el maldito documento.

La indignación rasgó ahora el rostro de Zek, quien encajó airado el golpe y se dispuso a devolverlo.

-¡Maldita sea, cálmense de una vez o los llevo a la cárcel!

La voz del sheriff resonó en todo el pueblo. Fred pareció aliviado. La viuda y el reverendo miraron hacia otro lado dispersando la rabia.

-De acuerdo, ahora que están más tranquilos, dejen que les explique la situación. Ese documento que trae la señora es válido y le ofrece el derecho a un terreno en este pueblo. Aunque nuestro alcalde está ausente, el señor Edgar podría hacerlo efectivo en cuanto quieran y, créanme, nos vendría muy bien un reverendo, pero antes de que decidan nada, me veo en la obligación de indicarles la situación en la que nos encontramos.

Will Nake fue concreto y preciso. Seco y sin las florituras ni los giros propios del alcalde, les expuso la situación y cómo, en caso de quedarse, su vida correría peligro, porque todo parecía indicar que el desastre que alcanzaba a la vista no era más que el anuncio de la verdadera catástrofe.

El silencio volvió a los del pueblo. El mismo silencio que se adueñó de Fred, la viuda y el reverendo. La ira se había esfumado y los ojos miraban al suelo dejando espacio al cerebro para asimilar los cambios.

-Bueno... siendo así... Quizás sea voluntad del señor continuar. Podríamos acudir a algún otro lugar y pedir ayuda, por si su gente no llegara a tiempo.

La viuda miró hacia atrás, en el carro y vio los rostros de los chiquillos y el perro; los cuatro trastos amontonados, y un par de retratos colgados patéticamente de una cuerda a un lado del carro 

-Nos quedamos.

Zek se giró sorprendido.

-¿Cómo que nos quedamos?

-Digo, Zek, que nosotros nos quedamos. Aquí tengo una casa, ¿a dónde voy a ir si no? 

El sheriff intentó buscar las palabras más adecuadas.

-Señora, piénselo bien. Usted no estuvo aquí la última vez, no puedo garantizar su seguridad.

-No es seguridad lo que busco. Lo único que necesito es un sitio donde esconder a los niños hasta que todo pase. En cuanto a ti, reverendo, ya me has traído aquí, has cumplido tu deber, vete pues a donde sea que debas ir.

La respuesta asomaba clara y dispuesta en los labios del reverendo, mas cruzó su mirada con la de Fred y contuvo un segundo el aire. Recordó días antes cómo miraba la concesión de terreno cansado de deambular de un lado a otro, quejándose por el merecido premio que nunca le había sido otorgado.

-Sheriff, ¿es eso de allí una campana?

-Así es.

-Sea. Creo que el señor verá con buenos ojos que nos quedemos a ayudarles, a cambio de que el último piso de esa torre se convierta en una iglesia y allí pueda ejercer este humilde siervo.

-Cualquier ayuda es bienvenida, pero le aviso que ese edificio forma parte del saloon, reverendo; no sé si será lo más apropiado...

-Lo será, sheriff, lo será.

lunes, 4 de mayo de 2015

Cerrando acuerdos


Una capa gris enturbia el cielo y tamiza la luz. No hay viento, ni brisa, ni fuerza que alce las velas. Las densas y pesadas nubes, incapaces de aligerar su peso, siguen ancladas frente al sol, cociendo su vapor y enviando a la tierra una asfixiante atmósfera. Nadie en Oldrock city parece celebrar nada; cruzan la calle sin el alboroto diario, pisan el polvo sin fuerza. Sofocados, parecen intuir lo que se acerca.


Los primeros llegaron por la parte norte de la ciudad. Rostros secos y fieros, miradas decididas y mandíbulas tensas. Cabalgaban al paso, agrupados, llenando la calle de uno a otro lado. Los lugareños se refugiaban en los porches, mientras, cabizbajos, evitaban cruzar miradas con los visitantes. Nadie alzó la voz ni preguntó intención o procedencia. Ese día, más que nunca, la mayoría encontró una razón para regresar a casa.

El segundo grupo entró por el sur. Tan solo cuatro jinetes con ropas buenas, domadas por el viaje. Golpe firme de herradura, resoplido de bestia, músculos tensos de jinete y montura. Los pañuelos tapaban sus caras, el silencio les rodeaba y emitían a su paso un aura tensa, oscura y amarga, rota por el brillo mortecino de las armas.

Fue este segundo grupo el que continuó por la calle principal, dejando atrás las caballerizas, el almacén, el hotel y el burdel de la señorita Inga. Hubo miradas y susurros, siempre a resguardo, ocultos tras vidrios y paredes. Continuaron su recorrido, por la tienda de empeños del señor Schultz, hasta parar frente al sheriff y tres ayudantes que esperaban, armados, a la salida de su oficina.

Los últimos pasos se hicieron eternos, ni siquiera el polvo del camino osó alzar el vuelo. Los representantes de la ley permanecieron quietos, enteros, esperando al alcance de las palabras. Finos cables de acero atravesaban el aire y el aliento contenido de los observantes quedó quebrado por el chasquido de percutores de una escopeta.

-Caballeros, no pienso repetirlo. Bajen ahora mismo esos pañuelos y dejen sus armas.

La respuesta quedó en espera. Los ojos de uno y otro bando escudriñaron al contrario, la pupilas se movían frenéticas mientras las mentes analizaban las opciones, tanto de aliados como oponentes. Un segundo después, uno de los cuatro jinetes se adelantó con un papel en la mano, bajó su pañuelo, miró con su ojo desfigurado y rasgó con su voz el espacio existente entre él y el sheriff.

-Usted debe ser el sheriff Rob H. Sugart. Y, si no me equivoco, ese de ahí es Ed Harrigan.

-Los mismos. Ahora dejen sus armas o vacío estos dos cañones sobre sus caras.

Es posible que sonriera, quizás fue un acto reflejo o algún tipo de aviso a los suyos; la verdad es que cuando el sheriff apretó el gatillo, tenía ya una bala alojada en la cabeza. Las postas se dispersaron a un lado, hiriendo a uno de los jinetes. De los tres ayudantes, los dos más expertos tardaron instantes en reaccionar, el tiempo justo para que el plomo acabara con ellos. El último permaneció apuntando, rígido, con un vendaval en las entrañas, hasta que otro disparo le otorgó el descanso.

El estruendo de pólvora aun resonaba entre las casas cuando el primer grupo avanzó al galope, desde el norte, hacia sus compañeros. Retumbaron los cascos, aullaron las voces y recorrieron el lugar acercando la muerte a todo aquel que osara mostrarse.

Cuando el polvo se dispersó, solo los agujeros de bala en maderas y cristales evidenciaban el paso de los jinetes. Tardó la gente en salir, animada por la lejanía del temblor en la tierra, en acercarse a los cadáveres del sheriff y sus ayudantes y ver sobre ellos un papel en el que aparecían escritos dos nombres.

A lo lejos, en dirección suroeste, podía verse la nube de polvo bajo el cielo gris de aquellos jinetes depredadores dirigiéndose hacia su siguiente presa.

Más allá un carro atravesaba el desierto de vuelta a casa, mientras otro cruzaba el umbral de un nuevo hogar coronado de cenizas, ruinas y desconfianza.

lunes, 27 de abril de 2015

De guerras y batallas

Poco más de mediodía, sol oculto tras las nubes. Todo el pueblo está congregado frente al saloon. El hombre de traje blanco permanece en pie sobre el carro. A su izquierda se encuentra Ángel, asido a las riendas, con la mirada fija en el camino, lejano, pensando en la sangre, los muertos y en por qué no llegó a tiempo. Oye la voz mas no la escucha, esperando el momento de dar la orden de marcha, la única salida que les queda.

DeLoyd se mostraba firme, como capitán en su barco. Traje blanco impoluto, sombrero de paja y bastón con plata. Emitía una voz solemne, serpenteada de gestos enérgicos y fluidos. El brillo de Augusto relucía en su mano.

-Afirmar que no tenemos otra opción, supone resignarse; siempre hay otra opción, aunque sea la aceptación de la noche. Esta senda la tomamos por ser la más adecuada. No se trata de conformarse, sino de aprovechar todos los medios disponibles. Sé que saben luchar, bajo nuestros pies está la prueba de ello. Les he visto combatir como cien, al defender lo que es suyo. Y han aguantado lo imposible por salvar cada pedazo de esta tierra. Sé que de volver a ocurrir, actuarían de igual modo, porque nadie piensa en la huida cuando está defendiendo el hogar que ha sido construido con sus propias manos.

La gente miraba al hombre sobre el carro. Escuchaban atentamente y asentían de vez en cuando. Jimmy y Lily, puestos al corriente, estaban con el resto, dispuestos a lo que hiciera falta para defender su sitio en aquel extraño lugar; mas el Dr Well veía, aterrado, la proximidad de la sangre que creía haber dejado atrás. Vera estaba junto a Bison que se mantenía en pie con dificultad apoyado en unas muletas. Ralph miraba, rejuvenecido, ante el portal de su herrería, junto a un sombrío Edgar que había cambiado el libro de cuentas por un revólver en el cinto. Edward escuchaba con atención, mientras sus ojos recorrían cada una de las fotografías que tomó del campo de batalla.

-Y han de tener en cuenta que volverá a ocurrir. Moodley ha decidido tomar este sitio y usará todo cuanto tenga a su alcance para conseguirlo; no va a esperar ni a darnos más tiempo. Es mejor aceptar cuanto antes que las bestias solo han sido el principio. Amigos, les doy mi más sincera enhorabuena por haber sido Hércules: fuertes en determinación y fieros en el combate. Pero esta guerra no va a ganarse solo con la fuerza, es tiempo de ser Ulises. Sé que alguno podrá estar en contra y no le culpo por ello, mas desconocemos la naturaleza de lo que ha de venir, solo tenemos la fatídica certeza de que llegará. Es por eso que debemos avisar al sheriff de Oldrock city, que este organice una partida, y si hay que llegar a algún acuerdo para ello, que así sea.

Will Nake miraba desde el porche, sentado en su mecedora, con los pies apoyados en la barandilla y el gesto torcido. Echó un buen trago de café y escupió sonoramente en el suelo algo amargo que era incapaz de tragar.

-Bien, alcalde. Entonces nos queda perder el pueblo a manos de ese tal Moodley o dejarlo a merced de los de Oldrock, porque sus señoritos cobraran cara la ayuda. Ea, pues veamos lo que nos trae ese señor M. Si ha de quedárselo, que sea con nuestra carne encima, a ver si se le atraganta. Porque, digo yo, ¿no éramos idiotas?

Hubo un revuelo que sacudió hasta Jonowl y Tabitha, vigilantes en la colina. Las entrañas pedían defender lo suyo, pero las cabezas ansiaban conservar la vida. Fuera como fuera, algo quedaba claro: si la gente de la ciudad metía mano en el pueblo, todo cuanto habían construido se perdería. Un cable se destensó en cada estómago, tanto abajo como arriba en la colina, al resonar aquella frase: “¿No éramos idiotas?”... y brotaron las risas junto a las voces de aprobación.

DeLoyd comprendió que ninguno de ellos encontraría sentido a luchar por un lugar como cualquiera de los que habían abandonado; que solo se dejarían la piel por aquel sitio en medio de la nada: el triste río seco que separaba las destartaladas torres del saloon, la mina muerta, la colina junto a la arboleda y aquel conjunto tosco de casuchas. Sin aquel grano de arena en medio del desierto, nada tenían; ya que todo cuanto eran lo habían creado junto a aquel lugar. Realizó entonces su último intento, movió los brazos para recuperar la atención y jugó la baza intermedia.

-De acuerdo, tienen razón. De nada sirve salvar este sitio si los de la ciudad deciden sobre él. Pero ello, lejos de llevarnos a un callejón sin salida, nos marca la pauta a seguir. Déjenme, pues, que hable con el sheriff de Oldrock. Todos convenimos en la imposibilidad de que alguien decida sobre este pueblo, pero ello no invalida algún tipo de acuerdo económico. Por favor, esperen a que hable con esa gente a ver que acuerdo podemos conseguir. Debo actuar con presteza, porque los engranajes de Moodley siguen en marcha.

Se realizó la votación y las manos, algo dubitativas, se alzaron al final. Acordaron que ninguna influencia sobre el pueblo sería cedida, así como la negativa a aceptar tratos como el que Moodley intentó hacerles, pues ningún sentido tenía acabar pactando con otros lo que negaron en un inicio, poniendo en peligro sus vidas. Cualquier arreglo final debería ser asumible por el pueblo tal y como había sido concebido.

DeLoyd asintió, se despidió con brevedad, rompió la pose y, al ir a sentarse junto a Ángel, no pudo evitar que su rostro cristalizara las dudas que albergaba en el alma. Se quitó el sombrero de paja y Augusto extinguió su brillo.

Detrás quedaban ya las casas, la colina y la arboleda, engullidas por el horizonte. Tras el carro, solo las dos columnas de piedra se erguían gigantescas. DeLoyd seguía con el rostro nublado; los ojos desenfocados apenas distinguían las pequeñas variaciones del desierto. Entonces, su mano asió el brazo del conductor y sus labios susurraron una orden.

-Pare.

Ángel detuvo el carro. Todo a su alrededor era arena, un mar amarillo bajo un cielo gris sofocante. Solo una leve brisa rompía la asfixiante monotonía. Nada a la izquierda ni a la derecha.

-¿Y bien?

-No hay nada que hacer, Ángel. Dije de acudir por emplear hasta el último aliento, pero cualquier acuerdo pondrá a Canatia en una situación imposible de aceptar. Haría todo cuanto estuviera en mi mano, utilizaría cualquier medio; pero esta vez ellos tienen la solución y nosotros poco que ofrecer, salvo, desgraciadamente, lo que no queremos dar. Van a pedir lo mismo que quería Moodley.

Ángel asintió. Él, más que nadie, conocía a las gentes de Oldrock. Nada diferentes a los de otras ciudades, ni peores ni mejores, y, por eso mismo, perfectamente capaces de vivir en paz realizando lo indeseable en un lugar lejos de su hogar.

-En otro tiempo daría por hecho que había llegado el momento de abandonar, pues nada encontraremos al volver sino el fin. Pero por mucho que me repito lo absurdo de perder la vida en tales circunstancias, esta vez soy incapaz de irme sin notar un gélido e insondable vacío. No hablo de culpa ni de pena, hablo de pérdida. Es estúpido, porque miro allí y solo veo un puñado de cuadros y edificios toscos, huelo las ascuas del tabaco dentro de la pipa de maíz y escucho las voces y las risas de cada uno de esos individuos a los que jamás hubiera dedicado siquiera una mirada. Recuerdo todo eso, lo pienso y comprendo que no vale nada; apenas un puñado de monedas, que, sin embargo, soy incapaz de encontrar. Es tan estúpido que, definitivamente, solo puede ser cosa de idiotas...

Ángel seguía cabizbajo, mirando las riendas del carro que lo trajo allí por primera vez, su mano izquierda, herida por el viento y el sol, y el aplique de metal que Ralph le había hecho para cubrir el muñón del brazo derecho. Recordó el dolor y la sensación, aun latente, de poder cerrar cada uno de los dedos. Los dobló hasta formar un puño y algo despertó en su mente.

-Ellos... ellos DeLoyd. ¡Ellos nos ayudarán!

-¿Ellos quienes?

Ángel puso el brazo ante los ojos del hombre de blanco.

-¡Ellos, DeLoyd, ellos! ¡Esos malditos demonios! ¡Me costó una mano! ¡Dijiste que no les haríamos nada, que todo iría bien porque nadie más les permitiría continuar su vida! ¡Me costó la maldita mano, recuerdas? ¡Ya va siendo hora de que nos devuelvan el favor!

Durante un segundo pensó objetar, pero pronto se disipó toda duda. La espalda volvió a erguirse y los ojos enfocaron de nuevo, enfrentándose al entorno.

-¡Exacto, eso es! Ellos quieren... necesitan que todo siga igual y no van a conseguirlo con nadie más. Si Canatia cambia, el cambio se los llevará por delante. El acuerdo es sencillo y provechoso para ambas partes, los mejores pactos surgen de dichas cualidades. Amigo Ángel, los dioses han querido devolverle alguna cuenta pendiente, porque no ha podido tener mayor claridad en momento más oportuno. Ponga rumbo a la isla de las rocas, pero conténgase y déjeme hablar a mí.


-Sea, pero nada de dioses ni supercherías de esas. Esto ha sido cosa de un servidor, que dejé una parte de mí entre esos salvajes.

lunes, 20 de abril de 2015

Las cosas van a ir mejor


Cuatro ruedas atraviesan la calle principal. El rocío de la mañana ha oscurecido la capa de ceniza. Huele a humo y a pérdida, bajo los escombros aun brillan mortecinas las brasas. La atalaya está derruida, la herrería parcialmente quemada, la casa de Tabitha libre de puerta y la oficina del sheriff y el banco dañados. Will Nake deja una de las maderas quemadas y espera en pie; tras él, Edward y Ralph, no quitan ojo a los recién llegados.


-Disculpe, caballero, ¿falta mucho para un lugar llamado Canatia?

El sheriff observó detenidamente al viajero añejo de chistera y al joven de semblante seco y la chica albina que aguardaban dentro del carro. Miró a su alrededor y dibujando un arco con su brazo derecho, abarcó todo el desastre que los rodeaba.

-Está usted en él, señor...

-Well. Dr. Well, para servirle.

-¿No tiene nombre, doctor?

-Alguno tengo. Pero si busca familiaridad, puede llamarme doc, me es más cercano que el que me otorgaron mis santos padres.

Well mantenía ambas manos a la vista, sujetando las riendas. Sonrió ampliamente y enarcó una ceja en un gesto simpático y sutil.

-Está bien, doc, como ve tenemos algo de trabajo. Así que, ¿por qué no me dice qué le trae por aquí?

-Un acuerdo legal, sheriff. Vengo a entregarle un ayudante...

El viejo doctor se giró teatralmente y señaló al joven Jimmy que bajaba del carro para acercarse al sheriff Nake. Ralph y Edgar vigilaban cada uno de sus pasos, la tensión crecía por momentos hasta que Jimmy echó mano dentro de su camisa y sacó el contrato. 

-Calma señores, el viejo tiene razón; este documento así lo acredita. Mi nombre es Jimmy One, y vengo a reclamar el cargo de alguacil. Sheriff, si quiere puedo darle más credenciales y una carta de recomendación.

-Está bien, trae todo lo que tengas, ayudante, cuanto más mejor; últimamente las visitas no han sido muy agradables... hay algo que debes saber antes de aceptar el cargo. Vayamos a mi oficina, el tejado se ha venido abajo, pero casi mejor; tenía goteras. Hay café de tres días, ¿te gusta el café frío?

-Con que me mantenga despierto, me vale.

-Bien, eso es un buen comienzo...

Well se quitó el sombrero y saludó ceremoniosamente a Ralph y Edgar. A su lado apareció la joven figura de Lily y su bello rostro sonriente acabó de soltar el cable tenso que los aprisionaba.

-Y digo yo, caballeros. Con tanta desgracia como parece haberles acontecido, aventuro la necesidad de un hombre versado en las artes de la medicina. ¿Tienen por fortuna un doctor en este pueblo?

-Sí señor -contestó Edgar-, Tabitha es quien se encarga de ello.

-Mmm, a menos que responda a un capricho cultural, en cuyo caso no tengo objeción alguna, ese es nombre de dama.

-Así es, señor Well. Tabitha es nuestra doctor.

-Comprendo que la situación puedan haberles conducido a tomar medidas extremas. Pero ya no son necesarias. Amigos míos, a partir de ahora pueden disfrutar de los servicios de un verdadero médico.

-Se agradece el ofrecimiento señor, pero Tabitha trabaja bien. Como ella dice, basta con saber hacer las cosas, al fin y al cabo son los actos los que presentan a las personas.

-¡Valiente sandez! ¿De dónde habrá podido sacar esa pobre criatura una idea tan absurda?

Ralph y Edgar miraron más allá de Well, al otro lado del carro. Unos pasos decididos marcaban la inminente respuesta y algo dentro del viejo doctor, le hizo saber que debería tragar con amargura sus palabras.

-Esa idea, señor, fue lo último que pronunció un viejo doctor que a estas alturas debería estar más que muerto.

Aquella voz le cerró los ojos de golpe. Se caló el sombrero y, al abrigo de la oscuridad, buscó, en todo su repertorio, la salida adecuada. Tras un latido, abrió los ojos, extendió las manos y se giro hacia Tabitha con su mejor sonrisa.

-¡Querida amiga! ¡Tenía razón, no es cierto? ¡Salisteis de aquel infecto lugar y ahora sois doctor en un respetable pueblo! Perdonad todos las palabras de este viejo, pues donde dije simple dama jamás hubiera puesto a esta magnífica persona. Tan alta dignidad de saberes y habilidades no puede asociarse a características mortales. Ella es, sin ninguna duda, la maravillosa excepción. Tabitha, ahora os recuerdo, mi amiga. Una entre un millón y, por lo tanto, el argumento aplastante que evidencia cuán grande ha sido mi error.

-Me da igual, lo que piense o lo que diga, Well. Pero le di todo mi dinero, para que hiciera más llevaderos los últimos días de su vida. Mucho bien han debido hacerle porque aun corre sangre por sus venas.

-¿No es fantástico el cuerpo humano? Una experiencia cercana a la muerte solo puede transmitirse con el consiguiente revivir. Tengo tanto que contaros, amiga. Tantas cosas vividas y aprendidas... no podríais imaginar todo lo que ahora sé. Podríamos volver a trabajar juntos, los dos. Sus manos jóvenes y habilidosas y mi experimentada mente. Como en los viejos tiempos, salvando vidas, ¿recordáis todo lo que aprendisteis?. ¿Qué me decís, amiga?, ¿volveríais a trabajar para mí?

-¿Para usted? ¿Pero acaso su descaro no tiene límites? Pues bien, sepa que todo el dinero que le di para aliviar su muerte, se convierte en deuda al conservar su vida. Cierto es que me enseñó todo lo que sabía, y yo lo pagué bien trabajando. Ahora es el momento de que usted pague, o daré parte al sheriff para que rinda cuentas.

-Pero, mi querida amiga, no tengo con qué pagaros. 

-Seré breve porque ahí dentro hay un hombre gravemente herido. Es un buen hombre que casi pierde su vida anoche, pero un tanto brusco ante los cuidados del médico. Ahora mismo está ayudándome un amigo, que podría estar con el alcalde y el resto, enterrando a otro de los nuestros que cayó ayer. Así que ya está empezando a devolver su deuda. Haga el favor de bajar de ese carro y asistirme como enfermero. Y no pierda el tiempo hablando, no pienso escucharle; sé muy bien que acabará liándome.

-Pero, querida Tabitha, no pensaréis que...

Tabitha ignoró sus palabras y se dirigió a su casa. De lejos podía verse la mesa y parte de la fornida figura de Bison, blasfemando, cubierta de trozos de tela empapados en sangre. Junto a él, Jonowl tiraba de unas cuerdas a la vez que intentaba evitar cualquier daño que pudiera hacerse.

Well miró a su alrededor en busca de algún asidero donde apoyarse. Pero Ralph y Edward sonreían divertidos ante la escena. Lily abandonó todo intento por ocultar la carcajada y, poniéndole la mano en el hombro, le dijo alto y claro.

-¡Te ha calado, doc! ¿No querías un trabajo? ¡Pues ya lo tienes! No sé lo que se te estará ocurriendo pero no te aconsejo ponerte a malas con el sheriff, más aun teniendo en cuenta que Jimmy es ahora su ayudante. Yo de ti echaba un buen trago, hacía de tripas corazón y me ponía al servicio de una mujer. ¿Sabes? Al final tenías razón, las cosas van a ir a mejor.

lunes, 13 de abril de 2015

Instrumentos

Noche clara y despejada. Noche sin luna. Noche muerta y vacía. Noche oscura fría y enlutada. Abajo en las casas, un silencio opresivo. Arriba en la cabaña, dos grandes ojos vigilan inquietos una suerte de sombra, de movimiento sigiloso, dividiendo su forma en famélico enjambre. Los ojos baten sus alas y ulula su aviso. Reúne valor y despierta el arma, esta será una noche ensangrentada.

El crujido agudo de cristal rasgó sus sueños. Abrió los ojos de golpe y tomó todo el aire de la habitación.  A tientas buscó el peso confortable del bastón y luchó contra el quejido de la madera al incorporarse. La trampilla que comunicaba su atalaya con el piso inferior seguía cerrada y sobre ella descansaba el cuadro de Jed con el marco partido y fragmentos de cristal dispersos por toda la sala.

-¿Qué demonios quieres ahora, maldito idiota?

Fue a calzarse y a por algo para recoger el estropicio cuando, al pasar por la ventana, observó una gran masa informe, agazapada en la calle, caminando hacia el saloon. La oscuridad no ofrecía mayor detalle y encender una luz hubiera delatado su posición. Así que apoyó ambas manos en el quicio de la ventana y se esforzó cuanto pudo en definir aquel cordón de formas encorvadas. Una de ellas parecía más grande de lo normal, otras dos estaban unidas de alguna forma y del resto, un amasijo difícil de delimitar, solo acertó a distinguir dos relucientes ojos amarillentos que, atravesando la oscuridad y el traslúcido manto del vidrio, escrutaban su posición. Sentía como si pudieran adivinar su figura, como si recorrieran su contorno en busca del indicio, el más mínimo temblor, que delatara su presencia. Aguantó cuanto pudo el aire, hasta que el cuerpo pidió auxilio; aflojó la presión de las manos y comenzó a expirar pausadamente hasta que llegó: un pestañeo, un gesto, un cambio leve de postura... algo detonó el mecanismo y la mecha prendió en el tenso silencio; los dos ojos se abrieron más y pudo adivinar el brillo perlado de unas fauces afiladas. Se echó hacia atrás, tragó el terror y, reincorporándose, abrió la ventana y dio con todas sus fuerzas la voz de alarma.

Con el grito, una luz se encendió en el piso superior de la torre segunda del saloon y la masa oscura hirvió confusa hasta que una voz salió del contorno, mostrando su figura de barba y bigotes erizados bajo sombrero de copa desproporcionado, y comenzó a vomitar órdenes. Pudo escuchar el peso metálico de unos grilletes y observó horrorizado como los ojos corrían hacia su atalaya; tras él, la sombra más grande se irguió, hasta alcanzar dimensiones titánicas, y se dirigió hacia uno de los postes que sustentaban la atalaya.

DeLoyd apenas tuvo tiempo de dejar el bastón, coger un viejo revólver y tomar un puñado de balas, cuando el primer crujido reveló la gravedad del temblor. Por la ventana pudo ver la cabeza de aquel gigantesco ser, rozando el primer piso, y sus dos manos empujando con fuerza la estructura. La primera bala saltó con una nueva sacudida. La segunda cayó de su temblorosa mano al intentar cargarla. Para la tercera tomó un segundo, ató los nervios y consiguió introducirla en el tambor. Guardó el resto de balas en un bolsillo de su pijama, abrió la ventana y presionó el percutor con el pulgar. Se asomó lo necesario para asegurar el tiro, aguantó el aire, se mordió ligeramente el labio y, antes de apretar el gatillo, un terrible crujido desencadenó la tormenta de astillas que echó todo abajo.

Las sombra erizada seguía vomitando órdenes.

Un par de criaturas arremetieron contra la puerta de la casa de Tabitha, los clavos de los goznes salieron disparados y las bestias entraron destrozando todo a su paso. Hachas y dientes; sudor, espuma y babas; sed de sangre y hambre de almas.

Una mujer enorme, con abundante vello por toda la cara, tenía a Ralph agarrado por el cuello con ambas manos, sintiendo el esfuerzo de su tráquea por ensancharse para dejar pasar el aire, los golpes mal dirigidos y el latido insistente de desesperación. Mientras una de las manos de Ralph buscaba en la herrería algún asidero para seguir con vida, aquel ser apretaba con todas sus fuerzas, sus rechonchos dedos quedaban emblanquecidos por la presión; constreñía con la ira liberada el día que derramaron sangre por primera vez, con el ansia de quien ha estado sojuzgado durante años y sabe que, en el momento en que cese su ataque, volverá a su antigua posición. Envilecida, mantenida por el odio, el único sentimiento capaz de mantenerla libre, sostenía su férrea presa hasta que el frío romo de un martillo abrió su cráneo y rompió toda atadura con el mundo terrenal.

Entonces se vieron varios chispazos y una llama creció entre las sombras. Dos jóvenes, unidos por el costado, corretearon por el pueblo con botellas, trapos viejos y una antorcha. Entre risas alocadas   de júbilo y ojos desorbitados por la dulce venganza frente a años de insultos y vejaciones, unieron fuego con madera y abrieron las puertas del infierno.

Entre el humo y el fuego, DeLoyd sacudió la cabeza y apartó los restos de madera que quedaban sobre él. Pestañeó un par de veces y limpió con su manga los ojos que, aun escocidos, observaron al gigante, azul a la luz de la llama, erguido frente a él. Un coloso de fuertes músculos, poderoso, majestuoso y noble, la representación física de la fuerza de la naturaleza, roto por el odio. Rugió y  hermanó su grito con el trueno, apagando todo resto de valentía en las entrañas del alcalde. Se agachó y cogió una de las vigas tronchadas con la misma facilidad que un garrote y lo alzó como un titán, conocedor, al fin, de su poder y fuerza, dispuesto a romper a uno de aquellos minúsculos seres que durante tanto tiempo lo habían sometido. Pero el índice de DeLoyd apretó el gatillo y la bala se alojó entre los ojos del coloso, quien, con la sorpresa cuajada en el rostro, cayó con un estruendo, eclipsando todo alrededor, como cuando algo único desaparece.

Edgar disparaba la última bala de su revólver sobre algo que difícilmente podría explicar. Y notó un dolor agudo en la corva. Cayó y, al intentar mover la pierna, notó el rasgar frío de metal contra hueso. Gritó hasta que no pudo más. Entonces unas manos cogieron su pelo y tiraron de él con fuerza, dejándolo de rodillas, exhausto y con la visión empañada de un enano con un cuchillo afilado frente a él. Torcía el labio en una mueca extraña, no sonreía, parecía dolor y rabia. Acercó el filo a su cuello y llegó a ver brotar la primera gota de sangre antes de que el sheriff Nake dispersara una lluvia de postas sobre su cabeza.

Y en el saloon, la luz salió de la segunda torre y caminó hacia la pasarela. Algunos clientes corrían como locos, empujándose, para caer frente a cuatro de aquellos seres que atacaban con cuchillos, con dientes y puños. Kornelius disparó un par de veces al aire y por un momento aquellas bestias se quedaron quietas. Bison y Vera aprovecharon para volver a meter adentro a los heridos y Kornelius disparó una vez más, a la vez que avanzaba. Las criaturas retrocedieron y los tres continuaron avanzando hasta recuperar la sala principal de la primera torre. Cruzaron las puertas abatibles y salieron al caos. Allí en medio, Andrew seguía escupiendo órdenes, con su estrella de cinco puntas de bigotes y barba erizados y el sombrero de maestro de ceremonias que siempre llevó cuando trabajaron para él. Al ver que los suyos retrocedían, volvió a arengarlos y cuando reconoció a Kornelius y a Vera, la arenga creció, concentrando casi todo el infierno en ellos.

Bison retrocedió inicialmente ante el humo y las llamas, hasta que vio que las cuatro criaturas acudían a por ellos. Se caló el bombín y blandió el garrote bufando como un loco, escuchando el crujir de huesos ajenos y notando punzadas y cortes en su propio cuerpo. Con cada golpe el aire se escapaba, el aliento se volvía pesado, la boca se secaba y el sabor a hierro de la sangre ajena se juntaba con la propia; la mirada se enturbiaba y apenas acertaba a dirigir los golpes. Notó una mordida de acero y se tambaleó pesadamente, pronto otra punzada le hirió de rabia. Ya no era capaz de ver más allá de un borrón y aun así lanzaba algún que otro golpe al aire, deseando encontrar alguna resistencia para romper y acabar con la tortura. Pero al final un nuevo tambaleo pudo con él y quedó tumbado en el suelo. Entre las brumas consiguió reconocer la figura de Kornelius, delante de Vera, disparando su pepperbox para salvar sus vidas. Vislumbró también la estrafalaria figura del maestro de ceremonias y su brazo extendiéndose, revólver en mano, sin que Kornelius pudiera verlo. El disparo no se hizo esperar y Kornelius cayó muerto, mientras Vera quedaba congelada frente a todo aquel horror. Bison hizo un último esfuerzo y consiguió levantarse un poco extendiendo los brazos, pero un nuevo golpe dispersó sus fuerzas y lo devolvió al suelo. Ya no podía ver ni sus propias manos y el aire le abrasaba al entrar cuando escuchó disparos lejanos y silbidos de balas a su alrededor; ninguna pareció darle cuando la noche lo cubrió con su manto.

Andrew apuntaba a Vera cuando otro estallido de pólvora resonó arriba en la colina y un silbido atravesó todo el campo de batalla, pasando sobre el sheriff Nake, Edward Curtis y Ralph Sugart que, junto a Edgar, se habían hecho fuertes en la herrería, sobre DeLoyd que, parapetado tras los escombros, seguía disparando y dio de lleno en la espalda de los jóvenes siameses, derramando todo el líquido y creando una columna de fuego en medio del pueblo. Los siguientes proyectiles silbaron la muerte de algunos que estaban cerca de Vera. Andrew se giró para ver de dónde provenían aquellas balas y Vera recogió la pistola de Kornelius, amartilló el arma y gritó desde lo más hondo de su alma para apretar el gatillo; el arma detonó con rabia y todas las balas que quedaban salieron a la vez, traspasando el humo hasta alojarse en la carne del maestro de ceremonias expulsándole de este mundo con cientos de palabras agolpadas, pudriéndose en su garganta.

Arriba en la colina, Jonowl palanqueaba el rifle enviando casquillos al aire, mientras Tabitha acercaba más balas. El arma había despertado y seguía igual de fría que al principio, el calor leve de cada detonación desaparecía al instante, consumido por una insaciable sed de sangre. Cada muerte era un revuelo en el ánimo de Jonowl, comenzaba a seguirlos con su mira, anticipando los movimientos, jugando con sus víctimas. La columna de fuego produjo una satisfacción indescriptible. Limpió el cuerpo de Bison de aquellos seres como quien despioja a un búfalo. Vera había acabado con Andrew y él necesitaba más blancos para saciar la sed del arma que latía con ansia por seguir matando. Barrió la zona y vio a los pocos de aquellos pobres diablos que habían sobrevivido; desamparados, sin la voz que hacía hervir su sangre, huían despavoridos. El primero cayó de un tiro limpio en la cabeza, rodó torpemente como un muñeco de trapo. Escuchó el aleteo de su compañero pero de nada sirvió, era incapaz de ver sus grandes ojos mostrando el final. Disparó a un segundo, falló y le dio en la pierna, haciéndole caer herido. Le dolió el error y buscó con la mira su cabeza, comenzó los cálculos intuitivos de distancia y viento. Llevó el índice al gatillo y se dispuso a callarlo de una vez, cuando a su lado escuchó un “Para, ya está”. Un ronroneo crudamente sincero, suave y cálido. Unas manos se posaron sobre las suyas y apartaron el arma de su cara. Poco a poco la alejó de él, hasta que todo vínculo quedó disuelto y sus propias manos fueron quienes tiraron el arma maldita al suelo, se agachó y resopló.

-Voy abajo, me necesitan. ¿Estás bien?


Jonowl se limitó a asentir y se quedó observándola mientras marchaba, colina abajo. Después respiró hondo, echó las pieles sobre el arma, se incorporó y la llevó adentro para encerrarla de nuevo en el arcón.