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lunes, 1 de junio de 2015

Rellim

No hay sol ni luna, solo una creciente claridad conquista el cielo y baña la tierra. Las siluetas de los tejados se recortan contra un gris tímidamente azulado. El silencio ilumina centenares de huellas, costras de polvo ensangrentado y saca a relucir el enjambre de casquillos que voló de madrugada. Los hombres rendidos continúan firmes, ayudando a sepultar a los muertos o intentando alejar a los vivos de la noche.

En medio de aquel erial de sonidos, un caballo relinchó. Miradas cansadas se dirigieron a la entrada del pueblo, donde seis jinetes esperaban bajo el umbral con ojos fríos, ánimo fresco y colmillos afilados. En medio de ellos un rostro anguloso de cortes marcados y sombrero ancho parecía buscar a alguien entre la triste procesión de muertos en vida.

Los del pueblo observaban con el abandono del desengaño y la incredulidad. Hubo algún resoplido, miradas cruzadas y una risa corta estalló fruto de la impotencia. En realidad nadie quería saber nada. Veían la sombra de aquellos jinetes con la vana esperanza de que fueran meros espectros del pasado; pues sus cuerpos habían aguantado hasta las últimas, sus nervios se habían tensado hasta la delgadez extrema y habían latido dos vidas durante la madrugada. Acababan de descubrir que, cuando ya daban todo por finalizado, cuando el gozo de la supervivencia les otorgó el último aliento para cuidar de los suyos, el último zarpazo de Moodley, estaba a punto de comenzar.

El jinete apoyó sus manos sobre la silla de montar y siguió buscando con la mirada entre la gente, mientras el resto seguía sobre sus monturas, moviendo únicamente las pupilas, grabando en sus cerebros la posición de los posibles objetivos.

DeLoyd dio el primer paso. 

-¿Quiénes son, caballeros?

El jinete le ignoró, se irguió sobre la silla y gritó con voz desgarradora.

-¡Will Nake! ¡Sal de donde estés!

Los ojos del sheriff se abrieron, aquella voz le hirió como un viejo gancho que hendía de nuevo su carne agujereando la nuca. Se incorporó, sentándose sobre el camastro de la celda, y miró fijamente la puerta de barrotes abierta. Echó mano de Amy, para comprobar si estaba cargada, y se sorprendió titubeando. Un recuerdo llegó del pasado y rasgó su ánimo: otro pueblo, la soledad ante el enemigo, la liberación del abandono y el amargo rescoldo de la vergüenza.

-¿Estás ahí sheriff?

Revivió el hiriente egoísmo a su alrededor: las miradas suplicantes de quienes, hasta aquel entonces agradecidos, le exhortaban a huir y el estremecedor vacío de quienes callan esperando que el mal trago pase para continuar sus vidas. Hizo acopio de valor y levantó la vista más allá de los barrotes: el suelo de madera, su mesa y la vieja silla que continuaba, sorprendentemente, de una pieza.

-¡Vamos, Nake, soy Rellim! ¡Es a por ti a por quien vengo!

Recordó el peso de la maleta al colocarla en el carromato y el dolor latente al dejar atrás su casa. Recordó cómo, asaeteados por la conciencia, nadie acudió a despedirse. Y el dolor llegó de nuevo ante aquella voz que, habiéndole obligado a abandonar su mundo, ahora regresaba de nuevo para demostrar que ocurriría lo mismo una y otra vez, hasta que la muerte cortara el círculo. Buscó a tientas, bajo el camastro, su vieja taza, mientras continuaba alzando la mirada, siguiendo los listones de las paredes, hasta el marco de la ventana donde la claridad del alba atravesaba las aguas de vidrio. Entonces lo vio. Apoyado en la puerta, con la pierna vendada, Jimmy sonreía con una taza en su mano.

-¿Un último café, sheriff?

Will alzó su taza, vieja y descascarillada, echó un buen trago y sonriendo se dirigió de nuevo hacia el joven Jimmy.

-Amargo y mohoso, como debe ser.

Se levantó con un quejido y, conforme volvió a ganar altura, regresó el color a su rostro.

Pasó junto a Jimmy y el ánimo volvió a latir al escuchar sus pasos tras él. Afuera en el porche, Lily esperaba con un winchester entre las manos y la chistera del Dr.Well cubriendo parte de su níveo cabello.  Apenas recordaba ya el peso de la maleta sobre el carro, cuando de enfrente salieron Ralph y Edgar, con pasos cansados y alguna cojera cosechada durante la batalla. Entonces, Nake sintió el paso firme y seguro sobre el suelo.

-Bien Rellim, me buscabas... aquí me tienes. Esto es algo entre tú y yo. Deja a los tuyos al margen y  esta gente también lo hará.

-¿Esos? ¡Hubiera jurado que ya estaban muertos! ¡Casi sería mejor que te enfrentaras solo!

Los jinetes dispararon sus risas, secas y ásperas, a través de la negrura de su boca, hasta que un silbido, limpio y claro las cercenó. Arriba en la arboleda, el enmarañado rostro de Jonowl acechaba con los brillos dorados de su rifle. Parecía regresar el murmullo a las filas de los bandidos, cuando un nuevo silbido surgió del primer piso del salón donde la silueta armada de Bison apareció en una de las ventanas.

DeLoyd carraspeó y se dirigió a ellos.

-Me temo, caballeros, que no tienen nada a hacer. Somos más y dispuestos a jugarnos la vida. Si contaban con el miedo para hacernos retroceder, me temo que no va a ser posible. Por si aun lo dudaban sepan que dos más de los nuestros les apuntan desde las caballerizas y que allí en lo alto, en la campana, un reverendo y una mujer, que le acompaña, también esperan el momento oportuno para apretar el gatillo...

Los jinetes estudiaban todos los frentes y parecían otear, incrédulos, bajo la cegadora campana que relucía con los primeros rayos de sol, cuando una voz de mujer brotó de allí.

-¡Que conste que yo no acompaño a nadie, es este quien se pega a mí como una costra! ¡Eso sí, tengo mi henry apuntando a la cabeza del más gordo!

Las poses se descomponían, alguna de las monturas resopló ante la tensión de su amo y los cinco jinetes miraron a Rellim cuando el sheriff se dirigió a él con Amy en sus brazos.

-¿Y bien, qué dices Rellim? ¿Arreglamos esto tú y yo solos?

La mano del bandido se cerró con fuerza y el cuero de las riendas crujió bajo su puño. Miró a los suyos que apartaban sus bestias. Solo, frente a Nake, sin ninguna posición que lo encumbrara, se le antojaba más grande. Entre sudores aflojó los dedos y recorrió mentalmente la distancia hasta el revólver, apenas a un pestañeo antes de escupir muerte. Los otros se hicieron a un lado también, manteniéndose anclados a los bandidos. Nake se mantenía firme, pero el bandido no pudo encontrar sus ojos, pendientes como estaban de sus movimientos y su revólver. Comprendió entonces que a su enemigo ya no le importaba el enfrentamiento, que no estaba sujeto al miedo, como si ya se diera por muerto y solo buscara llevárselo por delante a cualquier precio. Sabía que era más rápido, pero notaba la extraña lejanía de su enemigo y las dudas enmarañaron su alma. Intentó un primer movimiento pero la mano quedó quieta, felizmente atrapada entre las riendas. Arengó a todo el brazo, pero solo llegó a aflojar los dedos. Decidió empezar de nuevo y concentró todas sus fuerzas en un solo movimiento y empujar así su ánimo anclado; mas, al llegar al instante que separa el pensamiento de la actuación, la mano se cerró de nuevo, tiró con fuerza de las riendas y, antes de que los suyos pudieran decir nada, clamó un claro y desesperado:

-¡Vámonos!

Espoleó el caballo como nunca y gritó a todo galope hasta herir la garganta, dejando que el aire engullera su aullido.

A lo lejos, en Canatia, no hubo gritos de júbilo; solo sonrisas, palmadas en la espalda, suspiros de desahogo y la gloriosa sensación que otorga la llegada del descanso.

lunes, 11 de mayo de 2015

La espera

El sol desaparece tras el horizonte, la luz se desvanece pero las palas continúan cargando polvo y ceniza. Rostros sucios y sudados, labios resecos, miradas turbias y portes pesados. Todos, en silencio, trabajan duro para no dedicar un segundo a imaginar el destino que van a sufrir. Han conocido el terror de la lucha, el dolor y la pérdida que deja la muerte, pero nada supera el vivero de terribles visiones que otorga la espera.

Hacía tiempo que DeLoyd y Ángel habían partido en busca de ayuda... demasiado tiempo. Todos continuaban las tareas de reconstrucción. Solo Jonowl y Tabitha seguían observando el horizonte, desde el puesto elevado en la arboleda, pero ya no buscaban el traje blanco del alcalde ni el sombrero ancho del conductor de la diligencia. Ahora permanecían en su observatorio con la funesta tarea del vigía que sabe que cualquier novedad traerá la desgracia.

Había escalofríos, nervios y sombras en la mente. Las reacciones repentinas y los ojos, cuyas pupilas cristalizaban las almas erizadas, mostraban el cable tenso que recorría a cada uno de los habitantes del pueblo. No se trataba de un susto, un estallido nervioso que, como cuerda de arco tensada, se disipara al pasar el trance. No existía el alivio de la presión ejercida con un fin u objetivo, se trataba más bien de un estado de alerta permanente. Ese peso los iba aprisionando cada vez más hasta el punto de hacerles desear que llegara el final.

El sheriff Nake caminaba sombrío, llevando las maderas que aun podían reutilizarse para que Ralph y los otros pudieran reparar un pueblo que, con total seguridad, iban a perder. Miraba la tabla, quemada por los bordes, y recordaba la misma espera años antes, cuando su vida corría peligro y se vio obligado a marcharse, para ahorrarle problemas al pueblo. Observó al resto de la gente, abatidos pero fieles a sus principios; ahora, al menos, las cosas eran distintas.

Entonces Jonowl dio una voz. Un carro se acercaba por el sur, el lado contrario al que se macharon DeLoyd y Ángel. Ni rastro de peligro, solo una mujer y dos hombres; uno de ellos llevaba ropas de predicador. 

La novedad trajo algo de aire fresco y todos fueron al encuentro.

El sheriff se adelantó y llevándose la mano al sombrero, saludó.

-Buenas tardes caballeros; señora.

Conducía el carro un tipo bajo y corpulento, a su lado iban el predicador y una mujer, en quedo combate por hacerse sitio en el banco. Por la parte del carromato asomaba un perro y las miradas curiosas de dos niños.

-Buenas tardes, sheriff. Mi nombre es Zek. ¿No será, por ventura, este lugar Canatia?

-Así es, reverendo.

Zek se disponía a contestar cuando la viuda del desierto le interrumpió.

-¡Así que este cenicero es el bendito pueblo que nos iba a ofrecer un gran porvenir! ¿No te cansas de equivocarte, papagayo?

El sheriff calló en seco y una sonrisa rompió la palidez de su rostro. El resto de la gente rió ante el estallido de la mujer.

-Mire bien, señora, no deje que el evidente desastre nuble su juicio. Sin duda este no es el pueblo que usted recordaba. Si mira más allá de los escombros verá que hay casas, un banco y hasta parece que aquello es un saloon. Busque en el pasado y podrá valorar las evidentes mejoras que ha habido o ¿acaso ha olvidado el interés que despertaba su documento?

Al escuchar aquello, Edgar se acercó sorprendido.

-Un momento, reverendo, ¿ha dicho documento? No estará usted hablando de una concesión en este pueblo.

-Eso mismo, caballero. Es un documento que tenía el marido de la señora aquí presente y que pasó a su poder tras la defunción del mismo.

-Mis condolencias, señora.

-Gracias caballero, pero ya he llorado suficiente. En cuanto al documento, indica que tengo derecho a un lugar donde vivir; pero aquí el reverendo me habló de un pueblo en pleno desarrollo...

-Vamos, señora, no deje que el desánimo la posea. Nuestro Señor nos salvó de los bandidos y permitió que llegáramos aquí. Sin duda es designio suyo que nos establezcamos y ayudemos a estas gentes.

-Deja de hablar de ese Señor, que más parece tuyo que de nadie, a juzgar por cómo lo invocas una y otra vez cuando te interesa.

-Señora, no me mente al altísimo como si fuera una deidad barata. No olvide que si está usted aquí es porque Fred y un servidor acudimos en su ayuda.

La viuda del desierto abrió los ojos como platos, frunció el ceño y esgrimió el dedo índice contra el ministro del señor.

-¡Será posible lo que estoy oyendo! ¡Jamás les pedí ayuda, ni a usted ni a su amigo! ¡Yo sola hubiera bastado para protegerme de esos tipejos, como he hecho tantas otras veces! ¡Mire señor, se lo dije una vez y se lo vuelvo a repetir; ese dios del que tanto habla me dejó en medio del desierto porque sabía perfectamente que podría cuidarme! ¡Aun le diré más, estoy convencida de que la culpa de que esos individuos vinieran es suya, del mismo modo que es responsabilidad suya que ya no quede ni rastro de mi antigua casa!

Fred soltó las riendas, apoyó la barbilla entre sus manos y miró hacia la gente del pueblo con resignación.

-¡Señora, ya está bien! ¡Comprendo que ha estado viviendo allí sola durante mucho tiempo y que está un poco asilvestrada, pero no debería olvidar que algo en su alma estaba roto ya que era incapaz de abandonar aquel lugar! ¡Tenía miedo, comprende? ¡Miedo porque necesitaba volver a estar en paz tras tanto tiempo sobreviviendo!

La mujer enrojeció de ira, el pelo se le erizó, los ojos fulminaron a aquel hombrecillo y una voz surgió hiriente hacia quien con tanta libertad osaba hablar de ella.

-¡Tú! ¡Tú, reverendo de pacotilla! ¡No vuelvas a permitirte hablar así de mí! ¡Qué sabrás tú de sobrevivir si no es a costa de otros! ¡Como vuelvas a insinuar que tenía miedo, como vuelvas a afirmar que no podía abandonar el que por tanto tiempo fue mi hogar, te volaré la otra oreja y te partiré los dientes como hice con tu amigo!

Ya no se oían risas, todo el público era una fila de bocas abiertas incapaces de asimilar la fuerza que aquella mujer despedía. Fred se apartaba cada vez más, mientras el reverendo, firme como una roca, tomaba aire para disparar su réplica. Pero el sheriff se acercó a ellos, extendió ambas manos e hizo ademán de llamar a la calma.

-Por favor reverendo, señora, tranquilícense. No sé qué diablos les habrá pasado en ese lugar del que hablan pero es evidente que necesitan descansar.

-No sheriff, me temo que la señora es así, está en su naturaleza.

-Oh vamos, habló el santo varón que lo primero que hizo al llegar fue intentar coger mi dinero y el maldito documento.

La indignación rasgó ahora el rostro de Zek, quien encajó airado el golpe y se dispuso a devolverlo.

-¡Maldita sea, cálmense de una vez o los llevo a la cárcel!

La voz del sheriff resonó en todo el pueblo. Fred pareció aliviado. La viuda y el reverendo miraron hacia otro lado dispersando la rabia.

-De acuerdo, ahora que están más tranquilos, dejen que les explique la situación. Ese documento que trae la señora es válido y le ofrece el derecho a un terreno en este pueblo. Aunque nuestro alcalde está ausente, el señor Edgar podría hacerlo efectivo en cuanto quieran y, créanme, nos vendría muy bien un reverendo, pero antes de que decidan nada, me veo en la obligación de indicarles la situación en la que nos encontramos.

Will Nake fue concreto y preciso. Seco y sin las florituras ni los giros propios del alcalde, les expuso la situación y cómo, en caso de quedarse, su vida correría peligro, porque todo parecía indicar que el desastre que alcanzaba a la vista no era más que el anuncio de la verdadera catástrofe.

El silencio volvió a los del pueblo. El mismo silencio que se adueñó de Fred, la viuda y el reverendo. La ira se había esfumado y los ojos miraban al suelo dejando espacio al cerebro para asimilar los cambios.

-Bueno... siendo así... Quizás sea voluntad del señor continuar. Podríamos acudir a algún otro lugar y pedir ayuda, por si su gente no llegara a tiempo.

La viuda miró hacia atrás, en el carro y vio los rostros de los chiquillos y el perro; los cuatro trastos amontonados, y un par de retratos colgados patéticamente de una cuerda a un lado del carro 

-Nos quedamos.

Zek se giró sorprendido.

-¿Cómo que nos quedamos?

-Digo, Zek, que nosotros nos quedamos. Aquí tengo una casa, ¿a dónde voy a ir si no? 

El sheriff intentó buscar las palabras más adecuadas.

-Señora, piénselo bien. Usted no estuvo aquí la última vez, no puedo garantizar su seguridad.

-No es seguridad lo que busco. Lo único que necesito es un sitio donde esconder a los niños hasta que todo pase. En cuanto a ti, reverendo, ya me has traído aquí, has cumplido tu deber, vete pues a donde sea que debas ir.

La respuesta asomaba clara y dispuesta en los labios del reverendo, mas cruzó su mirada con la de Fred y contuvo un segundo el aire. Recordó días antes cómo miraba la concesión de terreno cansado de deambular de un lado a otro, quejándose por el merecido premio que nunca le había sido otorgado.

-Sheriff, ¿es eso de allí una campana?

-Así es.

-Sea. Creo que el señor verá con buenos ojos que nos quedemos a ayudarles, a cambio de que el último piso de esa torre se convierta en una iglesia y allí pueda ejercer este humilde siervo.

-Cualquier ayuda es bienvenida, pero le aviso que ese edificio forma parte del saloon, reverendo; no sé si será lo más apropiado...

-Lo será, sheriff, lo será.

lunes, 20 de abril de 2015

Las cosas van a ir mejor


Cuatro ruedas atraviesan la calle principal. El rocío de la mañana ha oscurecido la capa de ceniza. Huele a humo y a pérdida, bajo los escombros aun brillan mortecinas las brasas. La atalaya está derruida, la herrería parcialmente quemada, la casa de Tabitha libre de puerta y la oficina del sheriff y el banco dañados. Will Nake deja una de las maderas quemadas y espera en pie; tras él, Edward y Ralph, no quitan ojo a los recién llegados.


-Disculpe, caballero, ¿falta mucho para un lugar llamado Canatia?

El sheriff observó detenidamente al viajero añejo de chistera y al joven de semblante seco y la chica albina que aguardaban dentro del carro. Miró a su alrededor y dibujando un arco con su brazo derecho, abarcó todo el desastre que los rodeaba.

-Está usted en él, señor...

-Well. Dr. Well, para servirle.

-¿No tiene nombre, doctor?

-Alguno tengo. Pero si busca familiaridad, puede llamarme doc, me es más cercano que el que me otorgaron mis santos padres.

Well mantenía ambas manos a la vista, sujetando las riendas. Sonrió ampliamente y enarcó una ceja en un gesto simpático y sutil.

-Está bien, doc, como ve tenemos algo de trabajo. Así que, ¿por qué no me dice qué le trae por aquí?

-Un acuerdo legal, sheriff. Vengo a entregarle un ayudante...

El viejo doctor se giró teatralmente y señaló al joven Jimmy que bajaba del carro para acercarse al sheriff Nake. Ralph y Edgar vigilaban cada uno de sus pasos, la tensión crecía por momentos hasta que Jimmy echó mano dentro de su camisa y sacó el contrato. 

-Calma señores, el viejo tiene razón; este documento así lo acredita. Mi nombre es Jimmy One, y vengo a reclamar el cargo de alguacil. Sheriff, si quiere puedo darle más credenciales y una carta de recomendación.

-Está bien, trae todo lo que tengas, ayudante, cuanto más mejor; últimamente las visitas no han sido muy agradables... hay algo que debes saber antes de aceptar el cargo. Vayamos a mi oficina, el tejado se ha venido abajo, pero casi mejor; tenía goteras. Hay café de tres días, ¿te gusta el café frío?

-Con que me mantenga despierto, me vale.

-Bien, eso es un buen comienzo...

Well se quitó el sombrero y saludó ceremoniosamente a Ralph y Edgar. A su lado apareció la joven figura de Lily y su bello rostro sonriente acabó de soltar el cable tenso que los aprisionaba.

-Y digo yo, caballeros. Con tanta desgracia como parece haberles acontecido, aventuro la necesidad de un hombre versado en las artes de la medicina. ¿Tienen por fortuna un doctor en este pueblo?

-Sí señor -contestó Edgar-, Tabitha es quien se encarga de ello.

-Mmm, a menos que responda a un capricho cultural, en cuyo caso no tengo objeción alguna, ese es nombre de dama.

-Así es, señor Well. Tabitha es nuestra doctor.

-Comprendo que la situación puedan haberles conducido a tomar medidas extremas. Pero ya no son necesarias. Amigos míos, a partir de ahora pueden disfrutar de los servicios de un verdadero médico.

-Se agradece el ofrecimiento señor, pero Tabitha trabaja bien. Como ella dice, basta con saber hacer las cosas, al fin y al cabo son los actos los que presentan a las personas.

-¡Valiente sandez! ¿De dónde habrá podido sacar esa pobre criatura una idea tan absurda?

Ralph y Edgar miraron más allá de Well, al otro lado del carro. Unos pasos decididos marcaban la inminente respuesta y algo dentro del viejo doctor, le hizo saber que debería tragar con amargura sus palabras.

-Esa idea, señor, fue lo último que pronunció un viejo doctor que a estas alturas debería estar más que muerto.

Aquella voz le cerró los ojos de golpe. Se caló el sombrero y, al abrigo de la oscuridad, buscó, en todo su repertorio, la salida adecuada. Tras un latido, abrió los ojos, extendió las manos y se giro hacia Tabitha con su mejor sonrisa.

-¡Querida amiga! ¡Tenía razón, no es cierto? ¡Salisteis de aquel infecto lugar y ahora sois doctor en un respetable pueblo! Perdonad todos las palabras de este viejo, pues donde dije simple dama jamás hubiera puesto a esta magnífica persona. Tan alta dignidad de saberes y habilidades no puede asociarse a características mortales. Ella es, sin ninguna duda, la maravillosa excepción. Tabitha, ahora os recuerdo, mi amiga. Una entre un millón y, por lo tanto, el argumento aplastante que evidencia cuán grande ha sido mi error.

-Me da igual, lo que piense o lo que diga, Well. Pero le di todo mi dinero, para que hiciera más llevaderos los últimos días de su vida. Mucho bien han debido hacerle porque aun corre sangre por sus venas.

-¿No es fantástico el cuerpo humano? Una experiencia cercana a la muerte solo puede transmitirse con el consiguiente revivir. Tengo tanto que contaros, amiga. Tantas cosas vividas y aprendidas... no podríais imaginar todo lo que ahora sé. Podríamos volver a trabajar juntos, los dos. Sus manos jóvenes y habilidosas y mi experimentada mente. Como en los viejos tiempos, salvando vidas, ¿recordáis todo lo que aprendisteis?. ¿Qué me decís, amiga?, ¿volveríais a trabajar para mí?

-¿Para usted? ¿Pero acaso su descaro no tiene límites? Pues bien, sepa que todo el dinero que le di para aliviar su muerte, se convierte en deuda al conservar su vida. Cierto es que me enseñó todo lo que sabía, y yo lo pagué bien trabajando. Ahora es el momento de que usted pague, o daré parte al sheriff para que rinda cuentas.

-Pero, mi querida amiga, no tengo con qué pagaros. 

-Seré breve porque ahí dentro hay un hombre gravemente herido. Es un buen hombre que casi pierde su vida anoche, pero un tanto brusco ante los cuidados del médico. Ahora mismo está ayudándome un amigo, que podría estar con el alcalde y el resto, enterrando a otro de los nuestros que cayó ayer. Así que ya está empezando a devolver su deuda. Haga el favor de bajar de ese carro y asistirme como enfermero. Y no pierda el tiempo hablando, no pienso escucharle; sé muy bien que acabará liándome.

-Pero, querida Tabitha, no pensaréis que...

Tabitha ignoró sus palabras y se dirigió a su casa. De lejos podía verse la mesa y parte de la fornida figura de Bison, blasfemando, cubierta de trozos de tela empapados en sangre. Junto a él, Jonowl tiraba de unas cuerdas a la vez que intentaba evitar cualquier daño que pudiera hacerse.

Well miró a su alrededor en busca de algún asidero donde apoyarse. Pero Ralph y Edward sonreían divertidos ante la escena. Lily abandonó todo intento por ocultar la carcajada y, poniéndole la mano en el hombro, le dijo alto y claro.

-¡Te ha calado, doc! ¿No querías un trabajo? ¡Pues ya lo tienes! No sé lo que se te estará ocurriendo pero no te aconsejo ponerte a malas con el sheriff, más aun teniendo en cuenta que Jimmy es ahora su ayudante. Yo de ti echaba un buen trago, hacía de tripas corazón y me ponía al servicio de una mujer. ¿Sabes? Al final tenías razón, las cosas van a ir a mejor.

lunes, 13 de abril de 2015

Instrumentos

Noche clara y despejada. Noche sin luna. Noche muerta y vacía. Noche oscura fría y enlutada. Abajo en las casas, un silencio opresivo. Arriba en la cabaña, dos grandes ojos vigilan inquietos una suerte de sombra, de movimiento sigiloso, dividiendo su forma en famélico enjambre. Los ojos baten sus alas y ulula su aviso. Reúne valor y despierta el arma, esta será una noche ensangrentada.

El crujido agudo de cristal rasgó sus sueños. Abrió los ojos de golpe y tomó todo el aire de la habitación.  A tientas buscó el peso confortable del bastón y luchó contra el quejido de la madera al incorporarse. La trampilla que comunicaba su atalaya con el piso inferior seguía cerrada y sobre ella descansaba el cuadro de Jed con el marco partido y fragmentos de cristal dispersos por toda la sala.

-¿Qué demonios quieres ahora, maldito idiota?

Fue a calzarse y a por algo para recoger el estropicio cuando, al pasar por la ventana, observó una gran masa informe, agazapada en la calle, caminando hacia el saloon. La oscuridad no ofrecía mayor detalle y encender una luz hubiera delatado su posición. Así que apoyó ambas manos en el quicio de la ventana y se esforzó cuanto pudo en definir aquel cordón de formas encorvadas. Una de ellas parecía más grande de lo normal, otras dos estaban unidas de alguna forma y del resto, un amasijo difícil de delimitar, solo acertó a distinguir dos relucientes ojos amarillentos que, atravesando la oscuridad y el traslúcido manto del vidrio, escrutaban su posición. Sentía como si pudieran adivinar su figura, como si recorrieran su contorno en busca del indicio, el más mínimo temblor, que delatara su presencia. Aguantó cuanto pudo el aire, hasta que el cuerpo pidió auxilio; aflojó la presión de las manos y comenzó a expirar pausadamente hasta que llegó: un pestañeo, un gesto, un cambio leve de postura... algo detonó el mecanismo y la mecha prendió en el tenso silencio; los dos ojos se abrieron más y pudo adivinar el brillo perlado de unas fauces afiladas. Se echó hacia atrás, tragó el terror y, reincorporándose, abrió la ventana y dio con todas sus fuerzas la voz de alarma.

Con el grito, una luz se encendió en el piso superior de la torre segunda del saloon y la masa oscura hirvió confusa hasta que una voz salió del contorno, mostrando su figura de barba y bigotes erizados bajo sombrero de copa desproporcionado, y comenzó a vomitar órdenes. Pudo escuchar el peso metálico de unos grilletes y observó horrorizado como los ojos corrían hacia su atalaya; tras él, la sombra más grande se irguió, hasta alcanzar dimensiones titánicas, y se dirigió hacia uno de los postes que sustentaban la atalaya.

DeLoyd apenas tuvo tiempo de dejar el bastón, coger un viejo revólver y tomar un puñado de balas, cuando el primer crujido reveló la gravedad del temblor. Por la ventana pudo ver la cabeza de aquel gigantesco ser, rozando el primer piso, y sus dos manos empujando con fuerza la estructura. La primera bala saltó con una nueva sacudida. La segunda cayó de su temblorosa mano al intentar cargarla. Para la tercera tomó un segundo, ató los nervios y consiguió introducirla en el tambor. Guardó el resto de balas en un bolsillo de su pijama, abrió la ventana y presionó el percutor con el pulgar. Se asomó lo necesario para asegurar el tiro, aguantó el aire, se mordió ligeramente el labio y, antes de apretar el gatillo, un terrible crujido desencadenó la tormenta de astillas que echó todo abajo.

Las sombra erizada seguía vomitando órdenes.

Un par de criaturas arremetieron contra la puerta de la casa de Tabitha, los clavos de los goznes salieron disparados y las bestias entraron destrozando todo a su paso. Hachas y dientes; sudor, espuma y babas; sed de sangre y hambre de almas.

Una mujer enorme, con abundante vello por toda la cara, tenía a Ralph agarrado por el cuello con ambas manos, sintiendo el esfuerzo de su tráquea por ensancharse para dejar pasar el aire, los golpes mal dirigidos y el latido insistente de desesperación. Mientras una de las manos de Ralph buscaba en la herrería algún asidero para seguir con vida, aquel ser apretaba con todas sus fuerzas, sus rechonchos dedos quedaban emblanquecidos por la presión; constreñía con la ira liberada el día que derramaron sangre por primera vez, con el ansia de quien ha estado sojuzgado durante años y sabe que, en el momento en que cese su ataque, volverá a su antigua posición. Envilecida, mantenida por el odio, el único sentimiento capaz de mantenerla libre, sostenía su férrea presa hasta que el frío romo de un martillo abrió su cráneo y rompió toda atadura con el mundo terrenal.

Entonces se vieron varios chispazos y una llama creció entre las sombras. Dos jóvenes, unidos por el costado, corretearon por el pueblo con botellas, trapos viejos y una antorcha. Entre risas alocadas   de júbilo y ojos desorbitados por la dulce venganza frente a años de insultos y vejaciones, unieron fuego con madera y abrieron las puertas del infierno.

Entre el humo y el fuego, DeLoyd sacudió la cabeza y apartó los restos de madera que quedaban sobre él. Pestañeó un par de veces y limpió con su manga los ojos que, aun escocidos, observaron al gigante, azul a la luz de la llama, erguido frente a él. Un coloso de fuertes músculos, poderoso, majestuoso y noble, la representación física de la fuerza de la naturaleza, roto por el odio. Rugió y  hermanó su grito con el trueno, apagando todo resto de valentía en las entrañas del alcalde. Se agachó y cogió una de las vigas tronchadas con la misma facilidad que un garrote y lo alzó como un titán, conocedor, al fin, de su poder y fuerza, dispuesto a romper a uno de aquellos minúsculos seres que durante tanto tiempo lo habían sometido. Pero el índice de DeLoyd apretó el gatillo y la bala se alojó entre los ojos del coloso, quien, con la sorpresa cuajada en el rostro, cayó con un estruendo, eclipsando todo alrededor, como cuando algo único desaparece.

Edgar disparaba la última bala de su revólver sobre algo que difícilmente podría explicar. Y notó un dolor agudo en la corva. Cayó y, al intentar mover la pierna, notó el rasgar frío de metal contra hueso. Gritó hasta que no pudo más. Entonces unas manos cogieron su pelo y tiraron de él con fuerza, dejándolo de rodillas, exhausto y con la visión empañada de un enano con un cuchillo afilado frente a él. Torcía el labio en una mueca extraña, no sonreía, parecía dolor y rabia. Acercó el filo a su cuello y llegó a ver brotar la primera gota de sangre antes de que el sheriff Nake dispersara una lluvia de postas sobre su cabeza.

Y en el saloon, la luz salió de la segunda torre y caminó hacia la pasarela. Algunos clientes corrían como locos, empujándose, para caer frente a cuatro de aquellos seres que atacaban con cuchillos, con dientes y puños. Kornelius disparó un par de veces al aire y por un momento aquellas bestias se quedaron quietas. Bison y Vera aprovecharon para volver a meter adentro a los heridos y Kornelius disparó una vez más, a la vez que avanzaba. Las criaturas retrocedieron y los tres continuaron avanzando hasta recuperar la sala principal de la primera torre. Cruzaron las puertas abatibles y salieron al caos. Allí en medio, Andrew seguía escupiendo órdenes, con su estrella de cinco puntas de bigotes y barba erizados y el sombrero de maestro de ceremonias que siempre llevó cuando trabajaron para él. Al ver que los suyos retrocedían, volvió a arengarlos y cuando reconoció a Kornelius y a Vera, la arenga creció, concentrando casi todo el infierno en ellos.

Bison retrocedió inicialmente ante el humo y las llamas, hasta que vio que las cuatro criaturas acudían a por ellos. Se caló el bombín y blandió el garrote bufando como un loco, escuchando el crujir de huesos ajenos y notando punzadas y cortes en su propio cuerpo. Con cada golpe el aire se escapaba, el aliento se volvía pesado, la boca se secaba y el sabor a hierro de la sangre ajena se juntaba con la propia; la mirada se enturbiaba y apenas acertaba a dirigir los golpes. Notó una mordida de acero y se tambaleó pesadamente, pronto otra punzada le hirió de rabia. Ya no era capaz de ver más allá de un borrón y aun así lanzaba algún que otro golpe al aire, deseando encontrar alguna resistencia para romper y acabar con la tortura. Pero al final un nuevo tambaleo pudo con él y quedó tumbado en el suelo. Entre las brumas consiguió reconocer la figura de Kornelius, delante de Vera, disparando su pepperbox para salvar sus vidas. Vislumbró también la estrafalaria figura del maestro de ceremonias y su brazo extendiéndose, revólver en mano, sin que Kornelius pudiera verlo. El disparo no se hizo esperar y Kornelius cayó muerto, mientras Vera quedaba congelada frente a todo aquel horror. Bison hizo un último esfuerzo y consiguió levantarse un poco extendiendo los brazos, pero un nuevo golpe dispersó sus fuerzas y lo devolvió al suelo. Ya no podía ver ni sus propias manos y el aire le abrasaba al entrar cuando escuchó disparos lejanos y silbidos de balas a su alrededor; ninguna pareció darle cuando la noche lo cubrió con su manto.

Andrew apuntaba a Vera cuando otro estallido de pólvora resonó arriba en la colina y un silbido atravesó todo el campo de batalla, pasando sobre el sheriff Nake, Edward Curtis y Ralph Sugart que, junto a Edgar, se habían hecho fuertes en la herrería, sobre DeLoyd que, parapetado tras los escombros, seguía disparando y dio de lleno en la espalda de los jóvenes siameses, derramando todo el líquido y creando una columna de fuego en medio del pueblo. Los siguientes proyectiles silbaron la muerte de algunos que estaban cerca de Vera. Andrew se giró para ver de dónde provenían aquellas balas y Vera recogió la pistola de Kornelius, amartilló el arma y gritó desde lo más hondo de su alma para apretar el gatillo; el arma detonó con rabia y todas las balas que quedaban salieron a la vez, traspasando el humo hasta alojarse en la carne del maestro de ceremonias expulsándole de este mundo con cientos de palabras agolpadas, pudriéndose en su garganta.

Arriba en la colina, Jonowl palanqueaba el rifle enviando casquillos al aire, mientras Tabitha acercaba más balas. El arma había despertado y seguía igual de fría que al principio, el calor leve de cada detonación desaparecía al instante, consumido por una insaciable sed de sangre. Cada muerte era un revuelo en el ánimo de Jonowl, comenzaba a seguirlos con su mira, anticipando los movimientos, jugando con sus víctimas. La columna de fuego produjo una satisfacción indescriptible. Limpió el cuerpo de Bison de aquellos seres como quien despioja a un búfalo. Vera había acabado con Andrew y él necesitaba más blancos para saciar la sed del arma que latía con ansia por seguir matando. Barrió la zona y vio a los pocos de aquellos pobres diablos que habían sobrevivido; desamparados, sin la voz que hacía hervir su sangre, huían despavoridos. El primero cayó de un tiro limpio en la cabeza, rodó torpemente como un muñeco de trapo. Escuchó el aleteo de su compañero pero de nada sirvió, era incapaz de ver sus grandes ojos mostrando el final. Disparó a un segundo, falló y le dio en la pierna, haciéndole caer herido. Le dolió el error y buscó con la mira su cabeza, comenzó los cálculos intuitivos de distancia y viento. Llevó el índice al gatillo y se dispuso a callarlo de una vez, cuando a su lado escuchó un “Para, ya está”. Un ronroneo crudamente sincero, suave y cálido. Unas manos se posaron sobre las suyas y apartaron el arma de su cara. Poco a poco la alejó de él, hasta que todo vínculo quedó disuelto y sus propias manos fueron quienes tiraron el arma maldita al suelo, se agachó y resopló.

-Voy abajo, me necesitan. ¿Estás bien?


Jonowl se limitó a asentir y se quedó observándola mientras marchaba, colina abajo. Después respiró hondo, echó las pieles sobre el arma, se incorporó y la llevó adentro para encerrarla de nuevo en el arcón.

lunes, 28 de julio de 2014

Prosperidad

Brilla con fuerza. Irradia, implacable, contra arena y piedras, demasiado secas para sentir cualquier cambio. Dobla y deforma cuanto hay bajo él, hasta dejar un erial espinoso en el que solo cabe atesorar un sorbo más. Empaña el entendimiento y recuerda que solo queda luchar por cada hora, ya que solo esperas descanso en el ocaso; y es entonces cuando te abandona a su gélida ausencia.

-¿Otra vez Edgar con la misma historia? 

Kornelius miró al sheriff sonriente, mientras ponía un vaso limpio y algo de caldo en él.

-Estos aun no la han oído. Cada vez que cuenta cómo estuvo a punto de morir en el desierto, la gente no para de venir a por más tragos.

-La verdad es que con el calor que hace hoy podríamos morir cualquiera. Cruzar la calle ya me ha dejado seco.

El sheriff vació el vaso de un trago y se lo acercó a Kornelius en busca de otro.

-Vaya, parece que al final la locura del “idiota” está funcionando. Cada vez más gente: viajeros, jugadores, curiosos, algún señoritingo... no tardarán en llegar los indeseables.

-¿Qué tal los dos tipos de ayer?

-Nada, buenos chicos. Se pegaron un par de veces más, de camino a la celda, antes de jurarse amistad eterna. Esta mañana estaban de acuerdo, a ninguno le gusta mi café... y es que el café...

-Ya, ya... no debe saber bien, debe mantenerte despierto.

-Pues eso. En fin, que la gente trae dinero y el dinero trae a cierto tipo de gente.

-Yo ya he escuchado un par de veces a Edgar comentar que vendría bien un banco.

-Guardar todos los dulces en el mismo cajón... más problemas. ¿DeLoyd sabe algo de eso?

-Lo estuvieron comentando el otro día, parecía encantado con la idea. Dentro de poco habrá asamblea.

-Mira, Kornelius, mal camino seguimos. Creo que acabaremos igual que los lugares de los que vinimos.

-Venga sheriff, no sé qué saldrá de aquí pero te aseguro que no será como lo que has visto en otros sitios.

-Verás. Cuando Edgar sacó las cuentas y descubrimos que estábamos en bancarrota, todo parecía indicar que este pueblo había muerto, pero entonces arrimamos el hombro para sacar esto adelante, sin importar beneficios, y de algún modo funcionó. Joder, en un mundo de gente mirándose el ombligo, volví a sentir ganas de partirme el lomo por algo. Pero esta mierda va a pudrirlo todo. Hazme caso, lo he visto demasiadas veces como para creerme lo contrario.

-Somos los hijos del “idiota”, ¿quién sino sería tan estúpido como para creerlo?

-¡Vamos, Kornelius, a otro perro con ese hueso! Cuando tintinee tu caja a ver quién te devuelve a los días en que no contábamos las monedas.

-No sé, Will, es posible que cambie algo y es posible que no. Quizás solo importa la forma de verlo, puede que al final sea como dice Jonowl y solo se trate de vivir siempre comienzos.

-Ya veremos, Kornelius, ya veremos.

lunes, 6 de enero de 2014

Anclando rejas

Desde las ventanas, a ambos lados de la puerta, dos conos solares muestran la estampida de diminutas partículas de polvo, despertadas por el ajetreo de tablas removidas, suelo cavado y barras ancladas al suelo. Dos camisas arremangadas con ritmo enérgico y respirar cansado, continúan sin pausa la tarea, postergando el poso del esfuerzo para cuando llegue el descanso.

-¿Ángel, cree que podríamos fijar los laterales en aquel hueco? -dijo Will mientras comprobaba la resistencia del hierro, ya limpio y liberado del óxido.

-Poderse, se puede... pero, no creo que vaya a servir de mucho...

-Tranquilo, solo tiene que aguantar tres o cuatro tirones fuertes; lo justo para vencer el primer impulso. Tras eso, todo el esfuerzo se canaliza en pensar otras formas de escapar.

-Dirá lo que quiera, sheriff, pero me sigue pareciendo algo flojo.

-En realidad, por muy resistente que sea el metal, por macizo que sea el ladrillo, el preso siempre ideará algún modo de salir. Es sencillo, él dispone de todo el tiempo del mundo para centrarse en un único objetivo; nosotros, en cambio, debemos seguir con nuestra vida.

-Pero, ¿cómo va a dejarlos ahí encerrados? ¿Acaso no lograrán escapar?

-Olvida usted que no se trata de llenar la celda, sino de que no llegue a entrar nadie. Cuando metes a un hombre entre rejas, sea culpable o no, lo estás transformando a él mismo y a todo cuanto le rodea. Hay algo extraño en ese proceso que puede extenderse como una corrupción y acabar afectando a todo el pueblo...

…

-¡Sáquelo de una vez, sheriff! ¡Saque a ese maldito hijo de puta!

-Están todos, Pat, hasta el viejo Angus y sus hombres.

El joven apartaba nervioso la tela una y otra vez, observando de refilón la calle abarrotada; vecinos, amigos, gentes de la ciudad y alrededores, se agolpaban frente a la oficina del sheriff. Llevaban en alto el cadáver de la joven muchacha, con las ropas aun rasgadas, los brazos amoratados y el cráneo hendido.

-Que no te vean Will, no hará sino empeorar las cosas. Aléjate de la ventana, ven y toma un poco de café; está frío y amargo, te devolverá la razón.

Tras los barrotes, un hombre permanecía acurrucado en un rincón de la celda; soportaba con ambas manos el peso inimaginable de una cabeza que no paraba de trabajar, con la mirada clavada en la salida imaginaria, oculta entre las tablas del suelo, ahogando cualquier sonido con la vana esperanza de desaparecer.

-Sheriff, no van a marcharse. Se quedarán ahí hasta que salgamos o nos hagan salir a la fuerza.

-Eso es algo que de momento no sabes, dales un poco más de tiempo. Es importante que no vean ningún movimiento; con un poco de suerte, recuperarán algo de lucidez y verán lo absurdo de la situación.

-¿Y si no se van? Dios, llevaban a la pobre Lucy en volandas como un macabro estandarte, sin importarles que estuviera muerta. No van a irse a no ser que les demos a ese tipo; joder Pat, yo tampoco lo haría, no me iría hasta conseguir que se hiciera justicia.

-Mantén la calma, William. De momento lo único que tienen ante ellos es una pared fría y oscura, puertas y ventanas cerradas y el más absoluto silencio. No les des un motivo para seguir ahí, es la única oportunidad que tenemos de evitar que empeoren las cosas. No olvides que no hay pruebas suficientes que incriminen a este tipo, y que es el juez quien debe decidir al respecto.

-De acuerdo Pat, tienes razón. Pero se trata de Angus, Joe, los O'doolan... ¡joder, me he criado con muchos de ellos! Salgamos afuera, nos escucharán...

-Olvídalo, ya no conoces a la gente que está ahí fuera; ellos necesitan sangre y son incapaces de atender a razones. Hay que esperar a que se calmen, solo entonces podremos salir y hablar con ellos. Cuando llegue el momento, saldremos con las armas enfundadas. Todo ha de hacerse con pose y palabra, ni se te ocurra sacar un arma y mucho menos disparar o desatarás algo de lo que te arrepentirás el resto de tu vida.

El joven camina nervioso a uno y otro lado de la habitación. El latido del reloj marca, lento, el transcurso del tiempo; una cadencia arrítmica que parece cesar definitivamente cada vez que consume un nuevo paso. El hombre del rincón se mantiene lejano, completamente inmóvil, ajeno a todo. El sheriff, permanece sentado, echando pequeños sorbos de café, con la mirada fija en la nada y la mente perdida en algún extraño recoveco. De afuera llega el murmullo de la muchedumbre que ondea continuamente recogiendo las voces para devolverlas embistiendo contra la puerta. Hasta que en uno de esos arranques, sendos objetos golpean la puerta y una piedra vuela hacia adentro junto a los fragmentos de cristal de una de las ventanas.

-¡Pat, voy hacia afuera!

-¡Aun no, Will!

El joven abrió la puerta de golpe, salió firme y observó de lleno la muchedumbre de caras emborronadas por el odio, esgrimiendo el cadáver de la joven Lucy en movimiento lánguido torpe y patético, indigno de su memoria. Marcó con la voz al viejo Angus y al mayor de los O'doolan, consiguiendo cierto control sobre el tumulto. Las palabras se cruzaban y el joven ayudante mantenía la situación, ganando algo de terreno.

El sheriff observaba desde el interior, veía la delicada trama de miradas y ademanes que extendía el joven Will y sabía que no era momento de irrumpir. Se mantuvo, no obstante, atento, preparado para cualquier imprevisto y analizó el combate: las retiradas de los contendientes hasta refugiarse en la multitud, para atacar de nuevo con el apoyo recibido; vio sorprendido que todo marchaba bien, que el oleaje perdía intensidad y era cuestión de tiempo que el mar volviera a la calma. Mas ocurrió algo, un movimiento mal entendido, una pequeña chispa en aquella pira seca que hizo que el ayudante echara mano al cinto y el cielo se prendiera fuego.

Se escuchó un golpe desesperado de culata, gritos, forcejeo, madera sobre carne, huesos molidos, dientes, sangre, un remolino de piernas y manos y un solo disparo al aire que abrió un ojo en el huracán, el tiempo justo para que el sheriff, con el revólver aun humeando, comprendiera que no habría otra salida. Se deshizo la pausa y antes de que la masa volviera a la carga, dos disparos más retumbaron en la noche: el viejo Angus y Mark O'Doolan cayeron fríos sobre el suelo. El silenció congeló el aire, las antorchas perdieron luz, la masa se desmembró y el cadáver de la pobre Lucy encontró por fin el camino de vuelta a la tierra.

Al día siguiente, todos acudieron a sus quehaceres como si nada hubiera ocurrido; cada uno enterró lo suyo en la más absoluta intimidad y creyeron encontrar alivio cuando aceptaron la dimisión del sheriff Pat, las heridas del joven Will quedaron curadas y, tiempo después, apareció el verdadero asesino de la pobre Lucy, dejando todo en su sitio.

...

-Créame Ángel, cuanto menos tiempo debamos tener un preso aquí, mucho mejor.

lunes, 26 de agosto de 2013

Caminos

Un pequeño punto, perdido en el vasto caldero de entre montañas. Una tenue luz abandonada en la bruma nocturna. El triste candil de una estación olvidada, cuyas vías yacen bajo el manto invernal. Y dentro de las cuatro paredes, dos hombres esperan el alba; uno, anclado con metal a un recio banco de madera; el otro, vigila junto a la estufa, alargando la escasa provisión de combustible, hasta que lleguen los suyos.

lunes, 8 de julio de 2013

Will Nake

La luz tenue del alba, filtrada por el vidrio traslúcido de una ventana helada, ilumina la estufa de hierro fundido: fuerte, humeante, enrojecida por las llamas internas. Sobre ella una mano, herida por los años, coloca una taza de hojalata, cubierta de porcelana, con el caldo oscuro de un café mal colado, de sabor añejo y potente. El aroma inunda la estancia, mezclándose con las humedades y desconchones de la pequeña caseta.